{"id":11335,"date":"2024-03-14T21:04:44","date_gmt":"2024-03-14T21:04:44","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=11335"},"modified":"2024-03-15T14:37:26","modified_gmt":"2024-03-15T14:37:26","slug":"los-rayos-tambien-terminan-en-el-abismo","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/los-rayos-tambien-terminan-en-el-abismo\/","title":{"rendered":"Los rayos tambi\u00e9n terminan en el abismo"},"content":{"rendered":"\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\">Quim Ramos<\/h4>\n\n\n\n<p>Tal vez si tuviera algo que decir, alguna vivencia insignificante que contar, alg\u00fan sentimiento, por anodino que este fuera, que explorar, no me pasar\u00eda el d\u00eda entero sentado frente a la computadora, viendo mi rostro, inexpresivo, reflejado en la pantalla vac\u00eda, quieto como solo lo pueden estar los que han dejado de percibir la extra\u00f1a felicidad de las cosas. Pero no. No hay nada. He buscado y no he encontrado nada. Me he sumergido profundamente en m\u00ed mismo y he salido con las manos vac\u00edas. He realizado un esfuerzo considerable, hay que reconocerlo. Pero al final solo ha quedado el cansancio y el hast\u00edo y un rostro atrapado en el interior de una pantalla de computadora que refleja con obstinada regularidad mi falta de amor.<\/p>\n\n\n\n<p>Pero en estos momentos, como ocurre siempre, inevitablemente, mi mano derecha emprende un movimiento de acercamiento hacia el rat\u00f3n y hace clic sobre el enlace a una p\u00e1gina pornogr\u00e1fica cualquiera, mientras mi mano izquierda saca la verga de entre los pliegues del short. As\u00ed terminan mis tentativas literarias. \u00bfEs penoso? \u00bfHay alg\u00fan sentimiento de verg\u00fcenza tras el deslastre de espermatozoides que van a matarse al suelo de la casa? No. No soy de los que sienten verg\u00fcenza. Apenas un encogimiento de hombros. Un adem\u00e1n, repetido como leitmotiv de mi fracaso, que pretende restarle importancia al asunto. Luego me levanto, voy al ba\u00f1o, me lavo y me acuesto a dormir, remedio infalible para olvidarme de m\u00ed mismo. Cuando despierto me acerco a la ventana del cuarto y observo la calle. Sin ning\u00fan inter\u00e9s, hay que decirlo. En realidad no miro nada. Mi cabeza es un rebullicio de pensamientos atolondrados que chocan entre s\u00ed y en ning\u00fan caso se realizan plenamente. Se desvanecen apenas materializados o a medio camino de su definici\u00f3n como idea comprensible. O explotan en un alarde de fuegos de artificios que nublan mi mente y me impiden conectarme con la vida al otro lado de los cristales. As\u00ed es. Y luego viene la ansiedad, claro, que agazapada como un depredador despiadado, salta sobre m\u00ed y me clava las garras en el est\u00f3mago y me pone a caminar por la casa con el desasosiego de un drogadicto, hasta que desemboco en la cocina y extraigo de la nevera la comida disponible. Le echo mano, en primer lugar, a medio kilo de queso amarillo y trescientos gramos de pavo y a una botella de dos litros de Coca Cola. Luego saco unos tallarines cuatro quesos del d\u00eda anterior, tres huevos y una porci\u00f3n de queso pecorino rallado. Lo vierto todo en una sart\u00e9n caliente con una pizca de aceite de oliva, le agrego un pu\u00f1ado de aceitunas rellenas con at\u00fan y lo sofr\u00edo unos minutos. El crujido que hace la comida al quemarse acent\u00faa el hambre y el vac\u00edo que percibo en el est\u00f3mago, y la ansiedad comienza a ser algo insoportable que amenaza con torturarme de forma definitiva. Escribir da hambre, digo a media voz y de inmediato suelto una tonta risita. Cuando la mezcla, al calor del fuego, se ablanda y el humo blanco cargado de olores se esparce abundante por la cocina, agarro la sart\u00e9n y la botella de dos litros de Coca Cola, ya por la mitad, y me siento en la computadora a leer mis correos mientras como. O mejor dicho: mientras trago con desesperaci\u00f3n el revoltijo que he preparado y me bebo el resto de la Coca Cola que burbujea en el interior de la botella pl\u00e1stica, cuya capacidad, es pertinente repetirlo, es de dos litros. Como colof\u00f3n, como gran final y coda gastron\u00f3mica me como un pote entero de helado de chocolate. Al final estoy hecho polvo. Tengo el est\u00f3mago inflamado y tenso como un tambor. Comienzo a eructar y con cada eructo temo que la barriga se desgarre. Dejo la sart\u00e9n en el fregadero, me devuelvo a la cama y me acuesto, abrumado por una amarga desesperanza. Otro d\u00eda perdido. Me despacho un prolongado y ruidoso peo y me quedo dormido.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-center\">***<\/p>\n\n\n\n<p>Me despierto (siempre me despierto, como un castigo) ba\u00f1ado en sudor y con un abominable dolor de barriga. Miro el reloj: Las tres de la tarde. La hora del burro. La hora en que es mejor, tal vez, dejar de vivir, dejarse aplastar por el calor sofocante, dejarse sobornar por aquella quietud vibrante y pesada que se posa sobre el mundo como un paquidermo moribundo y largarse de esta vida de una vez por todas. Pero no. Hay que seguir con la pantomima, mantener la impostura, As\u00ed que me levanto y entro en el ba\u00f1o y echo una larga y estruendosa cagada que me deja feliz y liviano, como aquel p\u00e9talo de rosa que ahora veo entrar por la ventana y caer con gr\u00e1cil ballet sobre las baldosas del piso. Luego me ba\u00f1o y cuando salgo me quedo parado en el medio de la habitaci\u00f3n, a los pies de la cama sin saber qu\u00e9 hacer. El sonido del tel\u00e9fono me salva la vida. Cojo el auricular y escucho.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00bfEl se\u00f1or tal y tal? \u2014dice una voz de mujer que es espl\u00e9ndida y profunda, me cautiva de inmediato y me pone a fantasear con la posibilidad de ligar con la due\u00f1a de aquella voz hermosa. <\/p>\n\n\n\n<p>\u2014S\u00ed \u2014respondo.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Lo estamos llamando del banco tal y cual, su banco de confianza \u2014dice la voz.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Aj\u00e1 \u2014\u00bfLo estamos llamando? \u00bfPor qu\u00e9 no decir simplemente: Soy fulanita de tal, mucho gusto, es un placer comunicarme con usted, la raz\u00f3n de mi llamada es\u2026?<\/p>\n\n\n\n<p>Se trata de sus tarjetas de cr\u00e9dito. Es nuestro deber informarle que est\u00e1n sobre giradas y recordarle que presenta un retraso de dos meses en el pago de las mismas. As\u00ed mismo le informamos que en caso de no cancelar su deuda nos veremos obligados, muy a nuestro pesar, a bloquearlas y a efectuar las diligencias legales al fin de\u2026<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Mire se\u00f1orita o se\u00f1oritas \u2014digo\u2014. Qu\u00e9 man\u00eda. Con todo respeto d\u00edgame d\u00f3nde est\u00e1 ubicada la oficina de usted para ir personalmente a meterle mis tarjetas por su culo sucio y maloliente.<\/p>\n\n\n\n<p>Silencio al otro lado de la l\u00ednea. Un silencio prolongado y tranquilizador. Trato de imaginarme la boca que da forma a esa voz. Y de all\u00ed las l\u00edneas que forman el rostro y que cayendo crean el cuello, los hombros, el busto, las caderas y m\u00e1s abajo los finos trazos de las piernas. Pero no puedo. Me quedo con el auricular pegado a la oreja, esperando. Al rato oigo unos d\u00e9biles gemidos, los tristes lamentos de un animalito herido. Me conmuevo.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Mira, mi amor \u2014digo en tono conciliador, muy bajito, como un amante tierno y protector\u2014, \u00bfpor qu\u00e9 no nos vemos y nos tomamos unas copas relajadamente y hablamos del asunto? \u00bfA qu\u00e9 hora sales?<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Se\u00f1or- dice la voz entrecortada por los sollozos y en tono suplicante-, nosotros\u2026 solo queremos ponerle en\u2026 co\u2026 co\u2026 nocimiento sobre su cr\u00e9dito para que\u2026 no\u2026 no\u2026 pierda las tarjetas y pueda\u2026 seguir disfrutando de ellas\u2026 por favor.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00a1Maldita est\u00fapida!- grito con rabia y cuelgo.<\/p>\n\n\n\n<p>Me quedo un buen rato sentado en la cama mir\u00e1ndome los dedos de los pies. Me pregunto si la desolaci\u00f3n es esto: una tarde de calor reverberante, rodeado del bloque s\u00f3lido del silencio, sentado en una cama vac\u00eda vi\u00e9ndome los dedos de los pies que, ahora me doy cuenta, necesitan una pedicura. Me doy cuenta, tambi\u00e9n, y esto, al contrario del asunto de los pies, s\u00ed parece importante, que no conozco la iron\u00eda, y sin la iron\u00eda estoy perdido.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-center\">***<\/p>\n\n\n\n<p>Sentado frente a la computadora, entonces, estoy decidido a ser tr\u00e1gico. A jug\u00e1rmelo todo a una sola carta. A lanzarme cuesta abajo, a toda mecha y sin frenos. Contar mis sufrimientos m\u00e1s atroces por triviales que pudieran parecer y exagerarlos hasta el absurdo. \u00bfPero qu\u00e9 contar? Recuerdo un episodio de mi juventud con una vieja novia, o eso creo. A decir verdad, el recuerdo no es excesivamente atroz y ni siquiera puede decirse que me haya causado alg\u00fan sufrimiento, pero es lo primero que me viene a la mente. Mi novia (o lo que fuera), de la que estaba muy enamorado, me coment\u00f3 un d\u00eda que hab\u00eda visto no s\u00e9 donde uno de esos programas de televisi\u00f3n en los que un pu\u00f1ado de idiotas se contorsionaban y saltaban hasta la extenuaci\u00f3n al ritmo de la m\u00fasica, y que el instructor hab\u00eda recomendado a sus hipot\u00e9ticos televidentes que se consiguieran una rueda de cami\u00f3n para utilizarla como set de ejercicios. S\u00ed, una rueda de cami\u00f3n. No hab\u00eda escuchado mal. Que era muy \u00fatil. Bastaba con saltar sobre ella por espacio de una hora para adelgazar, tonificar las piernas y conseguir una condici\u00f3n cardiovascular \u00f3ptima. \u00bfD\u00f3nde podr\u00eda conseguir una rueda de cami\u00f3n?, pregunt\u00f3 el amor de mi vida. Y esa pregunta fue para m\u00ed igual a una orden. Y sal\u00ed disparado en una alocada b\u00fasqueda de una rueda de cami\u00f3n por las calles de la ciudad. Cog\u00ed la vieja Wagoneer azul claro de mi padre dispuesto a encontrar aquella rueda que para m\u00ed era el mism\u00edsimo santo grial, el c\u00e1liz sagrado que me abrir\u00eda las puertas del amor y tal vez, tambi\u00e9n, las piernas de la mujer que amaba, aunque de eso no era muy consciente, lo m\u00edo siempre fue el amor plat\u00f3nico e ingenuo que no inflamaba las partes bajas del cuerpo, y quiz\u00e1s por ello las mujeres, especialmente aquella que amaba, que es la que nos ocupa, no me hac\u00edan demasiado caso y en general se divert\u00edan conmigo.<\/p>\n\n\n\n<p>Entonces estaba aquel muchacho que alguna vez fui y en el que, hay que decirlo, no me reconozco y al que miro con una pizca de conmiseraci\u00f3n pero sobre todo con desd\u00e9n, peinando las atribuladas calles de la ciudad al volante de su propio y destartalado Pequod, pose\u00eddo por un demonio que lo empujaba d\u00eda tras d\u00eda a adentrarse en el infierno del tr\u00e1fico, a hundirse en ese marasmo de metal hirviendo, de reflejos cortantes en el que el asfalto reinaba y en el que solo sobreviv\u00eda el m\u00e1s r\u00e1pido y el m\u00e1s despiadado. Era feliz: Ten\u00eda un objetivo y a \u00e9l se dedicaba en cuerpo y alma con una pasi\u00f3n y una dedicaci\u00f3n que mejor habr\u00eda hecho en dedicarle directamente a su amiga. Pero as\u00ed era \u00e9l. Era la mejor manera, la que mejor conoc\u00eda o la \u00fanica que conoc\u00eda, de decirle a ella que la amaba. Era un pobre tipo que corr\u00eda detr\u00e1s de una quimera, me parece ahora. Y merece mi desprecio. No puedo escribir sobre eso. Ser\u00eda mejor escribir una novela pornogr\u00e1fica en la que se follaran unos a otros como animales y dejar el amor y la ternura fuera del asunto.<\/p>\n\n\n\n<p>Me asomo a la ventana. El mundo ha desaparecido. Una niebla pesada e inm\u00f3vil lo cubre como una mortaja. Una figura se materializa entre la bruma. Me parece que se trata de Ednodio Quintero. Camina por el medio de la calle escribiendo febrilmente con un l\u00e1piz en una peque\u00f1a libreta. Pasa frente a m\u00ed y desaparece engullido por aquel vaho fr\u00edo. Nunca he visto a Ednodio Quintero en persona, pero no dudo ni por un segundo que se trata del escritor trujillano. No he le\u00eddo nada de \u00e9l tampoco o, bueno, algo he le\u00eddo, no mucho, y no me ha gustado, lo que, desde luego, no es culpa de Ednodio Quintero. Pero en este momento recuerdo una frase que hab\u00eda dicho durante una entrevista: Para escribir es indispensable no pensar. Me detengo en esa frase. Me parece correcta. Me quedo en la mente con aquella frase verdadera mientras afuera la densa niebla tambi\u00e9n desaparece tras un manto a\u00fan m\u00e1s l\u00fagubre: El de la noche.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-center\">***<\/p>\n\n\n\n<p>\u00a1Aja! Llega la noche. Y con la noche llega el terror. Este va a ser un par\u00e9ntesis de terror, pero no un terror de pel\u00edcula serie B con vampiros de dientes postizos y monstruos acartonados o naves alien\u00edgenas tembleques colgadas de hilos mal disimulados. No se\u00f1or. Aqu\u00ed de lo que se trata es del terror verdadero, el \u00fanico, el insuperable, el insoslayable, el terror con el que convivimos a diario, a\u00fan cuando no lo sepamos, el que somos incapaces de controlar, el que nos agarra por el cuello y nos obliga a mirar: El terror a la muerte.<\/p>\n\n\n\n<p>Cuando cae la noche como un bloque de cemento y se acerca la hora de dormir me derrumbo bajo el peso del miedo. La idea de la muerte o la muerte misma, vaya uno a saber, se me presenta con n\u00edtida y escalofriante claridad y se adue\u00f1a de mi mente y ya no deja de torturarme hasta que, extenuado y sufriente, me quedo dormido. Y a\u00fan entonces duermo intranquilo, asaltado por sue\u00f1os espantosos, como si la muerte, esa materializaci\u00f3n que me visita cada noche cuando me dispongo a acostarme, se quedara junto a m\u00ed, revoloteando alrededor de mi cuerpo inerte, para hablarme en voz muy baja, casi en un susurro, sobre mi mortalidad. Explicarme con dulce iron\u00eda que con ese paso brutal lo pierdo todo. Y que todo lo que conozco se ir\u00e1 al diablo. \u00bfY yo? Yo ya no ser\u00e9 m\u00e1s. Entonces, en ese preciso instante en que llega la revelaci\u00f3n fulminante de que mi yo se esfumar\u00e1 sin remedio, me despierto y me pongo a pensar en mi infancia. Hago un esfuerzo considerable por aprehender las im\u00e1genes y los recuerdos que, sin embargo, se me escurren entre las manos. Me doy cuenta de que soy incapaz de recordar algo m\u00e1s que escenas sueltas e inconexas como descoloridas fotograf\u00edas que cayeran del interior de una caja. \u00a1Ah, lo que dar\u00eda entonces por recobrar la infancia perdida! \u00a1Regresar a aquellas \u00e9pocas id\u00edlicas en que el tiempo estaba detenido en un solo segundo feliz! No envejecer jam\u00e1s mi querido Peter Pan. Pero no. Ya es tarde. He perdido la oportunidad de quedarme en Neverland. He envejecido. Me he convertido en un miserable adulto que tiembla de miedo frente a lo inevitable. <\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-center\">***<\/p>\n\n\n\n<p><em>Para escribir es indispensable no pensar<\/em>. \u00bfPero c\u00f3mo dejar de pensar?, me pregunto, si es lo \u00fanico que, precisamente, no dejo de hacer nunca. \u00bfC\u00f3mo arrancarme los pensamientos de ra\u00edz y dejar solo un cuenco vac\u00edo que ir llenado con palabras? O tal vez no se trata, en este caso, de un acto de fuerza sino m\u00e1s bien todo lo contrario, una sutileza como, por ejemplo, sacar el tap\u00f3n del desag\u00fce para que los pensamiento, por pura hidr\u00e1ulica, se escurran por all\u00ed y se derramen sobre la hoja en blanco. No lo s\u00e9.<\/p>\n\n\n\n<p>Llueve y hace fr\u00edo. La niebla se ha vuelto a apoderar del peque\u00f1o territorio en el que vivo. El trueno retumba a lo lejos, monta\u00f1a arriba, evocador y poderoso. Sin embargo, m\u00e1s all\u00e1 del repique de la lluvia y de los espor\u00e1dicos truenos, vivo en un mundo silencioso y est\u00e1tico. Pienso en Kerouac. Recuerdo la entrevista (otra entrevista) que le hiciera The Paris Review. Dijo, a prop\u00f3sito de su prosa espont\u00e1nea: \u201cEscribir es siempre una meditaci\u00f3n silenciosa, a pesar de que vayas a cien millas por hora.\u201d Entonces se trata de meditar, de vaciarse. \u00bfPero c\u00f3mo se hace eso frente a la m\u00e1quina de escribir? No lo s\u00e9. Me voy dando cuenta de que s\u00e9 muy pocas cosas. Solo s\u00e9 que se apodera de m\u00ed una ansiedad tremenda cada vez que me siento frente a la computadora. Por esa raz\u00f3n postergo una vez m\u00e1s el tan temido encuentro. No escribir\u00e9. En lugar de ello me dedico a matar mosquitos, que con la lluvia han proliferado y me hacen la vida miserable con sus zumbidos en las orejas, sus picadas y su revoloteo err\u00e1tico e impredecible.<\/p>\n\n\n\n<p>Mis asuntos con los mosquitos hab\u00edan empezado el mismo d\u00eda en que abandon\u00e9 la casa paterna, casado y enamorado, y me instal\u00e9 en mi nuevo hogar con mi flamante esposa. Antes, durante mi infancia, adolescencia y parte de mi vida adulta, instalado en casa de mis padres, hab\u00eda estado protegido de la visita indeseable de los mosquitos por la tela met\u00e1lica que mi padre, tal vez porque \u00e9l mismo hab\u00eda tenido sus propios asuntos con ellos, hab\u00eda mandado a instalar en puertas y ventanas creando una barrera infranqueable para aquellos odiosos bichos. No supe lo que era un mosquito, de sus impertinencias y abusos, no supe lo que era no dormir, despertarse a media noche cubierto de ronchas ardientes, desvelarme sin remedio bajo el ataque inclemente de estos animalitos rid\u00edculamente peque\u00f1os e insignificantes, hasta que me cas\u00e9.<\/p>\n\n\n\n<p>En los primeros tiempos, cuando era feliz e indocumentado, a pesar de los mosquitos y de las largas noches en vela, viendo a mi mujer dormir a mi lado con una placidez envidiable, cubierta, eso s\u00ed, hasta la cabeza por las s\u00e1banas, con unas ganas enormes de despertarla para hacer el amor de nuevo, no me cansaba nunca de recorrer ese cuerpo siempre por descubrir, fresco y abierto a mis apetencias, en esos primeros d\u00edas me dedicaba a matar mosquitos con mis manos. Mi guerra infinita empezaba con el primer zumbido en la oreja o con el primer picor. Entonces me levantaba, encend\u00eda la luz y comenzaba la cacer\u00eda, los plaf plaf, la b\u00fasqueda minuciosa de las peque\u00f1as manchas negras que danzaban en la habitaci\u00f3n. Era una guerra perdida de antemano porque siempre aparec\u00eda un \u00faltimo mosquito, un \u00faltimo invasor alado y diminuto al que aniquilar. Quien me hubiera visto a trav\u00e9s de la ventana, un improbable fisg\u00f3n (o tal vez no) mirando entre las rendijas de las cortinas, habr\u00eda pensado que estaba loco, manoteando el aire, movi\u00e9ndome como un barco a la deriva por la habitaci\u00f3n. Era todo lo contrario. Cada paso que daba, cada movimiento que ejecutaba estaba planeado minuciosamente para adelantarme a la trayectoria de los mosquitos. Era un cazador despiadado y certero. Ninguna pieza escapaba al latigazo de mis manos. Sin embargo eran noches largas y agotadoras. Mi guerra no terminaba nunca y acab\u00e9 por cansarme. Cambi\u00e9 de t\u00e1ctica. Decid\u00ed pasar del ataque a la defensa. Para ello, yo que siempre hab\u00eda dormido libre de las ataduras de la ropa, apenas vestido con un short, me consegu\u00ed un mono y una sudadera y me los puse para dormir.<\/p>\n\n\n\n<p>En un primer momento parec\u00eda que mi idea iba a dar resultado. Y me dispuse, a pesar del calor y el ahogo que me produc\u00edan las ropas, a dormir pl\u00e1cidamente. Pero m\u00e1s pronto que tarde los mosquitos, bichos infatigables y cabezotas como aquellos misiles que hostigan a sus objetivos guiados por el calor que producen y no cejan su persecuci\u00f3n hasta que los destruyen, dieron con la ubicaci\u00f3n de mis manos y las utilizaron de tiro al blanco durante toda la noche. Me enter\u00e9 esa vez de que no hab\u00eda peor picada que la que se produc\u00eda en los dedos de las manos. No hab\u00eda manera de rascarse la picada en un dedo. Era una picada que estaba y no estaba, que ten\u00eda el don de la ubicuidad, que jugaba a las escondidas con los dedos de la otra mano. Ten\u00eda la capacidad de moverse por las terminaciones nerviosas, de hacerse ambigua como si se escondiese tras una l\u00e1mina de papel cebolla. Tuve que pensar en otra cosa. Y pens\u00e9 en un par de medias para cubrirme las manos a falta de unos guantes que ya comprar\u00eda m\u00e1s adelante. Los guantes no los compr\u00e9 porque, aunque efectivamente los mosquitos dejaron de picarme las manos, como aquellos misiles de los que ya hablamos, prontamente ubicaron mi rostro, alrededor del cual se dedicaron a danzar a picar y a zumbar estrepitosamente.<\/p>\n\n\n\n<p>Fracasada mi t\u00e1ctica defensiva volv\u00ed al ataque. Por aquellos d\u00edas comenzaron a salir las primeras raquetas el\u00e9ctricas. Las vend\u00edan los buhoneros en las calles. Era un ingenioso instrumento del tama\u00f1o de una raqueta de b\u00e1dminton, tal vez un poco m\u00e1s peque\u00f1o y regordete. El entramado de la malla estaba hecho de finos alambres que conten\u00edan un circuito el\u00e9ctrico que al presionar un bot\u00f3n produc\u00edan una respetable descarga el\u00e9ctrica, suficiente, al menos, mara achicharrar a un mosquito. Me compr\u00e9 una y armado con la mort\u00edfera arma volv\u00ed a las andanadas. Ser\u00eda dif\u00edcil precisar que habr\u00eda pensado el hipot\u00e9tico fisg\u00f3n de haberme visto dando raquetazos al aire entre carreras y saltos y momentos de espera sigilosa. Una noche ejecut\u00e9 treinta y cinco mosquitos, uno tras otro, en tan solo veinte minutos. Literalmente ard\u00edan al contacto con la malla de metal emitiendo un fugaz chasquido que terminaba con una explosi\u00f3n que los volatilizaba. Estaba encantado con mi nuevo juguete. Mi mujer, harta de tanto barullo, se fue a dormir a la habitaci\u00f3n de hu\u00e9spedes. Y yo dorm\u00ed feliz toda la noche por primera vez en mucho tiempo.<\/p>\n\n\n\n<p>Al d\u00eda siguiente me sent\u00e9 a escribir un cuento sobre un tipo que viv\u00eda en una pensi\u00f3n en El Silencio, era asediado y torturado por mosquitos inteligent\u00edsimos a los que nunca lograba ver, mucho menos eliminar, beb\u00eda como un cosaco, trataba de escribir en su fea y diminuta habitaci\u00f3n y conoc\u00eda a un profesor de educaci\u00f3n f\u00edsica alcoh\u00f3lico que terminaba suicid\u00e1ndose a punta de empinar el codo, como el personaje que interpret\u00f3 Nicol\u00e1s Cage en Living Las Vegas. Era un cuento espantoso. Pero lo escrib\u00ed de un tir\u00f3n, como embrujado, en un estado de gracia que no volv\u00ed a experimentar luego. Debido a eso, a que no volv\u00ed a alcanzar ese nirvana literario con el que sue\u00f1an todos los escritores, no trat\u00e9 de escribir de nuevo. Me espantaba la idea de escribir con esfuerzo, de ir colocando palabra tras palabra sobre la hoja en blanco, laboriosamente, con enormes dificultades, como un obrero que va juntando un ladrillo con otro para darle forma a una mon\u00f3tona pared.<\/p>\n\n\n\n<p>Tambi\u00e9n, todo este asunto de la escritura, de ser escritor o intentar serlo o de no serlo, de no atreverse a serlo, de no decidirse a intentar serlo, si lo pienso bien, y vi\u00e9ndolo desde una perspectiva distinta, es como intentar desaparecer a\u00fan antes de haber aparecido. Un amigo me dijo una vez, en una \u00e9poca lejan\u00edsima de mi vida, m\u00e1s o menos por aquella en que era un feliz reci\u00e9n casado, que yo prefer\u00eda hablar sobre el hecho de escribir que escribir propiamente. Como un perro que le da vueltas a la cesta donde duerme sin decidirse jam\u00e1s a acostarse en ella. La imagen del perro dando vueltas alrededor del objeto de su deseo me causaba cierta angustia. No conseguir acostar al perro en aquella cesta, no hacer el esfuerzo de acostarlo en la cesta, he all\u00ed el detalle. No era por cobard\u00eda. Simplemente viv\u00eda en la inercia, en la no acci\u00f3n. Vegetaba. Como vegeto ahora. Salvo que ahora estoy solo.<\/p>\n\n\n\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/quim-ramos\/\" target=\"_blank\" rel=\"noreferrer noopener\">Sobre el autor<\/a><\/h4>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Quim Ramos Tal vez si tuviera algo que decir, alguna vivencia insignificante que contar, alg\u00fan sentimiento, por anodino que este fuera, que explorar, no me pasar\u00eda el d\u00eda entero sentado frente a la computadora, viendo mi rostro, inexpresivo, reflejado en la pantalla vac\u00eda, quieto como solo lo pueden estar los que han dejado de percibir [&hellip;]<\/p>\n","protected":false},"author":6,"featured_media":11337,"comment_status":"open","ping_status":"closed","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"_monsterinsights_skip_tracking":false,"_monsterinsights_sitenote_active":false,"_monsterinsights_sitenote_note":"","_monsterinsights_sitenote_category":0,"footnotes":""},"categories":[15],"tags":[],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/11335"}],"collection":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/users\/6"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=11335"}],"version-history":[{"count":2,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/11335\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":11343,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/11335\/revisions\/11343"}],"wp:featuredmedia":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/media\/11337"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=11335"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=11335"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=11335"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}