{"id":10390,"date":"2023-12-26T21:22:08","date_gmt":"2023-12-26T21:22:08","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=10390"},"modified":"2025-04-08T14:56:50","modified_gmt":"2025-04-08T19:26:50","slug":"cuentos-nelson-chavez","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/cuentos-nelson-chavez\/","title":{"rendered":"Dos cuentos de Nelson Enrique Ch\u00e1vez"},"content":{"rendered":"\n<h3 class=\"wp-block-heading\">La libertad seg\u00fan los araguatos<\/h3>\n\n\n\n<p>Hace varios a\u00f1os quisimos rescatar a Pancho, pero nos quedamos en los c\u00e1lculos: \u00bfcu\u00e1l ser\u00eda el mejor recodo para introducirse de noche en el parque sin ser vistos, la herramienta adecuada para cortar la malla sin hacer demasiado ruido, la dosis precisa de tranquilizante para un animal de su tama\u00f1o? \u00bfD\u00f3nde liberarlo, podr\u00eda sobrevivir en la monta\u00f1a despu\u00e9s de tantos a\u00f1os en cautiverio? Nos angustiaba verlo tan triste todo el tiempo, caminar en c\u00edrculos por el peque\u00f1o espacio de la jaula, mirar a trav\u00e9s de los barrotes el mundo de afuera, abatido de impotencia. Su alma cada d\u00eda se ve\u00eda m\u00e1s marchita, sin \u00e1nimo, su furia desmesurada cuando las personas se acercaban a lanzarle chucher\u00edas o molestarlo era bestial, s\u00edntoma inequ\u00edvoco de la zoocosis; lanzaba piedras, aullaba, sacud\u00eda la reja; sus ojos abiertos desmesuradamente parec\u00edan querer salirse de las cuencas, su cara era una mueca dolorosa asolada de espanto. Quer\u00edamos liberarlo, pero nos quedamos en las buenas intenciones. Nos falt\u00f3 osad\u00eda. Nunca estar\u00e9 orgulloso de mi cobard\u00eda, tampoco mi amigo. \u00bfFinalmente pudo escapar?<\/p>\n\n\n\n<p>S\u00ed, una ma\u00f1ana. Por una abertura que logr\u00f3 hacer en el cimiento de la malla. Meti\u00f3 su cuerpo por ah\u00ed, sali\u00f3 corriendo y se trep\u00f3 al araguaney. El director inmediatamente mand\u00f3 a cerrar las instalaciones. Imparti\u00f3 a los vigilantes de los turnos del d\u00eda y de la noche la orden de atraparlo, pero no pudieron. Pancho volaba de \u00e1rbol en \u00e1rbol. Result\u00f3 imposible.<\/p>\n\n\n\n<p>La siguiente estrategia para capturarlo consisti\u00f3 en tratar de hacerlo bajar de los \u00e1rboles con palabras melosas, en abarrotar la jaula de sus frutas favoritas para estimular un retorno d\u00f3cil al encierro. A m\u00ed me encomendaron la misi\u00f3n de enga\u00f1arlo. Hab\u00eda sido la persona encargada de alimentarlo diariamente durante varios a\u00f1os. Pancho confiaba en m\u00ed. Se equivocaron conmigo. No quer\u00eda verlo nunca m\u00e1s detr\u00e1s de rejas. \u201cNo bajes Pancho, qu\u00e9date tranquilo entre las ramas, huye a la monta\u00f1a, regresa a la selva, no te dejes encarcelar una vez m\u00e1s\u201d. Eso le dec\u00eda. Recomend\u00e1ndole, rog\u00e1ndole, que por favor, no asustara a los visitantes. Ning\u00fan caso me hizo. Cuando las personas pretend\u00edan pasar frente a su territorio \u00e9l saltaba desde los \u00e1rboles sobre el camino, sorpresivamente, hecho una fiera. Les ca\u00eda justo a dos metros de distancia a los intrusos para cortarles el paso, luego les lanzaba una o dos piedras de advertencia sin mucha punter\u00eda. Si no retroced\u00edan se les iba encima corriendo en sus dos patas traseras con los brazos en alto enarbolando piedras o palos, d\u00e1ndose golpes furiosos en el pecho mientras aullaba amenazante. La gente obviamente se asustaba, hu\u00eda en carrera, pon\u00eda la queja. Posteriormente vinieron las denuncias.<\/p>\n\n\n\n<p>En vano intentaba explicarle la inconveniencia de sus actos. In\u00fatilmente le azuzaba a internarse en la monta\u00f1a, a procurarse la libertad en su espesura. Me resultaba incomprensible esa resistencia a abandonar este lugar donde le hab\u00edan encarcelado desde peque\u00f1o, me aflig\u00eda su negativa a dejar atr\u00e1s una vida de sometimiento. Quer\u00eda protegerlo de una recaptura, pero su esp\u00edritu parec\u00eda querer afirmar su libertad aqu\u00ed, en este peque\u00f1o espacio del mundo, no en otro sitio. No estaba dispuesto a transigir, ni negociar, ni deseaba huir. Deseaba ser libre aqu\u00ed.<\/p>\n\n\n\n<p>Con los d\u00edas, prenderlo se hizo cada vez m\u00e1s dif\u00edcil. Parec\u00eda enterarse con antelaci\u00f3n de los planes elaborados en secreto para atraparlo. Como sucedi\u00f3 aquella noche de luna nueva cuando pretendieron cazarlo utilizando unos somn\u00edferos importados, especiales para ser lanzados con rifles de mira infrarroja. Pancho se afantasm\u00f3 entre las sombras. Se hizo invisible. Nadie pudo verlo en ning\u00fan \u00e1rbol, ni escuchar siquiera la tr\u00e9mula queja de una rama,ni entre el follaje el m\u00e1s leve rumor de respiraci\u00f3n animal.Los cazadores burlados peinaron el parque, lo buscaron por las adyacencias de la laguna, oculto detr\u00e1s de las jaulaspor donde a veces merodeaba, limando las mallas o las rejas con piedras de cuarcita, con intenci\u00f3n de liberar aotros animales. Despu\u00e9s de esa cacer\u00eda infructuosa no le vimos m\u00e1s. Desapareci\u00f3. Llegamos a pensar en su evasi\u00f3n definitiva. No era as\u00ed. A las dos semanas salt\u00f3 desde uno de los samanes para asustar, nada m\u00e1s y nada menos que a la sobrina del alcalde, una ni\u00f1a de ocho a\u00f1os de edad.Pocos d\u00edas despu\u00e9s lo acusaron de lanzar piedras a los autom\u00f3viles estacionados frente a la medicatura.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013\u00a1Imag\u00ednense! \u00a1Da\u00f1os a la propiedad privada! \u2013exclam\u00f3 el director.<\/p>\n\n\n\n<p>El alcalde del pueblo decidi\u00f3 intervenir. Susto a su sobrina, veh\u00edculos averiados, miedo generalizado en los visitantes del parque zool\u00f3gico, ataques a la propiedad privada. Pancho se hab\u00eda convertido, seg\u00fan acus\u00f3 el burgomaestre llen\u00e1ndose la boca de grandilocuencia, en un problema de seguridad, en una amenaza p\u00fablica. Acto seguido contrat\u00f3 mercenarios. \u00a1Infame! Lav\u00f3 sus manos con pedanter\u00eda discurseando haber restablecido el orden p\u00fablico. Eufemismo para no decir asesinato, masacre.<\/p>\n\n\n\n<p>Los matones ingresaron en el parque zool\u00f3gico bien temprano esa ma\u00f1ana, armados hasta los dientes. Dos horas despu\u00e9s, tras de una persecuci\u00f3n implacable, un combate a muerte de plomo contra piedras, balas contra frutos, pistolas contra ramas, fusiles contra palos, varios heridos, Pancho yac\u00eda tendido bajo el araguaney, con una herida de bala atravesando su cuerpecito a la altura del pulm\u00f3n. Qued\u00f3 mirando hacia la laguna, con los ojos aguados, empu\u00f1ando unas flores de su \u00e1rbol favorito. Libre, finalmente libre, como debe vivir y morir un araguato.<\/p>\n\n\n\n<h3 class=\"wp-block-heading\">El pueblo donde mataron a Dios<\/h3>\n\n\n\n<p>Fui hasta San Fernando de Atabapo para averiguar sobre Funes, \u201cel terror del Amazonas\u201d, pero me encontr\u00e9 con otra historia. Inquietante como las repeticiones aleatorias.<\/p>\n\n\n\n<p>El viaje respond\u00eda seguramente a una pulsi\u00f3n at\u00e1vica. El sonido de las palabras puede llegar a tener un peso inconfesable. Despu\u00e9s de leer La vor\u00e1gine, la sonoridad del nombre San Fernando de Atabapo puls\u00f3 en mi configuraci\u00f3n como una fuerza poderosa, una invocaci\u00f3n, acaso un llamado. En tanto la efigie del coronel Jos\u00e9 Tom\u00e1s Funes se erig\u00eda como manifestaci\u00f3n febril de la violencia, parte ineludible del enigma contenido en la expresi\u00f3n \u201cnaturaleza humana\u201d. Por estas razones un tanto metaf\u00edsicas, m\u00e1s otras innecesarias de enumerar, un cuatro de julio, el d\u00eda anterior a la Declaraci\u00f3n de Independencia, me embarqu\u00e9 hacia la antigua capital del estado Amazonas.<\/p>\n\n\n\n<p>Una familia ind\u00edgena cautiva en su curiosidad ante mi extra\u00f1a b\u00fasqueda, acept\u00f3 transportarme generosamente. Cinco tripulantes, incluido el piloto, ocup\u00e1bamos el bongo.<\/p>\n\n\n\n<p>Salimos del atracadero del puerto de Samariapo, zigzagueando lentamente para eludir las numerosas embarcaciones cargadas de alimentos, materiales de construcci\u00f3n, bidones de combustible. Atravesamos cautelosamente el angosto brazo del r\u00edo colmado de manglares, hasta ingresar, maravillados, en el inmenso caudal de La Gran Serpiente Enroscada, nombre dado por el pueblo tamanaco al imponente Orinoco. Navegar por primera vez el r\u00edo m\u00e1s caudaloso del mundo me hizo sentir insignificante. Sobre la inconmensurable fuerza de sus corrientes experiment\u00e9 una sensaci\u00f3n quiz\u00e1 primitiva: de miedo y fascinaci\u00f3n simult\u00e1neas, perplejo ante la fuerza de la naturaleza. La selva en la orilla izquierda era espesa, colmada de \u00e1rboles gigantescos cuya mara\u00f1a dibujaba en las m\u00e1rgenes del r\u00edo un muro vegetal relleno de sombras. Dado el vasto caudal, de la otra orilla solo alcanzaba a divisarse una l\u00ednea borrosa, difuminada entre cielo y agua.<\/p>\n\n\n\n<p>Cerca de Isla Rat\u00f3n una bruma blanca vino a nuestro encuentro flotando a ras de las aguas turbulentas, como un velo vaporoso, arrastrada suavemente por la brisa. Las nubes en la lejan\u00eda formaban c\u00famulos sombr\u00edos. Una gris\u00e1cea cortina de agua pod\u00eda advertirse en lontananza y entre el oscuro tel\u00f3n de lluvia torrencial, los fogonazos, la electrizada luz de los rel\u00e1mpagos rasgaba la insondable b\u00f3veda del cielo. En adelante, con toda consciencia, singl\u00e1bamos directo hacia el encuentro con la tempestad.<\/p>\n\n\n\n<p>Un vendaval arroj\u00e1ndonos la lluvia contra el rostro a gran velocidad fue el preludio de la entrada a la garganta bronca. Metidos en las fauces de la tormenta, el bongo azotado por los vientos amenaz\u00f3 con zozobrar. La peque\u00f1a embarcaci\u00f3n oscilaba en el oleaje embravecido obstinado en replicar en el agua la combusti\u00f3n de los cielos. Tal vez por los nervios empec\u00e9 a sonre\u00edr como un demente, afrontando el temporal sentado en la proa cual si este fuera el \u00faltimo, a la espera de la peor consecuencia. El agua de la lluvia y de las olas terrosas me golpeaba en la cara con furia, las u\u00f1as se clavaban por instinto en la madera de la embarcaci\u00f3n atenaz\u00e1ndola. Iba amparado en la inconsciencia cuando vi a la se\u00f1ora Faustina, majestuosa a sus m\u00e1s de ochenta a\u00f1os, sentada en medio del bongo sobre una silla endeble, cubierta con un delgado pl\u00e1stico, soportando imperturbable los embates del temporal, con la mirada fija atravesando la borrasca. Entonces pens\u00e9: si ella mantiene esa entereza saldremos de esta. Quebrarme o temer se me antoj\u00f3 rid\u00edculo.<\/p>\n\n\n\n<p>Media hora despu\u00e9s de esta traves\u00eda estremecedora escamp\u00f3. El mundo pareci\u00f3 aquietarse. Envueltos en esa calma aparente cruzamos por enfrente del Raudal del Muerto, absortos en mirar su oleaje enredado de borbollones. Genera temor ver de cerca esta especie de portal hacia el abismo en la mitad del gigantesco r\u00edo, escuchar el regurgitar de un remolino capaz de tragarse una embarcaci\u00f3n de mediano calado cual si fuera un barco de papel.<\/p>\n\n\n\n<p>En San Pedro del Orinoco desembarcamos. Nos detuvimos a visitar a una hermana de Andr\u00e9s Evaristo, hija de la se\u00f1ora Faustina, profesora en la escuela de este peque\u00f1o pueblo ribere\u00f1o. Almorzamos en su casa una sopa de gallina hecha en fuego de le\u00f1a, protegidos por una gigantesca quema de ramas para espantar las nubes de jejenes. Media hora despu\u00e9s de zarpar desde San Pedro todav\u00eda iba extray\u00e9ndome agua amarilla de las rosetas provocadas en los brazos por las picaduras de los mosquitos quemadores, cuando repentinamente regres\u00f3 la lluvia, persistente, abundante, suficientemente densa como para entorpecer la marcha. Atrapados en la lentitud forzada de la navegaci\u00f3n, la noche se abalanz\u00f3 sobre nosotros de improviso, quedamos en medio de la oscurana, como si nos hubiera ca\u00eddo encima una piedra de azabache. Naveg\u00e1bamos lentamente por entre la lluvia blanca, a oscuras, cubiertos de sombras, casi a merced de las tinieblas, tanteando el rumbo. Por suerte la benigna aparici\u00f3n de la luna colgada como un candil en el firmamento vino a esparcir sobre el r\u00edo una alfombra luminosa, erigi\u00e9ndose en nuestra gu\u00eda hacia el destino incierto. Uno nunca sabe si podr\u00e1 llegar al lugar a donde intenta ir. Viajar es una apuesta hacia la incertidumbre. Despu\u00e9s de bordear una isla de roca coronada por la Virgen del Carmen, la embarcaci\u00f3n dej\u00f3 de avanzar. Empez\u00f3 a retroceder dibujando un c\u00edrculo. Met\u00ed la mano en el agua y la sent\u00ed dando giros. El agua daba giros. Se me sali\u00f3 de la boca un nervioso \u201cestamos retrocediendo en c\u00edrculos\u201d y Andr\u00e9s Evaristo me respondi\u00f3 que est\u00e1bamos atrapados en medio de uno de los raudales m\u00e1s peligrosos de la ruta. La corriente nos arrastraba hacia el ojo de un remolino en el centro del r\u00edo. El capit\u00e1n, sin dudarlo, apag\u00f3 el motor, dej\u00f3 el bongo a merced de la corriente. Esper\u00f3 el momento cuando la embarcaci\u00f3n siguiendo el curso circular del remolino se echara levemente hacia adelante y encendi\u00f3 la m\u00e1quina para avanzar con pericia unos metros. Debajo del bote la corriente giraba con fuerza. Estaba asustado. Enmudec\u00ed escuch\u00e1ndome el coraz\u00f3n. Nadie hablaba. El piloto necesitaba este silencio para escuchar las aguas, sentirlas hacer el c\u00edrculo para apagar y encender el motor en el momento justo. El r\u00edo quer\u00eda hundirnos, pero el experimentado capit\u00e1n, leyendo con todo el cuerpo la corriente, a ciegas repet\u00eda una y otra vez la maniobra de apagar y encender el motor sin perturbarse, para avanzar un poco, hasta lograr finalmente sacar la embarcaci\u00f3n de la vor\u00e1gine. El nieto de la se\u00f1ora Faustina y Andr\u00e9s Evaristo rompieron el mutismo del p\u00e1nico con un grito jubiloso, elogiando escandalosamente a nuestro capit\u00e1n como al mejor navegante del padre r\u00edo Orinoco. No lo puse en duda. Ten\u00eda el coraz\u00f3n en la lengua. Salir del remolino de un raudal orinoquense, a ciegas, en mitad de la oscurana en una noche lluviosa, no cualquiera lo consigue. <\/p>\n\n\n\n<p>Despu\u00e9s del susto, cerca de la medianoche avistamos las luces de San Fernando de Atabapo; brillaban como un camino de diamantes. Nos desviamos del padre Orinoco hacia la derecha para entrar a remontar la corriente del Guaviare. Seguidamente giramos hacia la izquierda para entrar en la corriente de un r\u00edo absolutamente negro pero asombrosamente cristalino, encantado en duplicar la estrellada b\u00f3veda infinita en su espejo de obsidiana. Era el r\u00edo Atabapo. Embocamos por sus ca\u00f1os colmados de manglares tanteando con los canaletes la profundidad del fango, apart\u00e1bamos las ramas con varas de madera o con las manos. \u00cdbamos bogando lentamente, con toda precauci\u00f3n, en suspenso, cuando un trinar emergido de la profundidad del agua, emulador de una bandada de aves sumergidas, me alel\u00f3 en medio del mundo. Me antoj\u00e9 enga\u00f1ado por una percepci\u00f3n ilusoria, producto del cansancio, pero mis compa\u00f1eros me corrigieron. No deliraba. Era el tintinar de las toninas d\u00e1ndonos la bienvenida en su lenguaje misterioso en mitad del silencio y de la oscura noche. Finalmente, luego de bogar por los ca\u00f1os casi veinte minutos, arribamos al patio de la vivienda de mis anfitriones, hasta donde llegaba un brazo del r\u00edo. Me recibieron cari\u00f1osamente, como a uno m\u00e1s de los familiares que retornaba a casa cansado del largo viaje. Quiz\u00e1 as\u00ed era. Cenamos casabe, comimos pescado, bebimos cachire. Me asignaron como cama un chinchorro colgado de las vigas de un corredor, en la parte posterior de la vivienda, junto al solar, cerca del agua. Pernoct\u00e9 arrullado en los trinos infinitos, en los croares graves, en los aullidos lejanos, en el rumor de la corriente, extasiado en los h\u00famedos aromas vegetales. Una suave brisa seguramente me empuj\u00f3 definitiva hacia la profundidad del sue\u00f1o.<\/p>\n\n\n\n<p>A la ma\u00f1ana siguiente camin\u00e9 hasta la plaza en la que, el treinta de enero de mil novecientos veintiuno lo fusilaron. A\u00fan est\u00e1 viva la ra\u00edz del \u00e1rbol de sarrapia donde el coronel permaneci\u00f3 amarrado esa ma\u00f1ana, hasta cuando el tambi\u00e9n coronel Emilio Ar\u00e9valo Cede\u00f1o orden\u00f3 finalmente la mortal descarga de fusiler\u00eda. Cuentan que Jos\u00e9 Tom\u00e1s Funes pidi\u00f3 ser fusilado sin venda en los ojos para as\u00ed poder mirar a sus ejecutores a la cara. Ese fue su \u00faltimo deseo. Entrevist\u00e9 al sacerdote, varios paisanos, a uno de sus descendientes. M\u00e1s all\u00e1 de cuanto me hayan dicho, por dem\u00e1s interesante, los tres me recomendaron visitar a Pascual Silva. Rumbo a la casa del cronista del pueblo rumiaba sus testimonios pensando en esos tiempos, en el genocidio perpetrado durante la explotaci\u00f3n del caucho o \u00e1rbol que llora. Ensimismado cruc\u00e9 frente a las bodegas repletas de frutas, acompasado el tranco por la voz de los pregoneros que vend\u00edan a gritos el pescado fresco arrastrado en sus carretas de madera, y deteni\u00e9ndome a leer los letreros pintados en las paredes, escritos en idiomas curripaco, panare, piaroa. Como el cunaguaro en busca de sombras me escurr\u00ed por las calles luminosas tratando de escapar de los rayos del sol, sin poder evadir, ni por asomo, el vaho caliente de la selva, su h\u00fameda respiraci\u00f3n envolvente y sopor\u00edfera.<\/p>\n\n\n\n<p>La vivienda del cronista estaba cerca del r\u00edo. Llam\u00e9 a la puerta con los buenos d\u00edas. Su se\u00f1ora esposa sali\u00f3 a recibirme y, enterada de mi b\u00fasqueda, amablemente me invit\u00f3 a pasar. Sentado en la sala vi venir hacia m\u00ed desde el solar de la casa a un ser humano gigantesco con la piel de bronce y el cabello blanco. Pascual Silva result\u00f3 sonriente, amable, sencillo, como suelen ser los hombres sabios. Me refiri\u00f3 haber compuesto varias canciones a peces del r\u00edo,  como el pav\u00f3n, aves, como el piapoco, ser autor de varias obras de teatro para su trabajo con los ni\u00f1os y las ni\u00f1as de la escuela en este pueblo, donde sirve como profesor.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013As\u00ed que viniste a averiguar sobre Funes.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013Cuanto pueda saberse, se\u00f1or Pascual.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013Hombre querido, respetado. Los viejos de antes se molestaban cuando alguien se atrev\u00eda a hablar mal del Coronel. \u00bfD\u00f3nde te est\u00e1s quedando, muchacho?<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013En casa de Andr\u00e9s Evaristo. \u00c9l me trajo desde Samariapo. Ven\u00eda con su madre, la se\u00f1ora Faustina, con un<br>sobrino suyo adolescente, m\u00e1s un piloto muy bueno, mentado el Capit\u00e1n.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013\u00a1Ah\u2026 los Evaristo! Ellos son de Cacahual, el pueblo donde mataron a Dios.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013\u00bf\u00a1El pueblo donde mataron a Dios!? \u00bfC\u00f3mo es eso, se\u00f1or Pascual? <\/p>\n\n\n\n<p>\u2013Hace muchos a\u00f1os, all\u00e1 por los a\u00f1os treinta, remontaba el r\u00edo Atabapo un hombre en un bongo tocando tambores, y dec\u00eda que era Dios\u2026, y la gente le cre\u00eda. Le entregaba ofrendas, le rend\u00eda tributo. Ven\u00eda cada a\u00f1o ese hombre. Apenas las personas escuchaban el repique del tambor subiendo por el r\u00edo, surcando la selva montado sobre el viento, se asustaban. Gritaban \u201c\u00a1Viene Dios, ah\u00ed viene Dios!\u201d, corriendo a buscarle el mejor ma\u00f1oco, las mejores pi\u00f1as, la mejor manaca, el mejor casabe y las mejores carajitas; porque a ese dios tambi\u00e9n le gustaban las mejores carajitas. <\/p>\n\n\n\n<p>Sucedi\u00f3 as\u00ed durante tres a\u00f1os. Ese hombre ven\u00eda, recib\u00eda regalos, se iba, regresaba. Hasta que un d\u00eda, a un pariente de la comunidad se le ocurri\u00f3 dudar. Usted sabe,  amigo, cuando un hombre o una mujer dudan, es porque se est\u00e1n haciendo hombres o mujeres de verdad. <\/p>\n\n\n\n<p>As\u00ed que al a\u00f1o siguiente, cuando el eco del tambor remont\u00f3 el r\u00edo arrastrado por la brisa, viajando a ras del agua o zigzagueando por entre los \u00e1rboles hasta llegar a los o\u00eddos de la comunidad, cuando las personas inquietas corr\u00edan de un lado a otro voceando asustadas:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013\u00a1Viene Dios, ah\u00ed viene Dios! Afanadas en buscar el mejor ma\u00f1oco, la mejor manaca, las mejores pi\u00f1as y las mejores carajitas, para ofrendar a ese dios, Jos\u00e9, as\u00ed se llamaba el hombre que dud\u00f3, se dijo a s\u00ed mismo:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013Bueno, si en verdad es Dios, no le va a hacer da\u00f1o un poco de mi camajay.<\/p>\n\n\n\n<p>Con esta idea en mente se meti\u00f3 en su casa, se sent\u00f3 a triturar las hierbas, a pulverizar las ra\u00edces junto con las semillas, dispuesto a preparar el veneno siguiendo respetuosamente, palabra por palabra, la receta ancestral. Finalizada su elaboraci\u00f3n, fue a ponerse a la vera del camino por donde la gente pasaba corriendo con las ofrendas para el dios, y cuando una de las muchachas pas\u00f3 por enfrente suyo llevando en sus manos una tapara rebosante de manaca, \u00e9l, disimuladamente, le solt\u00f3 en la totuma un poco de polvo de camajay que llevaba escondido entre las u\u00f1as. La mujer ni cuenta se dio, llev\u00f3 a ese dios la bebida refrescante, este recibi\u00f3 el presente con una sonrisa socarrona, acarici\u00f3 morbosamente la mejilla de la jovencita y empez\u00f3 a beberse la manaca, pero alcanz\u00f3 a tomarse nada m\u00e1s media tapara y cay\u00f3 muerto.<\/p>\n\n\n\n<p>La gente al ver a ese dios tendido sobre la roja tierra arcillosa se asust\u00f3 Empezaron a gritar:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013\u00a1Matamos a Dios, matamos a Dios!<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013\u00bfPero c\u00f3mo?, \u00bfc\u00f3mo pudo ser? \u2013se preguntaron.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013Yo creo que Jos\u00e9 le ech\u00f3 algo a la manaca, \u2013dijo la muchacha asustada, todav\u00eda dudosa, intentando hacer memoria.<\/p>\n\n\n\n<p>La comunidad enseguida fue en busca de Jos\u00e9. \u00c9l estaba tranquilo en su casa, sinti\u00f3 la algarab\u00eda, vio venir a los parientes en cambote y les sali\u00f3 a su encuentro. Le preguntaron:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013\u00bfQu\u00e9 le echaste a la manaca, Jos\u00e9?<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013Camajay \u2013respondi\u00f3 tranquilamente.<\/p>\n\n\n\n<p>Todo el mundo qued\u00f3 en silencio.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013Pero bueno parientes \u2013prosigui\u00f3 Jos\u00e9\u2013, \u00bfno dec\u00eda que era Dios? Si hubiera sido Dios no estar\u00eda muerto.<\/p>\n\n\n\n<p>La comunidad en su desconcierto se qued\u00f3 pensativa. Se retir\u00f3 unos metros para deliberar en asamblea. Despu\u00e9s de unos minutos regres\u00f3, para comunicar a Jos\u00e9 la decisi\u00f3n tomada:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013Es verdad, tienes raz\u00f3n Jos\u00e9, pero igual mataste a un hombre, \u00a1as\u00ed que vas preso!<\/p>\n\n\n\n<p>Tres hombres de la comunidad se llevaron a Jos\u00e9 detenido para juzgarlo en Ciudad Bol\u00edvar. Esa misma tarde se embarcaron en una curiara r\u00edo abajo. Sin embargo, en esa \u00e9poca, ir desde Cacahual hasta Ciudad Bol\u00edvar pod\u00eda tardar meses, seg\u00fan fuera invierno o verano; no hab\u00eda motor, el viaje tocaba a remo, a canalete, no estaba hecha la carretera de Puerto Ayacucho a Samariapo. Los raudales de Atures deb\u00edan pasarse a pie, vadearlos por la monta\u00f1a, cargando la curiara en hombros o sobre las cabezas, entre varias personas, por esos caminos fangosos, anegados, enmara\u00f1ados de selva. Llegados a Ciudad Bol\u00edvar metieron a Jos\u00e9 en un peque\u00f1o calabozo. Cuentan que ese hombre angustiado no durmi\u00f3 en toda la noche. Dicen que se la pas\u00f3 mirando hacia el r\u00edo por entre los barrotes de la ventana, seguramente escuchaba su coraz\u00f3n, contemplaba el cielo inmenso, ponderando el valor de la libertad cuando la vio perdida. Al d\u00eda siguiente bien temprano, fue presentado a los tribunales. La jueza, cuentan los m\u00e1s viejos, escuch\u00f3 atentamente la declaraci\u00f3n de Jos\u00e9, se reuni\u00f3 con las personas integrantes del jurado y sentenci\u00f3:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013\u00a1Nooo, se\u00f1ores! \u00a1Este hombre es inocente!<\/p>\n\n\n\n<p>Jos\u00e9 fue puesto en libertad inmediatamente y con los mismos parientes que le hab\u00edan tra\u00eddo detenido hasta Ciudad Bol\u00edvar como reo, se regres\u00f3 para su pueblo siendo un hombre libre. El mismo camino, pero de vuelta, remontando las corrientes.<\/p>\n\n\n\n<p>El arribo a Cacahual ocurri\u00f3 una tarde antes del crep\u00fasculo, cuando el sol en el poniente iniciaba su descenso reverberando como oro derramado sobre el negro y cristalino r\u00edo. A esa hora las toninas jugueteaban dando peque\u00f1os saltos sobre el agua, como intentando atrapar retazos del cielo refulgente te\u00f1ido de arreboles. Las mariposas azules ondulaban sobre la corriente cerca de la orilla en se\u00f1al de bienvenida a los viajeros, mir\u00edadas de cocuyos encend\u00edan y apagaban sus cuerpos preludiando entre el susurro de la selva la ca\u00edda de la noche. Nada m\u00e1s atracar el bongo con sus tripulantes en el muelle, un rugir bronco de araguatos retumb\u00f3 en la manigua.<\/p>\n\n\n\n<p>El pueblo parec\u00eda abandonado. Jos\u00e9 descendi\u00f3 de la curiara, expectante. Puso el pie en la arena verificando en esta la marca de su huella, receloso, cual si regresara abrumado de un profundo sue\u00f1o o retornara encandilado de una revelaci\u00f3n. En el puerto no hab\u00eda nadie. El viento deambulaba silbando por la soledad de las calles. Ninguna persona estaba en las casas. Jos\u00e9 busc\u00f3 afanosamente a sus parientes por todas partes para darles la noticia de su inocencia. Finalmente, en un claro de camino a la monta\u00f1a, hall\u00f3 reunida a la comunidad entera. Les encontr\u00f3 arrodillados. Oraban ante una capilla de piedra levantada para honrar a ese dios a qui\u00e9n \u00e9l mismo, en presencia de todo el pueblo, hab\u00eda dado muerte.<\/p>\n\n\n\n<p>Incr\u00e9dulo, comprob\u00f3 que lo segu\u00edan adorando\u2026 Y hasta el d\u00eda de hoy lo adoran\u2026<\/p>\n\n\n\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/nelson-enrique-chavez-herrera\/\" target=\"_blank\" rel=\"noreferrer noopener\">Sobre el autor<\/a><\/h4>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>La libertad seg\u00fan los araguatos Hace varios a\u00f1os quisimos rescatar a Pancho, pero nos quedamos en los c\u00e1lculos: \u00bfcu\u00e1l ser\u00eda el mejor recodo para introducirse de noche en el parque sin ser vistos, la herramienta adecuada para cortar la malla sin hacer demasiado ruido, la dosis precisa de tranquilizante para un animal de su tama\u00f1o? 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