{"id":10011,"date":"2023-12-15T19:49:35","date_gmt":"2023-12-15T19:49:35","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=10011"},"modified":"2024-12-09T14:41:24","modified_gmt":"2024-12-09T19:11:24","slug":"cuentos-jose-perez","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/cuentos-jose-perez\/","title":{"rendered":"Dos cuentos de Jos\u00e9 P\u00e9rez"},"content":{"rendered":"\n<h3 class=\"wp-block-heading has-text-align-left\"><strong>El oro de Yumbimb\u00e1<\/strong><\/h3>\n\n\n\n<p>El negro Yumbimb\u00e1 no era un negro cualquiera del mont\u00f3n de sacadores de oro de El Callao, de los mujeriegos de post\u00edn, de los sanadores de enfermos ni de los come culebras de las selvas del tr\u00f3pico. Su cuerpo ten\u00eda algo extra\u00f1o y fascinante que solo percib\u00edan los animales, principalmente los perros y los monos. Le gustaba comer monos asados con yuca, y se presum\u00eda que los animales advert\u00edan el peligro al presentir sus pasos bajo los \u00e1rboles robustos. Usaba un silbido muy fino, como de ave invisible, cuando se met\u00eda al monte, pero tambi\u00e9n los hombres sent\u00edan el escalofr\u00edo del sonido, y muchos hasta se meaban.<\/p>\n\n\n\n<p>Algo ten\u00eda el negro Yumbimb\u00e1 que no era normal.<\/p>\n\n\n\n<p>Dec\u00edan que en el est\u00f3mago cargaba al diablo, y que nunca hac\u00eda su necesidad para no lanzar llamas infernales capaces de quemar a un pueblo entero. Seg\u00fan que el diablo sacaba la lengua por el ombligo de Yumbimb\u00e1, y los perros asustados ladraban como locos y los monos hu\u00edan despavoridos, pero la gente solo ve\u00eda aquella barriga enorme que sobresal\u00eda debajo de la camisa, siempre hirviente como una caldera, siempre templada como a punto de explotar; y el brillo en los ojos de Yumbimb\u00e1 era como de un volc\u00e1n ba\u00f1ado en lava.<\/p>\n\n\n\n<p>Yumbimb\u00e1 no ten\u00eda edad, no ten\u00eda hijos, no ten\u00eda padres, rastro conocido ni estela posible. Era como una sombra con fuego que todos miraban con recelo, y era el que m\u00e1s sacaba oro con solo rasgu\u00f1ar la tierra, con solo hundir las manos en el fango, y siempre tallaba el oro en su barriga y pronunciaba unas extra\u00f1as s\u00edlabas: \u00abYat\u00e1-Yat\u00e1\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>Algunos dec\u00edan que Yumbimb\u00e1 se com\u00eda el oro, y otros, que se lo entregaba a Br\u00edgida, su misteriosa acompa\u00f1ante, quien no hablaba espa\u00f1ol, siempre descalza, de pies firmes, cuarteados; tambi\u00e9n negrita y con los ojos rojos. Ambos compart\u00edan una tienda de lona retirada del campamento, que ol\u00eda mal, a verraco, a vaho de boa, a calabaza podrida. A menudo sonaba algo met\u00e1lico all\u00e1 dentro como si afilaran cuchillos. Otras veces sal\u00eda humo oscuro, f\u00e9tido como el carburo, al conjuro de unas voces tambi\u00e9n misteriosas: \u00abYe-tui\u00bb, \u00abMa-ku\u00e1\u00bb, \u00abTe-ti\u00bb, \u00abKam\u00ed-Pat\u00e1\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>Los mineros lo traduc\u00edan a capricho y se mofaban al se\u00f1alar que Yumbimb\u00e1 se estaba bregando a Br\u00edgida, pero otros lo descartaban aduciendo que en realidad eran hermanos, y que proven\u00edan de una tribu primitiva escondida hace siglos en la espesura selv\u00e1tica de la Guayana Esequiba.<br>Un minero de B\u00e9lgica, embriagado con ron y cervezas tibias sorochas, quiso pasarse de listo e intent\u00f3 meterse en la tienda de Yumbimb\u00e1. Una enorme serpiente negra lo enroll\u00f3 por las piernas y lo lanz\u00f3 contra los \u00e1rboles con una fuerza brutal. Un poderoso viento estremeci\u00f3 el monte y llen\u00f3 el campamento de polvo amarillo durante varios minutos, y dicen que sintieron los pasos de una fiera gigante que sacud\u00eda el suelo. Asustados todos, esa tarde nadie sali\u00f3 de sus tiendas y el silencio fue absoluto. El belga recogi\u00f3 sus aperos cuando amaneci\u00f3, esper\u00f3 el jeep de pasajeros que ven\u00eda una vez al d\u00eda y se qued\u00f3 a vivir en El Callao como revendedor de oro, pero nunca m\u00e1s regres\u00f3 a las minas.<\/p>\n\n\n\n<p>Un domingo que llov\u00eda recio, un grupo de mineros se fue al pueblo a comprar provisiones en el jeep de Ernesto, uno de los transportistas, y se trajeron a un cura que quer\u00eda bendecir la mina de Casablanca. Para que descifrara el misterio de Yumbimb\u00e1 y lo exorcizara, lo sobornaron al llegar, con algunas piedritas doradas. Adem\u00e1s, vistieron al cura con botas de seguridad, camisa gruesa y sombrero de faena para que Yumbimb\u00e1 creyera que se trataba de otro obrero que buscaba trabajo en la mina.<br>Esa noche nadie sinti\u00f3 a Yumbimb\u00e1 ni a Br\u00edgida.<\/p>\n\n\n\n<p>Los jornaleros hicieron ruido hasta tarde, bebiendo ron y asando carnes, pero la tienda lejana permaneci\u00f3 oscura y silente. Al padre Nicasio Noriega lo apertrecharon en un chinchorro cerca de los dep\u00f3sitos de agua, hacia el camino del r\u00edo, donde dorm\u00edan los perros. Sin embargo, no amaneci\u00f3 ah\u00ed, ni lo sintieron salir al amanecer.<\/p>\n\n\n\n<p>A las cinco de la madrugada ya todos preparaban sus herramientas de trabajo y la comida del almuerzo. La mujer de un minero, Lucho P\u00e9rez, fue quien avis\u00f3 que hab\u00eda un hombre muerto cerca de la letrina com\u00fan, colgado con bejucos en las ramas m\u00e1s altas de un roble. Justo por donde Yumbimb\u00e1 sal\u00eda a cazar monos.<\/p>\n\n\n\n<p>Al padre Nicasio Noriega le hab\u00edan sacado las tripas y lo hab\u00edan guindado en lo alto para que se lo comieran los zamuros. Yumbimb\u00e1 fue el \u00fanico hombre que sali\u00f3 ese d\u00eda a trabajar, y ni se dio por enterado del incidente, aunque a decir verdad, nadie se atrevi\u00f3 a acerc\u00e1rsele ni a mencionar su nombre.<\/p>\n\n\n\n<p>Los sanadores de enfermos eran en realidad unos yerbateros con ma\u00f1as, especializados en rezos y p\u00f3cimas para combatir las epidemias y vender productos de elaboraci\u00f3n propia contra las hinchazones, infecciones locales y las fiebres. Una vez al mes llegaban a la mina de Casablanca en un viejo cami\u00f3n Ford que parec\u00eda de la Segunda Guerra Mundial. Un modelo 42 a decir de Chig\u00fce, el mec\u00e1nico encargado de reparar las m\u00e1quinas de los caporales y, eventualmente, cualquier otro veh\u00edculo accidentado en la v\u00eda, incluidos los del ej\u00e9rcito, cuando pasaban por el lugar para las inspecciones de rutina; un verdadero matraqueo chantajista: \u00abMi general les manda a pedir su parte del oro y que no se hagan los locos\u00bb, dec\u00eda un sargento panz\u00f3n masticando goma, la mano derecha empu\u00f1ando la cacha de su pistola.<\/p>\n\n\n\n<p>Hac\u00edan la coleta y le entregaban m\u00e1s de medio kilo de oro, y aprovechaban para comprarles cigarrillos, rones y armas que los mismos soldados vend\u00edan como patrimonio de sus decomisos y otras suertes. \u00ab\u00bfQui\u00e9n es ese negro?\u00bb, pregunt\u00f3 cierto d\u00eda el sargento cuando mir\u00f3 pasar a Yumbimb\u00e1 hacia su tienda. \u00ab\u00bfPor qu\u00e9 no saluda a la autoridad?\u00bb. Ese negro es un misterio, sargento, d\u00e9jelo quieto si no quiere que le pase algo malo, le respondieron. El sargento mand\u00f3 a un soldado que lo siguiera, al tiempo que apuntaba sus dos ojos con los dedos \u00edndice y medio en se\u00f1al de cautela. El soldado asinti\u00f3 y se march\u00f3 detr\u00e1s de Yumbimb\u00e1. Este lo ignor\u00f3 y se meti\u00f3 en su tienda.<\/p>\n\n\n\n<p>El soldadito regres\u00f3 dando gritos, con la bota izquierda entre las manos, a saltos como un canguro, pidiendo que le sacaran lo que tra\u00eda en el pie. Despu\u00e9s de auxiliarlo, extrajeron un ciempi\u00e9s color carb\u00f3n de m\u00e1s de veinte cent\u00edmetros. \u00abEs un ciempi\u00e9s ciego, amigo, va a tener que amarrarse los pantalones\u00bb, le dijo un minero al soldado y, efectivamente, lo estremecieron el eritema, la ansiedad, los v\u00f3mitos y el entumecimiento de la pierna, ante lo cual el sargento decidi\u00f3 llev\u00e1rselo de prisa a El Callao.<\/p>\n\n\n\n<p>Le untaron algo de aquellas p\u00f3cimas y le dieron a beber un carato amarillento para calmar el dolor, pero el soldado igual se desmay\u00f3 en el camino, aunque un mes despu\u00e9s regres\u00f3 a Casablanca, p\u00e1lido y nervioso, mirando alrededor de s\u00ed, pero Yumbimb\u00e1 andaba en el monte espeso desde el amanecer y no regres\u00f3 hasta la noche.<\/p>\n\n\n\n<p>Los comeculebras no eran indios extra\u00f1os ni depredadores compulsivos, sino cinco hermanos retacos que iban y ven\u00edan a Casablanca, reconocidos por su coraje, la uni\u00f3n entre partes, la man\u00eda de matar serpientes de r\u00edo, y asar aquellos tubos gruesos de carne morada para com\u00e9rsela con picante hecho de bachacos grandes y yare, aj\u00ed bravo y suero de res.<\/p>\n\n\n\n<p>Aquel men\u00fa ancestral les daba fuerzas y los hac\u00eda inmunes a saba\u00f1ones y t\u00e1banos, al rigor del sol y al paludismo, a las pestes y los males del mercurio. Hablaban su lengua caribe en lo habitual y mascullaban un espa\u00f1ol esquem\u00e1tico, elemental, aderezado con la fon\u00e9tica ingl\u00e9s del oquei, claro que yes, baibai men y otras simbiosis de franc\u00e9s y portugu\u00e9s brasilero, entremezclado con neologismos del oficio minero y otros t\u00e9rminos casuales que a nadie importaban.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00abA negro no amolo\u00f1en tanto, no gusta de eso\u00bb, dijo uno de los indios un d\u00eda que alguien del grupo quiso llevarle una presa a Yumbimb\u00e1 para ganarse su confianza. Por boca de otro se lleg\u00f3 a creer que el negro no dorm\u00eda en la choza sino debajo de la tierra, y que seguro hab\u00eda una gran cueva dentro de la carpa de lona, y que durante la noche Yumbimb\u00e1 enterraba el mismo oro que sacaba en el d\u00eda. Carique, que as\u00ed se llamaba el indio, basaba su teor\u00eda en la falta de luz del rancho y que ni Br\u00edgida ni Yumbimb\u00e1 sal\u00edan nunca del sue\u00f1o para hacer sus esf\u00ednteres. Sin embargo, todos se sorprendieron una noche de luna nueva, cuando vieron una fogata dentro del cobertizo, que dur\u00f3 hasta el amanecer. Aunque los perros ladraban hacia la humilde morada, no pas\u00f3 nada extra\u00f1o all\u00e1 al fondo; y el reflejo de luz se extingui\u00f3 en silencio despu\u00e9s que unas aves mabitas entonaron cantos f\u00fanebres cuando se ocult\u00f3 completamente la luna.<\/p>\n\n\n\n<p>Al siguiente d\u00eda, al despuntar el sol y someterse todos al proceso de vacunaci\u00f3n colectiva obligatoria dentro del autob\u00fas, que para tal fin trajeron unos galenos de El Callao; cayeron en cuenta de que la tienda de Yumbimb\u00e1 estaba cundida de una escarcha azul que solo el viento borr\u00f3 al paso de las semanas. Esa ma\u00f1ana lo vieron ir al r\u00edo a buscar agua, con su pausado andar, su enorme estatura, sus pies de acero y aquellas pantorrillas que parec\u00edan las de un tronco de puy milenario.<\/p>\n\n\n\n<p>Carique tambi\u00e9n se\u00f1al\u00f3 otro d\u00eda que hab\u00eda o\u00eddo decir que un cham\u00e1n muy sabio hab\u00eda predicho que cuando los hombres lograran ver al fin al gran esp\u00edritu de las monta\u00f1as, hasta ese d\u00eda ver\u00edan la luz del sol, porque \u00e9l se molestar\u00eda si le sacaban a la tierra su jugo negro y su candela amarilla. Pero nadie se tom\u00f3 en serio la f\u00e1bula de que Yumbimb\u00e1 fuera de cierto el esp\u00edritu sagrado del oro y del petr\u00f3leo. Mucho menos le dieron cr\u00e9dito a semejantes poderes.<\/p>\n\n\n\n<p>Despu\u00e9s de una sequ\u00eda tard\u00eda que imposibilit\u00f3 la labor de la mina durante m\u00e1s de seis semanas, el cielo desparram\u00f3 toda el agua del mundo y le sobrevino una furia de plagas al campamento. Los hombres trataban de combatir los gusanos de monte que brotaban de ampollas en la cabeza, brazos y piernas, inyect\u00e1ndose penicilina, o con tapujos de chim\u00f3 masticado y esperma caliente; pero los gusanos sobreviv\u00edan dentro del organismo y se agrandaban hasta crear un cuerpo largo con pelos, que dejaban cicatrices de por vida, dif\u00edciles de borrar. A pesar de las recetas de los yerbateros y los parches de resina sobre el respiradero de los gusanos de monte, los mineros m\u00e1s fr\u00e1giles parec\u00edan vacas de pantanales, como las hay en Apure y en El Meta colombiano, con los granos encima.<\/p>\n\n\n\n<p>Yumbimb\u00e1 observ\u00f3 detenidamente a algunos de aquellos seres y les dio suaves golpecitos con unas ramas de palma, al tiempo que dec\u00eda \u00abYat\u00e1-Mat\u00e1\u00bb, mientras los gusanos sal\u00edan del cuerpo y ca\u00edan tiesos a tierra. Entendieron as\u00ed que Yat\u00e1 era una especie de dios que Yumbimb\u00e1 asociaba con la acci\u00f3n respectiva: el oro, la salud, el viento, la lluvia, la luz o el destino. Yat\u00e1 nunca sonaba aislada y sin que nada sucediera. Era, por tanto, el hilo conductor del mundo, la fuerza mayor de aquel ser. Sin embargo, ese dios misterioso parec\u00eda salir de dentro del negro, puesto que no hac\u00eda invocaci\u00f3n, no gesticulaba nada, no buscaba el cielo y era solo un sonido ronco, profundo, que paraba los pelos nada m\u00e1s de o\u00edrlo. Los hombres sent\u00edan escalofr\u00edos y hasta apuraban los tragos de ron o bajaban las caras.<\/p>\n\n\n\n<p>El misterio de la lava brava en los ojos de Yumbimb\u00e1 pod\u00eda ser un rasgo de estirpe, si la ten\u00eda, un signo gen\u00e9tico, un patr\u00f3n visual desconocido, por ejemplo, para los humanos, tal vez dotado de visi\u00f3n nocturna como las lechuzas, los perros o cualquier otra especie. Tal vez ten\u00eda una \u00f3ptica m\u00e1s fotoeficiente en sus ojos que la nuestra, una <em>tapetum lucidum<\/em> prodigiosa y \u00fanica.<\/p>\n\n\n\n<p>Un ingeniero qu\u00edmico de una empresa brasilera que trabajaba en Casablanca especul\u00f3 con sus alardes de ciencia, mostrando una c\u00e1mara termal infrarroja de uso militar, con la cual \u00ablo miraba todo\u00bb si \u00e9l quer\u00eda. Una noche hizo una prueba que lo desconsol\u00f3 por completo y lo someti\u00f3 al escarnio, a la jocosidad y las burlas de sus compa\u00f1eros. Enfoc\u00f3 a Yumbimb\u00e1 entrando a la choza, pero este no aparec\u00eda en el espectro. \u00abEs como si su cuerpo estuviera vac\u00edo por dentro, sin huesos, sin nada, sin calor, sin temperatura; ni siquiera el oro de su barriga aparece en los focos\u00bb. No falt\u00f3 quien alegara que tal vez el negro era de otro planeta y se estaba adaptando al nuestro, pero enseguida lo relacionaron con el cine y la ciencia ficci\u00f3n, rest\u00e1ndole seriedad al asunto.<\/p>\n\n\n\n<p>El origen y la procedencia de Yumbimb\u00e1 hab\u00edan traspasado ya las preocupaciones locales, y hasta en otras partes se ten\u00eda conocimiento de su figura. Cierto d\u00eda, mientras despanzaba un mono, le oyeron decir \u00abYat\u00e1 Chi-Chi\u00bb, y se crey\u00f3, err\u00f3neamente, que estaba nombrando una aldea guyanesa ubicada cerca del Esequibo, que pod\u00eda ser su pueblo natal, pero un minero originario de all\u00e1 lo descart\u00f3: \u00abNeugro, no s\u00e9 de Chi Chi. No hablar mesmo yo\u00bb. Otras veces pronunci\u00f3 sufijos mineros lejanos que nadie entend\u00eda en aquella lengua loca: \u00abYat\u00e1 Omai\u00bb, \u00abYat\u00e1 Potaro\u00bb, pero que eran localizables en la memoria revuelta de aquellos hombres condenados al infierno.<\/p>\n\n\n\n<p>Un nativo de Botanamo de Abati cuenta que Yumbimb\u00e1 guind\u00f3 por el cuello a un garimpeiro perteneciente a una banda que lleg\u00f3 a Casablanca buscando cupo para una compa\u00f1\u00eda extranjera que pretend\u00eda explotar la mina con \u00abaparatos sotisficados\u00bb. Se sospechaba, adem\u00e1s, que los garimpeiros hab\u00edan cometido una masacre a yanomamis de Haximu y envenenado a otros de Wareta Parima con un liquio estra\u00f1o. Se les ech\u00f3 del sitio y Yumbimb\u00e1 marc\u00f3 orden y disciplina tan solo con una mano, aunque a decir verdad, ni su car\u00e1cter ni su figura parec\u00edan tener relaci\u00f3n alguna con el comportamiento colectivo.<br>La muerte del cura Nicasio Noriega tambi\u00e9n se intuy\u00f3 como ley natural de Yumbimb\u00e1, pero el ej\u00e9rcito revel\u00f3 que ese hombre que guindaron del \u00e1rbol era un exconvicto que usurp\u00f3 la identidad del sacerdote, quien apareci\u00f3 estrangulado en el p\u00falpito de su iglesia, sin los documentos de identidad, sin sotanas, sin el dinero de las limosnas lit\u00fargicas; y sin el ba\u00fal de los milagros, ni reliquias de plata y oro que guardaba celosamente en aquel lugar santo. \u00abAcost\u00fambrense, que esta mina es peor que un manicomio\u00bb, les dijo aquella vez el sargento que buscaba las mesadas para el general.<\/p>\n\n\n\n<p>La muerte del cura no era un asunto trascendente en aquel mundo confuso y arbitrario de Casablanca. Realmente no ten\u00eda importancia la presencia de un personaje de fe en un nido de serpientes. Solo Yumbimb\u00e1 parec\u00eda un dios y una fuerza que sacud\u00eda la tierra, que ven\u00eda de otros mundos tal vez, de cuando huyeron esclavos africanos durante la colonia y se hicieron inmortales en medio de las monta\u00f1as. De esas razas de ayer, de nunca, del m\u00e1s all\u00e1 era Yumbimb\u00e1.<\/p>\n\n\n\n<p>Nadie compraba su oro y nadie se lo ve\u00eda. Br\u00edgida tampoco hac\u00eda vida social ni roce alguno junto a aquellas mujeres del lugar, y menos con las meretrices que llegaban los viernes para el desenfreno nocturno. Muy poca atenci\u00f3n prestaban ambos al vicio de los alcoholes y otros vicios, as\u00ed como a los cr\u00edmenes que a menudo suscitaban aquellos seres por ambici\u00f3n y traici\u00f3n, por avaricia e indecoro. Pero un d\u00eda, a un minero le pareci\u00f3 extra\u00f1o que Yumbimb\u00e1 se lavara los pies en el r\u00edo y se diera latigazos con unas palmas por todo el cuerpo, y arrojara un polvo extra\u00f1o al agua, y brotaran mil serpientes borboteando; mientras Yumbimb\u00e1 las palmeaba para atontarlas del mismo modo que el timb\u00f3 sirve para pescar pavones.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00abSeguro convirti\u00f3 el oro en serpientes\u00bb, dijo el minero.<\/p>\n\n\n\n<p>Esa noche no par\u00f3 de llover y los truenos y rel\u00e1mpagos estremec\u00edan la selva, y los perros se callaron; solo el tron\u00edo de la tempestad y los latigazos de los rel\u00e1mpagos hac\u00edan crujir el monte. Al amanecer pocos se fijaron que la choza de Yumbimb\u00e1 y Br\u00edgida hab\u00eda desaparecido. En su lugar no hab\u00eda nada: ni cueva, ni lona, ni cenizas.<\/p>\n\n\n\n<p>Solo encontraron aquellos olores penetrantes a vaho de culebras y un montoncito de huesos de monos a un costado, y un cuchillo viejo sin cacha completamente oxidado. Es como si Yumbimb\u00e1 jam\u00e1s hubiese vivido ah\u00ed, o como si hubieran pasado quinientos a\u00f1os sobre el lugar, y solo quedaran las borraduras. Un mes despu\u00e9s, ya no hab\u00eda nadie en Casablanca.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00abEl oro desapareci\u00f3, se fue, no lo encontr\u00e1bamos ni que hici\u00e9ramos lo que hici\u00e9ramos\u00bb, confes\u00f3 un minero en El Callao. \u00abSe lo trag\u00f3 ese negro\u00bb, dijo otro bebiendo ron. Ni en Sua Sua ni en El Dorado ni en Bochinche ni en Purgatorio ni en La Reforma ni en Tumeremo se tuvo noticias jam\u00e1s de Yumbimb\u00e1, y lo com\u00fan era o\u00edr que nadie lo hab\u00eda conocido, que era invento de la gente, o que si realmente existi\u00f3, seguro se lo trag\u00f3 la tierra.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-center\">***<\/p>\n\n\n\n<h3 class=\"wp-block-heading\"><strong>De vinos y una pena<\/strong><\/h3>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-right\"><em>Para Benigno Amago, en la Cervecer\u00eda Titanic de Oviedo<\/em>.<\/p>\n\n\n\n<p>Antonio no quiso hablarme del crimen, de su frustraci\u00f3n, de su dolor y sus determinaciones durante las 18 horas del viaje. Sin o\u00edr sus palabras, Par\u00eds se me antojaba una nube lejana, el riel perdido de un tren a medianoche o un camino en el olvido, mientras el bus de Alsa manten\u00eda su serena vibraci\u00f3n sobre las costillas de las sombras. Alguien que dorm\u00eda al fondo parec\u00eda un tigre en la selva. Suspiraba a brincos y farfullaba un nombre o una s\u00edlaba t\u00f3nica. La se\u00f1ora a su lado, tal vez su madre o su t\u00eda, quiz\u00e1s su mujer o su hermana, le mov\u00eda el hombro izquierdo. Afuera el aire parec\u00eda decir algo tambi\u00e9n. \u00abHeleno, Heleno\u00bb repet\u00eda la voz femenina mientras el felino sacaba sus garras en la selva, y devoraba todo a su paso. Gru\u00f1\u00eda salvajemente y luego descansaba. Dos puestos m\u00e1s adelante, un par de chavalos no paraban las lenguas. Se contaban algo relacionado con la electr\u00f3nica, la tableta, un juego de combate, o algo as\u00ed. El tono era muy bajo, casi imperceptible, pero suficiente para ventilarse sobre las cabelleras de los pasajeros.<\/p>\n\n\n\n<p>A mi lado, Antonio quer\u00eda llorar, y es probable que haya llorado sin mi consentimiento, pues, me promet\u00ed darle \u00e1nimos y valor. Desde antes de abordar el bus en la terminal de Oviedo y sentir la tracci\u00f3n de las ruedas bajando hacia Pola y Llanes, su rostro se empa\u00f1\u00f3 de tristeza. En un sem\u00e1foro, mientras una pareja de enamorados jugaba a los pellizcones sobre un banco, le ofrec\u00ed vino de mi botella y no acept\u00f3. \u00abPerd\u00f3name, pero no puedo tomar\u00bb. M\u00e1s que una confesi\u00f3n, parec\u00eda una queja.<\/p>\n\n\n\n<p>Una pareja de ancianos com\u00eda manzanas y tomaba agua. Se les ve\u00eda serenos y entusiasmados. Parec\u00edan jubilados que iban de visita a donde alg\u00fan hijo que trabaja o estudiaba en Par\u00eds; o quiz\u00e1s ten\u00edan un par de amigos all\u00ed para pasarse unos d\u00edas, comer, caminar, disfrutar la belleza de la ciudad. Afuera las luces aparec\u00edan por todos lados: en las casas de las colinas de Asturias, en los valles y costas de Santander, en la autov\u00eda y en los cielos.<\/p>\n\n\n\n<p>Por alguna raz\u00f3n record\u00e9 el cuento \u00abLa autopista del sur\u00bb, de Julio Cort\u00e1zar. Dentro del bus pod\u00edan ocurrir tantas cosas como las que ocurren en ese relato. Solo que no ten\u00edamos a bordo un Peugeot 404 que describir, y ni siquiera hab\u00eda la certeza de que alg\u00fan ingeniero o un m\u00e9dico, un abogado o un poeta fuera de pasajero en este tr\u00e1nsito, pero s\u00ed logramos ver en una esquina un auto \u00faltimo modelo de belleza singular: un Toyota Mr2, color blanco, de apenas dos plazas y una maletera inusualmente extendida hasta las enormes lunas traseras debido, quiz\u00e1s, a su motor central. El coche parec\u00eda un haik\u00fa de metal, un verdadero roaster WTi 1.8 del a\u00f1o 2000. A cualquiera se le hac\u00eda agua la boca. Para los entendidos en coches, este Mr2 era similar al Lotus Elise o Speedster, con discos ventilados y 143 caballos de potencia, nada despreciables considerando el peso del auto: 975 kg. Pero bien, Antonio no estaba interesado ni en los coches ni en \u00abLa autopista  del sur\u00bb ni en el Fiat 600 ni en el Caravelle ni en el Peugeot 203 de Cort\u00e1zar ni en nada.<\/p>\n\n\n\n<p>Afuera pasaban en todos los sentidos los Seat, los Volswagens, los BMW, los Mercedes Benz y los Audi y los Ford y los Opel y los Daewoo y todos los coches del mundo, signo de que en el pa\u00eds la econom\u00eda hab\u00eda cogido por fin al nuevo siglo con holgura, pero cada sentido de Antonio rodaba sobre las llantas inimaginables de su tragedia particular. Hab\u00eda sido violado dos meses antes.<\/p>\n\n\n\n<p>Hasta Torrelavega la noche era como una cena familiar. Se o\u00edan confesiones y hasta alg\u00fan reproche conyugal, discursos de negocios, el plan de empleo de una joven de 22 que se dirig\u00eda a Londres para trabajar en un hotel junto a su hermana, y no pocas almas andaban sueltas en medio de la nada, y el vac\u00edo del suave movimiento del bus. Los cambios de la caja eran constantes, sinti\u00e9ndose la fuerza de los frenos en las pendientes. El relieve de la v\u00eda as\u00ed lo demanda, pero Antonio no acept\u00f3 ni siquiera una sola vez algo de beber de mis botellas de vino. Llevaba sobre las piernas un libro que no pod\u00eda leer en la oscuridad: Rabos de lagartija, de Juan Mars\u00e9, en edici\u00f3n de Lumen-Aret\u00e9, del a\u00f1o tambi\u00e9n. Le pregunt\u00e9 si hab\u00eda le\u00eddo de Carlos Fuentes Los cinco soles de M\u00e9xico, o Memorias de un milenio, en edici\u00f3n de Seix Barral, que yo reci\u00e9n hab\u00eda comprado en 2.800 pesetas en la Feria del Libro de Gij\u00f3n, del Paseo Francisco Tom\u00e1s y Valiente, pero me gesticul\u00f3 con la cabeza que no.<\/p>\n\n\n\n<p>De m\u00e1s est\u00e1 entender que Antonio no ten\u00eda ya palabras, sino solo su dolor. Por tanto, lo dej\u00e9 dolerse en silencio mientras llegamos a Bilbao y pasamos el peaje. Sent\u00ed una gran emoci\u00f3n de solo imaginar lo cerca que estaba la bella comarca de Pau, y lo bonita que es la casa de Philippe Pierre y de su esposa Nery, tan amiga y tan hermana m\u00eda como cuando com\u00edamos pizzas en Pampatar y tom\u00e1bamos cervezas en playa  Guacuco, en mitad del sol ardiente de Venezuela, de ese Caribe nuestro. Nery fue mi alumna en los talleres de Iniciaci\u00f3n al Cuento, que en alg\u00fan momento dict\u00e9. Fue en una playa de esas que tanto amor despiertan en la isla de Margarita que Philippe se apareci\u00f3 como un ave f\u00e9nix, porque decidi\u00f3 abandonar Caracas durante el fin de semana antes de volver a Par\u00eds, a dedicarse a sus tareas personales en la IBM Industry de Francia. Ah\u00ed se conocieron, y ah\u00ed nos conocimos. Una bella historia que no interesa a Antonio.<\/p>\n\n\n\n<p>En Saint-Jean-de Luz lo vi comer galletas y se tom\u00f3 una gaseosa. No ten\u00eda sue\u00f1o. Su sic\u00f3logo le hab\u00eda recomendado viajar lejos con alg\u00fan amigo y, ciertamente, yo ten\u00eda el compromiso de ir a Par\u00eds. En Alsa se viaja bien, le dije para animarlo, y es econ\u00f3mico. Tendr\u00edamos once d\u00edas libres antes de regresar a Oviedo, a por la revisi\u00f3n de las tesis de Filolog\u00eda, y tanto su tutor como el m\u00edo necesitaban tiempo para revisar y precisar cosas. Antes lo invit\u00e9 a Granada y rehus\u00f3 ir. Ni siquiera La Alhambra le conmovi\u00f3 ni las teter\u00edas de Albaic\u00edn ni la dureza de este verano del 2000 que parec\u00eda quemar al mundo. Cuando regres\u00e9 le cont\u00e9 cosas que tampoco apreci\u00f3.<\/p>\n\n\n\n<p>En la ida a Granada se accident\u00f3 el bus de la empresa BMG, pero pude ir a la casa natal de Garc\u00eda Lorca y a la Costa del Sol, a quemarme la piel adrede y tomar todas las cervezas fr\u00edas que pude conseguir, junto a unos m\u00e9dicos amigos que me brindaron hospitalidad sincera. Pero nada pudo entrar en la cabeza de Antonio. \u00c9l tuvo su mala noche dos meses antes. Debi\u00f3 pedir un taxi y no caminar en medio del parque en completa soledad. Los tres t\u00edos se drogaban de seguro. Ya hab\u00edan violado a una se\u00f1ora, sin que esta gritara o denunciara lo ocurrido, solo llor\u00f3 y contuvo la violencia de los b\u00e1rbaros, despu\u00e9s huy\u00f3 como pudo. Antonio no lo sab\u00eda. Eso ocurri\u00f3 a las 23:52 del s\u00e1bado 29 de abril, en mala hora, como todo infortunio. Lo suyo pas\u00f3 a las 2:17 am del domingo 30.<\/p>\n\n\n\n<p>Antonio intent\u00f3 huir, pero lo atraparon y lo ataron de manos. Con un trapo lo amordazaron, y en menos de diez minutos ya lo hab\u00edan derribado contra el c\u00e9sped, arranc\u00e1ndole su pantal\u00f3n para embestirlo hasta el total sangramiento. Intent\u00f3 levantarse aplicando todas sus fuerzas, pero otro de los sujetos le pas\u00f3 el filo del cuchillo por el antebrazo derecho y sinti\u00f3 el ardor de la herida y perdi\u00f3 el conocimiento.<br>Cuando despert\u00f3 estaba en el hospital rodeado de enfermeras, bombonas y cables; y pudo advertir que su rostro ten\u00eda hematomas pronunciados. No ten\u00eda un solo hueso de su cuerpo que no se resintiera. La peor pesadilla la padeci\u00f3 en el ano y las hemorroides. \u00abTiene suerte de estar vivo, se\u00f1or\u00bb, le dijo una doctora que parec\u00eda venir de otra galaxia.<\/p>\n\n\n\n<p>Mientras el bus enfilaba mansamente hacia Bordeaux, sus l\u00e1grimas parec\u00edan recapitular tales hechos. Hechos que jam\u00e1s deber\u00edan ocurrir a nadie en ning\u00fan lugar. Pero la vida tiene estos destinos en su largo viaje hacia el fin. Para consuelo suyo supo que la polic\u00eda logr\u00f3 matar a uno de sus victimarios cuando estos dispararon ante la voz de alto. Los otros c\u00f3mplices huyeron para siempre. Eso le cre\u00f3 un dolor adicional. El dolor de la impunidad. La tragedia de las injusticias. Por ello intent\u00e9 hablarle de todo cuanto pude, y despu\u00e9s de la cuarta botella de vino, le dej\u00e9 solo en su asiento, pero ignoro si durmi\u00f3. Al amanecer, ya Par\u00eds era una cercan\u00eda que por la Guide m\u00e9t\u00e9o-jeux que aparec\u00eda en la prensa del d\u00eda nos anticipaba un clima con la m\u00ednima de 16\u00ba y m\u00e1xima de 25\u00ba, sin mayores variaciones desde Toulouse hasta Amiens o de Nantes a Besan\u00e7on. Era un buen clima seg\u00fan como se le mirase, y era un magn\u00edfico viaje seg\u00fan como se le sintiera.<\/p>\n\n\n\n<p>El de Antonio era sin dudas un viaje perdido. Su posterior suicidio a los ocho meses cumplidos de su violaci\u00f3n, justo la noche del 29 de diciembre de 2000, no sorprendi\u00f3 a nadie, ni siquiera a su sic\u00f3logo. Nunca vi a un hombre m\u00e1s triste en Par\u00eds que a \u00e9l, y nunca un viaje tuvo tan pocas palabras con un compa\u00f1ero de traves\u00eda. De tanto o\u00edr su silencio, tengo la sensaci\u00f3n de que lo oigo pensar todav\u00eda, mientras el bus avanza y avanza en la alta noche, rumbo al cielo o a alg\u00fan otro para\u00edso perdido.<\/p>\n\n\n\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/jose-perez\/\" target=\"_blank\" rel=\"noreferrer noopener\">Sobre el autor<\/a><\/h4>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>El oro de Yumbimb\u00e1 El negro Yumbimb\u00e1 no era un negro cualquiera del mont\u00f3n de sacadores de oro de El Callao, de los mujeriegos de post\u00edn, de los sanadores de enfermos ni de los come culebras de las selvas del tr\u00f3pico. 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