{"id":10783,"date":"2024-01-14T21:20:07","date_gmt":"2024-01-14T21:20:07","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=10783"},"modified":"2024-01-14T21:20:52","modified_gmt":"2024-01-14T21:20:52","slug":"huella-bisonte","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/huella-bisonte\/","title":{"rendered":"La huella del bisonte"},"content":{"rendered":"\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\">H\u00e9ctor Torres<\/h4>\n\n\n\n<p><strong>1.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Un viejo dictador quiso tentar su fortuna y perdi\u00f3 un plebiscito que daba por ganado. Era 1988, a\u00f1o en que Ir\u00e1n e Irak finalizaron su est\u00fapida guerra con un score de cero a cero, y el oso sovi\u00e9tico inici\u00f3 su retiro de Afganist\u00e1n. El mismo en que Raquel se mudar\u00eda de la casa en la que vivi\u00f3 buena parte de la vida de su hija, acatando las instrucciones del destino, llegadas bajo el pedestre formato de una orden de desalojo.<\/p>\n\n\n\n<p>La tarde que recibi\u00f3 el documento cumpl\u00eda treinta y cinco a\u00f1os. Cumpl\u00eda, tambi\u00e9n, cuatro meses desempleada. El documento lo recibi\u00f3 su hija, que antes de saber de qu\u00e9 se trataba, se hab\u00eda sentido importante atendiendo la inusual visita del cartero. Con la carta en la mano, la mujer llor\u00f3 y maldijo al viejo cara de sapo, y la chica la secund\u00f3 sin tener muy claro las implicaciones del asunto. Una de ellas es que su bicicleta no la acompa\u00f1ar\u00eda al que ser\u00eda su nuevo hogar.<\/p>\n\n\n\n<p>Sin saber que disfrutaba del \u00faltimo agosto de esas calles despejadas, la ni\u00f1a se inclin\u00f3 sobre los pedales para aumentar la velocidad. Luego de un par de en\u00e9rgicas pedaleadas, se dej\u00f3 caer con suavidad, inclinando su cuerpo hasta tropezar la punta del asiento. Aprovechando el impulso y la larga recta, atraves\u00f3 la calle balanceando la pelvis hacia delante y hacia atr\u00e1s con expresi\u00f3n ausente, sintiendo la vibraci\u00f3n producida por las irregularidades del asfalto, que se expand\u00eda a todo el cuerpo cada vez que se inclinaba sobre el manubrio.<\/p>\n\n\n\n<p>Aunque la tarde estaba fresca y la brisa le daba de lleno, una expresi\u00f3n concentrada endurec\u00eda su cara de ni\u00f1a. Rod\u00f3 sin prisa hasta detenerse frente a una pared verde agua. La puerta estaba entreabierta. Con un empuj\u00f3n de la rueda delantera entr\u00f3 en la casa, dejando en el pasillo la bicicleta y su duro asiento de cuero negro, humedecido por el dulzor de su intimidad.<\/p>\n\n\n\n<p>Sin detenerse a saludar, subi\u00f3 corriendo hasta su cuarto.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00bfTe acordaste?, pregunt\u00f3 una voz desde la cocina.<\/p>\n\n\n\n<p>Me ba\u00f1o y bajo, respondi\u00f3 sin aminorar la carrera.<\/p>\n\n\n\n<p>La piel le brillaba por el sudor. Olvid\u00f3 llevar a casa la fruta que la mam\u00e1 le hab\u00eda encargado del abasto, pero no quiso distraerse con eso. Estaba urgida por mitigar la agitaci\u00f3n que hab\u00eda alimentado con cada pedaleada.<\/p>\n\n\n\n<p>Y sab\u00eda c\u00f3mo hacerlo.<\/p>\n\n\n\n<p>Lo descubri\u00f3 sin propon\u00e9rselo, un par de meses atr\u00e1s. Ese cuerpo que se le volv\u00eda extra\u00f1o le hab\u00eda estado enviando perentorias se\u00f1ales, y una tarde calurosa cedi\u00f3 a su invitaci\u00f3n, abriendo una puerta enorme. Luego de atravesarla, asustada por lo que hab\u00eda descubierto, huy\u00f3 de la soledad de su cuarto y de esa pesada puerta que no ser\u00eda f\u00e1cil volver a cerrar. Una puerta que daba a un sal\u00f3n largo y h\u00famedo, sin fondo aparente.<\/p>\n\n\n\n<p>Ese d\u00eda, en un impulso desconocido, agarr\u00f3 la bicicleta y se lanz\u00f3 a la calle. Apenas se sent\u00f3, recibi\u00f3 una pl\u00e1cida descarga que se le reg\u00f3 por el cuerpo como leche tibia. Sinti\u00f3 en las caderas una mezcla de crispaci\u00f3n y bienestar que se incrementaba en tanto ejerc\u00eda presi\u00f3n contra el asiento de la bicicleta.<\/p>\n\n\n\n<p>Comenz\u00f3 a pedalear con fuerza, dando vueltas a la manzana. Lejos de disminuir, las sensaciones aumentaban con cada vuelta, como la temperatura dentro de su ropa interior. Como cuando ten\u00eda ganas de orinar, pero de un modo m\u00e1s inquietante.<\/p>\n\n\n\n<p>Y m\u00e1s placentero.<\/p>\n\n\n\n<p>Luego de varias vueltas, regres\u00f3 a casa agotada. Al llegar a su cuarto, algo en el pecho, sin definici\u00f3n ni pausa, le imped\u00eda estarse quieta. Dej\u00f3 entonces que el instinto tomara el control. Cerr\u00f3 la puerta, ech\u00f3 el seguro y, con prisa, se quit\u00f3 toda la ropa. La mam\u00e1 dijo algo que no escuch\u00f3.<\/p>\n\n\n\n<p>Se me olvid\u00f3, respondi\u00f3.<\/p>\n\n\n\n<p>Las medias, la franela, el sost\u00e9n, parec\u00edan casas arrasadas por un hurac\u00e1n. Del otro lado del mundo la mam\u00e1 insist\u00eda en decir cosas que ella no lograba descifrar. Se par\u00f3 frente al espejo y se sobresalt\u00f3. Cada d\u00eda lo mismo. La chica desnuda frente a s\u00ed le parec\u00eda tan distinta a la que era apenas uno, dos a\u00f1os atr\u00e1s. No dejaba de asombrarle con qu\u00e9 prisa le crec\u00edan los pechos, con sus manchas oscuras que se derramaban espesamente, como sirope de chocolate.<\/p>\n\n\n\n<p>Se par\u00f3 al lado de la cama que en un tiempo comparti\u00f3 con Sarah y Cristina, e inici\u00f3 los ritos que sus nuevas formas le suger\u00edan. Ondular el cuerpo, mover las caderas, ensayar poses y miradas de vampiresa, bailando frente al espejo, sin quitarle la vista a sus tr\u00e9mulos pechitos. Una m\u00fasica venida de adentro le hac\u00eda girar la pelvis, con una cadencia r\u00edtmica y natural, como la de la cadena de su bicicleta.<\/p>\n\n\n\n<p>Se convert\u00eda, entonces, en Madonna. O en Cindy Lauper. Cientos, miles de miradas masculinas deliraban ante sus movimientos. Otras veces se sent\u00eda Catherine Fullop, Gigi Zanchetta, Rudy Rodr\u00edguez, las hero\u00ednas de las telenovelas que segu\u00eda con devoci\u00f3n, acompa\u00f1\u00e1ndolas en sus l\u00e1grimas y risas a trav\u00e9s de las veleidades del amor. Vuelta de nuevo a su tarima imaginaria, sin detener la danza, comenz\u00f3 a bajarse las pantaletas, con el mismo susto de siempre, mirando de reojo de cuando en cuando, como si viera furtivamente una pel\u00edcula prohibida.<\/p>\n\n\n\n<p>Desnuda del todo, con la prenda de corazones estampados enredada en uno de sus tobillos, se detuvo. Suspir\u00f3 hondo, desde muy adentro, para aquietar la respiraci\u00f3n. Le turbaba verse los huesos de la cadera, o los vellos que cubr\u00edan su pubis. Una lanita oscura, que comenzaba a tupirse. Se recorr\u00eda el cuerpo con las manos y, aun sintiendo el contacto, no dejaba de sentirlo ajeno, de pensar que esa era una desconocida.<\/p>\n\n\n\n<p>Sus novedades la excitaban tanto como las palabras que las nombraban. Verse en el espejo, tocarse y repetir vello p\u00fabico, provocaba un hilito de fr\u00edo en su pecho. Nalgas, dec\u00eda, y clavaba sus deditos en la carne. Pezones, y la mirada le brillaba y en sus labios resbalaba una sonrisa. Pezones, repet\u00eda y los rozaba con las palmas de las manos, o los halaba suavemente, mientras adquir\u00edan una turgencia inmediata. Le asombraba constatar las dimensiones que adquir\u00edan. Tocar y nombrar le generaba el deseo de seguir deslizando sus manos por esa piel que a\u00fan exhib\u00eda una tersura infantil. Apret\u00f3 duro las piernas entre s\u00ed y suspir\u00f3 cuando el ardor alcanz\u00f3 sus caderas.<\/p>\n\n\n\n<p>El instinto no requiere adiestramiento. Aunque le avergonzaba admitirlo, conoc\u00eda el m\u00e9todo para calmar esa inquietud cuando resultaba intolerable. Se met\u00eda al ba\u00f1o del cuarto, abr\u00eda el grifo de la regadera y entraba en ella. El agua resbalaba por su cuerpo. Una mano abrazaba su garganta. Cerraba los ojos. Conoc\u00eda el santo y se\u00f1a y lo hab\u00eda convertido en ceremonia cotidiana. Deslizaba su \u00edndice desde la garganta hacia abajo, atravesando el pecho, el vientre, los m\u00e1s viejos recuerdos, la calle solitaria, los sue\u00f1os impronunciables, el desasosiego, la lanita mojada&#8230; Cuando tropezaba con el sitio, daba un respingo.<\/p>\n\n\n\n<p>Entonces comenzaba a frotar.<\/p>\n\n\n\n<p>Despu\u00e9s del ba\u00f1o, las emociones eran ambiguas. Aunque distendida, la abrumaba la culpa. Terminaba de vestirse cuando un sonido brusco la sobresalt\u00f3. Hab\u00edan intentado abrir la puerta, y se alivi\u00f3 al recordar que hab\u00eda puesto el seguro.<\/p>\n\n\n\n<p>Se enfr\u00eda la comida, se\u00f1al\u00f3 una voz. Sin jugo, porque se te olvid\u00f3 otra vez la fruta.<\/p>\n\n\n\n<p>En un gesto mec\u00e1nico agarr\u00f3 el cepillo y, a\u00fan temblando, se pein\u00f3 frente al espejo.<\/p>\n\n\n\n<p>Ahora te la pasas encerrada, se quej\u00f3 la voz alej\u00e1ndose por el pasillo.<\/p>\n\n\n\n<p>Karla ech\u00f3 un \u00faltimo vistazo al espejo en busca de elementos delatores y, al no encontrarlos, sali\u00f3 del cuarto. No sin antes buscar con la vista a Cristina y Sarah, que desde los clavos en la pared en los cuales fueron a parar hace alg\u00fan tiempo, observaban con actitud neutral, sin juzgarla ni secundarla.<\/p>\n\n\n\n<p>Es como un calambre rico que empieza aqu\u00ed y se riega hasta ac\u00e1, se confesaba a s\u00ed misma, tratando de explicarse lo que le produc\u00eda el contacto de su dedo con el botoncito. Debo ser una enferma, se reprochaba en las noches, dando vueltas en la cama, intentando reprimir el deseo de seguir descubriendo. Pero era un calambre vicioso y hab\u00eda que tener mucha fuerza de voluntad para evitarlo. Sus manos de u\u00f1as cortas erraban por la quietud de la s\u00e1bana hasta que ca\u00edan, sin querer, en el botoncito.<\/p>\n\n\n\n<p>En esas noches se dorm\u00eda tarde, extenuada por la euforia.<\/p>\n\n\n\n<p>La bicicleta te est\u00e1 sacando piernas de futbolista. Ve a ver si paras un poco, le repet\u00eda la mam\u00e1 cuando, en las noches, ve\u00edan televisi\u00f3n en la sala. Karla, en guardia de inmediato, se estiraba instintivamente la balita de dormir para cubrirlas de la vista que husmeaba.<\/p>\n\n\n\n<p>Pero sab\u00eda que era en vano. Raquel, que todo lo descubre, tarde o temprano se enterar\u00eda.<\/p>\n\n\n\n<p><strong>2<\/strong>.<\/p>\n\n\n\n<p>Caracas es una ciudad de imposible definici\u00f3n. Una ciudad cuya \u00faltima amabilidad la ofrecen sus 27 grados de temperatura ambiente, y su \u00faltimo esplendor lo representa esa pared verde que la acompa\u00f1a con su ce\u00f1udo silencio, como de patriarca que no termina de decir qu\u00e9 le molesta tanto. Ochocientos metros m\u00e1s arriba que el mar, es una ciudad sin estrellas ni pensamientos inocentes. Ni lib\u00e9lulas que aleteen entre extintos ca\u00f1averales. Ni complicadas esperanzas.<\/p>\n\n\n\n<p>Por eso no es aconsejable padecerla en soledad.<\/p>\n\n\n\n<p>Pero Mario viv\u00eda solo. El libretista cuarent\u00f3n y un poco hura\u00f1o que hubiera querido ser novelista, ocupaba desde hac\u00eda a\u00f1os un apartamento en el piso ocho de un edificio en La Candelaria. Tras separarse de Am\u00e9rica (esto \u00faltimo siempre ser\u00e1 un eufemismo, porque te botan o te largas, y eso nunca ocurre sin un poco de sangre y extorsi\u00f3n), se negaba a volver a vivir con alguien. Su cama, su cuarto, su cepillo de dientes, hab\u00edan sido presentados a una variada lista de perfumes y nombres que no pasaron nunca de una segunda ocasi\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p>Mario no sol\u00eda visitar a sus amigos. Adem\u00e1s de la barra de Miguel, la librer\u00eda de Ra\u00fal y la discotienda de Antonio, no frecuentaba a nadie. A su madre, una vez al mes. Y esas visitas, usualmente los s\u00e1bados en la ma\u00f1ana, se limitaban a que ella le hablara de cosas que no le importaban sobre gente que no conoc\u00eda. Y que comentara con asombro el precio de todo lo que hab\u00eda comprado recientemente. Y que se quejara. De sus infinitos achaques, de lo sucia que estaban las calles, de lo peligrosa que se hab\u00eda vuelto Caracas, del dolor en los huesos, de la negligencia de los m\u00e9dicos al no encontrar las razones de sus insomnios y sus jaquecas. Y de lo poco que la visitaba.<\/p>\n\n\n\n<p>Mario respond\u00eda con monos\u00edlabos a las pocas preguntas que ella intercalaba en su bazar de quejas y \u2014\u00bfya te vas, tan r\u00e1pido?\u2014 se dejaba acompa\u00f1ar hasta la puerta del ascensor.<\/p>\n\n\n\n<p>Hay que comer sano, Mario. Acu\u00e9rdate de la osteoporosis.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00bfC\u00f3mo?<\/p>\n\n\n\n<p>Si, ataca los huesos. Los debilita.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00bfLa competencia est\u00e1 haciendo telenovelas de hospitales, mam\u00e1? , pregunta Mario, ce\u00f1o fruncido, sonrisa ladeada.<\/p>\n\n\n\n<p>Se siente en la ropa. Y en el sudor.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00bfEl qu\u00e9?<\/p>\n\n\n\n<p>Que desde hace a\u00f1os no hueles a comida casera.<\/p>\n\n\n\n<p>Interesante tema para un s\u00e1bado previo a la quincena. L\u00e1stima que lleg\u00f3 el ascensor. Mario la abraza con torpeza y, entrando en la cabina, agrega: Paso con m\u00e1s calma en estos d\u00edas.<\/p>\n\n\n\n<p>Si pasas en la semana, tr\u00e1eme aceite de oliva. En las revistas dicen que es antioxidante.<\/p>\n\n\n\n<p>Y se iba, prometi\u00e9ndole hacerlo. Cuidarse y llevarle el aceite. Y ella sab\u00eda que no lo ver\u00eda durante la semana, ni la semana siguiente. Y que no har\u00eda ninguna de las dos cosas. Acaso pasar\u00eda m\u00e1s a menudo si no fuera por esos temas de pasillo que a su mam\u00e1 tanto fascinaban. Temas que le dejaban como \u00fanica certeza el terror que sent\u00eda ella por la proximidad de la muerte. Y que gastaba lo que le quedaba de vida cuid\u00e1ndose de aquella.<\/p>\n\n\n\n<p>A diferencia de Am\u00e9rica, que en menos de un a\u00f1o se cas\u00f3 con Alfredo, Mario hab\u00eda encontrado mayor placer en las compa\u00f1\u00edas que desaparec\u00edan junto a la euforia, dej\u00e1ndolo a solas con su vida de comida enlatada. De sulfitos y toda suerte de demonios cancer\u00edgenos, seg\u00fan le advert\u00eda su mam\u00e1. Al principio se hab\u00eda dedicado con intensidad a recuperar el sabor de la solter\u00eda. &nbsp;Rara vez com\u00eda en su casa, rara vez estaba al d\u00eda con las facturas, rara vez preguntaba por Gabriela, su nena: que tendr\u00eda unos seis: siete a\u00f1os, cuando sobrevino la separaci\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p>Am\u00e9rica es maestra_ Es exactamente un a\u00f1o y dos meses menor que Mario, aunque suele parecer mayor por esas<\/p>\n\n\n\n<p>formas en las que se mezclaban cierta mojigater\u00eda infantil con un aire de grave adustez Cuando la mujer est\u00e1 pasando por un eclipse en su vida conyugal, como le sucedi\u00f3 a ella, necesita con urgencia ser el sol de alguien. Alfredo, que era contador en una empresa cercana al colegio, apareci\u00f3 en el momento preciso para alimentar el ego de ese sol desmantelado. Al principio se limitaba a invitarle un caf\u00e9, con insistencia, optando de buena gana al puesto que estaba dejando vacante el planeta salido de su \u00f3rbita.<\/p>\n\n\n\n<p>Un d\u00eda acept\u00f3 el caf\u00e9, y a partir de all\u00ed su nombre comenz\u00f3 a aparecer en las discusiones maritales, bajo la inasible forma del se\u00f1or Rodr\u00edguez. Luego, en un tiempo que a Mario se le antoj\u00f3 precoz, comenzaron a aparecer los <em>Alfredo tiene raz\u00f3n<\/em>. Yo no soy fea (de hecho, dice que no aparento mi edad). Yo me merezco <em>algo<\/em> mejor (completaba Mario con sorna, en las discusiones que se manten\u00edan hasta el amanecer). T\u00fa mereces alguien que te valore, ve\u00eda Mario al hombre sin rostro, al vampiro, al pa\u00f1uelo oportunista tom\u00e1ndole la mano a su mujer, sentados en un caf\u00e9.<\/p>\n\n\n\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/hector-torres-una-semblanza-de-su-vida\/\" target=\"_blank\" rel=\"noreferrer noopener\">Sobre el autor<\/a><\/h4>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>H\u00e9ctor Torres 1. Un viejo dictador quiso tentar su fortuna y perdi\u00f3 un plebiscito que daba por ganado. Era 1988, a\u00f1o en que Ir\u00e1n e Irak finalizaron su est\u00fapida guerra con un score de cero a cero, y el oso sovi\u00e9tico inici\u00f3 su retiro de Afganist\u00e1n. 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