{"id":10108,"date":"2023-12-18T22:18:13","date_gmt":"2023-12-18T22:18:13","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=10108"},"modified":"2023-12-26T21:37:24","modified_gmt":"2023-12-26T21:37:24","slug":"villa-diamante","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/villa-diamante\/","title":{"rendered":"Villa Diamante"},"content":{"rendered":"\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\">Boris Izaguirre <\/h4>\n\n\n\n<p><strong>Cap\u00edtulo <\/strong>1&nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p>Todos los 17 de diciembre comenzaba la Navidad en la casa de los Guerra, y todas las Navidades eran un cuento triste para Ana Irene y Ana Elisa, como hab\u00edan sido bautizadas las dos hermanas. Triste porque significaba siempre, y desde entonces, el final de algo. De un a\u00f1o escolar. El largo de una melena. La estatura. El paso de una aula a otra en el caso de la mayor, a quien todos llamaban Irene, perdiendo o reiniciando, daba igual, los tr\u00e1mites de conocidas o recientes amistades. Nuevas metas para Ana Elisa en su entrenamiento gimn\u00e1stico. El tiempo pasaba y ya era evidente para ambas hermanas que no ser\u00eda nunca un compa\u00f1ero de viaje. El tiempo era una constante mal\u00e9vola, que avanzaba antes de que ellas supieran percibirlo y desaparecer\u00eda antes de que pudieran cont\u00e1rselo a sus amigas. O a esa persona, ese hombre por ahora sin rostro, que ambas esperaban conocer alg\u00fan d\u00eda.<\/p>\n\n\n\n<p>Irene y Ana Elisa. La izquierda de la fotograf\u00eda para la mayor, Irene, seis a\u00f1os reci\u00e9n cumplidos y preciosa. Todo en ella, brillante, tanto que el Ana sobraba. Con un solo nombre era suficiente. La derecha, siempre en la zona donde la luz es m\u00e1s d\u00e9bil, para la menor, Ana Elisa. Vestidas como si fueran gemelas aunque las separaran poco m\u00e1s de diez meses. En la Venezuela de aquellos d\u00edas los hijos no pod\u00edan distanciarse entre s\u00ed. Todos deb\u00edan nacer casi al un\u00edsono para construir la gran patria que el Benem\u00e9rito, como se denominaba al presidente no electo, caudillo eterno Juan Vicente G\u00f3mez, deseaba dejar tras de s\u00ed como \u00abgran legado, insigne responsabilidad\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>All\u00ed estaban, en la misma dictadura, aunque las ni\u00f1as no entendieran la palabra, en la d\u00e9cada de los treinta, y aunque tampoco comprendieran qu\u00e9 era una d\u00e9cada, otra Navidad sin nieve, las inmensas palmeras del jard\u00edn de la casa familiar meci\u00e9ndose una vez m\u00e1s al suave vaiv\u00e9n del aire tropical de finales de diciembre. Las dos muy juntas y vestidas de la misma manera, s\u00f3lo que a Irene el vestido infantil a cuadros escoceses, cosido por las monjas de la iglesia de San Francisco y enviado a casa en una caja de lazos grandes de color rosa, le quedaba siempre m\u00e1s entallado, como si a cada minuto estuviera creciendo y variando de medidas. El de Ana Elisa, en cambio, navegaba, flotaba, no le pertenec\u00eda, parec\u00eda siempre prestado. A medida que el momento de abrir los regalos se aproximaba, Irene se acercaba m\u00e1s y m\u00e1s a su hermana siempre pendiente de otra cosa; mirando hacia la ventana, imaginando que, en vez de palmeras que se mec\u00edan, una bola de nieve irrumpir\u00eda en medio del verde jard\u00edn y aplastar\u00eda con su g\u00e9lido aliento el violeta de las orqu\u00eddeas que cultivaba su madre.<\/p>\n\n\n\n<p>No era as\u00ed. Las palmeras jam\u00e1s dejaban de mecerse, el clima se manten\u00eda c\u00e1lido todos los a\u00f1os, de brisas suaves, cielos ennoblecidos por un eterno azul. S\u00fabitamente un mango ca\u00eda y alg\u00fan jardinero dec\u00eda: \u00abSe ha adelantado junio\u00bb. Nunca hubo trineos nevados, osos blancos y zorros de ojos grises corriendo entre hielos, renos esperando una bendici\u00f3n. En vez de esa fauna de otros diciembres, Irene y Ana Elisa recordar\u00edan siempre la algarab\u00eda de los loros que saltaban de rama en rama, las guacamayas movi\u00e9ndose en c\u00edrculos enormes, quince, tal vez diecis\u00e9is, batiendo sus alas de colores vivos, el azul de siempre, el amarillo por conocer, el rojo que no se atrev\u00eda a revelar su nombre.<\/p>\n\n\n\n<p>Entonces Josefina y Mariela, las criadas, cerraban las cortinas del sal\u00f3n y su padre se escond\u00eda detr\u00e1s del proyector de pel\u00edculas reci\u00e9n llegado de California. Las ni\u00f1as no pod\u00edan quedarse despiertas en las fiestas de sus padres, donde el aparato, rey y centro de comentarios siempre, les ced\u00eda s\u00f3lo por un d\u00eda una m\u00ednima parte de su protagonismo. \u00ab\u00bfEl cine en casa, qu\u00e9 sentido tiene? Si para algo sirven las pel\u00edculas es para ver a la gente en el teatro\u00bb, dec\u00eda un invitado. \u00abEn el fondo es lo que estamos haciendo aqu\u00ed, vi\u00e9ndonos siempre los mismos\u00bb, respond\u00eda Alfredo, el padre, sin perder jam\u00e1s su tono bondadoso. \u00bfQu\u00e9 ve\u00edan ellos, los mayores?, se preguntaban Ana Elisa e Irene. A veces o\u00edan desde sus habitaciones risas, canciones en ingl\u00e9s, ruidos de zapatos golpeando un escenario, la llegada de un tren, un barco alej\u00e1ndose de alg\u00fan muelle.<\/p>\n\n\n\n<p>Pero el d\u00eda de Navidad el proyector no mostraba nada. No hab\u00eda pel\u00edcula ni cantores de jazz. Su foco encerraba a las dos hermanas en un c\u00edrculo de luz y ambas, extasiadas, se dejaban envolver por el ruido de la m\u00e1quina, un ventilador que les recordaba huracanes no vividos, desiertos jam\u00e1s cruzados, manantiales escondidos en la monta\u00f1a detr\u00e1s de la casa.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Ana Elisa, Irene, \u00bfd\u00f3nde est\u00e1n ahora? \u2014preguntaba Alfredo.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014En el Polo Norte, pap\u00e1. Esperando a Santa Claus \u2014respond\u00eda la primera, Irene, que aun siendo la mayor se asustaba un poco de esta teatralidad. Su mano buscaba la de su hermana peque\u00f1a a pesar de que las dos sab\u00edan, desde mucho tiempo atr\u00e1s, que \u00e9se era su momento, un espect\u00e1culo montado s\u00f3lo para ellas, en exclusiva, y m\u00e1s que acobardarse deb\u00edan disfrutar de la entrega de sus regalos.<\/p>\n\n\n\n<p>&nbsp;\u2014\u00bfY por qu\u00e9 est\u00e1n en el Polo Norte, Irene?<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Porque ha llegado Santa Claus, pap\u00e1 \u2014contestaba la voz coloreada, adorable, de Irene.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Y porque trae nuestros regalos \u2014agregaba murmullando, voz m\u00e1s real, m\u00e1s descriptible, Ana Elisa.<\/p>\n\n\n\n<p>Se abri\u00f3 la puerta del sal\u00f3n, la luz inund\u00f3 toda la habitaci\u00f3n y la mano de Irene estrech\u00f3 con m\u00e1s fuerza la de Ana Elisa.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Alfredo\u2026 Acaba de suceder algo.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014No me gusta esa cara, Carlota. Y menos ahora, con las ni\u00f1as esperando.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00a1Ha muerto G\u00f3mez!<\/p>\n\n\n\n<p>Los ruidos que siguieron no pertenec\u00edan al proyector, sino a respiraciones, sofocos de gente que ven\u00eda corriendo en el deseo de compartir la noticia. De pronto ya no eran resuellos, eran gritos. \u00ab\u00a1Muri\u00f3 el tirano!\u00bb. \u00abHa muerto el bastardo\u00bb. \u00abLibertad para Venezuela\u00bb. \u00abJusticia para los criminales\u00bb. Ana Elisa sinti\u00f3 que su padre la separaba de Irene y Carlota protegi\u00f3 con sus brazos a su hija mayor.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Vienen hacia aqu\u00ed, Alfredo. G\u00f3mez ha muerto y nosotros somos gomecistas. No nos perdonar\u00e1n nada \u2014gimi\u00f3 m\u00e1s que habl\u00f3\u2014. Irene, sube conmigo.<\/p>\n\n\n\n<p>Lo primero que pens\u00f3 Ana Elisa, entre las voces que se acercaban, los cuerpos que ya parec\u00edan estar jadeando alrededor de ellos en esa habitaci\u00f3n, era que iban a salvar a su hermana mientras que a ella la dejaban all\u00ed. Las dos tuvieron tiempo de mirarse, perplejas al ver c\u00f3mo las separaban. El proyector todav\u00eda encendido y los gritos de la calle cada vez m\u00e1s cerca. Josefina, una de las criadas, la recogi\u00f3.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Ap\u00e1rtate de las ventanas, ni\u00f1a, ya llegan, est\u00e1n aqu\u00ed\u2026<\/p>\n\n\n\n<p>Y como si fuera el tel\u00f3n de un teatro que se desploma para descubrir una selva sin nombre que aparece sin raz\u00f3n, el cristal del ventanal, la inmensa pared de vidrio, estall\u00f3.<\/p>\n\n\n\n<p>Josefina cubri\u00f3 los ojos de Ana Elisa. Seis, ocho hombres, y su clamor contra el dictador se hac\u00eda real en su propia casa, sus ropas marrones, sus ojos cargados de furia. Sus alientos cort\u00e1ndoles el camino.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00a1Muerte a los c\u00f3mplices del dictador! \u2014exclamaban.<\/p>\n\n\n\n<p>Ana Elisa se fij\u00f3 en uno de ellos. Josefina estaba tan asustada que fue incapaz de gritar. La presencia de la ni\u00f1a contuvo a los asaltantes.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Tu padre, queremos a tu padre \u2014exigi\u00f3 uno de ellos.<\/p>\n\n\n\n<p>Ana Elisa no respondi\u00f3 y Josefina se arrodill\u00f3, llorando, suplicando que no las tocaran.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Da igual \u2014dijo uno de los hombres\u2014. Todo lo que hay en esta casa lo han comprado matando a nuestra gente, meti\u00e9ndolos presos, tortur\u00e1ndolos.<\/p>\n\n\n\n<p>La voz de su padre tron\u00f3 de repente.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Aqu\u00ed estoy, no toqu\u00e9is a las mujeres. Josefina, lev\u00e1ntate y ll\u00e9vatela a su habitaci\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014No quiero irme, pap\u00e1.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Ana Elisa, \u00a1sube!<\/p>\n\n\n\n<p>Josefina se incorpor\u00f3, r\u00e1pida, y tom\u00f3 a la ni\u00f1a. Uno de los hombres, sudoroso, de dientes blanqu\u00edsimos y fuertes, el pelo negro casi ocult\u00e1ndole la cara, una mand\u00edbula sobresaliente, un lobo erguido, se acerc\u00f3 a su padre.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Usted y los que son como usted han permitido que la dictadura viviera a\u00f1os y m\u00e1s a\u00f1os mientras mis padres y mis hermanos se pudr\u00edan en la c\u00e1rcel.<\/p>\n\n\n\n<p>El padre de Ana Elisa baj\u00f3 los ojos y, en ese instante, el hombre escupi\u00f3 sobre \u00e9l. Toda acci\u00f3n se detuvo, todos pensaron que cualquier otro gesto desatar\u00eda a\u00fan m\u00e1s violencia.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Ll\u00e9vate a la ni\u00f1a fuera de aqu\u00ed, Josefina. \u00a1Ahora!<\/p>\n\n\n\n<p>Ana Elisa s\u00f3lo alcanz\u00f3 a ver a su padre bajo el marco de la puerta mientras las cortinas se desplomaban sobre la alfombra y los hombres las romp\u00edan con los dientes y las pateaban. Una \u00faltima imagen grabada para siempre, la del ventanal roto que se volv\u00eda nada mientras las patas de las butacas del sal\u00f3n se quebraban y saltaban ante sus ojos como insectos que en un instante aprend\u00edan a volar y el proyector sin pel\u00edcula iluminaba las sombras de esos seres que rodeaban a su padre, un ballet sin m\u00fasica, un destello sin pausa, hasta que uno de ellos cogi\u00f3 el aparato y lo estamp\u00f3 contra el suelo. \u00abC\u00f3mplices, corruptos, protegidos del tirano. \u00a1Ha llegado vuestro final!\u00bb. Y como si el escupitajo no fuera suficiente, ese mismo hombre golpe\u00f3 a Alfredo hasta hacerlo caer y, con \u00e9l por fin en el suelo, aplast\u00f3 su pie contra el pecho e introdujo en la boca jadeante, humillada, del padre de Ana Elisa su pistola. \u00abDime que no has trabajado para G\u00f3mez, \u00a1atr\u00e9vete a dec\u00edrmelo!\u00bb, exclam\u00f3, escupi\u00e9ndole otra vez, Alfredo sintiendo en el paladar el sabor del rev\u00f3lver, como si el negro de su hierro quisiera disolverse en su lengua y sus ojos no pudieran ver m\u00e1s.<\/p>\n\n\n\n<p>No fue as\u00ed. Hubo un d\u00eda siguiente, y de nuevo las dos hermanas, protegidas por el abrazo de la madre y los ojos sollozantes de Josefina y la otra criada, Mariela, contemplaban el despojo del sal\u00f3n. Al fondo, el jard\u00edn tambi\u00e9n era un campo de batalla, la piscina vac\u00eda, los setos estropeados y las sillas arrojadas en direcciones absurdas, sin sentido. S\u00f3lo las palmeras manten\u00edan su quietud. Y de entre todas ellas, la m\u00e1s alta, envanecida y firme con su cabeza coronada de ramas muy por encima de las dem\u00e1s, de todo en realidad, representaba un orgullo que nadie m\u00e1s pod\u00eda defender en la casa. Ana Elisa se qued\u00f3 mir\u00e1ndola y dese\u00f3 que a partir de entonces esa palmera tuviera un nombre. Pero no el de alguno de ellos, sus due\u00f1os, los se\u00f1ores de la casa ahora vencidos, sino otro, de algo que siempre consiguiera sobrevivir. \u00abDiamante, palmera Diamante\u00bb, murmur\u00f3, como si lo mineral y lo vegetal pudieran mezclarse en su universo de ni\u00f1a.<\/p>\n\n\n\n<p>Como un cuervo penitente, el padre Basilio hac\u00eda caso omiso de la palmera reci\u00e9n bautizada y avanzaba por el jard\u00edn hacia el sal\u00f3n para, atravesando la ventana destrozada, llegar junto a ellas.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Hay que dar gracias a Dios de que no hayan tocado a las ni\u00f1as. Ni a ustedes \u2014a\u00f1adi\u00f3.<\/p>\n\n\n\n<p>El padre de Ana Elisa, un pa\u00f1uelo siempre cerca de la boca, los labios enrojecidos, los ojos amoratados, guard\u00f3 silencio.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014En casa de los Uzc\u00e1tegui tambi\u00e9n entraron y robaron la comida, y me han dicho que en otra de las casas viola\u2026<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Basta, Carlota. Las ni\u00f1as est\u00e1n presentes.<\/p>\n\n\n\n<p>La madre empez\u00f3 a llorar. Irene fue hacia ella y apret\u00f3 su mano.<\/p>\n\n\n\n<p>Ana Elisa se mantuvo sola, como la hab\u00edan dejado ante los invasores.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00bfY Dios, padre Basilio, tiene alguna explicaci\u00f3n para esto? \u2014increp\u00f3 Alfredo.<\/p>\n\n\n\n<p>El cura le mir\u00f3 tomado por la sorpresa.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Algunas veces los hombres somos totalmente responsables de nuestros actos. Dios no tiene nada que ver con ellos.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Ya, claro, ese mismo Dios en cuyo nombre se agradecieron al dictador sus logros para el Estado y para nosotros.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Alfredo, te recuerdo que tambi\u00e9n entraron en la iglesia. Desnudaron al capell\u00e1n, forzaron la sacrist\u00eda, se llevaron dinero y objetos, destrozaron las im\u00e1genes\u2026<\/p>\n\n\n\n<p>Ana Elisa vio c\u00f3mo su madre se inclinaba a recoger algo de entre los escombros esparcidos por el suelo. Era una ala de colores vivos, rojo brillante, un algo de dorado. De inmediato, reconoci\u00f3 un fragmento del gallo de porcelana sin voz ni movimiento que reinaba sobre el mueble de servicio del comedor. Carlota, los ojos inundados de l\u00e1grimas, buscaba en ese suelo salpicado de maderas rotas, cristales, telas rasgadas, otra ala, una pata, la cresta del gallo desmembrado. Cuando no pudo encontrar m\u00e1s, rompi\u00f3 a llorar. Irene se arrodill\u00f3 junto a ella y la madre la apart\u00f3, mir\u00f3 a su marido, se irgui\u00f3 y sali\u00f3 de la habitaci\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Irene, Ana Elisa, suban a su cuarto.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014No, pap\u00e1. Quiero quedarme aqu\u00ed, contigo \u2014se rebel\u00f3 Ana Elisa.<\/p>\n\n\n\n<p>Irene asinti\u00f3 con un gesto y se coloc\u00f3 junto a su hermana.<\/p>\n\n\n\n<p>El padre Basilio musit\u00f3 una oraci\u00f3n:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Ruego a Dios que respete este hogar, que devuelva\u2026<\/p>\n\n\n\n<p>Alfredo le interrumpi\u00f3.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Dios no me devolver\u00e1 nada, padre. Lo har\u00e9 yo solo. Vendr\u00e1 un presidente y confiaremos todos en \u00e9l. Aunque ayer nos llamaron ladrones y destruyeron todo lo que ten\u00edamos, queda mucho por hacer en este pa\u00eds. Arreglaremos el jard\u00edn y entonces, padre Basilio, daremos gracias a Dios por dejarnos atisbar el infierno y saber que al d\u00eda siguiente nuestras palmeras seguir\u00e1n ah\u00ed, en su sitio. Como nosotros.<\/p>\n\n\n\n<p>Y otro d\u00eda m\u00e1s vino, s\u00ed. Y el olvido de esa noche tambi\u00e9n. S\u00f3lo que una mano sin forma va siempre tejiendo un dibujo igualmente sin forma por encima de nuestras vidas. Aquel escupitajo, ese que arroj\u00f3 el hombre-fiera presa del rencor y la opresi\u00f3n, jam\u00e1s consigui\u00f3 borrarse del rostro del padre de Irene y Ana Elisa. Fue el escupitajo, no la pistola en la boca ni los golpes en la cara y el cuerpo indefenso; fue el escupitajo el que jam\u00e1s consigui\u00f3 disolverse. Ni de su rostro, ni de sus recuerdos, ni de sus d\u00edas. Estuvo all\u00ed resbalando sin fin, goteando rabia a\u00f1o tras a\u00f1o.<\/p>\n\n\n\n<p>Sus nuevos vecinos, los Uzc\u00e1tegui, que apenas llevaban un a\u00f1o residiendo all\u00ed, reconstruyeron su casa. El general que el dictador fallecido dej\u00f3 en su lugar convoc\u00f3 elecciones, y \u00e9stas las gan\u00f3 un militar retirado, de nombre Isa\u00edas Medina Angarita, con el que la naci\u00f3n pareci\u00f3 al fin entrar en el siglo XX. Mientras, una guerra de exterminio desbordaba sobre Europa todo tipo de sombras, y Ana Elisa e Irene escuchaban acaloradas discusiones de su madre por tel\u00e9fono o en el sal\u00f3n de casa sobre familiares, antepasados, primos que no hablaban su idioma y que deseaban escapar de ese horror para aproximarse a esa Caracas donde ellas crec\u00edan y dejaban, por fin, de vestir id\u00e9nticos atuendos.<\/p>\n\n\n\n<p>Entretanto, cada d\u00eda algo m\u00e1s, la madre adquir\u00eda poco a poco mayor presencia. Decid\u00eda lo que se comprar\u00eda a la ma\u00f1ana, correg\u00eda los deberes de sus dos hijas, atend\u00eda las llamadas que el padre, semana tras semana, no o\u00eda encerrado en la biblioteca, donde no le\u00eda, donde simplemente no pod\u00eda dejar de mirar las palmeras del jard\u00edn, que crec\u00edan altivas, imp\u00e1vidas, como si ellas, en su abstracto natural, s\u00ed hubieran logrado olvidar el escupitajo, la noche y las sombras rotas del proyector.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Pap\u00e1 no est\u00e1 bien, no hagan ruido. Le molestan\u2026 \u2014empez\u00f3 a decir Carlota, y de un segundo a otro sus palabras se entrecortaron por las l\u00e1grimas.<\/p>\n\n\n\n<p>Irene, que se cepillaba la rubia melena, dej\u00f3 de hacerlo bruscamente y comenz\u00f3 a peinarse el cabello con hosquedad e impaciencia. Ana Elisa le quit\u00f3 el cepillo. Se miraron otra vez como si en vez de ser dos personas fueran una y corrieron a abrazar a su madre. Carlota las apart\u00f3.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00a1Todo es por culpa de esa maldita noche y de esta maldita ciudad! Si a \u00e9l le pasa algo\u2026 yo no sabr\u00e9 criarlas sola. Apenas tengo treinta y seis a\u00f1os y no puedo recordar m\u00e1s que mala suerte en todo. En mi elecci\u00f3n, en esta casa, en la gente en quien confi\u00e9. \u00a1Solamente mala suerte!<\/p>\n\n\n\n<p>Fue \u00fanicamente un instante, pero Ana Elisa se dio cuenta de que las cortinas de la habitaci\u00f3n no estaban echadas y de que el sol se mov\u00eda entre el suelo y las paredes como si quisiera incinerarlas. Enfrentada a esa luz brillante, cegadora, cruz\u00f3 el dormitorio, su madre llorando en la cama, Irene aferrada otra vez al cepillo en la silla frente al espejo, y cerr\u00f3 las cortinas. Y se qued\u00f3 all\u00ed, sintiendo el calor del sol detr\u00e1s, las palmeras mecerse por esa brisa y pensando que, si alguna vez cumpl\u00eda treinta y seis a\u00f1os, no estar\u00eda llorando contra la mala suerte tirada en alguna cama.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-center\">* * *<\/p>\n\n\n\n<p>Algunas veces, si apuntas hacia el sol y lo cubres, lo cubres para siempre. Y esa oscuridad, como si nunca dejara de llover, se abalanz\u00f3 sobre toda la casa. Alfredo se apagaba, no hablaba, jam\u00e1s abandon\u00f3 su habitaci\u00f3n, y Carlota se empe\u00f1\u00f3 en que Irene y Ana Elisa le visitaran todas las tardes. Al principio, aterrorizadas, las dos hermanas se enlazaban delante del padre inerte y mudo. Luego lloraban, cada una en su cama. Irene, asustada de que el sue\u00f1o la secuestrara en pesadillas, Ana Elisa escuchando la brisa, imaginando colores.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00bfEst\u00e1s despierta? \u2014preguntaba Irene.<\/p>\n\n\n\n<p>Las ventanas abiertas, el perfume de los malabares del jard\u00edn delataba que el amanecer se acercaba. En cualquier minuto el gallo desconocido, ese que nunca se sabe cuan cerca est\u00e1, despertar\u00eda a todos los vecinos y la intensa luz de cada d\u00eda descubrir\u00eda el diamante dibujado en el medio de la cabecera de la cama de Irene y la \u00abA\u00bb envuelta por dos laureles en la de Ana Elisa.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014S\u00ed. Tambi\u00e9n he tenido una pesadilla \u2014contest\u00f3 Ana Elisa.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00bfY c\u00f3mo sabes que yo tambi\u00e9n?<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Porque has dicho cosas. Gritabas: \u00abNo tengas miedo, pap\u00e1, yo tampoco tengo miedo\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Pero no era verdad. Estaba\u2026 so\u00f1ando otra vez con ese d\u00eda. El del saqueo.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00bfNo lo vas a olvidar nunca?<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014No. Siempre recordar\u00e9 que te dej\u00e9 sola.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014No fuiste t\u00fa. Fue mam\u00e1.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Si te hubieran hecho da\u00f1o\u2026 Ese miedo no va a abandonarme jam\u00e1s. Me hace sentir mal, como si nunca pudiera devolverte algo. Como si nunca pudieras creerte que te quiero.<\/p>\n\n\n\n<p>Ana Elisa sac\u00f3 su mano de las s\u00e1banas y la extendi\u00f3 en la oscuridad. Volvi\u00f3 a recordarse en el sal\u00f3n con el ventanal destrozado, los gritos de los hombres, el olor de su sudor y el p\u00e1nico en los ojos y la piel de Josefina, y la sensaci\u00f3n de que en su familia a Irene siempre se la salvar\u00eda primero y a ella despu\u00e9s. Entonces sinti\u00f3 las manos de su hermana sujetando su brazo desnudo y supo que eran manos m\u00e1s suaves que las suyas y que ese abrazo sab\u00eda de verdad, ten\u00eda mucha m\u00e1s calidad que la que ella pod\u00eda ofrecer.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Te lo puedo decir de muchas maneras\u2026 \u2014prosigui\u00f3 su hermana\u2014, pero como t\u00fa siempre tienes la palabra exacta, yo creo que s\u00f3lo s\u00e9 decirte\u2026 gracias. Y\u2026 te quiero.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014No hay de qu\u00e9. Yo tambi\u00e9n.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Si pap\u00e1 se va\u2026 S\u00e9 que t\u00fa y yo no vamos a estar solas. Vamos a seguir juntas, Ana Elisa. T\u00fa\u2026 piensas igual, \u00bfno?<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014S\u00ed.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Siempre estoy observ\u00e1ndote \u2014continu\u00f3 Irene\u2014, porque me intrigas. Me gustan las cosas que te llaman la atenci\u00f3n. Miras los platos de comer como si fueran libros, como si fueran a ense\u00f1arte algo. Y lo mismo te pasa con los \u00e1rboles, las palmeras del jard\u00edn, la monta\u00f1a. Te quedas mir\u00e1ndola como si fueras a conseguir que se abriese en el medio y te hicieran entrar a un sitio especial reservado s\u00f3lo para ti. Y las sillas, los muebles, todos te llaman la atenci\u00f3n. Los estudias, parece que te los aprendes de memoria mientras que para m\u00ed y los dem\u00e1s no son m\u00e1s que eso: muebles, \u00e1rboles, platos, monta\u00f1as.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Para m\u00ed no \u2014y de pronto quiso ser como Irene y hablar un poco, subrayar lo innecesario, pero finalmente prefiri\u00f3 callarse, como si ese amanecer tambi\u00e9n hubiera descubierto que cada palabra cuenta.<\/p>\n\n\n\n<p>Vuelta a cerrar los ojos, a esperar que el tiempo en esa misma noche se convirtiera en decenios y que, al volver a abrirlos, Irene estuviera en otro sitio. Casada en Europa con alg\u00fan alem\u00e1n escapado de esa guerra, rodeada de bosques verdes y perros muy marrones. Y que ella, Ana Elisa, permaneciera a\u00fan all\u00ed, en esa misma habitaci\u00f3n pintada de otro color, las ventanas abiertas y Diamante, su palmera sobreviviente, su s\u00edmbolo en esa casa, el lugar de su entorno en el que ella hab\u00eda depositado su esencia con una sola mirada, al fin estuviera centrada, sim\u00e9trica, perfecta detr\u00e1s de la ventana. S\u00ed, que de nuevo, siempre, existiera esa ventana, completa, id\u00e9ntica.<\/p>\n\n\n\n<p>En esa habitaci\u00f3n no habr\u00eda espejos, no habr\u00eda necesidad de verse. \u00bfPara qu\u00e9 necesitaba una cara de aqu\u00ed a veinte a\u00f1os si todo el mundo seguir\u00eda fij\u00e1ndose en la de su hermana? Ella no necesitar\u00eda una cara, solamente los ojos para continuar viendo todas esas cosas: su palmera, aquellos platos y piedras, valles y monta\u00f1as de los que adoraba rodearse a trav\u00e9s del ventanal.<\/p>\n\n\n\n<p>Pero tuvo que abrir los ojos y ver que el d\u00eda avanzaba sobre el c\u00e9sped del jard\u00edn como una fiera de luz que persegu\u00eda la sombra de su presa por la hierba. Y de nuevo, como todas las ma\u00f1anas, oy\u00f3 los pesados ruidos en la habitaci\u00f3n de sus padres. C\u00f3mo Carlota levantaba el cuerpo siempre dormido, cada vez menos colaborador de Alfredo, y lo arrastraba hasta el ba\u00f1o, abr\u00eda la ducha y se o\u00eda ese leve quejido, cada d\u00eda tambi\u00e9n m\u00e1s apagado, de la humillaci\u00f3n. Carlota dejaba a su marido como un saco de huesos debajo del agua fr\u00eda mientras repet\u00eda el solemne recitado de la misma letan\u00eda ma\u00f1anera: \u00abNo ayudas en nada, Alfredo. No duermes, no despiertas. No quieres hacer nada. Ya han pasado tres a\u00f1os desde esa noche, olv\u00eddala de una maldita vez. Por m\u00ed, por tus hijas. \u00a1Por ti mismo, idiota! \u00bfNo me ves viva, no me oyes, no me sientes cuando miras sin abrir la boca el techo de la habitaci\u00f3n noche tras noche? Yo estoy viva, tus hijas est\u00e1n vivas, y tu casa. Solamente t\u00fa, hijo de puta, solamente t\u00fa te empe\u00f1as en callar y volverme loca. Y no quiero, te lo juro por lo que m\u00e1s aprecias, si a\u00fan llegas a valorar algo. Yo no quiero volverme loca, \u00a1yo no quiero terminar as\u00ed!\u00bb. El agua de la ducha al caer, una vez m\u00e1s, respond\u00eda por Alfredo.<\/p>\n\n\n\n<p>Ana Elisa volvi\u00f3 a cerrar los ojos otra noche, esta vez se cern\u00eda sobre ellos una tormenta. Su madre hab\u00eda comentado algo en la cena. \u00abC\u00fabranse bien, con las dos mantas, porque la manera en que se mueven los animales y c\u00f3mo se est\u00e1n cerrando las hojas de las flores en el jard\u00edn me dicen que esta noche va a llover m\u00e1s de lo normal\u00bb. Con Alfredo totalmente ausente aunque sentado a la mesa del comedor, ni Irene ni Ana Elisa quisieron a\u00f1adir nada. Subieron al dormitorio sabiendo que su madre se quedaba delante del marido ausente y que empezaba a llorar. Se cambiaron en silencio, Irene pein\u00f3 su pelo rubio y se enfund\u00f3 los pies en calcetines porque era consciente de que su mal sue\u00f1o la dejar\u00eda destapada bien pronto. Ana Elisa se acerc\u00f3 para besarla y las dos sonrieron al mirarse. Irene qued\u00f3 dormida y sin manta en quince minutos. Ana Elisa esper\u00f3 a que la casa se quedara en silencio despu\u00e9s del rezo nocturno de su madre. \u00abYa no te pido nada porque no tengo l\u00e1grimas\u00bb. Y esper\u00f3.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Ana Elisa \u2014oy\u00f3 de pronto, suave, como si viniera de otra parte.<\/p>\n\n\n\n<p>Y vio a su padre delante de ella, sus ojos negros brillando. Y al mismo tiempo sinti\u00f3 el agua resbal\u00e1ndole por las mejillas. La ventana estaba abierta y al fondo, parpadeando, cubierta de plata y luz, su palmera, Diamante, al fin estaba centrada delante de la ventana.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014No salgas, Ana Elisa, no vengas \u2014dijo su padre.<\/p>\n\n\n\n<p>Y Ana Elisa permaneci\u00f3 quieta y s\u00f3lo se movi\u00f3 cuando observ\u00f3 que Irene estaba completamente mojada. Llov\u00eda. Fue entonces cuando se dio cuenta. Con una fuerza que jam\u00e1s hab\u00eda visto, trozos de c\u00e9sped se despeinaban y parec\u00edan aletas de peces intentando nadar en tierra firme. Entendi\u00f3 por primera vez la magnitud del sonido del agua al caer y el ruido del viento meci\u00e9ndolo todo. Y de golpe, como si algo se encendiera en su cabeza, comprendi\u00f3 tambi\u00e9n que las luces plateadas eran rayos, muchos, y que ven\u00edan m\u00e1s, empecinados todos ellos en girar alrededor de la palmera, y que \u00e9sta s\u00f3lo pod\u00eda hacer de sus ramas brazos pidiendo ayuda o rindi\u00e9ndose al miedo m\u00e1s atroz. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; <\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Ana Elisa, cierra la ventana \u2014grit\u00f3 Irene, despierta de repente, y ella la mir\u00f3, sus rostros cortados por el destello de los rayos. Y en un segundo un crac inmenso, una grieta atravesando el cielo, desencaj\u00f3 a\u00fan m\u00e1s sus caras. Diamante, la palmera bautizada, acababa de quebrarse y una parte de ella sepultaba para siempre el cuerpo desnudo y mojado de Alfredo.<\/p>\n\n\n\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/boris-izaguirre\/\" target=\"_blank\" rel=\"noreferrer noopener\">Sobre el autor<\/a><\/h4>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Boris Izaguirre Cap\u00edtulo 1&nbsp; Todos los 17 de diciembre comenzaba la Navidad en la casa de los Guerra, y todas las Navidades eran un cuento triste para Ana Irene y Ana Elisa, como hab\u00edan sido bautizadas las dos hermanas. Triste porque significaba siempre, y desde entonces, el final de algo. De un a\u00f1o escolar. 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