{"id":10669,"date":"2024-01-07T18:40:53","date_gmt":"2024-01-07T18:40:53","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=10669"},"modified":"2024-01-07T18:43:28","modified_gmt":"2024-01-07T18:43:28","slug":"retrato-geografia","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/retrato-geografia\/","title":{"rendered":"Un retrato en la geograf\u00eda (parte I)"},"content":{"rendered":"\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\">Arturo Uslar Pietri<\/h4>\n\n\n\n<p><strong>1<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>La noche es m\u00e1s vasta y m\u00e1s poblada. Empieza a la hora de la gallina cuando comienzan a ponerse oscuras las matas en los corrales y dura, continua y espesa, hasta la hora de los primeros p\u00e1jaros. Una noche de la tierra, de los \u00e1rboles y de los animales, que todo lo une y lo borra y lo aleja.<\/p>\n\n\n\n<p>Lo primero era su larga vigilia. Solo con su vigilia. \u00abTampoco voy a dormir esta noche\u00bb. La sombra se iba haciendo clara y agitada. La estrecha cortina que cerraba la estrecha puerta iba tomando formas. Se o\u00edan ruidos que pod\u00edan venir desde muy lejos. Alguien roncaba en el calabozo de al lado. Roncan los que duermen, pensaba con envidia. \u00abTampoco voy a poder dormir esta noche\u00bb. Pueden ser las doce, o las nueve, o las dos de la madrugada. No hay reloj. A veces canta un gallo, pero hay gallos que cantan a la media noche. Canta en el corral de alguna casa cercana. Pasa el canto por encima del alto muro, por encima de los centinelas y rondas encapotados. Roncan los gordos y los viejos, piensa. Ronca el compa\u00f1ero del calabozo de al lado. Lo trajeron hace poco y todav\u00eda est\u00e1 gordo y ya es algo viejo. Y ronca Rafael Landa, su amigo el General Rafael Landa. Ronca en una buena cama, en una buena casa. Junto a \u00e9l debe tener alguna mujer que no es la suya. Rafael Landa no es de los que caen presos. Debe dormir con alguna mujer joven, en alguna casa que no es la suya. Cama blanda y caliente y algo revuelta.<\/p>\n\n\n\n<p>Pero \u00e9l est\u00e1 tendido solo, en una tabla sobre el piso. Boca arriba, con los ojos cerrados a la fuerza, sin dormir. Las piernas juntas, unidas por las argollas de los grillos.<\/p>\n\n\n\n<p>A veces siente como que lo llaman: \u00abDiego\u00bb. Es un susurro. Nadie lo llama. Nadie lo llama \u00abDiego\u00bb, all\u00ed sobre la tabla. Los carceleros lo llaman \u00abel General Collado\u00bb, los m\u00e1s insolentes le dicen tan s\u00f3lo \u00abCollado\u00bb. Pero, sin embargo, abre los ojos como si lo hubieran llamado. No puede ser nadie. Diego, lo llamaba su mujer Celmira. Era casi una ni\u00f1a cuando se cas\u00f3 con \u00e9l. Era como si lo hubiera llamado la boca de su mujer junto a su o\u00eddo. En la oscuridad del cuarto, en la proximidad del lecho, Celmira le susurraba en el o\u00eddo con una voz entrecortada y acezante para que nadie pudiese o\u00edr: \u00abDiego\u00bb. Como si \u00e9l pudiese estar junto a Celmira en la casa, o como si ella pudiese estar junto a \u00e9l en la estrecha tabla del suelo.<\/p>\n\n\n\n<p>Si pudiera dormir ya habr\u00eda pasado una noche m\u00e1s, que parec\u00eda no querer pasar, que se adher\u00eda y se atascaba como un enorme l\u00edo de trapos sucios mal atados pasando por pasadizos y ventanucos estrechos. Dormir\u00eda como sus ni\u00f1os. Siempre parec\u00eda descubrir que ya no eran ni\u00f1os. Rub\u00e9n y \u00c1lvaro ya eran hombres y Marta ya se hab\u00eda casado. Dorm\u00eda con una mu\u00f1eca en una cuna, cuando \u00e9l dej\u00f3 la casa, y ahora, en esa misma noche que lo tocaba a \u00e9l y la tocaba a ella, dorm\u00eda con un hombre que era su marido. Sinti\u00f3 cierta opresi\u00f3n de pensar en aquello. Era como si estuvieran en la espantosa intimidad del mismo lecho, en la espantosa intimidad de la misma noche.<\/p>\n\n\n\n<p>La misma noche cubr\u00eda al Alcaide de la c\u00e1rcel y cubr\u00eda al Prefecto y al Gobernador. Dorm\u00edan en alguna parte protegidos por sus guardias. Pod\u00eda alguno de ellos levantarse, s\u00fabitamente despierto, y acordarse de pronto de \u00e9l y decir, sin pensarlo mucho: \u00abPongan en libertad, ahora mismo, al General Diego Collado\u00bb. Y se sentir\u00eda el ruido de los pasos en el buz\u00f3n de hierro y el bamboleo de una linterna al acercarse y alguien arrancar\u00eda la cortina de la puerta del calabozo. Pero no. No pod\u00eda ninguno de ellos decir eso. No se atrever\u00eda ninguno de ellos ni siquiera a pensar eso. Eso s\u00f3lo lo pod\u00eda decidir una persona. En alg\u00fan recodo de la noche, lejos, m\u00e1s all\u00e1 de montes y de r\u00edos y de sembrados de ca\u00f1a y de corrales de vacas, pasando por pueblos dormidos y saliendo de pueblos dormidos, estaba el pueblo del General, estaba la casa del General, estaba el General. Era \u00e9l quien pod\u00eda decir esa palabra. Pero estaba dormido y no la dir\u00eda. Y cuando se despertara con el alba tampoco la dir\u00eda. Y si buscara en el fondo de su memoria tampoco tal vez encontrar\u00eda ese nombre del hombre que estaba en el calabozo cubierto por la misma noche que \u00e9l.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00abTampoco voy a dormir esta noche\u00bb, piensa quieto en su tabla Diego Collado. Los viejos duermen poco, piensa. Ya est\u00e1 viejo. Los viejos debieran ser los que m\u00e1s durmieran para que pasara pronto el tiempo y no se dieran tanta cuenta. La noche est\u00e1 llena de sue\u00f1o para todos y no para \u00e9l. Duermen todos. Menos el borracho que pasa en el coche de caballos que se siente alejarse a lo lejos y el gallo que ha vuelto a cantar anunciando una hora nueva y el nuevo d\u00eda. El tard\u00edo, lejano, perezoso, retrasado, torpe d\u00eda. Cuando llegue el fresco de la madrugada tal vez comience a dormir. Y se despierte con el ruido de los peroles del rancho; peltre y lat\u00f3n tintineantes y sucio guarapo de caf\u00e9 y mano gruesa y cuarteada como un pie del cabo de presos.<\/p>\n\n\n\n<p>Pero tampoco ser\u00e1 ese d\u00eda, el solo, esperado, incre\u00edble d\u00eda de salir de la prisi\u00f3n y de volver a la vida. Como no hab\u00eda sido ninguno de los 5.475 d\u00edas transcurridos para \u00e9l en la c\u00e1rcel. En las tibias tardes soporosas se pon\u00eda a contarlos como si fueran sucias monedas enterradas, de un crimen, perdidas e in\u00fatiles, que para nada pudieran ya servir. Sumaba los meses y los a\u00f1os y las Navidades y las Semanas Santas. Eran m\u00e1s. Contando los a\u00f1os bisiestos deb\u00edan ser 5.478 d\u00edas desde aquel en que se hab\u00eda ca\u00eddo del mundo por un hueco, a la profundidad de los muertos, con la sola diferencia de que el hueco era tan ancho como un peque\u00f1o circo triste y se abr\u00eda arriba a un redondel de sol y de cielo por el que pasaban las nubes y las estrellas del mundo de los vivos. Al otro mundo que qued\u00f3 atr\u00e1s estancado, borroso. Cuando regresara, si era que hab\u00eda regreso, sentir\u00eda la torpeza y el asombro de los resucitados.<\/p>\n\n\n\n<p>Pero no llegaba el d\u00eda, no iba a llegar nunca. Sal\u00edan presos y entraban presos pero eran otros. \u00c9l permanec\u00eda en su mismo calabozo como una ra\u00edz en la tierra, como un muerto en el hueco. Cuando entraba o sal\u00eda un preso le cerraban la cortina. Horas despu\u00e9s, un hilo de voces susurrantes iba llevando el nombre de calabozo en calabozo. A veces era un muerto. Se sab\u00eda entonces que hab\u00eda muerto alg\u00fan preso que hab\u00eda estado en larga agon\u00eda, porque se dejaba de o\u00edr el estertor.<\/p>\n\n\n\n<p>La esperanza de salir hab\u00eda durado muchos a\u00f1os. Las esperanzas de los presos se reencend\u00edan como brasas dormidas ante cualquier noticia o conjetura o indicio. El General iba a soltar los presos para la toma de posesi\u00f3n de su nuevo per\u00edodo. El General le hab\u00eda ofrecido a su madre enferma soltar los presos. El Papa, por medio del Nuncio, le hab\u00eda pedido al General soltar los presos. El Presidente de los Estados Unidos hab\u00eda exigido&#8230; Pero pasaba la fecha, se cumpl\u00eda la ocasi\u00f3n y todo quedaba igual para Diego Collado.<\/p>\n\n\n\n<p>Lo hab\u00edan prendido en abril de 1920. Exactamente el 19. Sonaban cohetes y las gentes andaban endomingadas por las calles de Caracas. Fue poco antes del almuerzo cuando sintieron los caballos de un coche detenerse a la puerta de la casa. Unas pisadas fuertes, un timbrazo, y aquellas caras fr\u00edas, untuosas y repugnantes de los tres hombres.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013 General Collado, venimos a buscarlo, de parte del Gobernador, para una averiguaci\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p>Eso fue todo. Su mujer y los ni\u00f1os lo rodearon como para defenderlo o retenerlo. Rub\u00e9n, el mayor, ten\u00eda quince a\u00f1os. \u00c1lvaro era un ni\u00f1o asombrado. Y Marta, que ten\u00eda apenas ocho a\u00f1os, con su mu\u00f1eca de trapo colgando de una mano, miraba sin comprender. Hubo algunas l\u00e1grimas.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013 No se aflijan, que pronto volver\u00e9.<\/p>\n\n\n\n<p>Subi\u00f3 al coche, dijo adi\u00f3s con la mano antes de cruzar la esquina, y, al poco rato, se detuvieron, no en la Gobernaci\u00f3n, sino a la puerta de la Rotunda, en medio de la alta pared pintada de un amarillo de miedo o de agon\u00eda. Eso fue todo. Como si hubiera salido por unas horas para una diligencia rutinaria.<\/p>\n\n\n\n<p>Era como si se hubiera salido del mundo de los vivos por un hueco. Afuera hab\u00eda quedado el mundo verdadero y la vida y los sucesos y las gentes y el General. A ellos no les llegaban sino vagos ecos incompletos, rumores fragmentarios, noticias escuetas. Ten\u00edan que adivinar o imaginar lo que pasaba afuera. Construirse, con los viejos recuerdos y con los datos inconexos, la historia que pasaba afuera, entre las gentes, en el pa\u00eds, en las casas, en las calles, no all\u00ed donde ellos estaban, que era como un planeta muerto, flotando en un espacio ajeno y distante.<\/p>\n\n\n\n<p>La vida de las otras gentes era distinta y estaba sometida a otras condiciones. Ellos envejec\u00edan en la prisi\u00f3n, pero el recuerdo de los que hab\u00edan dejado no envejec\u00eda. En el recuerdo eran ni\u00f1os y mujeres j\u00f3venes los que hab\u00edan quedado en la casa. Ellos, en cambio, envejec\u00edan en la prisi\u00f3n. Sentados en cuclillas, con las piernas encogidas sobre los grillos, mirando blanquear la barba, crecer las u\u00f1as, secarse la piel, ponerse los ojos turbios y el o\u00eddo torpe. Pero en la casa hab\u00edan quedado una mujer joven y unos ni\u00f1os.<\/p>\n\n\n\n<p>A veces corr\u00eda el rumor de que el General estaba gravemente enfermo. Eran d\u00edas de reencenderse las esperanzas. Si mor\u00eda el General volver\u00edan ellos a la vida. Pero no mor\u00eda, no parec\u00eda que iba a morir nunca. Volv\u00edan a pasar los d\u00edas y los meses y los a\u00f1os. En Italia hab\u00eda subido al poder un dictador. Y alg\u00fan tiempo despu\u00e9s otro en Alemania. \u00bfPoco tiempo despu\u00e9s? No, once a\u00f1os despu\u00e9s.<\/p>\n\n\n\n<p>Como prisionero, a alguna hora, se le alegraba el rostro. Era que pensaba en el d\u00eda de salir. Diego Collado tambi\u00e9n pensaba en su d\u00eda de salir. Vendr\u00edan por la ma\u00f1ana a quitarle los grillos. Lo llevar\u00edan luego a cortarle el pelo y a afeitarle la barba. Le habr\u00edan tra\u00eddo de su casa ropa. Despu\u00e9s de tantos a\u00f1os se pondr\u00eda una camisa y una corbata. Y pasar\u00eda por el ancho zagu\u00e1n, entre la guardia, hasta la calle, donde lo estar\u00edan esperando los suyos.<\/p>\n\n\n\n<p>Celmira, su mujer. Deb\u00eda estar vieja Celmira. Hab\u00edan pasado casi quince a\u00f1os desde que no la ve\u00eda, pero le costaba trabajo imaginarse a Celmira vieja. En los diecis\u00e9is a\u00f1os que vivieron juntos hab\u00eda cambiado muy poco. Muy poco hab\u00eda cambiado con los hijos. Conservaba la misma expresi\u00f3n desenfadada y golosa, y un poco arisca e ingenua que hab\u00eda tenido de muchacha, cuando se casaron. Casi tanto tiempo como el que vivieron juntos ten\u00eda ahora sin verla. Quince a\u00f1os sin o\u00edrla, sin verla, sin reconvenirla por sus impetuosas maneras de opinar o de hacer.<\/p>\n\n\n\n<p>Y estar\u00edan tambi\u00e9n todos sus hijos, o acaso s\u00f3lo algunos de ellos. Ya ser\u00edan unos hombres con sus caracteres hechos. Ya estaba irremisiblemente pasado para \u00e9l el tiempo en que el padre puede ilusionarse pensando que lograr\u00e1 moldear el car\u00e1cter y los gustos de los hijos.<\/p>\n\n\n\n<p>Acaso estar\u00eda Marta, tambi\u00e9n. Hac\u00eda m\u00e1s de un a\u00f1o que hab\u00eda recibido la noticia de que Marta se casaba. Ya ten\u00eda ventitr\u00e9s a\u00f1os. Hab\u00eda sido un matrimonio en la intimidad por el padre preso. Lo hab\u00edan esperado posponiendo durante tres a\u00f1os, esperando su libertad y por \u00faltimo hab\u00edan decidido casarse sin esperar m\u00e1s. Hab\u00edan hecho bien. Dios sabe cu\u00e1ndo iba a salir Diego Collado de aquella prisi\u00f3n inacabable. Los hijos de los muertos se casan tambi\u00e9n; por qu\u00e9 no se iba a casar la hija del prisionero que hab\u00eda estado enterrado en aquella c\u00e1rcel por a\u00f1os y a\u00f1os.<\/p>\n\n\n\n<p>Se hab\u00eda casado con Sa\u00fal Verr\u00f3n. Era un abogado, hab\u00eda tenido alguna figuraci\u00f3n secundaria en el Gobierno. Algunos presos nuevos le hab\u00edan dicho que era hombre inteligente, astuto y temible como contrario. No era precisamente un elogio, pero m\u00e1s nada pod\u00eda saber Diego Collado sobre aquel yerno que deb\u00eda ser un estudiante desconocido para la \u00e9poca en que fue reducido a prisi\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p>Estar\u00eda \u00c1lvaro, su segundo hijo, que era estudiante de derecho. Le hab\u00edan dicho que era una inteligencia brillante y que ten\u00eda inclinaci\u00f3n a escribir. \u00bfDe d\u00f3nde le vendr\u00eda a este muchacho la afici\u00f3n de escribir? No hab\u00eda habido intelectuales entre los Collado. Hab\u00edan sido pol\u00edticos, hacendados, militares ocasionales en las guerras civiles. Ni uno siquiera hab\u00eda sido un universitario. Pero los tiempos cambian, pensaba Collado, los tiempos cambian y no era raro que ahora saliera un Collado intelectual.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00c9l hab\u00eda conocido en los tiempos de Castro algunos intelectuales y no se hab\u00eda formado buena idea de esa clase de gentes. Tomaban mucho, ten\u00edan poco dinero, eran m\u00e1s sablistas que otra cosa y se pasaban las horas desmelenados, en alguna taberna, recitando poes\u00edas o comentando sandeces. A lo mejor eso tambi\u00e9n hab\u00eda cambiado.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00bfQu\u00e9 ser\u00eda lo que no habr\u00eda cambiado? Todo deb\u00eda estar cambiado y desconocido. La ciudad, las casas, la gente, las costumbres. Muchos de sus amigos hab\u00edan muerto y ahora figurar\u00edan muchos hombres que eran apenas unos muchachos cuando \u00e9l entr\u00f3 a la c\u00e1rcel. Hab\u00eda ahora m\u00e1s autom\u00f3viles que coches de caballo. Y hab\u00eda aeroplanos, que sent\u00eda pasar libres por el aire libre con aquel poderoso vibrar de los motores. \u00c9l mismo, tambi\u00e9n hab\u00eda cambiado. Por descontado, estaba viejo. Hab\u00eda entrado de cuarenta y dos a\u00f1os y ahora iba a cumplir cincuenta y siete. No ten\u00eda canas cuando entr\u00f3 y ahora la cabeza y la barba estaban casi totalmente blancas. Ten\u00eda m\u00e1s a\u00f1os que los que ten\u00eda su padre cuando muri\u00f3 y que, entonces, a \u00e9l le hab\u00eda parecido tan viejo. Los cabos de preso le dec\u00edan viejo desde hac\u00eda tiempo. \u00abLl\u00e9venle el rancho al viejo del 12\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>Pero con todo qu\u00e9 inmensa alegr\u00eda la que encerraba aquel d\u00eda esperado, imaginado, acariciado durante tantos a\u00f1os. Cinco y media veces m\u00e1s noches que en los cuentos de Sheherezada. Cincuenta y cuatro veces m\u00e1s d\u00edas que los cien de Napole\u00f3n. El tiempo completo para cumplir y agotar cinco generaciones de toros, seis generaciones de perros, quince generaciones de gatos. Y por lo que era de aquellas sucias moscas insistentes y torpes, que le andaban sobre el rostro, por las manos, entre los dedos de los pies y que revoloteaban sobre las paredes del calabozo, m\u00e1s generaciones que las generaciones de hombres que se hab\u00edan sucedido desde el diluvio hasta que \u00e9l entr\u00f3 en la c\u00e1rcel.<\/p>\n\n\n\n<p>Era el cuento de nunca acabar. Las ma\u00f1anas y las tardes contando los d\u00edas y tejiendo una noticia con un nombre o con un fragmento de informaci\u00f3n. Era como haber vuelto a caer en una inacabable infancia. Ya no era el General Diego Collado, ya no era el marido de una mujer, ni el padre de unos hijos, sino una especie de ni\u00f1o tonto, sentado en un rinc\u00f3n, fuera del tiempo, oyendo contar el cuento que no termina y que recomienza siempre con la misma palabra.<\/p>\n\n\n\n<p>Pero una vez volvi\u00f3 la noticia, la misma noticia que otras ve- ces tambi\u00e9n hab\u00eda llegado, hab\u00eda pasado como un soplo por el hueco de los calabozos y se hab\u00eda desvanecido. \u00abEl General est\u00e1 enfermo\u00bb. \u00abEl General est\u00e1 muy grave\u00bb. Tiene diez d\u00edas encerrado en su casa de Maracay. Han llamado m\u00e9dicos de todas partes. Ya no habla. Ya no conoce. Ya le dieron los \u00f3leos. Ya entr\u00f3 en la agon\u00eda. \u00abEl General est\u00e1 de muerte\u00bb. El General est\u00e1 muriendo\u00bb. \u00abEl General est\u00e1 muerto y no lo quieren decir\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>Hab\u00eda movimiento inusitado de guardias en los caminos de ronda. Las miradas se cruzaban llenas de interrogantes y de angustias. Pasaba el tiempo. No iba a ser verdad tampoco. Iba a ser como tantas otras veces. Pero la noticia se confirm\u00f3. Se atrevi\u00f3 a decirla un cabo. El General hab\u00eda muerto al filo de la noche del martes. Sin embargo nada cambiaba. Era como si no hubiera pasado nada. Alguien se atrevi\u00f3 a gritar pidiendo libertad. Vinieron los cabos a callarlo.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00abTodo va a seguir lo mismo\u00bb, pens\u00f3 con horror Diego Collado. \u00abNada va a cambiar para nosotros\u00bb. De todos los horrores que hab\u00eda esperado era aqu\u00e9l el m\u00e1s espantoso. Que el General estuviera muerto, que el General estuviera enterrado, y que ellos fueran a continuar en la c\u00e1rcel como si nada hubiera ocurrido, por millares de d\u00edas y por millares de noches, como musgo, como huesos mudos, como piedras.<\/p>\n\n\n\n<p>Dos d\u00edas despu\u00e9s se oy\u00f3 mucho vocer\u00edo por las calles y repetidos disparos hacia el centro de la ciudad. Algo grave deb\u00eda estar ocurriendo. Hac\u00eda mucho tiempo que no se o\u00edan tiros y gritos en Caracas. M\u00e1s tarde el hervor de voces se concentr\u00f3 frente a la c\u00e1rcel. Era como una inmensa muchedumbre que rug\u00eda, cantaba y gritaba. \u00abFuera los presos. Viva la libertad\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>Se sent\u00eda un nervioso ruido de herrer\u00eda. Los cabos estaban quitando los grillos. Hab\u00edan abierto la reja del buz\u00f3n. Asomaban al patio gentes venidas de la calle. La guardia parec\u00eda haber desaparecido.<\/p>\n\n\n\n<p>Cuando le quitaron los grillos, Diego Collado se incorpor\u00f3 con dificultad y empez\u00f3 a caminar hacia la salida, lentamente, como con temor de caer. De all\u00ed en adelante se sumergi\u00f3 en un torbellino de brazos, de voces, de empellones. Ve\u00eda todo aquel r\u00edo de rostros que lo rodeaba y que pasaba por su lado y buscaba desesperadamente algo que pudiera revelarles en uno de aquellos hombres la huella de las facciones que guardaba en el recuerdo de sus ni\u00f1os. Iba saliendo lentamente entre el gent\u00edo. Ojos ansiosos, que quer\u00edan reconocerlo, lo miraban desde todas partes. Ya estaba en la calle. Ya abr\u00eda los brazos queriendo abrazar a todo el que se acercaba.<\/p>\n\n\n\n<p>Oy\u00f3 una voz bronca y poderosa que gritaba:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013 Collado. El General Collado.<\/p>\n\n\n\n<p>Acert\u00f3 apenas a decir:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013 Yo.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013 Pap\u00e1. Soy Rub\u00e9n. Un hombre desconocido, de mirada radiante, lo tom\u00f3 en brazos y lo sac\u00f3 en vilo por entre la apretada muchedumbre.<\/p>\n\n\n\n<p>2<\/p>\n\n\n\n<p>\u00abNo es bueno dejar de vivir quince a\u00f1os y volver a la vida\u00bb, pensaba Diego Collado, sin atreverse a decirlo. Todo lo que iba encontrando era distinto y no correspond\u00eda a lo que \u00e9l esperaba, a lo que hab\u00eda ido construyendo en aquellas lentas y repetidas imaginaciones del prisionero.<\/p>\n\n\n\n<p>Rodaron largo tiempo por unos nuevos barrios que \u00e9l no conoc\u00eda. En lugar de las viejas casas de zagu\u00e1n y ventanas enrejadas, se alzaban quintas de dos plantas rodeadas de jardines. A su lado, en el autom\u00f3vil, iba Sa\u00fal Verr\u00f3n y adelante, al lado del chofer, Rub\u00e9n, su hijo.<\/p>\n\n\n\n<p>Le dec\u00edan esas cosas tontas que se le dicen a los enfermos para reiterarle que estaba muy bien, que no parec\u00eda venir de tan larga prisi\u00f3n, para darle noticias atropelladas sobre las m\u00e1s variadas gentes y sobre los diversos sucesos que hab\u00edan ocurrido desde la muerte del Dictador.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00c9l ve\u00eda aquel hombre extra\u00f1o y macizo de treinta a\u00f1os que estaba sentado delante de \u00e9l y no lograba verlo como su hijo Rub\u00e9n. Tampoco quer\u00eda hablar mucho, se hab\u00eda acostumbrado a no hablar en los largos a\u00f1os de reclusi\u00f3n solitaria, y las cosas que se le ocurr\u00eda decir le parec\u00edan muy banales. \u00abQu\u00e9 hombre est\u00e1s\u00bb. \u00abQu\u00e9 bonito est\u00e1 esto\u00bb. \u00abQu\u00e9 cambiado est\u00e1 todo\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>El autom\u00f3vil se hab\u00eda detenido frente a una quinta y aquella mujer un poco gorda, de cabellos grises que corr\u00eda hacia \u00e9l, llorando, era Celmira. Casi no tuvo tiempo de mirarla. Se estrecharon en un largo abrazo lleno de los sollozos de ella y de frases sin sentido.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013 Dios es muy grande. Ya cre\u00eda que no te volver\u00edamos a ver. Qu\u00e9 cosa tan grande, Dios m\u00edo.<\/p>\n\n\n\n<p>Detr\u00e1s una mujer joven, bella, un poco recatada y t\u00edmida; era Marta.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013 Hija \u2013 la estrech\u00f3 en sus brazos.<\/p>\n\n\n\n<p>Ya era una mujer mayor de lo que era Celmira cuando se cas\u00f3 con \u00e9l. Ten\u00eda que hacer un esfuerzo de la mente para pensar que era aquella misma ni\u00f1a menuda y t\u00edmida con cuyo recuerdo hab\u00eda sonre\u00eddo tantas veces. Era una mujer \u00e1gil, hermosa, ajena, con un timbre de voz que nada le recordaba. No era su ni\u00f1a sino la mujer de Sa\u00fal Verr\u00f3n. Se volvi\u00f3 a verlo bruscamente como si tuviera que reclamarle algo. Como si fuera a reclamarle por su ni\u00f1a. Verr\u00f3n le sonre\u00eda con afecto y repet\u00eda:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013 Est\u00e1 muy bien, General. Est\u00e1 nuevecito.<\/p>\n\n\n\n<p>Era claro que era mucho mayor que Marta. Representaba m\u00e1s de cuarenta a\u00f1os, calvo, de piel curtida por las intemperies, de ojos menudos, inquietos y fr\u00edos. \u00c9se era el hombre que hab\u00eda hecho de su ni\u00f1a aquella mujer. Ten\u00eda las manos velludas, aquel desconocido. Abrazando a Marta con el brazo izquierdo y a Celmira con el derecho, entr\u00f3 a la casa, lentamente, como en una procesi\u00f3n. Pens\u00f3 que entraba como a rastras, como en andas, y pens\u00f3 tambi\u00e9n, de pronto, que nada de aquello le pertenec\u00eda, que era como un intruso que hab\u00eda surgido de pronto dentro de unas vidas ajenas.<\/p>\n\n\n\n<p>Estaba como de visita en una casa extra\u00f1a. Era curiosa su situaci\u00f3n. Lo que sent\u00eda eran ganas de haber llegado a aquella otra casa, que era su casa, de donde lo hab\u00edan sacado preso y a la que hab\u00eda vuelto en imaginaci\u00f3n durante todos los inacabables a\u00f1os de la c\u00e1rcel. No reconoc\u00eda casi nada. Ten\u00eda que empezar a reconocer todo, la familia, los muebles, los cuartos, el sitio mismo donde la casa estaba dentro de la ciudad. Porque todav\u00eda no pod\u00eda lograr sentirse colocado dentro de la ciudad. Era como andar a oscuras por una sala desconocida.<\/p>\n\n\n\n<p>Se sentaron en el recibo. Aquel hombre sentado ante \u00e9l, con los brazos cruzados en una tensa actitud de espera, era su hijo Rub\u00e9n. Aquel otro era Sa\u00fal Verr\u00f3n, su yerno. Era el que dec\u00eda: \u00abUsted va a tener un papel importante en esta nueva situaci\u00f3n pol\u00edtica. El pa\u00eds tiene que reconocerle sus gran- des sacrificios. Gentes con menos m\u00e9ritos que usted est\u00e1n regresando ahora del destierro y se presentan con declaraciones y programas para que se les tome en cuenta\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>Celmira, sentada a su lado, le agarraba t\u00edmidamente la mano, y hablaba entrecortadamente de todas las personas que hab\u00edan llamado para preguntar por \u00e9l y para anunciar visita. Era como un gran suceso, como un matrimonio, como un nacimiento.<\/p>\n\n\n\n<p>La ve\u00eda de reojo para que ella no se diera cuenta de que la miraba como buscando en aquella cara desconocida los rasgos de aquel otro rostro que tantas veces se hab\u00eda iluminado de amor por \u00e9l. Por \u00e9l o por aquel otro hombre que \u00e9l hab\u00eda sido antes. No era as\u00ed como se peinaba. Ahora ten\u00eda tambi\u00e9n unas manchas oscuras en el dorso de las manos. Estaban m\u00e1s regordetas aquellas manos. Lo que le recordaban eran las manos de su madre. Regordetas y manchadas tambi\u00e9n.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013 El tel\u00e9fono no ha parado ni un minuto. Todos preguntan por ti y quieren venir a saludarte.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00bfQui\u00e9nes eran todos esos? Gentes sumergidas o desaparecidas en quince a\u00f1os de ausencia. Muchos que ni siquiera recordaba. Muchos que ni siquiera hab\u00eda conocido y que eran amigos de sus hijos.<\/p>\n\n\n\n<p>Era Rub\u00e9n el que hablaba: \u00abYo creo que debemos dejar que pap\u00e1 descanse un poco y que se arregle antes de que lleguen las visitas\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>Descansar, como si fuera poco quince a\u00f1os de soledad y de paciencia. Pero Marta insist\u00eda:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013 No nos has contado nada, pap\u00e1. Todos hablamos y no te dejamos hablar a ti. Cu\u00e9ntanos de tu vida en la c\u00e1rcel. Todos esos horrores que pasaste.<\/p>\n\n\n\n<p>No se vest\u00edan as\u00ed las mujeres antes. Mostraba las piernas casi hasta las rodillas aquella mujer que era Marta, su ni\u00f1a. Y se le marcaban demasiado los senos debajo de la blusa.<\/p>\n\n\n\n<p>Todos callaron para o\u00edrlo. Verr\u00f3n miraba de soslayo con displicencia. Entonces cay\u00f3 en cuenta de que ten\u00eda muy pocas cosas que contar de la prisi\u00f3n. Hubiera tenido que contar lo que hac\u00eda en un d\u00eda cualquiera.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013 Pasaste muchas necesidades, papa\u00edto -dec\u00eda Marta con mimo.<\/p>\n\n\n\n<p>Se hab\u00eda acostumbrado a no hablar, a rumiar silenciosamente algunas ideas o algunos recuerdos, como un buey atado a un botal\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013 Uno se acostumbra a todo, hija.<\/p>\n\n\n\n<p>Aquella era la casa de la familia Collado. Era lo que rumiaba entonces el lento buey que hab\u00eda nacido dentro de \u00e9l en la prisi\u00f3n. Pero si fuera la casa de la familia Rodr\u00edguez o P\u00e9rez, su situaci\u00f3n no ser\u00eda notablemente distinta. Hablar\u00eda delante de \u00e9l una joven extra\u00f1a que le dir\u00edan que era su hija. Tendr\u00eda a otro lado un hombre antip\u00e1tico, que ser\u00eda su yerno, y a su lado le agarrar\u00eda la mano una mujer envejecida y extra\u00f1a. Hizo un esfuerzo y pregunt\u00f3 por un amigo:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013 Y Pepe Ram\u00edrez, \u00bfc\u00f3mo est\u00e1?<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013 Por Dios, Diego, si tiene m\u00e1s de diez a\u00f1os de muerto -le respondi\u00f3 su mujer.<\/p>\n\n\n\n<p>Aquella mujer que estaba a su lado que era Celmira. Se repleg\u00f3 con temor. No iba a preguntar por m\u00e1s nadie. Las gentes por quienes pod\u00eda preguntar ya se habr\u00edan muerto todas o ser\u00edan viejos olvidados.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013 \u00bfD\u00f3nde est\u00e1 pap\u00e1, d\u00f3nde est\u00e1?<\/p>\n\n\n\n<p>Irrumpi\u00f3 dando voces por la puerta otro hombre delgado, de pelo revuelto, sin corbata, seguido de tres o cuatro no menos alborotados que \u00e9l. Se volvi\u00f3 hacia Celmira con una mirada de interrogaci\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013 Es \u00c1lvaro, tu hijo. Ya te contar\u00e9. Pero ya \u00c1lvaro estaba ante \u00e9l, y cuando se levantaba para abrazarlo lo levant\u00f3 en vilo y lo estrech\u00f3 con fuerza extraordinaria.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013 Ya est\u00e1s aqu\u00ed, pap\u00e1 y vas a tener mucho que hacer para ayudarnos a todos. Todos estamos orgullosos de ti. \u00bfVerdad, compa\u00f1eros?<\/p>\n\n\n\n<p>Los acompa\u00f1antes se acercaron en tropel para abrazarlo. Tendi\u00f3 los brazos, apret\u00f3 manos, oy\u00f3 nombres y volvi\u00f3 a sentarse para o\u00edr a aquel hombre alto y delgado que parec\u00eda hablar para un p\u00fablico inmenso:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013 Venezuela tiene que liquidar hasta los \u00faltimos restos de la tiran\u00eda. Hay que hacer un escarmiento ejemplar castigando a todos los responsables de los desmanes. Han sido demasiados los atropellos y las vejaciones que hemos sufrido. Todo el pa\u00eds est\u00e1 en pie para pedir el castigo.<\/p>\n\n\n\n<p>Collado casi no lo o\u00eda por mirarlo \u00e1vidamente. Era menos alto que \u00e9l. \u00bfA qui\u00e9n se parec\u00eda? Ten\u00eda algo de la familia de Celmira. Pero en el modo de plantarse y de gesticular era como \u00e9l. As\u00ed gesticulaba \u00e9l cuando todav\u00eda ten\u00eda juventud e impulsividad. Y adem\u00e1s hablaba bien el muchacho. Era el que le gustaba escribir y leer mucho. \u00bfC\u00f3mo ser\u00edan las cosas que escrib\u00eda Alvaro? En eso no se parec\u00eda a \u00e9l.<\/p>\n\n\n\n<p>Sa\u00fal Verr\u00f3n parec\u00eda o\u00edr con incomodidad y desagrado. Despu\u00e9s, como si se dirigiera tan s\u00f3lo a Rub\u00e9n, coment\u00f3 socarronamente:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013 Tendr\u00e1n que convertir a Venezuela en una inmensa prisi\u00f3n para castigar al pa\u00eds entero, porque el pa\u00eds entero es c\u00f3mplice de lo que ha pasado.<\/p>\n\n\n\n<p>Pero \u00c1lvaro que lo hab\u00eda o\u00eddo se volvi\u00f3 enardecido hacia \u00e9l:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013 Esa es la tesis mentirosa y alcahueta que han inventado algunos para justificar la tiran\u00eda como si fuera una enfermedad de la sociedad y para exonerar de culpa a los tiranos y sus c\u00f3mplices directos. Esa tesis es falsa. El pa\u00eds no es c\u00f3mplice sino v\u00edctima de unos cuantos que han utilizado criminalmente el poder. A \u00e9sos es a los que hay que castigar para que no vuelva a ocurrir lo mismo.<\/p>\n\n\n\n<p>Con tono fr\u00edo y cortante, Verr\u00f3n le replic\u00f3 tratando de parecer sereno y como colocado en una superioridad indiferente:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013 El pa\u00eds, mi querido \u00c1lvaro, no es solamente ese pu\u00f1ado de j\u00f3venes atolondrados y de bochincheros que se han hecho due\u00f1os de la calle, por debilidad del Gobierno, y que creen que no hay otra cosa que hacer que manifestaciones y m\u00edtines todos los d\u00edas, para agredir a todo ser viviente y para proponer los m\u00e1s grandes disparates. Est\u00e1n muy equivocados los que creen esto y muy pronto van a salir de su enga\u00f1o. El pa\u00eds no ha cambiado y es el mismo que temi\u00f3, acat\u00f3 y obedeci\u00f3 al General G\u00f3mez por veintisiete a\u00f1os, hasta que se muri\u00f3 de viejo. Y all\u00ed est\u00e1 el ej\u00e9rcito y los hombres de peso de todo el pa\u00eds, que no van a soportar indefinidamente este ambiente de desorden y de irresponsabilidad. Aqu\u00ed lo que falta es sensatez y realismo, porque todas estas ridiculeces que estamos haciendo nos van a llevar a una tiran\u00eda peor que todas las que hemos soportado hasta ahora.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00c1lvaro comenz\u00f3 a responder con la voz atropellada y fuerte y los ojos encendidos de ira:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013 Esta es una revoluci\u00f3n y todo va a cambiar. Vamos a echar abajo todo lo que est\u00e9 podrido y no tendremos contemplaciones de ning\u00fan g\u00e9nero.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013 Con semejante clase de argumentos no se puede discutir, mi querido \u00c1lvaro -dijo Verr\u00f3n ir\u00f3nicamente-. Si ustedes van a hacer una revoluci\u00f3n, si ustedes van a cambiar todo, si ustedes son due\u00f1os del presente y del porvenir, habr\u00eda en primer lugar que preguntar: \u00bfqui\u00e9nes son ustedes?, \u00bfcon cu\u00e1les fuerzas y posibilidades cuentan?, porque yo no percibo hasta ahora otra cosa que palabrer\u00eda.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013 Contamos con la justicia y con el pueblo.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013 Esas son abstracciones demag\u00f3gicas. Si tuviera tiempo y paciencia podr\u00eda probar con muy buenas razones que ustedes no representan al pueblo ni a la justicia&#8230;<\/p>\n\n\n\n<p>\u00c1lvaro se hab\u00eda demudado. Se ve\u00eda que iba a saltar literalmente sobre su cu\u00f1ado.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013 Por Dios -interrumpi\u00f3 Celmira\u2013, no vayamos a enfrascarnos ahora en una de esas horribles discusiones pol\u00edticas en las que nadie logra convencer a nadie y todos salen bravos. Hoy es un gran d\u00eda y todos estamos contentos. Nada de discusiones hoy. Les tengo un almuerzo espl\u00e9ndido.<\/p>\n\n\n\n<p>Y comenz\u00f3 a describir con detalles todos los platos que hab\u00eda preparado.<\/p>\n\n\n\n<p>Diego Collado se hab\u00eda quedado como abstra\u00eddo. La palabra \u00abrevoluci\u00f3n\u00bb, la palabra \u00abjusticia\u00bb, la palabra \u00abpueblo\u00bb resonaban en su mente despertando viejos ecos. Cu\u00e1ntas veces las hab\u00eda o\u00eddo. Cu\u00e1ntas veces se hab\u00eda estremecido con ellas y hab\u00eda cre\u00eddo en ellas. La m\u00e1s vieja que recordaba era la revoluci\u00f3n legalista de Crespo. Los hab\u00eda visto entrar en Caracas bajo una lluvia tenaz que dur\u00f3 m\u00e1s de tres d\u00edas. Iba el General Crespo envuelto en una cobija azul, chorreando agua desde el sombrero hasta las botas. El 97 fue la Mochera. Despu\u00e9s hab\u00eda sido la revoluci\u00f3n de Castro. Despu\u00e9s fue la libertadora de Matos. En ella tom\u00f3 parte activa. Combati\u00f3 en La Victoria y cay\u00f3 prisionero de G\u00f3mez en Ciudad Bol\u00edvar, con un tiro en una pierna. G\u00f3mez no iba a olvidar m\u00e1s nunca que una vez lo tuvo en la fila contraria. Y luego fue la reacci\u00f3n gomecista de 1908. Se volvi\u00f3 a hablar de revoluci\u00f3n, de justicia, de rehabilitaci\u00f3n nacional. Toda la historia de Venezuela parec\u00eda resonar en esas palabras.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013\u00bfNo quieres subir a lavarte y a cambiarte un poco?<\/p>\n\n\n\n<p>Era Celmira que con un dejo maternal lo tomaba por el brazo y lo conduc\u00eda por la escalera al alto. Los dem\u00e1s quedaron abajo enfrascados en sus comentarios y en sus discusiones. \u00c9l iba del brazo de aquella mujer cuya fisonom\u00eda, cuya voz, cuyo cuerpo eran distintos de lo que \u00e9l recordaba de aquella otra que hab\u00eda sido su mujer durante diecis\u00e9is a\u00f1os, hac\u00eda ya tanto tiempo.<\/p>\n\n\n\n<p><strong>3<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Salido del ba\u00f1o, pasado por las manos del peluquero, metido en un viejo traje que le quedaba holgado y como ajeno, el General Collado volvi\u00f3 del alto a la reuni\u00f3n familiar. Con aquel traje de corte anticuado ten\u00eda cierto aire risible de disfraz.<\/p>\n\n\n\n<p>Fue Marta la primera que se atrevi\u00f3 a decirlo, riendo:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013 Ay, pap\u00e1, tienes que quitarte ese vestido que te queda tan feo. Ya eso no se lo ponen sino los muchachos en el carnaval para los disfraces de mojiganga. Sa\u00fal te prestar\u00e1 uno de sus trajes, mientras te hacen alguno nuevo. \u00bfVerdad, Sa\u00fal? Ay, papito, te ves tan raro.<\/p>\n\n\n\n<p>Algunos sonrieron. Collado se pas\u00f3 las manos por las solapas demasiado altas y estrechas, se las baj\u00f3 hasta el borde de la chaqueta, demasiado larga y entallada y sinti\u00f3 como si aquella vestimenta lo aislara de los que lo rodeaban.<\/p>\n\n\n\n<p>Era el traje de un hombre de otro tiempo, pensaba, mientras Ie hac\u00edan bromas y le daban cari\u00f1osas palmadas en la espalda. Era el traje del tiempo en que \u00e9l hab\u00eda estado entre los vivos, era el traje del tiempo al que \u00e9l hab\u00eda pertenecido y que no era ya este tiempo donde lo hab\u00eda vuelto a arrojar, despu\u00e9s de haberlo guardado por tanto tiempo en su oscura entra\u00f1a, la ballena de la prisi\u00f3n. Aquel traje hab\u00eda estado colgado en un armario, inmutable, mientras \u00e9l, semidesnudo, ve\u00eda pasar los soles y las lunas desde el calabozo. Hab\u00eda estado fuera de la vida, como \u00e9l tambi\u00e9n hab\u00eda estado fuera de la vida, y ahora se reun\u00edan, en cierto modo tambi\u00e9n fuera de la vida.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013 Cuando uno ha tenido tanto tiempo sin vestirse, ya no sabe ni c\u00f3mo llevar la ropa\u2013 &nbsp;dijo por decir algo, pero Sa\u00fal Verr\u00f3n le interrumpi\u00f3 con altas voces desde la entrada.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013 Mire qui\u00e9n est\u00e1 aqu\u00ed. \u00bfA que no adivina?<\/p>\n\n\n\n<p>Era un hombre menudo, viejo pero erguido el que ven\u00eda del brazo de Verr\u00f3n. Como en un rel\u00e1mpago se dio de pronto cuenta de qui\u00e9n era. Era como la caricatura, la sombra, la borrosa imagen de aquel audaz y astuto Rafael Landa que fue su amigo y compa\u00f1ero de tantos a\u00f1os.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013 Rafael, \u00bfc\u00f3mo va a ser? \u00bfT\u00fa aqu\u00ed?<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013 Diego, ya cre\u00eda que no nos volver\u00edamos a ver.<\/p>\n\n\n\n<p>Los dos hombres se apretaron en un estrecho abrazo.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013 Todos ustedes conocen a mi amigo el General Rafael Landa.<\/p>\n\n\n\n<p>Uno a uno le fueron dando la mano. Todos lo conoc\u00edan, pero cada quien a su manera.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013 Celmira, mi mujer.<\/p>\n\n\n\n<p>Celmira conoc\u00eda un Rafael Landa poco recomendable para ella. Hab\u00eda vivido lo m\u00e1s de su vida separado de su mujer, con sucesivas y ostentosas queridas establecidas en llamativas casas.<\/p>\n\n\n\n<p>Sa\u00fal Verr\u00f3n sab\u00eda que era rico y h\u00e1bil para los negocios. Ten\u00eda grandes propiedades agr\u00edcolas. Era productor de az\u00facar y de caf\u00e9 y ten\u00eda muchas casas en la ciudad. Alguna vez Sa\u00fal Verr\u00f3n tuvo que intervenir en alg\u00fan proceso de deslinde o en alguna compra en que era parte el General Landa. Era tambi\u00e9n un hombre con fama de valor temerario. \u00c1lvaro, en sus concili\u00e1bulos de joven conspirador, hab\u00eda o\u00eddo muchas veces el cuento de c\u00f3mo el General Landa, solo, se hab\u00eda presentado a un cuartel sublevado y lo hab\u00eda sometido, o de c\u00f3mo con un pu\u00f1ado de hombres, durante una guerra civil, hab\u00eda asaltado y tomado una plaza fuerte. En las horas m\u00e1s angustiosas de la dictadura, cuando llegaba el momento m\u00e1gico de confiar o so\u00f1ar con los m\u00e1s imposibles azares, no faltaba alg\u00fan revolucionario que asomara el nombre de Landa como el de un posible caudillo de la revuelta contra el Dictador.<\/p>\n\n\n\n<p>Landa hab\u00eda sido vivo, pensaba Marta, que se lo hab\u00eda o\u00eddo nombrar muchas veces a su marido Sa\u00fal Verr\u00f3n. Aunque hab\u00eda perdido mucho del favor del Dictador en los \u00faltimos a\u00f1os, hab\u00eda logrado no ir a la c\u00e1rcel y conservar su fortuna, mientras, al mismo tiempo, en los c\u00edrculos revolucionarios no lo ve\u00edan con malos ojos, pues hab\u00eda sabido dar discretas ayudas, alimentar esperanzas y mostrar cautelosas simpat\u00edas. Para los m\u00e1s de los que estaban all\u00ed era un hombre que inspiraba temor, desconfianza o antipat\u00eda.<\/p>\n\n\n\n<p>Collado y Landa se fueron a sentar aparte en un rinc\u00f3n de la peque\u00f1a sala. Todo el primer tiempo de la conversaci\u00f3n se fue en desarticulados recuerdos del pasado com\u00fan.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013 Te acuerdas, Diego, de la vez que le ganamos la cobija y la mula al Chueco D\u00edaz, jugando dados en el campamento.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013\u00bfC\u00f3mo no me voy a acordar, Rafael? Si todav\u00eda me parece estarle viendo la cara y o\u00edrle las maldiciones que echaba.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013 Te acuerdas, Rafael, del negro Calixto, tan buen gallego que era. Muri\u00f3 en la c\u00e1rcel, el pobre, y siempre te recordaba mucho.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013 Al pobre Calixto lo chismearon con el General. Le hicieron ver que estaba en una conspiraci\u00f3n para matarlo en la gallera. En los \u00faltimos tiempos ya no se pod\u00eda vivir, si ibas a la gallera eras sospechoso y si no ibas eras sospechoso tambi\u00e9n. Yo no s\u00e9 c\u00f3mo pude salvarme de ir a la c\u00e1rcel. Hubo d\u00edas en que estuve esperando por horas que me vinieran a buscar.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013 Rafael, el \u00fanico lugar donde no sospechaban de uno, era donde yo estaba, en la c\u00e1rcel.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013 Ya uno no sab\u00eda qu\u00e9 hacer, Diego, si iba a la hacienda dec\u00edan que estaba preparando un alzamiento con los peones. Si no iba dec\u00edan que estaba tan metido en una conspiraci\u00f3n que ya no sal\u00eda de la ciudad y ni me ocupaba de mis tierras.<\/p>\n\n\n\n<p>Collado sinti\u00f3 la necesidad de afirmar el presente contra aquel pasado temeroso.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013 Pero ya todo eso se acab\u00f3, Rafael. Se acab\u00f3 por completo.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013 Eso no se puede acabar as\u00ed no m\u00e1s, Diego. No ha habido todav\u00eda un cambio fundamental de la situaci\u00f3n. Ha muerto el jefe, pero no ha surgido el nuevo jefe.<\/p>\n\n\n\n<p>Collado parec\u00eda no o\u00edrlo. Estaba como ensimismado contemplando su rid\u00edculo traje anticuado, que era como un s\u00edmbolo de todo lo que pod\u00eda separarlo del presente.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013 \u00bfQu\u00e9 te pasa, Diego?<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013 Desde que estoy en libertad he pensado muchas veces en esto mismo que te voy a decir ahora, Rafael. No lo tomes a mal. Pienso que t\u00fa y yo y los hombres de nuestro tiempo, pasamos con el tiempo del Dictador. \u00c9se fue nuestro tiempo y no supimos utilizarlo. Ahora estamos tan fuera de \u00e9poca como este traje que tengo, Rafael. Te has fijado lo rid\u00edculo que se ve. Y era un magn\u00edfico traje de nuestro tiempo. Cuando \u00e9l era un buen traje los Generales Landa y Collado eran hombres del presente.<\/p>\n\n\n\n<p>Landa replic\u00f3 con vehemencia:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013 Somos del presente, Diego. \u00bfQu\u00e9 manera de hablar es \u00e9sa? \u00bfAcaso los hombres se improvisan? Ahora es cuando valemos m\u00e1s los hombres como t\u00fa y yo y ahora es cuando vamos a desempe\u00f1ar un gran papel. El pa\u00eds se ha quedado sin jefes. Ni estos j\u00f3venes que se dicen revolucionarios, ni estos militares de parada que nunca han o\u00eddo un tiro, ni estos desterrados, desconectados del medio, pueden coger las riendas de este pa\u00eds. Son los hombres como nosotros los que tienen la mejor oportunidad ahora.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013 Ojal\u00e1 sea como t\u00fa dices, pero temo que te hagas muchas ilusiones, Rafael.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013 No me hago ilusiones. Me siento tan capaz y tan lleno de energ\u00edas como en mis mejores tiempos, y tengo ahora mucha m\u00e1s experiencia. Nosotros somos los \u00fanicos que sabemos lo que hay que hacer, y eso es una ventaja considerable.<\/p>\n\n\n\n<p>Collado mov\u00eda la cabeza con un gesto sonriente de negaci\u00f3n. Fue entonces cuando Landa llam\u00f3 a \u00c1lvaro que se hab\u00eda ido aproximando en un esfuerzo para o\u00edr la conversaci\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013 \u00c9ste es tu hijo.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013 S\u00ed, \u00e9ste es \u00c1lvaro.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013 Vamos a llamarlo para probarte lo que te digo.<\/p>\n\n\n\n<p>Lo llam\u00f3 bruscamente.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013 Venga ac\u00e1, joven, ac\u00e9rquese.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00c1lvaro se aproxim\u00f3 con cautela.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013\u00bfMe llamaba usted, General?<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013 S\u00ed, te llamo porque aqu\u00ed estoy conversando con tu padre, que es un amigo m\u00edo muy viejo y muy querido, y no logramos ponernos de acuerdo sobre un punto en el que t\u00fa puedes darnos una opini\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013 Con mucho gusto, General, si mi opini\u00f3n, que no vale nada, puede servirles de algo.<\/p>\n\n\n\n<p>Landa observ\u00f3 al mozo con detenimiento. Ten\u00eda todo el aspecto de esos j\u00f3venes que hablaban en los m\u00edtines de barrio con una oratoria gritona y desenfrenada.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013 Dime, \u00bfqui\u00e9n es el jefe de esta situaci\u00f3n que vive el pa\u00eds?<\/p>\n\n\n\n<p>El mozo pareci\u00f3 vacilar ante la inesperada pregunta:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013 No creo haberle entendido bien, General, pero \u00e9sta es una situaci\u00f3n que no tiene un jefe determinado.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013 Lo ven -grit\u00f3 en triunfo el General Landa-. Lo ven. No hay jefe. Una situaci\u00f3n sin jefe no puede durar.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00c1lvaro trat\u00f3 de replicar:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013 S\u00ed puede durar. En lugar de un jefe estamos tratando de crear una organizaci\u00f3n del pa\u00eds. Las tribus tienen jefes, los pueblos primitivos tienen jefes, pero las naciones modernas no tienen un jefe, sino una organizaci\u00f3n en la que el poder y las responsabilidades est\u00e1n distribuidos. Y eso es lo que debemos tratar de hacer en Venezuela, si queremos dejar de ser una tribu para convertirnos en una naci\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p>Landa replic\u00f3 con disgusto:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013 Eso no es cierto. En todos los pa\u00edses hay jefes. Usted cree que Stalin, no es un jefe, que Hitler no es un jefe, que Mussolini no es un jefe, que el mismo Roosevelt no es un jefe. O cree usted que esos pa\u00edses est\u00e1n gobernados por una organizaci\u00f3n an\u00f3nima que no tiene jefatura conocida.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013 La cosa no es tan sencilla, General -trat\u00f3 de explicar \u00c1lvaro-. En los pa\u00edses totalitarios s\u00ed hay una jefatura, pero tampoco en el sentido en que aqu\u00ed lo entendemos. Pero lo que aqu\u00ed deseamos no es establecer ning\u00fan sistema totalitario, sino un orden democr\u00e1tico.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013 Pues por medio de ese orden democr\u00e1tico sin jefes no llevar\u00e1n ustedes el pa\u00eds sino al caos. Todos esos son disparates de que tienen ustedes la cabeza llena.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00c1lvaro trataba de contener el enojo que lo agitaba y miraba a su padre que trataba de calmarlo con gestos:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013 \u00c9sta es, General, la insalvable diferencia que separa a los hombres de su generaci\u00f3n de las nuevas generaciones. Ustedes no entienden sino de jefes y subalternos, y nosotros pensamos en otra cosa y buscamos otra cosa.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013 \u00c9sa es la diferencia, tiene usted raz\u00f3n, nosotros tenemos una experiencia y sabemos c\u00f3mo hay que hacer las cosas y ustedes creen que todo lo van a arreglar con palabrer\u00edas y discursos. Ah\u00ed est\u00e1 el pa\u00eds, al que nosotros entendemos y ustedes no, y un d\u00eda se va a cansar de ustedes y de sus disparates y los va a poner en su sitio para abrirle paso a los hombres que verdaderamente lo entienden, lo sienten y lo representan.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00c1lvaro iba a replicar, pero de la calle llegaron grandes voces, gritos descompuestos, estruendos de golpes y estallidos.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013 \u00bfQu\u00e9 pasa? -preguntaban las mujeres con angustia.<\/p>\n\n\n\n<p>Por la puerta y las ventanas se asomaron a la calle. A poca distancia un grupo numeroso de gente del pueblo acababa de asaltar una casa. Hab\u00edan hundido la puerta y como un hormiguero, cruzaban por el estrecho zagu\u00e1n los que pugnaban por entrar y los que sal\u00edan cargados de toda clase de muebles.<\/p>\n\n\n\n<p>Del interior de la casa sal\u00edan voces, gritos y ruido de maderas rotas.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013 Est\u00e1n saqueando la casa del segundo Jefe de la Polic\u00eda \u2013 explic\u00f3 alguien.<\/p>\n\n\n\n<p>Marta estaba p\u00e1lida y temblorosa y Celmira no pudo ver aquello sino un momento, se persign\u00f3 y se meti\u00f3 para adentro:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013 Qu\u00e9 horror, van a acabar con esa casa. C\u00f3mo es posible que dejen hacer esas cosas. Era un horrible espect\u00e1culo de destrucci\u00f3n y de desorden. Hombres desharrapados, mujeres en harapos y muchos ni\u00f1os descalzos sacaban cuadros, sillas, colchones. Una refrigeradora blanca flotaba entre un oscuro co\u00e1gulo de cabezas. Un piano de cola con una pata rota y la tapa levantada, parec\u00eda un monstruo herido. La acera y la calle se fueron llenando de papeles, pedazos de tela y fragmentos de vajilla. Algunos peque\u00f1os grupos forcejeaban disput\u00e1ndose botellas de vino y licores. Un negro alto y fornido llevaba sobre las espaldas un gran espejo de marco dorado en el que la calle y la muchedumbre se reflejaban dando tumbos descompasados.<\/p>\n\n\n\n<p>Desde la casa de Collado miraban con estupor y sobrecogimiento. Era como un cataclismo desatado que se fuera acercando. Se hab\u00eda empezado a desintegrar y a deshacer aquella casa como una planta cubierta por un hormiguero. Resonaban golpes secos de maderas rotas. Asomaban sillas sobre las cabezas, retratos sobre las espaldas, grandes tiestos con palmeras, el baldaquino de damasco de una cama flotaba sobre ocho cuerpos. Todas las ventanas y las puertas de la calle hab\u00edan comenzado a cerrarse.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013 C\u00f3mo es posible que se tolere esto. Con sacar una compa\u00f1\u00eda a la calle y disparar sobre el primer grupo de saqueadores que topen, se acaba toda esta vagabunder\u00eda.<\/p>\n\n\n\n<p>Era la voz del General Landa, fr\u00eda, desafiante que se alzaba como un canto de gallo.<\/p>\n\n\n\n<p><strong>4<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Los \u00faltimos visitantes se despidieron cerca de la medianoche. Diego Collado sent\u00eda la fatiga de todo el ajetreo y variedad de aquel d\u00eda tan plet\u00f3rico de sucesos, de emociones, de revelaciones y de rostros. Hab\u00eda permanecido silencioso las m\u00e1s de las veces, como si hubiera perdido el h\u00e1bito de intervenir en largas y confusas conversaciones. A cada instante parec\u00eda escaparse para regresar a encerrarse dentro de s\u00ed mismo.<\/p>\n\n\n\n<p>Marta lo hab\u00eda observado:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013 Pap\u00e1 est\u00e1 cansado, mejor es que lo dejemos descansar y volvamos ma\u00f1ana.<\/p>\n\n\n\n<p>Cuando Verr\u00f3n y Marta se despidieron los dem\u00e1s visitantes se vieron obligados a hacer lo mismo. Se fueron apagando las conversaciones. Sobre las mesas quedaron muchos vasos a medio llenar y por todas partes montones de colillas de cigarrillos.<\/p>\n\n\n\n<p>Rub\u00e9n, que hab\u00eda permanecido un poco al margen de las discusiones, resolvi\u00f3 salir con algunos amigos con los que hab\u00eda estado conversando de negocios. \u00c1lvaro se despidi\u00f3 de sus padres y se fue a su habitaci\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p>CoIlado y Celmira subieron lentamente al alto, mientras los criados cerraban las puertas y apagaban las luces.<\/p>\n\n\n\n<p>Fue entonces cuando a Collado se le ocurri\u00f3 pensar por primera vez que estaba solo con aquella que hab\u00eda sido su mujer. La casa estaba silenciosa, la noche estaba llena de una vasta paz de campo lejano y en el silencio resonaban con fuerza los lentos pasos del hombre y la mujer que acababan de subir la escalera. Celmira le hab\u00eda colocado la mano sobre los hombros y caminaba un poco apoyada sobre \u00e9l. La mir\u00f3 de reojo. Era la primera vez que se encontraba solo con una mujer desde hac\u00eda quince a\u00f1os.<\/p>\n\n\n\n<p>Sent\u00eda una curiosa turbaci\u00f3n y las manos se le hab\u00edan puesto fr\u00edas. En la soledad de la prisi\u00f3n hab\u00eda evocado mujeres, hab\u00eda so\u00f1ado con ellas. Hab\u00eda evocado el fantasma de las hermosas mujeres que hab\u00edan despertado sus sentidos en la juventud. Mujeres de largos y entallados trajes de pesado encaje, con anchos sombreros de plumas. Muchas veces hab\u00eda recordado a Celmira. Una mujer llena de sana juventud y de frescura que ten\u00eda una inocencia animal.<\/p>\n\n\n\n<p>Pero ahora se encontraba junto a aquella mujer encanecida y un poco gorda, en la que pocas cosas quedaban de la otra Celmira. Una mujer que no ten\u00eda aquella feminidad animal y a la que el sufrimiento y la larga espera hab\u00edan despojado de todo significado er\u00f3tico. A una desconocida llena de ese aire dulce, respetable y resignado, hubiera sido repugnante que alguien hubiera pretendido requerirla carnalmente. Aquellos hombres y aquella otra mujer, que eran los hijos que ella hab\u00eda tenido en el tiempo de su carne, la hab\u00edan visto subir, como si fuera por primera vez, sola con un hombre y en sus ojos hab\u00eda habido algo de escandalizado.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00c9l ven\u00eda a resultar el viejo libidinoso que iba a manchar la vida limpia de aquella mujer mansa. \u00bfQu\u00e9 palabras podr\u00eda \u00e9l decirle que no resultaran blasfematorias? Hab\u00edan llegado frente a la puerta de la alcoba de ella. All\u00ed se detuvieron. Estaba en medio la cama tendida, sobre la cabecera una imagen de la Virgen del Perpetuo Socorro, sobre la mesa de noche, ante una lamparilla, otra imagen del Coraz\u00f3n de Jes\u00fas. All\u00ed se detuvo Collado, y habl\u00f3 con voz quebrada:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013 Celmira, eres muy buena. Ahora comprendo que eres m\u00e1s de lo que antes cre\u00eda que eras para m\u00ed.<\/p>\n\n\n\n<p>Ella sonri\u00f3 satisfecha e hizo el gesto de entrar en el cuarto, pero \u00e9l la detuvo.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013 Mejor es que yo me vaya a dormir a mi cuarto. As\u00ed descansar\u00e1s t\u00fa mejor y yo me ir\u00e9 habituando de nuevo, poco a poco, a lo que fue mi vida.<\/p>\n\n\n\n<p>Ella comprendi\u00f3 todo lo que de ternura y delicadeza hab\u00eda en las palabras de aquel hombre que el destino le hab\u00eda devuelto y se le humedecieron los ojos. Lo acompa\u00f1\u00f3 a su cuarto, lo ayud\u00f3 a acostarse, como si fuera un ni\u00f1o, apag\u00f3 la luz, cerr\u00f3 la puerta y se march\u00f3 de puntillas a su habitaci\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p>No le fue f\u00e1cil a Diego Collado dormir aquella noche. Todo era extra\u00f1o y nuevo y despertaba reservas de sorpresa en su sensibilidad. La cama muelle, la sombra completa, el silencio de la casa, la ausencia de los pasos de los centinelas y del tintineo de los grillos de los que se mov\u00edan en la sombra de los calabozos, le hac\u00edan dif\u00edcil conciliar el sue\u00f1o.<\/p>\n\n\n\n<p>Por su cabeza desfilaban con rapidez cinematogr\u00e1fica las im\u00e1genes del inmediato presente y del largo pasado. La rueda de los calabozos que se asomaban al patio oscuro eran como grandes cabezas muertas huecas, como grandes bocas abiertas para decir algo que no se o\u00eda. Pero el patio oscuro era vasto y parec\u00edan form\u00e1rsele cerros y llanuras y r\u00edos. Era como el mapa de Venezuela. El mapa tendido como una arena de gallera que desde cada uno de aquellos huecos alguien ve\u00eda a su manera. Alguien ve\u00eda como el apostador que sigue la ri\u00f1a de vida o muerte, de riqueza o pobreza, de ganar o perder.<\/p>\n\n\n\n<p>Por las laderas se tend\u00edan los bosques y por entre los bosques asomaban los cafetales. El caf\u00e9 era tambi\u00e9n como un gallo de apuesta, en la ribera del mar estaba el cacao que era tambi\u00e9n como un gallo negro y rojo de pelea. Y en la llanura estaban las vacadas cimarronas, a la sombra de las matas, en las riberas de los ca\u00f1os.<\/p>\n\n\n\n<p>Todos estaban en el hueco de su calabozo mirando la pelea. La pelea de ser ricos o ser pobres. Del caf\u00e9 a buen precio o del cacao sin ventas. La pelea de ser poderosos o prisioneros. La pelea de mandar o de esconderse. La pelea de estar en la buena o de estar en la mala.<\/p>\n\n\n\n<p>Venezuela era una gallera, donde se jugaba el destino de los hombres. O era un patio de presidio. O era aquella inmensa soledad a la que hab\u00eda vuelto Diego Collado, que sali\u00f3 un d\u00eda de una casa donde hab\u00eda ni\u00f1os, una mujer y muchas esperanzas y que volvi\u00f3 quince a\u00f1os despu\u00e9s a otra casa, donde una mujer que ya no era su mujer y unos hombres que ya no eran sus hijos, lo recibieron con unas palabras y unos cari\u00f1os que ya no le pertenec\u00edan.<\/p>\n\n\n\n<p>Al hombre que sali\u00f3 le hab\u00edan pertenecido otras cosas. Pero hab\u00eda pasado quince a\u00f1os inm\u00f3vil mirando la oscura gallera donde se libraba un infinito combate de vida o muerte. El hombre que volvi\u00f3 hubiera podido volver a aquella casa. Pero aquella casa hab\u00eda terminado. Ya no exist\u00eda, ni exist\u00eda su mujer, ni exist\u00edan sus ni\u00f1os. Era como si \u00e9l hubiera muerto, o como si hubieran muerto todos y \u00e9l hubiera regresado a una casa donde todos hab\u00edan dejado de ser.<\/p>\n\n\n\n<p>Se despert\u00f3 bruscamente. Se pas\u00f3 la mano temblorosa por la frente llena de sudor. Todo estaba quieto, lejano y presente en la sombra. Reconoci\u00f3 la habitaci\u00f3n, record\u00f3 la casa, supo d\u00f3nde estaba ahora, y volvi\u00f3 a tenderse en busca del sue\u00f1o.<\/p>\n\n\n\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\">Sobre el autor<\/h4>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Arturo Uslar Pietri 1 La noche es m\u00e1s vasta y m\u00e1s poblada. Empieza a la hora de la gallina cuando comienzan a ponerse oscuras las matas en los corrales y dura, continua y espesa, hasta la hora de los primeros p\u00e1jaros. 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