literatura venezolana

de hoy y de siempre

Volver a cuándo

María Elena Morán

Lo que pasa es que tu hija no quiere hablar con vos y punto, chica, le dijo por último Graciela, ya sin ganas, sin anestesias y sin vergüenzas, siendo que minutos antes la excusa había sido que la niña no venía porque estaba jugando en la computadora, y era mentira porque antes ya había dicho que no había luz y antes de esa mentira ya le había dicho otra y era que la niña se había metido a bañar porque, adivina, estaba saliendo agua por la regadera, una improbabilidad gigantesca porque era lunes y los lunes no llegaba el agua, la verdad, hacía ya dos meses que ningún día llegaba el agua y seis meses que la regadera no sabía lo que era una gota y, acabadas las disculpas, Graciela se despepitó en sinceridades, es que Elisa está rebelde y si no quiere hablar con vos tampoco la voy a obligar, y ella insistió en que la niña tenía que tomar el teléfono, yo soy su madre y ella no se manda sola, y Graciela rebatió con un desgano tajante, ya te arreglaréis vos con ella después, yo ya no sé qué más decirle porque ella dice que las madres no abandonan a las hijas y qué hago yo si eso es verdad, y en esa retahíla estaban cuando, del lado de acá del teléfono, en esa esquinita de Brasil llamada Pacaraima, empezó a oler a chamuscado y Nina oyó gritos, ¡coño, nos están quemando! ¡Nos están quemando!, y vio de lejos a la gente espantándole el fuego a la carpa Coleman, que durante los últimos dos días había sido su habitación, su casa, su hotel, y ahora estaba comenzando a parecer una hornilla, ya te llamo, mami, y corrió, abriéndose espacio entre el desespero de gente que juntaba los pocos bojotes crepitantes a los que se resumían sus equipajes y sus existencias de los próximos días o meses o años.

Chama, yo me voy de esta vaina, yo no me quedo donde no me quieren, le dijo una muchacha de Valencia, vecina de carpa, mientras se juntaba a la estampida que cruzaba la frontera de vuelta para Venezuela, donde el infierno era infierno, pero era propio, constitucionalmente adjudicado, donde se tenía el derecho a la queja, aunque anduviera escaso últimamente, entre tantos peros de tufillo militar que le ponían al pobre. Nina quiso convencerla de que el incendio era solo un traspiés y que todos esos cientos de personas que los habían ayudado contaban mucho más que los cinco malaleche malparidos sin amor que habían quemado un campamento entero lleno de niños y adolescentes en espera de refugio. Quiso pero no quiso demasiado, porque no pensaba cargar con el peso de convencerla de una aventura que ya comenzaba en tragedia, ella había visto el odio en esos ojos, isso aqui não é Venezuela, porra!, ella había escuchado y entendido porque el odio, taca fogo, taca fogo em tudo!, no necesita traducciones, vão embora, seus filhos da puta!, el odio de esos que decían defender la ciudad de una horda de delincuentes, después de que uno o dos hijos de puta malandros, cuándo no, uno o dos de los miles que estaban ahí, hicieran alguna mierda que todavía nadie, ni siquiera una buena parte de los atacantes o de los que los apoyaban, sabía bien qué mierda había sido; ella había visto sus ojos, eran tan, tan poquitos si los comparaba con los otros que les llevaban agua y un lanchinho y cobijas, pero sus voces estaban tan repletas de saña y de miedo vuelto saña, parecían tan orgullosos grabado con sus celulares aquel momento de hacer historia, gritaban tan alto en su oído, que solo le dijo, pues que le vaya bien, mamita, y se quedó ahí, con sus tesoros salvados del fuego a precio de derretir la suela de sus tenis de tanto pisar, pisar, pisar las llamas hasta que la mochila dejara de incendiarse.

Pasó lista en su equipaje-casa y vio que, a diferencia de las bolsas plásticas y los tres rollitos aplastados de papel sanitario, focos de las llamas, el resto de sus cosas parecía haber sobrevivido. Sus cotizas seguían siendo feas, pero estaban intactas. Los tres jeans, el único mono, las cinco franelas, los cinco pares de medias, los tres sostenes y el único vestido, su favorito, uno que la había visto bailar salsa en una cantidad grosera de noches, estaban oliendo a la maldad del querosén; apenas se salvaron sus quince pantaletas, que eran ese número multitudinario porque si algo no soportaba ella era andar con pantaletas sucias y por esa misma obsesión las había metido dentro de una bolsita Ziploc y no olían a nada. A la carpeta plástica donde tenía los ítems más trabajosos, caros y exclusivos, como el certificado de no antecedentes penales y la partida de nacimiento, se le habían derretido un poco las esquinas y ahora recuperarlos sería un parto con fórceps. Su bolsa de boy scout, con linterna, navaja, yesquero, fósforos, cargador de celular y su combo de plato, vaso y cubiertos minúsculos, para comer poco, pero comer con dignidad, estaba tan perfecta como su neceser, al fondo de la mochila, donde jabones de baño y jabones azules, champú, toallas sanitarias, afeitadoras, algún maquillajito y hasta condones, por si acaso, habían salido ilesos. Verificó los bolsillos laterales y vio que ahí seguían, todavía sólidos pero a pocos grados de volverse una masa fundida de materiales, los lentes de sol que le había regalado Elisa algunos cumpleaños atrás, después de mucho ahorrar; su kit, psíquicamente indispensable para todo comedor de uñas, de cortacutícula y lima; un bolígrafo retráctil con su respectiva libretica de anotaciones importantes, como direcciones y números de teléfono, aunque ella memorizaba todo como si aún estuviera en los noventa; las llaves de una casa que, más por sentimentalismo que por lógica, Nina insistía en guardar entre esos objetos de terca necesidad: minucias sin las cuales se podía vivir, pero que la hacían sentir ella y no apenas una línea en una planilla de ACNUR.

Veía el humo, los focos aún prendidos, tan bonito y tan todopoderoso y resentido que era siempre el fuego, pensaba, nunca tan huérfana como en ese momento, aferrada a la letra de su padre, a la palabra hija que le colgaba del pecho eternizada en un amuleto de resina, pero pensó un poco mejor, vio un poco más ese paisaje humano devastado y se dejó sentir el temblor vivo que venía de su mano o de supecho o de su dije, y la orfandad dio paso a la sospecha amable de aún contar con un abrazo protector, un filo hecho de muerte y de vida que había sido capaz de cortar el fuego antes de que la tocara, ese fuego que no solo destruía, sino que hacía que todo se volviera un mismo resto indistinto, desfigurado; todas las cosas, amadas o no, importantes o no, patriotas o no, acababan transformadas en un pedazo de carbón y tizne, y pensaba en cómo era posible que el desprecio tuviera el mismo olor que los terrenos quemados en Maracaibo, terrenos vacíos siempre rodeados de una cerca de bloques falla, porque nunca faltaba quien les robara bloques para construir una casita para que los suyos no tuvieran que aguantarse el olor a tantas basuras, aguadas o quemadas, que al final olían a la misma vaina, fueran basura de pobre o de rico o basura del restaurante chino o de la sede del PSUV o del baño de la Facultad de Humanidades, basura era basura, pensaba Nina que, así como esos terrenos, Roraima estaba en llamas, pero Roraima no era basura y ellos no eran basura, ellos no eran basura, ellos no eran basura, y aun pensando eso, aun así, por unos segundos se dejó tomar por la odiosa idea de que el aire carbonizado y maloliente que estaba respirando no era más que la estela que ellos mismos traían consigo, como si hubiera una hedentina intrínseca en todo cuerpo sudado, hambriento, asustado, que llegaba sin ser invitado, como si prendiéndole fuego a ese campamento improvisado en las bocas de la frontera, quienes los querían fuera de ahí estuvieran quemando alguna podredumbre que ese hormiguero inverosímil del que ella formaba parte, ese gentío atabardillado que lloraba en español por comida y cobijo y ONU y Operação Acolhida, había traído consigo.

***

A Raúl se le desdibujó el tiempo, como buena ruina que es. Si los días aún existen, él ya no los ve pasar. Persigue las noches, en busca de una oscuridad que nunca es completa. Historia al margen de la historia, vive un presente elástico, una dictadura del gerundio. Si no fuera por las noticias que le trae Vicente, su compañero de cuarto o de celda, como dirían algunos, ya habría perdido la cabeza, aunque no sabe si eso es posible: enloquecer es privilegio de los que tienen tiempo.

Sabe que continúa llamándose Raúl, aunque en la nueva prosodia ese nombre todavía le suene tan ajeno como las palabras ayer, mañana, después o antes, ahora que todo es un todavía, durante, mientras tanto. A pesar de todo, no puede decir que desprecie ese nuevo lugar. Tiene la paciencia de quien sabe que debe hacer el esfuerzo de acostumbrarse a las nuevas leyes, a veces tan diferentes; a esos códigos morales nebulosos; a la condescendencia con que lo tratan mientras le recuerdan sus escasas posibilidades. Se siente perdido desde el segundo que afincó el pie en esa tierra extranjera que es la muerte, pero sabe que todos los viajes intempestivos y sin boleto de vuelta son así.

Y también está Vicente, que le pone una cara familiar a su nuevo mundo. El muchacho llegó una madrugada, empapado de sudor, tristeza y ron, con una bolsita plástica percudida como equipaje. No preguntó, no pidió, no se explicó. Forzó la puerta de la tumba y se acomodó en un rinconcito con tanta naturalidad que Raúl pensó que tal vez ese jovencito llamado Vicente Namías, como descubriría después al espiar la bolsa y verle unos veintiséis años sonrientes en el carné de la patria, era el dueño real de ese cuadrado de tierra en el cementerio. A lo mejor el intruso era Raúl, que había ido a parar ahí no sabía cuándo, porque fue después de haber perdido el tiempo.

Cuando Vicente se despertó, con la resaca y la luz del día doliéndole en los ojos, se asustó al ver a Raúl sentado, estudiándolo.

—Yo pensé que ya no había nadie aquí.

Y Raúl, a quien ya nadie miraba, fuera por no querer o por no poder, miró y se dejó mirar, un vínculo que, por él carecer de tiempo y por Vicente tener experiencia con asombros, no pudo sino ser instantáneo.

—No te preocupéis. Esto es un lleva y trae. Te podéis quedar, aquí nos arreglamos.

Falto de todo, Raúl vislumbró en Vicente conversas, noticias, favores. La posibilidad de un reloj.

—¿No me va a pedir nada a cambio?

Vicente tenía esa cara de gente buena que seguramente había tenido que hacer cosas de gente mala, un tipo de rostro que Raúl bien conocía. Gente que, en vez de miedo, le daba lástima, porque la culpa les crecía en el entrecejo como una zanja delatora.

—Una conversaíta y estamos pagos.

—Barato.

Ahora que ya se acostumbraron el uno al otro, Vicente se ha vuelto un corresponsal de guerra borracho, pero metódico, que se mueve por la vida y trae noticias de los casi mil días que Raúl, aunque no los sienta pasar, se ha perdido por estar trancado en el ya. Vicente es un veterano del afuera, bonito y rústico como un caballo con miedo, a quien no le falta un plato de comida, porque con sus ojos magos e ingeniosos localiza carteras gorditas, conmueve a muchos y los seduce a todos.

Raúl era profesor jubilado de Castellano y Literatura en escuelas públicas y de 2003 a 2008 había dado clase en la Misión Robinson, donde Vicente había aprendido a leer y a escribir en una época menos sombría en la que trabajaba como mecánico y tenía un novio que se le fue porque no aguantó estarse siempre escondido, y así Vicente se quedó sin novio y sin trabajo, porque fue tanto el despecho que todo el mundo se enteró. Y mariquera y mecánica no combinan, le dijeron, andá vete pa una peluquería y no portéis más por aquí.

—Pero ya no me quiero acordar de eso, profe, mejor cuénteme de usted.

Vicente trata a Raúl con la reverencia sincera que solo los buenos maestros conocen. Raúl intenta explicarle que él perdió su tiempo, que memoria y sueño se le juntaron, que no logra descifrar esa muchedumbre vaporosa que lo circunda.

—Yo tengo los ayeres y los mañanas revueltos, todos aquí a mi alrededor.

—Debe ser la falta de costumbre. A mi abuela le pasó lo mismo cuando hizo el paso. Y eso que ella sabía mucho de este lado. Fue ella la que me enseñó.

—¿Vos no los veis? ¿No escucháis ese gentío?

Y su buen alumno Vicente responde que no.

Raúl quisiera saber cómo mostrar esa yuxtaposición insólita en la que está y la única imagen que encuentra es un laberinto hacinado, gente suya y ajena, sobrepoblación de bocas que le hablan sin que él pueda hacer nada, porque es tanto el ruido y son tantos los rostros llorosos, exigentes, preguntones, que se vuelven una masa informe, un zumbido grave que aumenta hasta ensordecerlo.

Hasta ahora, la solución ha sido atravesar el nudo de gente y permanecer en el blanco estático que hay detrás de él. Un vacío luminoso y callado donde queda a merced del mientras tanto.

—¿Profe, usted sabe cuando uno juega metras? Uno tiene que mirar bien fijo la metra porque si no, no le pega.

—Claro.

—Yo creo que a usted le hace falta una metra.

—¿Cómo así, queréis jugar en esta oscurana?

—No, no. Digo es pa sacarle el culo a ese gentío que lo carga atormentao.

—¿Qué tiene que ver una cosa con la otra?

—Tiene que concentrarse en una persona, alguien a quien usted extrañe. Una metra, pues. ¿Usted tiene hijos?

Raúl no quiere hablar de esas otras criaturas asoladas. Aún tiene miedo de invocar la ruina que él mismo instaló en ellas, pero Vicente tiene sus talentos y cuando Raúl se da cuenta, ya está recuperando el pretérito y contándole de esas tres generaciones de mujeres que llevan su apellido, quejas en tres timbres que lo llaman y lo llaman, sin que él se atreva a responder, porque no hay respuesta posible para su ausencia.

—La metra, profe, mire fijo la metra.

Raúl se encoge en medio de la multitud, que lo hala sin tocarlo, como una danza forzada, imanes egoístas que exigen pedazos suyos desde todos los puntos cardinales. Él abre los ojos y solo ve una nube plúmbea, escandalosa, que le hace querer cerrarlos otra vez.

Pero ojos abiertos.

Ojos abiertos.

Ojos bien abiertos.

Y entre los sentidos un poco más dispuestos, se cuela una corriente de aire, como un vientico de tibieza soplado por una boca cómplice, una boca que sopla y sopla hasta que Raúl la encuentra. Nina. Siembra la mirada en ella y el gentío insiste en llamarlo, pero va perdiendo nitidez, textura, volumen. Los ojos de Nina son dos piedras de obsidiana y ella, un túnel de hecho de carencia. «Aquí, papi, aquí». Nina.

Abrazada a su collar-amuleto, ella se apodera de sus ojos y el encuentro es tangible como ya nada parecía serlo para Raúl. Él la abraza y un paréntesis de tiempo y oportunidad se abre en su muerte. Cuánta falta, cuánta tristeza de existir sin estar juntos, pero ahora está ahí el instante, aconteciendo, imágenes tan vívidas que, más que recuperación del pasado, son un fuego que crece y chispea y chasquea en un nuevo movimiento, todos los sentidos encendidos al servicio de un tránsito original de vida. Un caos anacrónico, lo sabe, pero en sintonía sinfónica, como la propia Nina. Comienza a presentir que no hay nada definitivo en la ruina, que puede hacer obrar nuevos tiempos en su tiempo perdido.

La piel de su hija conserva una suavidad infantil, un olor a caramelo de fresa y a sudor recién nacido, sudor que va volviéndose río hirviente, calidez antes suave que asume una realidad grosera, ruda, de llamaradas violentas alrededor de ellos.

—¿Dónde te habéis metido, Nina?

Paredes de fuego que ya no son de amor ni de resurrección, sino de odio y rechazo en lengua extranjera, los circundan, y Raúl no sabe más que permanecer al alcance mientras Nina lo convoque.

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