literatura venezolana

de hoy y de siempre

Visiones de Caracas

Jesús Semprum

Tras los meses de la desolación, durante los cuales, despojada de hojas, erigía al cielo sus brazos macilentos y retorcidos, la ceiba de San Francisco pimpollece de nuevo. Los pimpollos, primero tímidos y rubicundos, cobran ya matiz verde; y el árbol magnífico aparece enteramente vestido con sus hojas nuevas, verdegaye las más fuertes, de un tinte anaranjado y rojizo las más tiernas. En el momento transitorio que ahora vive es como más me agrada contemplarla, porque produce una profunda impresión de vida rara y jubilosa.

En las otras épocas del año, cuando aparece desnuda, la ceiba ofrece un aspecto áspero y duro, llena de hoscos erizamientos en sus ramas peladas, cuyas puntas, vistas a la distancia, parecen púas agresivas. Y luego, su conjunto ofrece entonces una sequedad estéril y repulsiva, como la huella de un dolor malvado. Al fin se siente contagiado uno, si la observa por mucho tiempo, de un sentimiento angustioso de aridez y de muerte, como si lo penetrara la convicción tristísima de la inutilidad den todo esfuerzo por la belleza, de lo perecedero de todas las galas; el viejo y obscuro abatimiento que sobrecoge a la humanidad cuando ve de cerca la destrucción final de sus individuos.

En cambio, cuando su follaje llega a la plenitud del crecimiento, impresiona como una fuerza formidable de la naturaleza. Las hojas maduras, de tonos densos, que sugieren algo así como la robustez de poderosos músculos animales, se agrupan y aprietan y convierten el árbol en una gran tienda de verdura, amparadora de pájaros que cantan y de abejas que acendran miel; amada de las brisas que le mecen a compás sus luengos follajes; amiga de los hombres a quienes presta sombra y abrigo; cómplice del artista a quien sugiere imaginaciones y fantaseos de clara hermosura.

Mas ni siquiera es así como me place contemplarla, sino como se nos aparece ahora, como una juventud llena de gallarda ufanía, como una promesa de bellezas futuras. Manifestando ya el brío y la opulencia de sus ramajes, posee todavía la gracia suave ligera de las infancias que se desvanecen en potentes nubilidades. La hoja endeble y temerosa apenas puede vacilar aún al soplo del viento; y el sol se cuela todavía por los claros de la fronda y pinta en el suelo extrañas manchas luminosas. Y así es como un ejemplo de renovación triunfante, como una lección para el permanente esfuerzo que debemos realizar en la existencia, a fin de cambiar a la continua: es como un alegato frenético del supremo vigor de la esperanza.

En las primeras horas de la mañana y en las postrimerías de la tarde, cuando el sol dora su copa y lanza, al herirla, rutilaciones deslumbrantes, brinda a los ojos que la contemplan con amor una extraordinaria fiesta de luces, relampagueos, tonalidades inesperadas y maravillosas. Es a tales horas cuando ostenta con mayor encanto el secreto de su hermosura, cuando parece predicar con toda su esplendidez imponente que la gracia de hoy no es más que preludio de la belleza de mañana, y que las fealdades y asperezas de ayer eran necesarias para la gracia de hoy.

Y entre tanto, Caracas discurre indolente bajo el más hermoso de sus árboles…

* * *

Cuando la ciudad reposa y duerme, el arrabal impuro vela todavía. Arrebujado en su tristeza, como un mendigo en sus harapos, espera, cual un mendigo a la vera de la ruta, la bastarda limosna del vicio, que al día siguiente será pan, alimento de su vida mezquina y repugnante. La callejuela, alumbrada por opacos y tímidos faroles de gas, tiene un aspecto de macilenta pesadumbre. La mugre y la impureza parece como si juntaran sus emanaciones en un solo perfume casi doloroso, que nos infunde malestar y desasosiego; como una ráfaga impregnada de los olores de un hospital enorme y lejano. En el ambiente flota ese abominable y confuso olor de sentina, así como una desgarrada invitación del vicio.

Las casas vierten en la calle luces indecisas. Ahora pobres fulgores vacilantes de candil, ahora claros brillos de lámpara. Y por las ventanas se vislumbra el interior, bien como una tentación o una sonrisa. ¡Y qué triste sonrisa de tentación muestran algunas! Son pálidas, angustiosas, llenas de resignación muda y de tormento, esas sonrisas de la luz trasnochadora en las ventanas abiertas.

Por la callejuela pasan raros transeúntes. Unos con premura rápida, como azorados fugitivos, otros con lentitud escudriñadora, tal vez poseídos sordamente de indecisión y secreta desconfianza, tal vez sofocando impetuosa avidez brutal. En la esquina, sentados en la acera, dos hombres discuten con calor, villanamente ebrios. En la taberna próxima otros muchos hablan, beben y fuman. El humo denso del tabaco forma una diáfana niebla, a través de la cual los bebedores gesticulantes, risueños o torvos, aparecen un poco fantásticos, principalmente uno, greñudo y solitario, de faz truculenta, que se inclina con silenciosa curiosidad sobre la sartén en que debe de crepitar la fritura. A lo lejos, un vendedor ambulante pregona su café.

A la esquina llega entonces un organillero con su organillo. Lo instala con grandes cuidados que podrían decirse cariñosos y principia a darle vueltas al manubrio con indolencia monótona. Entonces, invadido por la música, el suburbio despierta de su perezoso letargo y su languidez se anima como si se desperezara de su modorra habitual y oyera con atención complaciente la canción de un dulce coro de ángeles. Y sin embargo, la música del organillo es triste. De su vientre torturado surgen las notas rotas, agrias, como desgarradas por un diente oculto y feroz. Y se arrastran miserablemente por el suelo, como lisiados, o suben en un vuelo torpe, a malas penas, con incertidumbres y dolor de aves heridas. Expresan toda la congoja, el desaliento del propio suburbio enfermo y nefando. Y en la hora tranquila, en el ambiente poblado de quejumbres, parece escucharse la sinfonía ruda del arrabal adolorido. Es como un concierto de voces innumerables, plañideras, suplicatorias, como si la podrida callejuela en que se refugia la miseria bajo el yugo del vicio, vertiera en los sones del organillo errabundo una queja mortal, un clamor canallesco y hondo, desolado como la propia afrenta que ella ampara en sus ruines casucas, estéril como el vientre mismo de las mujeres que en ella moran.

Desparramadas en aquel sitio las lentas y gallardas contorsiones del tango, pierden su encanto penetrante y lúbrico, y se convierten en siniestras contorsiones de tortura y de muerte, como en el macábrico baile amoroso de un esqueleto, que intentase adular al deseo con el movimiento serpentino y horripilante de todas sus vértebras.

Y sin embargo los borrachos que disputaban, sentados al borde de la acera, se levantan y aproximan al organillo complacidos, bien como si la música les acariciase, los refrescase interiormente, los arrancara a la soñolencia brutal de la borrachez. En la taberna alguien se ha asomado a la puerta y marca los compases con un bastón sobre el pavimento. Y otro silba, con un silbido agudo, desagradable, acompañando la música. En las ventanas de las viviendas asoman rostros manchados de bermellón, de labios áridos y sangrientos como llagas, de ojos profundos, cercados de obscuras ojeras, anegados de estupefacción, de indiferencia o de fastidio, tal vez de una común y fatal resignación ante la existencia engendradora de podredumbre.

El organillo calla. El organillero se aleja. Y sobre la callejuela cae entonces una mudez absoluta, aplastante como una losa funeraria. Y el silencio lúgubre de la alta noche va a refugiarse en aquel lugar maldito como un enorme y fétido can vagabundo, roído de sarna y de hambres. Me imagino ese grave silencio cual un gran perro sucio, tendido en la callejuela miserable bajo el temblor de silencio y de oro de las altas estrellas.

* * *

La colina, sembrada de bambúes verdes está casi solitaria en esta hora en que el mediodía acaba y la tarde principia. Apenas veo dos hombres, el uno sentado a mitad de la gradería ya resquebrajada, entre cuyas grietas prospera la hierba mezquina; el otro al pie de la estatua de Colón, que desde la primera plataforma, en la que termina la escalinata, señala con el dedo, obstinadamente, en su pesada inmovilidad de bronce, cierto caserón del feo suburbio extendido al mismo pie del cerro, orilla del barranco profundo, en cuyo fondo se desliza el agua silenciosa y exigua del Caroata. Con la frescura de la tarde llegarán nuevos visitantes, casi todos gente de blusa, jornaleros sin trabajo, de manos rudas y rostro serio, ociosos profesionales y muchachos vagabundos.

Pero en esta hora, casi de bochorno aún, el paseo está lleno de soledad. Uno que otro desocupado, dormitará allá arriba, en un banco, bajo la frescura de la arboleda.

El panorama caraqueño, contemplado desde el término de la gradería, es amplio y bello y permite sorprender una faz, por muchos inadvertida, de la ciudad. Puede uno verla como si ella reposara en descuido, así como a hurto contemplaríamos a una mujer en la intimidad de su aposento. Pero Caracas sólo nos muestra sus espaldas, su lomo abigarrado e irregular. Es una confusión de techos rojos, paredes blancas, torres y cúpulas. Desde las faldas del Ávila, la ciudad desciende como con languidez perezosa, por el muelle declive, extendiéndose por sus puentes innumerables, hasta el valle deleitoso y las vegas del Guaire, vestidas de puro verde claro en la gloria de una interminable primavera.

Sobre el abigarramiento de los techos, en el cual alterna el rojo sombrío o intenso de los tejados con las manchas sucias del zinc, predominan con severa y muda vanagloria, las torres eminentes; las del Panteón, en la lejanía azulada por tenues brumas, como dos flacos brazos de súplica, tendidos al cielo pálido, donde sonríe una tranquilidad azul; las de la Pastora, achatadas, borrosas en la distancia; la de Catedral, pesada y única, con su color de antigüedad impasible, mirando imperturbable con miradas de tedio a cuanto la circunda, con las miradas de los cuatro ojos áridos de su reloj; las de la Merced, amarillentas. El Capitolio se alza plomizo y herrumbroso; el Municipal enseña la mitad de su estatura corpulenta y junto al Teatro Nacional que da al Oeste con juvenil petulancia, una espalda blanca y nueva, Santa Teresa erige sus torres y cúpulas distintas, con sus aires de basílica orgullosa. Y más cerca, al Norte, como la nota más viva del paisaje, la única bandera, izada en Miraflores, ondula a las brisas del Este su orgullo de iris.

El sol derrama aún vivos fuegos. En las lejanías el ardor solar se amortigua, se enternece entre difusas neblinas. Y la ciudad parece llena de modorra bajo la luz cálida. El Ávila limpio de nieblas y brumas aparece muy claro, muy próximo y enseña como en una indulgente confianza, todos sus matices. Antójaseme así benévolo, lleno de cariño suave hacia la vieja ciudad que vive hace siglos al amparo de su mole y a la cual ha visto, empavesada de júbilos en las horas felices o inundada de sangre, convertida en ruinas y llena de congojas; a la cual vigila desde el propio instante de su fundación; a quien vio emprender la fuga, abandonando sus hogares, hacia el orto enigmático, en un día de pavura y de lágrimas, y cuyo último día presenciará también, sino es que a una misma hora la destrucción final los hiere juntos…

Al continuar subiendo la colina, bajo el verdor de los árboles, en la sombra fresca y dulce, por entre cuadros de flores, sobre innumerables hilos de agua de riego, que discurren por la tierra con un imperceptible rumor de caricia, semejante al que produce el vuelo de una mariposa en la calma y el silencio de un jardín solitario, veo la soledad habitual del paseo con ojos de tristeza. En un gran claro unos negritos mueven algazara ensayando un base-ball rudimentario, torturando la paz de los follajes con atroces chillidos. Un extranjero vestido de blanco los contempla con atención y con todas las trazas de hallarse muy satisfecho. No lejos la voz nasal y áspera de un jardinero increpa a alguien, de seguro a algún muchacho travieso, invisible para mí al través de los árboles.

Abandonado a la soledad de su propia belleza, el Calvario se ha rodeado de melancolía. Los bambúes esbeltos se me antojan llenos de murria en su perpetuo cimbrarse bajo las manos de la brisa. Y el agua que fluye de la guarura rosa en caño plañidero, llora la pesadumbre de la colina abandonada. Suspira tal vez la Naturaleza del sitio por un cuadro rumoroso, cándido y vivaz, digno del marco hechicero que ella misma forma. Sueña tal vez con frescas risas de niños, con juegos de niños en alborozo, con coloquios de enamorados bajo las frondas indulgentes, con música de besos en el misterio de las penumbras. Sueña acaso con todas esas cosas bellas y puras, que no le interrumpen ahora su sueño solitario, sino fugazmente, como un rápido y efímero gesto de gozo.

Al descender fatigado, me paro otra vez al pie del bronce de Colón, que sigue señalando con su dedo el caserón contiguo. Pero el cielo no está ya limpio de toda nube como antes. Hacia el Norte y por el Oeste cruzan lentamente densos jirones blancos, de un blancor luminoso, como espesos copos de algodón flotante. Todos se dirigen pausadamente, como en una marcha muy fatigosa, al occidente incendiado de sol. El Ávila permanece a la misma distancia aparente, siempre mostrando todos sus matices a través del aire muy diáfano. Pero las nubes errantes echan sobre el monte sus sombras, también móviles. Y a trechos obscuro, y a trechos claro, el monte tiene un extraño aspecto de tapiz ilusorio.

Mi compañero, grande amigo de figuras extravagantes, me dice:

—Mira el cerro. Parece una vasta piel de tigre. El cerro, ataviado de ese modo, tiene algo de ferocidad tranquila. ¿No es verdad que parece, con ese vestido que le prestan las nubes, un enorme, un fantástico tigre, echado a la vera de Caracas, entre Caracas y el mar? Un formidable tigre paterno, echado allí por los siglos de los siglos, a velar el sueño y las vigilias de la ciudad, débil y pobre ante el monstruo pintoresco… entre la mar perversa y llorosa y la ciudad frívola y confiada, sería como un centinela amoroso y terrible…

* * *

Por la noche, los alrededores de la plaza Bolívar, alegrados de luz eléctrica, con sus tiendas de escaparates llamativos y sus botillerías llenas de luces, cobran un aspecto de melancolía confusa, a despecho del tráfico numeroso y de las casas resplandecientes de alegría. Los edificios oficiales, con sus puertas y ventanas cerradas, parecen dormir obscuramente; la Catedral conserva su aire austero y taciturno, arropada en su desdén de piedra, pregonando las horas con insolencia despreciativa. Los transeúntes pasan apresurados, llenos de preocupación, sin mirar en torno. Los paseantes tienen una indolencia augusta y triste, como de cansancio, las manos a la espalda, el cigarro en la boca, buscando el compañero habitual con quien hablar del último suceso ruidoso. Los árboles de las orillas de la plaza padecen un fastidio negro, vestidos de miseria y de sombra, escuchando el palique monótono de los hombres ocupados en sus fútiles problemas allá abajo. Y se vuelven hacia arriba, a conversar ellos a su vez no sé qué cosas con los rubios luceros. Seguramente los luceros piadosos consolarán a sus buenos amigos de la tierra, con brillantes razones, desde el terciopelo índigo que los aprisiona en los cielos inalcanzables. Los focos eléctricos parpadean en las esquinas con sus ojos deslumbrantes de centinelas. Alguna cigarra atrevida chirrea entre los follajes su canción aguda.

La soledad y el silencio van invadiendo aquellos contornos. Cuando el pito de los gendarmes comienza a desgarrar la noche, como una aguja fina y resonante, los paseantes, los visitadores del lugar se han ido casi todos. Queda algún ocioso remiso, algún infeliz, que no encuentra en donde dormir; algún desocupado que espera los primeros bostezos del sueño para irse a la cama. Ciertos coches cruzan entre tanto las calles con lentitud, buscando clientes.

Pero la nota cruel, dolorosa, es la del vicio errabundo por las aceras, que va pescando con su gancho de oprobio la vida de mañana. Las mozas del partido halconean por aquel sitio como un enjambre de lástimas. Van, vienen, pasan junto a los hombres indiferentes, exasperan la invitación de sus andares, claman, más con sus bocas marchitas, con el silencio desolado y descarado de sus ojos –flores de impureza y de hastío–, anegados de inconsciente desesperación ante la vida lúgubre. Pero en vano aletean como mariposas de ignominia y miseria las pobres cortesanas (¿de qué corte de Angustias?), en vano giran en árida ronda por el arroyo, bajo los árboles que dialogan con las puras estrellas. El reloj va tañendo las horas desde la alta torre. La soledad va dilatando su silencio. Ellas entre tanto, discurren sin ideas, llenas de sorda inquietud, como animales que presienten cómo el hambre se avecina, y prolongando sus sonrisas de fiebre y mirando con ojos dilatados de estupor, profundos de azoramiento.

Pero la nota de piedad no falta. ¿Dónde que hubo y gimió una pesadumbre no asoma un consuelo? Un mendigo trasnochador, lisiado de una pierna, va recorriendo esos parajes en las horas desiertas de la noche, rompiendo el silencio soñoliento con los golpes de sus muletas, secos e isócronos, mientras las busconas pasean su búsqueda. Ese viejo canoso, inútil y medio borrachín, va hablándolas, bromeando, consolándolas a su manera, con extrañas razones, de una sabiduría y dulzura extravagantes. Algunas ríen, sin comprender los discursos estrafalarios del viejo; las más no le hacen caso y siguen su camino de desespero sin oírlo; otras lo escuchan largamente y se van medio consoladas con sus palabras. El viejo sigue su camino, parlanchín y meditabundo, acaso pensando en cosas tristes, acaso lleno de efímeras venturas alcohólicas…

Y muchos hombres, si lo vieran en esa tarea, pensarían que este viejo desarrapado y cariñoso, es el mismo Satanás, vigilando y dirigiendo su aprisco… Y otros supondrían que por su boca hablaba humildemente Jesús, Nuestro Señor.

* * *

Un rincón de silencio y de paz, lujoso de árboles y de sombra, oculto entre las callejuelas de Candelaria. Por la noche su soledad inculta tiene mucho de nemoroso, y en ciertos parajes podría uno creerse en medio de un oquedal, si no fuera por los faroles de gas que se fastidian en la tiniebla. Grande y umbroso, el parque tiene en las horas nocturnas un aire de severa desolación. La soberbia de sus altos árboles se viste de luto, el césped claro y pródigo que tapiza la tierra se ennegrece y los rumores se apagan en su término opaco. Sólo el frío chirrido pertinaz de los grillos, la canción viuda de alguna cigarra o el grito de una errante ave nocturna rompen el silencio. El mismo viento no alborota mucho entre los follajes. El parque en su antigüedad y su descuido parece vivir en una lejana ciudad muerta.

En la prima noche los valses de algún piano doméstico de las cercanías suelen turbarle su reposo. Por la tarde algunos chiquillos corren y chillan bajo la arboleda. Nada más turba la perfecta tranquilidad, sino son los amores discretos del gendarme con la cocinera o el idilio de alguna otra pareja errante. Los perros vagabundos también buscan amparo en la frescura de la hierba.

Sentado en una piedra de las que forman la gruta inmunda que se levanta en todo el centro de la plaza, miro la soledad y escucho el silencio. En la alta noche el cielo se abisma en tremendas profundidades crítica, visiones y diálogos y las estrellas pálidas parecen mirar hacia la tierra con ojos inundados de sueño. Las ramas de los árboles se inclinan como poseídas también de una invencible soñolencia. Sólo los chaguaramos paralelos erigen con imperturbable firmeza sus copas hacia el espacio triste. Una neblina muy tenue y diáfana se difunde en el ámbito y pone en torno de los faroles de llama amarillenta un halo mortuorio y blanquecino, como alrededor de un ojo una ojera. Un ligero hálito frío se exhala de no sé dónde e inunda el paraje: quizás venga de la sombra de los ramajes, tal vez de la bruma, tal vez de los cielos distantes en que están tiritando las estrellas. Es como la impresión de una presencia misteriosa y aciaga en el recinto lleno de mudas gestaciones. Un perro gris, muy flaco, atraviesa el claro central con pasos mustios.

Ahora la ciudad duerme. Y yo procuro adquirir, inútilmente, en el sosiego del sitio, la imagen completa y viva de la ciudad que reposa. Me parece entonces una ciudad remota y desconocida, ya libre de la zozobra y de las fiebres de las ciudades, petrificada en un olvido de centurias, yerta en una quietud prehistórica.

Pero en el regazo de este silencio escucho voces confidenciales. Los céspedes tenebrosos bajo la noche, que a la luz del sol florecían en verdores pálidos y resplandecientes, tienen la tristeza confusa de un hermoso tapiz vuelto al revés. La gloria verde y gallarda de la hierba florida dura muy poco espacio… Los árboles viejos, cubiertos de parásitas innumerables y doblegados en muda melancolía sobre la tierra como con ansiosa curiosidad, poseen una confianza pura y sencilla. Vieron al hombre agitado en la alegría o en el duelo y también moribundo; vieron tremolar banderas y apagarse los vítores ardientes en los labios desencantados, tal como la hierba fresca se quedó a sus plantas convertida en secos manojos que barrieron las brisas.

El poeta sintió correr con acerba y dulce abundancia la vena lírica en su corazón y cantó en el secreto de su vida recóndita las antífonas contrarias del gozo y de la pena, en el refugio de la selva minúscula. No vio los perros de encarnizados ojos feroces y ávidos dientes, que contempló en cierta ocasión, en las callejuelas vecinas, un filósofo que tal vez se sentía lleno de lobreguez trágica. No quiso buscar la mañana bajo las frondas ni ver la plaza a la cruda luz desolada de los mediodías y evitó la luna como debemos evitar que nos miren con insistencia casual las pupilas de las mujeres hermosas e indiferentes, por temor de caer en ridículo…

—También el dolor es un oficio como la risa. No ya cual las plañideras alquilamos nuestro lamento y nuestro llanto, sino que vendemos el mismo dolor sincero de nuestro espíritu. No son ya sólo lamentaciones y lágrimas de fórmula. La pesadumbre se explota como una rica mina de obscura obsidiana. Una mina honda y lúgubre, como una gehena…

—Mientras andamos en el comercio con los hombres en lo más escondido del pensamiento van acumulándose lentas gotas de angustia. Y nos revestimos interiormente de una capa de excrecencias deformes, como la corteza de algunos árboles enfermos… Suplantamos con el delirio de las pasiones o con el tormento de las ansias no cumplidas, la vestidura de ingenuidad de los corazones.

—Bajo la inmensa noche sembrada de turbios luceros, en el lugar casi agreste, donde impera una gracia rústica, podemos despojarnos del artificio y de la tortura cotidiana y tejer una tranquila meditación bajo los follajes dormidos… Como a los brazos de la madre tras una larga ausencia, llegamos al seno de la Naturaleza con amorosa alegría tras el olvido continuo en que la tenemos durante la existencia diaria. Aunque sea naturaleza vigilada y protegida por el ojo municipal… Madre Naturaleza… Sólo nos está permitido soñar o leer bucólicas, porque no somos amigos de la égloga real, y para nosotros los prados existen inútilmente. Y sin embargo, el gendarme burdo y la fregona en su coloquio de enamorados deben mucho de su ventura a los pobres árboles hojosos de quien nadie se acuerda… En los ojos del perro refugiado bajo la espesura, una chispa de agradecimiento se dilata con infinita mansedumbre. Dijérase que los árboles reparten dicha y toman para sí parte de la amargura que junto a ellos pasa, tal como hacen con las sustancias de la atmósfera…

La neblina se ha ido tornando más densa. Los faroles están más tristes. Sobre la plaza cae la mirada tediosa de las estrellas con una imponderable languidez. Y el aire se me antoja como saturado con el rumor imperceptible y piadoso de una palabra pronunciada en guisa de confidencia… La misma palabra que es el nombre de la plaza hermosa y desierta…

* * *

Desde la hondura que exhala ligeros frescores, el río diafaniza en el ambiente lleno de calma su largo, perpetuo y húmedo murmullo. Los últimos destellos del crepúsculo agonizan en el poniente taciturno y violáceo, donde poco antes esplendió en un lujo sacrílego de sangres y oros, una fauna fantástica de dragones, endriagos y quimeras de cruda púrpura o violentos amarillos. Apenas una lóbrega franja cárdena, tendida sobre los cerros tenebrosos, delata la fuga de la tarde. El lucero vespertino late con un brillo casi de llama, cual un vivo corazón de oro en los cielos oscuros.

Ya los coches han abandonado el paseo. Una victoria pasa mirando con sus dos ojos gualdos, sacudiendo en una vibración estrepitosa la armadura del puente. El río calla entonces, para emprender de nuevo, tras la fuga veloz del carruaje, su fresco murmullo, bajo el alto puente sonoro. El véspero riega sobre las linfas errabundas su brillo de oro en manojos trémulos; y su reflejo finge en las ondas minúsculas del agua una inquieta palpitación de escamas rubias. Las luces eléctricas azoran el paisaje con sus rápidos parpadeos repentinos.

¡Cuántos poetas han cantado las arenas, las músicas y el líquido caudal de este río que entona allá abajo su permanente antífona dulce! En los buenos tiempos de antaño los trovadores comenzaron a decirle rimas pálidas con filial veneración. En la inocente era romántica, cuando los poetas gordos, sencillos y bonachones, se creían obligados a estar tristes, como un saucedal cuando anochece, y a imprecar y gemir siguiendo a los pobres poetas de España, cuántas veces no mirarían con deleite el discurrir de los exiguos raudales, y escucharían con placidez afable, mientras el crepúsculo se ajaba en los cielos como un desmesurado heliotropo, la voz discreta y melancólica del Guaire, desde sus riberas floridas. Y acaso más de una vez comprendieron entonces que la vida es dulce y bella, que la propia melancolía suele posarse sobre el ánima cual una caricia benévola, sin resabios de amargura; y se acordaron de sus cantinelas lúgubres y de sus ritmos de congoja con una sonrisa bondadosa y confusa…

No ha sido nunca muy caudaloso el pobre Guaire. Dícenme que un tiempo trajo más copia de aguas para su ruta risueña, y hasta que navegaron en él barquichuelos y botes. Estas pueden ser malignas cuchufletas de los hombres. Es verdad que ningún cantor puso “el esquife”, usual en cierta época, a romper sus ondas pacíficas. ¿Pero no se desmandó alguien a pintarnos “zagalas y pastores” que divagaban por sus orillas cantando endechas? Solo faltó el caramillo, porque hubiera sido demasía y desacato, no obstante que bien puede prosperar el tomillo rústico o juguetear el cefirillo por las vegas.

Pero nadie le ha repetido al riachuelo enjuto aquel verso irónico que dirigía al Manzanares Francisco de Quevedo, seguramente acompañándolo con una mirada de malicia detrás de sus antiparras burlonas. “Arroyo aprendiz de río…”

El Guaire no es vanidoso ni presume de gran señor. Se desliza humildemente por el valle deleitoso, ciñendo con un abrazo de amor a la ciudad, amparándose a sus términos con morosa lentitud de enamorado. Es antes hijo que padre de Caracas. No tiene la paterna majestad de los ríos fuertes. Es vocinglero y pueril. No relata cuentos heroicos ni aventuras trágicas ni viene de los bosques profundos, poblados de visiones y leyendas, a decir con lengua ruda el secreto de comarcas ignotas y tribus desaparecidas. En su frívola locuacidad se ha borrado el recuerdo de los viejos Caracas que un día habitaron sus riberas. Ha olvidado todo lo antiguo, grande y sangriento y no sabe sino balbucir en ingenuo idioma las travesuras cristalinas del agua en los manantiales remotos.

Aseguran, sin embargo, que algunas veces su cordial sonrisa se transforma en mueca de rabia; que crece y se cubre de espumas de ira y ruge, como una alimaña colérica, sobre la modestia de su cauce. Ha llegado hasta empurpurar con reflejos luctuosos de tragedia la habitual mansedumbre de su curso… Cóleras fugaces de niño…

Mi solitaria pesadumbre interpretó en el silencio de la noche el murmullo claro de las aguas. Y eran como voces salidas de un corazón gemelo. Acaso tiene el río sus horas de tristeza. En el silencio profundo vibraba una invocación patética al amor y al olvido, que parecía brotar de las entrañas de la linfa corriente. Sonrisa de humildad y de resignación, odio al estruendo importuno de los torrentes y a la perfidia azul de las praderas oceánicas:

—Canta y sueña bajo las frondas ignoradas: construye tu huerto de invulnerable alegría bajo los altos puentes, lejos de las muchedumbres que se embriagan de júbilos ruines, lejos de las enormes montañas orgullosas…

Convertido en un río urbano que adula a la ciudad con sus lamidos y su asidua canción, acaso no dirá lo mismo en otras noches y a otros oídos. Acaso prefiera entonces a la libertad perfecta, sin puentes, ni labranzas, ni paseos, el deleite de copiar de continuo un desfile de carruajes sonoros o la delgada silueta de tentación de una señorita vestida de claro, que contemple con divinos ojos estúpidos la desnudez armoniosa de las aguas…

Véspero entretanto hace ligeras cabriolas áureas sobre las ondas fugitivas.

* * *

Bajo mi balcón, en la calle abrasada de fuegos solares, la recua está inmóvil, al borde mismo de la acera. En esta calle de comercios y almacenes no falta nunca una de estas filas de burros rabiatados, que llegan de caminatas melancólicas por las rutas asoleadas y polvorientas, o aguardan la carga para emprender el camino. Impasibles y resignados, esperan, alineados bajo el bravío riego del sol, en tanto que los arrieros de rostros curtidos y largas blusas mugrientas acarrean los fardos, charlan en su lenguaje pintoresco o refrescan con el carato que un rapagón escrofuloso y flacucho pregona a voz en cuello, acompañándose con el rumor cristalino e igual que arranca hábilmente de la botella, chocándola contra el vaso amarillento y nada limpio que lleva en una misma mano, mientras en la otra balancea un cántaro rebosante de agua fresca, que sirve a la vez para lavar el vaso y para que se mantengan frías otras botellas de la bebida que “alimenta, refresca y fortalece” según su pregón continuo y sonoro.

El trajín de los carreteros, la bulla de los vendedores ambulantes, el chirrido áspero de los convoyes de carretas, ni los innumerables ruidos del ajetreo, que llenan la calle juntándose en un solo zumbido, arrancan a la recua macilenta de su actitud inmóvil. Gachas las cabezas, los ojos lacrimosos entrecerrados, apenas denuncian su propia vida cuando agitan las orejas peludas y grandes para sacudir las moscas importunas que los acosan, revoloteando en el aire cálido con irritante zumbido. Mueven las orejas un punto y tornan a su inmovilidad de desolación.

No tienen siquiera la curiosidad, que es lo último que suelen destruir las tristezas. Permanecen del todo indiferentes a cuanto ocurre en torno.

No es la indiferencia majestuosa, rica en desdenes, casi despreciativa, de los gatos esbeltos y taciturnos, que se deslizan por los corredores familiares con lentitud de reyes hastiados. Es el aniquilamiento total de los deseos de ver y de ser, la resignación profunda y definitiva, la aceptación del oficio fatigoso, de los tremendos varapalos, de los áridos y ardorosos caminos, del perpetuo ir y venir con la carga a cuestas, al son de la campanilla triste que va repicando al cuello del asno delantero, y regando por las sendas solitarias, por los paisajes silenciosos y magníficos, sus tenues clamores de melancolías, con un aviso claro y monótono.

La sonrisa luminosa de las mañanas, la vibración febril de los mediodías o el tibio y pesaroso encanto de los crepúsculos, pasan sucesivamente sobre las recuas infatigables que conducen su carga y su tristeza por los senderos sin fin. Los burros avanzan, avanzan, impasibles. Los pájaros del camino suelen burlarse en sus parlerías melodiosas de aquellas bestias graves. Se burlan de sus fachas desgarbadas y zurdas, de sus feas patas nudosas, de sus orejas inquietas y enormes. Los burros pasan sin oír el coloquio fisgón de los pájaros.

Cuando alguno se retrasa o desvía, un garrotazo oportuno corrige el error o destruye el cansancio. El díscolo, tras un trotecillo de excusa, vuelve a sumirse en su apatía; las orejas le cuelgan más lacias y entrecierra los ojos lacrimosos con mayor indiferencia ante el espectáculo de las amplias carreteras. El cristal de sus ojos copia los campos verdes, las montañas, los aldeorrios que se agrupan entre los árboles, a la vera de los caminos; pero ellos no ven nada. Algunas veces los seducen las hierbas húmedas y apetitosas, junto a las cuales caminan, pero el garrote listo y vigilante del arriero, pone en fuga a tiempo sus malos pensamientos de refocilo. Acaso algún día contemplan con tristeza infinita sus propias imágenes reproducidas en el agua risueña y límpida de alguna quebrada. En la frescura del espejo líquido las figuras de sus cabezas ridículas y deformes les parecerán una mofa maligna, una burla cruel de las aguas vocingleras y regocijadas.

Ahora, inmóviles allá abajo, con sus pelajes astrosos y las cabezas inclinadas a tierra con irremediable pesadumbre, me parecen más tristes, más lastimosos, más dignos de piedad que toda criatura de Dios; más que los mismos bueyes de ojos abismados en un asombro doloroso y eterno, más que los bueyes tardos y gordos que uncidos a la carreta o al arado, arrastran su obesidad indolente de eunucos; más que las fieras de circo; más que el hombre…

Por la noche en el corralón convertido en cuadra, bajo la luna complaciente, mientras mascan las últimas hojas de malojo cruzarán los pescuezos escuálidos sobre el pescuezo acogedor del hermano, y se quedarán así, cabizbajos, contemplando melancólicamente las tristes y extrañas sombras que en el suelo manchado de celeste blancura, pinta la clara luna llena.

Y mañana resonará con angustia por los senderos el tenue y penetrante clamor de la esquila que guía a la recua.

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