literatura venezolana

de hoy y de siempre

Visión memorable (selección)

Miguel Gomes

ENXIEMPLO.

El agua en el baño. Había olvidado cerrar la llave. Entré y en la confusión del vapor detuve la ducha. Mi imagen apenas pude sospecharla en el espejo empañado. Era mejor así.

Un olor a almizcle. Comprendí que había dejado la cafetera conectada. Estuvo a punto de fundirse. Ya no quería café.

La cama aún revuelta y vacía.

Desde el último rincón del apartamento era fácil percibir el ajetreo de una rata. A veces, durante la noche,
podía oírla merodeando en el cuarto. Las campanadas del reloj de la sala debieron acallarla.

Corrí, como de costumbre, para vestirme. En pocos minutos la gente empezaría a despertar y saldría irremediablemente a la calle.

Ya a punto de cerrar la puerta supe que dejaba dentro el maletín. Regresé por él a toda prisa y esta vez nada pudo impedir que saliera.

No había nadie en la calle. De todas maneras, permanecí al acecho tras algunos arbustos, hasta divisar el
autobús.

Subí.

Por suerte estaba vacío.

Haciendo equilibrios para no irme de bruces en medio del estremecimiento de los asientos, llegué a la cola y me dejé caer, aliviado.

Al volante, el conductor sonreía.

***

SEPTIEMBRE.

Es el más irreal de los meses.La brisa, como los presentimientos, recorre inquieta cada callejón, cada avenida, arrastra consigo periódicos viejos — cometas a la deriva, sin niños y sin tiempo.

Septiembre, inmóvil, yace al lado de la Muerte. El calor, la lluvia frágil, los gritos en la lejanía, anuncian su llegada. Con él todo concluye y todo comienza.

Las calles, imperceptiblemente, se abandonan a sí mismas. Los peatones desaparecen sin dejar rastro. El peso de la ciudad, monstruoso, cae sobre mí.

Los relojes se detienen. Algunos dan a capricho la hora que más le conviene a la soledad.

El silencio se apodera de los parques. Los árboles enmudecen. A fuerza de tristeza, los pájaros se desploman desde lo más alto. Las mujeres y los viejos, sin motivo aparente, rompen a llorar.

Nada ha sucedido ni sucederá. Nada tiene vida propia. Las cosas ya no pueden ser conmovidas por la vigilia;apenas por la memoria.

No sé dónde oculta septiembre sus secretos, pero permanece allí, a medio camino entre la ciudad y el sueño.

Septiembre y todos los fantasmas.

Septiembre y todos los remordimientos.

Septiembre está por llegar.

***

LASCIATE OGNI SPERANZA.

En el ascensor hay una veintena de personas, a pesar de que su capacidad es apenas para seis.

Pero de cualquier manera, decido hacerlo.

Tomo impulso desde mi oficina, corro con los ojos cerrados, las carnes crispadas, y de un solo envión me sumerjo en la confusión. Puedo introducir mi maletín justo antes de que las puertas lo atrapen.

El ascensorista había ya perecido. Creo ver una silla despedazada. Como los demás, cierro mis ojos y empiezo a golpear a ciegas. Las paredes se estremecen por la presión. El ascensor se ha movido imperceptiblemente y las luces se apagan.

Un gemido recorre el laberinto de los cuerpos enzarzados. Puedo darme cuenta de que alguien pretende abrir mi maletín. A cambio de un buen número de hojas en blanco, el intruso deja sus dedos.

La anciana que había estado pidiendo ayuda todo este tiempo, fue a parar dentro de la camisa de un hombre. Murió sofocada.

Alguien tuvo la ocurrencia de ponerse a cantar. Los gritos y los insultos no dejaron oír nada.

De pronto, el ascensor comienza a descender vertiginosamente y todos esperamos en suspenso el golpe que terminará con aquello. No obstante, el tiempo transcurre y seguimos bajando sin percatarnos de ningún final aparente.

Las caídas sólo se hacen reales cuando acaban, pero nadie sintió el menor atisbo de dolor.

Del ascensor no se supo.

***

URBANA.

No estoy acostumbrado a las intrigas, pero en una tarde difícil como ésta no pudo haber sucedido otra cosa.

La primera en lanzarme aquella mirada extraña fue la cajera del supermercado. Creí que había sido sólo una casualidad, hasta que el muchacho que vendía periódicos me miró de la misma manera, con algo de hostilidad.

Opté por olvidar el asunto y tomé un autobús. El conductor, un hombre lánguido y maltratado por el sueño, me observaba igual que los otros. Busqué asiento con paso inseguro y terminé al lado de una mujer que en todo el viaje no apartó la vista de mí, esperando que yo la mirara con alguna complicidad.

Como los demás, perdió su tiempo. No lograrían implicarme en aquel asunto.

Me bajé del autobús y decidí volver a casa. La tarde, pensé, no duraría para siempre.

***

MATEO 19, 14:

Los niños.

Le ofrecí a uno, como prueba de aprecio, un helado. Algo malhumorado, se aproximó y tomó el obsequio con recelo. El muchacho no dio muestras de agradecimiento, todo lo contrario, lanzó contra mi mano extendida una feroz dentellada.

En cuestión de segundos sus compañeros, aún más indispuestos, se arrojaron sobre mí con toda la violencia que no cabía esperar en ellos. El dolor se hizo insoportable y tuve que apartarlos a la fuerza. En la calle desierta nadie habría podido prestarme ayuda.

El grupo, cada vez mayor, cada vez más incontrolable y enardecido, infundió en mí tal terror que acabé emprendiendo la huida.

No supe cómo, pero en pocos minutos lograron acorralarme. Sin otra escapatoria posible, subí apresuradamente a uno de los árboles que encontré en mi camino. Demasiado enfurecidos, los niños no lograban alcanzarme.

El silencio habría sido total si no se dejara escuchar, persistente, hostil, el chasquido escalofriante de sus dientes.

Pasaron las horas.

La ropa ensangrentada no podía protegerme del frío. Un cansancio denso y profundo recorrió lentamente mi cuerpo.

La lluvia dispersó la jauría que me esperaba allá abajo.

Cuando anocheció hice el intento de llegar a tierra, pero ciertos suspiros y rumores en la oscuridad me hicieron desistir de semejante idea. No tenía valor suficiente para arriesgarme de esa manera.

***

SEGISMUNDO AGONISTA.

Por alguna extraña circunstancia que aún no acierto a comprender, aparezco desnudo en medio de la calle, apenas cubierto por una diminuta toalla de baño que el viento deshace fácilmente. Soy presa del pánico. Sujeto lo que no puede caerse y empiezo a correr.

Despavorido, atravieso el tumulto de los niños del edificio que juegan a la Ere y echo al suelo a más de uno.

— ¡Agarren a ese gordo!

Por supuesto, soy fácil blanco de las pedradas y los chinazos. Los dejo atrás gracias al azar y a la desesperación y alcanzo el ascensor, donde consigo al repartidor de pan. El portugués, un tanto nervioso, dejando un rastro de harina en el aire, decide salir en el primer piso.

Cuando llego ante la puerta de mi apartamento des cubro, como era de esperarse, que no cargo la llave.

Adentro no hay nadie.

Este tipo de pesadillas concluyen cuando, aún medio dormido, despierto desnudo en las escaleras del edificio.

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