{"id":10890,"date":"2024-01-19T13:01:15","date_gmt":"2024-01-19T13:01:15","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=10890"},"modified":"2024-02-08T21:00:50","modified_gmt":"2024-02-08T21:00:50","slug":"crema-paraiso","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/crema-paraiso\/","title":{"rendered":"Crema para\u00edso (fragmentos)"},"content":{"rendered":"\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\">Camilo Pino<\/h4>\n\n\n\n<p>Mi tel\u00e9fono nunca suena temprano. Nadie me llama antes de las once de la ma\u00f1ana, ni siquiera los vendedores, pero ese d\u00eda repic\u00f3 como desesperado. Contest\u00e9 de una vez. Una llamada a esas horas ten\u00eda que ser importante. Era una se\u00f1ora con un acento imposible. Pens\u00e9 que se hab\u00eda equivocado, pero, cuando me explic\u00f3 que era productora de televisi\u00f3n y que ten\u00eda una oferta que hacerme, prest\u00e9 atenci\u00f3n. La oferta era demasiado buena: veinte mil euros y una semana en Berl\u00edn con todos los gastos pagados por salir en un programa de televisi\u00f3n con mi viejo. As\u00ed cualquiera se entusiasma, mucho m\u00e1s yo, que nunca hab\u00eda ido a Europa ni salido en la tele, que ni siquiera hab\u00eda tocado un euro en mi vida. Con esa plata me alcanzaba para pagar las tarjetas y quedarme en Alemania, o saltar a Barcelona e instalarme en la casa de Ranfis. Veinte mil euros representaban la oportunidad de salir de Miami antes de que la ciudad me expulsara. Acept\u00e9 sin tener la menor idea del compromiso que estaba asumiendo. Por esa plata hubiera hecho lo que fuera. En serio, lo que fuera. En ese momento no se me pas\u00f3 por la cabeza invertir el dinero. La idea de Crema Para\u00edso no se me hab\u00eda ocurrido todav\u00eda. Tampoco pens\u00e9 que pudiera tratarse de una estafa. Hab\u00eda algo en los modales de la se\u00f1ora que me inspiraba confianza. La verdad es que yo ten\u00eda todas las de ganar con una oferta as\u00ed. Por eso me angusti\u00e9 cuando la se\u00f1ora me pregunt\u00f3 por unas cartas que, seg\u00fan ella, yo le hab\u00eda escrito a principios de los a\u00f1os ochenta a una joven alemana de nombre Ulrika. La historia no cuadraba: en los ochenta yo era un adolescente t\u00edpico; lo \u00faltimo que se me hubiera ocurrido era escribirle una carta a nadie. Es que ni al Ni\u00f1o Jes\u00fas le escrib\u00ed; mucho menos a una alemana que no conoc\u00eda. Pero la se\u00f1ora sonaba convencida y la informaci\u00f3n que ten\u00eda sobre m\u00ed estaba perfecta: mi nombre, Emiliano Dubuc; mi n\u00famero de c\u00e9dula, 8.259.111; hasta mi direcci\u00f3n vieja: Edificio Trevi, apartamento 43, avenida Miguel \u00c1ngel, Bello Monte, Caracas DF, 1050. Es curioso, pero basta con que piense en la direcci\u00f3n para que me sienta en el edificio: el eterno olor a guiso de res en la planta baja, el ascensor para dos personas, las escaleras inclinadas, el piso de granito limpio, brillante y fr\u00edo, la reja blanca de nuestro apartamento de dos habitaciones conectadas por la cocina-sala-estudio y, sobre todas las cosas, el insoportable desorden de los libros. <\/p>\n\n\n\n<p>La se\u00f1ora insisti\u00f3 en preguntarme por las cartas que yo supuestamente le hab\u00eda escrito a la tal Ulrika. Tengo buena memoria a pesar de mis excesos, pero no me acordaba de ninguna Ulrika. S\u00ed me pareci\u00f3 que Ulrika sonaba como urraca Me tranquilic\u00e9 un poco cuando entend\u00ed que, seg\u00fan los registros, fue mi viejo el que las hab\u00eda despachado. Una historia as\u00ed ten\u00eda sentido: que mi pap\u00e1 me hubiera hecho un dictado para alguno de sus proyectos y se me hubiera olvidado despu\u00e9s de tantos a\u00f1os. En esa \u00e9poca mi viejo estaba obsesionado con el correo, al punto de dedicarle el poema con el que se hizo famoso, unos versos con un t\u00edtulo rid\u00edculo que hoy en d\u00eda los ni\u00f1os en Venezuela tienen que aprenderse de memoria: \u00abInstituto Postal Telegr\u00e1fico\u00bb. Pobres ni\u00f1os. Las dichosas cartas ten\u00edan las caracter\u00edsticas de uno de sus caprichos: un ejercicio literario vanguardista, una obra de arte conceptual, alguna de sus idioteces intelectuales. <\/p>\n\n\n\n<p>Creo que la se\u00f1ora se oli\u00f3 que hab\u00eda gato encerrado cuando le dije que no me acordaba bien de las cartas, porque me hizo preguntas complicadas. Pero yo no iba a perder esos reales por nada del mundo y me adelant\u00e9: le dije que no me hab\u00eda olvidado \u2014esas cosas no se olvidan\u2014, sino que mi vida hab\u00eda sido intensa y ten\u00eda una memoria p\u00e9sima. Hab\u00eda pasado demasiado tiempo. Era normal que se me escaparan algunos detallitos; quiz\u00e1s pod\u00eda enviarme las cartas para ayudarme a recordar. Por suerte, la se\u00f1ora cambi\u00f3 de tono y me habl\u00f3 con entusiasmo de la fuerza con que estaban escritas las cartas, de la inocencia que transpiraban y de las promesas que yo le hab\u00eda hecho a la tal Ulrika. Le dije que era muy rom\u00e1ntico de joven. Con eso la aplaqu\u00e9. Quedamos en que, adem\u00e1s de aceptar la oferta, yo me encargar\u00eda de ponerla en contacto con mi viejo. La se\u00f1ora lo hab\u00eda llamado con insistencia, pero no hab\u00eda podido dar con \u00e9l. Le pregunt\u00e9 si era estrictamente necesario que sali\u00e9ramos los dos. La respuesta fue terminante: \u00abSin su padre no hay programa\u00bb. Antes de colgar le dije que no se preocupan por mi viejo, estaba seguro de que le iba a fascinar el proyecto, y ella se comprometi\u00f3 a enviarme una oferta formal por correo electr\u00f3nico. Entonces me sent\u00e9 en la computadora. Puedo pasarme d\u00edas enteros jugando Candy Crush. Una vez me pas\u00e9 todo un fin de semana. <\/p>\n\n\n\n<p>Bueno, tambi\u00e9n dorm\u00ed, com\u00ed comida china y fui al ba\u00f1o, pero aparte de eso no hice otra cosa sino jugar de un viernes en la noche a un lunes en la ma\u00f1ana. No iba a ser f\u00e1cil convencer a mi viejo de viajar a Alemania para salir en un programa de televisi\u00f3n conmigo; mucho menos a la cuaima de Mar\u00eda Eugenia, que no lo deja solo ni para ir a la panader\u00eda. Pap\u00e1 se convirti\u00f3 en otra persona desde que se cas\u00f3. No necesariamente por ella, sino porque el matrimonio coincidi\u00f3 con su consagraci\u00f3n literaria y su ins\u00f3lita transformaci\u00f3n en ciudadano ejemplar. Mar\u00eda Eugenia y mi pap\u00e1 se conocieron despu\u00e9s de que le dieran el Reina Sof\u00eda a mi viejo. Ella no conoci\u00f3 al borracho in\u00fatil que me cr\u00edo, sino al pr\u00f3cer de la cultura, al mejor poeta de Venezuela, nuestro eterno candidato al Premio Nobel. <\/p>\n\n\n\n<p>Una de las discusiones que m\u00e1s detesto es la de si mi viejo es mejor poeta que Rafael Cadenas. Odio tener que explicar que no he le\u00eddo a ninguno de los dos y escuchar otra vez el dicho del herrero y el cuchillo de palo y la consabida reafirmaci\u00f3n de que mi viejo es mejor que Cadenas. En la \u00e9poca de las cartas las cosas eran muy diferentes. Al principio de los a\u00f1os ochenta, pap\u00e1 sufr\u00eda mucho porque era un fracasado. Cuando se emborrachaba, le entraba una rabia incontenible y se ofend\u00eda a s\u00ed mismo en el espejito del ba\u00f1o con un insulto idiota, pero que a \u00e9l le ard\u00eda en el alma: \u00abT\u00fa lo que eres es un poeta menor\u00bb, se dec\u00eda, y se largaba a llorar. De verdad era pat\u00e9tico. Se la pasaba echado en calzoncillos en el apartamento. Dorm\u00eda en un colch\u00f3n en el suelo y luego se acostaba a leer en una hamaca que ten\u00eda justo encima del colch\u00f3n y encend\u00eda un cigarrillo del tama\u00f1o del planeta que todav\u00eda se est\u00e1 fumando. Mi abuela le ten\u00eda una campa\u00f1a para que buscara trabajo, pero \u00e9l lo que hac\u00eda era mecerse en la hamaca con un libro y, cuando entraba la noche, salir con sus amigos a emborracharse y hablar de poes\u00eda. El \u00fanico sitio al que lo vi ir a buscar trabajo fue, precisamente, el Instituto Postal Telegr\u00e1fico, el Ipostel. No consigui\u00f3 nada porque su experiencia se limitaba a reposar, fumar cigarrillos y acumular libros viejos, y por su aspecto, que parec\u00eda una combinaci\u00f3n de guerrillero y vagabundo. <\/p>\n\n\n\n<p>Tengo que admitir que yo ayudaba poco; digamos que era un adolescente problem\u00e1tico de manual. Y mi mejor amigo era la persona con peor fama de Bello Monte: Ranfis, ladr\u00f3n de reproductores, mariguanero, pir\u00f3mano y violador; lo acusaban de todo, casi siempre con raz\u00f3n, salvo por lo de violador. Ranfis era malandro de vocaci\u00f3n, pero se reg\u00eda por un c\u00f3digo que prohib\u00eda las violaciones. Crec\u00ed en la calle con \u00e9l, escap\u00e1ndome del letargo de mi viejo y sus malditos libros. Odio los libros con toda mi alma. No tengo ni uno solo en mi casa, ni siquiera un manual de Candy Crush. La idea del papel acumulado a m\u00ed alrededor me da grima. Todav\u00eda tengo pesadillas con los libros de mi viejo: el polvo, las hojas apolilladas, las manchas de caf\u00e9\u00bb, los hongos circulares en las esquinas, el olor a humedad\u2026 Son asquerosos. Bastante los padec\u00ed para tener que mam\u00e1rmelos ahora que vivo solo. <\/p>\n\n\n\n<p>Yo estaba convencido de que Mar\u00eda Eugenia iba a prohibirle a pap\u00e1 participar en el programa. A Mar\u00eda Eugenia no le gusta nada que tenga que ver conmigo. Para ella yo soy un trasto del pasado, la oveja negra que a \u00faltima hora se fue a Miami a buscar una fortuna que nunca iba a encontrar y que, m\u00e1s temprano que tarde, caer\u00eda en uno de los abismos a los que se asomaba con frecuencia. A Mar\u00eda Eugenia s\u00f3lo le importan las morochas, pero eso no es culpa de ellas. Adoro a esas loquitas. Mis hermanitas gemelas son lo \u00fanico que extra\u00f1o de Caracas. <\/p>\n\n\n\n<p>Esa ma\u00f1ana yo me sent\u00eda al borde de la ca\u00edda que Mar\u00eda Eugenia tantas veces hab\u00eda anunciado, esperando a que una se\u00f1ora alemana desconocida me mandara unas cartas que nunca escrib\u00ed y de las que depend\u00eda mi vida. Veinte mil euros era m\u00e1s plata de la que yo pod\u00eda ganar deslom\u00e1ndome un a\u00f1o entero. No sab\u00eda c\u00f3mo, pero ten\u00eda que convencer a mi viejo de que saliera en el programa; extorsionarlo, si hacia falta. <\/p>\n\n\n\n<p>El correo de la productora lleg\u00f3 ah\u00ed mismo. Tard\u00e9 un rato en abrirlo porque estaba a punto de pasar al nivel Nougat Noir de Candy Crush y no quer\u00eda equivocarme. Al final, una maldita cereza confitada me arruin\u00f3 las posibilidades con una ca\u00edda sorpresa en la tercera columna y tuve que parar. El mensaje de la alemana estaba escrito en un ingl\u00e9s impecable. Arrancaba con un saludo profesional, algo as\u00ed como \u00abEstimado Emiliano\u00bb. Luego ven\u00eda un resumen de nuestra llamada telef\u00f3nica; una descripci\u00f3n de una de las cartas a la tal Ulrika, que me enviaba anexa, y un recordatorio de que la propuesta estaba condicionada a la participaci\u00f3n de mi viejo. El programa se llamaba Die Kreuzung que significa \u00abla encrucijada\u00bb. La carta a Ulrika estaba escrita con una caligraf\u00eda infantil que no era la m\u00eda y dec\u00eda cosas que yo nunca hubiera dicho. Eso si, la firma se parec\u00eda a la que yo usaba entonces. El autor era alguien que se quiso hacer pasar por m\u00ed y me conoc\u00eda. Pens\u00e9 en Ranf\u00eds, pero no mucho rato. Ranf\u00eds no hubiera podido escribir una carta sin errores ortogr\u00e1ficos. Quiz\u00e1s mi letra era as\u00ed y no me acordaba. <\/p>\n\n\n\n<p>Seg\u00fan el mensaje, Die Kreuzung era un \u00e9xito de audiencia. Lo ve\u00edan millones de personas en Alemania y en otros treinta y dos pa\u00edses (gracias a Dios, ni Venezuela ni los Estados Unidos aparec\u00edan en la lista). Hab\u00eda un enlace a un video con vi\u00f1etas del programa. La mayor\u00eda de los invitados eran alemanes, aunque se ve\u00eda de todo: turcos, negros\u2026, gente de todas partes. Aparec\u00edan pasando el rato en una casa de lo m\u00e1s moderna y luego estresados en un estudio. Al foral sal\u00edan exaltados: llantos, abrazos, risas, gritos y hasta trompadas se daban. Se parec\u00eda a un programa de la televisi\u00f3n espa\u00f1ola que ve\u00eda en Caracas en los noventa en el que buscaban gente que llevaba desaparecida muchos a\u00f1os y la reunian con su familia, Qui\u00e9n sabe d\u00f3nde, creo que se llamaba, pero mezclado con esos shows en los que los invitados se van a las manos. Con raz\u00f3n ofrec\u00edan tanta plata. Esos programas los ven hasta las piedras. <\/p>\n\n\n\n<p>No pod\u00eda esperar m\u00e1s, tenia que llamar a mi viejo. Lo mejor era contarle de una vez. Cuando me dijera que no (estaba seguro de que me iba a decir que no, porque mi viejo le consultaba todo a Mar\u00eda Eugenia y ella siempre dice que no), le iba a lanzar un discurso sobre la deuda moral que ten\u00eda conmigo y, si hac\u00eda falta, le iba a armar una lloradera de las buenas. <\/p>\n\n\n\n<p>Mi viejo nunca contesta el tel\u00e9fono, as\u00ed que marqu\u00e9 directo el celular de Mar\u00eda Eugenia, que apenas me salud\u00f3 antes de pasarle el aparato. Pap\u00e1 sonaba como siempre suena por tel\u00e9fono, distante, indiferente y aburrido. Le lanc\u00e9 lo del programa y los veinte mil euros sin anestesia. Me pregunt\u00f3 si era un programa literario y por qu\u00e9 pagaban tanto. Le dije que m\u00e1s o menos, que en realidad iba a ser sobre unas cartas m\u00edas que encontraron y que, francamente, yo no recordaba haber escrito. Estaban dirigidas a una tal Ulrika. Lo importante era la fortuna que nos estaban ofreciendo. En un caso as\u00ed hab\u00eda que aceptar independientemente de las consecuencias. Veinte mil euros era mucha plata. Cuarenta mil, si sum\u00e1bamos los reales de los dos. Mi viejo se qued\u00f3 callado por un rato. Sus silencios son famosos en el mundo de la cultura venezolana. Sus fanes dicen que retumban, pero a m\u00ed me consta que son un golpe de efecto que usa cuando no sabe qu\u00e9 decir en p\u00fablico, porque cuando est\u00e1 en confianza no se calla. Por eso me sorprendi\u00f3 su silencio. Porque era sincero. Mi viejo estaba conmocionado. Tanto que tuvo que pasar un rato para que pudiera hablar y por fin decir el nombre: \u00abUlrika\u00bb, que pronunci\u00f3 como quien conjura a un esp\u00edritu.<\/p>\n\n\n\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/camilo-pino\/\" target=\"_blank\" rel=\"noreferrer noopener\">Sobre el autor<\/a><\/h4>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Camilo Pino Mi tel\u00e9fono nunca suena temprano. Nadie me llama antes de las once de la ma\u00f1ana, ni siquiera los vendedores, pero ese d\u00eda repic\u00f3 como desesperado. Contest\u00e9 de una vez. Una llamada a esas horas ten\u00eda que ser importante. Era una se\u00f1ora con un acento imposible. 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