literatura venezolana

de hoy y de siempre

Uno se acostumbra

Entramos en la dimensión de una nueva literatura venezolana, muy lejana al clásico acontecer

Por: José Antonio Parra

Entrar en la dimensión de Arnoldo Rosas es un viaje donde la hipérbole temporal juega un importante papel. No en balde este escritor apela a una cierta rítmica narrativa que alude, de alguna manera, al discurso cinematográfico. Los planos son suaves y en la figura del protagonista, Antonio Martínez, va sumiendo al lector en un delicadísimo juego donde la corriente de la conciencia juega un rol predominante.

Su búsqueda de una otredad en la figura del ser amado pasa incluso por la referencia de un Ulises moderno, uno que aborda aeropuertos y que de algún modo me ha hecho pensar en el hermosísimo filme de Sofía Coppola, Lost in translation. Sin duda alguna, entramos en la dimensión de una nueva literatura venezolana, muy lejana al clásico acontecer basado en el comienzo, nudo y desenlace. Aquí estamos en presencia de lo soft, de la hechura de un alma que se hace en el otro y en el mismo.

Hábilmente el autor elabora una arquitectura basada en lo sugerente de cinco títulos; a saber de «¡Vamos a volar!», como fase iniciática del viaje;»Para cosechar nalgas de catorce quilates», donde ya se intuye la aparición del otro y en donde la tensión va in crescendo;»Let’sfall in love»; «Juguemos en el bosque… Lobo, ¿estás?» y «Rezo por voz», suerte de plegaria que cierra el ciclo de la totalidad.

De alguna manera, pienso en otras experiencias literarias de gran actualidad, como sería el caso de Chuck Palahniuk, en lo que es esa suerte de humor negro que intercala el autor cuando dispara su trama contra el vacío del solo contra solo, cuando lanza a su protagonista en el tránsito del desierto de la urbe actual, del objeto personificado y de los aeropuertos.

Es decir, que la voz narradora va en un vaivén que en ningún momento se hace vertiginoso, sino seductor, que envuelve en tenues atmósferas que se diluyen en esa suavidad a la que he aludido antes. De igual manera, las relaciones laborales se dan en esa estética de lo Palahniuk, donde el propio jefe de Martínez le da un consejo –no sé si bueno o malo– de que se busque una novia, y así la tarea comienza; esa nueva tarea que pertenece a la emoción pero desde la máscara del trabajo. En ese instante y ya en el despegue del viaje hacia la mujer ideal y hacia el imago, el ritmo se torna erótico, acompasado; el mundo laboral da lugar a una nueva realidad que en cierto modo es compatible con la hiperaceleración de los hechos y la era de la amnesia de la que los postestructuralistas nos han hablado hasta la saciedad. ¿Estaremos acaso ante una nueva hibridez? No obstante, uno de los aspectos más resonantes resulta ser ese «Let’sfall in love», donde irrumpe la voz femenina frente al amante inerte, al amante que es sólo escucha. Es una mirada femenil que narra, no sólo el avatar femenino de la mujer contemporánea que se ve en el azar meteórico de la familia que crece sobre el fracaso, sino también en la necesidad de huir de un marido hecho representación pura; parapeto,en otras palabras. Su encuentro con Antonio Martínez se da desde la simbología de los nombres y desde la vivencia encarnada de la mujer en su huida para hallarse en una suerte de modernlove. El instante y la anécdota de cama se construyen sobre un intimismo sutil, aun cuando el relato deja entrever el rotundo fracaso de un padre que más que educar a los hijos, los violenta.

Esa misma voz femenina a la que me he referido antes encierra una verosimilitud abismal, hecha mundo que se construye en el día a día y sobre la situación de un estatus que pone en clara denuncia al tan nocivo nuevo riquismo al que nos hemos visto sometidos en tanto sociedad.

Ese acostumbrarse es el viaje mismo del ser, un ser extraviado en su propia circunstancialidad. Martínez no está sólo, ¿pero esa no réplica en el discurso amoroso de la otra no dejara acaso entrever un matiz lacaniano del eco inexistente; del sujeto amputado? Pero de tanto acostumbrarse a la vida con su expareja, Myriam –la contraparte femenina-terminó en uno de esos fracasos, que más que ello, son liberadores. En una suerte de viaje pautado para Miami, la protagonista hizo todo para que las cosas salieran mal, y en efecto así ocurrió. Lo que devino no puede sino ser categorizado como una psicodélica danza de aeropuertos; con padres e hijos colapsados, sin saber qué había pasado y qué rumbo tomarían las cosas. Las escenas se agrietan y de este modo se hacen crudas, vagamente irreales, y con la sospecha de lo inevitable. Myriam había dejado todo por su nuevo amor; ése fue el giro aglutinante de la costumbre y de los sucesos de una mujer que escapa vertiginosa del fracaso.

Así, en una suerte de ritmo que se acentúa, la liberación toma lugar en el caos de los afectos y de la familia en disolución. Quizá de la familia artificial que nunca existió. ¿Quién puede decirlo? El desplome emocional del padre abusivo lo sume en la depresión ilimitada, en el caos de lo interminable y la secuencia de los abogados, cuya acción, ya es tardía.

Y es que para finalizar este drama donde el desconcierto se apodera del momento clímax, el Señor Gamboa, jefe de la corporación en la que labora Martínez, se ve ante lo próximo de la ausencia. Bajo el leitmotiv de un San Agustín, el lector se halla a sí mismo ante la identificación de una realidad humana, trepidante y demoledora; la realidad de la hecatombe.

Ese «Rezo por voz», como epílogo desdoblado, es no sólo costumbre sino viaje; la franqueza de un texto bajo el tono propio de la prosa y del lenguaje exuberante.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *