{"id":10070,"date":"2023-12-17T22:13:07","date_gmt":"2023-12-17T22:13:07","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=10070"},"modified":"2023-12-26T21:36:40","modified_gmt":"2023-12-26T21:36:40","slug":"cuentos-gallegos","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/cuentos-gallegos\/","title":{"rendered":"Dos cuentos de R\u00f3mulo Gallegos"},"content":{"rendered":"\n<h3 class=\"wp-block-heading\"><strong>Pataruco<\/strong><\/h3>\n\n\n\n<p>Pataruco era el mejor arpista de la Fila de Mariches. Nadie como \u00e9l sab\u00eda puntear un joropo, ni nadie darle tan sabrosa cadencia al canto de un pasaje, ese canto lleno de melancol\u00eda de la m\u00fasica vern\u00e1cula. Tocaba con sentimiento, compenetrado en el alma del aire que arrancaba a las cuerdas grasientas sus dedos virtuosos, retorci\u00e9ndose en la jubilosa embriaguez del }escobillao} del golpe arag\u00fce\u00f1o, echando el rostro hacia atr\u00e1s, con los ojos en blanco, como para sorberse toda la quejumbrosa lujuria del pasaje, vibrando en el espasmo musical de la cola, a cuyos acordes los bailadores jadeantes lanzaban gritos lascivos, que turbaban a las mujeres, pues era fama que los joropos de Pataruco, sobre todo cuando \u00e9ste estaba medio \u00abtemplao\u00bb, bailados de la \u00abmadrug\u00e1 p&#8217;abajo\u00bb, le calentaban la sangre al m\u00e1s ap\u00e1tico.<\/p>\n\n\n\n<p>Por otra parte el Pataruco era un hombre completo y en donde \u00e9l tocase no hab\u00eda temor de que a ning\u00fan maluco de la regi\u00f3n se le antojase \u00abacabar el joropo\u00bb cort\u00e1ndole las cuerdas al arpa, pues con un araguaney en las manos el indio era una notabilidad y hab\u00eda que ver c\u00f3mo bregaba.<\/p>\n\n\n\n<p>Por estas razones, cuando en la \u00e9poca de la cosecha del caf\u00e9 llegaban las bullangueras romer\u00edas de las escogedoras y las noches de la Fila comenzaban a alegrarse con el son de las guitarras y con el rumor de las \u00abparrandas\u00bb, al Pataruco no le alcanzaba el tiempo para tocar los joropos que \u00able sal\u00edan\u00bb en los ranchos esparcidos en las haciendas del contorno.<\/p>\n\n\n\n<p>Pero no hab\u00eda de llegar a viejo con el arpa al hombro, trajinando por las cuestas repechosas de la Fila, en la oscuridad de las noches llenas de consejas pavorizantes y cuya negrura duplicaban los altos y coposos guamos de los cafetales, poblados de siniestros rumores de cr\u00f3talos, silbidos de macaureles y ga\u00f1idos espeluznantes de v\u00e1quiros sedientos que en la \u00e9poca de la s quemazones bajaban de las monta\u00f1as de Capaya, huyendo del fuego que invadiera sus laderas, y atravesaban las haciendas de la Fila, en manadas brav\u00edas en busca del agua escasa.<\/p>\n\n\n\n<p>Azares propicios de la suerte o habilidades o virtudes del hombre, convirti\u00e9ronle, a la vuelta de no muchos a\u00f1os, en el hacendad o m\u00e1s rico de Mariches. Para explicar el milagro sal\u00edan a relucir en las bocas de algunos la manoseada patra\u00f1a de la legendaria botijuela colmada de onzas enterradas por \u00ablos espa\u00f1oles\u00bb; otros esc\u00e9pticos y pesimistas, hablaban de chivater\u00edas del Pataruco con una viuda rica que le nombr\u00f3 su mayordomo y a quien despojara de su hacienda; otros por fin, y eran los menos, atribu\u00edan el caso a la laboriosidad del arpista, que de pe\u00f3n de trilla hab\u00eda ascendido virtuosamente hasta la condici\u00f3n de propietario. Pero, por esto o por aquello, lo cierto era que el indio le hab\u00eda echado para siempre \u00abla colcha al ar pa\u00bb y viv\u00eda en Caracas en casa grande, casado<\/p>\n\n\n\n<p>con una mujer blanca y fina de la cual tuvo numerosos hijos en cuyos pies no aparec\u00edan los formidables juanetes que a \u00e9l le valieron el sobrenombre de Pataruco.<\/p>\n\n\n\n<p>Uno de sus hijos, Pedro Carlos, hered\u00f3 la vocaci\u00f3n por la m\u00fasica. Temerosa de que el muchacho fuera a salirle arpista, la madre procur\u00f3 extirp arle la afici\u00f3n; pero como el chico la ten\u00eda en la sangre y no es cosa hacedera torcer o frustrar las leyes implacables de la naturaleza, la se\u00f1ora se propuso entonces cultiv\u00e1rsela y para ello le busc\u00f3 buenos maestros de piano. M\u00e1s tarde, cuando ya Pedro Carlos era un hombrecito, obtuvo del marido que lo enviase a Europa a perfeccionar sus estudios, porque, aunque lo ve\u00eda bien encaminado y con el gusto depurado en el contacto con lo que ella llamaba la \u00abm\u00fasica<\/p>\n\n\n\n<p>fina\u00bb, no se le quitaba del \u00e1nimo maternal y supersticioso el temor de verlo, el d\u00eda menos pensado, con un arpa en las manos punteando un joropo.<\/p>\n\n\n\n<p>De este modo el hijo de Pataruco obtuvo en los grandes centros civilizados del mundo un barniz de cultura que corr\u00eda pareja con la acci\u00f3n suavizadora y blanqueante del clima sobre el cutis, un tanto revelador de la mezcla de sangre que hab\u00eda en \u00e9l, y en los centros art\u00edsticos que frecuent\u00f3 con \u00e9xito relativo, una conveniente educaci\u00f3n musical.<\/p>\n\n\n\n<p>As\u00ed, refinado y nutrido de ideas, torn\u00f3 a la Patria al cabo de algunos a\u00f1os y si en el hogar hall\u00f3, por fortuna, el puesto vac\u00edo que hab\u00ed a dejado su padre, en cambio encontr\u00f3 acogida entusiasta y generosa entre sus compatriotas.<\/p>\n\n\n\n<p>Tra\u00eda en la cabeza un hervidero de grandes prop\u00f3sitos: so\u00f1aba con traducir en grandiosas y nuevas armon\u00edas la agreste majestad del paisaje vern\u00e1culo, lleno de luz gloriosa; la vida impulsiva y dolorosa de la raza que se consume en moment\u00e1neos incendios de pasiones violentas y pintorescas, como ef\u00edmeros castillos de fuegos artificiales, de los cuales a la postre y bien pronto, s\u00f3lo queda la arboladura lamentable de los fracasos tempranos.<\/p>\n\n\n\n<p>Estaba seguro de que iba a crear la m\u00fasica nacional.<\/p>\n\n\n\n<p>Crey\u00f3 haberlo logrado en unos motivos que compuso y que dio a conocer en un concierto en cuya expectativa las esperanzas de los que estaban \u00e1vidos de una manifestaci\u00f3n de arte de tal g\u00e9nero, cuajaron en prematuros elogios del gran talento musical del compatriota. Pero salieron frustradas las esperanzas: la m\u00fasica de Pedro Carlos era un conglomerado de reminiscencias de los grandes maestros, mezcladas y fundidas con extravagancias de p\u00e9simo gusto que, pretendiendo dar la nota l\u00edpica del colorido local s\u00f3lo daban la impresi\u00f3n de una mascarada de negros disfraza dos de pr\u00edncipes blondos.<\/p>\n\n\n\n<p>Alguien condens\u00f3 en un sarcasmo brutal, netamente criollo, la decepci\u00f3n sufrida por el p\u00fablico entendido.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Le sale el Pataruco; por mucho que se las tape, se le ven las plumas de las patas.<\/p>\n\n\n\n<p>Y la especie, conocida por el m\u00fasico, le fulmin\u00f3 el entusiasmo que trajera de Europa.<\/p>\n\n\n\n<p>Abandon\u00f3 la m\u00fasica de la cual no toleraba ni que se hablase en su presencia. Pero no<\/p>\n\n\n\n<p>cay\u00f3 en el lugar com\u00fan de considerarse incomprendido y perseguido por sus coterr\u00e1neos. El pesimismo que le dejara el fracaso, penetr\u00f3 m\u00e1s hondo en su coraz\u00f3n, hasta las ra\u00edces mismas del ser. Se convenci\u00f3 de que en realidad era un m\u00fasico mediocre, completamente incapacitado para la creaci\u00f3n art\u00edstica, sordo en medio de una naturaleza muda, porque tampoco hab\u00eda que esperar de \u00e9sta nada que fuese digno de perdurar en el arte.<\/p>\n\n\n\n<p>Y buscando las causas de su incapacidad husme\u00f3 el rastro de la sangre paterna. All\u00ed estaba la raz\u00f3n: estaba hecho de una tosca substancia humana que jam\u00e1s cristalizar\u00eda en la forma delicada y noble del arte, hasta que la obra de los siglos no depurase el grosero barro originario.<\/p>\n\n\n\n<p>Poco tiempo despu\u00e9s nadie se acordaba de que en \u00e9l hab\u00eda habido un m\u00fasico.<\/p>\n\n\n\n<p>Una noche, en su hacienda de la Fila de Mariches, a donde hab\u00eda ido a instancias de su madre, a vigilar las faenas de la cogida del caf\u00e9, pase\u00e1base bajo los \u00e1rboles que rodeaban la casa, reflexionando sobre la tragedia muda y terrible que escarbaba en su coraz\u00f3n, como una lepra implacable y tenaz.<\/p>\n\n\n\n<p>Las emociones art\u00edsticas hab\u00edan olvidado los senderos de su alma y al recordar sus pasados entusiasmos por la belleza, le parec\u00eda que todo aquello hab\u00eda sucedido en otra persona, muerta hac\u00eda tiempo, que estaba dentro de la suya emponzo\u00f1\u00e1ndole la vida. Sobre su cabeza, m\u00e1s all\u00e1 de las copas oscuras de los guamos y de los bucares que abrigaban el cafetal, m\u00e1s all\u00e1 de las lomas cubiertas de suaves pajonales que coronaban la serran\u00eda, la noche constelada se extend\u00eda llena de silencio y de serenidad. Abajo alentaba la vida incansable en el rumor monorr\u00edtmito de la fronda, en el perenne trabajo de la savia que ignora su propia finalidad sin darse cuenta de lo que corre para componer y sustentar la maravillosa arquitectura del \u00e1rbol o para retribuir con la dulzura del fruto el melodioso regalo del p\u00e1jaro; en el impasible reposo de la tierra, pre\u00f1ado de formidables actividades que recorren su c\u00edrculo de infinitos a trav\u00e9s de todas las formas, desde la m\u00e1s humilde hasta las m\u00e1s poderosas.<\/p>\n\n\n\n<p>Y el m\u00fasico pens\u00f3 en aquella oscura semilla de su raza que estaba en \u00e9l pudri\u00e9ndose en un hervidero de anhelos imposibles. \u00bfEstar\u00eda acaso, germinando, para dar a su tiempo, alg\u00fan sazonado fruto imprevisto? Prest\u00f3 el o\u00eddo a los rumores de la noche. De los campos ven\u00edan ecos de una parranda lejana: entre ratos el viento tra\u00eda el son quejumbroso de las guitarras de los escogedores. Ech\u00f3 a andar, cerro abajo, hacia el sitio donde resonaban las voces festivas:<\/p>\n\n\n\n<p>sent\u00eda como si algo m\u00e1s poderoso que su voluntad lo empujara hacia un t\u00e9rmino imprevisto.<\/p>\n\n\n\n<p>Llegado al rancho del joropo, det\u00favose en la puerta a contemplar el espect\u00e1culo. A la luz mortal de los humosos candiles, envueltos en la polva reda que levantaba el fren\u00e9tico escobilleo del golpe, los peones de la hacienda giraban ebrios de aguardiente, de m\u00fasica y de lujuria. Chicheaban las maracas acompa\u00f1ando el canto dormil\u00f3n del arpa, entre ratos levant\u00e1base la voz destemplada del \u00abcantador\u00bb para incrustar un \u00abcorrido\u00bb dedicado a alguno de los bailadores y a momentos de un silencio lleno de jadeos l\u00fabricos, suced\u00edan de pronto gritos bestiales acompa\u00f1ados de risotadas.<\/p>\n\n\n\n<p>Pedro Carlos sinti\u00f3 la voz de la sangre; aquella era su verdad, la inmisericorde verdad de la naturaleza que burla y vence los artificios y las equivocaciones del hombre: \u00e9l no era sino un arpista, como su padre, como el Pataruco.<\/p>\n\n\n\n<p>Pidi\u00f3 al arpista que le cediera el instrumento y comenz\u00f3 a puntearlo, como si toda su vida no hubiera hecho otra cosa. Pero los sones que sal\u00edan ahora de las cuerdas pringosas no eran, como los de antes, rudos, primitivos, saturados de dolorosa desesperaci\u00f3n que era un gra\u00f1ido de macho en celo o un grito de animal herido; ahora era una m\u00fasica extra\u00f1a, pero propia, aut\u00e9ntica, que ten\u00eda del paisaje la llameante desolaci\u00f3n y de la raza la rabiosa nostalgia del africano que vino en el barco negrero y la melanc\u00f3lica tristeza del indio que vio caer su tierra bajo el imperio del invasor.<\/p>\n\n\n\n<p>Y era aquello tan imprevisto que, sin darse cuenta de por qu\u00e9 lo hac\u00edan, los bailadores se detuvieron a un mismo tiempo y se quedaron viendo con extra\u00f1eza al inusitado arpista. De pronto uno dio un grito: hab\u00eda reconocido en la rara m\u00fasica, nunca o\u00edda, el aire de la tierra, y la voz del alma propias. Y a un mismo tiempo, como antes, lanz\u00e1ronse los bailadores en el frenes\u00ed del joropo.<\/p>\n\n\n\n<p>Poco despu\u00e9s camino de su casa, Pedro Carlos iba jubiloso, llena el alma de m\u00fasica. Se hab\u00eda encontrado a s\u00ed mismo; ya o\u00eda la voz de la tierra&#8230;<\/p>\n\n\n\n<p>En pos de \u00e9l camina en silencio un pe\u00f3n de la hacienda. Al fin dijo:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Don Pedro, \u00bf c\u00f3mo se llama ese joropo que ust\u00e9 ha tocao?<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Pataruco.<\/p>\n\n\n\n<h3 class=\"wp-block-heading\"><strong>Pegujal<\/strong><\/h3>\n\n\n\n<p>I<\/p>\n\n\n\n<p>Pegujal es un poblado triste y pobre, lleno de polvo y de moscas, lleno de silencio y de modorra, lleno de infinitas amarguras grandes y peque\u00f1as.<\/p>\n\n\n\n<p>Lo rodean unos cerros ti\u00f1osos, de tierra empedernida y rojiza que van a morir all\u00ed en la entrada de los llanos, lo atraviesa un camino por donde se siente pasar la taciturnidad de las pampas desiertas y anta\u00f1o estuvo sentado en las m\u00e1rgenes de un r\u00edo que arrastraba un limpio caudal de mansas y abundosas aguas.<\/p>\n\n\n\n<p>En los cerros, mientras dura la estaci\u00f3n de las lluvias, verdean y se doran precarios maizales; por el camino transitan, de cuan do en cuando, quejumbrosos convoyes de polvorientas carretas, tardos arreos de burros cansinos que marchan dejando en el aire un son de cencerros llenos de melancol\u00eda o morosas puntas de ganado, con el cantar de cuyos pastores pasa por el pueblo el alma doliente de las llanuras; del r\u00edo, que busc\u00f3 otro cauce por tierras m\u00e1s generosas y se fue por \u00e9l, sin que de la negligencia de los pegujaleros pudiese salir un peque\u00f1o esfuerzo para retenerlo, poniendo una mala estacada en la orilla que las aguas desborda das lamieron y desmoronaron durante a\u00f1os y a\u00f1os, del r\u00edo que espeje\u00f3 la riente verdura de la tierra feraz y por cuyas ondas se deslizaron las canoas colmadas como cuernos de abundancia, s\u00f3lo queda el lecho enjuto y fangoso que las avenidas del invierno anegan de mort\u00edferos cilancos.<\/p>\n\n\n\n<p>La gente de Pegujal es gente hosca, pachorrenta, ro\u00edda por min\u00fasculos rencores de una hoguera de odios ancestrales en cuyo rescoldo escarban los espectros de las razas irreductibles, minada por un pesimismo hecho de indolencia y misantrop\u00eda, propensa a las marejadas de las pasiones violentas y fugaces, tr\u00e1gica hasta en la alegr\u00eda.<\/p>\n\n\n\n<p>La vida de Pegujal es un mollej\u00f3n donde se amellan los filos mejor templados del esp\u00edritu. Dentro de las casas: la muda tragedia de las mujeres marchitas que tienen el aire triste de los animales amansados y sufren, sin darse cuenta, la nostalgia de la ternura que no conocen; fuera de las casas, la taciturnidad de los hombres royendo el hueso del trabajo sin fruto; un perezoso golpe de azad\u00f3n, de rato en rato, all\u00e1 en el soleado silencio del conuco; un sofocante trajinar por la encendida soledad de las sabanas apacentando el reba\u00f1o fam\u00e9lico, a lo largo de los polvorientos caminos conduciendo el arreo; un caviloso sinquehacer detr\u00e1s del mostrador de la pulper\u00eda por cuyas desiertas armaduras corren en paz los ratones.<\/p>\n\n\n\n<p>Un d\u00eda: Honda modorra bajo la cruda luz canicular: la hoja est\u00e1 inm\u00f3vil en la rama del \u00e1rbol, se hace visible la reverberaci\u00f3n de la tierra pedriscosa, se siente c\u00f3mo se va cerrando en torno al poblado el anillo de silencio de los desiertos circundantes. Adormecen los perezosos ruidos que ahondan la quietud aldeana: el mazo del talabartero; el canto del martillo sobre el yunque del herrador; una conversaci\u00f3n soporosa, que no se sabe de d\u00f3nde sale y parece llenar todo el pueblo, confundida con el bordoneo de las moscas en el bochorno del resol; el mon\u00f3tono tictaqueo del tel\u00e9grafo denunciando el paso de mensajes que nunca se detienen all\u00ed, porque Pegujal est\u00e1 olvidado del resto del mundo; el so\u00f1oliento tintinear de los cencerros de las recuas que van levantando el polvo del camino; la honda melancol\u00eda del cantar de los llaneros que vienen del llano adentro conduciendo la vacada cansina: <em>\u00a1desp\u00eddete de tu comederooooo!, que te llevan pa Caracas a cambiate por dineroooo&#8230;<\/em><\/p>\n\n\n\n<p>Y as\u00ed todos los d\u00edas. Una noche: Es la noche de las tierras misteriosas bajo cuyo fe\u00e9rico esplendor duerme la pampa solitaria y resuena la salvaje melod\u00eda de las selvas v\u00edrgenes, la inquietante noche de las tierras malditas en cuyo alto silencio se oye el ga\u00f1ido de la fiera en la espelunca, el grito de la v\u00edctima que cay\u00f3 en la emboscada, el anheloso reclamo de la lujuria infecunda y en cuya negrura fosforecen los espantosos dientes de la sayona que aguarda al nocharniego en la orilla del camino y lo invita a seguirlo.<\/p>\n\n\n\n<p>Los hombres forman corrillos en los corredores de las pulper\u00edas. Se cuentan sus trabajos: el arriero habla de los que pas\u00f3 en los barrizales donde se le atascaron los burros; el ganadero de las reses que se le desgaritaron en la sabana y de las que dej\u00f3 despeadas a lo largo de su viaje de d\u00edas y d\u00edas desde el hato remoto: el conuquero, de la candelilla que le destruy\u00f3 las siembras o del maizal que no cuaj\u00f3 las mazorcas porque no llovi\u00f3 demasiado.<\/p>\n\n\n\n<p>Y as\u00ed todas las noches, y cuando se recogen a sus casas, por el camino que blanquea a la luz de las estrellas, alguno va diciendo:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Pues s\u00ed, c\u00e1mara, las mujeres son malas. Yo a la m\u00eda la quiero, pero le ando delante pa que no se me enrisque. Porque a las mujeres haceles sent\u00ed la condici\u00f3n del hombre. Ah s\u00ed. Esa que le digo me ten\u00eda miedo: la conden\u00e1 cargaba amarr\u00e1 en la pretina una cabulla de mi tama\u00f1o, pa que no me le juera. \u00a1No me venga! Le saqu\u00e9 la zurda y toav\u00eda se est\u00e1 sobando la jeta. Las mujeres son malas.<\/p>\n\n\n\n<p>As\u00ed se ama en Pegujal.<\/p>\n\n\n\n<p>Otras veces es una escena de sangre:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Pue el hombre lleg\u00f3 y dijo: \u00bf Por aqu\u00ed y que anda un tal Gregorio Pinto a quien no hay quien se le pare ? \u00a1Ja, caramba! \u00a1M\u00e1s vale que no lo hubiera dicho! El indio Gregorio se le encim\u00f3 y le dijo: Ese tal Gregorio Pinto es \u00e9ste. Y dici\u00e9ndolo le zumb\u00f3 el pu\u00f1al por aqu\u00ed, Dios me salve el lugar. No dijo ni \u00f1\u00e9&#8230; Pero digo yo: \u00bfqu\u00e9 necesid\u00e1 tiene nadie de injuri\u00e1 a los hombres? As\u00ed se odia en Pegujal.<\/p>\n\n\n\n<p>Otras veces, camino del velorio del amigo que ha muerto:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Eso fue da\u00f1o que le echaron. Dicen que fue el brujo de \u00abLos Lechozos\u00bb. As\u00ed piensan en Pegujal.<\/p>\n\n\n\n<p>II<\/p>\n\n\n\n<p>Por mayo, cuando la Cruz del Sur se endereza en los cielos y con las primeras lluvias comienza a llenarse el antiguo cauce del r\u00edo y los cerros carbonizados por el fuego de las rozas a revestirse del verde tierno de los maizales, Pegujal sacude la murria que pesa sobre \u00e9l durante todo el a\u00f1o, como la p\u00e1tina de polvo sobre las techumbres hasta que llega el invierno y las lava.<\/p>\n\n\n\n<p>Las campanas repican alborozadas y de los contornos acuden romer\u00edas jubilosas. Es la fiesta del Santo Patrono. Fiesta religiosa y pagana a la vez, que enfervoriza los \u00e1nimos taciturnos, provocando inquietantes explosi\u00f3n es de alegr\u00eda. En la iglesia el mujer\u00edo atento al serm\u00f3n o al gangoso canturreo de la misa; en la calle la fiebre del regocijo, amenazando a cada momento convertirse en tragedia: gritos de borrachera, zumbido del populacho en los garitos improvisados por donde quiera, en torno a las ruletas y montes de dado, la algarab\u00eda de las galleras en las ma\u00f1anas, la embriaguez de la coleadera de toros en las tardes, el estruendo de los fuegos que se queman por las noches en el altozano de la iglesia, dentro de un c\u00edrculo de palurdos que contemplan embobados la elevaci\u00f3n de las bombas cuyas candilejas les llenan de l\u00edvidos reflejos los rostros de p\u00f3mulos filosos, el rumor de las parrandas que recorren las calles al son de cuatros y maracas, hasta el filo de medianoche.<\/p>\n\n\n\n<p>Una vez lleg\u00f3 a Pegujal una cuadrilla de toreros trashumantes de esos que van de pueblo&nbsp; en&nbsp; &nbsp;pueblo,&nbsp; &nbsp;poniendo&nbsp;&nbsp; el miedo&nbsp; al servicio del hambre. Eran matarifes desarraigados a quienes la casualidad de un lance feliz que nunca pudieron repetir, sac\u00f3 de sus mataderos. Entre ellos iba un espa\u00f1ol que hac\u00eda el }Tancredo}.<\/p>\n\n\n\n<p>Era un hombre bonito y presumido que gastaba perfumes, hablaba con voz cantarina y ten\u00eda ambiguos modales afeminados. Por otra parte, era lo que en Pegujal se llamaba un pretencioso: se desde\u00f1aba codearse con el populacho y hac\u00eda ascos a las groseras bebidas que le ofrec\u00edan, jact\u00e1ndose de no tomar sino brandy Biscuit. A causa de esto, le cambiaron el alias torero que usaba, por el mote despectivo de El Biscu\u00ed.<\/p>\n\n\n\n<p>Y comenzaron a odiarlo con la vehemencia de sus pasiones violentas, que eran como el fuego sobre las sabanas tostadas por el verano r\u00e1pido: r\u00e1pidas, arrolladoras, fugaces.<\/p>\n\n\n\n<p>Ten\u00edan los pegujaleros un rudo concepto de la hombr\u00eda y jam\u00e1s se hab\u00eda dado all\u00ed el caso de un var\u00f3n que no lo fuese plenamente, con toda la aspereza de los machos brav\u00edos y por lo tanto no pod\u00edan soportar los ambiguos modales de El Biscu\u00ed; pero menos que todo pod\u00edan perdonarle la desde\u00f1osa petulancia que usaba para con ellos, porque all\u00ed todo el mundo ten\u00eda una exagerada noci\u00f3n de s\u00ed mismo y una idea brutal de la dignidad. As\u00ed, pues, cuando supieron que el espa\u00f1olito har\u00eda al d\u00eda siguiente la suerte del Tancredo, suerte que, por lo dem\u00e1s, ellos no conoc\u00edan y por lo tanto no les parec\u00eda que valiese la pena, decidieron jugarle una broma pesada para ponerlo en rid\u00edculo, que le sirviese de escarmiento para toda la vida, \u00abporque a los hombres no se les injuria as\u00ed\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>Poniendo manos a la obra, una vez enterados del truco de la suerte, fu\u00e9ronse al corral donde estaba el ganado que los toreros hab\u00edan de lidiar al d\u00eda siguiente, provistos del Judas de trapo que, seg\u00fan costumbre tradicional se quemaba en el pueblo para fin de las fiestas patronales y escogiendo el toro m\u00e1s bravo, que era el que le iban a soltar al Biscu\u00ed, pusi\u00e9ronse a amaestrarlo a fin de que embistiera al bulto inm\u00f3vil y blanco que le inspiraba instintivo recelo.<\/p>\n\n\n\n<p>La lumbre espectral de la luna ba\u00f1aba el corral, en cuyo recinto el toro embravecido derrotaba al espantajo, sostenido en el medio por una cuerda amarrada en los tranqueros, sobre los cuales estaban los iniciadores de la broma, restreg\u00e1ndose las manos satisfechos de su ingenio, experimentando por adelantado la bestial voluptuosidad de la escena que al d\u00eda siguiente hab\u00edan de presenciar todos.<\/p>\n\n\n\n<p>III<\/p>\n\n\n\n<p>Y fue como lo hab\u00edan previsto. Todo el pueblo se api\u00f1aba sobre las empalizadas coreando los lances de los toreros, celebrando con fren\u00e9ticas griter\u00edas las intenciones asesinas del toro que busca ba el cuerpo del lidia dor tras el enga\u00f1o de la }capa},<\/p>\n\n\n\n<p>insultando al que hu\u00eda ante las astas mortales, como si experimentasen la necesidad del espect\u00e1culo de la sangre saltando en chorros hasta salpicarles las caras.<\/p>\n\n\n\n<p>Por fin toc\u00f3 el turno al Biscu\u00ed. Apareci\u00f3 envuelto en un capote de se da roja recamado de oro que lanz\u00f3, a la usanza toreril, a una ventana colmada de mujeres bonitas, quedando en un traje de malla todo blanco que le ce\u00f1\u00eda el cuerpo gallardo y bien formado.<\/p>\n\n\n\n<p>De las empalizadas sali\u00f3 una lluvia de silbidos y de invectivas procaces; pero el Biscu\u00ed no se inmut\u00f3 y con una desde\u00f1osa sonrisa en los labios fue a subirse en un escabel de madera tambi\u00e9n blanca que hab\u00eda hecho colocar en mitad de la calle, frente a la puerta del toril.<\/p>\n\n\n\n<p>Hubo un momento de expectativa; palpitaban los recios corazones de los pegujaleros apercibidos para la emoci\u00f3n desconocida. De pronto un estruendo de maderas que ceden a un empuje formidable: ha salido el toro. Un toro lebruno, de enhiesto testuz coronado de astas agudas como pu\u00f1ales.<\/p>\n\n\n\n<p>Se detiene un momento como si buscara al adversario, le vibra el cuello en una crispaci\u00f3n de los nervios tensos, le salta en los ojos la lumbre de la fiereza; pasea las miradas por el gent\u00edo encaramado en las talanqueras y las fija por fin en la estatua inm\u00f3vil que se levanta en mitad de la calle.<\/p>\n\n\n\n<p>Es el adversario, lo reconoce: el mismo que excit\u00f3 su furor en el claro de luna del corral. R\u00e1pido se lanza sobre \u00e9l, al acercarse vacila un momento, gazapea, parece que va a huir, pero de s\u00fabito engrifa el pescuezo, se recoge sobre s\u00ed mismo con los cuernos a ras del suelo, se dispara sobre el bulto inm\u00f3vil y lo lanza por el aire&#8230;<\/p>\n\n\n\n<p>Una griter\u00eda de espanto&#8230;. otros gritos que no se oyen&#8230;, la mueca de la risa estereotipada en un gesto de horror&#8230;, un tropel de gente que se desgaja de las talanqueras&#8230;<\/p>\n\n\n\n<p>Unos, los que prepararon la broma, bracean y gritan al toro que acude a recoger al<\/p>\n\n\n\n<p>Biscu\u00ed. El toro se detiene para encar\u00e1rseles y los derrota contra la empalizada; saltan los hombres atemorizados.<\/p>\n\n\n\n<p>Fue cosa de segundos, pero bastaron para que los compa\u00f1eros del Biscu\u00ed le recogiesen del suelo y se lo llevasen al burladero manando sangre.<\/p>\n\n\n\n<p>La noche. Se&nbsp; comenta el suceso. Uno pregunta:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00bf T\u00fa lo viste ?<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014S\u00ed. Est\u00e1 destrozado. No amanece.<\/p>\n\n\n\n<p>Y otro, el que dio la idea de adiestrar el toro:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Es que con los toros de aqu\u00ed no se pueen hac\u00e9 morisquetas. Ese toro lebruno es una fiera.<\/p>\n\n\n\n<p>Y los que sostuvieron la cuerda de donde pend\u00eda el Judas:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Y diga ust\u00e9 que si no es por nosotros que le llamamos la atenci\u00f3n al toro, lo suelta fr\u00edo ah\u00ed mismo.<\/p>\n\n\n\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/gallegos-romulo\/\" target=\"_blank\" rel=\"noreferrer noopener\">Sobre el autor<\/a><\/h4>\n\n\n\n<h6 class=\"wp-block-heading\">*Arpa, cuatro y maracas. Cuadro de Orlando Silva<\/h6>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Pataruco Pataruco era el mejor arpista de la Fila de Mariches. Nadie como \u00e9l sab\u00eda puntear un joropo, ni nadie darle tan sabrosa cadencia al canto de un pasaje, ese canto lleno de melancol\u00eda de la m\u00fasica vern\u00e1cula. 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