literatura venezolana

de hoy y de siempre

Viaje por el país de las máquinas (selección)

Enrique Bernardo Núñez

LOS HOMBRES DE NEGOCIOS (El Greco en Nueva York)

Es Nueva York, la meca de los suramericanos, de los ge­nerales y los hombres de negocios. Nueva York no es propia­mente americana dicen los mismos yanquis. Los que se enorgullecen de Nueva York son los que allí viven, procedentes de todo el planeta. Los hombres de negocios tienen sus resi­dencias en las afueras, a varias millas de distancia, en pe­queñas ciudades. Los suramericanos, italianos y españoles, sobre todo los primeros, cuando son renegados, hombres que no recuerdan su idioma, lo prohíben a sus hijos y sirven a sus capataces en cuatro pies. El tipo ríe renegado, “spanish”, es muy frecuente, en su mayoría cubanos, portorriqueños, mexi­canos, etc. Sus amos lo tratan con un desdén terrible, no exen­to de curiosidad. Y viven. Para esta clase de hombres está he­cho Nueva York, una ciudad construida con el objeto de ser la ciudad más grande del mundo. Esta idea se lee en los ros­tros, hasta en el de los vendedores ambulantes, y por ella sola son felices. Los renegados hacen lo posible para asemejarse a sus patrones, para ser el tipo del “business man», a quien adoran y reverencian.

Mr. Such a one está sentado en su escritorio. Su faz apo­plética reluce. El viene a recibiros no como un hombre nor­mal que recibe a otro, sino como un hombre de negocios. El tiene sus teorías y un asunto cualquiera, así, sea el más insig­nificante, no puede tratarlo sino a través de las ideas que tiene de los negocios. Un hombre de negocios sin esas reglas no sería un verdadero hombre negocios. Pasa a éstos como a los generales que combatían en las primeras guerras contra Napoleón. Decían que no era un buen guerrero, porque iba contra las reglas del arte militar. Así fracasaría también la idea de un negocio cualquiera. En ese hombre se ha metido un mun­do de principios sin los cuales sería inútil comprar siquiera una caja de fósforos. El ríe, habla, engaña a todo el mundo dentro de ciertas normas, de ciertas reglas determinadas. Esta especie de hombre se ha sentido un poco desconcertado con lo que ocurre en el mundo. Por primera vez en mucho tiem­po —idólatra de la prosperidad— ha visto su voluntad chocar con un obstáculo que contradice de un modo escandaloso todas sus teorías. Hasta hoy se había creído omnipotente.

Pensaba con orgullo en su capacidad, en su dinero y en sus máquinas, y he aquí que de pronto todo eso comienza a fallar. Por esto cree a veces volverse loco. Por suerte ha encontrado un« explicación a todos sus males. Es el señor Roosevelt, la insoportable interferencia del gobierno en los negocios. He aquí la causa. Cuando Roosevelt desaparezca con su séquito de innovadores todo volverá a la normalidad. La defensa de Ja democracia va íntimamente unida a la libertad del hombre de negocios. Es el sistema americano el que está sufriendo tan tremendos reveses. El horror del hombre (le negocios al fas­cismo y al comunismo no estriba tanto en los sistemas políticos, sino en su terrible amenaza contra la libertad de los ne­gocios. El propio Roosevelt se entretiene a veces en hacerle despiadadas jugarretas que lo indignan profundamente. He ahí por ejemplo, ese teatro patrocinado por la PWA (Public Work Administration), el cual se debe a una iniciativa personal del presidente Roosevelt, don­de se representan los estragos que los caseros han hecho a la ciudad en alianza con el cólera, la tuberculosis, la miseria y otros males, y donde el público aplaude estrepitosamente. El casero desde los días de la fundación de Nueva York hasta hoy explotando a la humanidad y acusado por sus víctimas. El business man profundamente incomodado se revuelve en su silla. No obstante su vieja sonrisa persiste, una sonrisa que él ha aprendido y trata de conservar hasta la muerte.

Hay otra clase más modesta de hombre de negocios. Son los empleados o vendedores. El vendedor que acecha su pre­sa y se lanza sobre ella para desvalijarla. Cuando ésta se ha­lla a su alcance le acomete. Difícilmente él os dejará, y si fra­casa continuará viéndoos con visible enojo.

Si se estableciera una comparación entre el hombre de ne­gocios del Norte y el de Sur América, hallaríamos su equiva­lente, como valor histórico ya en decadencia, en el general o mandatario suramericano. Existe, sin embargo, alguna dife­rencia. La independencia norteamericana se hizo especial­mente para los business men. Lo demás -esfuerzo cultural, discursos y estatuas— fue un derivativo. Fue el país de la libre competencia, el hijo mayor de la política económica —esa cien­cia de cerdos— según lo llamó Ruskin, creo que con razón. Nosotros los suramericanos fuimos a otra especie de política. La independencia se hizo para los generales. Estos fueron también hombres de negocios, pero enemigos de la libre com­petencia. Lo quisieron todo para si. El business man aborrece la intervención del Estado en asuntos económicos salvo para proteger sus intereses, particularmente en las repúblicas hispanoamericanas. Aquí el hombre de negocios erigido en gene­ral y estadista —seguido por una turba de doctores— elimi­naba de un tiro la libre competencia.

El business man no es siempre apoplético. Algunas veces tiene rasgos de asceta como ese retrato de hombre atribuido al Greco: cejas enarcadas, frente calva, barba escasa, mirada penetrante. Un rostro ceniciento donde la experiencia va ca­vando surcos. Sus ojos miran ya desde lo alto de los años. Porque en Nueva York se encuentra uno con el Greco.

LAS OBRAS DE ARTE

Nubes sobre Toledo. Un fondo de azul tenebroso. Nubes de un crepúsculo, sobre una ciudad en primer término, encima de una colina. Collados verdes manchados por los muros. Caminos abiertos perdiéndose en la oscuridad. Abajo un arroyo o un río. ¡Es el Greco!

Lagos helados. Un sol redondo, inmenso, cobrizo. Al fondo la masa de rascacielos. Son los poemas levantados por los hombres de negocios. Vestigios de la época ya vetusta de los millonarios.

El retrato de Felipe IV pende en una de las salas del Mu­seo Metropolitano en la colección Altman. Benjamín Altman es sin duda un gran hombre. Me he detenido con gratitud ante su retrato, porque gracias a él he podido conocer a Velásquez. Procede del palacio de Villa Hermosa en Madrid, dice al pie. Es también un trofeo arrancado a España, como lo es ese barco, el “Reina Mercedes”, que se mece atado en la bahía de Annápolis, cerca del puente que lleva el nombre fatí­dico de Dewey. Un blanco navío, de los de Cuba, con su bal­concillo en la proa, más propio para serenatas en la noche de luna, junto a otros buques de quillas rectas, cortantes. El rey del gran siglo, del fin del gran siglo, el gran rey Felipe IV. Rostro sensual con un leve rasgo de melancolía. Vestido ne­gro con cuello blanco. En el pecho Toisón de Oro. Amplia capa pende de sus hombros. El sombrero sobre un rojo mueblecillo. Gran sombrero negro de anchas alas. En su mano derecha sostiene una carta. La izquierda en la empuñadura de la espada.

Un poco más allá está otro cuadro de Velásquez: Cristo con los peregrinos de Emaús. Cristo va a partir el pan con sus manos traspasadas. Uno de los discípulos está de frente. El otro le da la espalda. Lleva Cristo una túnica roja. Al fondo el color gris del muro, que bien puede ser el color de la tarde.

Otro retrato de Felipe IV en su madurez —grandes mosta­chos— se halla en la Sociedad Hispánica de Nueva York. Hay allí también un retrato del General Gómez y otro del Padre Borges, obra de López Mezquita. El del General Gómez se halla con los de Unamuno, Baroja, Azoríu y Pérez de Ayala. Gran personaje para Baroja. El guardia es oriundo de Gua­yana Británica. «¡Ah!, sí. Somos casi compatriotas, somos del Sur”. ¿Usted quiere verlo? —me pregunta riendo, un po­co sorprendido, antes de abrirme los batientes donde los tie­nen encerrados. “Claro que sí”. Adusto firme, recio. Mira­da de indefinible rudeza. Sobre la blusa militar la mancha de una condecoración. El Padre Borges, de bonete, la sonrisa bo­nachona, como en sus buenos días del Samán de Güere. Y mientras yo lo contemplo una vez más, el guardián me refiere el caso de un venezolano quien preguntó enfurecido por qué estaban allí esos retratos. Como si la política fuera el arte o el arte la política.

En el frontis están grabados los nombres de Bello, Olme­do, Darío y Sor Juana Inés de la Cruz. Es significativo eso de que los poetas representen la hispanidad y sobrevivan a los cambios políticos. No están los nombres de los guerreros sud­americanos. Sólo los poetas. Bello es una columna de la hispanidad en un momento en que esta se derrumbaba. Que­dó solitaria, impávida, como esas columnas de los templos en ruinas. Hay sí un guerrero: el Cid. Y el Cid es el Romance­ro. Su estatua se levanta en el centro del patio que divide los dos edificios o galerías: la de los pintores antiguos de la de los modernos. El Cid es el prototipo de la hispanidad.

LOS CLAUSTROS (Las máquinas)

A un extremo de Nueva York, en Tryon Park, sobre una riente colina donada por Rockefeller Jr., se elevan los claus­tros reconstruidos por George Grey Bernard con material ar­quitectónico de las ruinas de los monasterios franceses y es­pañoles. Gracias a ese trabajo es posible ver hoy el Hudson desde el balcón de una abadía del siglo XIII.

Claustros de San Miguel de Cuixa. Portal de San Vicente Martín, en Frías, y de la iglesia de San Cosme en Narbona gra­ciosos. Están allí claros, renacidos, granitos gris y blanco. Frente a estas reliquias o despojos del arte y de la vida re­ligiosa, claustros pillados o abandonados desde los días de la Revolución Francesa, descuellan bajo un disco de sol rojo de ocho de la tarde, las torres sagradas del capitalismo. Una for­ma de civilización frente a la otra. Los productos del capi­talismo. Todas las mercancías vendidas al Sur sumergido en el orden bonachón y al mismo tiempo férreo y agresivo de los “business men”. Bahía gris y oscura, tornasolada de sol tar­dío de abril, cruzada de naves, de “ferrys”, de lanchas que vo­mitan humo y nieblas.

No puede decirse que sean imágenes de un mal sueño es­tas maquinarias. Son feas y estupendas. Producen multitud de objetos maravillosos y realizan el trabajo de miles de hom­bres. Se requieren muchos años para llegar a tan maravillo­sa perfección. Estos artefactos fueron engendrados en la fan­tasía de la Edad Media. La sombra de la máquina comienza a perfilarse en el claustro, entre esas mismas columnas romá­nicas y góticas de esos claustros trasplantados. La sospecha de que la máquina era obra de arte diabólica tiene su fondo de verdad. La idea aleteó en esas naves con menos rumor que el de la abeja en el jardín conventual.

Los antiguos tuvieron sus máquinas. Los secretos de la mecánica en la construcción de las pirámides se han perdido. La maquinaria moderna es otra cosa. La carta dirigida al mundo del año 7.000 encerrada en un tubo en los terrenos de la Gran Feria —cuando tal vez Manhattan sea un desierto —se hallará con la sombra eterna que aquéllas trazan y sobre las arenas silenciosas.

Los materialistas —Marx— aseguran que Dios es un re­flejo, una proyección de la mente humana. Esta idea ha vuel­to al hombre cuando la máquina se apoderó de él y lo hizo esclavo. Por el mismo camino podría decirse que el hombre de hoy es una creación o una proyección de la máquina.

Los nuevos profetas se inspiran en esas efímeras y terri­bles creaciones. La máquina ha precipitado de nuevo al hom­bre en la rebelión. Tienen esos claustros, así tan silenciosos, con sus huertas donde se oye de nuevo la antigua fuente, una íntima relación con los rascacielos esqueléticos en la noche. Diríase que los vigilan a través de los ojos cerrados de sus capiteles, de sus quimeras y monstruos, y de sus imágenes mu­tiladas. Hay una estatua sepulcral de Jean D’Alluye, señor de varios lugares. Es un mancebo cruzado que regresó de los Santos Lugares a su tierra de Francia, en 1244. Su expresión de serenidad ya no podría encontrarse nunca en el hombre moderno.

La voz fiera de la bahía, voz fiera y desgarradora, respon­de al tañido siempre fresco de la campana. Es así que la civili­zación ha construido los instrumentos que van a destruirla. La civilización se ha puesto una máscara de gas.

LA TUMBA DE POE – (BALTIMORE)

Estas superficies planas, estas masas arquitectónicas agru­padas en torno de la bahía de aguas plomizas hablan a uno de la tierra venezolana, a su manera. Las calles iguales a las otras calles de las ciudades que tratan de parecerse unas a otras, a fin de perder todo carácter. El hombre moderno ha querido hacer de la vida algo así como una fábrica de zapatos y de pajillas a un mismo precio. Uno se aleja al cabo del mundo y encuentra el mismo panorama. Una vidriera es igual a otra vidriera. Y al fin uno cree que no se ha movido de su sitio. Todo igual. Estadística. Los gobiernos gastan grandes sumas para que hasta los menores gestos humanos ad­quieran esa exactitud o precisión de números. Baltimore, a pe­sar de su desarrollo, es una ciudad anticuada en relación con otras ciudades americanas. Las líneas toscas, evocaciones coloniales y el ambiente provinciano de sus casas de apartamen­tos con antiguos muebles, el viejo Maryland, cuyo fundador fue Cecilio Calvert, aquel señor de capa y chambergo cuya estatua descuella entre las nuevas construcciones. En Balti­more comienza el Sur y el Sur, el romántico y profundo Sur, es el país de las leyendas tenebrosas, de los hombres que se creían de una casta superior a las del Norte, de los propietarios de esclavos.

Una tierna luz de crepúsculo envuelve los cementerios que rodean a Baltimore. Emergen blancos en el fondo verde de los caminos de Washington, de Annápolis, de Filadelfia, y la visión de ellos persiste en la memoria. Las zanahorias y co­liflores, como todas esas hortalizas que se amontonan en los mercados de Baltimore, recuerdan las mejillas redondas y son­rosadas que tanto amaban los pintores flamencos. Las guías turísticas de Baltimore se decoran con la efigie de Poe. Por­que Baltimore con sus cuatro mil navíos anuales y sus tarifas ferroviarias, y sus exportaciones de hierro y acero, y sus tres mil acres de parques —una espesa línea de mástiles y chime­neas- su cielo gris —ese cielo plomizo y húmedo que el via­jero no deja de recordar nunca— es la tumba de Poe.

En Mount Vernon Place —en el corazón de Baltimore— una fuente corre en las noches del verano. Yo me siento a oír esta fuente bajo la claridad de unas estrellas remotas. Mount Vernon Place —en otro tiempo el sitio de moda— está ahora solitario. Apenas unos cuantos vecinos traen sus pe­rros a tomar el fresco. Cuando Poe vino a Baltimore, ya es­taba ahí esa fea columna con la estatua de Washington, desde la cual se puede contemplar toda la ciudad y su cenicienta bahía. Por aquí pasó Dickens —conoció a Poe en Filadel­fia—, y por aquí pasó también en medio de aclamaciones Jenny Lind —el ruiseñor sueco— cuyo nombre repetían las ge­neraciones románticas. Lind, otra hermana de la fuente, de quien apenas quedan pocos labios para repetir su nombre. La Lind vino a Baltimore un año después de la muerte de Poe.

Por mar y tierra la vida de Poe describe círculos fatales en torno de Baltimore. De Richmond a Nueva York, de Nueva York a Baltimore, de Filadaelfia a Nueva York, a Wash­ington, a Richmond, a Baltimore. Un poeta a quien no se le pagaba bastante, porque su estilo —gran pecado— era o es­taba muy por encima de lo vulgar. En marzo de 1829 Poe viene por primera vez a Baltimore. Los editores le devuelven sin publicarlo su poema Al Araaf. Es allí, en una posada de la calle de Calvert, donde recita sus primeros poemas en las noches de invierno, mientras un marinero toca su flauta junto al fuego. Las luces de los garages puntean de rojo la calle ahora desierta. Sin embargo, la fama comienza en Baltimo­re. El “Baltimore Saturday Vísiter” ofreció un premio de cin­cuenta dólares por el mejor cuento, y Poe concurrió con seis relatos. El jurado se decidió por “Un manuscrito dentro de una botella”. Entonces Poe estaba ansioso de fama y de ri­queza.

Años después le dice a su padre adoptivo —en busca de un perdón que no vino—, que ni sombra de orgullo le ha­bían dejado sus infortunios. Porque para hacerse perdonar es preciso todo eso: probar que ya no se tienen deseos de glo­ria, o que no se pueden abrigar tales ambiciones. Pero ¿cómo se prueba que ya no se tienen altos pensamientos? Un hom­bre que los haya tenido alguna vez es siempre sospechoso. Por último, es en Baltimore donde conoció a Virginia Clem, su esposa, Annabel Lee, cuyo retrato frente al del autor de “El Cuervo”, entre los manuscritos y las obras impresas del poeta, decora el salón que le está dedicado en la biblioteca pú­blica de la ciudad. Un día salieron juntos de la iglesia de San Pablo. Virginia debe consumirse lentamente a su lado, en una vida de andanzas y de miserias, y precederlo en la muerte.

Poe tenía en proyecto un nuevo matrimonio. De regreso de Richmond se detiene un sábado en la tarde, en Baltimore. Debía tomar el tren de Filadelfia donde pensaba cobrar unos dólares por corregir los versos de una poetisa. Era uno de los recursos de Poe, el de corregir versos a los poetisos y poe­tisas (sic). Era día de elecciones, y se distribuía whisky en abun­dancia a los votantes, a fin de inspirarlos debidamente. Poe que había hecho propósito de enmienda cayó en la trampa electoral. Era octubre. Octubre es el más bello de los meses en Baltimore. El otoño tiene sus más líricos esplendores. Los caminos se cubren de hojas secas. Los árboles están rojos, color de sangre, o se han vuelta tan dorados como si otra vez fuesen jóvenes, en pleno amanecer. Una taberna en Lombard St. Un hombre agoniza y gime entre desconocidos. Es Poc. Algunos lo reconocen. Unos amigos lo llevan al hospital. Su agonía fue terrible.

El baúl de Poe —pobre baúl que guardaba los negros se­cretos del Cuervo y las ropas impregnadas de alcohol—, está en Richmond, y la tumba de Poe se halla en Baltimore en un rincón casi solitario, pero al mismo tiempo en plena sección de la actividad y los negocios. En un extremo de la calle se halla una taberna y en la otra se levanta la torre de ladrillos de la iglesia presbisteriana, cuyo jardín guarda sus despojos. Una iglesia y una taberna. Poe era a ratos piadoso, amaba los astros, y quería saber el secreto y el nombre de los ángeles. Una orla de flores silvestres, como las que azulean en los cam­pos de Venezuea, festona en el verano el zócalo del blanco monumento. Pero ya las hojas han caído y el invierno cer­cano las oprimió con sus dedos helados.

EL CUERVO

19 de enero de 1938. La “Sociedad Edgar Allan Poe”, con­memora el natalicio del autor de “El Cuervo”. Mientras la nie­ve cae sobre Baltimore unos coros escolares cantan en la iglesia de Westminster las stanzas argentinas de “Las Campanas” y la gloria de Annabel Lee. Poe estaba en la cárcel una noche de año nuevo. Sufría prisión por deudas contraídas por un hermano suyo. Los carrillones de los templos protestantes y las otras campanas católicas y griegas voltigean sobre Baltimore, mientras el blancor de la nieve cubre sus negras fa­chadas.

El profesor Ernest J. Becker, Presidente de la Sociedad, al explicar el significado de la obra de Poe, dijo aquella tar­de: “La poesía de Poe no es propia para niños. Debe darse a leer a los alumnos poesías fáciles de Longfellow, Wordsworth y Tennyson, simples y bellas cosas relacionadas con entes reales. Lo son tanto como lo es El Cuervo en relación a los pájaros verdaderos. Sus personajes personifican deses­peración y agonía, son tipos tan bellos e inanimados como es­tatuas”. Algo semejante puede decirse de Pérez Bonalde. Poe es para los venezolanos Pérez Bonalde. Su poesía no es propia de un pueblo joven. Pero el pájaro negro o el avechucho cruzó el mar y se vino tras las huellas del gran viajero a guarecerse en las oquedades de las montañas, en las tierras luminosas. Si hubiéramos podido dedicarle un rincón donde guardar los objetos, las cartas y obras del padre de Flor, ha­llaríamos los vestigios de otra vida rota. En un principio la poesía de Pérez Bonalde llega a causar casi disgusto. Después se creería encontrar en ella algo así como un eco de nosotros mismos. Sin embargo, es necesario trasformar el ne­gro avechucho en pájaro luminoso.

Durante su estancia en Filadelfia —se lee en las biogra­fías de Poe—, hizo estrecha amistad con Thomas Holley Chiver’s, autor de “Lamento en la muerte de mi madre”. Las estrofas de esta poesía concluyen con el motivo o nota final de “El Cuervo”: No, nevermore. Chivers era hombre de genio bastante sarcástico, y aseguraba para desesperar a Poe, que él Chivers, era el verdadero autor de “El Cuervo”. Pero es en Nueva York, en los crudos inviernos, sin leña para calentarse, que “El Cuervo” cobra forma definitiva. Poe lo vio una noche en el umbral de su aposento. Lo vio con el rojo elixir que Je dio la posesión inmaterial de Ligeia. Cierta tarde, Poe anun­cia a un amigo que iba leerle el mejor poema escrito en len­gua inglesa. Hasta entonces la posición inferior de los es­critores americanos con respecto a los ingleses, era evidente Poe lo leyó varias veces en Nueva York, y por última vez en Richmond, en una audición organizada por sus amigos de aquella ciudad, poco antes de emprender el viaje fatal a Baltimore.

Allí en la “Sociedad Edgar Allan Poe”, dejé esa tarde la traducción de “El Cuervo”, de Pérez Bonalde. Entre mu­chas traducciones no había una española. La que allí se halla es la versión venezolana de Pérez Bonalde.

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