{"id":10960,"date":"2024-01-23T20:59:47","date_gmt":"2024-01-23T20:59:47","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=10960"},"modified":"2024-01-23T20:59:47","modified_gmt":"2024-01-23T20:59:47","slug":"el-exilio-del-tiempo","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/el-exilio-del-tiempo\/","title":{"rendered":"El exilio del tiempo"},"content":{"rendered":"\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\">Ana Teresa Torres<\/h4>\n\n\n\n<p>Mientras descansaba en un sal\u00f3n del Palacio de la Magdalena, en la ciudad de Santander, recostada en un sill\u00f3n de cuero, contemplaba el marco de las amplias escaleras tapizadas en rojo y el trasegar por ellas de estudiantes, eruditos del Tercer Mundo, intelectuales catalanes, chicas argentinas, especialistas varios, venerables sabios alemanes, chicos franceses, j\u00f3venes profesores espa\u00f1oles y yo, sin ninguna relaci\u00f3n o muy remota. Me encontraba en una condici\u00f3n de observaci\u00f3n, en la situaci\u00f3n del entom\u00f3filo vigilante de un mundo de hormigas que transportan afanosamente cargas inveros\u00edmiles e impalpables, de sentido incomprensible para quien no est\u00e1 dentro del juego, y a la vez me conmov\u00eda un estremecimiento de marginalidad, de soledad, de estar muy triste y no ser nada para tantas hormigas. Ve\u00eda los muebles, c\u00f3modos sillones ingleses pensados para pr\u00edncipes alguna vez habitantes del palacio, el techo de casetones albergando pastoras y cervatillos en dif\u00edciles posiciones entre nubes azules, y la chimenea de m\u00e1rmol apagada porque era el mes de agosto. Algunas tazas de caf\u00e9 en peque\u00f1as mesas redondas de filo dorado, las conversaciones en sordina de las hormigas cansadas de subir y bajar, m\u00faltiples bluyines, franelas, libros y afiches se sentaban a mi alrededor en tanto intentaba descubrir una presencia conocida, reconocer un rasgo anterior. Posiblemente la extra\u00f1eza, la ajenidad, no es seductora sino por breves instantes, y empuj\u00e1ndonos al encuentro de fantasmas recognoscibles nos induce a establecer<br>similitudes o ilusiones de semejanza que permitan sentir el paisaje que nos rodea, si no familiar por lo menos cercano. Intentaba, pues, extraer de los concurrentes o de la configuraci\u00f3n del sal\u00f3n huellas de alguna manera reconquistadoras del tiempo perdido, pero cuanto m\u00e1s buscaba m\u00e1s me sobreven\u00eda una incapacidad de evocaci\u00f3n, una imposibilidad de seguimiento de alguna pista, aunque falsa, y s\u00f3lo alcanzaba una certeza, y era saber que cualquier recuerdo hubiera sido pura coincidencia. Experimentaba un estado un poco sartreano de hallarme arrojada all\u00ed, convirtiendo toda traza, cadena o hilo para enlazarme al palacio en un esfuerzo de invenci\u00f3n, un artificio impuesto, porque, aun cuando su ambiente supon\u00eda resonancias de pasado, a la vez sus hormigas se resist\u00edan a ofrecerme claves de otros tiempos. Me pareci\u00f3 encontrar en \u00e9l precisamente el punto del cual todo recuento deb\u00eda partir; de aquel espacio tan amplio, tan desconsideradamente hostil y solitario como la vida, tan impropio y sobredeterminado como todo lo que nos asalta, tan lejano y extra\u00f1o como cualquier circunstancia. Porque precisamente en tanto nos ocurre, en la fuerza de la ocurrencia, se nos va haciendo prevista, habitual, esperable, y as\u00ed va produciendo la falsa imagen de creernos sabedores de nuestras vidas y pasos, amantes desde siempre de las otras hormigas que nos rodean, e incluso de llegar a entender las razones de nuestro amor. Pudiera muy bien suceder, si aquellos con quienes siempre hemos hablado dejaran de pronto de conocer nuestro lenguaje y todas las palabras hasta el momento cruzadas, un insensible vaciamiento de sentido hasta olvidar cu\u00e1l fue nuestra relaci\u00f3n, aquello que nos uni\u00f3, y de ah\u00ed la necesidad de repet\u00edrnoslo de reincidir y refrendar nuestros sentimientos m\u00faltiples veces; como si temi\u00e9ramos que al vac\u00edo de las palabras pudiera sucederle una deshabitaci\u00f3n de los afectos en ellas abrigados, y finalmente desemboc\u00e1ramos en la pregunta de si nos amamos porque nos lo decimos o nos lo decimos porque nos amamos.<\/p>\n\n\n\n<p>El Palacio de la Magdalena, en la medida en que ten\u00eda la certeza de nunca antes haber estado all\u00ed, aunque su atm\u00f3sfera me devolviera un soplo familiar, me parec\u00eda la mejor falsa magdalena, y cuanto m\u00e1s me arrellanaba en sus sillones tanto m\u00e1s segura estaba de no encontrar ning\u00fan afecto para unirme a ellos salvo la casualidad y el cansancio. As\u00ed yo, con las otras hormigas, s\u00f3lo ten\u00edamos en com\u00fan la participaci\u00f3n en una escena de cine mudo, pues nos mov\u00edamos simult\u00e1nea y coincidencialmente sin intentar una conversaci\u00f3n forzosa y trivial, y por otra parte in\u00fatil, porque era muy posible que no volviera nunca, y si lo hiciera seguramente me habr\u00edan cambiado las hormigas. Esta idea me entristec\u00eda porque a pesar de estar pensando en hormigas desconocidas sab\u00eda muy bien que no era verdaderamente en ellas, sino solamente en tanto representaci\u00f3n indirecta de otras hormigas en otros d\u00edas, y as\u00ed como de volver a la Magdalena ser\u00edan otras las que pulularan, tampoco es posible volver hacia la playa abandonada. No hay playa a la cual regresar, no se retiene la brisa movi\u00e9ndose en las macetas, no hay huellas para reponer nuestras pisadas sino un avance permanente desaloj\u00e1ndonos de la memoria. Hay ya una nostalgia de futuro, de los recuerdos a\u00fan no fabricados con la materia de este mismo presente, consagrado en pasado a fuerza de sabernos tan ef\u00edmeros. Hay ya una muerte vivida frente a nosotros, una esperanza dejada atr\u00e1s antes de serlo, una hoja perdida antes de escrita. Y como es precisamente lo no coincidente la mayor presi\u00f3n de nuestra imaginaci\u00f3n, seg\u00fan he de saber por un texto que cuando escribo esto no he le\u00eddo, aquel palacio me parec\u00eda el lugar del cual part\u00eda mi vida; no m\u00e1s artificioso o rebuscado que el punto original de donde surgi\u00f3, de las m\u00faltiples coincidencias, infinitas para cualquier estad\u00edstica posible por las cuales puede explicarse c\u00f3mo alguien est\u00e1 donde est\u00e1 y no en otra parte, y de esa manera me empujaba a producir falsas combinaciones, crey\u00e9ndolas a medias como me sucede con casi todo.<\/p>\n\n\n\n<p>As\u00ed me ven\u00eda, por ejemplo, una frase escrita mucho antes sin que entonces pudiera anticipar su finalidad: \u201cel d\u00eda que abandonamos la casa, sub\u00ed al cuarto de mam\u00e1 antes de salir, las ventanas estaban abiertas y la cortina de voile, inflada por la brisa, se escapaba entre las rejas como una mano desplegada por alguien que la arrojara al tiempo\u201d. Necesitaba un p\u00e1rrafo en el cual incluir aquella frase, un texto del cual formara parte para salvarla de un naufragio de palabras. Era para m\u00ed un recuerdo zozobrado, como tantas otras piezas de memoria que encontramos con la madera despintada, agujereada; dispersas, cuando tuvieron antes una articulaci\u00f3n, una ordenaci\u00f3n pr\u00e1ctica ya destrozada. Ver c\u00f3mo se desas\u00edan dolorosamente ante los ojos, ara\u00f1ando con sus clavos, estropeando las manos de quien intentara apresarlas, y a la vez deshacerse con ellas, si tratara de quit\u00e1rselas del medio y aferrarse al palo del puro presente, pero a la vez con la intenci\u00f3n de recobrarlas, arreglarlas un poco, introducirlas en un orden evidentemente destruido y desvirtuado. Intentar restaurar una pel\u00edcula cuyas m\u00faltiples escenas trat\u00e1ramos de llenar en sus vac\u00edos con otras escenas imposibles o ficticias, no m\u00e1s imprecisas que las originales sino virtuales, meros puntos de vista sutiles o perecederos, y resultantes del emplazamiento del observador. De lo que se desprende inevitablemente la interrogante de si todos los recuerdos son desde el presente una construcci\u00f3n, aun cuando tengan la misma fuerza que los hechos, en tanto no es el recuerdo m\u00e1s que la borradura lenta de una figura, el signo del mar continuamente abandonando la arena, y est\u00e1 la memoria mucho m\u00e1s cerca de la invenci\u00f3n de im\u00e1genes que de la reconstrucci\u00f3n de acontecimientos.<\/p>\n\n\n\n<p>Y m\u00e1s a\u00fan si \u00e9stos propiamente existen o no son m\u00e1s bien cadenas o coyunturas que adquieren determinada particularidad para concatenar situaciones, y desaparecen despu\u00e9s como sombras chinescas en las manos de un prestidigitador inconsecuente. Quiz\u00e1 tampoco existimos nosotros con toda la presencia atribuida a esa palabra, sino meras modalidades de la coyuntura cuando dispone nuestros afectos o ideas o actos, y por ello, con aproximada aunque dolorosa facilidad, pasamos de una a otra; y as\u00ed en pleno naufragio es igual una tabla que otra, una palabra que otra, porque la violencia del mar las ordena en cualquier sentido, y pudi\u00e9ramos preguntarnos si un naufragio no es otro del que ya hemos perdido el recuerdo. Pero necesitamos sobrevivir y agarrarnos de las tantas escenas que emergen alrededor con sus puntas maltrechas de tablas rotas; y en medio de las olas y de la furia imaginable en una tormenta quise entonces refugiarme en las palabras, \u00fanicas amarras que nos detienen. S\u00edmiles, figuras posibles para la reposici\u00f3n del barco destrozado a partir de los elementos flotantes en nuestra imaginaci\u00f3n, como tant\u00edsimas bellas naves que han cruzado frente a nosotros, et\u00e9reamente sostenidas por las p\u00e1ginas de un libro, y empuj\u00e1ndonos a buscar esa nave inalcanzable.<\/p>\n\n\n\n<p>As\u00ed quise yo escribir aquella frase, desanclar tambi\u00e9n mi fragata, sin importarme su duraci\u00f3n, estabilidad o capacidad de resistencia a las aventuras, s\u00f3lo para verla ondear o para ser vista por cualquier otro sobreviviente que quisiera levantarse entre las olas. Y entonces abr\u00ed las velas al viento, desat\u00e9 el cordaje, enfil\u00e9 la proa y me decid\u00ed a inventar mis recuerdos.<\/p>\n\n\n\n<p>Una tarde primero de enero, cuando ya los sirvientes hab\u00edan retirado las copas con el caldito ins\u00edpido, residuo de una champa\u00f1a bien helada de la que han huido las burbujas y el encanto y queda s\u00f3lo la marca de pintura de labios a punto tambi\u00e9n de desaparecer, y recogen los ceniceros sucios y la hielera de plata con dos delfines abriendo sus bocas hacia los cubitos de hielo, ahora agua tibia, y se llevan los papeles de algunos regalos tard\u00edos flotando sobre el piso con los lazos desenvueltos y las tarjetas medio borradas por el l\u00edquido que cay\u00f3 de alg\u00fan vaso que ahora lavan y secan cuidadosamente para volverlos a guardar en el cuarto de la loza, caen unos trozos de cristal que alguien dej\u00f3 quebrar sin importarle su origen, sin saber c\u00f3mo as\u00ed se descompleta el juego de copas que t\u00eda Carlota nos hab\u00eda regalado en el matrimonio de mis abuelos y as\u00ed hab\u00eda quedado con nosotros para ser usado una Navidad tras otra y brindar un fin de a\u00f1o tras otro y he aqu\u00ed que ahora permanecer\u00e1 incompleto para siempre porque, ten en cuenta, estas copas de champa\u00f1a que te llevas a la boca como si cualquier cosa fueron propiedad de una princesa napole\u00f3nica, pero no por ello deja de ser princesa, qui\u00e9n sabe si de la abuela de Marie Bonaparte, y la mam\u00e1 de t\u00eda Carlota las adquiri\u00f3 en una subasta de Sotheby, ahora son apenas unos pedazos de vidrio que la sirvienta, ajena a la historia, recoge como si nada con la escoba, con los papeles de los regalos, el polvo. Margarita se sienta, quit\u00e1ndose los zapatos un poco cansada por todo el traj\u00edn de la noche, y conversa con mam\u00e1 sobre los regalos. Te das cuenta, mam\u00e1, del regalo de Elisa, y desenvuelve delicadamente unos elefanticos rosados de porcelana enlazando sus trompas en un gesto afeminado que Pedro remarca desagradable para aflorar la posibilidad de la homosexualidad entre los proboscidios, escandalizando a Margarita con la poca sensibilidad y mal gusto de Pedro, siempre dispuesto a hacer un chiste tonto y echar a perder cualquier regalo con un comentario o un gesto, mam\u00e1 en cambio piensa que los elefantes se ver\u00e1n muy bien sobre la c\u00f3moda de Margarita en su cuarto de jeune fille, como dice mi abuela, que alberga apropiadamente todo g\u00e9nero de peque\u00f1eces, de objetos sin uso, de bellezas min\u00fasculas y suaves, casi rompibles de una mirada, de peque\u00f1a cosa a medio camino entre la infancia y la adolescencia, como un himen de jeune fille-a-marier, tambi\u00e9n como los elefantes rosado y suave, posiblemente fr\u00e1gil, para tenerlo ah\u00ed sobre la c\u00f3moda y mirarlo, a lo sumo tocarlo, acariciarlo, quitarles el polvo, ver c\u00f3mo los elefanticos insin\u00faan un gesto de amor, absolutamente enfriado por la porcelana. Mam\u00e1 descubre ahora exaltada un nuevo regalo inadvertido, un regalo para pap\u00e1, un libro sobre las guerras de Europa, y pap\u00e1 lo observa con cierta displicencia, pero es porque no has mirado la maravilla de ilustraciones, con las figuras de abstractos soldaditos luciendo impecables uniformes nunca manchados por la sangre, algo que afea tanto las guerras, bellos dibujos de maniqu\u00edes alzando en su mano derecha el arma, espadas, sables, bayonetas, son variados modelos franco-prusianos y  austro-h\u00fangaros o cruzados del Rey y de la Santa Bula, alf\u00e9reces o capitanes de los tercios de Flandes, hasta modernos comandantes aliados con rev\u00f3lveres y granadas, junto a moros y et\u00edopes que por alguna raz\u00f3n danzan en las mismas guerras. Pap\u00e1 casi se entusiasma y se enfrasca en un cap\u00edtulo sobre la guerra de las Dos Rosas cuando un grito de Margarita le interrumpe la lectura porque es exactamente lo que quer\u00edamos, mam\u00e1aaa, lo que nos hac\u00eda falta y no lo ten\u00edamos, se perdieron en la mudanza, te acuerdas mam\u00e1, le dice ahora mam\u00e1 a mi abuela, y tanto que los hemos echado de menos, una cosa tan necesaria comenta mi abuela, tan indispensable que no me explico, Mercedes, c\u00f3mo no los hab\u00edamos vuelto a comprar, porque nunca conseguimos el mismo modelo y en cambio \u00e9stos s\u00ed son, tienen el mismo dibujo en el mango, quiz\u00e1s no exactamente el mismo pero muy parecido, perfectamente podr\u00eda decirse que son los mismos y que nunca los hab\u00edamos perdido, te das cuenta, casi id\u00e9nticos, pero c\u00f3mo se le habr\u00e1 ocurrido regalarnos esto, un objeto que hab\u00edamos dejado de tener y ahora recuper\u00e1bamos gracias a Dios, las cucharillas de revolver los refrescos. Tantas pi\u00f1atas y bridges que se han dado en esta casa sin poder revolver los refrescos, las limonadas, los jugos. Solamente a t\u00eda Cecilia pod\u00eda hab\u00e9rsele ocurrido hacernos este regalo. Es cierto porque cualquiera hubiera pensado que ya los ten\u00edamos, as\u00ed es, cualquiera lo hubiera pensado. S\u00ed, pero ella se dio cuenta un d\u00eda que vino a visitarme porque estaba resfriada y pidi\u00f3 una limonada.<\/p>\n\n\n\n<p>Ahora ya todos han subido a sus habitaciones y la casa est\u00e1 sola, yo me quedo en el sal\u00f3n con ese aire de fiesta terminada porque todo est\u00e1 en su puesto pero mucho m\u00e1s que de costumbre y pienso en c\u00f3mo la vida se agolpa en los objetos y c\u00f3mo estamos sentados sobre tantos d\u00edas, en un espacio tan peque\u00f1o como es el que ocupamos mientras nuestro amor se extiende y acaricia cada uno de los d\u00edas y de las horas, las miradas lejanas, las palabras dichas por otros, tantas palabras. Quisi\u00e9ramos recogerlas antes de que queden enganchadas en un \u00e1rbol quemado ya hace tiempo. Y de pronto Isabel aparece por una puerta y con gesto clandestino me pregunta si todos se han ido ya y, como ve que estoy sola mirando la tarde caer, cruza las piernas en un sill\u00f3n y me pregunta: \u00bfqu\u00e9, c\u00f3mo estuvo todo? \u00bfTodo, qu\u00e9? Bueno, todo, la fiesta, la comida, la gente, de qu\u00e9 hablaron. Para empezar debo decirte que \u00e9ste no fue ni con mucho lo que eran los treintayuno en casa, esta fiesta fue apenas el remedo de las otras, que s\u00ed eran en verdad celebraciones. Esta es apenas una caricatura, la p\u00e1lida copia de otros tiempos mejores en que cenar la noche de fin de a\u00f1o ten\u00eda pompa y empaque, ten\u00eda, c\u00f3mo decirte, aunque sea una palabra antip\u00e1tica, ten\u00eda clase. Mi abuela comenzaba a preparar la comida desde una semana antes por lo menos para entrar en la laboriosa elaboraci\u00f3n de las hallacas, la olleta de gallo, el pernil de cochino, el pavo asado, el dulce de lechosa, la torta negra. Mam\u00e1 eleg\u00eda los invitados de aquel a\u00f1o, no siempre los mismos porque ten en cuenta que en un a\u00f1o pasan muchas cosas, por ejemplo, se muere gente, y aunque hab\u00edamos tenido buen cuidado de llevar las listas de los obituarios y mi abuela y Margarita hab\u00edan asistido a todos los velorios, siempre se nos olvidaba alguien, suced\u00eda que mi abuela dec\u00eda entonces acu\u00e9rdate de llamar a Teresa y mam\u00e1 le recordaba pero qu\u00e9 disparate, si Teresa se muri\u00f3 en junio de un derrame cerebral, y cancel\u00e1bamos inmediatamente la llamada que hubiera sido inoportuna. Pasaba tambi\u00e9n que hab\u00eda pleitos de familia, y cuando pens\u00e1bamos llamar a t\u00eda Cecilia y t\u00edo Luis enseguida mi abuela gritaba que eso era imposible por que precisamente el t\u00edo Luis hab\u00eda tenido un desagrado muy grande con el t\u00edo Eduardo, a causa de las acciones de una financiadora que hab\u00edan bajado o hab\u00edan subido, no s\u00e9 muy bien, pero en todo caso hab\u00edan tomado un camino indeseable para el t\u00edo Luis que culpaba al t\u00edo Eduardo del hecho de haber quedado en mal\u00edsima situaci\u00f3n y ser\u00eda sumamente desagradable el encuentro, ser\u00eda crear un inconveniente innecesario que de ninguna manera, de modo que hab\u00eda que escoger entre uno de los dos para decidir cu\u00e1l invit\u00e1bamos y cu\u00e1l exclu\u00edamos y eso llevaba cierto tiempo porque pap\u00e1 opinaba que Luis se hab\u00eda portado mucho mejor con \u00e9l en otros tiempos, pero mi abuela consideraba que la l\u00ednea de consanguinidad era mucho m\u00e1s pr\u00f3xima con Eduardo e incluso exist\u00eda un precedente y era que Luis no nos hab\u00eda invitado al bautizo de una de sus hijas, y en cambio Eduardo siempre hab\u00eda sido de los m\u00e1s consecuentes con nosotros cuando pap\u00e1 hab\u00eda tenido la quiebra de la constructora, aunque pap\u00e1 no estaba demasiado de acuerdo. Esto se prolongaba un tiempo m\u00e1s pero era obvio que ya mi abuela comenzaba a decir Luis y t\u00edo Eduardo, es decir, que de una vez le \u00edbamos quitando el t\u00edo y lo llam\u00e1bamos Luis a secas, lo que ocurr\u00eda con los parientes con quienes nuestro trato se hac\u00eda m\u00e1s distante por tantas cosas que suceden en la vida, los design\u00e1bamos por su nombre y descart\u00e1bamos el t\u00e9rmino para denominar el parentesco (no s\u00e9 qu\u00e9 opinar\u00eda Levi-Strauss pero se entiende que estamos hablando de problemas afectivos y no de estructuras de parentesco). Cosas as\u00ed suced\u00edan todo el rato y la lista de los invitados por eso llevaba mucho tiempo. Hab\u00eda quienes consideraban apropiado invitar a Mar\u00eda Josefina y quienes no, no tanto por ella sino porque ya sus hermanas no la trataban y era ponerlas en una situaci\u00f3n dif\u00edcil el estar en una fiesta de fin de a\u00f1o de la familia y mirarse sin saludarse, as\u00ed que opt\u00e1bamos por excluir a Mar\u00eda Josefina y yo lo lamentaba mucho porque era precisamente la m\u00e1s original y divertida de mis primas, pero a mi abuela no le gustaba nada y ya explicar\u00e9 por qu\u00e9. Finalmente quedaba la lista de los invitados reducida de acuerdo con las exclusiones que desgraciadamente las circunstancias imponen, entre ellas si ten\u00edan vestido largo, porque hab\u00eda unas primas de pap\u00e1 muy queridas por todos pero no estaban en situaci\u00f3n de hacerse un vestido largo y si las invit\u00e1bamos las coloc\u00e1bamos en un compromiso y las oblig\u00e1bamos al recurso de pedirlo prestado que es siempre tan desagradable, sobre todo cuando en otras \u00e9pocas se ha tenido y ahora no, as\u00ed que mam\u00e1 las llamaba para invitarlas el veinticinco en la tarde a merendar y quedaba muy bien y ellas mismas lo agradec\u00edan. En ese caso era una exclusi\u00f3n piadosa. La lista se hac\u00eda muy escogida y no pasar\u00edan de cincuenta entre familia y amigos \u00edntimos, la gente comenzaba a llegar a eso de las nueve, algunos pasaban al corredor, en general los m\u00e1s j\u00f3venes porque en diciembre refresca mucho, los de m\u00e1s edad se refugiaban en el sal\u00f3n donde estaban los sillones m\u00e1s confortables porque el corredor estaba amueblado con las sillas coloniales, que ya se sabe que son bonitas pero un poco duras, en cambio en el sal\u00f3n hab\u00edamos puesto un juego de poltronas capiton\u00e9 comod\u00edsimas, estaba iluminado por la l\u00e1mpara de l\u00e1grimas que mi abuela de ninguna manera quiso abandonar cuando nos mudamos al este y adem\u00e1s se ve\u00eda bastante bien en el sal\u00f3n. El \u00e1rbol y el pesebre se instalaban tambi\u00e9n en el corredor y a las se\u00f1oras m\u00e1s viejitas les gustaba el pesebre y opinaban que era mucho m\u00e1s bonito que el pino canadiense, sobre todo porque mam\u00e1 ten\u00eda unas piezas de Nacimiento preciosas tra\u00eddas de Espa\u00f1a y a poca gente le quedaba un pesebre tan realista como el nuestro. Todo el mundo conversaba muy serenamente salvo alg\u00fan t\u00edo que otro pasado de palos, pero en general en familia todos trataban de mantener la compostura y dejaban los excesos para ocasiones m\u00e1s apropiadas. A excepci\u00f3n de mi primo Carlos Eduardo que ten\u00eda muy mala bebida para la champa\u00f1a y una vez hubo una escena horrorosa, quiero decir de muy mal gusto, como de El derecho de nacer, porque mi abuela sali\u00f3 a la cocina para ordenar que pasaran la bandeja de los turrones, y en el momento en que entra, ve que Carlos Eduardo le estaba pasando la mano por las nalgas a Vidalina y ella en vez de haber reaccionado como deb\u00eda, es decir, huyendo, o a lo sumo gritando, se mor\u00eda de la risa y le dec\u00eda d\u00e9jame quieta ahora que estoy sirviendo los turrones, es decir, lo pospon\u00eda y si dec\u00eda ahora no quer\u00eda decirse antes s\u00ed o luego quiz\u00e1s, y de pronto a mi abuela se le hac\u00eda clar\u00edsimo que Carlos Eduardo no nos visitaba tanto por Margarita como hab\u00edamos llegado a creer, sino por Vidalina, y eso era el colmo, de modo tal que encendida como un drag\u00f3n, como salen en los cuentos con los ojos lanzando llamas pero sin alzar mucho la voz, le dijo a Vidalina: ma\u00f1ana recoge usted sus cosas y deja el cuarto libre y limpio, limpio, me oye, Vidalina. As\u00ed que aquel fin de a\u00f1o fue el fin de Vidalina de quien supimos por otros conductos que tiempo despu\u00e9s tuvo una muchachita mulata clara y no hicimos ning\u00fan comentario porque, al fin y al cabo, eso era la simbiosis. Entre otras cosas, Carlos Eduardo era siempre el personaje conocido del humor y nos contaba chistes groseros a las primas j\u00f3venes y nos daba un poco de pena pero estaba permitido por ser fin de a\u00f1o y adem\u00e1s la champa\u00f1a rasca muy alegre, nos hac\u00eda creer que estaba enamorado de todas y no le conoc\u00edamos ninguna novia y como era un primo segundo por eso se hab\u00eda pensado que quiz\u00e1s \u00e9l y Margarita, pero no. Adem\u00e1s Carlos Eduardo era riqu\u00edsimo, quiz\u00e1s el m\u00e1s rico de todos nosotros, y viajaba mucho a Par\u00eds y nos tra\u00eda a las primas perfumes y a los primos unas revistas que le\u00edan encerrados en el ba\u00f1o.<\/p>\n\n\n\n<p>Despu\u00e9s que hab\u00edamos conversado un rato en el corredor y en el sal\u00f3n, pas\u00e1bamos al comedor y se hac\u00eda un poco largo porque las sirvientas no estaban acostumbradas a tanta gente, pero finalmente logr\u00e1bamos sincronizar la hora de los postres con la aproximaci\u00f3n de las doce, hora del cambio que nos agarraba copa en mano dispuestos a brindar por el a\u00f1o venidero, a\u00f1o que cada cual esperaba le trajese lo esperado, a\u00f1o en que cada cual esperaba no morir, a\u00f1o en el que esper\u00e1bamos sucedieran las mismas cosas m\u00e1s o menos, que los que \u00e9ramos sigui\u00e9ramos siendo y siendo como \u00e9ramos, es decir, la esperanza del cambio era sobre todo la del no cambio y no nos importaba nada esa contradicci\u00f3n porque todos los a\u00f1os pasados nos confirmaban que viv\u00edamos sobre la contradicci\u00f3n, a pesar de ella y por encima de ella, as\u00ed que por qu\u00e9 no una vez m\u00e1s. Cuando sonaban las doce llor\u00e1bamos un poco pero sin grandes escenas, sin dramatismos de opereta que no nos gustaban nada, sino apenas unas l\u00e1grimas furtivas en medio de tantas sonrisas y felicidad. Entonces nos lanz\u00e1bamos a felicitarnos el a\u00f1o nuevo y a besarnos m\u00faltiples y cruzadas veces teniendo cuidado de que no se nos escapara nadie y a la vez de no repetirnos, y eso era m\u00e1s dif\u00edcil porque muchas t\u00edas se parec\u00edan a otras. Casi siempre Pedro se negaba pero mam\u00e1 lo pellizcaba disimuladamente y ten\u00eda que emprender la felicitaci\u00f3n como todo el mundo. Pap\u00e1 y mi abuela, poco dados a los sentimentalismos, trataban de evadirse en el corredor pero eran implacablemente encontrados y Margarita, la m\u00e1s afectuosa de todos, siempre les dec\u00eda a cada uno la frase m\u00e1s amable y lo mucho que nos acord\u00e1bamos de \u00e9l aun cuando no nos vi\u00e9ramos tanto. Pasado el momento, que en realidad duraba varios, porque si se calculan cincuenta personas besando a otras cincuenta el n\u00famero de permutaciones es bastante largo, nos volv\u00edamos a sentar y reagrupar y todos est\u00e1bamos muy satisfechos de poder mostrarnos el cari\u00f1o que nos ten\u00edamos. Despu\u00e9s hab\u00eda un cierto decaimiento porque la expresi\u00f3n de sentimientos nos sum\u00eda en la nostalgia y mis abuelos comenzaban a recordar otros treintayuno m\u00e1s felices que hab\u00edan tenido lugar anteriormente.<\/p>\n\n\n\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/ana-teresa-torres-semblanza\/\" target=\"_blank\" rel=\"noreferrer noopener\">Sobre la autora<\/a><\/h4>\n\n\n\n<h6 class=\"wp-block-heading\">*Para leer un poco m\u00e1s, visita la <a href=\"https:\/\/www.anateresatorres.com\/2015\/02\/el-exilio-del-tiempo\/\" target=\"_blank\" rel=\"noreferrer noopener\">p\u00e1gina web de la autora<\/a>, donde est\u00e1 disponible el libro completo.<\/h6>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Ana Teresa Torres Mientras descansaba en un sal\u00f3n del Palacio de la Magdalena, en la ciudad de Santander, recostada en un sill\u00f3n de cuero, contemplaba el marco de las amplias escaleras tapizadas en rojo y el trasegar por ellas de estudiantes, eruditos del Tercer Mundo, intelectuales catalanes, chicas argentinas, especialistas varios, venerables sabios alemanes, chicos [&hellip;]<\/p>\n","protected":false},"author":6,"featured_media":10961,"comment_status":"open","ping_status":"closed","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"_monsterinsights_skip_tracking":false,"_monsterinsights_sitenote_active":false,"_monsterinsights_sitenote_note":"","_monsterinsights_sitenote_category":0,"footnotes":""},"categories":[15],"tags":[],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/10960"}],"collection":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/users\/6"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=10960"}],"version-history":[{"count":1,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/10960\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":10962,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/10960\/revisions\/10962"}],"wp:featuredmedia":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/media\/10961"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=10960"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=10960"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=10960"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}