{"id":10636,"date":"2024-01-05T21:46:47","date_gmt":"2024-01-05T21:46:47","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=10636"},"modified":"2024-01-06T12:43:51","modified_gmt":"2024-01-06T12:43:51","slug":"eres-lo-que-lees","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/eres-lo-que-lees\/","title":{"rendered":"\u201cEres lo que lees\u201d: fingimiento y colocaci\u00f3n como ejercicio de lectura (o viceversa)"},"content":{"rendered":"\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\">Gabriel Payares<\/h4>\n\n\n\n<p>Escoger un mejor libro, un autor importante o una lista de favoritos, o simplemente un libro que nos haya cambiado la vida, es siempre un asunto problem\u00e1tico y peliagudo. Toda selecci\u00f3n entra\u00f1a sus riesgos, no s\u00f3lo por el resabido asunto de las parcialidades y la imposibilidad de ser objetivo, sino porque, especialmente en el mundo literario, no existe un escritor (cr\u00edtico, investigador, profesor) que no haya sido lector antes, ni existe una diferenciaci\u00f3n como tal entre los avatares de la lectura y de la escritura y la creaci\u00f3n. Juzgamos al escritor por sus lecturas y por sus opiniones de ellas, tanto \u2014o quiz\u00e1s m\u00e1s\u2014 como por sus escrituras y sus talentos individuales, los que en muchas ocasiones vienen precisamente a contradecir de lo opinado. Eso nos sit\u00faa en un panorama complejo, en donde la pose y el fingimiento constituyen estrategias de agenciamiento y de colocaci\u00f3n en el campo letrado, que derivan en un ejercicio casi propagand\u00edstico de asociaciones: escribes como lees, por tanto eres lo que lees. Esta ponencia, quiz\u00e1s m\u00e1s af\u00edn a una reflexi\u00f3n personal, pretende nadar con salvavidas ficcional en estas aguas turbulentas.<\/p>\n\n\n\n<p><strong>I<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Par\u00eds, Francia, 1964. En una entrevista para el diario franc\u00e9s France-Observateur, Roland Barthes afirmaba no saber demasiado \u00ab\u2026lo que es una \u201cinfluencia\u201d; en mi opini\u00f3n lo que se transmite no son \u201cideas\u201d, sino \u201clenguajes\u201d, es decir formas que se pueden llenar de modos diferentes; es por eso que la noci\u00f3n de circulaci\u00f3n me parece m\u00e1s justa que la de influencia; los libros son m\u00e1s bien \u201cmonedas\u201d que \u201cfuerzas\u201d\u00bb (1981: pp. 27-30). Quisiera empezar admitiendo mi gusto por esta \u00faltima met\u00e1fora que Barthes nos ofrece. La raz\u00f3n estriba en que da pie no s\u00f3lo a razonamientos acad\u00e9micos profundos, como los que sin duda escucharemos en boca de alg\u00fan otro ponente, sino tambi\u00e9n a im\u00e1genes y construcciones bastante entretenidas, que en lo personal me llaman mucho la atenci\u00f3n. Suplantar un esquema arb\u00f3reo de la literatura \u2014casi de \u00e1lbum familiar\u2014 en el que cada nuevo rostro proviene de gestarse en la lectura de alguno anterior, por uno burs\u00e1til, quiz\u00e1s incluso bancario, en el que la divisa literaria \u2014moneda de aquellos que no sabemos hacernos con la real\u2014 sea producto del flujo de un imaginario determinado entre diversos tipos de consumidores, quiz\u00e1s no haya sido la idea exacta del citado cr\u00edtico franc\u00e9s, pero la asumiremos de esa manera en pro de construir el escenario propicio para algunas reflexiones personales sobre el tema.<\/p>\n\n\n\n<p>Me gusta pensar, por ejemplo, que en este escenario burs\u00e1til de la literatura, las bibliotecas juegan el nada despreciable papel de colosales entidades bancarias, contenedoras de enormes sumas de divisas que hacer circular entre su clientela; una met\u00e1fora que nos har\u00e1 sin duda ver con otros ojos el t\u00e9rmino \u00abpr\u00e9stamo circulante\u00bb: no olvidemos que los libros contenidos en ellas, al igual que el papel moneda en nuestras billeteras, no son sino eso, un pr\u00e9stamo, uno tanto simb\u00f3lico como material, que pertenece a aquellas entidades a las que nos afiliemos demostrando nuestra conducta confiable y responsabilizada: debemos ser dignos de recibir ese pr\u00e9stamo. Esto, l\u00f3gicamente, nos convierte a nosotros, los lectores, en ahorristas: algo que quedar\u00e1 muy en evidencia al contemplar el espacio que ocupan nuestras crecientes bibliotecas personales, cuyo movimiento seguramente imitan \u2014parad\u00f3jicamente\u2014 las deudas en nuestras tarjetas de cr\u00e9dito. El conjunto de los libros de cuentos, poemas o ensayos, as\u00ed como las novelas que reposan en nuestros anaqueles, representan un activo cultural disponible para el intercambio: una porci\u00f3n apenas de un imaginario colectivo much\u00edsimo m\u00e1s vasto, pero susceptible de ocupar el lugar de la experiencia de lo real a trav\u00e9s del acto m\u00e1gico de representaci\u00f3n, esto es, de la presentaci\u00f3n paralela, de la experiencia vital paralela. La lectura, as\u00ed, jugar\u00eda un rol cambiario dentro de este imaginario econ\u00f3mico: el de brindar acceso a un conjunto de experiencias que tal vez, de otra manera, nos resultar\u00eda imposible vivenciar. Leer es comprar experiencias culturales ajenas.<\/p>\n\n\n\n<p>Para continuar con nuestro juego bancario, sin embargo, deberemos asignar a los escritores un rol bastante sospechoso: el de inversionistas, rentistas o incluso, por qu\u00e9 no, el de prestamistas o usureros de la moneda literaria: son ellos los encargados de hacer mutar la moneda, de darle otras formas \u2014como se\u00f1alaba Barthes\u2014, y en el caso de los cr\u00edticos, de hacerla fluctuar dentro de la bolsa de valores literarios. Eso convertir\u00eda a agrupaciones como el Pen Club en poco m\u00e1s que casas de bolsa, y a los agentes y cr\u00edticos literarios en corredores, cuyo oficio es el de generar una plusval\u00eda literaria a partir de la circulaci\u00f3n \u2013l\u00e9ase: difusi\u00f3n, promoci\u00f3n, ordenamiento\u2013 de las obras. Visto as\u00ed, eso que llamamos influencia, es decir, el legado de una carga po\u00e9tica a voces m\u00e1s j\u00f3venes, vendr\u00eda a ser producto del tr\u00e1nsito del libro a trav\u00e9s de esos circuitos de lectura: una inversi\u00f3n a largo plazo, cuyo margen de ganancia se dar\u00e1 ya no en intereses a final de mes, sino en el n\u00famero de autores que se proclamen herederos literarios del inversor. Heredar, a fin de cuentas, no es m\u00e1s que una manera de signar una determinada relaci\u00f3n de pertenencia: una \u201celecci\u00f3n cr\u00edtica\u201d, de acuerdo a Jacques Derrida (1998), amparada en la condici\u00f3n misma de la finitud. Al heredar, hacemos presente en nosotros algo contenido en el pasado, en un gesto de recuperaci\u00f3n casi arqueol\u00f3gica; por lo tanto heredamos s\u00f3lo aquello que resulta digno de mostrarse. Es decir, que en realidad nunca heredamos as\u00ed, a secas, sino que m\u00e1s bien escogemos heredar. No en balde es frecuente escuchar a un autor joven definir su primer o segundo libro, ganador de alg\u00fan primer premio nacional o internacional, como una versi\u00f3n suya de tal o cual novela de tal o cual autor, aunque, claro, actualizada con respecto al imaginario contempor\u00e1neo. All\u00ed, m\u00e1s que confesar a sus lectores su afici\u00f3n por un cierto autor consagrado, el debutante les ruge su lugar como el \u00faltimo eslab\u00f3n en una determinada e innegable cadena de influencias.<\/p>\n\n\n\n<p>Quiz\u00e1s sea precisamente este \u00faltimo detalle el que incline la balanza barthiana hacia un escenario de circuitos y circulaciones, m\u00e1s que a uno de transmisiones y herencias: como accionistas de la bolsa, los escritores compran, a trav\u00e9s de posicionar estrat\u00e9gicamente sus filiaciones, un lugar dentro de ese intrincado panorama de flujos econ\u00f3micos y cambiarios, acumulando una peque\u00f1a fortuna literaria que haga posteriormente a su propia obra devenir, a su vez, en papel-moneda.<\/p>\n\n\n\n<p><strong>II<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Par\u00eds, Francia, 2003. Un peculiar escritor mexicano llamado Mario Bellat\u00edn organiza un congreso sobre literatura mexicana contempor\u00e1nea, cuya convocatoria incluye los nombres de Sergio Pitol, Margo Glanz, Salvador Elizondo y Jos\u00e9 Agust\u00edn, bajo el sugerente t\u00edtulo de \u00abDoble de escritor\u00bb. La convocatoria es atendida por especialistas en la materia de todos los rincones del viejo continente, quienes apenas pueden disimular su sorpresa \u2013y su consternaci\u00f3n\u2013 al toparse, ya en el congreso, con la noticia de que ninguno de los autores convocados est\u00e1n presentes, pero s\u00ed sus dobles respectivos, capacitados \u2014tras 6 meses de adiestramiento de mano de los propios escritores\u2014 para disertar en torno a los diez t\u00f3picos m\u00e1s importantes de las obras de sus c\u00e9lebres representados. De las quejas que suscit\u00f3 dicho experimento, seg\u00fan relata el propio Bellat\u00edn:<\/p>\n\n\n\n<p><em>Surgi\u00f3 la pregunta de qu\u00e9 era lo que realmente se espera de un evento literario. Si eran ideas, \u00e9stas se encontraban presentes. All\u00ed estaban, al alcance de todos, los cuarenta temas fundamentales de los verdaderos autores. El congreso de dobles me despej\u00f3 algunas dudas. Pude comprobar la importancia que adquir\u00edan los textos cuando eran dejados a merced de sus propias reglas, sujetos s\u00f3lo a las instrucciones de uso que hab\u00edan proporcionado los creadores para su difusi\u00f3n (2006: pp. 111-112).<\/em><\/p>\n\n\n\n<p>Los cuestionamientos de Bellat\u00edn sobre la funci\u00f3n del escritor frente a su propia obra nos vienen aqu\u00ed como anillo al dedo. M\u00e1s all\u00e1 de que el Autor \u2014as\u00ed, con may\u00fasculas\u2014 est\u00e9 o no est\u00e9 muerto en Occidente, me interesa rescatar por un segundo la leg\u00edtima sensaci\u00f3n de estafa que vivieron los invitados al congreso de dobles: una prueba contundente de que el cuerpo del autor y el de su obra son indisociables excepto por la muerte, y que cualquier intento por intercambiar el uno por el otro, le acarrear\u00e1 al espectador, ir\u00f3nicamente, una impresi\u00f3n de enga\u00f1o e imitaci\u00f3n similar a la que produce el descubrirse poseedor de un billete falso. Los dobles de Bellat\u00edn no son percibidos como mensajeros \u2013podr\u00eda decirse: tecnolog\u00edas vivientes de memorizaci\u00f3n\u2013 por los especialistas europeos que iban al congreso a pedirle aut\u00f3grafos a Glanz y a Pitol, sino como caricaturizaciones, remedos, pantomimas del original; espejos distorsionadores del Autor, a pesar de que tenga ya varios a\u00f1os de haber sido declarado muerto.<\/p>\n\n\n\n<p>Habr\u00eda aqu\u00ed que preguntarnos si es acaso un libro de ficci\u00f3n un medio m\u00e1s fiel y respetuoso de transmitir a los lectores las ideas espec\u00edficas del autor; el doble de escritor, a fin de cuentas, fue entrenado arduamente para reproducir lo m\u00e1s fielmente posible su modo de pensar: es su copia, su significante, su representante. Mientras que la obra literaria es m\u00e1s bien una mutaci\u00f3n, un brote rizom\u00e1tico \u2014para usar un t\u00e9rmino de moda\u2014 entre las ideas y las sensibilidades del autor, cuya recepci\u00f3n espec\u00edfica por la lector\u00eda es, en el mejor de los casos, impredecible. \u00bfD\u00f3nde queda, pues, el valor de intercambio experiencial de la divisa literaria que se\u00f1al\u00e1bamos en el apartado anterior?<\/p>\n\n\n\n<p>Para no contradecirnos, busquemos una soluci\u00f3n intermedia. Pactemos con que todo objeto literario funciona como una divisa, s\u00ed, pero una divisa necesariamente falsa: opera un intercambio entre el escritor \u2014ese timador, ese pobre copista de sus propias experiencias, que las modifica y las adultera a prop\u00f3sito y malintencionadamente\u2014 y sus lectores, pero un papel cambiario que est\u00e1 desprovisto de toda veracidad, toda fidelidad y todo peso, excepto en su posibilidad misma de trueque, es decir, en el hecho de su propia lectura: leer convierte al libro en experiencia de lectura; no en balde los autores escriben ampar\u00e1ndose en los libros ajenos que ya han le\u00eddo. Escribir es confesarse lector, es dar uso a un capital acumulado de lecturas que resulta imposible mantener contenido. Esa experiencia lectora, como se ver\u00e1, no es m\u00e1s ver\u00eddica o \u00fatil que la del sue\u00f1o, la imaginaci\u00f3n o la alucinaci\u00f3n. La capitalizaci\u00f3n literaria no deja, recordando un poco a Oscar Wilde, de ser un ejercicio impr\u00e1ctico, in\u00fatil.<\/p>\n\n\n\n<p><\/p>\n\n\n\n<p>Pero esto, lo sabemos, no representa ning\u00fan descubrimiento novedoso. Ya Plat\u00f3n, en la antig\u00fcedad, se hab\u00eda dado cuenta del enga\u00f1o y expulsado a los poetas de su Rep\u00fablica ideal, acus\u00e1ndolos de mentirosos y de falsificadores, al pretender retratar experiencias que, valga la redundancia, no son capaces de experimentar, ni son capaces de realmente transmitir. El fil\u00f3sofo enfurec\u00eda, tal y como los asistentes al congreso de Bellat\u00edn, al ver que un poeta, ciudadano entregado a la vida contemplativa, pudiese imitar con finura una mesa, pero no pudiese hacer la mesa antes, ni mucho menos ense\u00f1ar a hacerla a trav\u00e9s de su imitaci\u00f3n. Am\u00e9n de que, como es obvio, la mesa reproducida en el lienzo del pintor o en el poema del bardo jam\u00e1s servir\u00e1 para sentarse a comer: el enga\u00f1o, aparentemente, es consustancial a la existencia de las artes, y quienes pretendan  hacer de ella una ciencia estar\u00e1n destinados a pasar incontables rabietas. Habr\u00eda que explic\u00e1rselo de nuevo a los cr\u00edticos europeos de la an\u00e9cdota de Bellat\u00edn.<\/p>\n\n\n\n<p><strong>III<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Caracas, Venezuela, 2009. Un joven narrador de cuyo nombre no quiero acordarme publica su primer libro despu\u00e9s de ganar un discreto concurso nacional. Tiempo despu\u00e9s, se ve invitado a un programa literario de televisi\u00f3n, en el que le ofrecen una brev\u00edsima entrevista para darlo a conocer. El joven acepta encantado. Despu\u00e9s de disertar sobre los temas que le interesan, y de leer algunos fragmentos de su obra para la audiencia, se le pide que aborde el tema de sus \u201cpadres literarios\u201d, es decir, de las lecturas que nutrieron su m\u00fasculo po\u00e9tico. Presa de los nervios, y sin duda de las presiones que ejercen sobre \u00e9l las c\u00e1maras y esa audiencia invisible que son los espectadores, demora unos instantes reflexionando su respuesta. Ning\u00fan nombre asertivo viene a su cabeza, y los que vienen contravendr\u00edan, curiosamente, las opiniones que hace unos minutos emitiera. Finalmente, atrapado en su propia pose de estrella de rock, proclama como textos afines o tutelares a aquellos ensalzados por la cr\u00edtica reciente: aquellos que sabe ser\u00e1n, de una manera u otra, una respuesta siempre amable y adecuada; y as\u00ed se lo confirma, por dem\u00e1s, la s\u00fabita sonrisa de su entrevistador, qui\u00e9n sabe si amigo personal de los autores mencionados.<\/p>\n\n\n\n<p>Nadie sabr\u00e1 nunca, m\u00e1s all\u00e1 del joven entrevistado, los falsos v\u00ednculos enunciados, ni mucho menos los verdaderos de los que ya su obra comienza a alejarse. Nuestro autor se contenta record\u00e1ndose que no hizo otra cosa que compartir una lectura posible de su propio libro, entre muchas otras que podr\u00edan, tal vez a futuro, afirmar influencias incluso contrarias y quiz\u00e1s dar con las originales que \u00e9l consideraba pero ha callado. La cr\u00edtica, se dice, impondr\u00e1 finalmente la verdad sobre su libro sin que \u00e9l tenga que retractarse ni pasar por alg\u00fan momento embarazoso; pero he all\u00ed que se nos ofrezca una paradoja al respecto: esa respuesta acertada y a la vez falaz le valdr\u00e1 mucha m\u00e1s promoci\u00f3n literaria que la verdadera, y por lo tanto mayor figuraci\u00f3n y presencia dentro del medio; y estas dos \u00faltimas constituyen la forma m\u00e1s expedita de que su libro llegue a manos de esa cr\u00edtica salvadora que lo consuela. Es decir: la mentira que ha dicho proveer\u00e1 los elementos necesarios para acercar su libro a la verdad oculta. \u00bfHemos, pues, de juzgar como enga\u00f1o su escogencia de agenciamiento, es decir, su elecci\u00f3n cr\u00edtica sobre el lugar del cual heredar? \u00bfO m\u00e1s bien justificaremos su lectura conveniente e improvisada como un acto de inversi\u00f3n y corretaje, como el que har\u00eda un empleado de Econoinvest, asoci\u00e1ndose a las empresas de mayor solidez en el mercado?<\/p>\n\n\n\n<p>La decisi\u00f3n tomada por nuestro escritor debutante, as\u00ed, no habr\u00e1 sido honesta consigo mismo, pero sin duda supuso la obtenci\u00f3n inmediata de una mayor cuota de esa divisa cultural que el conocido soci\u00f3logo Pierre Bordieu bautiz\u00f3 \u00abcapital simb\u00f3lico\u00bb: un mejor posicionamiento en el flujo de los intereses literarios, una mayor visibilidad medi\u00e1tica y, desde ya, una lectura cr\u00edtica conveniente que lo afilia a un conjunto de lecturas y lectores centrales en su momento literario. Mayor rendimiento, liquidez e intereses anuales a tasa fija.<\/p>\n\n\n\n<p>Este joven autor \u2014o inversor o falsificador, como prefiramos\u2014 sabe que no existe escritor que no haya sido lector antes, y que no existe una diferenciaci\u00f3n como tal entre los avatares de la lectura y los de la escritura y la creaci\u00f3n; a fin de cuentas, se juzga com\u00fanmente a un autor tanto o m\u00e1s por sus lecturas y sus opiniones sobre ellas, que por sus escrituras y sus talentos individuales (y en muchos casos, ambas cosas son una \u00fanica cosa). As\u00ed, y obedeciendo a la m\u00e1xima ancestral de que somos lo que comemos, un escritor vendr\u00e1 a ser lo que lee (o m\u00e1s bien: lo que confiesa que lee), es decir, que sus lecturas, sus filiaciones y sus ancestros literarios forman parte de su propio proyecto de escritura: lo literario y lo paraliterario convergen, para bien y para mal, en eso que a menudo denominamos obra.<\/p>\n\n\n\n<p>Un ejemplo de ello lo ser\u00e1, sin duda, la pregunta que en el d\u00eda de hoy nos acoge; escoger un libro que nos haya cambiado la vida hace converger ambas dimensiones de la inversi\u00f3n literaria: la real, o mejor, vivencial, y la ficcional, o si se quiere, la lectora. A estas alturas, estaremos de acuerdo en desconfiar de cualquier respuesta posible, y a la vez, de lo f\u00fatil que resultar\u00eda preguntarnos si se tratar\u00e1 de una verdadera e \u00edntima confesi\u00f3n de lectura, o m\u00e1s bien de una apuesta de posicionamiento literario. Ambas opciones son, hablando pragm\u00e1ticamente, indiscernibles. Yo mismo podr\u00eda, por ejemplo, arrojar mi propia respuesta como cierre de esta breve reflexi\u00f3n, anunciando mi predilecci\u00f3n por alg\u00fan cl\u00e1sico de la literatura europea, cosa que me har\u00eda lucir como un joven respetuoso de su tradici\u00f3n occidental; o alg\u00fan autor del boom latinoamericano, y as\u00ed demostrar mi preocupaci\u00f3n por los avatares ficcionales de nuestras tan complejas latitudes; o incluso por alg\u00fan autor venezolano que considere ingratamente olvidado, erigi\u00e9ndome as\u00ed como rescatista de nuestra vapuleada tradici\u00f3n. Cualquiera de estas opciones ser\u00eda una apuesta v\u00e1lida, que desde luego, ustedes ya jam\u00e1s me creer\u00edan; tal vez incluso desconf\u00eden de que yo sea quien les han dicho que soy. De ser as\u00ed habr\u00e9 sembrado, ojal\u00e1, la semilla de la duda entre sus amables corazones. Me alegro: un poco de escepticismo no le har\u00eda da\u00f1o a nuestra literatura.<\/p>\n\n\n\n<p><strong>Referencias<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Barthes, Roland (1981), El grano de la voz. Entrevistas 1962-1980. Buenos Aires: Siglo XXI.<\/p>\n\n\n\n<p>Bellatin, Mario (2006), \u201cLo raro es ser un escritor raro\u201d. P\u00e1jaro transparente. Buenos Aires: Mansalva.<\/p>\n\n\n\n<p>Bordieu, Pierre (1967), \u201cCampo intelectual y proyecto creador\u201d. En Berbut, Marc. Problemas del estructuralismo. M\u00e9xico: Siglo XXI. pp. 135-182.<\/p>\n\n\n\n<p>Derrida, Jacques (1998), Espectros de marx. Madrid: Trotta.<\/p>\n\n\n\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/gabriel-payares\/\" target=\"_blank\" rel=\"noreferrer noopener\">Sobre el autor<\/a><\/h4>\n\n\n\n<h6 class=\"wp-block-heading\">*Publicado en: VOZ Y ESCRITURA. REVISTA DE ESTUDIOS LITERARIOS. N\u00ba 21, enero-diciembre 2013, pp. 25-33.<\/h6>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Gabriel Payares Escoger un mejor libro, un autor importante o una lista de favoritos, o simplemente un libro que nos haya cambiado la vida, es siempre un asunto problem\u00e1tico y peliagudo. 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