{"id":10885,"date":"2024-01-19T12:15:14","date_gmt":"2024-01-19T12:15:14","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=10885"},"modified":"2024-01-19T12:16:20","modified_gmt":"2024-01-19T12:16:20","slug":"cuentos-balza","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/cuentos-balza\/","title":{"rendered":"Dos cuentos de Jos\u00e9 Balza"},"content":{"rendered":"\n<h3 class=\"wp-block-heading\">La sombra de oro<\/h3>\n\n\n\n<p><em>A Silda Cordoliani<\/em><\/p>\n\n\n\n<p>Claro que yo tambi\u00e9n tuve ocho a\u00f1os: puedo asegurarlo ahora por la sombra dorada del caimito. Desde muy lejos, desde un peque\u00f1o brillo de diamante, comenzaba el r\u00edo a crecer; para nosotros su origen saltaba como una chispa y lentamente adquir\u00eda la sinuosidad de las costas: abrumadoras cargas de bamb\u00faes, de palmeras y ceibas. Al acercarse parec\u00eda que el agua iba a sumergir la isla, frente a nuestra casa: pero no, el gigantesco cuerpo del r\u00edo ondulaba dulcemente y apenas mord\u00eda, con dientes de molino, fugaz, los bordes de la isla y de nuestro propio puerto. A pesar de su humedad, el r\u00edo era el verano: vientos de \u00f3palo sobre el oleaje, sonidos moment\u00e1neos en el ramaje. El verano tambi\u00e9n ten\u00eda un cuerpo interminable: se lanzaba desde aquel cristal m\u00ednimo de donde surg\u00eda el r\u00edo tras los bosques, hasta quedar atrapado en el silencio de cobre, en las hojas moradas del caimito, junto a mi casa.<a><\/a><\/p>\n\n\n\n<p>Aqu\u00ed est\u00e1, casi tan cerca que con diez pasos todos los ni\u00f1os pod\u00edamos tocar su tronco, arrebatarle las frutas accesibles o, simplemente, como ocurr\u00eda conmigo, saltar y correr dentro de su extensa sombra, con el peligro de tropezar una ra\u00edz y romperme una pata: porque esas carreras ten\u00edan que ser mirando hacia arriba, impulsado por el movimiento, pero tambi\u00e9n por un extra\u00f1o deseo de ver m\u00e1s: de entregarme con la mirada al lejano cielo feliz, de calcular que podr\u00eda alcanzar las ramas elevadas, de sentir contra el cuerpo aquel torbellino rojizo, violeta y dorado en el cual se convert\u00edan las hojas del caimito. Ya sab\u00eda que el caimito existe para la luz del d\u00eda: para inmovilizar el sol y retener su resplandor en la parte inferior de las hojas; yo encontraba en el d\u00eda y en el verano el reino del caimito.<a><\/a><\/p>\n\n\n\n<p>Nadie ignora que mis hermanos jam\u00e1s han estado tres minutos quietos: tambi\u00e9n ellos pasaban bajo el \u00e1rbol, aullando o listos para cazar una iguana. Por eso no pudieron verlo, ya que si bien practicaba carreras en c\u00edrculo, a veces eleg\u00eda una ra\u00edz para sentarme y mirar hacia arriba, hasta que el sol se iba o hasta que mam\u00e1 llamaba a cenar. (Oscurec\u00eda, y a\u00fan el \u00e1rbol destilaba un polvo dorado que flotaba a su alrededor: las hilachas del sol bajo las hojas). Fue as\u00ed, inm\u00f3viles ambos, como nos vimos la primera vez, porque estoy seguro de que la elecci\u00f3n fue mutua. All\u00e1, en el copito, moviendo lentamente un ala o la pata izquierda o el cuello, lo vi mirarme justo cuando la luz de la tarde s\u00f3lo nac\u00eda del caimito.<\/p>\n\n\n\n<p>A nadie lo cont\u00e9; pero desde ese momento hasta el final del verano debo haber vivido para alimentar el sue\u00f1o de tenerlo. Pregunt\u00e9 a otros muchachos (jam\u00e1s a mis hermanos: eran capaces de sospechar, y de matarlo r\u00e1pidamente) e incluso a los pescadores. S\u00ed, confirmaron. As\u00ed era un p\u00e1jaro de las selvas profundas; arom\u00e1tico, delicado, de tonos cambiantes, cuyo canto abre caminos extra\u00f1os en las selvas: un p\u00e1jaro que -seg\u00fan ellos- jam\u00e1s llegar\u00eda a esta zona del delta, donde se establecen peque\u00f1os poblados. Ignora, desconoce a los hombres, me dijeron; nunca podr\u00e1 ser domesticado y para verlo hay que hacer terribles viajes a los ca\u00f1os remotos. Uno de los pescadores a\u00f1adi\u00f3, ri\u00e9ndose, que quiz\u00e1 lo han inventado algunos borrachos o esos hombres que naufragan cuando el r\u00edo se pone bravo. \u00abEl p\u00e1jaro del fracaso\u00bb dijo otro.<a><\/a><\/p>\n\n\n\n<p>Guard\u00e9 por meses el secreto: aquel talism\u00e1n sonoro, rec\u00f3ndito; el ave salvaje y casi desconocida, ven\u00eda algunas tardes al caimito. Me inquietaba que alguno de mis hermanos tambi\u00e9n pudiese descubrirlo: y entonces perd\u00ed la espontaneidad para estar cerca de mi \u00e1rbol. Andaba por todas partes, menos por all\u00ed; excepto cuando algo -un paseo en curiara, la hora de cenar, otras maldades- reten\u00eda al grupo. S\u00f3lo entonces volv\u00eda yo a la fiesta del verano: el sol dilat\u00e1ndose en joyas delgad\u00edsimas sobre las hojas, el caimito sonando para m\u00ed, y el p\u00e1jaro en lo alto, conmigo.<a><\/a><\/p>\n\n\n\n<p>Tal vez fue el verano m\u00e1s largo en el delta o en mi vida. O tal vez as\u00ed me parece por el lento acercamiento entre nosotros. No abandon\u00e9 la escuela (lejana, en el otro extremo del camino, a la cual lleg\u00e1bamos sucios de bejucales rotos y de frutas, despu\u00e9s de andar media hora bajo el convexo follaje); ni dej\u00e9 los juegos o las cosas que descubr\u00eda con amigos y hermanos. Pero todo hab\u00eda cambiado. En mis cuadernos hac\u00eda ahora el dibujo de un perfil a\u00e9reo; o la b\u00fasqueda de ciertos colores para el plumaje. Me dorm\u00eda despu\u00e9s de los otros; y despertaba en la noche sobresaltado, con el p\u00e1jaro en las manos, indeciso, queriendo saber qu\u00e9 hacer con \u00e9l. Un punzante sentimiento dejaba sin respuesta esos momentos: mis brazos estaban vac\u00edos.<\/p>\n\n\n\n<p>Fue durante uno de esos instantes, sudoroso, estigmatizado por la luna de la ventana, cuando supe como enloquecido que yo era un ni\u00f1o de ocho a\u00f1os: y, que cuanto era entonces seguir\u00eda si\u00e9ndolo para siempre. Nada en m\u00ed cambiar\u00eda jam\u00e1s. Posiblemente no tuve palabras para pensar as\u00ed. Pero ahora intuyo que eso es cuanto hubiera pensado entonces. Supe tambi\u00e9n que esa infancia no tendr\u00eda sentido si yo no lograba poseer el ave salvaje, aquel emisario \u00fanico: esa gota de belleza (o de fracaso, como dijera el pescador).<a><\/a><\/p>\n\n\n\n<p>Y as\u00ed decid\u00ed mis gestos: con discreci\u00f3n ante los dem\u00e1s, convirtiendo en otra cosa la b\u00fasqueda de una fruta o de una rama alta para mirar al r\u00edo, inici\u00e9 el ascenso al caimito. Primero: asegurarse de que \u00e9l estaba arriba, reconoci\u00e9ndome. Luego saltaba yo al tronco (maldici\u00f3n: \u00a1un rasp\u00f3n en la piel del abdomen y de los muslos!), venciendo sus rugosidades. A cierta altura volv\u00eda a quedar inm\u00f3vil, bajo su mirada. Y nada m\u00e1s.<a><\/a><\/p>\n\n\n\n<p>El pr\u00f3ximo d\u00eda, mayor altura: hasta el grueso ramo cargado de verdosos racimos. Me atrev\u00eda entonces a devorar un caimito, no tanto por la pulpa sino por su agua gelatinosa, como si mi sed quisiera ingerir un mundo concreto. En tres semanas llegu\u00e9 muy cerca: pude precisar la soltura de sus formas, su agilidad y el numeroso colorido. Algo indicaba que era necesario tal ritual: cumplir una costumbre, la repetici\u00f3n de mi llegada y su proximidad. Entonces yo hubiera querido ser un camale\u00f3n, para tomar los rasgos del tronco y de las hojas, y desaparecen. Tem\u00eda que la espesura del \u00e1rbol no ocultara por completo. Nadie deb\u00eda verme: nadie pod\u00eda conocer el v\u00ednculo que el caimito hab\u00eda establecido. Pero \u00e9ste nos protegi\u00f3 por completo; en silencio, sintiendo el aire como un pozo que se balanceaba, fui estando cerca del ave. Cierta vez, dentro de esa calma luminosa, cre\u00ed escucharlo cantar: un timbre de miel, transparente.<a><\/a><\/p>\n\n\n\n<p>Una tarde coloqu\u00e9 el m\u00e1s jugoso caimito en mi mano y, la extend\u00ed; est\u00e1bamos tan cerca que \u00e9l no tard\u00f3 en picotear. Me enamor\u00f3 su elegancia y su breve apetito. Maravillado como nunca, apenas calcul\u00e9 que me buscar\u00edan o que habr\u00eda signos del hogar all\u00e1 abajo, comenc\u00e9 el cuidadoso descenso. Al tocar el suelo not\u00e9 que algo brumoso filtraba el acostumbrado esplendor del sol: vastas, d\u00e9biles nubes lejanas indicaban que tras los bosques, al otro lado del r\u00edo, pod\u00eda estar lloviendo.<\/p>\n\n\n\n<p>Nunca supe que ocurr\u00eda por las noches con el p\u00e1jaro; pero a la tercera tarde de ofrecerle comida en mi mano, el ni\u00f1o estaba seguro de que podr\u00eda llevarlo a casa. Sin precisar nada, avis\u00f3 a la madre; anunci\u00f3 a los hermanos que recibir\u00eda un animal precioso; y prepar\u00f3 un nido en el alero de la casa, cerca de la ventana, justamente donde podr\u00eda verlo al acostarse. La verdad es que nadie dio mucha importancia a la noticia: tal vez imaginaron que aparecer\u00eda con una paloma o con un azulejo.<a><\/a><\/p>\n\n\n\n<p>Pero cuando a las cuatro de la tarde -la hora perfecta del caimito: el instante en que su hojarasca se balancea tiernamente, como un aliento de magn\u00e9tica p\u00farpura- del d\u00eda siguiente, llam\u00f3 a todos y mostr\u00f3 el ave la admiraci\u00f3n fue un\u00e1nime. No cont\u00f3 c\u00f3mo lo hab\u00eda logrado, de d\u00f3nde ven\u00eda ese largo amor. En principio los familiares, despu\u00e9s algunos vecinos y finalmente los pescadores (que ya se arreglaban para trabajar de noche) vinieron, incr\u00e9dulos. El p\u00e1jaro de la selva, distinto, imposible, estaba libremente en manos del ni\u00f1o. Lo reconocieron por su diferencia, por cosas escuchadas, ya que ninguno de los presentes hab\u00eda visto antes tal especie.<a><\/a><\/p>\n\n\n\n<p>-Tienes que cortarle la punta de un ala, as\u00ed no podr\u00e1 volar.<a><\/a><\/p>\n\n\n\n<p>-\u00a1Am\u00e1rralo!<a><\/a><\/p>\n\n\n\n<p>-No, m\u00e9telo ya en una jaula. Se te ir\u00e1 en seguida.<a><\/a><\/p>\n\n\n\n<p>Mil consejos recibi\u00f3 el ni\u00f1o: en ellos tradujo el mismo deseo suyo por el ave, pero tambi\u00e9n algo de envidia o, quiz\u00e1, de temor. Era un tesoro colectivo y la gente perder\u00eda algo importante si escapaba.<a><\/a><\/p>\n\n\n\n<p>No obstante, el muchachito advert\u00eda que si durante tantas horas hab\u00edan vivido cerca, que si el p\u00e1jaro por s\u00ed mismo acept\u00f3 venirse, estaba excluido el peligro de perderlo. Se quedar\u00eda all\u00ed, en el nido o en el caimito, para siempre. Le gustaba tanto, lo deseaba tanto, que la fuerza misma de su amor ser\u00eda apta para retenerlo. Dej\u00f3 intacto al animal y no lo someti\u00f3 a la jaula. \u00bfPuedo reconocerme en ese rasgo de los ocho a\u00f1os?<\/p>\n\n\n\n<p>Durante la primera noche casi no durmi\u00f3, buscando a trav\u00e9s de la ventana la silueta espl\u00e9ndida en el nido. Inm\u00f3vil, el p\u00e1jaro parec\u00eda seguir su vigilia, su alegr\u00eda. Y todo el d\u00eda siguiente estuvieron pr\u00f3ximos: en el patio, comiendo, en el caimito, ante los instantes asombrados; cuid\u00e1ndolo con sus hermanos, hablando, adivinando el destino del ave. Por ratos \u00e9sta vol\u00f3 hacia los bosques, para volver a su mano. Ese inmenso corneta diurno, el verano, que nace m\u00e1s all\u00e1 de las costas y se detiene aqu\u00ed, en el \u00e1rbol alcanz\u00f3 as\u00ed su radiante plenitud.<a><\/a><\/p>\n\n\n\n<p>Ahora la emoci\u00f3n y la nueva noche le permitieron dormir confiado; cuanto el mundo pudiera darle estaba a su lado. La felicidad de los \u00faltimos d\u00edas hab\u00eda madurado, y nada faltaba en \u00e9l. Durmi\u00f3 con hondura, sosegado, habi\u00e9ndose entregado tambi\u00e9n por completo.<a><\/a><\/p>\n\n\n\n<p>De pronto algo lo distrajo del sue\u00f1o: un seco movimiento del aire, un roce entre las hojas del caimito. Cambi\u00f3 de posici\u00f3n, y despert\u00f3 realmente: afuera la silueta del nido estaba vac\u00eda. Palpitante, salt\u00f3 descalzo en el silencio de la casa; no quer\u00eda alarmar. Se acerc\u00f3 al alero: nada. Avanz\u00f3 hacia el \u00e1rbol y cada hoja lo enga\u00f1aba con formas de p\u00e1jaro. No hab\u00eda luna pero una arena blanca hac\u00eda todo visible. \u00bfSer\u00edan las doce? \u00bfA\u00fan dorm\u00eda? No, la humedad de la hierba, unas ramitas hirientes sacud\u00edan su piel. Comenz\u00f3 a trepar al \u00e1rbol y no pudo. Aguz\u00f3 los ojos: no, nada hab\u00eda en lo alto ni sobre otros \u00e1rboles. El viento, el silencio, her\u00edan. Quiso pedir ayuda: pero as\u00ed como hab\u00eda hecho invisible su felicidad, as\u00ed tambi\u00e9n se condujo con la p\u00e9rdida. El p\u00e1jaro hab\u00eda huido en medio de la gloria.<a><\/a><\/p>\n\n\n\n<p>Nunca volv\u00ed a verlo. Y ahora que estoy otra vez cerca del caimito, reconozco que esa herida banal no se ha curado: su huella es, a veces, un dolor; a veces aquel primer insomnio que renace. El deseo por esa figura salvaje y graciosa me acompa\u00f1a siempre: o por lo menos revive cuando el amor o lo inesperado me invitan. Ahora he regresado al pueblo, despu\u00e9s de tantos a\u00f1os. Muchas cosas cambiaron, pero el caimito, m\u00e1s ampuloso, exigente, no. Nadie puede recordar aquella historia de mi infancia. Y yo tambi\u00e9n podr\u00eda perderla si no estuviese ahora dentro de la sombra dorada del caimito, que parece escribir, con el sol, esos d\u00edas de los ocho a\u00f1os y de aquella aparici\u00f3n obsesiva.<\/p>\n\n\n\n<h3 class=\"wp-block-heading\">Asomo<\/h3>\n\n\n\n<p>La vio en el filo de luz que la puerta creaba. El cuerpo quemado y hermoso estaba afuera, pr\u00f3ximo a \u00e9l, tan cercano que la intensidad de su presencia lo perturb\u00f3. Quiso creer que la felicidad no es s\u00f3lo s\u00fabita e interminable en s\u00ed misma; tom\u00f3 el jab\u00f3n que la mujer acababa de entregarle y abri\u00f3 el grifo. Ba\u00f1\u00e1ndose, irgui\u00e9ndose bajo esta agua tibia que entraba m\u00e1s ac\u00e1 de su piel, trat\u00f3 de discernir la situaci\u00f3n. Magda re\u00eda, afuera, en el jard\u00edn; un momento antes se hab\u00eda levantado, olvidando el peri\u00f3dico que revisaba, y hab\u00eda acudido hasta la puerta del ba\u00f1o para escrutar el cuerpo desnudo del hombre bajo el agua. \u00c9l sonri\u00f3 un instante y advirti\u00f3 c\u00f3mo la luz y los arbustos, tras de la mujer, penetraban en su pensamiento con incontenible seguridad. Cualquier significado que tuviere m\u00e1s tarde la imagen de Magda m\u00e1s all\u00e1 de la puerta, envuelta en amarillos y verdes de cristal, en nada habr\u00eda de alterar la huella de esa aguda p\u00e9rdida de identidad: la alegr\u00eda viril. En alg\u00fan lugar de la casa otro invitado colocaba canciones francesas en el tocadiscos. Algo de ellas era ajeno a ese sol que escande la sensibilidad y el pensamiento de quienes lo perciben. No hab\u00eda viento y la inmovilidad desintegraba todo, menos la exultante apreciaci\u00f3n del hombre y de Magda.<a><\/a><\/p>\n\n\n\n<p>Afloj\u00f3 a\u00fan m\u00e1s el chorro; no podr\u00eda estar seguro. Por un momento se propuso a s\u00ed mismo descender con el agua, volver, admitir que su cuerpo se disolv\u00eda ante el acercamiento de la mujer. Pero hab\u00eda llegado el momento de repasar los acontecimientos: media hora despu\u00e9s, otra vez juntos, habr\u00edan de estar en el aeropuerto.<a><\/a><\/p>\n\n\n\n<p>El riesgo de ser primordialmente un est\u00e9tico, explicaba el viaje a esta poblaci\u00f3n porte\u00f1a. Invitado por una universidad, hab\u00eda venido a examinar dibujos encontrados entre los planos de un viejo colegio. Apenas recibi\u00f3 la citaci\u00f3n estructur\u00f3 el proyecto: en la ciudad de procedencia excluy\u00f3 de una vez la compa\u00f1\u00eda de los otros miembros del equipo; avis\u00f3 que viajar\u00eda un d\u00eda antes y que aguardar\u00eda a los dem\u00e1s en la oficina del rector, sobre el puerto rojizo que los esperaba. Junio impon\u00eda claridades en la ciudad; y sus noches, de nutritivas luminosidades, lo impulsaron a invitar a Magda. Hab\u00eda estado am\u00e1ndola durante un a\u00f1o, despu\u00e9s de encontrarla, al azar, en la reuni\u00f3n de unos amigos que escuchaban discos con m\u00fasica de Victoria y de Mahler. Aquel coro que superpon\u00eda el tiempo y arrojaba suaves cenizas en la piel, lo atormentar\u00eda siempre. Cantos en lat\u00edn y la aparici\u00f3n de Magda, hallada como en un falso engranaje, despu\u00e9s de diez a\u00f1os sin verse; todo ingresa a este esfuerzo por estibar los hechos mientras el agua toca sus m\u00fasculos y cruje, envolvi\u00e9ndolo con la imagen de Magda que espera afuera.<\/p>\n\n\n\n<p>Ha intuido que Magda \u00fanicamente busc\u00f3 en \u00e9l, durante ese a\u00f1o, la seguridad de su inteligencia, sus frases cortantes y su erudici\u00f3n. Nunca habl\u00f3 ella de algo que \u00e9l no conociera. Descubr\u00eda tras el bello rostro de la mujer la rasgadura que las apreciaciones del hombre -fugaces, precisas- convert\u00edan en inusitado deleite. Tambi\u00e9n ella es aguda; marcha paralela con el arte. Alguna vez hubo las caricias y penetrantes palabras, justamente al amanecer, cuando abandonaban las fiestas. Despu\u00e9s Magda desaparec\u00eda.<a><\/a><\/p>\n\n\n\n<p>Ella acept\u00f3; vinieron por dos d\u00edas a la \u00edgnea ciudad del puerto, adivinada \u00e9sta a trav\u00e9s de los cristales de la Universidad, hasta que las noches les permit\u00edan coincidir y recorrer las calles desiertas o acercarse al r\u00edo en cuyos bordes los \u00e1rboles imprim\u00edan tejidos y espectros. Durante la tercera noche, \u00e9l la dej\u00f3 con los dem\u00e1s y acudi\u00f3 al r\u00edo. Le dijo en voz baja: \u00abVoy al puente, como Hamlet\u00bb, y ella sonri\u00f3. Estuvo sentado en la tierra, oliendo claridades musgosas. Magda vino, dulc\u00edsima. No hablaron y el hombre alter\u00f3 la disposici\u00f3n de los peque\u00f1os detalles, impelido por la felicidad.<a><\/a><\/p>\n\n\n\n<p>De esa noche regresaron hace poco; el grupo los espera en el sal\u00f3n de la casa que la Universidad dispuso. Desde all\u00ed llegan las canciones francesas y en el peque\u00f1o cuarto que da al jard\u00edn, el hombre se ba\u00f1a lentamente, adivinando la presencia de Magda, quien acaba de asomarse y fijar el cuerpo delgado del amante en su pensamiento. Ahora los elementos se han integrado, inexplicables de nuevo, pero justos para coincidir con la alegr\u00eda del hombre.<\/p>\n\n\n\n<p>A\u00fan sale embriagado y sensitivo y casi no vuelve a pensar hasta que aborda el avi\u00f3n y comparte la silueta de Magda, de perfil, que centellea entre la luz de la ventanilla. De pronto no se atreve a hablar. Ni un signo, nada delata el cambio en ella. Pero el hombre comprende y queda aturdido; de esa ambig\u00fcedad del amor nada ha adquirido: estos d\u00edas no han sido el comienzo, sino un \u00e9xtasis final.<\/p>\n\n\n\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/jose-balza\/\" target=\"_blank\" rel=\"noreferrer noopener\">Sobre el autor<\/a><\/h4>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>La sombra de oro A Silda Cordoliani Claro que yo tambi\u00e9n tuve ocho a\u00f1os: puedo asegurarlo ahora por la sombra dorada del caimito. 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