{"id":11071,"date":"2024-02-03T19:34:42","date_gmt":"2024-02-03T19:34:42","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=11071"},"modified":"2024-02-03T19:34:42","modified_gmt":"2024-02-03T19:34:42","slug":"renacen-las-sombras","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/renacen-las-sombras\/","title":{"rendered":"Renacen las sombras"},"content":{"rendered":"\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\">Juan Carlos Chirinos<\/h4>\n\n\n\n<p><strong>PRELUDIO (1)<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>El rumor de Madrid iba en lento e inevitable descenso hacia la noche. Alguien cantaba: parec\u00eda el lamento de un mochuelo aunque no resultaba triste. Era un lamento orgulloso, digno de lanzar al espacio su cremosa sustancia, seguro de que un antiguo decreto lo autorizaba y nadie se habr\u00eda atrevido a prohibirlo. La canci\u00f3n proven\u00eda de una calle m\u00e1s abajo. Me inquiet\u00e9: record\u00e9 los bajos sentimientos. Tuve que sacudir el cuerpo para expulsar el temor. Dej\u00e9 los platos sobre la mesa y me asom\u00e9 a la ventana. Tal vez si identificaba qui\u00e9n cantaba me calmar\u00eda un poco. Saqu\u00e9 medio cuerpo y no vi a nadie, aunque pod\u00eda escuchar las notas graves del p\u00e1jaro de la noche. Segu\u00ed atisbando hasta que mi pesquisa tuvo respuesta: el que cantaba era un hombre alto, negro, joven y musculoso que sub\u00eda la cuesta con una mochila amarilla muy cargada. Supuse que era uno de los senegaleses que regentaban el restaurante de la esquina y me acord\u00e9 de ese tan simp\u00e1tico que siempre me sonre\u00eda. Yo sol\u00eda replicar a su sonrisa con un breve saludo pero apuraba el paso para no darle oportunidad a casar dos palabras.<\/p>\n\n\n\n<p>El senegal\u00e9s de la mochila acompa\u00f1aba su canci\u00f3n con el r\u00edtmico tamborileo de los dedos, como si tocara una trompeta transparente. La voz retumbaba en mi \u00e1nimo regal\u00e1ndome los p\u00e1lpitos que jam\u00e1s se cumplen pero que, cuando posamos la cabeza en la almohada, parecen las palabras de un profeta resentido con la humanidad. Sin embargo, relacionar la melod\u00eda con la figura agradable del senegal\u00e9s me soseg\u00f3 un poco e incluso me permiti\u00f3 experimentar un cosquilleo en el ombligo porque, al d\u00eda siguiente, cuando pasara frente al restaurante y saludara al muchacho, lo mirar\u00eda como si le hubiera arrebatado un secreto: \u00abAh, entonces t\u00fa eres el que tiene esa voz tan bonita, \u00bfno?\u00bb, pensar\u00e9, pero ese pensamiento ser\u00e1 solo para m\u00ed, con la esperanza de que el senegal\u00e9s se pregunte por qu\u00e9 mi sonrisa ser\u00e1 diferente a la habitual, por qu\u00e9 mi paso ser\u00e1 menos apurado y por qu\u00e9 parecer\u00e9 con ganas de hablar. No le dir\u00e9 que es la sonrisa de la que agradece la m\u00fasica nocturna. Por supuesto.<\/p>\n\n\n\n<p>A\u00fan me faltaba limpiar la cocina y organizar los asuntos del d\u00eda siguiente. O\u00eda a los vecinos trastear de aqu\u00ed para all\u00e1, al otro lado de la pared; se dir\u00eda que acabaran de mudarse y estuvieran buscando el lugar m\u00e1s apropiado para los muebles. En el piso de arriba tambi\u00e9n zapateaban. La perra ladr\u00f3 un par de veces. Una televisi\u00f3n daba noticias inaudibles.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00bfPor qu\u00e9 comenzaba por aqu\u00ed? Pues porque de todas las puertas disponibles, esta fue la que cedi\u00f3, no por un inter\u00e9s espurio o un plan meditado con tiempo e inquina, sino gracias a la siempre oportuna comodidad, que es m\u00e1s peligrosa que la avaricia, m\u00e1s incisiva que la envidia y m\u00e1s poderosa que el odio. La ciudad no hab\u00eda sido escogida a prop\u00f3sito; cualquier metr\u00f3poli de las tantas que hay tambi\u00e9n hubiera servido. Pero Madrid estaba disponible. La comodidad otra vez. Incluso ahora no la conoc\u00eda muy bien, pero ya llenar\u00eda los espacios vac\u00edos con palabras de mi invenci\u00f3n. \u00ab\u00bfD\u00f3nde reposar\u00e1 el que se halla cansado?\u00bb, o\u00ed cuando me baj\u00e9 del tren esta ma\u00f1ana. Era una manera de avisarme: \u00abSabemos que has llegado, vamos a comenzar, prep\u00e1rate\u00bb. Una recomendaci\u00f3n ociosa, pues yo estaba lista desde que me eligieron para esto.<\/p>\n\n\n\n<p>Horas despu\u00e9s, la ma\u00f1ana alz\u00f3 su luz alegre y el temor se disip\u00f3; el sol invicto hizo que caminara con confianza, como si el futuro no estuviera esper\u00e1ndome, agazapado, en la parte m\u00e1s oscura de la calle.<\/p>\n\n\n\n<p><strong>PARTE 1 (2)<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Fanny aterriz\u00f3 en Madrid en un avi\u00f3n nocturno. Despu\u00e9s de tanto tiempo, de todo lo ocurrido, de la lluvia y la destrucci\u00f3n, de nuevo ten\u00eda cerca a la vikinga.<\/p>\n\n\n\n<p>Antes de emprender el viaje de regreso, me rog\u00f3 que la fuera a buscar al aeropuerto, pero no pude; bueno, en realidad no quise. Prefer\u00ed quedarme en mi piso prepar\u00e1ndome para la conversaci\u00f3n que tendr\u00edamos en nuestro primer encuentro despu\u00e9s de tantas cosas. La buscar\u00eda en el hotel con la esperanza de convencerla para que nos fu\u00e9ramos a la sierra, donde ser\u00eda mucho m\u00e1s c\u00f3modo conversar, le dije falsamente. A Fanny ya no le gustan las monta\u00f1as, lo s\u00e9, me cuesta aceptar que con los a\u00f1os se ha convertido en una obsesa de las playas, pues ahora cree locamente que a la gente de la playa le pasan menos cosas malas que a la gente de la monta\u00f1a; pero ella debe entender, por su parte, que en Madrid no hay playa. Como no nos fu\u00e9ramos para Santander, Gij\u00f3n o para el sur, no le quedaba sino conformarse con el estanque del Retiro, las piscinas p\u00fablicas y los embalses de la sierra, pues el edificio donde vivo carece de piscina. La perfecci\u00f3n de las cosas; que todo sea como uno espera: eso nunca ocurre, Fanny, despu\u00e9s de lo que has vivido, ya deber\u00edas saberlo. Al menos tratar\u00e9 de que subamos a El Escorial a comer uno de esos jugosos filetes o el enloquecedor pollo asado de El Marqu\u00e9s.<\/p>\n\n\n\n<p>Sobre mi escritorio, delante de m\u00ed, reposaba la flauta negra que Fanny me hab\u00eda regalado en Valera, cuando nos conocimos; tambi\u00e9n me rodeaban las fotos de los clientes que he ido teniendo en los distintos restaurantes en los que he trabajado, pegadas en el corcho encima de mi computadora, sonrientes, saludando a la c\u00e1mara con cara de haber participado en un gran banquete. Sus miradas satisfechas son el mayor premio y la m\u00e1xima prueba de la calidad de mi trabajo. Pobrecitos. Algunos ya no est\u00e1n. En el corcho tambi\u00e9n hab\u00eda una tarjeta de esas muy cursis de Hallmark con un osito abrazado a un coraz\u00f3n; una imagen espantosa, pero que no he sido capaz de destruir porque es un regalo de Patricia y Pilar que me lleg\u00f3 en la \u00e9poca en que viv\u00eda con Osip en la monta\u00f1a, junto al Bosque de San Guinefort. Aquella \u00e9poca; despu\u00e9s de aquello.<\/p>\n\n\n\n<p><em>Aquello.<\/em><\/p>\n\n\n\n<p>Solo pensar en lo que se esconde detr\u00e1s de esta palabra me descompone el cuerpo y me deja temblando, incapaz de sostener un miserable cigarrillo entre los dedos. El est\u00f3mago se me encoge, los pies se me enfr\u00edan, las orejas me palpitan y vuelvo a sentir las punzadas del terror. Tal parece que nunca me librar\u00e9 de esos d\u00edas. Me pregunto qu\u00e9 habr\u00e1 sido de Osip; era un ni\u00f1o sensible y de mucho talento, con una imaginaci\u00f3n fuera de lo com\u00fan. Y una madre loca. Bueno, yo quiero convencerme de que estaba loca, porque pensar en la otra posibilidad me deja sin aire los pulmones. Espero que Osip al menos haya conservado la capacidad para inventar historias, aunque seguro que no se convirti\u00f3 en un novelista famoso; se sabr\u00eda.<\/p>\n\n\n\n<p>Ya han pasado casi tres lustros de ese tiempo con Osip all\u00e1 en casa de su madre junto al Bosque de San Guinefort, y a\u00fan tengo frescos los detalles. Pero c\u00f3mo voy a olvidarlos: no quiero olvidarlos y no debo olvidarlos. Mucho menos ahora. Las cicatrices que llevamos en el cuerpo cuentan una versi\u00f3n de la historia que de otra manera no ser\u00eda posible recordar. Y mis cicatrices, mis marcas, me definen. No pienso renegar de ellas. He perdido un pez\u00f3n, cojeo de manera atractiva y a veces me cuesta respirar a causa de una deformaci\u00f3n en mi caja tor\u00e1cica, un poco aplastada por un lado. Vengo abollada. El que sepa leer esas se\u00f1ales descubrir\u00e1 mi pasado y presentir\u00e1 mi futuro. La vida va dej\u00e1ndonos marcas desde que nacemos; los estigmas, las llagas y las cicatrices se suman y le dan forma al mapa de la piel.<\/p>\n\n\n\n<p>Mi cojera, al contrario de lo que se podr\u00eda pensar, tiene el mismo efecto seductor que la cabeza ladeada de Alejandro Magno, y gracias a ese \u2018tumbao\u2019 he disfrutado de noches exquisitas con amantes que no quer\u00edan otra cosa sino cojear conmigo en la cama. As\u00ed que, aunque cursi, el oso amoroso que Patricia y Pilar me enviaron en ese entonces me recuerda las respuestas a estas tres preguntas: c\u00f3mo, cu\u00e1ndo y por qu\u00e9. Es horrible la propiedad que las palabras poseen para esconder lo oscuro. Tal vez la clave se oculte en los acentos: C\u00f3mo. Cu\u00e1ndo. Por qu\u00e9. <\/p>\n\n\n\n<p>Pero la vida insiste. Y sigue.<\/p>\n\n\n\n<p>Hay otro objeto que me acompa\u00f1a. Dudo al usar la palabra objeto, porque no se trata de uno m\u00e1s sino de mi don m\u00e1s preciado. Es el Se\u00f1or Fenris, que me mira con esa expresi\u00f3n ausente y viva que tienen los osos de peluche. \u00c9l tambi\u00e9n ha sumado cicatrices a su cuerpo. Adem\u00e1s de un ojo, le faltan media pata y el trozo de una oreja que se le ha quedado irremisiblemente doblada hacia dentro. Son las cicatrices de una persona valiente: ese oso me salv\u00f3 la vida en el bosque.<\/p>\n\n\n\n<p>Les he ocultado la existencia del Se\u00f1or Fenris a mis ocasionales amantes y a\u00fan no s\u00e9 si lo he hecho por verg\u00fcenza, para que no fueran a pensar que segu\u00eda siendo una ni\u00f1a o para protegerlos, pues nadie sale indemne cuando conoce al Se\u00f1or Fenris. Con \u00e9l me siento protegida. Digamos que en su momento fui elegida por \u00e9l para ser mi amigo, puede que gracias a mi relaci\u00f3n con Osip.<\/p>\n\n\n\n<p>Generalmente, el Se\u00f1or Fenris me aguarda sentado en la mecedora de madera que lo acompa\u00f1a desde que lo conozco; pero a veces lo deposito en un mullido arconcito forrado de p\u00farpura donde lo guardo para las ocasiones en que he necesitado desfogar las energ\u00edas que me sobran, cuando me sobran. Los m\u00fasculos fibrosos de un hombre son perfectos para morder y cubrir; las combadas y suaves formas de una mujer, tambi\u00e9n. S\u00e9 que esto no molesta al Se\u00f1or Fenris, le he demostrado el respeto suficiente para que sepa que su ocultamiento es un gesto necesario: \u00e9l es \u00abel pan de los elegidos\u00bb, el alimento que solo pueden catar los que est\u00e9n preparados para ello, porque la presencia de los dioses puede ser una maldici\u00f3n si ellos no te han bendecido antes.<\/p>\n\n\n\n<p>De aquella \u00e9poca junto al Bosque de San Guinefort tambi\u00e9n conservo un peque\u00f1o estuche con una buena cantidad de ung\u00fcento de hada que me regalara Osip en su momento. Lo he usado muy pocas veces. Quiero que me dure, pero me gusta tanto que procuro esconderlo en un lugar que se me olvide pronto. Es como un juego. Pongo el ung\u00fcento en el fondo de una caja que despu\u00e9s oculto en un caj\u00f3n que confundo entre otras cosas; al cabo de varias semanas, para cuando se apodera de m\u00ed, irrefrenable, el impulso de untarme los ojos otra vez, ya no s\u00e9 en cu\u00e1l de los cajones lo he escondido y empiezo una b\u00fasqueda silenciosa que puede llevarme varios d\u00edas o incluso meses; mi memoria borra el momento en que escond\u00ed la caja como una manera de defenderme, pero mis p\u00e1rpados se revuelven codiciando esa cremita malvada que me hace ver aquello que est\u00e1 m\u00e1s all\u00e1. Y cuando por fin doy con ella, alborozada, me detengo: a\u00fan no es el momento y me queda muy poco. Entonces recomienzo el juego \u00edntimo y escondo de nuevo el ung\u00fcento de hada en un sitio que pronto olvidar\u00e9 y que desear\u00e9 encontrar cuando otra vez me vuelva loca.<\/p>\n\n\n\n<p>Aqu\u00ed en Madrid no he tenido la oportunidad de untarme porque cuando me mud\u00e9 escond\u00ed tan bien el estuche que, por m\u00e1s que he buscado y rebuscado en cada rinc\u00f3n de mi estudio en Ribera de Curtidores y de mi cubil en el Moliendo Caf\u00e9, no he podido dar con \u00e9l. Mejor; a saber c\u00f3mo se comportar\u00eda el ung\u00fcento en una ciudad asentada sobre una necr\u00f3polis.<\/p>\n\n\n\n<p>Este es el secreto mejor guardado de Madrid, y solo lo s\u00e9 yo: una buena parte de la ciudad, a partir de la iglesia de los Jer\u00f3nimos o quiz\u00e1 desde el parque de Gabriel Mir\u00f3, ha crecido encima de Solicum, una necr\u00f3polis enorme; no es un cementerio, sino una ciudad anterior al Ma\u0177ri\u0163 musulm\u00e1n, una ciudad de los primeros pobladores de la pen\u00ednsula habitada solo por guerreros carpetanos muertos en la batalla, y por eso no se han encontrado ni se encontrar\u00e1n huesos, utensilios, vasijas ni nada parecido a un enterramiento. Yo la llamo Solicum porque fue la palabra que escuch\u00e9 la primera vez que supe de su existencia, pero este no debe de ser su nombre verdadero.<\/p>\n\n\n\n<p>Una noche de agosto en que bajaba hacia la calle Segovia desde el parque de Gabriel Mir\u00f3, a donde hab\u00eda ido a visitar a una posible comensal que me interesaba agregar a mi lista de clientes, vi a un gato negro seguido por cinco o seis de varios colores pero con la misma mirada entre p\u00edcara y desconfiada de los tah\u00fares del Misisipi. Me detuve, divertida, porque el grupo gatuno parec\u00eda que iba borracho: se tambaleaban como suelen hacer los que han bebido m\u00e1s copas de las que son capaces de soportar. Me entr\u00f3 un ataque de risa que cort\u00e9 de inmediato cuando el gato negro, a todas luces el jefe, se detuvo muy serio y me maull\u00f3 con groser\u00eda y autoridad, seguramente rega\u00f1\u00e1ndome por mi falta de respeto. Quiz\u00e1 fuera yo la que iba un poco achispada (hab\u00edamos bebido varias botellas de vino italiano esa noche) y fueran mis ojos los que se tambaleaban. Los gatos siguieron su camino por una vereda muy estrecha y un instante despu\u00e9s vi surgir de all\u00ed a un hombre muy negro y sonriente que se me acerc\u00f3 como si me conociera de toda la vida.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Solicum \u2014me susurr\u00f3 al o\u00eddo, cosa que no me molest\u00f3.<\/p>\n\n\n\n<p>Al contrario, me hizo sentir una tibieza en el vientre que me tranquiliz\u00f3 y pude percibir un aroma como a nueces que me despertaron el deseo. Pero cuando levant\u00e9 el rostro con ganas de tener m\u00e1s cerca los labios que acababan de decir \u00abSolicum\u00bb, ya no hab\u00eda nadie. Ni gatos ni negro, ni Solicum ni nueces. Solo un rumor. Volv\u00ed la mirada al parque de Gabriel Mir\u00f3 y tuve la impresi\u00f3n de que estaba poblado por soldados vestidos de manera extra\u00f1a; soldados, porque llevaban lanzas y caminaban en formaci\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p>La segunda vez que escuch\u00e9 esa palabra fue meses despu\u00e9s, cuando pasaba por delante de la iglesia de los Jer\u00f3nimos, detr\u00e1s del museo del Prado. Recuerdo que la iglesia me llam\u00f3 la atenci\u00f3n porque una de sus puertas m\u00e1s peque\u00f1as estaba abierta. De ella vi salir a un monje, o lo que supuse que era un monje por las sandalias y el sayo marr\u00f3n. No era anciano, aunque su barba era blanca e hirsuta; se mov\u00eda como un atleta y se ve\u00eda que sus manos eran grandes y fuertes, preludio de unos m\u00fasculos poderosos. Me detuve a observar lo que hac\u00eda: cortaba una rosa sembrada en un colorido parterre y se iba con ella por la puertecita hacia dentro de la iglesia; al cabo de unos segundos regresaba y cortaba otra. A la tercera salida del monje, murmur\u00e9 para m\u00ed: \u00ab\u00bfpor qu\u00e9 no las corta todas de una sola vez?\u00bb, y entonces el monje se detuvo y me lanz\u00f3 una espeluznante mirada.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Solicum \u2014dijo n\u00edtidamente, pero el monje estaba demasiado lejos para que yo pudiera escucharlo y adem\u00e1s apenas movi\u00f3 los labios.<\/p>\n\n\n\n<p>Di unos pasos hacia la iglesia y cuando volv\u00ed a mirar la puertita estaba cerrada y el monje hab\u00eda desaparecido, igual que las rosas del parterre, ahora pelado y triste. Escuch\u00e9 un rumor y vi c\u00f3mo desfilaba por la calle Felipe IV un pelot\u00f3n de soldados vestidos de manera extra\u00f1a, empu\u00f1ando unas lanzas de unos tres metros de largo. Los zapatos de los soldados retumbaban en la calle y aceler\u00e9 el paso para ver c\u00f3mo subir\u00edan por un lado del Cas\u00f3n del Buen Retiro hacia el parque. Tal vez se trataba de una fiesta local y yo no lo sab\u00eda, pero cuando llegu\u00e9 a la calle y mir\u00e9 hacia el Cas\u00f3n no hab\u00eda rastro de soldados, ni de lanzas ni de rumores.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00bfVieron los soldados que sub\u00edan por aqu\u00ed? \u2014pregunt\u00e9 a una pareja de turistas que estaba cerca, pero ambos me miraron en silencio, quiz\u00e1 porque no hablaban espa\u00f1ol, de lo que me desenga\u00f1\u00e9 al instante cuando la mujer me contest\u00f3:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Por aqu\u00ed no ha pasado ni dios.<\/p>\n\n\n\n<p>En mi cabeza segu\u00eda retumbando esa palabra como un rumor, Solicum, y no sab\u00eda c\u00f3mo explicar lo que me hab\u00eda pasado.<\/p>\n\n\n\n<p>Otras noches en que he salido a caminar por Madrid he escuchado la palabra pas\u00e1ndome por encima, o llegando a m\u00ed como si saliera del r\u00edo; y el fen\u00f3meno siempre ha estado seguido de los soldados marchando con sus lanzas. Me ocurri\u00f3 en el puente de Segovia y en la calle Echegaray; en la Puerta Cerrada y en Cascorro; en Olivar y en Duque de Alba. Siempre cuando yo era la \u00fanica testigo. No he podido sino concluir que se trata de los esp\u00edritus de los soldados muertos en la batalla, que buscan una salida o una explicaci\u00f3n para tanta marcha.<\/p>\n\n\n\n<p>As\u00ed fue como deduje que Madrid se asienta sobre una ciudad que he llamado Solicum, la ciudad de los soldados carpetanos muertos en la batalla. Y por eso me alegro de no encontrar el estuche con el ung\u00fcento de hada; si desintoxicada se me aparecen los soldados del pasado m\u00e1s remoto de la ciudad, no quiero niimaginar qu\u00e9 podr\u00eda ocurrir si me untara los p\u00e1rpados con esa crema maravillosa.<\/p>\n\n\n\n<p><\/p>\n\n\n\n<p>Mientras esperaba su vuelo, Fanny me mand\u00f3 este mensaje:<\/p>\n\n\n\n<p><em>Paula: Estoy en el aeropuerto de Reikiavik, esta ciudad tan extra\u00f1a. Hasta aqu\u00ed me ha tra\u00eddo una huida; o, mejor dicho,he venido tan lejos tratando de que el pasado que nos une se disuelva. In\u00fatilmente, por supuesto. Todo lo ocurrido en Caracas viaja conmigo; cada momento contigo, cada lugar que visitamos, cada comida que hicimos. Las risas. Y aquella noche en el parque de Los Caobos, aquella lluvia torrencial,tan com\u00fan en esa ciudad, seg\u00fan me dices. La despedida.Todo eso lo guardo en un cofrecito que no pienso mostrarte jam\u00e1s, pero que debes creer que lo tengo.<\/em><\/p>\n\n\n\n<p><em>Me ir\u00e9 directamente al hotel; necesito dormir antes de que nos veamos. Pero quiero decirte esto, aunque sea por escrito: muchas gracias por acogerme de nuevo y proponer que empecemos de cero. S\u00e9 que no podemos comenzar como si nada, por supuesto; t\u00fa no olvidar\u00e1s tu pasado y yo no olvidar\u00e9 el m\u00edo. No podemos olvidar las cosas que hemos vivido juntas. La vida que vamos dejando atr\u00e1s se queda pegada a nuestra piel como las letras en esta pantalla,aunque finjamos olvidar o de verdad no recordemos algunos detalles. Las cosas que han sucedido nos definen y son lasque nos lanzan hacia el futuro. Si supi\u00e9ramos leer los acontecimientos, sabr\u00edamos predecir lo que el tiempo nos depara.<\/em><\/p>\n\n\n\n<p><em>Al otro lado del mundo t\u00fa duermes, seguramente, abrazada a una almohada dura pero acogedora. Sin ti yo ser\u00eda otra persona y mis d\u00edas habr\u00edan sido m\u00e1s cortos de lo que ya son. No s\u00e9 si eres el amor de mi vida, y no s\u00e9 tampoco si yo soy el tuyo; tal vez terminaremos siendo dos viejas solteras rodeadas de gatos panzudos o quiz\u00e1 estamos destinadas a encontrar a dos hombres buenos y mansos que nos cuiden y a los que les haremos pasteles de carne y pollo manguacate hasta que engorden como osos pardos; no s\u00e9 nada de eso ahora, Paula, pero s\u00ed s\u00e9 esto: de mi abuelo Eugenio, al que sin embargo no llegu\u00e9 a conocer, aprend\u00ed que para encontrar a los seres amados hay que buscarlos en sus palabras. Estoy segura de que me conocer\u00edas mejor si conservara el cuaderno de mi adolescencia en el que apuntaba los poemas que mi abuelo me dejara en herencia, pero ya sabes que cuando uno se mete con la naturaleza, la naturaleza te lo cobra con aire puro, o tormentas, o bestias salvajes. Todav\u00eda puedo repetir fragmentos escritos en ese cuaderno. Me s\u00e9 trocitos de los poemas de mi abuelo, recuerdo frases, fogonazos de ideas, puedo todav\u00eda reproducir alg\u00fan dibujo. Pero esto de mi abuelo \u2014ya te lo he dicho antes, \u00bfverdad?\u2014 no lo olvido, porque me habla de m\u00ed, me habla de ti y de las dos, de lo que nos espera en esa c\u00e1mara opaca que llamamos futuro: Ning\u00fan amor cabe en un cuerpo solamente, aunque el alma se aparte y ceda espacio y el tiempo nos entregue las horas que retiene.<\/em><\/p>\n\n\n\n<p><em>Por eso me alegra que me dejes ir a Madrid, y te lo agradezco: cuando te vea comprobar\u00e9 si eres el otro recipiente del amor que llevo dentro de m\u00ed. \u00a1Bah! \u00bfY qu\u00e9 importa si no es as\u00ed? \u00a1Vivamos y comamos, como debe ser! \u00a1Que nos den del vino!<\/em><\/p>\n\n\n\n<p><em>Tuya, Fanny.<\/em><\/p>\n\n\n\n<p>C\u00f3mo me maravillaba el poso de alegr\u00eda que hab\u00eda siempre en las palabras melanc\u00f3licas de Fanny. Ella no pod\u00eda evitar ser optimista; deb\u00eda de ser por los a\u00f1os vividos al lado de las ovejas. Tal vez los pastores heredan la inconsciencia de sus reba\u00f1os. Tambi\u00e9n porque quiz\u00e1 no recordaba ya las cosas por las que hab\u00edamos pasado y en qu\u00e9 nos hab\u00edamos convertido. Tratar\u00eda de no hablarle de eso en el hotel; tratar\u00eda de recomenzar con buen pie, o buena pezu\u00f1a de oveja.<\/p>\n\n\n\n<p>La flauta negra me daba miedo; el Se\u00f1or Fenris, no. Pero deber\u00eda, ahora que lo pienso. He querido hacer sonar esa flauta alguna vez, pero todav\u00eda no he sido capaz. Cada vez que la veo, me acerco. La agarro, la emboco. Y estoy a punto de soplar. Pero no.Mejor no. Sin Fanny puede ser peligroso, y no quiero perder los estribos.<\/p>\n\n\n\n<p>Como ocurri\u00f3 la primera vez.<\/p>\n\n\n\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/juan-carlos-chirinos\/\" target=\"_blank\" rel=\"noreferrer noopener\">Sobre el autor<\/a><\/h4>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Juan Carlos Chirinos PRELUDIO (1) El rumor de Madrid iba en lento e inevitable descenso hacia la noche. Alguien cantaba: parec\u00eda el lamento de un mochuelo aunque no resultaba triste. Era un lamento orgulloso, digno de lanzar al espacio su cremosa sustancia, seguro de que un antiguo decreto lo autorizaba y nadie se habr\u00eda atrevido [&hellip;]<\/p>\n","protected":false},"author":6,"featured_media":11072,"comment_status":"open","ping_status":"closed","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"_monsterinsights_skip_tracking":false,"_monsterinsights_sitenote_active":false,"_monsterinsights_sitenote_note":"","_monsterinsights_sitenote_category":0,"footnotes":""},"categories":[15],"tags":[],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/11071"}],"collection":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/users\/6"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=11071"}],"version-history":[{"count":1,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/11071\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":11073,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/11071\/revisions\/11073"}],"wp:featuredmedia":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/media\/11072"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=11071"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=11071"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=11071"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}