{"id":11226,"date":"2024-02-27T20:59:38","date_gmt":"2024-02-27T20:59:38","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=11226"},"modified":"2024-02-27T20:59:38","modified_gmt":"2024-02-27T20:59:38","slug":"los-maletines-fragmentos","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/los-maletines-fragmentos\/","title":{"rendered":"Los maletines (fragmentos)"},"content":{"rendered":"\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\">Juan Carlos M\u00e9ndez Gu\u00e9dez<\/h4>\n\n\n\n<p><strong>Primero<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Los dos cuerpos aparecieron frente al edificio, muy juntos, como dormidos dentro de un carro color azul: labios p\u00e1lidos, entreabiertos, mand\u00edbulas r\u00edgidas. En ese instante Donizetti imagin\u00f3 que las figuras de cera no ser\u00edan muy diferentes. \u00abPero ese olor\u00bb, pens\u00f3 inc\u00f3modo mientras se rascaba la punta de la nariz y detectaba en el aire un rastro de agua empozada.<\/p>\n\n\n\n<p>Llam\u00f3 a Ver\u00f3nica desde el celular. \u00abNo bajes con Amandita por la puerta principal, vayan al colegio por la salida del estacionamiento. Mataron a una mujer y a su hijo\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>Mir\u00f3 el reloj. Un gesto mec\u00e1nico. Segundos despu\u00e9s hab\u00eda olvidado si era temprano, si era tarde, si le quedaba tiempo para llegar al trabajo, cobrar los vi\u00e1ticos, recoger el malet\u00edn en el momento preciso. Pregunt\u00f3 a una vecina si sab\u00eda la hora en que sonaron los disparos. La se\u00f1ora le facilit\u00f3 innumerables detalles. Donizetti la mir\u00f3 de reojo y comprendi\u00f3 que solo balbuceaba mentiras. Para ella resultaba inaceptable que hubiese sucedido algo tan grave sin haberse enterado.<\/p>\n\n\n\n<p>Avanz\u00f3 unos metros. Estir\u00f3 el cuello para ver. Donizetti jam\u00e1s comprendi\u00f3 por qu\u00e9 se detuvo junto a los cuerpos; por qu\u00e9 cuando llegaron los periodistas \u00e9l se mantuvo entre dos ancianos, como a la espera de una respuesta in\u00fatil.<\/p>\n\n\n\n<p>Supo que ninguno de los compa\u00f1eros de la agencia cubrir\u00eda la noticia. Ten\u00edan instrucciones de no rese\u00f1ar demasiados asesinatos y la noche anterior, cuando \u00e9l se encontraba de guardia, le toc\u00f3 hacer una nota sobre un triple homicidio en La Vega. Cinco desali\u00f1ados p\u00e1rrafos que al final no envi\u00f3 a los medios porque un autob\u00fas hab\u00eda volcado cerca de San Crist\u00f3bal y las v\u00edctimas ya eran suficiente sangre para un domingo.<\/p>\n\n\n\n<p>Le pareci\u00f3 que el aire turbio de la ma\u00f1ana ocurr\u00eda en otro lugar, en un punto lejano. Pero en ese momento, cuando apareci\u00f3 un fot\u00f3grafo joven y con una patada empuj\u00f3 al ni\u00f1o para mejorar la composici\u00f3n de la foto, Donizetti sinti\u00f3 un escalofr\u00edo que salt\u00f3 desde su nuca hasta la espalda.<\/p>\n\n\n\n<p>El ni\u00f1o qued\u00f3 acurrucado junto al cuerpo de la se\u00f1ora. Donizetti distingui\u00f3 con claridad los ocho balazos que ascend\u00edan desde su peque\u00f1o abdomen hasta el rostro, como si alguien hubiese querido dibujarle un \u00e1rbol en la piel.<\/p>\n\n\n\n<p>La claridad rod\u00f3 por la avenida como una bola de fuego. El sol subi\u00f3 sobre los edificios. Donizetti retrocedi\u00f3 un par de metros para alejarse del carro. La se\u00f1ora estaba p\u00e1lida y apergaminada, un trozo de lengua asomaba entre sus dientes y en medio de su cara brillaba el ojo rojizo de un balazo.<\/p>\n\n\n\n<p>Inc\u00f3modo, se movi\u00f3 hacia la izquierda porque el reflejo de la luz en las ventanas hiri\u00f3 sus pupilas. Luego algo se apret\u00f3 en su est\u00f3mago. Volvi\u00f3 a mirar al ni\u00f1o. Le pareci\u00f3 distinguir con claridad su mano peque\u00f1a, una mano un poco gorda y con las u\u00f1as comidas. Ese detalle le hizo entrecerrar los p\u00e1rpados.<\/p>\n\n\n\n<p>Llam\u00f3 a toda prisa un taxi. Al montarse sufri\u00f3 un ataque de tos, como si un insecto estuviese saltando en su garganta. \u00abEl malet\u00edn, lo que debo hacer es buscar el malet\u00edn\u00bb, murmur\u00f3 Donizetti y poco a poco sinti\u00f3 que esa rutina lo impregnaba de una densa tranquilidad, de una dulce modorra.<\/p>\n\n\n\n<p><strong>Segundo<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Despu\u00e9s de fumar dos cigarrillos logr\u00f3 serenarse un poco. Lleg\u00f3 a la oficina y pas\u00f3 a la zona de los cub\u00edculos. Mat\u00edas y Ra\u00fal alzaron sus manos para saludarlo y continuaron discutiendo sobre apuestas de loter\u00eda. Cerca del ba\u00f1o tropez\u00f3 con el mayor hablando en susurros por un celular peque\u00f1\u00edsimo y mirando hacia todas partes, como si estuviese tomando notas mentales de cada movimiento de la agencia.<\/p>\n\n\n\n<p>Cruzaron un saludo: sin \u00e9nfasis, sin ninguna frase. Luego el mayor continu\u00f3 susurrando. A Donizetti le pareci\u00f3 que lo hac\u00eda en un ruso salpicado de groser\u00edas cubanas.<\/p>\n\n\n\n<p>Se alej\u00f3 del militar. Camin\u00f3 hasta su peque\u00f1o despacho. Revis\u00f3 dos o tres gavetas de su escritorio hasta que consigui\u00f3 el pasaporte. Era m\u00e1s pr\u00e1ctico tenerlo siempre all\u00ed. Ya le hab\u00eda tocado en ocasiones salir directamente desde el trabajo a un imprevisto viaje.<\/p>\n\n\n\n<p>Al fondo cruz\u00f3 Dayana, la jefa de la secci\u00f3n internacional; tacones verdes, falda ajustada. Al verla caminar, Donizetti qued\u00f3 aturdido con su movimiento de caderas. Pens\u00f3 en dulces colinas, en monta\u00f1as, en carreteras oscilantes y llenas de curvas. Luego jug\u00f3 un rato con las hojas del pasaporte. Le gustaba contemplar todos esos sellos en idiomas indescifrables. Sin especial entusiasmo mir\u00f3 su bandeja de correo y borr\u00f3 sesenta y dos mensajes que no quiso leer. Aburrido, golpe\u00f3 el escritorio con sus nudillos. \u00bfCu\u00e1nto tiempo tardar\u00eda en llegar la llamada con los datos para la nueva misi\u00f3n? Contempl\u00f3 el cielo: nubes color grasa, nubes inm\u00f3viles, impenetrables. \u00abSi Dios existiese, no se enterar\u00eda nunca de que hay un lugar llamado Caracas.\u00bb<\/p>\n\n\n\n<p>Respir\u00f3 con fuerza, como si estuviese expulsando un olor espeso dentro de su nariz. \u00abTampoco s\u00e9 por qu\u00e9 pienso hoy en Dios\u00bb, murmur\u00f3 moviendo papeles en su escritorio para dar la impresi\u00f3n de laboriosidad. Desde hac\u00eda mucho tiempo el tema no le interesaba. Donizetti solo cre\u00eda en Dios cuando escuchaba <em>La Pasi\u00f3n seg\u00fan San Mateo <\/em>de Bach o cuando se montaba en aviones.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00abY esa es la vaina\u00bb, comprendi\u00f3 aliviado. En unas horas tomar\u00eda un Airbus 340 para cerrar la nueva misi\u00f3n que acababan de asignarle. En el momento del despegue y del aterrizaje incluso rezar\u00eda un padrenuestro tembloroso, rutinario; sin fe ninguna pero con intensidad. \u00abPor si acaso\u00bb, pensaba siempre.<\/p>\n\n\n\n<p>Abri\u00f3 el mensaje con las instrucciones b\u00e1sicas para su viaje; se trataba de lo usual: llevar un malet\u00edn sin dejar de mirarlo ni un segundo; defenderlo con su vida si era necesario; luego esperar noticias; finalmente entregarlo a una silueta an\u00f3nima, fugaz.<\/p>\n\n\n\n<p>Se sirvi\u00f3 un vaso de agua y comprob\u00f3 que acababa de apagar la computadora. Pasaba d\u00edas sin prestarle atenci\u00f3n. En los \u00faltimos meses, sin que \u00e9l se hubiese percatado de ello, sin un memor\u00e1ndum o una instrucci\u00f3n precisa, resultaba obvio que apenas necesitaban sus trabajos escritos y precisaban m\u00e1s de \u00e9l para realizar viajes secretos, para llevar esos maletines verdes con los que de tanto en tanto atravesaba el mundo.<\/p>\n\n\n\n<p>Le doli\u00f3 el est\u00f3mago.<\/p>\n\n\n\n<p>Pens\u00f3 otra vez en los dedos peque\u00f1os del ni\u00f1o que hab\u00eda aparecido frente a su edificio. Donizetti comprendi\u00f3 que si la vida fuese una novela, este ser\u00eda el punto donde \u00e9l se dedicar\u00eda a investigar por qu\u00e9 una familia amanece rociada de balas. P\u00e1ginas y p\u00e1ginas atando cabos, sorteando peligros, inventando en las palabras conexiones que ser\u00edan m\u00e1s reales que la propia realidad, hasta cazar una huella que revelar\u00eda una conclusi\u00f3n inesperada, pues casi siempre los actos abrigan una respuesta y en muchos lugares la muerte ten\u00eda sentido. Pero en Caracas todo era el comienzo de un boceto; todo resultaba un trazo ef\u00edmero, balbuceante.<\/p>\n\n\n\n<p>Se masaje\u00f3 el est\u00f3mago.<\/p>\n\n\n\n<p>El Blackberry de su bolsillo derecho son\u00f3 tres veces. Donizetti se fue hasta el ba\u00f1o y contest\u00f3 en susurros.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013Al\u00f3.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013Panader\u00eda Los Pr\u00f3ceres; avenida Los Pr\u00f3ceres, San Bernardino, y luego a Roma \u2013dijo una voz asm\u00e1tica.<\/p>\n\n\n\n<p>Donizetti intent\u00f3 memorizarlo. Le pareci\u00f3 una direcci\u00f3n demasiado sencilla, pero a los tres minutos comenz\u00f3 a dudar y rompiendo una vez m\u00e1s todas las precauciones que le hab\u00edan exigido, tom\u00f3 su libreta, anot\u00f3 los nombres y hasta agreg\u00f3 una impresi\u00f3n: \u00abCreo que cerca de la librer\u00eda Catalonia\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>Cuando baj\u00f3 en el ascensor se encontr\u00f3 con Gonzalejo. Se saludaron con esa impaciencia de quienes comparten tantas horas que prefieren intercambiar las palabras m\u00ednimas. Al despedirse, Donizetti cambi\u00f3 de idea y tom\u00f3 a su colega por el brazo.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013Oye, \u00bfsabes de un doble asesinato esta ma\u00f1ana en la Francisco de Miranda?<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013\u00bfAh?<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013Parec\u00edan madre e hijo. Los cosieron a balazos.<\/p>\n\n\n\n<p>Gonzalejo alz\u00f3 los hombros. Luego se acerc\u00f3 al o\u00eddo de Donizetti y le susurr\u00f3:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013Pana, desde el viernes hasta ahora mataron a m\u00e1s de sesenta y tres personas. Bueno, yo cont\u00e9 hasta sesenta y tres y ya me cans\u00e9 de contar, porque tampoco sirve de nada saberlo, pero si t\u00fa lo dices&#8230; pues ser\u00e1n sesenta y cinco. Y si eran familia o amigos tuyos, pues lo siento mucho, y si me necesitas tengo conocidos en la morgue que me deben favores: por mil bol\u00edvares les har\u00edan la autopsia rapidito para que no tengas que esperar demasiados d\u00edas. Mira que es un buen precio, all\u00ed por adelantar la autopsia te piden dos mil&#8230; la mitad, pana, te consigo que te cobren la mitad.<\/p>\n\n\n\n<p>Donizetti neg\u00f3 con la cabeza. Quiso explicarle a Gonzalejo la situaci\u00f3n exacta, pero prefiri\u00f3 seguir caminando hacia la l\u00ednea de taxis. Luego pens\u00f3 en su propio hijo. Demasiado tiempo sin saber nada de \u00e9l.<\/p>\n\n\n\n<p>Cuando pas\u00f3 al lado de un \u00e1rbol lo roz\u00f3 con sus dedos, procurando librarse de la sensaci\u00f3n que acababa de asaltarlo, una sensaci\u00f3n pegajosa, espesa, como de aceite quem\u00e1ndole las manos.<\/p>\n\n\n\n<p><strong>Tercero<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Llevaba un par de d\u00edas intentando hablar con Jaime y nunca lograba apartar dos minutos para saludarlo; para preguntarle en detalle por su colegio, por sus amigos. Al ni\u00f1o tampoco parec\u00edan importarle esos silencios.<\/p>\n\n\n\n<p>Antes de llegar al encuentro que le hab\u00edan pautado, Donizetti llam\u00f3 a casa de Elizabeth. Odiaba hacerlo, pero ese era el precio por haber tenido un hijo con esa mujer detestable.<\/p>\n\n\n\n<p>Sonri\u00f3 al admitir que era capaz de pensar en ese apartamento como la \u00abcasa de Elizabeth\u00bb. Cerr\u00f3 los ojos. Casi pudo mirar el \u00e1rbol de mango que durante a\u00f1os contempl\u00f3 desde la ventana de la habitaci\u00f3n donde dorm\u00eda: \u00e1rbol oloroso que por las noches parec\u00eda llenarse de electricidad.<\/p>\n\n\n\n<p>Escuch\u00f3 los repiques de la llamada: uno, dos, tres, cuatro, cinco. Al fondo irrumpi\u00f3 la voz de Jesse, el novio de su ex. Donizetti colg\u00f3. Mir\u00f3 el reloj con gesto incr\u00e9dulo, las nueve y media. Se alegr\u00f3. Al menos hab\u00eda despertado al hijo de puta. Antes de las once nadie lo hab\u00eda visto quitarse el piyama ni tomar el desayuno.<\/p>\n\n\n\n<p>Se masaje\u00f3 el est\u00f3mago una vez m\u00e1s. En el fondo le gustaba esa sensaci\u00f3n g\u00e9lida que le lam\u00eda el abdomen cada vez que iniciaba una nueva misi\u00f3n. Mir\u00f3 el reloj. Sospech\u00f3 que llegaba con diez minutos de adelanto (\u00bfo eran de retraso?). La calle se ilumin\u00f3: el sol parec\u00eda una quemadura de cigarrillo sobre el cielo. Se detuvo a coger aire. Pens\u00f3 una vez m\u00e1s en los dos cuerpos frente a su edificio y resopl\u00f3 contrariado. Para sobrevivir en Caracas era necesario olvidar en diez minutos los diez minutos anteriores.<\/p>\n\n\n\n<p>Escupi\u00f3 en el suelo y le pareci\u00f3 que uno de sus ojos se reflejaba dentro de la mancha de saliva que hab\u00eda quedado en la acera. Un ojo rasgado que se fue transformando en un erizo tembloroso. Apur\u00f3 el paso. Mir\u00f3 la plaza de enfrente. Crey\u00f3 recordar que, muchos a\u00f1os atr\u00e1s, hab\u00eda vivido all\u00ed un s\u00e1bado entra\u00f1able volando un avi\u00f3n plateado mientras sus padres lo observaban sonrientes. Luego pens\u00f3 que probablemente era un recuerdo inexacto. Sus padres se odiaban. Para ser m\u00e1s precisos: su madre detest\u00f3 siempre a su padre. Y \u00e9l tampoco tuvo jam\u00e1s un avi\u00f3n plateado.<\/p>\n\n\n\n<p>Donizetti dio vueltas alrededor de la panader\u00eda donde deb\u00eda aparecer en unos minutos y as\u00ed comprob\u00f3 que nadie lo ven\u00eda siguiendo. Prefer\u00eda llegar a los sitios en taxi, no caminar distra\u00eddamente por ninguna calle, pero cada vez le daban menos dinero para sus desplazamientos. Tendr\u00eda que hablar con Gonzalejo. Si quer\u00edan discreci\u00f3n, si exig\u00edan seguridad, no pod\u00edan tenerlo dando vueltas con un par de billetes en el bolsillo.<\/p>\n\n\n\n<p>Entr\u00f3 a la panader\u00eda y se sent\u00f3 en la terraza. Pidi\u00f3 dos cachitos de jam\u00f3n, un Ricomalt y encendi\u00f3 un cigarrillo. Esper\u00f3 un rato; casi nunca aparec\u00eda la misma persona, pero aunque cambiase el color de la piel o la estatura, \u00e9l sol\u00eda reconocerlos con anticipaci\u00f3n; compart\u00edan miradas de azogue, cierta manera de sacar el pecho como gallos de pelea y un modo de caminar como si estuviesen clavando los talones sobre el piso.<\/p>\n\n\n\n<p>Son\u00f3 un Blackberry en los bolsillos de su saco. Estuvo un rato dudando si era el personal, el de la agencia o el de las misiones especiales. Sac\u00f3 los tres y los coloc\u00f3 sobre la mesa; comprob\u00f3 que no recordaba muy bien cu\u00e1l era cu\u00e1l y tom\u00f3 el que vibraba en ese preciso instante.<\/p>\n\n\n\n<p>Escuch\u00f3 la voz de su esposa coment\u00e1ndole que cuando pudiera llevase medio kilo de queso. Sonri\u00f3 agradecido por lo incongruente del mensaje. Era muy sencillo pasar del temor a la indiferencia. Le murmur\u00f3 que estaba ocupado. Pregunt\u00f3 si deb\u00eda ser queso blanco o amarillo y ella respondi\u00f3 que cualquiera, el que hubiese, cari\u00f1o, pero en el improbable caso de que encontrase de ambos, pues mejor amarillo que era m\u00e1s rico para las arepitas, coraz\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p>Donizetti pens\u00f3 que buscar\u00eda en Italia un kilo de queso y lo traer\u00eda como regalo. Deber\u00eda averiguar primero sobre sabores y sobre la calidad de los productos para no equivocarse y comprar cualquier baratija. <em>Vorrei un formaggio molto buono, signore<\/em>.<\/p>\n\n\n\n<p>Record\u00f3 que nunca deb\u00eda comentar con nadie a d\u00f3nde viajaba. Por eso, de sus misiones retornaba silencioso, exhausto y con dos juguetes a los que les arrancaba las etiquetas que pudiesen indicar su origen. Nunca dejaba de sorprenderle el entusiasmo con que su hijastra Amanda recib\u00eda su obsequio, la euforia con la que se abalanzaba sobre \u00e9l y lo abrazaba, mientras al d\u00eda siguiente cuando se encontraba con Jaime deb\u00eda conformarse con un gesto fl\u00e1cido.<\/p>\n\n\n\n<p>Tamborile\u00f3 los dedos con impaciencia. Al regresar se propuso hablar con Jaime, decirle algo. \u00bfPero qu\u00e9? \u00bfQu\u00e9 pod\u00eda hablar con un ni\u00f1o de ocho a\u00f1os que estaba siendo criado por una madre irascible y un vago como Jesse que dorm\u00eda siestas de cuatro horas?<\/p>\n\n\n\n<p>Mir\u00f3 hacia la calle. El sol se afincaba sobre los \u00e1rboles. Intent\u00f3 buscar la librer\u00eda Catalonia. Gir\u00f3 el rostro. Un inmenso muro blanco se levantaba a lo lejos. \u00bfNo era all\u00ed donde estuvo siempre? Confuso sali\u00f3 de la panader\u00eda. Le pareci\u00f3 que el lugar hab\u00eda cambiado. Cre\u00eda recordar una glorieta, unos \u00e1rboles, un taller mec\u00e1nico.<\/p>\n\n\n\n<p>Frente a \u00e9l se detuvo un carro azul: un muchacho con nariz de boxeador se baj\u00f3 presuroso, dio un par de pasos y mir\u00e1ndole fijamente le cruz\u00f3 el rostro con una cachetada.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013\u00bfT\u00fa eres paj\u00fao? Panader\u00eda Los Pr\u00f3ceres, co\u00f1o. A ver si te pones pilas, mongolicoide.<\/p>\n\n\n\n<p>Donizetti se qued\u00f3 congelado. Las personas que pasaban por la calle siguieron de largo y apresuraron el paso. El tipo le arroj\u00f3 el malet\u00edn en el pecho y le dijo que mirase su correo electr\u00f3nico. Luego se mont\u00f3 en el carro y se march\u00f3 en medio de un sonido rechinante de cauchos.<\/p>\n\n\n\n<p>Al voltear, Donizetti vio el inmenso cartel: Panader\u00eda Alba. Le ard\u00eda la mejilla, pero ahora sinti\u00f3 que una ola de calor cubr\u00eda su rostro.<\/p>\n\n\n\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/juan-carlos-mendez-guedez\/\" target=\"_blank\" rel=\"noreferrer noopener\">Sobre el autor<\/a><\/h4>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Juan Carlos M\u00e9ndez Gu\u00e9dez Primero Los dos cuerpos aparecieron frente al edificio, muy juntos, como dormidos dentro de un carro color azul: labios p\u00e1lidos, entreabiertos, mand\u00edbulas r\u00edgidas. 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