{"id":11479,"date":"2024-04-02T21:31:51","date_gmt":"2024-04-02T21:31:51","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=11479"},"modified":"2024-04-02T21:31:51","modified_gmt":"2024-04-02T21:31:51","slug":"las-puertas-ocultas","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/las-puertas-ocultas\/","title":{"rendered":"Las puertas ocultas"},"content":{"rendered":"\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\">Jos\u00e9 Napole\u00f3n Oropeza<\/h4>\n\n\n\n<p><em>Los buenos cazadores, los tipos que, en verdad, se despojan del miedo, son aquellos capaces de olvidar qui\u00e9nes son para convertirse, s\u00f3lo un momento, en un ojo, un o\u00eddo y un arma<\/em>. John Dos Passos<\/p>\n\n\n\n<p><em>L\u00e9eme en Pi\u00f1era y no en uno de esos ilustres fallecidos o contempor\u00e1neos consagrados. Nuestro objetivo es Cuba, la circunstancia cubana y el tiempo que la vida nos ha deparado en esta parte del mundo. <\/em>Virgilio Pi\u00f1era <\/p>\n\n\n\n<p><strong>I. LA LLEGADA<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Deseoso de conocer si un rayo de luz anunciaba el fin de la noche, Eduardo, fatigado tras dos horas de espera, tratando de conciliar el sue\u00f1o, dormir un rato y despertar cuando, desde la cabina de mando, el capit\u00e1n anunciara la proximidad al <strong>Aeropuerto \u201cJos\u00e9 Mart\u00ed\u201d<\/strong>, descorri\u00f3 la ventanilla del avi\u00f3n. Ni siquiera una nube pudo distinguir.<\/p>\n\n\n\n<p>Todav\u00eda la noche envolv\u00eda el aparato que, finalmente, luego de una larga y tediosa espera, despeg\u00f3 del <strong>Aeropuerto \u201cSim\u00f3n Bol\u00edvar\u201d<\/strong>. Hab\u00eda tratado de calmar la ansiedad caminando por el largo pasillo, entrando al sanitario, despu\u00e9s a otra tienda, como si estuviese interesado en adquirir alg\u00fan libro, un souvenir. Gloria, a su lado, trataba de aliviar el nerviosismo de Eduardo d\u00e1ndole caramelos, ofreci\u00e9ndole un chicle de menta, sabor preferido de ambos. Pero Eduardo, sin ser hura\u00f1o del todo, rechazaba sus ofertas y prefer\u00eda mantenerse caminando por los pasillos. Porque era in\u00fatil, as\u00ed lo consideraba despu\u00e9s de haberlo intentado, muchas veces, permanecer en una silla fingiendo que le\u00eda cuando, lo \u00fanico cierto, parec\u00eda ser el disfrute de la espera, experimentar una especie de susto cada vez que, a trav\u00e9s del altoparlante, se anunciaba la salida de un vuelo.<\/p>\n\n\n\n<p>Cerca de la medianoche, los pasajeros de VIASA en el vuelo 501 directo a La Habana, fueron embarcados apresuradamente. Por lo menos agradecidos de esa prisa, cada quien empujaba al compa\u00f1ero de vuelo. \u201cComo si no estuviesen los asientos asignados ya\u201d, pens\u00f3 una de las aeromozas y gui\u00f1\u00f3 el ojo a una de las sobrecargo de la aeronave, mientras sellaba uno y otro ticket. Sonre\u00eda, ella tambi\u00e9n distendida, aliviada, despu\u00e9s de una espera de siete horas en aquel aeropuerto.<\/p>\n\n\n\n<p>Gloria inclin\u00f3 el asiento y trat\u00f3 de dormir un rato. O quiz\u00e1, de esa manera, invitaba a Eduardo a cerrar los ojos, aunque no llegara a conciliar el sue\u00f1o. Pero \u00e9l, demasiado agitado todav\u00eda, aunque cerr\u00f3 los ojos y trat\u00f3 de hacer abstracci\u00f3n de la bulla y algarab\u00eda de los compa\u00f1eros de vuelo. Cerr\u00f3 los ojos y trajo la imagen de un r\u00edo apacible: aquel ca\u00f1o que rodeaba a Puerto de Nutrias, brazo del R\u00edo Apure, que siempre evocaba, en momentos de intranquilidad, por recomendaci\u00f3n de su abuela Melitona. Ella le ense\u00f1\u00f3, cuando todav\u00eda era muy ni\u00f1o, c\u00f3mo conciliar el sue\u00f1o con suma rapidez aunque est\u00e9s acostado sobre el lomo de una vaca vieja, repet\u00eda ella mientras se re\u00eda y le mostraba los dientes falsos, la dentadura postiza debajo de la cual, a veces, cuando deseaba ense\u00f1ar a su nieto trucos de magia, la extra\u00eda para ense\u00f1arle los secretos ocultos bajo los espejos, p\u00e1jaros de plumaje muy bello: acaso en las manos de su abuela hab\u00eda nacido el arco iris por primera vez, se dijo, tratando de esquivar ese pensamiento para no seguir en el juego con las im\u00e1genes; de sacar brillo y pulimento como lo hac\u00eda la vaca Melitona al extraer su plancha debajo, de la rosada enc\u00eda; dejar\u00eda que brotaran plumas, hojas, otras palabras. \u201cMejor me quedo con la imagen del r\u00edo empozado en el asiento desde donde me preparo para un viaje distinto\u201d, volvi\u00f3 a pensar Eduardo mientras, otra vez, se acomod\u00f3 en el asiento. Abri\u00f3 los ojos. Gloria, su amada esposa, dorm\u00eda profundamente.<\/p>\n\n\n\n<p>Volvi\u00f3 a cerrar los ojos. Esta vez se prometi\u00f3 no abrirlos hasta que, desde la cabina, o cualquiera de las aeromozas, anunciara la llegada al <strong>Aeropuerto \u201cJos\u00e9 Mart\u00ed\u201d<\/strong>. Sent\u00eda que no hac\u00eda falta repetir el juego aprendido de su abuela, a\u00f1os atr\u00e1s. Pues, poco a poco, ir\u00eda qued\u00e1ndose dormido como lo hab\u00eda logrado su esposa, despu\u00e9s de haber consumido su raci\u00f3n de cigarrillos del d\u00eda. Volvi\u00f3 a cerrar los ojos y, casi enseguida, sin que hubiese pensado ello \u00bfo era que, efectivamente, se hab\u00eda quedado dormido y despert\u00f3 frente al agente de la aduana? No; nunca antes hab\u00edamos viajado fuera de nuestro pa\u00eds qui\u00e9n imaginar\u00eda que alguna vez se les ocurrir\u00eda a ellos dejar a su familia en plena Navidad, a sus dos hijos muy peque\u00f1os al cuidado de mi hermana Annedys se dijo \u00e9l en el sue\u00f1o. Porque, seguramente, lo so\u00f1aba, y aunque se pellizcara para estar seguro de que respond\u00eda lo que no le hab\u00eda preguntado, si es que hab\u00eda llegado, si hab\u00eda avanzado la fila que se form\u00f3 r\u00e1pidamente frente al \u00fanico funcionario que sali\u00f3 a recibir a los pasajeros, en especial a \u00e9se que vest\u00eda tan estrafalariamente, con una larga camisa que m\u00e1s bien parec\u00eda un camis\u00f3n de dormir, si no fuese por esas hojas de ma\u00edz de cambur que cosi\u00f3 a la camisa, con un hilo muy grueso, pespunteado, y como si fuese una repetici\u00f3n, o acaso una temprana resurrecci\u00f3n del muchacho que, en Puerto de Nutrias, se paseaba por las calles llevando en sus espaldas una cartelera con fotograf\u00edas de la pel\u00edcula que se exhibir\u00eda en la plaza por la noche. Eduardo avanzaba lentamente hasta el mostrador, luciendo su extravagante camisa a la que cosi\u00f3 frases, palabras que evocaban im\u00e1genes de versos de alg\u00fan poeta que admirase mucho. O acaso de ese escritor con el cual deseaba encontrarse all\u00ed en La Habana. Por lo menos leer los libros suyos que no conoc\u00eda y que eran referidos en la contraportada de <strong>Con los ojos Cerrados<\/strong>, el conjunto de relatos de Reinaldo Arenas que edit\u00f3 Arca, en Montevideo. Ac\u00e1 se refiere que aqu\u00ed, en La Habana, se edit\u00f3<strong> Celestino Antes del Alba<\/strong>. \u00bfUsted conoce ese libro se\u00f1or?<br>S\u00ed; evidentemente so\u00f1aba y no necesitaba pellizcarse el brazo para estar seguro de que toda aquella escena pertenec\u00eda a un sue\u00f1o. Porque, que \u00e9l supiera, jam\u00e1s ha vestido una camisa tan estrafalaria. Pero cu\u00e1n bella luc\u00eda, le contaba a Gloria cuando ambos, como suced\u00eda en la cama, se despertaban con el m\u00ednimo movimiento de cualquiera de los dos. Algunas veces era ella quien ten\u00eda una pesadilla. Porque Eduardo casi no las ten\u00eda. Pero aquel sue\u00f1o que dur\u00f3 muy poco hab\u00eda sido muy bello y voy a cont\u00e1rtelo para que ninguno de nosotros se olvide de esa bella camisa, reiter\u00f3, mientras retornaban el asiento a la posici\u00f3n inicial, tal como lo solicitaba la azafata, a trav\u00e9s del altoparlante, y se preparaban todos para el aterrizaje.<\/p>\n\n\n\n<p><strong>\u201cAs\u00ed el espejo averigu\u00f3 callado, as\u00ed Narciso en pleamar<\/strong><br><strong>fug\u00f3 sin alas\u201d.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>\u201cLos devoradores de neblina se evaporan<\/strong><br><strong>hacia la parte m\u00e1s baja de la ci\u00e9nega,<\/strong><br><strong>y un caim\u00e1n los pasa dulcemente a ojo.\u201d<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>\u201cQu\u00e9 podr\u00eda hacer por ti que ya t\u00fa no hayas hecho o<\/strong><br><strong>imaginado hacer\u201d<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Formaban parte de las frases que hab\u00eda pensado incluir como ep\u00edgrafes, junto con otros textos de Jos\u00e9 Lezama Lima, de Virgilio Pi\u00f1era y de Reinaldo Arenas, el m\u00e1s joven entre los tres, seleccionados desde que imagin\u00f3 escribir un ensayo sobre el universo de estos tres autores, de distintas generaciones de la literatura cubana. Aunque lo hab\u00eda ideado unos tres meses antes de programar el viaje, jam\u00e1s pens\u00f3 que formar\u00edan parte de ese sue\u00f1o. Nadie diferente a Gloria conoc\u00eda de sus planes, una vez que se instalaran en el hotel. Despu\u00e9s de desempacar y colgar en sus ganchos respectivos la ropa que hab\u00edan tra\u00eddo consigo (la maleta aumentaba de peso a medida que introduc\u00edan en ella los libros que no cupieron en el bolso de mano, por m\u00e1s que forz\u00f3 la maleta al empujar, con sus ansiosos pu\u00f1os, los objetos), se sonr\u00ede al recordar que Gloria lo invit\u00f3 a sentarse sobre la maleta que compart\u00edan. Mientras ella doblaba prenda por prenda, Eduardo, siempre agitado y nervioso, pugnaba por reducir el volumen que creaban los libros y algunos discos que su amigo Alfredo le hab\u00eda enviado, como presente, a un colega periodista que pasar\u00eda recogi\u00e9ndolos por el Hotel Nacional. \u201cSu apartamento queda muy cerca del Hotel donde estar\u00e1s hospedado, a s\u00f3lo unos metros de la famosa Helader\u00eda Coppelia y yo mismo le voy a avisar a trav\u00e9s de una llamada\u201d asegur\u00f3 Alfredo quien le explic\u00f3 que su amigo no sal\u00eda de casa y \u00bfpor qu\u00e9 no te animas a visitarlo? Es un personaje que vale la pena que t\u00fa, como novelista, conozcas pues vive para sus veinte perros.<\/p>\n\n\n\n<p>-Nosotros nos encargaremos de este asunto -aclar\u00f3 lac\u00f3nicamente el funcionario que lo atend\u00eda en la aduana\u2026<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00bfC\u00f3mo? No entiendo. Le expliqu\u00e9 que esos discos se los env\u00eda un periodista venezolano amigo a un colega suyo. Se llama Pepe Rodr\u00edguez Turbay y vive en esta direcci\u00f3n -aclar\u00f3 Eduardo visiblemente alterado, al tiempo que extra\u00eda de su bolso de mano una libreta.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013 No se moleste, compa\u00f1ero; no pierda tiempo que yo s\u00e9 d\u00f3nde vive Pepe. El es tambi\u00e9n, amigo nuestro.<\/p>\n\n\n\n<p>Yo mismo se lo entregar\u00e9. Pepe, despu\u00e9s de que sale de la radio, se marcha al hospital Calixto Garc\u00eda a hacer trabajo voluntario y, despu\u00e9s, se marcha a atender a sus veinte perros, hasta el d\u00eda siguiente.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013 Bueno, as\u00ed ser\u00e1 \u2013 dijo en un tono resignado, casi conciliatorio, mientras Gloria arqueaba las cejas en se\u00f1al de que dejara las cosas de esa manera.<\/p>\n\n\n\n<p>Acaso Eduardo present\u00eda que no deb\u00eda dejar el paquete. Pero, resignado, lo entreg\u00f3 al funcionario. Ya hallar\u00eda la manera de avisar a Pepe de que su amigo Alfredo le hab\u00eda enviado ese regalo, aun cuando el funcionario se hab\u00eda comprometido a entregarlo y, quiz\u00e1 para brindar mayor confianza al reci\u00e9n llegado, hab\u00eda aportado se\u00f1ales sobre el personaje que el propio Alfredo quiz\u00e1 desconociese.<\/p>\n\n\n\n<p>La escena no vivida a\u00fan, quiz\u00e1 formase parte del sue\u00f1o. Cuando se levant\u00f3, ya Gloria hab\u00eda recogido sus pertenencias de la sombrerera y se preparaban a salir del avi\u00f3n. Un hermoso rayo de luz iluminaba ahora el asiento donde estuve sentado por m\u00e1s de cuatro horas, tratando de escribir algunas notas en el diario, hasta que se qued\u00f3 dormido, unos quince minutos, tal vez un poquito m\u00e1s, le explica a Gloria. Ella se rio cuando oy\u00f3 el final del cuento de la camisa con las frases, escritas en hojas de mazorca.<\/p>\n\n\n\n<p>Terminaron de salir del avi\u00f3n y se encaminaron, a trav\u00e9s de un estrecho pasillo, escasamente iluminado, de paredes cubiertas de fotograf\u00edas y consignas alusivas al proceso de revoluci\u00f3n que, el pr\u00f3ximo Primero de enero, cumplir\u00e1 los primeros diecis\u00e9is a\u00f1os, exclam\u00f3 Gloria orgullosa, tan orgullosa como se sent\u00eda Eduardo de pasar una Navidad en Cuba y conocer los progresos de la revoluci\u00f3n sin perder de vista el objetivo fundamental de aquella jornada: lograr un ejemplar de <strong>Celestino Antes del Alba<\/strong> y \u00bfpor qu\u00e9 no? Poco le costaba imaginar un encuentro con su autor, se\u00f1or \u00bfusted no lo conoce? Le preguntar\u00eda al funcionario que, a secas, le responder\u00eda no y, sin sellar el pasaporte, le solicit\u00f3 que se esperara; que saliera de la fila y, junto con su esposa, entrara en aquel cuartito, dijo indic\u00e1ndole el sitio hacia adonde deb\u00edan dirigirse.<\/p>\n\n\n\n<p>Gloria, extra\u00f1ada por aquella decisi\u00f3n del funcionario, pero sin efectuar ning\u00fan comentario, entreg\u00f3 el bolso con el cual hab\u00edan ingresado en la cabina del avi\u00f3n, donde precisamente Eduardo guardaba, celosamente, los presentes para Reinaldo, seguro como se sent\u00eda que se encontrar\u00eda con \u00e9l. Hab\u00eda tra\u00eddo consigo un ejemplar de su primer libro de cuentos, el paquete de discos que enviaba su amigo Alfredo al periodista Pepe Rodr\u00edguez y dos cajas de dulces de guayaba y de hicacos, una para Reinaldo, y las otras ya veremos para qui\u00e9n ser\u00edan. Mientras esperaban por el funcionario, ambos permanecieron callados, aguardando a que los llamasen. Seguramente aquella espera formaba parte de la rutina, pens\u00f3, acaso en busca de una explicaci\u00f3n, para s\u00ed, sin hacer ning\u00fan comentario a su esposa. Ella prefer\u00eda seguir hurgando en el bolso, como en busca de algo que no sab\u00eda qu\u00e9 cosa era.<\/p>\n\n\n\n<p>Por el tacto adivin\u00f3 que hab\u00eda rozado la tortuguita hecha con caracoles de mar, adquirida a la entrada del <strong>Aeropuerto \u201cSim\u00f3n Bol\u00edvar\u201d<\/strong>. Un ni\u00f1o se hab\u00eda acercado a ellos cuando, apresurados, se dirig\u00edan al mostrador de VIASA pensando que andaban retrasados y por ayudar al ni\u00f1o hab\u00edan adquirido una tortuguita y un peque\u00f1o caracol que ahora sacaba del bolso y lo aproximaba a su oreja; un caracol que hab\u00eda tra\u00eddo a La Habana tal vez sin ninguna raz\u00f3n y que, ahora, le hac\u00eda compa\u00f1\u00eda a los dos. Se sent\u00edan extra\u00f1amente solitarios en aquel cuarto, jugando con aquel caracol, a la espera de un funcionario que no terminaba de aparecer, mientras ellos, cada vez m\u00e1s juntos, casi acurrucados, se olvidaban del ruido de los altavoces por seguir el sonido de las olas en su oreja.<\/p>\n\n\n\n<p>Desde el cuarto donde aguardaban por el funcionario, pod\u00edan seguir el movimiento de la fila que avanzaba con cierta fluidez. Los gestos de algunos pasajeros, deseosos de salir del aeropuerto y tomar el autob\u00fas que los conducir\u00eda al hotel se repet\u00edan ante ellos, \u00e1vidos de salir de all\u00ed cuanto antes. Todav\u00eda no estaba seguro de si el resto del grupo esperar\u00eda por ellos. Pero prefiere pensar en otra cosa, en lo dura y resistente de la concha del caracol, en lo blancas y desnudas que resultaban las paredes de aquel cuarto cuyo \u00fanico bombillo, tres sillas y ning\u00fan escritorio, achicaban mucho m\u00e1s el espacio, reduc\u00edan el campo de acci\u00f3n. No deb\u00eda levantarse, parec\u00eda indicar Gloria, mientras le ped\u00eda a Eduardo el caracol para jugar con \u00e9l.<\/p>\n\n\n\n<p>Ella lo tom\u00f3 entre sus manos y, como si se dispusiera a acariciarlo, se concentr\u00f3 en las vetas y en el degradado color de su concha, antes que levantar la vista y sentir la obligaci\u00f3n de dar explicaciones a Carmen Irene, una vieja amiga a quien se encontr\u00f3 en el Aeropuerto. Prefer\u00eda quedar viendo el caracol y que Carmen Irene pensara lo que se le antojase; ya habr\u00eda tiempo de aclarar o de inventar una mentira piadosa, porque en verdad nada pasaba con ellos, cuestiones de rutina, como dijo el funcionario y si est\u00e1 faltando mucho, somos nosotros quienes vamos de prisa y no ellos, cu\u00e1nto tiempo no se tardaba este animalito en crecer, para ser, finalmente, una concha que dormir\u00eda en mi mano \u00bfqu\u00e9 piensas t\u00fa de todo esto?<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00bfQu\u00e9 voy a pensar? Que estamos perdiendo tiempo y que no s\u00e9 por qu\u00e9 carajo nos hemos quedado encerrados ac\u00e1, mientras los otros ya se habr\u00e1n dado un buen ba\u00f1o en el hotel\u2026<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013 No te hablo de eso, sino del caracol, de esta hermosa concha que fue caracol.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013 Ah, es muy bello, creo que nadie, por muchas condiciones de artista que tuviera quien lo intentase, lograr\u00eda uno m\u00e1s hermoso \u2013 respondi\u00f3 Eduardo de manera mec\u00e1nica, m\u00e1s atento al corretear de los pasajeros, tan pronto dejaban el mostrador y les era entregado el pasaporte, que revisaban antes de guardar. A lo lejos, divis\u00f3 a Carmen Irene, la amiga de Gloria, cargada de flores fingidas y mu\u00f1ecas. Era divertido verla agitada detr\u00e1s de las maletas, dejando caer una mu\u00f1eca mientras m\u00e1s se apuraba y uno y otro pasajero levantando, por ella, la mu\u00f1eca del suelo.<\/p>\n\n\n\n<p>No quer\u00eda reprochar a Eduardo, pensaba Gloria, ansiosa por fumar, pero no le acababa de preguntar el funcionario el motivo de su inter\u00e9s en visitar a Cuba cuando ya le empez\u00f3 a relatar al empleado de su inter\u00e9s por la literatura nacional y hablaba sin parar de Jos\u00e9 Lezama Lima, de Virgilio Pi\u00f1era, de Reinaldo Arenas, de Lino Nov\u00e1s Calvo, de Dulce Mar\u00eda Loynaz y s\u00f3lo falt\u00f3 que echase el cuento del sue\u00f1o que hab\u00eda tenido hac\u00eda tan s\u00f3lo una hora, y no contento con ello, empez\u00f3 a informar de los regalos que llevaban en el bolso de mano.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013 Los discos los env\u00eda un amigo periodista a un colega suyo que trabaja en Radio Habana \u00bfusted dice que los hacen llegar sin que yo le avise al amigo Pepe?<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013 Bueno compa\u00f1ero si usted quiere coger lucha con eso, \u00e9se es su problema. Ya le dije y le repet\u00ed que nosotros se los haremos llegar. Ahora, respecto al libro y al pomo de dulce para el se\u00f1or Reinaldo Arenas, debe darnos un dato, proporcionar una direcci\u00f3n de trabajo, aunque sea; algo que facilite su localizaci\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013 No tengo ninguna se\u00f1a a menos que se lo contacte a trav\u00e9s de la <strong>Casa de las Am\u00e9ricas<\/strong> o de la UNEAC\u2026<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013 \u00bf\u00c9l es escritor o pintor?<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013 De los grandes escritores que ha dado Cuba; de la talla de Jos\u00e9 Mart\u00ed, Jos\u00e9 Lezama Lima, Dulce Mar\u00eda Loynaz, Virgilio Pi\u00f1era, Lino Nov\u00e1s Calvo. \u00bfNo ha o\u00eddo hablar de ellos?<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013 En honor a la verdad, leerlos no; porque yo no tengo tiempo para leer. Este trabajo es muy exigente y no deja ni tiempo para pensar y cuando llego a la casa lo que deseo es ducharme y dormir -respondi\u00f3 amablemente el funcionario ante la insistencia y yo dir\u00eda hasta imprudencia de Eduardo. El no ten\u00eda que dar explicaciones, no hablar y referir lo que no le preguntaron, pienso yo, pero no se lo dir\u00e9 ahora, sino cuando estemos solos en el cuarto del hotel. Porque lo conozco. Mejor me quedo callada y guardo el caracol, no vaya a ser que cuando retorne el funcionario a entregarnos los pasaportes empiece a echarle el cuento de que no lo traemos como regalo a nadie; sino ser\u00e1 m\u00e1s bien una mascota una especie de mascota muerta o de amuleto, se dijo entre nerviosa y nost\u00e1lgica al encontrar en la cartera una fotograf\u00eda de su hijita mayor, acariciando a Pavel, su hermanito menor, todav\u00eda en brazos; apenas si gatea. Guard\u00f3 el caracol. Puso la foto de nuevo en su lugar. Cuando levant\u00f3 la vista, observ\u00f3, con alegr\u00eda, que el empleado de la aduana hab\u00eda entrado al cuarto a trav\u00e9s de una diminuta puerta, que casi ni se distingu\u00eda porque formaba parte de la pared improvisada con base en cart\u00f3n piedra.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013 Venga por ac\u00e1 usted solo. Se\u00f1ora si lo desea, puede esperar afuera. Mejor dicho, espere afuera. Porque a lo mejor vamos a necesitar este espacio dentro de poco. Distr\u00e1igase, camine; el aeropuerto es todo suyo. Ya vamos a finalizar.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013 Yo prefiero esperar en aquel banquito -dijo Gloria esta vez mucho m\u00e1s esperanzada de que pronto llegar\u00edan al hotel y podr\u00edan descansar sin entregarse m\u00e1s a elucubraciones sobre las razones que hab\u00eda tenido el empleado de aduana para retener a ambos. Desde el banco, con la vista fija en la puerta que conduc\u00eda a la otra, cerrada tras los dos hombres lo cual retornaba la escena a la desnudez primigenia. Meto la mano en la cartera. Tropiezo con el caracol: esta vez no lo sacar\u00e9 ni har\u00e1 falta se dijo confiada, tratando de hallar su cajita de chicles y el peque\u00f1o espejo para acicalarse un poco antes de tomar el autob\u00fas que los conducir\u00eda con suma rapidez al hotel. Seguramente otros pasajeros que pasasen frente a ella, camino al mostrador, tambi\u00e9n alg\u00fan empleado, obrero encargado de la limpieza, de los dep\u00f3sitos de las maletas, qu\u00e9 sab\u00eda yo qui\u00e9n, no ten\u00eda tiempo de aclarar mis ideas, pendiente como estaba de Eduardo ni siguiera fijaba la atenci\u00f3n en el espejo, se preguntar\u00eda si se empolvaba bien o si delineaba los labios que \u00e9l sabe, muy rara vez me pinto. A nadie aclarar\u00eda qu\u00e9 hac\u00eda en aquel banco atenta m\u00e1s bien a las respuestas que, nuevamente, dar\u00eda Eduardo a las preguntas que le formulaban, id\u00e9nticas a un test o examen psicol\u00f3gico. Pens\u00e9 cuando ca\u00ed en cuenta de que le efectuaban de nuevo las mismas preguntas o nosotros dos \u00e9ramos quienes gir\u00e1bamos, nos mov\u00edamos en c\u00edrculos y no lo advert\u00edamos. Acaso, el funcionario estaba muy consciente de que se trataba de las mismas preguntas sobre los discos, los hicacos, los dos periodistas (seguramente buscando que Eduardo se contradijera) mientras yo, desde ac\u00e1, desde el banco, lo ve\u00eda y, mejor, me lo imaginaba cuando abr\u00eda el malet\u00edn otra vez, con la misma avidez, morbosidad, mejor dir\u00eda tratando de buscar, qu\u00e9 s\u00e9 yo, algo de lo cual acusarnos, frustrado de no hallar una pistola, una porci\u00f3n de droga. Porque ya ni los discos ni los potes de dulces, ni los libros que iban en ese malet\u00edn estaban, pero s\u00ed los que yo llevaba conmigo. Me sent\u00eda levemente mareada. Deb\u00eda ser el trasnocho. Pero no asustada. No ten\u00edamos nada que temer, ni esconder. Eduardo volv\u00eda a responder lo mismo, mientras yo me olvidaba del espejo, de los chicles y me entraban ganas de fumar. Pero me acord\u00e9 de la prohibici\u00f3n. No se deb\u00eda fumar dentro de las instalaciones de ning\u00fan aeropuerto, aunque \u00e9se sea el de Cuba. \u201cBienvenidos\u201d. Una morena muy hermosa, en la fotograf\u00eda, muestra algunas de las bellezas de la isla; una hoja de tabaco, una mata de ca\u00f1a, un mar azul\u00edsimo, abierto al para\u00edso y a la felicidad, dec\u00eda un slogan, o emerg\u00eda de una mata de helechos sobre la cual nac\u00eda la consigna y otra y otra, como adentro se formulaban las mismas preguntas para quiz\u00e1 obtener id\u00e9nticas respuestas como la valla permanece ah\u00ed, en medio del oleaje en la fotograf\u00eda, para que yo, plena de orgullo, leyera y captara aquel mensaje:<\/p>\n\n\n\n<p><strong>\u201cVenezuela no estar\u00e1 sola como lo estuvo Cuba\u201d<\/strong><br><strong>\u201cBienvenidos a la tierra de Mart\u00ed: la luz repartida en una sola mano\u201d<\/strong><br><strong>\u201cHacia el 16 aniversario: por la libertad, hasta la victoria siempre\u201d<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Un ni\u00f1o que parec\u00eda emerger del mar, llevaba, en la fotograf\u00eda la pancarta con ese \u00faltimo mensaje, mientras de las peque\u00f1as olas, otras manos y rostros repetidos de ese ni\u00f1o parec\u00edan aplaudir o vitorear la frase y aquella sonrisa suya, virginal, bast\u00f3 para lograr que olvidase cu\u00e1nto tiempo hab\u00edamos esperado que se aclarase qu\u00e9 si nosotros est\u00e1bamos tan limpios y claros como la risa de los ni\u00f1os que, en la fotograf\u00eda, parec\u00edan danzar en medio del oleaje, la imagen de lo c\u00f3ncavo cerr\u00e1ndose. Aunque no quer\u00eda volver a traer otra vez el recuerdo del caracol terminaba por imponerse, como el pie del ni\u00f1o sumergido en el agua. As\u00ed se lo comentar\u00eda a Eduardo cuando saliese, por fin, de aquel cuarto y recogi\u00e9ramos las maletas y, en carrera, s\u00ed, casi corriendo, tom\u00e1ramos el \u00f3mnibus que nos conducir\u00eda, sin m\u00e1s demoras, al hotel. Me levant\u00e9 como si adivinase que, en efecto, todo hab\u00eda sido aclarado. El inconveniente se origin\u00f3 tras la confusi\u00f3n del primer funcionario que nos atendi\u00f3, me dije o pens\u00e9, mientras me encaminaba, de nuevo, hacia el cuarto, justo cuando otro empleado, esta vez no uniformado, trajeado con palt\u00f3 gris y corbata negra, me invit\u00f3 a pasar adelante:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013 Deben aguardar ac\u00e1 por el jefe de la secci\u00f3n. No se preocupen por las maletas ni por sus compa\u00f1eritos de la excursi\u00f3n. Ellos esperar\u00e1n por ustedes -a\u00f1adi\u00f3 lac\u00f3nicamente, antes de esfumarse por la primera puerta, la que ya ella hab\u00eda visto como un boquete, de pronto entreabierto para que pensaran o estuviesen seguros de que alguien, detr\u00e1s, los espiaba y lo mejor ser\u00eda no hablar, no comentar nada, o aprender, de improviso, a comunicarse a trav\u00e9s de se\u00f1ales.<\/p>\n\n\n\n<p>Se qued\u00f3 observando a Eduardo pero no le hizo ning\u00fan comentario. Porque quer\u00eda estar segura de algo: el cuarto hab\u00eda sido modificado. Inclusive las sillas y el resto del m\u00ednimo mobiliario, un desvencijado escritorio, una papelera, un cenicero, no permanec\u00edan all\u00ed hac\u00eda una hora cuando fueron interrogados por primera vez. \u00bfSe dijo interrogados? Ni Eduardo parec\u00eda ser el mismo despu\u00e9s de la primera ronda de preguntas, ni el cuarto tampoco. De eso se sent\u00eda segura, aunque no se lo coment\u00f3 a su esposo y m\u00e1s bien se acerc\u00f3 a \u00e9l y le acarici\u00f3 la cabeza. La sinti\u00f3 caliente cuando bes\u00f3 sus cabellos y se fij\u00f3 en las paredes: vistas de cerca resultaba f\u00e1cil deducir que no se trataba de paredes reales sino de paneler\u00eda como de teatro. S\u00ed, se trataba de un teatro que ellos representaban y la escenograf\u00eda para el siguiente acto quedaba dispuesta y s\u00f3lo faltaba la presencia del tercer actor. Porque ellos aguardar\u00edan all\u00ed tranquilos, atentos a la luz que emanaba del bombillo desde el techo, apenas sostenido por un derruido cable que amenazaba con hacerlo caer sobre el escritorio, si acaso la pr\u00f3xima escena duraba m\u00e1s que la anterior, pens\u00f3 ella resignada y confiada en que Eduardo lo tomar\u00eda con calma. As\u00ed se lo hizo entender a Eduardo con su arqueo de cejas, sin dar mucha importancia al gesto para no llamar mucho su atenci\u00f3n y no romper el acuerdo de silencio que, t\u00e1citamente, hicieron.<\/p>\n\n\n\n<p>Como si estuviese apuntado en una libreta, ambos sonrieron. Se sent\u00edan seguros y confiados, aun cuando manos invisibles, detr\u00e1s del tel\u00f3n, parec\u00edan subir intensidad a la luz logrando, de esa forma, que las paredes lucieran blancas y sus rostros mucho m\u00e1s p\u00e1lidos, casi l\u00edvidos. Por lo menos, as\u00ed ve\u00eda yo a Eduardo. Me levant\u00e9 y le pas\u00e9 una toallita por su frente h\u00fameda. Me acerqu\u00e9, a la papelera: aquella servilleta ca\u00eda la primera, nunca hab\u00eda sido usada. Parec\u00eda ser el \u00fanico objeto nuevo. Porque inclusive en las paredes de cart\u00f3n reci\u00e9n pintadas se ve\u00edan marcas de clavos. Sent\u00ed pasos detr\u00e1s de la falsa pared. Dentro de unos segundos, como hab\u00eda sucedido la vez anterior, se ampliar\u00eda la rendija que volv\u00eda a dibujarse y hacerse cada vez m\u00e1s grande, hasta que se formase la puerta y entrara por ella otro hombre.<\/p>\n\n\n\n<p>Sonriente, con una pistola en la cintura, de gruesos bigotes y pronunciada calva, el nuevo funcionario, le extendi\u00f3, amablemente, la mano, en clara se\u00f1al de bienvenida. Se sent\u00f3. Pero, de inmediato, se tom\u00f3 un largo tiempo en la tarea de hojear sus pasaportes, como si tratase de hallar algo escondido entre sus p\u00e1ginas. Eduardo y Gloria se quedaron mir\u00e1ndolo, ambos dispuestos a responder con claridad y prontitud cualquier pregunta. Pero s\u00f3lo silencio y la luz expandida desde la bombilla: Eduardo pens\u00f3 que quiz\u00e1 de ese espacio los conducir\u00edan a otro igual. A \u00e9se donde imagin\u00f3 que estuvo respondiendo las mismas preguntas sobre los hicacos, los discos y los libros y \u00bfporqu\u00e9 no pensar que los \u00fanicos equivocados hab\u00edan sido ellos y nadie del grupo estuviese esperando la orden de salida en una sala? No se levant\u00f3 de la silla. Pero estuvo tentado a pedir un permiso para beber agua o solicitar que le trajesen un vaso. El hombre constataba algunos rasgos suyos con los de la fotograf\u00eda pegada al pasaporte. Por fin, se dign\u00f3 a hablar despu\u00e9s de colocar a un lado ambos documentos, uno encima del otro, y el ejemplar del libro de cuentos <strong>Con los ojos cerrados<\/strong> que Eduardo hab\u00eda consignado al otro funcionario, en el mismo momento en que entreg\u00f3 los pasaportes.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013 \u00bfQu\u00e9 t\u00fa crees compa\u00f1erito, que esto es una jaba y nos pasaremos toda la vida esperando a que, de la jaba, salgan las direcciones de las gentes que visitar\u00e1s ac\u00e1 en La Habana? No tendr\u00e1s tiempo de disfrutar si te pones a repartir tantos regalos. Nosotros, como te lo aclar\u00f3 el funcionario que te recibi\u00f3 afuera, contactaremos a los compa\u00f1eros, en tu nombre, y entregaremos los regalos. Ya se llen\u00f3 la correspondiente planilla. S\u00f3lo se requiere tu firma. Lo que te falt\u00f3 fue traer contigo otra maleta para que anduvieses por las calles de La Habana. \u00bfEs \u00e9ste tu primer viaje a La Habana verdad?<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013 S\u00ed. Nuestro primer viaje al extranjero -respondi\u00f3, mirando de reojo hacia el rinc\u00f3n donde, a trav\u00e9s de la rendija, otra puerta comenzaba a dibujarse y penetraba, a trav\u00e9s de ella, un tercer personaje, otro funcionario.<\/p>\n\n\n\n<p>Se acerc\u00f3 al otro: le comunic\u00f3 algo al o\u00eddo. Consign\u00f3 los pasaportes, el libro de Reinaldo Arenas, mientras desaparec\u00eda tras la hendija. Nuevamente, como si alguien hubiera extendido una s\u00e1bana blanca, quedaron frente al segundo funcionario, un gordinfl\u00f3n siempre sudoroso y sonre\u00eddo:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013 Que disfrutes La Habana, la ciudad que nunca terminamos de conocer; que se lo digo yo que nunca he salido de ella.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013 Muchas gracias. Entonces, me puedo quedar tranquilo. Ustedes entregar\u00e1n los discos \u00bfY qu\u00e9 pasar\u00e1 con los pomos de dulces para Reinaldo?<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013 Ya le dije que nos ocuparemos de averiguar la direcci\u00f3n. En cualquier momento lo llamaremos al Hotel Nacional y le proporcionaremos su direcci\u00f3n. Estaremos en contacto -Sentenci\u00f3, sonriente, mientras, de nuevo, le extend\u00eda la mano. Dio la espalda y se esfum\u00f3 tras la s\u00e1bana, extendida sin ninguna arruga, sin un pliegue.<\/p>\n\n\n\n<p>Eduardo respir\u00f3 muy hondo cuando sali\u00f3 al pasillo y apresur\u00f3 los pasos. Gloria, p\u00e1lida y exhausta, rompi\u00f3 a llorar. Eduardo, enternecido, la atrajo contra \u00e9l, tom\u00e1ndola por la cintura. La brisa, tenue, pero constante, agitaba levemente las hojas de los \u00e1rboles que rodeaban los jardines de la entrada principal al <strong>Aeropuerto \u201cJos\u00e9 Mart\u00ed\u201d<\/strong>.<\/p>\n\n\n\n<p>En la calle, sin saber ad\u00f3nde dirigirse, no entend\u00edan qu\u00e9 hab\u00eda sucedido con la agencia tur\u00edstica. De pronto, un hombre se aproxim\u00f3 cuando se dispon\u00eda a volver al aeropuerto. Se identific\u00f3 como taxista. Aguardaba por ellos. El servicio lo hab\u00eda solicitado la agencia de viajes. Ten\u00eda \u00f3rdenes de llevarlos, sin demoras, al Hotel Nacional.<\/p>\n\n\n\n<p>No; no era un sue\u00f1o. Hab\u00edan emergido, por fin, de aquella pesadilla. Dieron un portazo al viejo Opel bien conservado, que serv\u00eda de taxi, despu\u00e9s de unos veinte a\u00f1os de uso, y ya distendidos, ocuparon el asiento trasero, dispuestos a disfrutar cada uno junto a una ventana, de la primera impresi\u00f3n de la ciudad. Se abr\u00eda ante ellos como la hilera de palmeras que, agitadas, parec\u00edan saludar a su paso.<\/p>\n\n\n\n<p>Sin acuerdo previo, ninguno de las dos refiri\u00f3 el incidente, una vez dentro del carro. Gloria luc\u00eda, al contrario, entusiasmada con la idea de aprovechar la ma\u00f1ana libre para conocer los alrededores del Hotel Nacional y caminar a lo largo del malec\u00f3n que se ofrec\u00eda muy hermoso en la fotograf\u00eda del folleto que, por un momento, estuvo hojeando antes de que Eduardo llamara su atenci\u00f3n sobre los mensajes en las atractivas vallas. Abundaban tanto como las palmeras y ceibas que crec\u00edan innumerables, en algunas avenidas de aquella hermosa ciudad, cuyo color del cielo parec\u00eda haberse empozado o concentrado en las aguas del mar m\u00e1s azul que hab\u00eda visto y se atrev\u00eda a decir, tal vez, que ver\u00e1 en su vida. Y lo mostraba a Gloria que optaba, en efecto, como se lo solicitaba Eduardo, por guardar el folleto que la agencia de viajes en Valencia les hab\u00eda obsequiado cuando entreg\u00f3 los pasajes ya confirmados. \u00bfQu\u00e9 empe\u00f1o en ver ahora fotograf\u00edas del malec\u00f3n si, ahora, lo ten\u00edan, real e inconmovible como una inmensa roca frente al mar?<\/p>\n\n\n\n<p>El chofer, entrenado para compartir con los turistas estas experiencias, aminor\u00f3 la marcha sin que alguno de ellos se lo hubiese pedido. Eduardo se lo agradeci\u00f3. Estaban a s\u00f3lo cien metros del Hotel Nacional que, desde all\u00ed, luc\u00eda soberbio, montada su estructura sobre un terrapl\u00e9n, una roca enorme que elevaban sus torres al cielo, frente a la valla gigantesca que parec\u00eda emerger de las olas. Gloria extrajo la camarita fotogr\u00e1fica y se la pas\u00f3 a Eduardo, incit\u00e1ndolo, de esa manera, a tomar las primeras fotograf\u00edas. Ahora, se preparaba para iniciar el registro de algunas im\u00e1genes eternizadas, pozo de luz, rendija que se abr\u00eda en el mar agitado para ellos, el aletazo a ras de agua, a ras de quemadura, la fuerza de un momento, el golpe de una ola atrapado en un peque\u00f1o cart\u00f3n que, alg\u00fan d\u00eda, amarillear\u00eda y se conservar\u00eda en el recuerdo vivo, cada vez que abrieran el \u00e1lbum y se descubriesen m\u00e1s j\u00f3venes o pudiesen leer, de nuevo, el mensaje escrito en la gran valla y en la fotograf\u00eda que, ojal\u00e1, haya quedado n\u00edtidamente registrado para que releyeran su texto las veces que deseasen:<\/p>\n\n\n\n<p><strong>\u201cVenezuela no estar\u00e1 sola como lo estuvo Cuba\u201d<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Gloria me lo hab\u00eda se\u00f1alado. Casi lleva mi mano a disparar la fotograf\u00eda. La ve\u00eda contenta. Me hac\u00eda feliz saber que hab\u00eda olvidado el incidente vivido y que no lo recordar\u00edamos sino, quiz\u00e1, el resto del d\u00eda, me dije mientras trataba de tomar las primeras im\u00e1genes de las gentes agolpadas en el malec\u00f3n con ganas de permanecer all\u00ed unos momentos, quiz\u00e1 horas, menos de lo que durar\u00e1n en la fotograf\u00eda que les tomo, sin que, al principio, lo advirtiesen sobre todo los ni\u00f1os, atentos al momento en que descendimos del auto. Corrieron detr\u00e1s de la m\u00e1quina, para ofrecer, en venta, unos caracoles, unos bellos guijarros o sonre\u00edr, mientras atrapo su risa en mi c\u00e1mara, el mensaje de otra valla detr\u00e1s <strong>El camino de la revoluci\u00f3n es un jard\u00edn de rosas, pero, tambi\u00e9n, de manos enlazadas y de espinas<\/strong>. La sonrisa espont\u00e1nea y fresca del ni\u00f1o que parec\u00eda ser el gu\u00eda del grupo, nos segu\u00eda, casi pidi\u00e9ndole al chofer que detuviese el auto, mientras Gloria hurgaba en su cartera tratando de hallar unos caramelos, una cajita de chicles para complacer el pedido de los ni\u00f1os. La veo en su af\u00e1n, mientras disparo la c\u00e1mara y capturo la segunda, tercera, cuarta imagen, qu\u00e9 importa cu\u00e1ntas lleve. El ni\u00f1o, que parec\u00eda el l\u00edder de todos, se coloc\u00f3 frente a la c\u00e1mara; al fondo, el mar, el texto de otra valla: <strong>Cuba se alza en cada gota de agua de este mar cada amanecer, las manos elevan fusiles y rosas<\/strong> y el ni\u00f1o muestra su pu\u00f1ado de caracoles, su sonrisa. Gloria se enternece y le da unos cuantos caramelos, mientras el chofer se r\u00ede de la ocurrencia de los ni\u00f1os. Pero nos mira atentos a trav\u00e9s del retrovisor, aunque se comporta con amabilidad y nos pregunta por la marcha del gobierno de Carlos Andr\u00e9s P\u00e9rez a quien, tambi\u00e9n, considera un revolucionario, amigo de la revoluci\u00f3n cubana. Remarca sus palabras, quiz\u00e1 en busca de una respuesta nuestra. Preferimos callar y seguir atentos al ni\u00f1o de los caracoles, a sus compa\u00f1eritos que lo siguen y a las muchas parejas que, sentadas en el malec\u00f3n, esperan un barco, una carta, o quiz\u00e1 nada, sino una nueva imagen del mar, contemplar el aletear de p\u00e1jaros marinos o los ni\u00f1os que se zambull\u00edan en busca de piedras, erizos o monedas.<\/p>\n\n\n\n<p>Me sent\u00eda complacido, feliz de ver a Gloria tan contenta. Hab\u00edamos olvidado el mal rato que acab\u00e1bamos de pasar: el mar y los ni\u00f1os hab\u00edan logrado el milagro. Ella se arrimaba a la ventanilla en busca, quiz\u00e1, de un mejor \u00e1ngulo. Le entregu\u00e9 la c\u00e1mara. Lleg\u00f3 un momento en que prefer\u00ed vivir la emoci\u00f3n y, despu\u00e9s, evocarla, transformarla en otro \u00e1ngulo. El chofer, acaso porque adivin\u00f3 mi pensamiento, orill\u00f3 el auto. Sin pensarlo m\u00e1s, descend\u00ed del auto y lo m\u00e1s que pude, me arrim\u00e9 a la baranda del malec\u00f3n. Le volv\u00ed a quitar la c\u00e1mara a Gloria, quien tambi\u00e9n descendi\u00f3 y respir\u00f3 hondo en un intento de aspirar el perfume marino. Los ni\u00f1os, que los hab\u00edan estado siguiendo, alzaron un plato lleno de peces reci\u00e9n pescados, semillas, boniatos y malangas. Se les acercaron manifestando el deseo de ser fotografiados \u2014pens\u00f3 Eduardo mientras se qued\u00f3 observando las piernas llenas de rasgu\u00f1os en casi todos ellos. Quien parec\u00eda ser el l\u00edder del grupo sonri\u00f3 pl\u00e1cidamente.<\/p>\n\n\n\n<p>-Hola \u00bfc\u00f3mo te llamas?<\/p>\n\n\n\n<p>-Adinay. Y mis amigos se llaman Lucrecio y Daniel, el \u00fanico penoso del grupo. Nosotros le decimos<em> El mudo<\/em> -a\u00f1adi\u00f3 mientras no perd\u00eda de vista a Gloria, pensando en que les dar\u00eda m\u00e1s chicles o l\u00e1pices.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00bfAh s\u00ed? A que lo hago hablar; apuesto a que lo hago hablar.<\/p>\n\n\n\n<p>Eduardo se secrete\u00f3 con Gloria. Enseguida, le entreg\u00f3 un par de bol\u00edgrafos nuevos de entre las decenas que hab\u00edan tra\u00eddo para repartir, advertidos como fueron por Carmen Irene, una semana antes del viaje, que a los ni\u00f1os cubanos les gustaba recibir caramelos y necesitaban bol\u00edgrafos, l\u00e1pices de cualquier tipo y, si era posible, crema dental y jabones, muy escasos en la isla debido al f\u00e9rreo bloqueo comercial impuesto por los Estados Unidos, despu\u00e9s de que Fidel anunci\u00f3 ante la multitudinaria concentraci\u00f3n, hac\u00eda unos doce a\u00f1os ya (pero dec\u00eda Carmen Irene que todav\u00eda se le enervaba la piel al recordar aquella escena), que Cuba era libre desde el momento de arranque de la revoluci\u00f3n. Uno de los peque\u00f1os jabones que tra\u00eda Gloria en su cartera (pues los dem\u00e1s ven\u00edan en la maleta), fue a parar a las manos de Daniel, llamado<em> El mudo<\/em>, quien no s\u00f3lo dio las gracias sino que sali\u00f3 corriendo con el trofeo en sus manos, muy apretado el jab\u00f3n mientras, descalzo, ajeno al calor del asfalto, o tras la emoci\u00f3n, parec\u00eda no sentir el calor. Estaba acostumbrado quiz\u00e1. Una y tres veces, volteaba a mirar el grupo, para asegurarse de que ninguno de los ni\u00f1os lo segu\u00edan y tener la certeza de que volver\u00eda con un gran regalo sorpresa para su mam\u00e1 y ya estar\u00eda justificada sus dos horas por el malec\u00f3n, antes de vestir, con rapidez, el uniforme, saborear el plato de frijoles y la media taza de arroz que le correspond\u00eda como raci\u00f3n en aquel mediod\u00eda.<br>Daniel se perdi\u00f3 de vista al doblar frente al <strong>Hotel Deauville<\/strong>. Sus compa\u00f1eros, ya con golosinas y el resto de bol\u00edgrafos en las manos, bien seguros los platos llenos de peces y boniatos con que retornar\u00edan a sus casas despu\u00e9s de concluir su sesi\u00f3n de fotos para aquella pareja. Parec\u00edan no tener prisa en llegar a su hotel. Hasta el chofer, despreocupado, prefer\u00eda hojear su ejemplar de <strong>Granma<\/strong>, antes que tomar m\u00e1s sol de la cuenta. Pues el d\u00eda apenas si empezaba para \u00e9l. Tan pronto los dejara a las puertas del Hotel Nacional, una vez que bajara sus maletas y se hubiesen perdido entre los ascensores \u00e9l tendr\u00eda que acudir al control de Seguridad del Hotel. Informar\u00eda a la Aduana que los controles all\u00ed no funcionaban a la perfecci\u00f3n. Porque, de otra manera no se explicaba c\u00f3mo no detectaron los jabones y bol\u00edgrafos, pens\u00f3 mientras fing\u00eda que estaba interesado en ese reportaje especial sobre el significado, alcance y vigencia de los <strong>Comit\u00e9s de Defensa de la Revoluci\u00f3n<\/strong>, que ocupaba las p\u00e1ginas centrales, redactado precisamente por su amiga, la periodista Saelia Flores, una camarada que trabaj\u00f3 m\u00e1s de un a\u00f1o en la Sierra junto con Fidel, tomando nota de todos los planes del Comandante, soportando fr\u00edo, durmiendo sobre piedras en improvisadas chozas construidas con enormes hojas de los grandes helechos. Una muestra de ellos, seg\u00fan le cont\u00f3 la propia Saelia, emocionada, casi al borde de las l\u00e1grimas, hab\u00eda hecho sembrar al Comandante en el Palacio de la Revoluci\u00f3n. No por capricho, subrayaba ella, sino para tener, en aquel vivero, parte de la Sierra Maestra en El Palacio y jugar a que, as\u00ed como \u00e9l mov\u00eda las hojas del peri\u00f3dico dentro del auto para no perder ninguno de sus movimientos y reportar cualquier acci\u00f3n sospechosa, tan pronto rindiese su informe, el sol vetea y deja discernir, entre el juego de matices de la luz y sombra, qu\u00e9 es lo verdadero; qu\u00e9 me imagino yo; qu\u00e9 resulta cierto. Porque quien quita y sean inocentes, pens\u00e9 pero le repito, Agente Rosa Guti\u00e9rrez, que dejo de llamarme Juan Ben\u00edtez, algo se trae esa pareja con su insistencia en tomar fotograf\u00edas a los ni\u00f1os. Le digo que yo recomendar\u00eda incautar el rollo de la c\u00e1mara y aplicar la receta de siempre: dejar un rollo virgen en su sitio. Se trata de una Instamatic. Resulta mucho m\u00e1s f\u00e1cil. No s\u00e9 c\u00f3mo result\u00f3 la operaci\u00f3n en el aeropuerto. Pero nos encontramos ante un caso especial. No s\u00e9 si usted misma pasar\u00e1 el reporte a la jefa de las gu\u00edas. Que se mantengan atentas a los movimientos, pensaba Juan, el chofer, mientras fing\u00eda que le\u00eda el <strong>Granma<\/strong>. En efecto, mov\u00eda las hojas del peri\u00f3dico y evocaba el cuento de Saelia, el dibujo del sol que se filtraba entre las hojas y formaba, en el suelo, siluetas y figuras que invitaban a seguir el juego de la luz sobre los cuerpos.<\/p>\n\n\n\n<p>Juan alz\u00f3 la vista y vio que otro grupo de ni\u00f1os, inocentes a su juego, se acercaban a la pareja y ped\u00edan ser fotografiados. Pero, tambi\u00e9n, hab\u00edan tra\u00eddo caracoles, piedras y unas tortuguitas llamadas jicoteas por los cubanos, semejantes a las ofrecidas por el ni\u00f1o que nos abord\u00f3 minutos antes de pasar a la Aduana, en Maiquet\u00eda. S\u00f3lo que \u00e9stas parec\u00edan m\u00e1s acabadas o resultaban mucho m\u00e1s art\u00edsticas, aclar\u00f3 Eduardo cuando tom\u00e9 una en mis manos y se la mostr\u00e9, tratando de que adivinara lo que deseaba comunicar, sin hablar mucho, ni habernos puesto de acuerdo previamente. Efectuamos pocos comentarios dentro del auto, y ninguno relacionado con la experiencia de la Aduana.<\/p>\n\n\n\n<p>Mir\u00e9 hacia el Hotel; lo vi imponente, digno realmente de una fotograf\u00eda. Clavado en la roca gigantesca que parec\u00eda servirle de sost\u00e9n. Observ\u00e9 que el chofer, tan despreocupado como nosotros en llegar all\u00ed, casi se hab\u00eda hundido en el peri\u00f3dico. Acaso se olvid\u00f3 de nosotros, pens\u00e9 mientras volv\u00eda a detallar la jicotea ofrecida por el ni\u00f1o que dijo llamarse Adinay, que era hijo de santeros, remarcando, as\u00ed, el comentario anterior de Eduardo respecto a la diferencia entre las dos jicoteas y si me lo llevaba, me aclar\u00f3 Adinay, me convert\u00eda en poseedora de un peque\u00f1o Eleggu\u00e1, el ni\u00f1o revoltoso del pante\u00f3n Yoruba. Le di al ni\u00f1o los caramelos que me quedaban. Un bol\u00edgrafo y un jaboncito. \u00c9l me entreg\u00f3 el peque\u00f1o Eleggu\u00e1 quien tambi\u00e9n pareci\u00f3 agradecerme que lo llevara conmigo al Hotel, \u201cle ofrenda cositas jugueticos, un caramelito de miel\u201d, me hab\u00eda indicado el ni\u00f1o al tiempo que me quedaba con la idea fija del comentario realizado por Eduardo, dos minutos antes, y cre\u00ed adivinar rasgos de Adinay en la cara dulce de aquella jicotea que, de ahora en adelante, se convertir\u00eda en mi compa\u00f1era, o, mejor, en otro compa\u00f1ero. Pues si se trataba de una representaci\u00f3n de Eleggu\u00e1 deb\u00eda hablar de ni\u00f1o, parec\u00edan responder a coro las olas que, armoniosamente, golpeaban contra el malec\u00f3n; golpeaban y se retiraban para volver a chocar enseguida, sin que hubi\u00e9semos tenido tiempo de ver a unos cuantos cangrejos caminando r\u00e1pidamente sobre las rocas, buscando un escondite entre las piedras reci\u00e9n humedecidas, vueltas a humedecer, cuando apenas, en el retorno, los cangrejos hab\u00edan tenido tiempo de reanudar su fren\u00e9tico avance hacia alg\u00fan escondite.<\/p>\n\n\n\n<p>Gloria se encaram\u00f3 sobre uno de los bancos para tomar el mejor \u00e1ngulo de aquel hermoso terrapl\u00e9n sobre el cual se erig\u00eda el Hotel que fotografiamos, antes de registrarnos. Quedamos un rato no s\u00f3lo ante los cangrejos, sino, tambi\u00e9n, ante la imagen de las ara\u00f1as que, afanosas, buscaban su escondite. Gloria se baj\u00f3 del banco y nos despedimos de los ni\u00f1os. Antes de llegar al carro, le hice, con disimulo, una se\u00f1al a ella para que se fijara en la torpeza del chofer que fing\u00eda ignorar nuestros movimientos, hundido, supuestamente, en la lectura del peri\u00f3dico: lo bajaba cada vez que deseaba seguirnos desde su asiento, aparentemente ajeno a nuestra conversaci\u00f3n. Ella no coment\u00f3 nada. Nos sonre\u00edmos mientras entr\u00e1bamos al auto y nos desped\u00edamos de los ni\u00f1os, agitando las manos.<\/p>\n\n\n\n<p>Subimos la escalera de entrada al hotel, guiados por un joven empleado, muy amable, quien nos condujo, entre bell\u00edsimos y enormes arreglos florales, a uno y otro lado del ampl\u00edsimo lobby, hasta la oficina de recepci\u00f3n. Me cercior\u00e9 de que la maleta hubiese sido sacada del taxi; cancel\u00e9 al taxista y di media vuelta para unirme a mi esposa que me aguardaba para llenar la respectiva planilla de entrada.<\/p>\n\n\n\n<p>-Bienvenido compa\u00f1ero Eduardo; lo est\u00e1bamos esperando para anunciar el programa de los tres primeros d\u00edas. Porque existen algunos cambios en el itinerario. Se produjeron a \u00faltima hora y es bueno que los conozcan todos antes de tomar la ma\u00f1ana libre, pues la excursi\u00f3n inicial, la vista panor\u00e1mica de la ciudad de La Habana, fue movida para las dos de la tarde. No se cumplir\u00e1 a las diez de la ma\u00f1ana como fue prevista al comienzo. El cambio en el programa se origin\u00f3 por el retraso en la salida del avi\u00f3n en Maiquet\u00eda -explic\u00f3 una joven, quien se identific\u00f3 con el nombre de Iroelia, e inform\u00f3 que fungir\u00eda, en compa\u00f1\u00eda de otra de nombre Carmen Luisa, como gu\u00eda del grupo durante todas las salidas y viajes incluidos dentro del paquete tur\u00edstico.<\/p>\n\n\n\n<p>Cuando llenaba la tarjeta de ingreso y pregunt\u00f3 a Gloria por el pasaporte, ambos cayeron en cuenta de que no los llevaban con ellos. Se puso nervioso pensando que los hab\u00edan dejado dentro del taxi o se cayeron mientras Gloria repart\u00eda bol\u00edgrafos, jabones y caramelos a los ni\u00f1os. Sudando copiosamente, se dirigi\u00f3 a la entrada. Quer\u00eda informar a Iroelia, la gu\u00eda del grupo que, extra\u00f1amente, no llevaba consigo el pasaporte. Le pidi\u00f3, por favor, que llamase, por radio, al taxista que los recogi\u00f3 en el aeropuerto. Iroelia sonri\u00f3 y, amablemente, le dio una palmadita en el hombro.<\/p>\n\n\n\n<p>-No se preocupe, compa\u00f1ero, ya fui reportada de que su pasaporte y el de su se\u00f1ora, llegar\u00e1n m\u00e1s tarde. Recuerde que ustedes demoraron un poco para salir de la aduana.<\/p>\n\n\n\n<p>-No entiendo nada. Se quedan con los regalos y con los pasaportes. Pero no me notificaron nada. No que yo recuerde.<\/p>\n\n\n\n<p>-C\u00e1lmese compa\u00f1erito. Seguramente por el apuro suyo en salir no lo advirtieron. Sus pasaportes est\u00e1n en buenas manos. Peor hubiese sido que los hubieran extraviado. Ni siquiera se hab\u00edan dado cuenta de que no los llevaban . Pero no coja lucha; suba al cuarto, deje sus maletas que lo estar\u00e9 esperando con el mismo cari\u00f1o. Usted lleg\u00f3 a La Habana; vino a disfrutar y para recorrer la ciudad de punta a punta. Lo \u00fanico que usted necesita llevar adonde vaya es la tarjeta de hu\u00e9sped del Hotel Nacional, que acaba de recibir y espero no extrav\u00ede -a\u00f1adi\u00f3 la gu\u00eda, mientras lo acompa\u00f1aba de nuevo hasta el mostrador para que terminase de llenar los datos de su registro y entrada al hotel.<\/p>\n\n\n\n<p>Mientras Eduardo terminaba de completar los datos, su esposa se sent\u00f3 en el sof\u00e1, frente al ascensor de donde nunca terminaban de salir y entrar decenas de personas. Extrajo un cigarrillo y lo encendi\u00f3 con toda calma. Su Eleggu\u00e1, al fondo de la cartera, la observaba y revolv\u00eda algunos papelitos que ella guardaba, envoltorios de caramelos cuyos dise\u00f1os le gustaban, una diminuta pasta dental que m\u00e1s bien parec\u00eda alg\u00fan regalo para \u00e9l mismo, cosa de ni\u00f1os, era una leyenda,<em> puro cuento que inventaba la gente acerca de que yo, Eleggu\u00e1, me pongo celoso de los ni\u00f1os, si son ni\u00f1os como estos dos que ya estaban en casa mucho antes de que yo entre en la suya cuando viaje con Gloria y ella decida colocarme en el piso o en alguna repisa. Ya la veo llegando y abrazando a esta preciosura de ni\u00f1os sus hijos en la foto junto al padre que los volvi\u00f3 a guardar muy cerca de m\u00ed, casi al lado m\u00edo, mientras sigue fumando con mucha calma, y yo me acurruco al fondo de su cartera revolviendo papeles y monedas, l\u00e1pices labiales y espejitos, semejantes a ella y bien distinto a \u00e9l que no ha parado de ir de un lado a otro. Ya a punto de encender su segundo cigarro se levant\u00f3 cuando Eduardo termin\u00f3 de llenar la hoja y recibi\u00f3 las llaves de la habitaci\u00f3n. Deseosa de olvidar todo el mal rato de la Aduana que si lo trajo a su memoria hab\u00eda sido causado por el asunto de los pasaportes, se acerc\u00f3 a uno de aquellos arreglos florales tan hermosos que parec\u00edan ser un asunto de sue\u00f1o y de fantas\u00eda pens\u00f3 ella, hechos con hojas de helechos muy gruesas, calas de un rojo muy intenso, orqu\u00eddeas amarillas que nunca en su vida hab\u00eda contemplado con anterioridad y crisantemos muy blancos, marcando un contraste de colores. Ante la visi\u00f3n de dos abejas que revoloteaban en c\u00edrculos en torno a las flores, Gloria se convenci\u00f3 de que se trataban de flores reales, naturales, y que no requer\u00eda palparlas para gozar de su tersura. Como las abejas en busca de n\u00e9ctar, la segu\u00eda yo tambi\u00e9n, dando vueltas dentro de la cartera. Pero sin hacer mucho ruido, porque no quer\u00eda ser advertido por ella antes de que me sacara de all\u00ed, de su cartera, si es que se decid\u00eda a hacerlo dentro de la habitaci\u00f3n. \f<\/em><\/p>\n\n\n\n<p>-\u201cMira qu\u00e9 bellas esas calas Eduardo, parecen de cera\u201d \u2014o\u00eda que le dec\u00eda a Eduardo, que, por fin conclu\u00eda sus asuntos con la recepci\u00f3n y as\u00ed nos dejaba el campo limpio a los tres. Podr\u00edamos subir y arreglar las cosas antes de bajar nuevamente al lobby como indic\u00f3 la gu\u00eda\u2026<\/p>\n\n\n\n<p>-\u201cS\u00ed; muy hermosas. Estamos listos, por fin. Subamos a la habitaci\u00f3n y arreglemos lo que podamos en diez minutos, pues esperan por nosotros\u201d<\/p>\n\n\n\n<p>Felices y seguros de estar solos en la amplia habitaci\u00f3n que les fue asignada, se abrazaron y lloraron de felicidad despu\u00e9s de la larga e intensa jornada vivida en la ma\u00f1ana.<\/p>\n\n\n\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/jose-napoleon-oropeza\/\" target=\"_blank\" rel=\"noreferrer noopener\">Sobre el autor<\/a><\/h4>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Jos\u00e9 Napole\u00f3n Oropeza Los buenos cazadores, los tipos que, en verdad, se despojan del miedo, son aquellos capaces de olvidar qui\u00e9nes son para convertirse, s\u00f3lo un momento, en un ojo, un o\u00eddo y un arma. John Dos Passos L\u00e9eme en Pi\u00f1era y no en uno de esos ilustres fallecidos o contempor\u00e1neos consagrados. 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