literatura venezolana

de hoy y de siempre

Tierra talada

Ada Pérez Guevara

II

(…)

Un círculo. Arriba azul. Azul implacable e intenso. O gris sombrío.

Mañana y tarde, nacen otros colores. Oro, rojo, gris, violado, naranja. Abajo, verde. Verde, siempre verde. En todas sus gamas, según el sitio o el tiempo. Arriba, un camino, impreciso, luminoso, que nadie sabe ni de dónde viene ni dónde va. La Vía Láctea. Abajo, rompen el verde mil caminos oscuros, paralelos, que se bifurcan, se persiguen, se entrecruzan. ¿A dónde van? ¿Quién lo sabe? ¿A todas partes, o a ninguna? Éste termina un poco más adelante, en el ojo cristalino de un jagüey.

Y el otro, paralelo, se pierde en el lejano horizonte. Quizás llegue hasta el mar, o acaso se termina en una casa vieja que nadie habita.

Así, con su ramazón de caminos insignificantes, ignorados, a medio hacer, cuyos rumbos se pierden ante la vista, se abre el círculo del llano, rodeado de un horizonte plano y sin límites.

Cuál es su centro? Un árbol, una laguna, una casa aislada, un buey que rumia echado. Su centro es todo lo que se levanta del suelo. Y así, leguas y leguas, sin otra vegetación que la paja menuda que nace silvestre, o el chaparro retorcido que con esfuerzo que lo deforma se aferra al suelo reseco.

El chaparro es símbolo del llano pobre. La patria es extensa, y la llanura, casi tan extensa como ella. Planicies interminables, con aisladas palmeras. Planicies interminables, con escasos chaparros. Grandes extensiones sin agua. En otros sitios, la hay en demasía.

De vez en cuando, por el llano pobre, que es el llano reseco donde el agua escasea, cruza la vigorosa vena de un río aislado. A su vera, dos manchas paralelas de verdor, largas y de poca anchura. Luego sequedad. De trecho en trecho, lagunas. En invierno, plenas de agua rizada por la brisa, donde se estremecen reflejos de pájaros rosados y garzas pensativas. En verano, son apenas charcos donde el ganado abreva en diaria peregrinación. A veces, una vaca escuálida permanece parada, inmóvil, a la orilla de la fangosa laguna. Llega la noche.

Y luego, un día de sol intenso. La pobre vaca descarnada y triste continúa allí, fija, sin comer ni beber. Pasa un llanero en sabaneo. Trata de arrearla. La res no se mueve.

–Está pegada –dice el hombre, y mueve la cabeza con gesto negativo ante lo imposible.

En un árbol cercano, los zamuros aguardan. Revolotean, impacientes, alrededor de la presa. Y cuando la pobre bestia, agotada, se extingue, allí está el festín. A veces, viene un peón a quitarle el cuero, y esto facilita la tarea de las aves negras.

Es en ese llano pobre de chaparros retorcidos donde vive Aurora. En su interior tiene, desde siempre, una sola visión: el horizonte abierto al mundo. Pero este horizonte, por intangible, la encierra en un círculo.

Y allí despierta la mente de Aurora a la vida. Dentro del círculo. En su infancia, un día lluvioso juega ella, en el corredor de la casa del hato, con Blanca Rosa. La tierra mojada, material maravilloso para la ficción, se le adhiere a las manos, le refresca la piel.

–Vamos a fabricar un queso, como lo hacen los peones. Y lo vendemos. ¿Quieres? –sugiere Aurora.

Allí cerca está el molde. Una lata redonda, vacía. Aurora la hunde íntegra, boca abajo, en el suelo mojado. El agua salpica. Ayudada por Blanca Rosa, arranca el molde de la tierra, que hace presión, y al voltearlo mira asombrada, en todo el centro de la lata, una enorme araña, como de terciopelo, y al parecer del mismo tamaño de la lata.

Con sorpresa sostenida, mira Aurora largo rato al animal. ¿Dónde estaba? ¿Por qué, casualmente, clavó ella la lata en el mismo sitio donde yacía enterrado el insecto? Sobre el vientre, tiene éste una pequeña y resistente bolsa blanca: dentro están los huevos.

La madre de Aurora y Blanca, al ver el peligroso juguete de las chicas, mata el insecto.

–¡Dios mío! ¡Figúrense! ¡Nada menos que una araña mona!

El incidente casi trivial deja, en la sensibilidad tierna de Aurora, una extraña ilación permanente: el círculo de la lata, con la enorme araña en el reverso. El círculo de horizonte, ante su vista. Y la pregunta interior: ¿Y en el reverso? ¿Otra enorme araña?

Aurora y Blanca Rosa son compañeras de juegos. Y se complementan por sus opuestos caracteres. Cuando la araña apareció en el interior de la caja, Aurora dijo:

–¡Qué belleza!

Y Blanca Rosa:

–¡Ten cuidado, hermanita, que es de las malas!

Sin embargo Aurora, solamente por ser mayor, se siente protectora de Blanca Rosa y de Fermín. Explica a éstos, a su manera, lo que no comprenden, pero ella misma a veces no acierta a explicarse sus propias preguntas. Siente una enorme curiosidad de algo que no está allí. De lo que sigue. De lo que llegará acaso, más tarde, y que no puede definir.

Ya lee. Su madre le ha entregado los pequeños volúmenes que ella leyó en su infancia: Viajes alrededor del mundo; Juanito… Susanita. Pero sus diez años no se satisfacen.

Su madre promete:

–Te daré estos libros después, cuando seas grande y los comprendas. Todos son para ti. Pero más tarde, hijita.

Aurora los mira. Están allí, en un rincón del aposento de su madre, cuarto rústico de paredes de barro, con una gran ventana por entre cuyos barrotes de madera se ve el campo.

Su madre ha salido. Ha ido a bañarse al río, llevando de la mano al pequeño Fermín.

La casa quieta y en paz. El hermoso volumen de Las mil y una noches yace abandonado en el suelo. Para Aurora no tiene atractivo ese fantástico abalorio oriental. Ha leído cada uno de sus cuentos a lo menos dos veces. El libro tiene un forro de papel espeso. Una idea atrevida y por lo mismo tentadora, se aferra a la imaginación de la niña. Impulsivamente, las manos obedecen. Quita el forro a Las mil y una noches, toma un libro del mismo formato, y se lo pone.

Rápidamente sale del cuarto con su hurto. Ya fuera de casa, se tiende a leer entre la yerba reverdecida del patio, tras un tronco seco. ¿Qué libro se trajo? La muerte de los dioses, de Merejkowsky. Así a escondidas lo devora con deleite, sin comprenderlo casi, y la frase final del libro: “¡Venciste, Galileo!”, se le fija en la memoria como un estribillo absurdo.

De este modo, bajo el aspecto cándido del forro de Las mil y una noches, empieza Aurora, hambrienta, a leer sin tino. Confusamente frases, pensamientos e imágenes, demasiado vivas para su edad, chocan en su mente, pero resbalan sin dañarla.

El círculo se amplía difuso.

(…)

IX

Hay bastante gente. Don Miguel, el tío Pedro, Manuel González, el Negro Rivero, y como diez peones llevan una atarraya grande, de guaral. En el paso real escogido por lo claro de la corriente, pues hay un bajío, aguardan los indios. Son también numerosos. Las indias, con sus largas batas de alegres colores, y sus cestas a la espalda, sostenidas en la cabeza por un fajón de palma o lona, se mantienen calladas, sentadas en fila en el suelo. Los indios traen varios arpones preparados. Son de madera, imitando una lanza gruesa y corta. Tienen la punta forrada en metal.

–Saludo, compadres: ¿estamos listos? –pregunta don Miguel, desmontándose.

–Listos, compae –contesta el jefe del grupo. Es un indio viejo, de gruesas piernas musculosas.

–¿Todavía no ha pasado barbasco?

–Una miaja.

Los peones, con el pantalón arrollado al muslo y medio cuerpo desnudo, escogen los arpones. Las bestias ensilladas, amarradas bajo los árboles, empiezan a adormecerse. Aurora se sienta sobre un farallón cerca del río, desde donde domina perfectamente la vista. El Negro Rivero se le acerca:

–Aurora, ¿allí no le pega mucho el sol?

–¿A esta hora? Ni a ninguna. Estoy tan acostumbrada que ni me doy cuenta.

Silencio.

Mauricio insinúa:

–Mire, qué lindo aquel guatacaro, tan floreado.

–¡Qué belleza! Esa es mi flor, el guatacaro. Me encanta. ¡Es tan oloroso, tan bonito, y sobre todo tan del llano!

–Entonces, ahora más tarde, le cogeré un ramo. ¿Quiere?

–No se moleste, Mauricio, yo misma lo cojo.

–¡Allá viene el barbasco! ¡El barbasco! –gritó Faustino, que escudriñaba el agua desde arriba.

Instantáneamente se metieron al río, atravesándolo de orilla a orilla, como un cordón humano; y don Miguel en persona, con cuatro peones, abrió la atarraya.

En la orilla quedaron algunos hombres en espera. Entre ellos el Negro Rivero y otros más del pueblo. Sobre la arena relucían los machetes ardidos de sol.

El agua trae, realmente, barbasco, y muchos peces bobos, a flote, borrachos con el veneno de la parapara, que la corriente arrastra como cosa muerta.

Empieza la caza. Los arpones, lanzados con maestría, se clavan en los peces más grandes. Al estar seguro de la puntería, el que lanzó el arpón se abalanza sobre el pez, y se lo arranca en la playa, para volverlo a usar. Y si no está muerto, remata el pez a machetazos.

Más adelante, la atarraya se abre, traidora, bajo el agua. Los barbasqueadores caminan o nadan largo trecho, río abajo, junto con el barbasco, trabajando firme.

–¡Barbasco! ¡Viene barbasco de arriba! –grita Fermín otra vez.

De nuevo la avalancha de peces aturdidos va a flote. En breve rato, queda la orilla cubierta de rayados y morocotos, la mayoría vivos.

Los peones del paso del Alcornoque, que echaron el barbasco, aparecen poco a poco, chorreando agua. Vienen cansados, a ratos nadando y a ratos a pie. Uno de ellos grita, desde lejos:

–¿Qué hubo? ¿Estuvo bueno el barbasco?

El mayordomo contesta:

–¡Güenazo! ¡Aguaite la orilla!

Como a las dos el sol abrasa. Los de la playa abren el vientre de los peces y les sacan las entrañas con fuertes cuchillos puntiagudos, tirándolos luego en un solo montón.

–Casi toas tienen huevas –dice uno.

–Casi toas.

–Un palito, ¿no quieren otro trago para calentarse, muchachos? –pregunta don Miguel, haciendo circular entre el peonaje, una vez más, el litro de aguardiente.

–Muerto, que si quieres misa –responde Cachicamo. Los otros ríen. Toman a pico de botella, y luego la pasan a los indios.

–Ahora nos vamos yendo. Es tarde –observa don Miguel.

Empieza la partición. La mitad de los pescados para don Miguel, y la otra mitad, en partes iguales, para los que participaron del barbasco. Los indios llenan los caramiches de sus compañeras con lo que les corresponde; Fermín y los demás echan todo en sacos, y en cada bestia va uno, más o menos lleno.

Blanca Rosa, en casa, ha hecho montar desde temprano tres grandes calderos para ablandar la vitualla. Al llegar los pescados, el hervido estará hecho en un cuarto de hora. En el fogón familiar la candela se amortigua, cenizosa. Josefa, sentada en el quicio, suspira.

Blanca Rosa se le acerca.

–Es tarde, Josefa. ¿Cuándo vendrán?

–Ya deben tá cerca. El barbasco salió güeno, niña, por la tardancia. Vea a la sombra. Ya llegó a la mata de orégano. Son más de las tres.

Entre tanto, por el camino, se acerca la cabalgata. Polvo, sol, fastidio.

Los barbasqueadores vienen en silencio. Están cansados. Aurora, amodorrada, deja a Buen Amigo las riendas al cuello, casi a la ventura. Por otro rumbo se fueron los indios, a pie, con sus mujeres, y los arpones en haces. Cada uno, sobre las espaldas desnudas, lleva tres o cuatro, brillando al sol.

A los lados del camino hay chaparros resecos de hojas grises, torcidas y sedientas.

–¿Estás cansada, hermana? –pregunta Fermín acercándose a Aurora.

–Un poco fastidiada del calor, y… con mucha hambre. Eso que comí guayabas sabaneras.

–Ya estamos cerca, mira las matas de la casa.

Mauricio aprovecha la coyuntura para acercarse a su vez a la muchacha, y deseoso de entablar conversación comienza:

–Debe haberse fastidiado un poco, con el asunto del barbasco, Aurora.

–¿Cree usted? Pues, mire, estoy encantada. Es un día distinto que he pasado.

–¿Le gusta mucho cambiar?

–¡Claro! ¿Usted sabe lo que es eso? Todos los días, el mismo sol, la misma casa, el mismo silencio; levantarse uno a la misma hora, comer a la misma hora, dormirse a la misma hora. En fin, vivir lo mismo. ¡Qué fastidio es eso de la palabra mismo!

–No siempre, Aurora. A veces, saber uno que todo está lo mismo, siempre lo mismo, es algo no sólo agradable, sino que nos anima, nos da confianza en la vida, en nuestro yo.

Ella se queda un instante silenciosa. Lo mira, y acariciando mansamente con su pequeña mano nerviosa las crines de Buen Amigo, contesta:

–Puede ser. Pero para mí, ese “lo mismo” me cansa, me aplasta. ¡Sobre todo, esta vida!

–¿Esta vida? Pero si usted sale a caballo, se baña donde usted quiere, pasea por todas partes, pasa meses aquí y meses en el pueblo. ¡Figúrese usted! Yo, todos los días, el telégrafo. El repique de la oficina vecina me despierta a medianoche. Salto, entre dormido y despierto, a la máquina. ¿Qué es? Algún telegrama de un señor que lo puso urgente y pagó doble. Hay que atender: “No despache cueros” –dice, desde cincuenta leguas, la máquina. ¿Qué me importa a mí eso? Pero hay que pasarlo, enseguida. Tic, tac, tac. Trabajo otra vez. Y ni siquiera los domingos puedo dejar sola la oficina. Hoy para mí es un día excepcional. ¡Haber podido venir al barbasco!

–Bueno –conviene ella–, es verdad que eso de ser telegrafista es una lata, pero usted sabe que está ganando su vida, que sostiene a su mamá, que sirve para algo: para telegrafista. En cambio, ¿qué hago yo con andar a caballo? ¿Divertirme sola? ¿Qué hago con bordar? ¿Soy útil bordando horas y horas un pedazo de tela? ¿Qué hago, por fin, con vivir? Me da una gran tristeza cuando pienso que nosotras las mujeres somos parásitas, simples parásitas y nada más.

Al terminar la perorata, tiene los ojos húmedos. Casi se le saltan las lágrimas.

Mauricio, un poco desconcertado, contesta con galantería espontánea lo primero que se le ocurre:

–¡Aurora! ¡No diga eso! ¡Si usted es como una flor! ¡Usted adorna la vida!

Ella, con mirada dolorida, como que Mauricio le ha puesto el dedo en la llaga:

–Precisamente. Desde que tengo uso de razón, pienso y vuelvo a pensarlo: Las mujeres somos o adornos, o burras de carga. Mire, Mauricio, hasta que nosotras no lleguemos a ser otra cosa, quiero decir, responsables, no adelantará el mundo. ¡Créalo!

Don Miguel, durante la charla de Aurora con Mauricio, se ha vuelto a mirarla dos o tres veces. Poco a poco se rezaga, hasta quedarse al otro costado de Buen Amigo, y alcanza a oír la última frase. –¡Qué tema tan raro! –piensa.

Mauricio, cordial, le dice:

–Don Miguel, ¿no tiene ninguna encomienda para el pueblo? Voy a seguir casi de largo.

–Como que no hay nada. Allá veré.

Y cuaja el silencio otra vez, oyéndose entonces, lejanísimo, el ladrar de los perros del hato.

Al fin llegan. Blanca Rosa, recién bañada, con su traje aplanchado, espera risueña, a la puerta.

–¿Cómo les fue, papá? –pregunta a don Miguel.

–¡Magnífico! –grita Aurora–. Mucho pescado, hermana. Haz servir. Tengo hambre.

–Ya viene el hervido. Está sabrosazo. ¡Mandé a montar los primeros morocotos que trajo Faustino!

–¡Qué bueno! Te has portado como un clavo –dice Fermín.

Y pasa su mano un tanto áspera, sobre la cabeza, húmeda todavía, de Blanca Rosa.

Aurora entra a su cuarto. Es amplio, con una gran ventana hacia la sabana; las paredes de barro crudo le dan aspecto burdo. En una repisa cercana, están los polvos y el espejo humilde, un poco manchado. Ella se mira, quitándose el sombrero. Está acalorada y enrojecida. En el descote de la americana se le adormece un gajo de guatacaro. Sonríe; no está descontenta de su aspecto. Y así a la rústica vuelve a la sala, donde está servido el almuerzo.

En la cocina, Josefa, con sus chicos mayores y Faustino salan los pescados, y los acomodan mientras tanto sobre hojas de plátano.

Terminado el almuerzo, don Miguel se sienta familiarmente en la hamaca de la sala, a conversar.

Los muchachos llegados del pueblo y Manuel González preparan sus bestias para el regreso. El Negro Rivero, sentado a la puerta de la casa, fuma un cigarrillo, mientras aguarda a los otros para irse juntos.

Aurora dirige la salazón del pescado. Don Miguel llama:

–¡Blanca Rosa, Aurora! ¡Esta gente se va!

De seguidas aparecen ambas, con las tazas de café recién colado, saludo y despedida en el llano.

–El Negro Rivero al acercarse a Aurora le dice, mirándole el pecho florido:

Si yo se los hubiera cogido de la mata, no estarían marchitos…

Y ella, muy seria:

–¿Ajá? Eso cree usted. ¡Empezando, Negro, porque nunca habrían estado en ese puestecito!

El sol de las cinco, afuera, dora la sabana como un incendio.

(…)

XIV

(…)

La casa, después del patio principal, tiene otro. Lo llaman el traspatio. Una puerta rústica y un gran paredón corrido, hasta la otra calle. Tiene gallinas, cerdos, burros, y hasta hay allí tordos negros y saltones que picotean el suelo; todo esto, a la sombra de grandes árboles frondosos: una gran mata de ciruela, en el centro, con enormes ramas quebradizas; y luego anón, guayaba, algarrobo, y la de gallito, que de tiempo en tiempo le da por florecer hasta el delirio, y de tanto pétalo, enrojece como envuelta en llamas.

Los sábados, don Miguel ordena a Bartolo, el muchacho que cuida las vacas y carga la leña, que barra el traspatio. Acumula el zagal toda la paja seca en alto montón, aprovechando un claro sin matas. Barrido todo, espera Bartolo el atardecer o la noche, para pegarle candela a la basura. Y Aurora es fiel a su costumbre de infancia de ir a ver quemar la paja. Cae el fósforo prendido en una brizna, y la hermosura de la candela crepitante crece por momentos roja y escandalosa hasta llevar la llama a mayor alcance que las tapias del corral. El reflejo rojizo da a la cara boba de Bartolo una animación extraña. El muchacho revuelve el montón con una gran vara para que se destruya por completo. Y de repente, consumido el castillo fantástico, se apaga en un momento. Las pavesas negras o grises empiezan a regarse con la brisa por todo el pueblo dormido.

Hoy Aurora otra vez en el traspatio cierra con gancho la puerta rústica. Y libre de vigilancia ajena, se acuesta, como cuando chiquita, bajo el algarrobo de hojas oscuras y brillantes. Boca arriba, mira el cielo límpido, manchado por livianas nubes viajeras. Por entre el follaje del algarrobo ve, como algo muy importante, los huequitos de fondo azul. El marco por el cual se asoma a la vida allí en el pueblo, le parece lejano y olvidado, de estar tanto tiempo sin mirarlo. El pueblo: para ella fastidio. Los domingos, la misa, único punto de cita de todos. Sitio propicio para estrenarse el vestido nuevo, las medias de seda, o el sombrero recién traído. Luego, oír el sermón del Padre, la mayoría de las veces un sermón local casi personal, rudo, y sin belleza alguna.

Al salir, una visita a las primas, a las tías, donde se prolonga a gusto la charla insubstancial. Aurora se aburre. Comentarios subrayados del último noviazgo, de lo que dijo o hizo doña Margarita, donde Servando, o los forasteros de la otra calle.

Con frecuencia prefiere Aurora los domingos después de misa encerrarse a leer en el traspatio, todo el día. Cuando logró, de tanto escribírselo a las primas de Caracas, conseguir la Ifigenia de Teresa de la Parra, abrazó el grueso libro y todo el domingo se le alumbró de alegría. Se metió sin zapatos en una hamaca, en el último cuarto de la casa, donde guardaban sillas de bestias, sin uso. Dio orden expresa a la sirvienta de que para todo el que llegara “la niña Aurora estaba paseando a caballo”.

Como a las seis de la tarde, oscuro ya, terminó el libro. Con los ojos hinchones de tanto leer, se vistió aprisa, y se sentó a la ventana; pero todavía estaba dentro de la novela recién leída. En la penumbra de la sala parecíale ver la diáfana silueta de tía Clara con la trenza encanecida sobre la espalda sumisa, y la vela encendida en la mano, tal como la entreviera María Eugenia en el momento emocionante de la frustrada fuga.

Del lado afuera de la ventana, llega una voz:

–¿En qué piensa tanto?

Aurora sale del recuerdo de tía Clara, y reconoce a Mauricio. Está vestido de casimir gris, bien peinado, y acabadito de afeitar.

–¿Cómo está Mauricio? –dice ella sonriendo.

–Aquí, señorita, pensando en quién pensaría.

–¿Yo? ¡Si usted supiera! Acabo de leer un libro, y es ahora que lo estoy empezando a leer.

–¡Ah parábola bien confusa! –dice el galán, sonriendo.

–Mire, lo leí, es decir, me lo tragué; volando. Y es ahora que de verdad me estoy dando cuenta del libro.

–¡Ah! ¿Y le gustó?

–Me sucede una cosa muy divertida. La María Eugenia esa del libro tiene algunas cosas exactas a mí, como si yo fuera ella. Y creo que, como es un libro de mujer, la mujer del libro es una mujer de verdad, y se parece un poco a todas las mujeres.

–Bueno, ¿y usted, es mujer de verdad?

–Jesús con usted –dice ella–. Mire, lo que quiero decir, Mauricio, es que yo encuentro en algunas novelas escritas por hombres que las mujeres de estas novelas no son reales, son mujeres raras, casi fantásticas. Puede ser que las haya así. Pero yo no las he visto; y pienso que, como ellos son hombres, por más inteligentes y grandes escritores que sean, no pueden saber cómo somos las mujeres por dentro. Casi siempre somos dos. Una por dentro y otra por fuera. Por más que no querramos; no es culpa de nosotras. ¡Y ustedes ven la de afuera!

–Caramba, Aurora, eso es una calamidad. ¿Cuándo acabaré yo entonces de conocerla a usted?

–¿Conocernos? De conocernos sí, pero de hacernos conocer, no. Además, Mauricio, es mejor así.

–¿Qué? ¿No conocerlas?

–Claro, porque siempre tienen la ilusión que se tiene con las novias. La inquietud de lo que se nos escapa: entonces una así, a medio conocer, es siempre novia por dentro.

–Bueno; pero ¿cree usted que un hombre puede casarse tranquilo sin conocer exactamente las reacciones de su mujer, ante esta o aquella circunstancia de la vida?

–¡Mauricio! ¿Cuántos años tiene usted? ¿O es que no se ha enamorado nunca de verdad verdad? ¿Usted cree de firme que los hombres cuando se casan conocen a la novia? ¡Qué va! Casi todos ustedes se encandilan; y se casan cieguitos; por eso es que hay tantos matrimonios que al poco tiempo son como un divorcio; y otras uniones que sin serlo parecen matrimonio. Mire, mientras más largos los amores, peores resultan los matrimonios. A mí me parece que esa forma de cosas debe cambiar. Yo pienso de otro modo.

–¿Sabe que me está interesando lo que me dice? ¿Usted lo piensa sinceramente?

–Yo converso, Mauricio, lealmente, nunca digo mentiras, en las cosas sobre las cuales tengo derecho, las personales. Y estoy más segura de mí misma por dentro que por fuera. Empezando porque por fuera nunca me puedo ver. Usted no se imagina la angustia que me entra cuando pienso que mi cara, esta cara que usted está viendo y todo el mundo ve, el único ser que teniendo vista no puede verla ¡soy yo misma! Nunca, nunca, de ningún modo podré saber cuál es mi expresión real. Mire, cuando pienso en eso, créalo, ¡me da una grima!, ¡me crispo! Me dan ganas de cogerme los ojos y ponérmelos frente a la cara o de cogerme la cara y ponérsela por delante a los ojos. ¡Qué grima!

–¡Qué cosas las suyas! ¿Y el espejo? A mí nunca se me ha ocurrido pensar en eso.

–Y creo que a nadie. Pero mire, el espejo es el espejo, reflejo y más nada. No es lo mismo. Y así son las mujeres que uno ve en algunos libros. Reflejo, mujeres de espejo; pero yo no me conformo.

–Hay otra cosa donde ustedes pueden verse, Aurora. Esa no engaña.

Ella toma a mirarlo sorprendida, y observa que tiene una sonrisa pícara cosquilleándole los labios.

–¿Cuál?

–Los ojos.

–¡Qué gracia!

–Es en serio. Usted ve a una persona bien de frente, bien a los ojos, y casi puede decir que la ve por dentro. Los ojos no engañan. ¿Por qué usted casi nunca me ve así con calma, como ahorita?

Aurora se levanta.

–Mire, Mauricio, me voy. Me están llamando a comer.

–Contésteme. ¿Por qué? –dice el mozo, asido a los barrotes de la ventana, como para retener a la que se escapa.

–¡Será porque no me interesa verlo por dentro! –contesta Aurora, y la voz se pierde tras ella, en el interior de la casa todavía oscura.

Sobre la autora

*Publicado en la compilación El hilo de la voz, de Yolanda Pantin y Ana Teresa Torres (2015, Libros en red).

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