{"id":10406,"date":"2023-12-27T22:18:53","date_gmt":"2023-12-27T22:18:53","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=10406"},"modified":"2023-12-27T23:43:55","modified_gmt":"2023-12-27T23:43:55","slug":"los-riberas","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/los-riberas\/","title":{"rendered":"Los Riberas"},"content":{"rendered":"\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\">Mario Brice\u00f1o Iragorry<\/h4>\n\n\n\n<p><strong>Cap\u00edtulo I<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Se le hablaba de Caracas con verdadero entusiasmo, mas en su esp\u00edritu nada lograban las encendidas alabanzas de la capital. Para matarle cualquier curiosidad por la vida caraque\u00f1a, ten\u00eda cerca la continua lecci\u00f3n de don Miguelito Fierro. Mientras en p\u00e1ginas de deliciosa lite ra tu ra hab\u00eda vertido don Tulio el evangelio suave y discreto del criollismo, en Miguelito Fierro su ejercicio alcanzaba elocuencia contundente. Era de ver la complacencia de Alfonso Ribera cuando en la tertulia que se juntaba a, la puerta de su establecimiento mercantil, el atildado don Miguel refer\u00eda sus aventuras en Caracas.<\/p>\n\n\n\n<p>Engolada y sonora e ra la voz que sacaba el empecinado representan te del cerril meride\u00f1ismo, para repetir la lecci\u00f3n en que pon\u00eda de resalto su preferencia por la hermosa capital andina. \u2014Yo se las planto en su propia cara a los caraque\u00f1itos, para que no sean tan pretenciosos. \u00bfQu\u00e9 es eso \u2014les dije una tarde, en la tertulia de la Plaza Bol\u00edvar\u2014 de cantar al Guaire, aprendiz de r\u00edo, como el Manzanares madrile\u00f1o, corriente perezosa, que apenas tiene aliento para arrastrar las horruras con que lo perfuman las alcantarillas de \u00abEl Para\u00edso\u00bb? \u00a1R\u00edo, el Chama, que baja de los p\u00e1ramos brav\u00edos carajeando las altivas monta\u00f1as!<\/p>\n\n\n\n<p>C\u00f3mo re\u00eda de gusto Alfonso Ribera al escuchar las festivas palabras del insigne caballero, que con tanto lujo y dignidad tanta llevaba el ilustre apellido Fierro, de cuyo brillo se ufanaba la metr\u00f3poli andina.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00bfY el \u00c1vila? \u2014segu\u00eda don Miguel\u2014 \u00bfVale algo ese cerrito aplazado en los ex\u00e1menes, cuando se le compara con esta sierra sin par, cuyas nieves el sol matiza ma\u00f1ana y tarde, para darnos la impresi\u00f3n de que M\u00e9rida cambia de corona como un a princesa oriental?\u2026<\/p>\n\n\n\n<p>Nada pesaban las reflexiones que sol\u00edan hacerle quienes aprendieron a leer y a interpretar la sinfon\u00eda de colores que el sol labra sobre el monte maravilloso, a cuyas faldas duerme Caracas la gentil.<\/p>\n\n\n\n<p>Si los hombres de letras ten\u00edan palabras certeras para ponderar las maravillas de M\u00e9rida, Alfonso Ribera, movido apenas por la espont\u00e1nea inteligencia del coraz\u00f3n, sent\u00eda c\u00f3mo su vida formaba parte del paisaje de la cordillera nativa. No hab\u00eda seguido curso alguno en los buenos Colegios de la ciudad. Su instrucci\u00f3n se limitaba a mal leer, a peor escribir y a s\u00f3lo sacar las cuatro reglas. Pese a la calidad de su estirpe, Alfonso Ribera no tuvo est\u00edmulo oportuno por donde fuese empujado a disciplinas escolares. El orde\u00f1o de las vacas en la finca que sus padres pose\u00edan en \u00abLa Otra Banda\u00bb y la atenci\u00f3n del mostrador, en el establecimiento mercantil de un deudo rico, fueron la escuela donde Alfonso Ribera aprendi\u00f3 a amar el trabajo y donde gan\u00f3 aliento para pensar en la conquista de la riqueza.<\/p>\n\n\n\n<p>Por aquella \u00e9poca de sus treinta y cuatro a\u00f1os, Ribera figuraba entre los comerciantes m\u00e1s acomodados de M\u00e9rida. Su establecimiento, situado en la Plaza del Llano, era frecuentado por los cultivadores de caf\u00e9 de los valles y mesas circundantes de la ciudad. Era el caf\u00e9 la primera fuente de riqueza de la regi\u00f3n andina. En las grandes haciendas de M\u00e9rida se produc\u00eda un excelente tipo por tratamiento h\u00famedo; mientras en las fincas peque\u00f1as, el beneficio se hac\u00eda por el sistema de trilladoras secas, que si bien conservan mejor el aroma de la bellota, hurta a los granos la politura que acrecienta su precio comercial. El engranaje econ\u00f3mico entre el agricultor nativo y el comerciante internacional, se hac\u00eda en negocios del tipo de \u00abLa Primavera\u00bb, de Alfonso Ribera. Estaban abastecidos los comercios de esta clase de todo g\u00e9nero de productos extranjeros. En \u00abLa Primavera\u00bb se vend\u00eda desde el mitol\u00f3gico jam\u00f3n de Westfalia hasta los finos pa\u00f1os ingleses; desde el percal y el budare de hierro colado hasta la delicada encajer\u00eda de Bruselas; desde el sombrero pelodeguama, de acabada manufactura inglesa, hasta el g\u00e9nero blanco de los mejores telares alemanes; desde el rico Sauterne de Francia hasta los Diablitos de Chicago. Una especie compendiada de Naciones Unidas en la fuerza de sus excedentes de producci\u00f3n, eran, en realidad, aquellos negocios mixtos, cuya potencialidad adquisitiva aumentaba en raz\u00f3n del cr\u00e9dito que les ten\u00eda abierto el comercio de Maracaibo.<\/p>\n\n\n\n<p>La primera guerra mundial \u2014que justamente conclu\u00eda cuando Alfonso Ribera se aprestaba para ausentarse de M\u00e9rida\u2014 ten\u00eda mucho que hacer con el predominio que el capital alem\u00e1n ejerc\u00eda en nuestros pa\u00edses de econom\u00eda colonial. El alem\u00e1n manejaba el cr\u00e9dito mejor que los ingleses, que los italianos y que los norteamericanos. Pese a la diferencia de cultura, la colonia alemana radicada en Maracaibo ten\u00eda una poderosa intervenci\u00f3n en el desarrollo de la econom\u00eda de Occidente. Las grandes firmas de Brauer, Moller y Compa\u00f1\u00eda, Beckmann y Compa\u00f1\u00eda, Steinvorth y Compa\u00f1\u00eda, Blohm y Compa\u00f1\u00eda, porfiaban con las casas de capital italiano y anglosaj\u00f3n, y conclu\u00edan por dominarlas en el ritmo directivo de los negocios cordilleranos.<\/p>\n\n\n\n<p>Partirse de M\u00e9rida era para Alfonso Ribera un sacrificio extraordinario. A los treinta y cuatro a\u00f1os de edad, su existencia se hallaba implantada en el dulce ambiente nativo con raigambre tan vigorosa, que parec\u00eda imposible poder arrancarla. Alguna vez Alfonso Ribera traspas\u00f3 los linderos de Occidente y fue hasta San Crist\u00f3bal y C\u00facuta. En viaje a Maracaibo, hab\u00eda hecho el camino de Valera y Motat\u00e1n, cuando las crecientes del Chama dificultaban el paso por la Tierra Llana. Nada agradaba tanto a Alfonso Ribera como su ciudad natal. Alfonso Ribera era hombre de una autenticidad meride\u00f1a, capaz de desafiar al m\u00e1s pintado de cuantos se dijeran fieles al terru\u00f1o.<\/p>\n\n\n\n<p>El comercio de las ciudades y pueblos del interior se desarrollaba al sombraje del cr\u00e9dito que les conced\u00edan las casas de Maracaibo, y los comerciantes lugare\u00f1os ganaban prestigio cuando se constitu\u00edan en agentes compradores de caf\u00e9 para determinada firma maracaibera. La savia econ\u00f3mica de la naci\u00f3n se mov\u00eda a trav\u00e9s de un proceso de ida y de retorno \u2014de corso e ricorso\u2014 cuyo punto de coincidencia era el establecimiento, donde el agricultor retiraba durante el a\u00f1o telas, abrigos, calzado, sombreros, herrajes, utillaje de labranza, v\u00edveres y dem\u00e1s art\u00edculos necesarios para el mantenimiento de la casa y de la hacienda. Al fin de la cosecha, el agricultor entregaba al comerciante su caf\u00e9. Las cuentas se liquidaban sobre el precio del d\u00eda. Mientras al agricultor se cargaban las mercanc\u00edas retiradas seg\u00fan el valor del momento, la moneda con que iba a pagar se estimaba de acuerdo con la demanda internacional del caf\u00e9. De Londres, de Hamburgo y de Nueva York llegaban a Maracaibo los precios topes para cerrar las operaciones del gran comercio. Maracaibo, a la vez, comunicaba por la v\u00eda telegr\u00e1fica a sus corresponsales del interior el precio que deb\u00edan pagar por el fruto. A su vez, el comerciante local acomodaba a sus intereses y posibilidades la paga que d a r\u00eda al agricultor. Un an\u00e1lisis cabal del proceso lucrativo, permite decir que el comerciante interiorano era la \u00faltima expresi\u00f3n distribuidora y succionadora del comercio internacional. La riqueza territorial estaba pr\u00e1cticamente en manos de una clase que apenas pensaba en balanzar lo mejor que pudiera sus cuentas de fin de a\u00f1o. El campo quedaba a merced del comerciante. El cr\u00e9dito estaba reducido a los peque\u00f1os pr\u00e9stamos que los compradores de caf\u00e9 hac\u00edan a los agricultores, con el se\u00f1uelo de asegurar la cosecha. Sobre la dimensi\u00f3n de este cr\u00e9dito y en la mejora del precio a que eran liquidados los frutos del a\u00f1o, estribaba la preferencia otorgada por los campesinos a uno u otro comprador de caf\u00e9. <\/p>\n\n\n\n<p>Alfonso Ribera era considerado por la marchant\u00eda rural como uno de los comerciantes que mejor pagaban el caf\u00e9. Esto contribuy\u00f3 tanto a la prosperidad del negocio como a darle cierta aura de prestigio entre el pueblo.<\/p>\n\n\n\n<p>Si en realidad le abr\u00eda paso en el campo de la estimaci\u00f3n de los mayores la circunstancia de pertenecer a una de las m\u00e1s encumbradas familias de la ciudad, su car\u00e1cter llano y sus maneras alegres e insinuantes, desvirtuaban, no s\u00f3lo la agresividad de su rostro \u00e1spero y de su talan te impetuoso, sino, tambi\u00e9n, la valla que su presuntuoso linaje interpon\u00eda entre \u00e9l y la gente sencilla y com\u00fan de la regi\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p>Los Riberas proced\u00edan de una de las m\u00e1s levantadas estirpes coloniales y en M\u00e9rida se conceptuaban con derecho a todo g\u00e9nero de miramientos. \u00bfNo contaban, acaso, con pr\u00f3ceres que a\u00fan libraban batallas en la otra vida? \u00bfEra poca cosa el parentesco de la familia con el famoso don Gregorio de la Ribera y Solaguren, cuya alma se invocaba diariamente para hallar las cosas perdidas, en raz\u00f3n de hab\u00e9rselo as\u00ed concedido la Providencia, como precio de su propia salvaci\u00f3n? As\u00ed hubiera sido condenado a la horca por el asesinato del doctor Francisco de la Pe\u00f1a Bohorques, Familiar del Santo Oficio y Capell\u00e1n de las Monjas de Santa Clara, en cuyo convento tuvo asilo do\u00f1a Josefa de Monasterios, esposa y v\u00edctima de la crueldad y de los celos del famoso don Gregorio, \u00e9ste gan\u00f3 celebridad, que a sus deudos serv\u00eda a manera de historiado pergamino de her\u00e1ldica hidalgu\u00eda. Si otros ten\u00edan pr\u00f3ceres, ora hundidos en solera de hidalgas estirpes castellanas, ora incrustados en el z\u00f3calo de la Rep\u00fablica o ya colgados en el Paraninfo de la Universidad, los Riberas contaban con un deudo que hac\u00eda diariamente milagros y a quien la fe del pueblo ofrec\u00eda oraciones y misas desde el Siglo XVII. Para el caso, poco importaba que en lugar de ser santo, fuera un criminal cambiado de signo a \u00faltima hora.<\/p>\n\n\n\n<p>Bien pagado de s\u00ed mismo, Ribera hab\u00eda ganado la buena partida con sus condiciones sociales. No luc\u00eda por su ingenio gracioso, ni siquiera por su trato culto. Mas por el natural, alegre y dispuesto; por la palabra chancera y divertida; por la disposici\u00f3n entusiasta y la bolsa no limitada para la contribuci\u00f3n oportuna, se le mir\u00f3 siempre como piedra angular en toda reuni\u00f3n de tipo festivo y social.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-center\">***<\/p>\n\n\n\n<p>La M\u00e9rida del tiempo de Alfonso Ribera era una supervivencia amorosa y pausada de la M\u00e9rida de mediados del Siglo XIX. En relaci\u00f3n con otras ciudades del interior venezolano, M\u00e9rida contaba con grandes recursos de civilizaci\u00f3n. Por medio de un esfuerzo extraordinario de transporte, fue instalada en la \u00faltima d\u00e9cada del Ochocientos la planta que distribu\u00eda el fluido para el alumbrado de la ciudad. En las casas de la gente acomodada luc\u00edan pianos, alfombras, espejos, vajillas de fin\u00edsima calidad, comprados directamente en Europa por los pudientes se\u00f1ores, a quienes agradaba visitar a Par\u00eds, Madrid o Londres, antes que a la capital de la Rep\u00fablica. Tardo el paso de la ac\u00e9mila, que en tres d\u00edas comunicaba a la ciudad con la m\u00e1s pr\u00f3xima estaci\u00f3n ferroviaria, no era, en cambio, \u00f3bice para que a M\u00e9rida llegasen muchas veces los libros de Europa primero que a Caracas. Como si fuera un timbre de orgullo regional, a\u00fan la gente com\u00fan comentaba c\u00f3mo en m\u00e1s de una ocasi\u00f3n el doctor Ram\u00f3n Parra Pic\u00f3n gan\u00f3 disputas cient\u00edficas con colegas caraque\u00f1os, a cuyas manos no hab\u00edan llegado todav\u00eda publicaciones cient\u00edficas de Par\u00eds, ya conocidas por el estudioso m\u00e9dico meride\u00f1o. Comodidad y esplendor, buena lectura, lujo en la mansi\u00f3n de los se\u00f1ores, todo coincid\u00eda para hacer de M\u00e9rida una verdadera ciudad.<\/p>\n\n\n\n<p>Por 1918 las calles luc\u00edan a\u00fan la alfombra esmeraldina de la yerba, que tramaba los cantos del pavimento. Las aceras de flojos ladrillos mostraban el verd\u00edn de la humedad transmitida por la niebla, bajada con el atardecer. Noches maravillosas, blancas noches en que los caballeros a\u00fan se echaban sobre los hombros la \u00abfermosa cobertura\u00bb se\u00f1oril y castiza, o vest\u00edan el severo macfarl\u00e1n, de clerical apariencia. Silenciosas, largas, fr\u00edas noches, en que tras la celos\u00eda la muchacha t\u00edmida y espiada, aguardaba el paso del gal\u00e1n enamorado, que apenas dej\u00e1bale, entre furtivas palabras, el breve billete, contentivo de la \u00faltima promesa de eterno enamoramiento. Solitarias, dormidas, pausadas noches, en las cuales la vieja ciudad dejaba escuchar entre el apretado y profundo silencio, la m\u00fasica de su agua subterr\u00e1nea. Como el palpitar velado de un a vida misteriosa, se escuchaba por entonces en las esquinas de M\u00e9rida la sonora voz que discurr\u00eda por las secretas acequias, destinadas, desde la \u00e9poca colonial, a re partir el milagro generoso del agua cristalina, represada, a la altura de Milla. Si en determinadas partes ya funcionaba alg\u00fan moderno sistema de distribuci\u00f3n de aguas, no e ra suficiente a\u00fan para que se desistiese de aquel r\u00e9gimen familiar y primitivo de llevar a las casas la clara corriente del agua limpia, que, a tiempo que segu\u00eda al vecindario en estado de pureza, tomaba curso distinto en la acequia destinada a las aguas negras. En las casas por donde no pasaba esta agua alegre y suelta, se recurr\u00eda a la mana silenciosa y profunda. En medio del silencio nocturno, la voz del agua parec\u00eda salirse toda fuera de su embalse subterr\u00e1neo, para comunicar al solitario noct\u00edvago la poes\u00eda rec\u00f3ndita de la vieja ciudad. Arpa sonora, M\u00e9rida se escuchaba a s\u00ed misma durante las largas y apacibles horas de su descanso nocturnal. La introspecci\u00f3n que parec\u00eda caracterizar a la gente, se convert\u00eda en muda canci\u00f3n que, sin dejar comprender la letra del pensamiento interior, derramaba hacia fuera su mon\u00f3tona, dulce, amorosa melod\u00eda.<\/p>\n\n\n\n<p>Ya aquel encanto singular de la M\u00e9rida nocturna ha desaparecido por completo. La niebla ha disminuido y pocas son las veces en que desciende sobre la ciudad modernizada, cuya alfombra de yerba cedi\u00f3 al progreso del macadan y cuya m\u00fasica subterr\u00e1nea ha sido sustituida por el angustioso vocer\u00edo de los raudos autom\u00f3viles. Queda, apenas, en recuerdo el esp\u00edritu de la ciudad antigua. Los rojos techos y las altivas torres caen al imperativo del progreso. El per\u00edmetro urbano var\u00eda y mejora en el orden arquitect\u00f3nico. Las costumbres se distancian de los viejos, apacibles, modosos h\u00e1bitos, y hasta la v\u00e9rtebra interior donde hall\u00f3 sost\u00e9n la tradici\u00f3n brillante y altiva de la ciudad, parece tomada de la polilla que ha invadido el esqueleto nacional.<\/p>\n\n\n\n<p>La poes\u00eda de M\u00e9rida se ha refugiado en los dulces aleda\u00f1os de Milla, de la Otra Banda y del Pie del Llano. Como son hoy, as\u00ed eran los campos meride\u00f1os al tiempo en que Alfonso Ribera viv\u00eda en la ciudad. Los paisajistas encuentran en los alrededores de M\u00e9rida temas realengos para sus \u00f3leos y pasteles. En cambio, \u00bfqu\u00e9 meride\u00f1o se siente impulsado a adquirir lienzos y tablas para la iluminaci\u00f3n interior de sus hogares? \u00a1Vaya por Dios!, que ser\u00eda tan to como tira r sal al mar esto de meter en las casas cuadros con representaci\u00f3n de paisajes, cuando con s\u00f3lo echar los ojos hacia cualquier viento, ya se est\u00e1 en presencia del m\u00e1s primoroso cuadro, pintado por el propio divino pincel de la Madre Naturaleza. Si se mira hacia las cumbres nevadas o hacia los p\u00e1ramos lejanos de Oriente, al ojo menos fino llega el temblor verdegueante de los bosques, que suben hasta ser vencidos por niveles donde la bot\u00e1nica se ve obligada a bajarse hasta el plano de las rastreras espeletias. Si se lanza la mirada hacia los suaves declives de la Otra Banda, los altivos bucares ponen en sangrentados tonos al milagro de los m\u00e1s tiernos y dulces verdes de yerbas, de ca\u00f1as y cafetos.<\/p>\n\n\n\n<p>Por aquellos lados, justamente, se desarroll\u00f3 la vida de Alfonso Ribera. De muchacho vio encallecer las manos en el \u00e1spero trabajo de la soga y del establo. Cuando se hizo hombre y fue due\u00f1o y se\u00f1or de un fondo de comercio, se amanceb\u00f3 con Anita M\u00e9ndez, graciosa muchacha del lugar, criada en la hacienda vecina de don Luis Salda\u00f1a.<\/p>\n\n\n\n<p>La vida galante y er\u00f3tica de Alfonso Ribera sigui\u00f3 el mismo curso acostumbrado por la mayor\u00eda de la gente de su tiempo. En los altos c\u00edrculos de la ciudad ocupaba sitio de excelencia, y no hab\u00eda sarao, baile, paseo o recepci\u00f3n a que no fuera invitado como primer chicharr\u00f3n. De buena familia, bien parecido y acomodado en lo econ\u00f3mico, era, en realidad, lo que se llamaba un excelente partido, sobre quien echaban ojos los padres de hijas casaderas. El se sab\u00eda objeto de aprecio y de codicia y, sin llegar a formalizar compromiso alguno, se hab\u00eda entretenido en noviazgos sucesivos con Luisa Carrasquero, con Luc\u00eda Tapia y con Hortensia Casas, sin que estas inclinaciones matrimoniales le hicieran desistir de sus relaciones con Anita M\u00e9ndez, en nada enfriadas, tampoco, por su entusiasmo actual hacia la forastera Elisa Govea. <\/p>\n\n\n\n<p>Por el tiempo en que Ribera pensaba trasladarse a Caracas, su enredo con la M\u00e9ndez contaba m\u00e1s de catorce a\u00f1os. La muchacha le hab\u00eda salido buena y era, adem\u00e1s, toda una hembra, capaz de satisfacer los reclamos del m\u00e1s urgido var\u00f3n. Al principio, la madre de Anita \u2014peona de la hacienda de don Luis Salda\u00f1a\u2014 llor\u00f3 y maldijo a la hija y al seductor. M\u00e1s tarde, el enojo fue cediendo y la vieja se pas\u00f3 a vivir en la casita que, en la subida de la Cruz Verde, Ribera mont\u00f3 a la querida. Primero naci\u00f3 uno, despu\u00e9s vino otro, por \u00faltimo un tercero: Tres eran los muchachos que en Anita ten\u00eda Alfonso Ribera. Cuando Luis, el mayor, cumpli\u00f3 doce a\u00f1os, Alfonso lo llev\u00f3 de pe\u00f3n a la hacienda paterna. Era el \u00abahijado\u00bb y, consiguientemente, lo miraba la familia de Alfonso con ojos tolerantes, piadosos, protectores. Alfonso Ribera hab\u00eda le\u00eddo en alguna oportunidad unos apuntes que su abuelo don Gaspar escribi\u00f3 acerca del mejor r\u00e9gimen para el gobierno y provecho de las haciendas. El viejo Ribera era experto en tierras, sementales y semillas. Conoc\u00eda el secreto de la poda del cafeto y el r\u00e9gimen de sombra y riego que mejor aprovecha a las bellotas. Buenas reglas ten\u00eda anotadas sobre el tiempo y la manera de encelar a los padrotes, a fin de que las yeguas parieran buenas mu\u00edas. Minuciosos detalles hab\u00eda recogido el abuelo Gaspar sobre el mejor provecho de las laderas para la siembra de la yuca, del ma\u00edz y de las pi\u00f1as. Entre tanta sabidur\u00eda agr\u00edcola, el viejo \u2014crecido cuando a\u00fan en Venezuela reg\u00eda el sistema de la esclavitud legal\u2014 anotaba con extraordinaria sencillez el siguiente consejo: \u00abEs muy de desearse que los due\u00f1os de haciendas tengan, tambi\u00e9n, algunos hijos naturales, para hacer de ellos fieles mayordomos.\u00bb El apunte del viejo Ribera no levantaba sonrojo alguno en sus honorables descendientes. Era un sistema c\u00f3modo y provechoso, que serv\u00eda tanto a los fines de la econom\u00eda agr\u00edcola cuanto a la satisfacci\u00f3n de las urgencias sexuales. No s\u00f3lo miraba a estos reclamos la conducta de Alfonso Ribera. La sociedad concubinaria no deb\u00eda ser una carga simple, que pesara sobre su negocio mercantil. Para que el gasto fuese menor, del comercio de \u00abLa Primavera\u00bb Anita M\u00e9ndez recib\u00eda harina suficiente y suficiente panela para amasar y hacer dulces. Los muchachos vend\u00edan las melcochas, las  cocadas y los panes, y mensualmente eran liquidadas las utilidades, para reintegrarse Ribera el valor de la materia prima.<\/p>\n\n\n\n<p>La subfamilia bastarda obedec\u00eda a una realidad angustiosa de incultura e indefensi\u00f3n social. La muchacha de hacienda se sab\u00eda peona para lo que saliera: durante el d\u00eda,\u00bbla escardilla, la recolecta del caf\u00e9, la limpia del conuco; en la noche, la visita del patr\u00f3n o del hijo de \u00e9ste, que a gatas llegaba hasta el camastro donde ella se echaba a descansar. Peona de d\u00eda y peona de noche. Criatura sin libertad y sin escape, a quien no se le conced\u00eda derecho para hacer menos rigurosa la ta re a del d\u00eda, y a quien no se reconoc\u00eda durante la noche derecho, tampoco, para resistir en defensa de aquello de que nadie, seg\u00fan palabras de Sancho, podr\u00eda despojar a una mujer si \u00e9sta se dispusiese a defenderlo. La muchacha de campo se sent\u00eda, en cambio, fatalmente unida al apetito del se\u00f1or de la tierra. Sus padres y sus abuelos hab\u00edan trabajado resignadamente sobre el pedazo de tierra, al cual estaban tan ligados como el reba\u00f1o, como la piara, o como la colmena. Era la norma impuesta por un a servidumbre, si bien no sancionada en cuerpo de legislaci\u00f3n alguna, empero con vigencia poderosa en el \u00e1rea de un a sociedad tolerante, a la par de la insolencia del poderoso como de la humillaci\u00f3n de los peque\u00f1os.<\/p>\n\n\n\n<p>Con estribadera en este sistema er\u00f3tico-econ\u00f3mico, se mov\u00edan las relaciones de Alfonso Ribera y Anita M\u00e9ndez. Como Ribera era persona de timbre en el alto mundo social meride\u00f1o, su comercio concubinario era nocturno. Tal vez esta circunstancia era todav\u00eda un resto de pudor frente a las f\u00f3rmulas sociales. El se\u00f1or no se ocupaba durante el d\u00eda en su casa postiza. \u00c9l viv\u00eda en el hogar paterno. Ah\u00ed ten\u00eda su recibimiento general y ah\u00ed hac\u00eda sus tiempos de alimento. El dormir fuera, se explicaba como necesidad de vigilar el negocio. No era el concubinato abierto de quienes sin bendiciones se amen totalmente a un a mujer libre. Este simulacro de matrimonio obedece a otro tipo de realidad. El concubinato vergonzante de Anita M\u00e9ndez constituye un a manera muy corriente de vivir la mujer com\u00fan en nuestros pueblos. Se trata de una entrega simple, total, humillada, en la cual la mujer carece de todo derecho, a no ser el derecho que el C\u00f3digo Civil ha venido a reconocerle desde 1942, al considerarla miembro de un a sociedad de hecho con el concubino enriquecido.<\/p>\n\n\n\n<p>De estos hogares construidos sin piedad ni reflexi\u00f3n, salen al mundo hombres y mujeres, tarados por m\u00e1s de una circunstancia dolorosa. Si en el orden social funciona el matrimonio como sistema legal de vida, las personas que se saben provenientes de un a relaci\u00f3n distinta, han de sentir fatalmente el impacto de una falta, poderosa para convertirse en resentimiento torcedor. A la hora en que el bastardo, \u00e9l adulterino, el sacr\u00edlego o el mancer se coloca en actitud hostil frente a los otros t\u00e9rminos de la sociedad, revive inconsciente y fr\u00edamente la vindicta fatal, con la cual se confund\u00eda la justicia en el orden de la tragedia antigua. Cuando los C\u00f3digos modernos buscan de nivelar con el de los leg\u00edtimos el derecho de los hijos naturales, no hacen sino dejarse llevar por un justo movimiento de reparaci\u00f3n en el orden ayer quebrantado por padres irreflexivos. Tuvieron aquellos hijos derecho a haber nacido dentro del sistema que consigna el ordenamiento social. Si nacieron fuera, culpa no fue de ellos, sino de genitores a quienes en sana equidad las leyes deben obligar a reparar el da\u00f1o hecho a la prole ileg\u00edtima.<\/p>\n\n\n\n<p>En cambio, Alfonso Ribera y todos aquellos que viv\u00edan en iguales circunstancias, no pensaban de tal modo. Para ellos, el hecho de engendrar hijos constitu\u00eda una mera funci\u00f3n fisiol\u00f3gica y un heroico testimonio de hombrad\u00eda. Claro que Alfonso Ribera sen t\u00eda afecto hacia los tres muchachos de Anita M\u00e9ndez. Eran, en realidad, sus hijos, y en ellos, as\u00ed fuera de modo irregular, ve\u00eda una prolongaci\u00f3n de su estirpe y de su nombre. Sin medir el valor social y jur\u00eddico del uso por los hijos del apellido, Alfonso Ribera hac\u00eda la vista gorda ante el apelativo Riberita que en el vecindario de la Cruz Verde daban a los hijos de Anita M\u00e9ndez. Inconscientemente funcionaba en \u00e9l un valor de ostentaci\u00f3n viril, como si aquella atribuci\u00f3n estuviese proclamando su virtualidad f\u00edsica de var\u00f3n. Padre en la plenitud del significado material del hecho, no se sent\u00eda, en cambio, moralmente obligado con las indefensas criaturas que deb\u00edanle la luz de la existencia. \u00c9l los hab\u00eda engendrado, pero, en \u00faltimo an\u00e1lisis, eran para \u00e9l simplemente los hijos de Anita M\u00e9ndez.<\/p>\n\n\n\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/mario-briceno-iragorry\/\" target=\"_blank\" rel=\"noreferrer noopener\">Sobre el autor<\/a> <\/h4>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Mario Brice\u00f1o Iragorry Cap\u00edtulo I Se le hablaba de Caracas con verdadero entusiasmo, mas en su esp\u00edritu nada lograban las encendidas alabanzas de la capital. Para matarle cualquier curiosidad por la vida caraque\u00f1a, ten\u00eda cerca la continua lecci\u00f3n de don Miguelito Fierro. 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