literatura venezolana

de hoy y de siempre

Todos han muerto

José Pepé Barroeta

Todos han muerto

Todos han muerto.
La última vez que visité el pueblo
Eglé me consolaba
y estaba segura, como yo,
de que habían muerto todos.

Me acostumbré a la idea de saberlos callados
bajo la tierra.
Al comienzo me pareció duro entender
que mi abuela no trae canastos de higo
y se aburre debajo del mármol.

En el invierno
me tocaba visitar con los demás muchachos
el bosque ruinoso,
sacar pequeños peces del río
y tomar, escuchando, un buen trago.

No recuerdo con exactitud
cuándo empezaron a morir.
Asistía a las ceremonias y me gustaba
colocar flores en la tierra recién removida.

Todos han muerto.
La última vez que visité el pueblo
Eglé me esperaba
dijo que tenía ojeras de abandonado
y le sonreí con la beatitud de quien asiste
a un pueblo donde la muerte va llevándose todo.

Hace ya mucho tiempo que no voy al poblado.
No sé si Eglé siguió la tradición de morir
o aún espera.

 

Elegía

Mientras haya muerte viviré cantando,
errando en una onda de música desesperada. En los inviernos,
en cualquier estación, son muchos los que han muerto por mí.

Siempre deseo dejar la vida sin amargura,
dejarla como yo la he visto. La esperanza que me da la noche,
quizá la obsesión de estar muerto, han impedido que me sepulte,
que vuele sobre el hilo de mi alma solar.

Me gustaría vestirme con el color de la muerte,
llevar en mí la rigurosa fantasía. Querer a una mujer pálida que tenga
las alas como nunca.

Mi deseo no es huir de la vida sino fijarla en lo que
arrebata. Esta luz de hoy nada cubre y sólo el sueño del cadáver invita a viajar.

Yo vivo sigiloso
esperando que se abra la tierra para cubrirla con mi melancolía
Mi melancolía debe ser mi cuerpo muerto con sus ojos verdes
cerrados.
Mi melancolía es culpa de los muertos
y de sus grandes magias. Padres míos, magos que vinieron y
se
esfumaron. Que vagan como relámpagos de polvo debajo
de la tierra.

 

Néstor

Si no me amas mato a mi padre.
Lo dejaré caer escaleras abajo y veré
cómo su cráneo añoso se descorre precipitado
entre pequeños hilos
Miraré lo que siempre he deseado, su memoria. Los conductos
que llevaban a su cabeza la vida y hacían de él un títere,
una máscara. Máscara terrible que amaba y me sometía al yugo.
Su cuerpo ha de correr sin otro movimiento que no sea
el de mi impulso, mi fuerte impulso
que no ha de ser espiado por nadie.
Ese día, impecable, revestido de una sobriedad que no he usado
nunca,
observaré cuidadosamente los hábitos del hogar. Este mecanismo
borrará toda sospecha de mi ardid.
Mis hermanos dirán: «Se portó como nunca, presentía su muerte. Lo amaba, lo amaba mucho, deben ser terribles las horas en su corazón».
La desprendida cabeza de mi padre, diré, no debe ser enterrada,
debo regalarla a cualquier vagabundo para que sus ojos brillen
en las calles. Quizá yo mismo haga un viaje de mar y la deposite,
obsesionado, en el radiante césped de Wembley.

Cumplida mi hazaña,
lloraré contigo en un soleado campo de otoño;
serás mía a través de mi padre.
Un poco antes de emprender mi fuga
cambiaré los trajes de mi padre muerto por ginebra.
En el bar de los húngaros quedarán sus abrigos, sus zapatos
y un flux que pretendió lucir, al cual mi hermana, por burla,
le fue rellenando las mangas con los bagazos de las manzanas.
Mi padre asesinado
no podrá espiar mis borracheras,
no podrá ver
mi joven cadáver de treinta y ocho años.
La noche de mi muerte
nos reuniremos apenas un minuto en el cielo;
yo pasaré a la inmensidad
y habrá de comenzar la desdicha.
Huiré a Orion.
Mi padre redescubre una historia donde pasan las sombras
de una noche mágica.
Su frenesí ha de radicar en que me he separado
de los hombres:
no más Carlos Noguera,
nada en las tinieblas tendrá que ver con Luis Cornejo,
no habrá tampoco flores para mi hermano en Pensilvania.
Olvidaré las rutas,
la fragancia de las cervezas en el bar del Gato,
la piel de Sary que aparece dichosamente en mis ojos.
No añoraré nada. Los campos del sur, pienso,
fueron el estímulo de esta ebriedad que no tiene nombre.
Oh, padre,
no más el agua rosada de su vientre,
nada de Marina, nada de mi juventud, nada padre
viajará contigo a la muerte.
Tu cabeza ha de vivir
y la recordaremos en el otoño. Yo, ausente, en tus ojos
miraré la crueldad que proclama el cielo.
Oh, padre,
mi juventud no vendrá de nuevo al hogar,
seremos infelices olvidando aquella música que derrotó
nuestros corazones.
La tierra será prudente como tu nombre.

 

Los años locos

Mi mujer debe revisar cartas infieles
y tirarlas con fastidio al fuego. Sus ojos que han ido tan lejos
queman por primera vez mi corazón, subyugan mis años locos.
Sus ojos que han ido tan lejos,
elevan amigos, vuestras memorias,
vuestras pieles quemadas en alcohol.

Oh camaradas,
yo sangro.
Oh amigos,
yo soy fiel a vuestras tristezas
y alegrías.

Fuera de ella queda mi rostro lívido,
quedan nostalgias y un yo triste,
un yo que amaba tiernamente su cuerpo en los inviernos.
Yo sangro y huyo,
huyo de aquellos días tan ciertos en donde nos amábamos.

Oh amigos,
tantas siluetas que giran en la noche,
tanta vida en mí mismo,
en nosotros que fuimos dados a la tierra
con fin y principio, apasionadamente.

Oh camaradas,
mi corazón es infinito y el sol de los siglos
y la hermosura de vuestras mujeres.
Infinito es mi dolor bajo el arco de sus pestañas
y la muerte

Oh amigos,
yo soy fiel a vuestras tristezas
y alegrías.
A nada pertenezco bajo el signo de su partida.

 

Alucinación

Ni siquiera he pensado en derribar a Junio.
Hay una sonrisa
que trae de la noche una canción.
Todo tan triste
un viejo barco que se lanza al mar
un sable frío en la cabeza de la lluvia
una sola mancha en el paisaje de invierno.
Un desprendimiento,
yo y mi niña de cuatro noches
asombrados por el vaho de la sidra
asustaditos tras una vasija de vinagre.
Dos corazones que caen bajo el granizo de la noche
y nada más.
Cuatro pies marchando en las boca-calles.

 

Complicidad

Es mejor destruir el pasado
que no quede imagen
que no haya siluetas
y seamos tú o yo fuera de todo círculo.
Que exista solo una maniobra
una razón que nos parta
una multitud que nos reproche
sin sabernos los escogidos.
Que la pasión se borre girando
y no sepa de su derrota.
Que no exista una queja
o una bóveda acallando tu cuerpo.

 

Senos

Tus senos locos
como el descubrimiento de América.
Bienaventurados como la Pinta, la Niña
y la Santa María.

Tus dos senos hechos de láminas de barcos
y de hélices en vibración.
Hermosos como la conquista del espacio.

Amapola

Cuando me encuentre con el sucio otoño y el paño
primaveral.
Cuando estés, tú desnuda sobre los cráneos que amaron
y los fervientes estemos muertos,
y las hojas sean mías sobre esa colina. Oh, amapola.
Cuando mi alma atraviese la Estigia y mi memoria teja ruidos
en el vacío.
Cuando tú y yo amapola
conozcamos a Vivaldi y a Enrique Ibsen. Y yo duerma sobre ti
y tú sobre mí. Oh, amapola,
Oh dulce y bella flor mía.

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