{"id":11253,"date":"2024-03-01T21:01:54","date_gmt":"2024-03-01T21:01:54","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=11253"},"modified":"2024-08-31T11:59:58","modified_gmt":"2024-08-31T11:59:58","slug":"cuentos-de-urbaneja-achelpohl","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/cuentos-de-urbaneja-achelpohl\/","title":{"rendered":"Cuentos de Urbaneja Achelpohl"},"content":{"rendered":"\n<h3 class=\"wp-block-heading\">Las haza\u00f1as de Chango Carpio y Sietecueros<\/h3>\n\n\n\n<p>La noche y para m\u00e1s una lluvia menuda y copiosa los hab\u00eda sorprendido en el camino. A cada instante ca\u00edan de un fangal en otro, pero los dos hombres llevaban con paciencia, sin proferir una queja los rigores del tiempo y el mal estado del camino. As\u00ed marchaban en medio la m\u00e1s completa oscuridad, cuando uno de ellos que se hab\u00eda metido hasta las rodillas en un barrizal dijo:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013Chango, bueno es que nos amparemos en cualquier parte, aunque sea bajo una mata, porque as\u00ed no adelantaremos nada en toda la santa noche.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013Sietecueros, respondi\u00f3 el otro, para llevar agua como loro en estaca, mejor es aguantarla caminando; por lo menos, se tiene el cuerpo en calor.<\/p>\n\n\n\n<p>Y diciendo esto, Chango, cay\u00f3 de bruces, cuan largo era en la mitad del camino. Se hab\u00eda metido en un charco profundo, uno de esos hoyos pestilentes que por falta de profundos y espaciosos desag\u00fces se forman, poniendo en peligro a diario la vida de los viajeros, destrozando los carros, mancando el bestiaje y sobre todo engendrando el paludismo.<\/p>\n\n\n\n<p>Hecho una furia, se enderez\u00f3 Chango, y sin dejar de patalear en el fangal con riesgo de volver a caer, exclam\u00f3, con todo el encono y odio que le cab\u00edan en el cuerpo:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013Maldita sea mi estampa!<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013La del Gobierno, Chango, observ\u00f3 Sietecueros.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013La del aguacero, repuso el aludido, pues, si no lloviera, no se pondr\u00eda as\u00ed el camino.<\/p>\n\n\n\n<p>Y los dos hombres dando tumbos prosiguieron su camino en medio de la oscuridad y bajo la lluvia menuda y constante.<\/p>\n\n\n\n<p>No hab\u00edan andado una milla, cuando sintieron un patalear de ganado y como a duras penas el uno al otro se distingu\u00eda, se detuvieron a ver qu\u00e9 direcci\u00f3n tra\u00eda aquel ruido. M\u00e1s estaba tan cerca de ellos, que volvi\u00e9ndose a un lado, dieron con un corral de palo a pique, donde las reses para desentumecerse se propinaban sendos topetonazos y cornadas.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013Esto me huele a gente, exclam\u00f3 Chango.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013S\u00ed, estamos en el \u00abParadero\u00bb, vale; todav\u00eda tenemos mucho que andar.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013Bueno, pero aqu\u00ed echaremos una paradita, para no perder la ma\u00f1a.<\/p>\n\n\n\n<p>Y encamin\u00e1ndose a la pulper\u00eda, fueron a sentarse en un pretil del soportal.<\/p>\n\n\n\n<p>Aunque estaban llenos de barro, por los costurones y lepras de sus piernas, por el color verdoso de la piel, por los trapajos que cubr\u00edan a medias sus carnes enflaquecidas, se ve\u00eda a las claras que aquellos hombres deb\u00edan de ser algunos retirados o desertores de las tropas que acaban de hacer su entrada triunfal en la capital.<\/p>\n\n\n\n<p>Y efectivamente eran soldados retirados camino a sus lares. Sus semblantes a\u00fan reflejaban el asombro de las batallas. En sus pupilas prontas a dilatarse se le\u00eda el estado morboso de sus \u00e1nimos, las sacudidas violentas, la animalidad y salvajismo en que durante largos meses hab\u00edan vivido. Adem\u00e1s sus motes de cuartel lo pregonaban. Chango, Sietecueros, no hab\u00edan podido salir sino de la vida brutal de la compa\u00f1\u00eda, donde el instinto suple a la inteligencia.<\/p>\n\n\n\n<p>Chango, era un catire tosco, cariampollar, con belfo grueso y ojos hundidos en medio de una nariz achatada y roma. Su nombre de pila era el de Carpio, seg\u00fan constaba en su boleta de retiro, pero que a \u00e9l le causaba ya extra\u00f1eza, tan hecho como estaba a ser llamado, Chango.<\/p>\n\n\n\n<p>Sietecueros, era un barbilampi\u00f1o, moreno bronceado, no mal parecido, pero su piel adiposa con se\u00f1ales de ganglios infartados, parec\u00eda ser m\u00e1s resistente que la de cualesquier otro mortal, de d\u00f3nde provino el darle seis pellejas dem\u00e1s.<\/p>\n\n\n\n<p>Arrimado el uno al otro en el pretil, cubr\u00edanse lo mejor que pod\u00edan en sus m\u00edseras cobijas de soldado; los dos camaradas, guardaban el m\u00e1s profundo silencio, como que si trataran de conciliar el sue\u00f1o. As\u00ed permanecieron alg\u00fan tiempo hasta que Sietecueros bostezando, dijo:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013Ahorita abren la pulper\u00eda y no tenemos con qu\u00e9 tomar un trago.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013Ni hay quien nos brinde ni quien nos f\u00ede, contest\u00f3 Chango.<\/p>\n\n\n\n<p>Y volvieron a guardar silencio, arrimado el uno al otro, como si durmieran, hasta que Sietecueros, poni\u00e9ndose en pie y examinando el cielo, exclam\u00f3:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013Ya va a aclarar!<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013Con eso seguiremos nuestro camino a ver que se presenta m\u00e1s adelante, respondi\u00f3 Chango.<\/p>\n\n\n\n<p>Pero Sietecueros sin prestar atenci\u00f3n a su compa\u00f1ero, con sus ojos movibles escudri\u00f1aba los contornos. En esto cant\u00f3 un gallo, al que respondi\u00f3 otro y tras \u00e9ste comenz\u00f3 el mon\u00f3tono menudeo de costumbre de los gallin\u00e1ceos. Sietecueros con aquel saludo matutino de las aves, se volvi\u00f3 hacia Chango, y mir\u00e1ndole picarescamente, con la sonrisa en los labios, le dijo:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013El primero que rompi\u00f3 los fuegos fue un pataruco, que est\u00e1 all\u00ed; y extend\u00eda la mano en direcci\u00f3n a un grupo de \u00e1rboles.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013Eso debe ser el patio de alg\u00fan rancho, le observ\u00f3 Chango.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013Ya lo creo, contest\u00f3 con sorna Sietecueros. <\/p>\n\n\n\n<p>Y, con paso de zorra, r\u00e1pidos y cautelosos, echada la cobija a modo de mant\u00f3n sobre la cabeza, se dirigi\u00f3 hacia el sitio indicado, ocult\u00e1ndose en breve tras los matorrales. A poco le vio aparecer en el claro del monte, sus peque\u00f1os ojos fulguraban, los m\u00fasculos de su cara manten\u00edan a esta en una mueca desagradable, que de un todo cambiaba sus no desapreciables facciones de barbilampi\u00f1o. Desde el claro comenz\u00f3 a hacer se\u00f1as a Chango, quien en el pretil esperaba reposado e indiferente el resultado de la excursi\u00f3n de su amigo. Con las se\u00f1as de Sietecueros, un ligero estremecimiento nervioso anim\u00f3 las facciones de Chango. Su ce\u00f1o se contrajo en gruesas arrugas, sus&nbsp;ojos se hicieron m\u00e1s hondos, su boca tom\u00f3 tal expresi\u00f3n de dureza como que si todos sus dientes calzaran los unos en los otros, fuertemente. Energ\u00eda y fiereza era la m\u00e1scara de aquel semblante que en calma hac\u00eda sonre\u00edr a causa de su fealdad. Chango, no se hizo esperar de su amigo; en pie, doblo su cobija, embraz\u00e1ndola a modo de escudo, en tanto que empu\u00f1aba un machete liniero, el cual aunque sin vaina pend\u00eda de una correa de cuero sin curtir terciada sobre el pecho. Cuando estuvo al lado de Sietecueros, le pregunt\u00f3 secamente:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013\u00bfQu\u00e9 hay?<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013Nada, sino que como son muchas las gallinas te llamaba para que las recibas en tanto que las cojo.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013\u00a1Gallinas! exclam\u00f3 Chango con desprecio, yo cre\u00ed que hab\u00edas conseguido quien nos diera siquiera caf\u00e9, aunque de mala gana.<\/p>\n\n\n\n<p>Sietecueros, sin dar o\u00eddos a la observaci\u00f3n del camarada, se encamin\u00f3 hacia la&nbsp;arboleda, sin dejar de hacer se\u00f1as a Chango con la mano sacada hac\u00eda atr\u00e1s pero sin volverse para mirarle. Chango le segu\u00eda pausadamente, sin evitar ruido como que si marchara por en medio el camino real. Cuando llegaron a la arboleda, Sietecueros, desembaraz\u00e1ndose de la cobija se lleg\u00f3 a un \u00e1rbol y comenz\u00f3 a subir; en esto, se <\/p>\n\n\n\n<p>abri\u00f3 la puerta de un rancho que sombreaban aquellos \u00e1rboles y apareci\u00f3 un hombre armado con una escopeta, inspeccionando los \u00e1rboles. Sietecueros, se dej\u00f3 caer del \u00e1rbol y al lado de Chango, se estremeci\u00f3 como presa de violentas convulsiones.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013\u00bfQui\u00e9n est\u00e1 ah\u00ed?, con voz enronquecida pregunt\u00f3 el hombre del rancho apuntando en direcci\u00f3n de los camaradas.<\/p>\n\n\n\n<p>Sietecueros se ech\u00f3 al suelo, pero Chango de un salto cay\u00f3 sobre el hombre, dici\u00e9ndole:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013La revoluci\u00f3n! Incorp\u00f3rate a la gente o te mato!<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013Chango! Carpio! grit\u00f3 Sietecueros, creyendo que iba a matar a aquel hombre.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013Que te incorpores a la gente, gritaba Chango. Entrega las armas.<\/p>\n\n\n\n<p>General Chango Carpio, balbuceaba el hombre, en tanto que Chango con la escopeta ya en sus manos, lo echaba por delante, declar\u00e1ndose as\u00ed cabecilla en virtud del esp\u00edritu de revuelta que fermenta en los subsuelos de la conciencia nacional.<\/p>\n\n\n\n<p>Con el despertar de aquel humilde y aterrorizado caser\u00edo, la fama le prest\u00f3 sus alas de oro a la primera haza\u00f1a de Chango Carpio y Sietecueros. Para los contados moradores del desperdigado sitio, aquella madrugada hab\u00edan tenido la honra de ser visitados, seg\u00fan unos, por una numerosa partida revolucionaria; otros, por un campo volante del numeroso ej\u00e9rcito que atravesaba seguramente sus estrat\u00e9gicas selvas. Para \u00e9stos eran rojos, para aqu\u00e9llos azules, para los de m\u00e1s all\u00e1 gualdas. Y la&nbsp;prueba de todo ello, era el que se hab\u00edan llevado a Juancho el cestero, el m\u00e1s manso de los hombres a pesar de ser el \u00fanico borracho consuetudinario de la localidad, el cual por gustarle mucho la carne de los rabipelados y comadrejas, pasaba las noches en claro entregado a esta especie de caza, provisto de una escopeta que marraba siempre a causa de tener sujeto el gatillo a la caja con bejucos y cabullas.<\/p>\n\n\n\n<p>Pero es lo cierto que dado aquel primer paso por Chango Carpio, su esp\u00edritu guerrero lo llev\u00f3 a cometer otras empresas aunque no contaba con otras armas contundentes sino con su machete, el garrote de Sietecueros, una nudosa asta, cortada en el camino, la cual gracias a sus muchos nudos ilustraba su due\u00f1o con caras de indios, viejos y animales seg\u00fan se prestaba la materia prima. Tales eran las armas, sin tener en cuenta la escopeta del cestero falla de gatillo y escasa de&nbsp;pertrechos. M\u00e1s como toda aquella revuelta era \u00e9l, con semejantes elementos engros\u00f3 sus filas hasta una decena y algunas mujeres del partido sorprendidas en aventuras en sus salidas nocturnas e inesperadas a los caminos.<\/p>\n\n\n\n<p>Con todo lo cual la fama de Chango Carpio y Sietecueros, volaba de loma en loma, de poblado en poblado. Despertaba viejos rencores, alimentaba sue\u00f1os de gloria entre las gentes j\u00f3venes deseosas de probar suerte en materia de aventuras. En el campo y en la ciudad la leyenda a prisa bordaba impenetrable velo a la truhanesca epopeya. Chango Carpio, era un <\/p>\n\n\n\n<p>Con todo lo cual la fama de Chango Carpio y Sietecueros, volaba de loma en loma, de poblado en poblado. Despertaba viejos rencores, alimentaba sue\u00f1os de gloria entre las gentes j\u00f3venes deseosas de probar suerte en materia de aventuras. En el campo y en la ciudad la leyenda a prisa bordaba impenetrable velo a la truhanesca epopeya. Chango Carpio, era un t\u00e1ctico y sagaz guerrero, que surg\u00eda de las oscuras masas como un sol. Sietecueros, algo as\u00ed como un le\u00f3n, con epidermis de caim\u00e1n, donde se embotaban lanzas y balas. El uno era la inteligencia que aplastaba; el otro, la fuerza aniquiladora. En la ciudad cerebral, en la hermosa ciudad, donde late el sagrado&nbsp;coraz\u00f3n de la patria, los corrillos de eternos descontentos aguardaban de una alborada a otra ver coronadas las alturas por aguerridos batallones. Todas las empresas y deberes se emplazaban para despu\u00e9s del triunfo. Los deudores. Los deudores ve\u00edan en Chango Carpio y Sietecueros una tregua que los dejaba respirar. Los acreedores, un grato acrecimiento de intereses. Los matrimonios en ciernes una hermosa esperanza.<\/p>\n\n\n\n<p>A tales extremos en boca de las gentes llegaban las aventuras de Chango Carpio, cuando en verdad \u00e9l se encontraba en tan lastimoso estado, que llevaba vida de fiera en los montes, ocult\u00e1ndose hasta de su misma sombra. A punto que acorralado por el hambre y las enfermedades, en un distante y amedrentado lugarejo, dados los buenos oficios del padre de almas se entreg\u00f3 con todo su bagaje, la escopeta del cestero, a las generosas e indulgentes garant\u00edas de la&nbsp;autoridad. Y estall\u00f3 la bomba y toda aquella monta\u00f1a de ensue\u00f1os se disip\u00f3, como las nieblas del \u00c1vila a los trashumantes soplos del de Catia.<\/p>\n\n\n\n<p>Como en el fondo de todas las murmuraciones hay alguna migaja de verdad, es el caso, que andando los a\u00f1os, sea porque al pueblo le gusta acomodar el fin de sus h\u00e9roes de un modo c\u00f3nsono a la vida de \u00e9stos, o sea una realidad, como es de presumir, se corri\u00f3 con mucha instancia entre las gentes: el encontrarse el general Chango Carpio, de comisario mayor en su aldea, donde todo marcha a tajos y reveses. Y sietecueros, y en eso s\u00ed que no mienten, ejerciendo de recovero, es decir, comprando pollos y huevos para revender en campos y poblados, trajinando por los caminos con su garrote historiado sobre el hombro, de donde pende de un lado los pollos y del otro los huevos en un cesto, con que tropieza en su recova.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-center\">***<\/p>\n\n\n\n<h3 class=\"wp-block-heading\">Flor de los campos<\/h3>\n\n\n\n<p>Todo el mundo en la aldea, estaba como en suspenso: \u00abFlor de los Campos,\u00bb se hab\u00eda fugado con un disc\u00edpulo de Galeno. En el primer momento, el se\u00f1or Cura y el comisario se vieron en grande apuro, pues en tanto que el uno preparaba una fil\u00edpica sobre el asunto para el pr\u00f3ximo domingo, el otro, obligaba a comparecer a su presencia a los mozos de la aldea; y como si estuviesen de com\u00fan acuerdo, no hubo uno que no confesara gustar de la moza, estar locamente enamorado, pero tambi\u00e9n, no haber obtenido la m\u00e1s leve sonrisa, la m\u00e1s inocente ojeada.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00bfC\u00f3mo hab\u00eda sido aquello? He ah\u00ed el rompe cabeza del comisario. \u00bfSobre qui\u00e9n echar la culpa? \u00bfDe qui\u00e9n tener sospechas? Y era de ver a toda una aldea metida en semejante embrollo. Aquel santo d\u00eda, fue de sobresaltos para las mozas casaderas. Las madres se volv\u00edan mil ojos, las reprensiones llov\u00edan, como aguacerito blanco. Los padres andaban taciturnos y a rega\u00f1adientes, recordando a sus consortes el deber en que est\u00e1n de llevar a sus hijuelas cosidas a los fustanes. Con lo que los corazoncillos flechados no cab\u00edan dentro del pecho, pues, cada cual cre\u00eda iba a ser v\u00edctima de minucioso interrogatorio y en consecuencia, condenado sin apelaci\u00f3n. Pero como no hab\u00eda padre que no crea a su chica la m\u00e1s bella, la m\u00e1s perfecta y acuciosa de las chicas, de todas las chicas, no de la aldea, sino de la comarca, ninguna de ellas fue sometida al examen de conciencia que se tem\u00eda. M\u00e1s, no as\u00ed le aconteci\u00f3 a los mozos, quienes cogidos de sorpresa antes de saber&nbsp;de qui\u00e9n se trataba, a la primera interrogaci\u00f3n del comisario, se clarearon:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013S\u00ed, se\u00f1or, amo a Estela.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013A\u00fan no me ha dado el s\u00ed, Manuel!<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013A Berta es la que amo!&#8230;<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013Raquel y yo nos amamos.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013Luisa ama a Juan.<\/p>\n\n\n\n<p>As\u00ed, as\u00ed cada uno de ellos, fue confesando el dulce nombre de la que amaba o de la que esperaba ser amado o el de la que nunca jam\u00e1s llegar\u00eda a amarle. Por lo que desde aquel d\u00eda, el Comisario, vio en las chicas de su aldea los peores enemigos de su tranquilidad. Todas, a su juicio, amaban; no hab\u00eda una siquiera por quien poder meter la mano en el fuego. Pues la que por fea y desairada se juzgaba sin picaflor, andaba y no era de dudarlo, en amor\u00edos con alguna estrella, el blanco Sirio o el \u00edgneo J\u00fapiter. Tan preocupado le tra\u00edan las chicas al se\u00f1or Comisario, que el domingo en la&nbsp;misa, al ponerse de hinojos ante la real Dama de la casa, se le vio volver a ambos lados y echar profundas ojeadas a todos los fieles: la real se\u00f1ora celeste a todos regalaba su maternal sonrisa!&#8230;<\/p>\n\n\n\n<p>Nada absolutamente nada se sab\u00eda de \u00abFlor de los Campos,\u00bb la hermosa ni\u00f1a cuya tez era de lirios y rosas de Alejandr\u00eda. La boca peque\u00f1uela, un capullo de granado, un bot\u00f3n de clavellina. Oh! Los ojos, dos pocitos, claros, tersos, transparentes, donde se hab\u00edan quedado presas dos estrellas diminutas.<\/p>\n\n\n\n<p>Ni la m\u00e1s ligera noticia se ten\u00eda de su paradero, ni rastro alguno de su fuga. Seguramente no se hab\u00eda marchado a trav\u00e9s de los campos, con su andaluza sobre los hombros y el bohotillo de sus ropas en la mano, al ser as\u00ed, las menudas yerbas la hubieran traicionado conservando su huella, por no volver del grato desmayo de la presi\u00f3n de su pie breve. Por los aires, de&nbsp;un solo vuelo debi\u00f3 de abandonar la aldea, en la tranquilidad de la media noche. Sin detenerse siquiera en las frondas, por temor de que los loros parlanchines y los azulejos al despertar con el alba la denunciaran. Son tan chismosos esos pajarracos!&#8230;<\/p>\n\n\n\n<p>Como en balde resultaban las pesquisas en la aldea, los uno a los otros se miraban con ojos sospechosos. Y eso que todos se ba\u00f1aban en el mismo pozo, tomaban el agua de la misma fuente, le\u00edan en el mismo peri\u00f3dico. Se conoc\u00edan por sus pelos y se\u00f1ales: el cura por la sotana ra\u00edda y los dos inseparables perdigueros que le preced\u00edan en sus caminatas, almacenando cuanta retozona alegr\u00eda cabe en un alma perruna, para desbordarla diab\u00f3licamente en el altozano de la Ermita a la hora del \u00e1ngelus, cuando arrimado al muro paladeaba la m\u00edstica perler\u00eda de su brevario. El comisario por estar siempre sentado en el soportal de su despacho, donde chala a sus&nbsp;vecinos&nbsp;y saluda a los transe\u00fantes por sus motes lugare\u00f1os y diminutivos familiares. El medico por su luciente calva y su caraza de r\u00fastico bonach\u00f3n. Todos se conoc\u00edan, desde el empingorotado y extravagante propietario, quien con gorra de jockey y luengo mandador en la diestra, recorr\u00eda presuroso la comarca al trote de su sacatripas, hasta el m\u00e1s satisfecho y feliz de los mendigos, que se entraba derecho a todas las cocinas, convencido de que en el fondo de todas las ollas algo quedaba para su regalo.<\/p>\n\n\n\n<p>No era para menos la fuga de \u00abFlor de los Campos\u00bb: todos estaban tan acostumbrados a verla, a solazarse con su hermosura. Ella era la mitad de la galanura de aquellos campos. Su casita a la vera del camino, blanqueando a lo lejos, era mirada con amor; all\u00ed viv\u00eda Flor. Y tener que conformarse con la realidad, era duro, muy&nbsp;duro, para los que no hab\u00edan tenido ojos sino para admirarla.<\/p>\n\n\n\n<p>As\u00ed es que la aldea entera estaba de pesquisa, en acecho. Y aunque todos los ojos escudri\u00f1aban, nada sacaban en claro. Pero he aqu\u00ed que un hecho inesperado los puso sobre la pista.<\/p>\n\n\n\n<p>A \u00abFlor de los Campos\u00bb, en d\u00edas pasados le hab\u00edan regalado un perrillo con que sustituir en su cari\u00f1o a Tigre, un perrazo que se mor\u00eda de puro viejo. Al perrin atortunado la ni\u00f1a hab\u00eda bautizado por Onza, por semejarse en pelaje al cuadr\u00fapedo de este nombre. Y he aqu\u00ed que Onza, del que nadie se hab\u00eda preocupado, a la siguiente ma\u00f1ana del hecho que a todos tra\u00eda encandecidos, se present\u00f3 en la aldea, con la lengua que era un coral en los aires, y en el cuello un collar, que era una moner\u00eda, hecho de una cinta de plata con un candadico semejante a un coraz\u00f3n. Rico aditamento a lo que no estaban hechos los&nbsp;canes&nbsp;del lugar, que a lo m\u00e1s, luc\u00edan una carlanca de aceradas p\u00faas.<\/p>\n\n\n\n<p>Al momento se congreg\u00f3 en torno al perrin media aldea. A hablar Onza, de seguro se le someter\u00eda a minucioso interrogatorio. Aquel collar\u00edn tan mono deb\u00eda de ser premio a su complicidad! All\u00ed al punto se supo que el perrillo, se lo hab\u00eda regalado meses atr\u00e1s un temporadista, a \u00abFlor de los Campos,\u00bb un disc\u00edpulo de Galeno, quien vino a tonificar sus nervios en el helado y abundoso manantial de Cachimbo.<\/p>\n\n\n\n<p>Ya en el hilo de la madeja, se convino en vigilar a Onza y seguirlo aun a riesgo de reventar. Con la tardecita Onza, tom\u00f3 las de Villadiego: lo vigilaban en demas\u00eda. Pero su rastro no fue abandonado.<\/p>\n\n\n\n<p>Al otro d\u00eda se supo en la aldea, que \u00abFlor de los Campos\u00bb viv\u00eda en la ciudad, en una casa como un palacio comparada con su casita de la vera del camino. Que cuando lleg\u00f3 Onza, Flor estaba sentada en una&nbsp;mecedora, mirando hacia la luna, trajeada con una bata blanca con prendidos azules, y a sus pies, en un coj\u00edn, el disc\u00edpulo de Galeno, segu\u00eda con su mirada el mirar de \u00abFlor de los Campos,\u00bb hacia la remota viajera del espacio.<\/p>\n\n\n\n<p>Todo eso se supo con grande asombro. Y no tard\u00f3 en levantarse entre la gente moza el deseo de la venganza. Al disc\u00edpulo de Galeno le quemar\u00edan en efigie en la plazoleta de la Ermita y a \u00abFlor de los Campos\u00bb la arrastrar\u00edan por el mo\u00f1o. Pero al fin, se calmaron los \u00e1nimos. Se quiso echar un velo generoso sobre aquella desgracia. Y hasta el se\u00f1or Cura, en su pl\u00e1tica del domingo, con mucha maestr\u00eda como dijo:<\/p>\n\n\n\n<p>Es menester tener caridad. No es \u00abFlor de los Campos,\u00bb la primera Flor que cae; otras flores de jardines preciados como el humilde de esta aldea han ca\u00eddo, pero tambi\u00e9n es cierto, que de los campos se han&nbsp;obtenido los m\u00e1s hermosos ejemplares de preciosas flores, que sometidas aun sabio cultivo han sido el orgullo de sus cultivadores. Si no, interrogad a los cariaquitos de nuestros cercados acerca de la historia de \u00abHeliotropo.\u00bb<\/p>\n\n\n\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/luis-manuel-urbaneja-achelpohl\/\" target=\"_blank\" rel=\"noreferrer noopener\">Sobre el autor<\/a><\/h4>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Las haza\u00f1as de Chango Carpio y Sietecueros La noche y para m\u00e1s una lluvia menuda y copiosa los hab\u00eda sorprendido en el camino. 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