{"id":11019,"date":"2024-01-31T20:37:57","date_gmt":"2024-01-31T20:37:57","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=11019"},"modified":"2024-01-31T20:42:18","modified_gmt":"2024-01-31T20:42:18","slug":"los-dias-mayores","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/los-dias-mayores\/","title":{"rendered":"Los d\u00edas mayores (selecci\u00f3n)"},"content":{"rendered":"\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\">Orlando Chirinos <\/h4>\n\n\n\n<h3 class=\"wp-block-heading\"><strong>Cuando est\u00e9s en tu reino<\/strong><\/h3>\n\n\n\n<blockquote class=\"wp-block-quote\">\n<p><em>Asisto en el coliseo romano al sacrificio de los m\u00e1rtires sublimes (&#8230;). La muchedumbre de los espectadores, animada de una crueldad gozosa, rompe en un clamor salvaje (&#8230;). Las fieras se fatigan dilacerando el grupo inerme&#8230; <\/em><\/p>\n<cite>Jos\u00e9 A. Ramos Sucre. <strong>El cielo de esmalte<\/strong><\/cite><\/blockquote>\n\n\n\n<p>La madrugada qued\u00f3 rebasada y diluida en lo oscuro del as-falto. Una rata fr\u00eda y hambrienta fue mordi\u00e9ndoles el cuerpo, y en especial, el l\u00f3bulo de las orejas y la punta de la nariz. Los levantaron en el medio del cuenco sin fondo de la noche. Las dos aeme. La voz ven\u00eda batiendo sus nombres y el bast\u00f3n de madera, contra los barrotes de la reja y la inmundicia de las paredes. Ordenaba despertarse, vestirse y recoger sus pertenencias, todo simult\u00e1neamente.<\/p>\n\n\n\n<p>El capit\u00e1n Sayago Espartero, Mart\u00edn Ricardo acuchillaba el aire espeso y rancio del pasillo con los gritos agrios y \u00e1speros de quien ha sido sacado del sue\u00f1o de forma abrupta. \u00a1De pie, ponerse la mugre y agarrar sus jodas volando! \u00a1Vamos, malparidos, hijos de la puta madre del diablo! Encendieron los pocos bombillos y se oyeron voces, golpes cifrados en los muros, silbidos, pasos apresurados.<\/p>\n\n\n\n<p>Por el medio del t\u00fanel de indeciso amarillo penumbra, avanzaban los dientes de oro, las patillas largas, el uniforme verde jud\u00eda con tres estrellas plateadas en los hombros, la fi-lamentosa nariz de aleta de tibur\u00f3n y los ojos oblicuos y rayados de Sayago. \u00a1Traslado, carajo! \u00a1Cuento tres y termin\u00e9, y se aparecen aqu\u00ed las lacras de Arango Coello, Ben\u00edtez y Santaf\u00e9! \u00a1A mover ese culo, que no est\u00e1n en su casa, malditos cabrones!<\/p>\n\n\n\n<p>\u00a1Ben\u00edtez, William &#8211; Santaf\u00e9, Dimas &#8211; Arango Coello, Manuel Vicente! y en rebote vino: Quemao, Pan de az\u00facar, Catire. Las botas retumbaron en las oquedades del cemento, de improviso se detuvieron, y el silencio inmediato produjo una nata espesa que llenaba m\u00e1s la cabeza que los o\u00eddos.<\/p>\n\n\n\n<p>Primero emergi\u00f3, aturdido por el chorro de luz que mane-jaba el capit\u00e1n, un moreno alto y corpulento, la mejilla izquierda recogida en las rugosidades de una antigua quemada, unas verrugas exageradas en la estrechez de la frente, ojos peque\u00f1os y escrutadores y las manos simiescas ocultando casi el min\u00fasculo bolso de lona. Los guardias lo miraron con indiferencia y le indicaron con gestos que se colocara de frente a la pared, las manos detr\u00e1s y las piernas con el comp\u00e1s bien abierto para esposarlo.<\/p>\n\n\n\n<p>De la puerta contigua sali\u00f3, m\u00e1s confundido aun que el anterior, un treint\u00f3n magro, p\u00e1lido y macilento, de barba escasa y orientada de manera arbitraria, con arrugas tempranas y una oreja incompleta. El dientes de oro sonri\u00f3 con maldad, lo observ\u00f3 dando traspi\u00e9s, encandilado por la linterna que le enfocaba con sevicia en los ojos y lo golpe\u00f3 una vez por la espalda, con mediana fuerza, como si estuviese cumpliendo con una costumbre. Las garras atr\u00e1s, Pan de az\u00facar espern\u00e1ncate, saca el culo, tuberculoso, tira tu paquete en el suelo, dec\u00eda el segundo al mando, a quien nombraban Chac\u00f3n, un cuarent\u00f3n de abdomen prominente y cabeza achatada en el occipucio, el rostro comido por una erosi\u00f3n sebosa de puntos purulentos.<\/p>\n\n\n\n<p>Cuatro del grupo, con el oficial en la vanguardia, caminaban hacia el fondo y gritaban improperios, al tanto que se ensa\u00f1aban al hacer ruido para trasnocharlos a todos. De la pen\u00faltima celda sacaron al tercero: un cincuent\u00f3n de piel blanca, medianamente alto, muy delgado, el cabello casi rubio daba sobre los hombros, los ojos azul-gris\u00e1ceos, la barba larga y bien llevada, se desplazaba con un aire de dignidad y reposo, a pesar de que Chac\u00f3n y varios m\u00e1s lo agred\u00edan a patadas por los costados y el trasero. \u00a1Corre!, catire podrido, corre si no quieres que te reventemos aqu\u00ed mismo. Meti\u00e9ndolos en la camioneta volvieron a maltratar al de la barba: a empujones lo lanzaron contra el piso, y apenas cay\u00f3, el de tres estrellas le descarg\u00f3 una tanda de golpes con el bast\u00f3n de madera y agreg\u00f3 una de insultos.<\/p>\n\n\n\n<p>A trav\u00e9s de la tupida red met\u00e1lica del caj\u00f3n trasero donde iban, entrevieron la fachada del penal como un gran manch\u00f3n suspendido entre las luces altas de las torres vig\u00edas. Unas \u00f3rdenes disparadas a \u00faltima hora, siempre a gritos, la arrancada violenta del carro escolta abriendo la marcha, comandado por Espartero, y despu\u00e9s, el que los llevaba a ellos, ya, sin esposas.<\/p>\n\n\n\n<p>Sayago mord\u00eda la goma de mascar con excesiva fuerza. Intentaba dejar el cigarrillo y apelaba a suced\u00e1neos inocuos. Luc\u00eda de mal humor&#8230; y lo estaba: este viaje hab\u00eda estropeado su fin de semana libre, el cual hab\u00eda planeado pasar con su novia, Mamita, en la playa, si lograba convencer al obstinado y desquiciado del padre de ella, y obviar en avi\u00f3n el cansancio de los centenares de kil\u00f3metros que tendr\u00eda que recorrer hasta donde ella viv\u00eda, y ahora ven\u00edan estos malditos cabrones a pudrirlo todo. Bueno, ser\u00eda algo rutinario: entregarlos con su r\u00e9cord, recibir la hoja firmada y sellada y \u00a1a otra cosa, mariposa! Del tr\u00edo, el que peor le ca\u00eda era el Arango, un subversivo por herencia familiar. De nada organizaba una revuelta, un peo, y el individuo, nadie lo negaba, ten\u00eda sangre, se hac\u00eda querer por la gente, que lo segu\u00eda como hechizada. Siempre sal\u00edan cuestiones de \u00e9l en la prensa: declaraciones, poemas. \u00c9l conoc\u00eda a esta clase de sujetos. Su pasant\u00eda por la dura escuela de la sierra, persiguiendo al \u00faltimo bandolero que quedaba por all\u00ed, le hab\u00eda servido de mucho. La mujer del carajo falleci\u00f3 casi comida por los gusanos, y el mediquito aqu\u00e9l, contest\u00f3n y cegato, no lo dejaba a solas con la moribunda, para arrancarle el paradero del fugitivo.<\/p>\n\n\n\n<p>Los dos restantes era lo mismo de siempre: asesinatos, violaciones, drogas y m\u00e1s violaciones, Ben\u00edtez. Arrebatones, rater\u00edas, drogas menores, Santaf\u00e9.<\/p>\n\n\n\n<p>Regresar\u00eda y lograr\u00eda unas dos semanas de licencia, por in-fluencias de su t\u00edo materno, el general de dos soles, Federico Guillermo Espartero Cazalobos.<\/p>\n\n\n\n<p>Se detuvieron r\u00e1pido en el punto de control situado antes de caer en la autopista que part\u00eda hacia el occidente: saludos marciales, curiosidad por saber qui\u00e9nes eran los prisioneros, m\u00e1s saludos militares y&#8230; adi\u00f3s.<\/p>\n\n\n\n<p>El de cicatriz en la cara se pegaba a la trama de metal, tratan-do de captar los detalles de los lugares que atravesaban. El de la media oreja parec\u00eda dormitar, en tanto que el catire permanec\u00eda con los ojos abiertos, en actitud de meditaci\u00f3n profunda.<\/p>\n\n\n\n<p>Soplaba una brisa suave cuando efectuaron el primer alto para aprovisionarse de combustible, tomar un refrigerio, hacer aguas y estirar las piernas. Luego de hacerlo sus guardianes los fueron sacando de uno en uno, con dos custodias a cada costado, que incluso entraron con ellos al lavabo, ignorando el restaurant.<\/p>\n\n\n\n<p>El barbado aspir\u00f3 hondo a la vuelta del ba\u00f1o. Vio al cielo despejado de nubes y crey\u00f3 percibir flotando en el aire una suspensi\u00f3n de puntos dorados. Peque\u00f1os grupos familiares se apeaban, bostezaban con gran ruido y, d\u00e1ndose discretamente con el codo, se\u00f1alaban hacia \u00e9l, que era conminado, esta vez sin empujones, a subir al transporte.<\/p>\n\n\n\n<p>Cuando el sol madur\u00f3 en firme, pudieron apreciar con mayor nitidez, desde su encierro, las zonas que cruzaban, interes\u00e1ndose en averiguar los detalles. Apareci\u00f3 un penacho grismorado a la diestra, un ca\u00f1averal lo rodeaba. Entre las extensas hileras de plantas de tallo estrecho y vainas de verde mohoso, a la distancia, se ve\u00edan caminos angostos trazados en una tierra rojiza, que conflu\u00edan en un viejo ingenio. Kil\u00f3metros m\u00e1s all\u00e1 se dibuj\u00f3 contra la limpidez del firmamento, el aviso de las procesadoras de harina y aceite. Por debajo de la v\u00eda estaba el cruce de caminos que conduc\u00edan al sur, a la capital o al poniente, por la vieja carretera.<\/p>\n\n\n\n<p>Al moreno se le ensancharon las pupilas cuando vio la poblaci\u00f3n siguiente, tratando de localizar el barrio en el que hab\u00eda nacido, pero era in\u00fatil el esfuerzo, la ciudad hab\u00eda cambiado, con urbanizaciones recientes en los cuatro cuadrantes, edificios colosales, miles de \u00e1rboles la guardaban como en un inconmensurable jard\u00edn.<\/p>\n\n\n\n<p>De qui\u00e9n sabe qu\u00e9 prodigioso escondite, el de continente re- posado sac\u00f3 y encendi\u00f3 un cigarrillo. Aspir\u00f3 con placer y hondura, y fue soltando poco a poco el humo. Aspir\u00f3 nuevamente y vio de reojo la expresi\u00f3n de ansiedad del cara quemada, quien segu\u00eda con mucha tensi\u00f3n los movimientos de la mano que as\u00eda el cilindro con tabaco quemado. Consumida la mitad, lo alarg\u00f3 al de tez clor\u00f3tica. \u00c9ste dio unas largas chupadas y lo traspas\u00f3 al moreno.<\/p>\n\n\n\n<p>Los tres se viraron hacia afuera, cuando sintieron que la velocidad hab\u00eda disminuido de modo ostensible. Estaban atrapa- dos en una de las largu\u00edsimas filas de coches, recalentados y con las fauces abiertas muchos de ellos. Oyeron la voz estent\u00f3rea del guardia que intentaba, casi infructuosamente, abrir paso en el zipizape del postmeridiem quebrantado por el bochorno. Las construcciones aleda\u00f1as: medianas factor\u00edas y fondas abarrotadas de obreros con bragas azules, aparec\u00edan de forma intermitente en la inseguridad de la ignici\u00f3n solar de la hora.<\/p>\n\n\n\n<p>El custodia gritaba y en ocasiones consegu\u00eda breves claros en el desorden imperante, hasta que el nudo de metal se trab\u00f3 definitivamente. El ambiente all\u00ed dentro se torn\u00f3 insoportable. El aire era una sola baba plomiza, espesa, que se colaba por el m\u00e1s insignificante de los orificios. El de la cicatriz arrugada dijo mierda, nos quieren asar como conejos, y busc\u00f3 los ojos de los dos compa\u00f1eros, esperando una respuesta, que fue el silencio inmutable de Arango y algo as\u00ed como un gru\u00f1ido, de parte del otro. De inmediato se despoj\u00f3 de la camisa, con la cual se sec\u00f3 el sudor y abanic\u00f3. \u00a1Qu\u00e9 hembra, qu\u00e9 tipa!&#8230; esa pelo amarillo del deportivo rojo, coment\u00f3 con prolongados chasquidos acuosos y absorbiendo peque\u00f1as porciones de aire entre los dientes. Mir\u00f3, por en\u00e9sima vez, la cerradura, la doble llave, el candado adicional, musit\u00f3 con una rabia silbada piojos, chupasangre, vamos a ver c\u00f3mo salimos de esta vaina, y de nuevo dedic\u00f3 una atenci\u00f3n embelesada a la dama que permanec\u00eda de pie y afuera del auto, con un brazo apoyado en la puerta del mismo.<\/p>\n\n\n\n<p>Santaf\u00e9 dijo huele a naranja, huele mucho a naranja, con la imaginaci\u00f3n volando rasante sobre las plantaciones proverbiales del valle donde estaban, justo cuando lo sobresalt\u00f3 el uniforme verde jud\u00eda y el tono nasal de Espartero, quien trataba de captar algo a trav\u00e9s de la tela met\u00e1lica y el resplandor del exterior. \u00a1V\u00e1monos, me dejan la conversaci\u00f3n, silencio absoluto, malparidos!<\/p>\n\n\n\n<p>El de ojos azuligris pareci\u00f3 no escucharlo, aunque el cam- bio de direcci\u00f3n de su mirada denotaba lo contrario. Avanzaron unos metros m\u00e1s, y tambi\u00e9n la mujer. El forzudo se hab\u00eda vuelto casi de espaldas hacia ellos. Manipulaba de manera extra\u00f1a en los bajos de su pantal\u00f3n, como si pretendiera sacar un arma muy escondida. Luego lo vieron escupir copiosamente sobre su mano, sin que perdiera de vista a la joven de vestido carmes\u00ed y pa\u00f1uelo negro al cuello. Mov\u00eda acompasadamente el brazo, murmullaba, se quejaba, y un brusco desplazamiento se los mostr\u00f3 aferrado, en un \u00e9xtasis de ojos en blanco, al bulbo aciruelado y de may\u00fasculo volumen, mientras con la otra mano trataba de introducirse una tetilla entre los dientes y la lengua.<\/p>\n\n\n\n<p>El media oreja se qued\u00f3 contempl\u00e1ndolo con fijeza, cuando el verrugoso se limpi\u00f3 el rastro h\u00famedo con su propia camisa, guard\u00f3 el ap\u00e9ndice fl\u00e1ccido y le pregunt\u00f3 que si le importaba algo. Santaf\u00e9 volte\u00f3 hacia el lado contrario, guardando silencio y oy\u00f3 c\u00f3mo, tute\u00e1ndolo, se justificaba con Arango Coello, diciendo que la muchacha era una superhembra.<\/p>\n\n\n\n<p>\ufeff\u00a1Al fin se desat\u00f3 el lazo! De pronto la cosa fluy\u00f3 pl\u00e1cidamente. La cercan\u00eda del distribuidor contribu\u00eda con la soluci\u00f3n del embotellamiento. Apuntaron al oeste y por ah\u00ed siguieron.<\/p>\n\n\n\n<p>Largo rato despu\u00e9s, por el medio de cuestas menores, a orillas de abigarradas plantaciones de c\u00edtricos, pasados los silos para el ma\u00edz, la represa de aguas verdolecinas y los quioscos donde vend\u00edan frutas, granos y legumbres, comenz\u00f3 a desfilar una fresca ciudad a sus costados. El conductor se apoyaba en su pericia y en el agudo pito del carro con emblema militar.<\/p>\n\n\n\n<p>El obelisco, dijo, con una dign\u00edsima lentitud de santidad y de firmeza, m\u00e1s para s\u00ed mismo que para los compa\u00f1eros de viaje, el cincuent\u00f3n. Los dos saltaron en sus asientos, maravillados por las \u00fanicas palabras que en el transcurso del d\u00eda hab\u00eda pronunciado el rubio con porte de profeta. S\u00ed, eso era, pens\u00f3 el de faz cerosa: el tipo ten\u00eda un no s\u00e9 qu\u00e9, un parecido con una vieja estampa religiosa que alguna vez le hab\u00eda regalado su madre, en una de las visitas. A \u00e9l le inspiraba respeto, por eso lo trataba de usted. El Quemao, no: \u00e9se era un bicho, una rata, y de las peores, una alima\u00f1a a quien era saludable tener siempre de frente.<\/p>\n\n\n\n<p>Rodaban por tierras planas. A la izquierda, y en lontananza, las monta\u00f1as se convert\u00edan en racimos \u00edndigo, con espor\u00e1dicas motas blancas. Bastante despu\u00e9s de esa cordillera, dijo Arango, hab\u00eda nacido \u00e9l, veinte casas, una sola familia con diferentes apellidos, un pueblo levantisco y montaraz, con un clima muy fr\u00edo. El de las manos de orangut\u00e1n lo mir\u00f3 con aprensi\u00f3n y pens\u00f3 que el catire hablaba demasiado enredado algunas veces.<\/p>\n\n\n\n<p>M\u00e1s ac\u00e1 de los cerros, en una escala mayor, brotaba el sal- to s\u00fabito de una casa, otra, una de m\u00e1s grandes dimensiones, o m\u00e1s modesta, pero siempre con amplios y largos corredores, construidas de una materia ocre y yerbosa, rodeadas de largos sembrad\u00edos, de los que escapaba un penetrante olor a cebolla y ajo.<\/p>\n\n\n\n<p>De a poco se fue imponiendo un paisaje semides\u00e9rtico, plantas con un tallo gordo y acanalado, erizado de espinas,&nbsp;y si la fortuna lo favorec\u00eda, con unas brillantes redondeces anaranjadas o vino tinto. Junto a eso: \u00e1rboles medianos, de tronco recrecido y corteza con varias capas desconchadas.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Hay sol para rato, mi capit\u00e1n \u2014oyeron que dec\u00eda el de cutis aviruelado, en la puerta del bar pintado con esc\u00e1ndalo, donde entraron todos menos los dos soldaditos con aires de biso\u00f1os, a los que encargaron de la vigilancia. El negocio re- saltaba desde la lejan\u00eda, como una vejiga solitaria en el medio de la llanura color cuero reseco. Al lado, debajo de un cobertizo con enredadera en el techo, un veh\u00edculo r\u00fastico guardaba varios aperos de labranza y unos perros gru\u00f1\u00edan y amenazaban con los colmillos afuera.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Tendremos que \u201crefrescarnos\u201d \u2014dijo el patilludo, antes de poner dentro el primer pie, y tan pronto lo hizo, lo recibieron como un viejo conocido, se escucharon voces y grititos femeninos, una m\u00fasica a medio volumen y arrastrar de sillas sobre el piso.<\/p>\n\n\n\n<p>Sayago pas\u00f3 revista al escenario: Polifemo, un hombr\u00f3n de piel atezada, con un ojo da\u00f1ado, de labios amoratados y gruesos, especialmente el inferior, descolgado, y quien permanec\u00eda congelado como una estatua, recostado en un \u00e1ngulo de la barra; cuatro mujeres jugando a las cartas, vestidas con pantalones cortos, franelones o pa\u00f1os enrollados a la altura de los senos; tres m\u00e1s, sentadas en las piernas de sendos hombres, mal encarados, trajeados con descuido o la apariencia de tener varios d\u00edas sin mudarse la ropa ni rasurarse, y signos de estar bastante achispados por el alcohol; una mariquita de cabello te\u00f1ido de color oro barato, sandalias, blusa entreabierta amarrada a la cintura, las mamas silic\u00f3nicas casi al aire y quien se limaba las u\u00f1as con displicencia hasta ellos llegaron y los recibi\u00f3 con un respingo sobreactuado, de mano en el pecho.<\/p>\n\n\n\n<p>La m\u00fasica y las conversaciones subieron de tono. Hasta ellos recalaban los ruidos de las botellas, el cantar desafinado del cara podrida, los golpes secos contra las mesas y las&nbsp;paredes. Cada cierto tiempo sal\u00eda alguno con cerveza para los dos centinelas, que ahora intercambiaban cigarrillos y palmadas en la espalda y cargaban los fusiles de cualquier manera, en especial el m\u00e1s oscuro.<\/p>\n\n\n\n<p>La mayor\u00eda se despoj\u00f3 del chaquet\u00f3n, la guerrera y el armamento, y los ubicaban por all\u00ed, en cualquier parte. Ellas se pon\u00edan las gorras y payaseaban, imitando poses, saludos y andar militares. La m\u00e1s atrevida del grupo, retaca, achinada y de flequillo, tom\u00f3 la pistola del segundo, se la introdujo entre la ropa interior y lo desafiaba para que se la quitase.<\/p>\n\n\n\n<p>Cuando el capit\u00e1n orden\u00f3 que los buscasen y los condujesen esposados ante su presencia, la borrachera, con excepci\u00f3n del gorila que serv\u00eda los tragos, era colectiva. Los hincaban con la bayoneta, apremi\u00e1ndolos y pate\u00e1ndolos. Les arrancaban la ropa a tirones, en medio de escupitajos y blasfemias. Instigados por el oficial, se cebaban con Arango, al que hab\u00edan acostado en el piso, de cara al techo, para que la gorda de brazos vellosos lo cabalgase desnuda, manteniendo su sexo ajustado a la boca del prisionero.<\/p>\n\n\n\n<p>Aumentaron el volumen del aparato musical y de los gritos. Una vitalidad enfebrecida remarcaba sus gestos y ademanes, abrillantaba sus miradas, tensaba su piel, los hac\u00eda ir y volver sin sentido por el lugar. Brindaban y fornicaban en cualquier rinc\u00f3n. S\u00f3lo el cantinero, hurg\u00e1ndose los dientes con las u\u00f1as, entre los pedidos, segu\u00eda las escenas en silencio.<\/p>\n\n\n\n<p>En pleno fragor hizo su aparici\u00f3n un sujeto bajito, de facciones semitas, al que llamaban Cireneo: sudoroso y tocado con un sombrero sucio y ra\u00eddo. Puso a un lado un tronco demasiado largo y grueso, desproporcionado con sus fuerzas y contextura, y se acod\u00f3 en la barra ensimismado en su vaso, como si fuera la cosa m\u00e1s importante en el planeta.<\/p>\n\n\n\n<p>Los cautivos ten\u00edan desgarraduras en la piel, hechas con una especie de tridente oxidado, Arango en especial, al que le colocaron sobre su desnudez un vestido morado, roto y mugriento, a manera de t\u00fanica, inst\u00e1ndole a que recitara algo, a que llamara a su jefe para que lo salvara, a que se tomara la copa con orina que le ofrec\u00edan, para tir\u00e1rsela luego sobre los ojos. Los hicieron formar en la punta de la fila, seguidos por la turba, agarrados todos uno del otro, a la altura del cintur\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p>Ben\u00edtez protest\u00f3 porque alguien lo toc\u00f3 por detr\u00e1s, entonces el tres estrellas le hizo una se\u00f1a al mastodonte que atend\u00eda el bar, quien, con mucha parsimonia y el labio incluso m\u00e1s ca\u00eddo, se baj\u00f3 los pantalones a media pierna y, no sin dificultad, logr\u00f3 someterlo, poni\u00e9ndolo boca abajo, y empez\u00f3 a penetrarlo con lentitud, pero con gran vigor en cada acometida, mordi\u00e9ndolo en la nuca, pregunt\u00e1ndole que si le gustaba y anim\u00e1ndolo para que le dijera palabras \u201cbonitas\u201d.<\/p>\n\n\n\n<p>El catire sangraba por la nariz y ten\u00eda el rostro destrozado a golpes, pero no hab\u00eda perdido la apostura ni el se\u00f1or\u00edo, lo que irritaba enormemente al oficial. \u00c9ste, fuera de s\u00ed, orden\u00f3 que le montaran el le\u00f1o gigantesco en las espaldas y lo hicieran desplazarse por el sal\u00f3n. Ca\u00eda y era obligado a ponerse de pie y continuar en el suplicio. Cuando ya no pudo m\u00e1s, Cireneo tom\u00f3 y carg\u00f3 el madero.<\/p>\n\n\n\n<p>No cab\u00eda m\u00e1s desbordamiento. Los fueron cercando contra el fondo de madera barnizada, descascarada a trechos, sobre la que hab\u00eda sido la tarima de espect\u00e1culos, dando alaridos y chillidos, dej\u00e1ndolos apenas en ropa interior. Dos del tr\u00edo con apariencia de labriegos y aire de malas pulgas, sujetaron a Dimas por los brazos y las piernas. El tercero, con las facciones de puerco encendidas y la mirada extraviada, se inclin\u00f3 sobre \u00e9l y extrayendo una cuchilla corta pero bastante ancha, le cercen\u00f3 de un solo tajo los genitales, que lanz\u00f3 como un galard\u00f3n sobre la del flequillo, quien juguete\u00f3 un poco con el colgajo que iba dejando goterones y manchas, y tras fastidiarse lo lanz\u00f3 por la ventana a los perros, mientras Santaf\u00e9 se iba en gritos, sangre e in\u00fatiles imploraciones de clemencia.<\/p>\n\n\n\n<p>El capit\u00e1n Sayago Espartero, Mart\u00edn Ricardo tom\u00f3 cuello al rubio de barba y escupi\u00e9ndole el rostro le espet\u00f3 que si sab\u00eda tanto y tanto por qu\u00e9 no se salvaba a s\u00ed mismo. De improviso, cegado por una rabia acumulada y sin l\u00edmites, lo empuj\u00f3 contra la pared, le hizo abrir los brazos en cruz y le hundi\u00f3 la bayoneta en la mano diestra, en la siniestra, en el pecho, en los costados y se plant\u00f3 como una bestia satisfecha, viendo caer con suavidad al ojiazul debajo de esa sombra que le velaba el brillo de la mirada, y en \u00e9sta recog\u00eda por segunda vez esa materia informe y dorada que navegaba en las alturas. Desh\u00e1ganse de \u00e9sos tambi\u00e9n \u2014indic\u00f3 el superior, minutos antes de que una repentina oscuridad, unida a una lluvia fuera de temporada y reforzada con truenos, rel\u00e1mpagos y centellas, se los tragara junto con la llanura por completo.<\/p>\n\n\n\n<h3 class=\"wp-block-heading\"><strong>Los d\u00edas mayores<\/strong><\/h3>\n\n\n\n<p>Mam\u00e1 empez\u00f3 muy temprano con el dale-que-dale por lo del viaje a la playa. Ella baj\u00f3 de su cuarto, dispuesta a tomar algo liviano (un jugo de toronjas, una tostada de pan con mermelada light) y ya mami estaba instalada en uno de los merenderos del jard\u00edn, ataviada como si fuera para una de sus galas ben\u00e9ficas.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Las costumbres son las costumbres, Cuqui, y hay que respetarlas. Nadie se puede dar el lujo de hacer lo que le d\u00e9 la gana y de no honrar las tradiciones o creencias, sin que reciba luego su merecido castigo. \u00bfT\u00fa crees que la Semana Santa es tonter\u00eda, ah? \u00bfT\u00fa crees que eso lo invent\u00f3 un cualquiera, un pelagatos, un ignorante? \u00bfT\u00fa crees que eso tiene tres d\u00edas, ah? Nooo, Cuqui, est\u00e1s equivocada, hija&#8230;<\/p>\n\n\n\n<p>A los pocos minutos apareci\u00f3 el jefe, pap\u00e1, de bermudas y franela blancas, sonriente, con su eterna cara de triunfador absoluto, Bes\u00f3 una de las mejillas de la zarina y dijo buenos d\u00edas, veo que la gresca comenz\u00f3 temprano en los predios del imperio, sirvi\u00e9ndose una taza del negr\u00edsimo caf\u00e9 con el que abre la ma\u00f1ana, y prosigui\u00f3 con yo creo, Gertrudis, que Cuqui ya est\u00e1 lo bastante grandecita para diferenciar con exactitud lo que es malo de lo que es bueno, lo que es conveniente de lo que no lo es (\u00a1Bravo por el viejo!).<\/p>\n\n\n\n<p>Ella hizo algo as\u00ed como una se\u00f1a apenas, un desde\u00f1oso movimiento de la mano, y una de las morenitas de la servidumbre le trajo en volandas su plato de lechosa en trocitos, junto con cereal y leche descremada. Entre una cucharada y otra observ\u00f3 con gran detenimiento sus piernas de concurso, bien proporcionadas, sus muslos carnosos, de rubias vellosidades y dijo en su interior que no estaba mal, no se\u00f1or, nada mal. Si se trataba de <em>estar algo<\/em>, era <em>apetecible<\/em> lo que estaba, como repet\u00eda, en la m\u00e1s peque\u00f1a oportunidad que le otorgaba, el buena gente de Aar\u00f3n \u00c1lvarez, sobre todo porque admiraba, y a la manera \u201cpatria o muerte\u201d (de su l\u00e9xico de antiguo comunista clase media) a Vargas Llosa, por su posici\u00f3n pol\u00edtica y las <em>genialidades <\/em>(su opini\u00f3n, no la de ella) que escrib\u00eda. En cambio, ella\u2026 \u00a1ay!, ella lo detestaba hasta la m\u00e9dula: su escritura le parec\u00eda un bodrio y sus criterios pol\u00edticos una aberraci\u00f3n. Si acaso se salvaba algo en ese juicio tajante, eran la sonrisa y los dientes del peruano. Y chao.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013 &nbsp;Las cosas est\u00e1n ubicadas al rev\u00e9s: t\u00fa deber\u00edas ser la que amara a Varguitas, por tu linaje, reina, y yo el que lo aborrece, por mi ascendencia.<\/p>\n\n\n\n<p>Claro, en casa no era bien visto \u201cel mulatico gacetillero\u201d, como dejaba escapar la vieja por una de las comisuras de los labios, en un susurro de llanta pinchada, frunciendo con afectaci\u00f3n el ce\u00f1o, elevando una ceja, arrugando su nariz \u201ceuropea\u201d (anotaci\u00f3n del morenito gacetillero)) y levantando con aires de much\u00edsima ofensa la punta de su barbilla aristocr\u00e1tica.<\/p>\n\n\n\n<p>En cambio, con el colega del Aar\u00f3n, con el papanatas, el sonso, el desabrido, el aburrido, el bueno para nada de Mauricio Kesselring, la emperatriz y el emperador se volv\u00edan unos caramelos derretidos.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013 Kesselring\u2026 Kesselring, sin duda es usted de origen alem\u00e1n, \u00bfno? \u00bfFamilia acaso del mariscal Albert Kesselring, de la aviaci\u00f3n alemana durante la Segunda Guerra Mundial? \u2013 le dijo pap\u00e1 al estrecharle la mano con gran vigor y bati\u00e9ndola varias veces de arriba hacia abajo, el martes que \u00c1lvarez lo llev\u00f3 y lo present\u00f3 como la nueva adquisici\u00f3n del diario<\/p>\n\n\n\n<p>Mami lo adoraba, quiz\u00e1 s\u00f3lo faltaba el cerillo para encenderle una vela en el altar que le ten\u00eda. \u00a1Ay!, una delicadeza de joven: educado, sensato, instruido, viajado, reposado y adem\u00e1s \u00a1noble!, s\u00ed, noble de genuina estirpe, pues, sus apellidos eran Kesselring Villacerrada, \u00bfel primog\u00e9nito de la Marquesa de Villacerrada, ligada a la nobleza aragonesa, hab\u00eda dicho? \u00a1Dios!, cre\u00eda que tocaba el cielo con los dedos. \u00bfQu\u00e9 dir\u00edan sus amigas si este agraciado, inteligente y simp\u00e1tico muchachote entrase&#8230; en la familia, eh? Un hormigueo profundo, un mareo dulz\u00f3n la pose\u00eda desde los pies hasta el \u00faltimo cabello.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00bfY por qu\u00e9 se hab\u00eda empleado en El Orbe, no sab\u00eda acaso \u00e9l que ese \u00abperiodicucho\u00bb ten\u00eda harta mala fama, por haber sido su fallecido due\u00f1o un comunista notorio? Si hasta detenido hab\u00eda estado por sus actividades conspirativas (en una invasi\u00f3n planificada desde una isla caribe\u00f1a particip\u00f3) contra reg\u00edmenes anteriores y, por si fuese poco, se comentaba en p\u00fablico que era el infeliz autor de unos versos blasfemos, ignominiosos, inmundos, asquerosos que trataban de poner en entredicho la santidad de buena parte de las mujeres y varones ilustres de la Iglesia.<\/p>\n\n\n\n<p>Hab\u00eda que ver la cara que el mozo mostraba y el color granate que arrebolaba su tez, y trataba de explicarle a Gertrudis que estudiar periodismo no hab\u00eda sido un capricho de hijito de mam\u00e1, sino que \u00e9se era un asunto de sangre, de vocaci\u00f3n y que sus padres hab\u00edan comprendido y aceptado esto, tras innumerables conversaciones y discusiones.<\/p>\n\n\n\n<p>A ella le parec\u00eda un cuento lo de la Marquesa y dem\u00e1s pamplinas, un rid\u00edculo cuento de caminos. Que Trudis se lo engullera \u00edntegro, pero ella no. Y no s\u00f3lo eso, sino que el tipejo, con aquellas gafas tan gruesas, extravagantes, gigantescas, con su sempiterna corbata rojo sangre, con un malet\u00edn que jam\u00e1s abr\u00eda en p\u00fablico, le causaba la inevitable sensaci\u00f3n de doble fondo, de cosa soterrada. Era como si su delicadeza fuese aparente y el disfraz escondiese a un sujeto rudo.<\/p>\n\n\n\n<p>Mir\u00f3 por cuarta o quinta vez su reloj: las diez y cuarenta y cinco bufidos de rabia y el Juancho nada que aparec\u00eda. \u00bfSer\u00eda que pensaba seriamente en plantarla, para desquitarse lo de la noche del viernes? Ni se le fuera a ocurrir porque era capaz de matarlo. No deseaba pensar en el coraje que le iba a causar el deshacer los preparativos para el viaje a la playa del club, en sacar y guardar el traje de ba\u00f1o, las sandalias, las cremas y lociones, las novelas, los lentes oscuros, las revistas&#8230; \u00a1Lo asesinaba y lo convert\u00eda en salchicha! \u00a1Ay! Juancho.<\/p>\n\n\n\n<p>El reloj y veinte minutos m\u00e1s de una ira de vapor caliente en las orejas. Se toc\u00f3 el bolsillo diestro, sac\u00f3 y desdobl\u00f3 la carta de Martita y ley\u00f3 a saltos, pensando en lo infortunada que era su amiga del alma, su querida ex compa\u00f1era del colegio religioso en donde hab\u00edan cursado ambas. \u00bfC\u00f3mo era posible que Marta y su familia hubiesen quedado en la ruina total que le contaba? Y agregar lo de la vejez infame del padre, con sus achaques atrabiliarios y sus malcriadeces de anciano soberbio. Un hijo de su madre era lo que \u00e9l era. Pero\u2026 \u00bfy si le enviaba el suficiente dinero para que se trasladase hasta ac\u00e1, hasta la capital? Se reencontrar\u00edan y conversar\u00edan y quiz\u00e1 pap\u00e1 la pusiese en un buen cargo dentro de una de sus empresas.<\/p>\n\n\n\n<p>A las doce y veintiocho, tres llamadas suyas por el celular al de Juan-Juancho Espartero Churruca y Elorza, grabaci\u00f3n de por medio, se apareci\u00f3 el muy degenerado y se mont\u00f3 encima del cap\u00f3 delantero de su auto deportivo, azul metalizado, batiendo su melena rubia, gritando el nombre de ella y disculp\u00e1ndose porque tuvo que llevar a su padre, el general Federico Guillermo Espartero Cazalobos, junto con la cacat\u00faa Churruca y Elorza, hasta la iglesia m\u00e1s cercana, a los oficios de Jueves Santo, porque Mart\u00ednez, el chofer, yac\u00eda en la cama con rubeola. Bueno, a volar, y eso fue tirando la valija en el coche y despidi\u00e9ndose de papi y mamim y la zarina con el ruqui-ruqui de Cuqui, hoy es Jueves Santo, estamos en la Semana Mayor, y ese asunto de la abstinencia y detenerse en la salida del garaje para que le atiborraran los o\u00eddos por en\u00e9sima vez con lo del pecado y el extrav\u00edo de la juventud y los terribles castigos que sobrevendr\u00edan a los habitantes de estas modernas Sodomas y Gomorras, por no practicar una vida de acuerdo con los Diez Mandamientos y s\u00ed, mamita, porque est\u00e1bamos contemplando los d\u00edas finales, s\u00ed, mamita, est\u00e1bamos a las puertas del Apocalipsis, s\u00ed, mamita, no tardar\u00eda en hacerse figura humana el Anticristo (si acaso no andaba ya entre ellos), de acuerdo mami, que regresasen temprano, aj\u00e1, que no se ba\u00f1aran en las aguas del Queen Club, ni en ninguna otra, est\u00e1 bien, que se asoleasen nada m\u00e1s, aj\u00e1, que vigilase para que Juancho no corriese demasiado en el diablo azul que manejaba, est\u00e1 bien, cero bebidas, cero carne, alerta con la autopista, las vecindades de los t\u00faneles, porque all\u00ed se apostaban bandas de asaltantes a pillar incautos o desprevenidos, s\u00ed&#8230; si&#8230; s\u00ed, se\u00f1ora. Y chao.<\/p>\n\n\n\n<p>Se montaron por la autopista norte, la que bordeaba el cerro, vieron la marejada de personas que en una larga fila esperaban su turno para ascender en el telef\u00e9rico al hotel, cuya mole gris\u00e1cea era apenas visible en la vaporosidad de las nubes. Ella volvi\u00f3 a leer fragmentos de la misiva de Marta y le dijo a Juan-Juancho que la amiga de la infancia, de la que siempre hablaba, era muy desgraciada, que le propondr\u00eda al F\u00fchrer para tra\u00e9rsela y que estudiara o trabajara, o ambas cosas simult\u00e1neamente.<\/p>\n\n\n\n<p>El peliamarillo le sob\u00f3 la pierna, la pellizc\u00f3 con suavidad en el ombligo al aire y tir\u00f3 de un pu\u00f1ito con vellos \u00a1ay! Y esa Martita, \u00bfera bella, estaba rica-rica? Le contest\u00f3 que no fuera necio, casi de forma autom\u00e1tica, pues all\u00e1 estaba el filamento donde se un\u00edan la tierra y el agua. Del lado interior: una pel\u00edcula en la que reverberaba con destellos blancos, dorados y azules, un sol maduro. Del lado de ac\u00e1: puntos oscuros desplaz\u00e1ndose con lentitud en la arena color mantecado, unos bultos m\u00e1s grandes (autos, seguro) y a la izquierda de ellos: el tejido c\u00f3ncavo y met\u00e1lico que era el radar girando en trescientos sesenta grados, montado sobre el edificio de ladrillos rojos del aeropuerto. Juan agreg\u00f3 una sonsera m\u00e1s, pero ella estaba pose\u00edda ya por el ahogo expectante que la inundaba cuando se enfrentaba a la masa viva, m\u00f3vil y varonil del mar.<\/p>\n\n\n\n<p>Era eso: una tibia humedad en su regi\u00f3n m\u00e1s \u00edntima, una insuficiencia de aire, una opresi\u00f3n en el pecho, una respiraci\u00f3n agitada, un ensanchamiento de la nariz, abrir mucho los ojos, tratando de abarcar m\u00e1s con la mirada, fijar la vista en el cuenco acuoso, quedarse extasiada, hipnotizada, desconectada de la realidad mediata e inmediata, sin atender a la velocidad mareante que imprim\u00eda Juancho al coche, ni a las ofertas que voceaban los fruteros en la plaza, ni a los turistas que desembarcaban en la terminal mar\u00edtima, ni a la pareja de perros que se hab\u00edan trabado al final de la c\u00f3pula.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014&#8230;que aterrices, ya llegamos \u2014le grit\u00f3 su acompa\u00f1ante, meti\u00e9ndosele por el o\u00eddo. Y, en efecto, ah\u00ed estaban las instalaciones del Queen, sus dos sectores claramente diferenciados:<\/p>\n\n\n\n<p>la construcci\u00f3n primigenia, de tonos suaves, salones con grandes dimensiones, en donde predominaban las l\u00edneas rectas (as\u00ed era el gusto de los viejos) y las \u00e1reas modernas, dise\u00f1adas por los hijos y nietos de los socios fundadores: espacios m\u00e1s peque\u00f1os, \u00edntimos, bastantes l\u00edneas curvas, exteriores en colores fuertes. Eran muy visibles las diferencias de gusto&#8230; y de edad.<\/p>\n\n\n\n<p>En el restaurant, donde \u00e9l se dio un atrac\u00f3n de mariscos y pescado, apagaron los tel\u00e9fonos para evitar las interferencias. y evadieron la compa\u00f1\u00eda y conversaci\u00f3n de los amigos y cocidos que pretendieron hacer grupo junto con ellos, apenas un corto saludo y chao.<\/p>\n\n\n\n<p>Se echaron sobre las sillas, con la piel mutuamente locionada, al principio sin sombrilla, pero despu\u00e9s el sol despellejaba, y entonces se guarecieron bajo la lona gruesa. Ella se sac\u00f3 el tono caramelo de los entes y se adentr\u00f3 en la lectura de <em>Pan<\/em>. Knut Hamsum la enamoraba. Se lo imaginaba como el mismo dios griego: un s\u00e1tiro en los sesenta, de luenga barba cana, con cierto parecido con Hemingway. \u00bfTendr\u00eda o conseguirle Aar\u00f3n una fotograf\u00eda del noruego?<\/p>\n\n\n\n<p>Juancico se coloc\u00f3 los <em>walkman<\/em> y se mud\u00f3 con gran entusiasmo para las vecindades de Fito P\u00e1ez (toma, oye esto), ese Bob Marley (desm\u00e1yate, chica), para las asperezas de Janis Joplin (la locura, co\u00f1ita), hasta que le dijo basta, o me dejas leer o nos damos un chapuz\u00f3n. El chapuz\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p>Eligieron la parte solitaria del balneario. Se lanzaron a la cuenta de tres y agotaron los aproximados trescientos metros que los separaban de la plataforma de madera en el medio del mar. La respiraci\u00f3n agitada, pero dentro de lo normal.<\/p>\n\n\n\n<p>Se tendieron boca abajo, a dejar que el tiempo transcuriera dulcemente. Ve\u00edan la boya oscilando al impulso de las olas, los distintos p\u00e1jaros que picoteaban en busca de peces, y de improviso se sinti\u00f3 calada de nuevo por el estremecimiento h\u00famedo de siempre, avivado por las manos de Juancho ung\u00faent\u00e1ndole la espalda, la nuca, los hombros, los brazos, habl\u00e1ndole quedito, mi perrita, volvi\u00e9ndola de cara al cielo, mi bella, introduci\u00e9ndole el pulgar, apenas la punta del dedo, en los labios, mi perrita ardiente, ahora el dedo completo, para que se lo chupara con lentitud, el dedo \u00edntegro, hasta la ra\u00edz, para que lo saboreara, aquel bulbo rosado, de pulpa y parte c\u00f3rnea, restreg\u00e1ndoselo por la rugosidad del paladar, debajo de la granulosidad de la lengua, desvisti\u00e9ndola, desvisti\u00e9ndose, ella abriendo las piernas, pero \u00e9l la colocaba otra vez de espaldas hacia arriba, y vaciaba el frasco protector sobre su abultamiento carn\u00e1lico y trataba de tranquilizarla. Que no le iba a doler nada. Pero ella se resist\u00eda porque nunca lo hab\u00eda hecho por all\u00ed, Juan. Tranquila. No le iba a agradar. Calma. Que lo hicieran como acostumbraban. Ten\u00eda que relajarse. Por la v\u00eda natural. Que lo complaciera, por favorcito. Una quemadura, un desgarramiento, algo que se hac\u00eda a\u00f1icos dentro de ella.<\/p>\n\n\n\n<p>Se precipitarn en el agua, \u00e9l adherido con enormes ventosas a su dorso empecado. De espaldas a \u00e9l, ella se aferr\u00f3 a la tabla para resistir los repetidos y vigorosos embates. \u00c9l jadeaba en sus orejas y la mord\u00eda en el cuello y la cabeza y le grit\u00f3 que no se moviera porque el planeta se le estaba viniendo encima.<\/p>\n\n\n\n<p>Permanecieron unos minutos en silencio. Un ave atrevida, al lanzarse en picada contra el mar, los salpic\u00f3 y volvi\u00f3 a levantar vuelo. Lo llam\u00f3 por su nombre y recibi\u00f3 un chorro espeso de comida mal digerida, sobre el cuerpo. Juancho convulsionaba trabado a ella. Volte\u00f3 cuanto pudo y le vio la desesperaci\u00f3n en la abertura desmesurada de las pupilas, en la babaza blanquecina que se le descolgaba en el pecho.<\/p>\n\n\n\n<p>Trat\u00f3 de soltarse pero se sinti\u00f3 atrapada en el cepo, con lo que \u00e9l la hab\u00eda penetrado. Era como si el miembro hubiese crecido desproporcionadamente o como si se hubiese formado un nudo, algo as\u00ed.<\/p>\n\n\n\n<p>Intent\u00f3 virar y empujarlo, pero \u00e9l la apret\u00f3 con el \u00faltimo aliento y ahora se hund\u00edan sin esperanza hacia el fondo, se hund\u00edan, bajaban hacia el lecho oscuro, de donde luego ser\u00edan rescatados Y despu\u00e9s sepultados como un solo cuerpo, una sola cosa con Incrustaciones de erizos, conchas, piedras.<\/p>\n\n\n\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/orlando-chirinos\/\" target=\"_blank\" rel=\"noreferrer noopener\">Sobre el autor<\/a><\/h4>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Orlando Chirinos Cuando est\u00e9s en tu reino Asisto en el coliseo romano al sacrificio de los m\u00e1rtires sublimes (&#8230;). La muchedumbre de los espectadores, animada de una crueldad gozosa, rompe en un clamor salvaje (&#8230;). 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