{"id":11439,"date":"2024-03-29T20:17:39","date_gmt":"2024-03-29T20:17:39","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=11439"},"modified":"2024-03-29T20:24:46","modified_gmt":"2024-03-29T20:24:46","slug":"cuentos-americanos","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/cuentos-americanos\/","title":{"rendered":"Cuentos americanos (selecci\u00f3n)"},"content":{"rendered":"\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\">Rufino Blanco Fombona<\/h4>\n\n\n\n<p><strong>EL CAD\u00c1VER DE DON JUAN<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Mi amigo don Pablo y yo ten\u00edamos la costumbre de pasearnos juntos, casi todas las tardes, por los alrededores de Caracas. Aunque de m\u00e1s edad que yo, y de m\u00e1s experiencia, nos plac\u00edamos en sociedad el uno del otro, no tanto por similitudes de car\u00e1cter como por afici\u00f3n a huronear en las antiguas cr\u00f3nicas del pa\u00eds, en las cr\u00f3nicas de la \u00e9poca boliviana, en las que a menudo sal\u00edan a colaci\u00f3n abuelos suyos o abuelos m\u00edos.<\/p>\n\n\n\n<p>Era don Pablo el hombre m\u00e1s grato del mundo, el m\u00e1s irresta\u00f1able y deleitoso conversador.<\/p>\n\n\n\n<p>Dirig\u00edmonos una tarde hacia el norte de la ciudad. Pasamos el puente del Guan\u00e1bano, dejamos a nuestras espaldas las \u00faltimas y desgranadas casucas de Caracas, por aquella extremidad, y nos enderezamos hacia las primeras estribaciones del \u00c1vila. Desde la planicie eminente, al pie de tan majestuosa cadena de monta\u00f1as como aquella que separa a Caracas del mar, divis\u00e1bamos la ciudad entera, tendida entre el Catuche y el Guaire, desde el Puente del Guan\u00e1bano al norte hasta el Puente de Hierro al sur.<\/p>\n\n\n\n<p>Los techos de la ciudad rojeaban a la suave luz de la tarde, y los mil jardines caraque\u00f1os desplegaban la copa verde de sus acacias, el abanico de sus chaguaramos o la elegante arquitectura vegetal de sus araucarias, entre las c\u00fapulas plomizas y las torres blancas, por encima de los tejados purp\u00fareos.<\/p>\n\n\n\n<p>Ascendimos un poco m\u00e1s. De pronto nos encontramos con una pared descascarada y leprosa, sobre la cual empotr\u00e1banse, de distancia en distancia, altas verjas cubiertas de herrumbre.<\/p>\n\n\n\n<p>Era el antiguo y abandonado cementerio de Los hijos de Dios.<\/p>\n\n\n\n<p>La hierba crec\u00eda entre las tumbas. Cruces de hierro, tomadas de or\u00edn, yac\u00edan por tierra. Sobre las l\u00e1pidas de m\u00e1rmol, llenas de polvo, se borraban las inscripciones.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014 \u00a1Qu\u00e9 incuria! observ\u00e9 a mi compa\u00f1ero. \u00a1Y pensar que los nietos de casi todos esos muertos, r\u00eden o sufren, es decir, viven, a unos cuantos pasos de las tumbas de sus abuelos, sin curarse lo m\u00e1s m\u00ednimo de esos muertos a quienes quiz\u00e1s deban, los unos la miel de la vida, los otros la cicuta!<\/p>\n\n\n\n<p>Objetome don Pablo que eso era casi inevitable, y a\u00f1adi\u00f3:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014 Voy a referirle, a prop\u00f3sito, un caso curios\u00edsimo.<\/p>\n\n\n\n<p>Nos hab\u00edamos sentado en sendos poyos de maniposter\u00eda que sirvieron tal vez antes a funerales y pla\u00f1ideros cipreses. El sol descend\u00eda al ocaso. La ciudad, a nuestros pies, se envolv\u00eda en un crep\u00fasculo de oro.<\/p>\n\n\n\n<p>Don Pablo empez\u00f3 a referirme:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014 Siendo yo prefecto de Caracas, a\u00f1os atr\u00e1s, present\u00f3se una tarde en mi despacho una agraciada mujer, vestida de luto. La enlutada me dijo: \u00abSe\u00f1or prefecto: vengo a poner en conocimiento de usted un asunto muy grave. En el cementerio del sur ha sido sustra\u00eddo un cad\u00e1ver de su fosa\u00bb. El caso, en efecto, era grave. Quise explicaciones; las de aquella se\u00f1ora no me bastaban, y, una hora despu\u00e9s del denuncio, tom\u00e9 un coche y me encamin\u00e9 personalmente al cementerio.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014 \u00bfQu\u00e9 sac\u00f3 usted en limpio?<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014 Va a saberlo. El cad\u00e1ver hab\u00eda sido sustra\u00eddo. Era el cad\u00e1ver de un hombre de la clase media, no muy joven ni muy guapo, muerto de tisis galopante meses antes. Este hombre ten\u00eda dos queridas, la querellante, Marcela X, y otra mujer llamada Ana Luisa.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014 Ya comprendo, interrump\u00ed a mi amigo.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014 Pues bien, yo no comprend\u00eda&#8230; Para aclarar la verdad hice venir las dos mujeres a mi despacho. Proced\u00ed al careo. Del careo saqu\u00e9 en dos platos que el amante viv\u00eda con Marcela, la denunciante, y que, apenas sinti\u00f3se enfermo, la abandon\u00f3 y se fue a vivir, a vivir y a morir, en casa de Ana Luisa. Marcela no se quejaba de la conducta de su amigo. La disculpaba m\u00e1s bien:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014 \u00abFue, dec\u00eda, indicando a su rival, all\u00ed presente, porque la se\u00f1ora gozaba de mejor posici\u00f3n econ\u00f3mica que yo. \u00c9l necesitaba cuidados. Por eso lo perdon\u00e9\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014 \u00abNo, rug\u00eda la otra mujer: se fue a vivir conmigo porque me prefer\u00eda, porque me amaba, como yo le amaba a \u00e9l y como amo y amar\u00e9 su memoria\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>Mi amigo advert\u00eda la impresi\u00f3n que me causaba el relato y continu\u00f3 dici\u00e9ndome que \u00e9l tuvo que interrumpir aquellos arrebatos pasionales para que lo informasen pronto y claro respecto de la sustracci\u00f3n del cad\u00e1ver. Entonces Ana Luisa, la rica de las dos enamoradas, le refiri\u00f3 la verdad:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014 \u00abFulano, estaba en una tumba que la se\u00f1ora, dijo volvi\u00e9ndose hacia la denunciante, conoc\u00eda; tumba que yo pagu\u00e9 y que yo cuidaba. Todos los domingos iba yo al cementerio y encontraba sobre la tumba de mi amante un ramo de flores. Siempre arrojaba fuera aquellas intrusas flores y a cada semana encontraba sobre la tumba un nuevo ramo. Sospech\u00e9 desde el principio que ser\u00edan de la se\u00f1ora; pero quise convencerme y me convenc\u00ed. Entonces, celosa o loca, no s\u00e9, soborn\u00e9 a un empleado del cementerio e hice cambiar de fosa el cad\u00e1ver de Fulano. Por eso la se\u00f1ora, tambi\u00e9n celosa y todav\u00eda enamorada, ha puesto el denuncio.\u00bb<\/p>\n\n\n\n<p>Cuando mi amigo don Pablo termin\u00f3 su relato, no pudo menos de exclamar, con sonrisa picarona:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014 \u00a1Cu\u00e1l virtud poseer\u00eda aquel diablo de hombre para hacerse querer tan hondamente de un par de bellas y j\u00f3venes mujeres!<\/p>\n\n\n\n<p>Ya hab\u00eda ca\u00eddo la noche.<\/p>\n\n\n\n<p>A nuestros pies Caracas se iluminaba. Cuando empezamos a descender mil focos el\u00e9ctricos parpadeaban en la sombra. De la ciudad emerg\u00eda como un vapor de luz.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-center\"><\/p>\n\n\n\n<p><strong>LA BRUJA DEL GUAVIARE<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Una india bruja habitaba entre las pe\u00f1as, no lejos del Guaviare. Pero nadie lo sab\u00eda sino los indios. Y la vieja era miserable e infeliz.<\/p>\n\n\n\n<p>Por all\u00ed no abundaba el caucho, como a las m\u00e1rgenes del Orinoco y del Casiquiare; y aquello era un desierto.<\/p>\n\n\n\n<p>Un hombre de Ciudad Bol\u00edvar, que viv\u00eda en el Alto Orinoco desde sus mocedades, descubri\u00f3 un d\u00eda dos o tres leguas de cauchal, no lejos del Guaviare, en un ca\u00f1o de este r\u00edo. Fuese el descubridor a San Fernando de Atabapo y obtuvo del gobernador la concesi\u00f3n del cauchal, mediante el pago de los derechos. Instal\u00f3 all\u00ed su barraca y en la barraca a su familia. Ranchos de peones, poco a poco, se fueron levantando en torno. La colonia empez\u00f3 a prosperar.<\/p>\n\n\n\n<p>No distante de la colonia moraba la bruja del Guaviare. Pero nadie en la rancher\u00eda le hizo jam\u00e1s el menor caso, ni le dio jam\u00e1s una miga de pan cuando la mendigaba, hambrienta, la anciana.<\/p>\n\n\n\n<p>Aquella vieja india ech\u00e1bala de bruja y curandera, anunciaba el tiempo de lluvia y la sequ\u00eda, y gozaba de gran predicamento entre los indios que ven\u00edan a consultarla desde lue\u00f1es tierras. Aliment\u00e1base la hechicera de ra\u00edces y de animales inveros\u00edmiles, apenas finada la escu\u00e1lida raci\u00f3n de ma\u00f1oco que sol\u00edan dejarle, de cuando en cuando, admiradores ind\u00edgenas que la visitaban con un motivo u otro.<\/p>\n\n\n\n<p>Hab\u00eda escogido por palacio la anciana cierta oquedad en una monta\u00f1a de piedra, no distante, como se ha dicho, de la colonia. \u00danico respiradero en aquella galer\u00eda de granito era la apertura de acceso por donde, junto con la luz cotidiana, filtr\u00e1base, cuando llov\u00eda, el agua del cielo.<\/p>\n\n\n\n<p>Un peoncillo de cortos a\u00f1os e inn\u00fameras piller\u00edas, tuvo cierta noche la diab\u00f3lica idea de amontonar paja seca, chamiza y le\u00f1a a la boca del antro y prender fuego al mont\u00f3n de combustible. La vieja, a pesar de toda su brujer\u00eda, se iba asfixiando.<\/p>\n\n\n\n<p>El patr\u00f3n se puso furioso y amenaz\u00f3 al bergante con despedirlo. La furia del barraquero no era por la travesura en s\u00ed, ni por la vieja hechicera, sino por temor de que la tostada sibila zuzase contra la colonia a los indios. Pero la pitonisa gre\u00f1uda y esquel\u00e9tica no conjur\u00f3 a los ind\u00edgenas contra la rancher\u00eda, sino que, acertando con el malintencionado que obr\u00f3 aquella diablura, le predijo una pr\u00f3xima y desesperada muerte. El amo se tranquiliz\u00f3 y el zagal, poco aprensivo, ri\u00f3se a mand\u00edbula batiente.<\/p>\n\n\n\n<p>D\u00edas m\u00e1s tarde, ba\u00f1\u00e1ndose en el Guaviare, el peoncillo fue presa de un calambre, lejos de la orilla, y se ahog\u00f3.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00abLa maldici\u00f3n de la bruja\u00bb, exclamaron todos.<\/p>\n\n\n\n<p>Por las pieles m\u00e1s tranquilas y osadas corri\u00f3 un escalofr\u00edo. El prestigio de la vieja hechicera, entre los blancos, que ya no solo entre indios, extendi\u00f3se hasta las m\u00e1rgenes del bermejo Atabapo, del Orinoco y del In\u00edrida.<\/p>\n\n\n\n<p>Desde entonces ya no comi\u00f3 animales ni ra\u00edces inveros\u00edmiles, sino que se regalaba diariamente con huevos de gallina, pescado fresco, y el m\u00e1s rico ma\u00f1oco de la barraca.<\/p>\n\n\n\n<p>Sorprendida al principio de aquellas liberalidades de la colonia, la vieja bruja, al fin, comprendi\u00f3.<\/p>\n\n\n\n<p>Y se dejaba temer.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-center\"><\/p>\n\n\n\n<p><strong>PSICOLOG\u00cdA DE UN MUERTO<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Confieso francamente c\u00f3mo nunca pens\u00e9 morir en aquella ocasi\u00f3n. Cuando las llamas prendieron en mis ropas y no pude apagarlas, a pesar de los esfuerzos, me angusti\u00e9 mucho y hasta creo que perd\u00ed un poco la cabeza. Perd\u00ed, no; no es la palabra, ya que durante el pavor del trance conserv\u00e9 una extraordinaria lucidez, hasta el instante en que mi conciencia se desvaneci\u00f3 en un crep\u00fasculo y luego cay\u00f3 en la sombra.<\/p>\n\n\n\n<p>Devoradas las ropas, el fuego lami\u00f3 mi carne con sus lenguas de caricias mortales. Las llamas parec\u00edan serpientes luminosas, y las serpientes cantaban, cantaban algo como una canci\u00f3n de exterminio.<\/p>\n\n\n\n<p>Las llamas me sirvieron de iluminaci\u00f3n. Sin saber c\u00f3mo, a esta luz, vi, en un momento, cuanto hab\u00eda visto en mi vida. Vi las personas, las cosas y las ideas. Lo vi todo como en un fresco maravilloso. No era una pesadilla. Era algo muy real; yo estaba viendo todo aquello.<\/p>\n\n\n\n<p>Fragmentos de mi vida, que no recordaba, aparecieron de s\u00fabito y distintamente a mis ojos. Record\u00e9 que mi madre vest\u00eda un blanco traje de muselina constelado de estrellitas azules, la noche en que mi padre muri\u00f3.<\/p>\n\n\n\n<p>Record\u00e9 a la gorda maestra que me daba muchos besos detr\u00e1s de las persianas y me hac\u00eda caricias en su cuarto, a solas.<\/p>\n\n\n\n<p>Record\u00e9 una cruz rural bajo unos mangos, en la hacienda nuestra, por donde jam\u00e1s pas\u00e9 de ni\u00f1o sin estremecerme. All\u00ed asesin\u00f3 a un borracho, casi a mis ojos, un negrito sirviente de casa, de nombre Alejo.<\/p>\n\n\n\n<p>Record\u00e9 todas las dulzuras de mi vida con particular precisi\u00f3n: el inmenso amor de mi madre; mis viajes; sensaciones de arte; horas de triunfo; amores felices; toda la gama de impresiones de una vanidad satisfecha.<\/p>\n\n\n\n<p>Pero no s\u00e9 c\u00f3mo expresarme. Tambi\u00e9n ve\u00eda paisajes de amargura, caras que eran para m\u00ed representaci\u00f3n de una contrariedad o una pesadumbre. Entre \u00e9stas, descollaba cierto rugoso, amarillento rostro lleno de c\u00f3mica majestad, coronado de doctorales canas; la barba rucia, amarillosa de nic\u00f3tica. Era la cara del asno satisfecho, a quien la ingenuidad paternal present\u00f3 mis primeras rimas; del Mois\u00e9s literario, cuyo reproche arcaico, fulminado desde un Sinai de desd\u00e9n y en medio de una tronitanle ret\u00f3rica, me hizo desde muy temprano despreciar a los pedantes y saborear como artista las primeras hieles.<\/p>\n\n\n\n<p>He dicho que tambi\u00e9n ve\u00eda las ideas. Ve\u00eda con una claridad sorprendente, la concreci\u00f3n de lo inconcreto, por un extra\u00f1o modo. As\u00ed, por ejemplo, Arist\u00f3teles \u2014 un busto que hab\u00eda yo visto en alguna parte, en Roma \u2014 pas\u00f3 a mis ojos: advert\u00ed que pasaba la Filosof\u00eda. Mi inteligencia comprendi\u00f3 las cosas como si estuviese de pie sobre una monta\u00f1a construida con todo el saber humano. Pas\u00f3 una p\u00e1lida frente, ce\u00f1ido el laurel. Era Dante, es decir, la Poes\u00eda. Pas\u00f3 otra p\u00e1lida frente coronada; pero de esta corona ca\u00edan gotas de sangre. Era el Cristo, es decir, el Altruismo.<\/p>\n\n\n\n<p>A la vista de estas figuras yo sent\u00eda el bienestar infinito de un momento. En mis hombros, las devorantes y mort\u00edferas llamas, empezaron a vibrar como alas.<\/p>\n\n\n\n<p>Todo esto fue cosa de segundos. Lo vi, lo comprend\u00ed todo en un momento. Dios tambi\u00e9n se present\u00f3 a mi vista. Dios era todo aquello: Cristo, Dante, Arist\u00f3teles, los paisajes, los recuerdos, todo.<\/p>\n\n\n\n<p>Despu\u00e9s del atolondramiento del principio, y cuando comprend\u00ed que era in\u00fatil todo esfuerzo por apagar las llamas, fue cuando me vino la extra\u00f1a lucidez de que hablo. Pero ni entonces, ni en la fuerza del suplicio, pens\u00e9 morir; pens\u00e9 que manos piadosas y fuertes llegar\u00edan a tiempo de salvarme, y mientras me estaba desvaneciendo, so\u00f1\u00e9 que d\u00edas despu\u00e9s iba a despertarme en un cuarto desconocido, entre buenas gentes que me cuidaban, hasta que por fin me recobrase poco a poco. Repito: ni un momento cre\u00ed que aquella fuese mi \u00faltima hora.<\/p>\n\n\n\n<p>***<\/p>\n\n\n\n<p>Del lado ac\u00e1 de la tumba, en la sombra, se est\u00e1 mejor que del otro lado, bajo la caricia del sol. Me valgo de tales frases para que se me entienda; pero aqu\u00ed no existen las funciones, merced a las cuales nos cabe en lote, all\u00e1 en la vida, sufrimiento o placer. Aqu\u00ed no se tiene conciencia \u2014 aunque se creer\u00e1 semejante afirmaci\u00f3n una paradoja en mis labios; \u2014 aqu\u00ed el pensamiento se evapora como el perfume de una flor y va a donde van los colores del arco iris y la luz de las estrellas y las m\u00fasicas. Entretanto, los transformistas \u00e1tomos se cambian en copa de tamarindo, ma\u00f1ana palacio de p\u00e1jaros; en hoja de laurel, ma\u00f1ana corona de proceres; o en veta de mineral, ma\u00f1ana pan de infelices.<\/p>\n\n\n\n<p>La muerte vale m\u00e1s que la vida para aquellos que no gustan mieles, sino dolores en el mundo. Los desgraciados deben salirse de la vida, que es un fest\u00edn donde no hay puesto para ellos. El pesimismo es una cosa in\u00fatil. Pero el hombre, aun el m\u00e1rtir, se aferra a la vida porque duda, primero, es decir, por el miedo teol\u00f3gico o moral, y luego porque teme, es decir, por el dolor f\u00edsico que apareja la destrucci\u00f3n de s\u00ed propio.<\/p>\n\n\n\n<p>La duda quiz\u00e1s existir\u00e1 siempre como lo m\u00e1s humano del ser; cuanto al dolor f\u00edsico de la muerte voluntaria, aunque el bien que se compre al precio del sacrificio es grande y valioso, parecer\u00e1 al hombre siempre caro. El hombre es avaro de su vida. Si el dolor del parto se padeciera antes del placer del amor, ninguna mujer tendr\u00eda prole. En esto, como en casi todo, es sabia la Naturaleza.<\/p>\n\n\n\n<p>Cuenta una hermosa leyenda terrenal, que un profeta resucit\u00f3 al hermano de dos mujeres piadosas. Si alguien pudiera, como en el relato b\u00edblico, prender la llama de la existencia en l\u00e1mparas humanas, vac\u00edas de aceite vital; si alguien pudiera recoger y fundir los \u00e1tomos dispersos que animaron un ser, y si este taumaturgo me infundiera la vida, yo lo apostrofar\u00eda indignado.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014 \u00bfPor qu\u00e9, le dir\u00eda, me arrojas al agujero luminoso adonde entro sin deseo y de donde saldr\u00e9 a mi pesar? \u00bfPor qu\u00e9 me reduces de nuevo al dolor, cuando ya me hab\u00eda libertado de \u00e9l? \u00bfPor qu\u00e9 me haces el mal de la vida, Se\u00f1or, por qu\u00e9?<\/p>\n\n\n\n<p>Mas no abrigo el temor de que ning\u00fan profeta me resucite.<\/p>\n\n\n\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/rufino-blanco-fombona\/\" target=\"_blank\" rel=\"noreferrer noopener\">Sobre el autor<\/a><\/h4>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Rufino Blanco Fombona EL CAD\u00c1VER DE DON JUAN Mi amigo don Pablo y yo ten\u00edamos la costumbre de pasearnos juntos, casi todas las tardes, por los alrededores de Caracas. 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