literatura venezolana

de hoy y de siempre

Teresa de la Parra

Por: Gabriel González

Aquella mujer bonita, jovial, divertida e inteligente, criolla y cosmopolita, escribía como nadie en 1929 y la incomprendían —advertido en una conferencia en Colombia, país donde sus lectores se volcaron a recibirla cuando bajaba del ferrocarril— y la amaban por su pasión por lo natural y su forma de ser mujer; o más: por esa forma de narrar que la colocó entre nuestros clásicos apenas con dos novelas y tres cuentos fantásticos.

Un tipo de mujer “cuya imagen asocia uno a la de esas damas de porte estatuario, ojos de agua marina, perfil de diosas y melodiosísima voz, que pasan por los cuentos de Andersen como fantasmas de antiguas reinas muertas, una varita de cristal entre los dedos, ceñida la frente con un cintillo de diamantes: así debió ser Teresa de la Parra”, según la pintó Aquiles Nazoa en Lo mejor de las mujeres, uno de sus últimos artículos.

Enamorada. Aristócrata. De frecuente tertulia. Su trazo biográfico es discreto. No se dedicó a promover su obra. Creía más en la vanidad de los vestidos que en la de la fama literaria. “Que mis libros ya no son míos, es hasta cierto punto la verdad. Fuera del nombre, que ha quedado como por distracción en las portadas impresas, no reconozco ya nada de mí en mis novelas”.

Nació en París en 1889 fortuitamente, cuando su padre era cónsul de Venezuela en Berlín. Al cumplir dos años volvieron a Venezuela y se establecieron en la hacienda de caña  “Tazón” (entre Turmerito y Piedra Azul). En 1906 murió el papá y se fueron a vivir a España. Regresaron en 1911 y se instalaron en una casona ubicada de Torre a Veroes. Venezuela era un despoblado y Caracas el centro del comercio agrícola, con el hacendado mayor, Gómez, quien le dio una beca para estudiar en el exterior. Durante ese exilio el país se convirtió en su materia literaria, una especie de futuro postergado que iba con ella a todas partes, y que fue el escenario de sus dos grandes novelas: Ifigenia (1924) y Las Memorias de Mama Blanca (1929). “Y es que el amor de la tierra es un sentimiento que por dormido que se halle se despierta y se exalta con las largas ausencias y las largas distancias…”

Ambas obras son impecables y diferentes, y sus lectores polemizan sobre cuál es mejor.

Quería escribir la historia del Bolívar amante pero la tuberculosis la mantuvo en jaque cuatro años hasta que la derrocó en 1936.

Con ella, con su fino tino literario que recogía atenta los matices del habla venezolana, lo íntimo y lo público, lo espontáneo y lo fingido; la inflexibilidad positivista, el pasado costumbrista y el postizo modernismo; con ella, y con otros que se acercaron por esos mismos años, cambió la forma de narrar en nuestro país y la de encontrar nuestra esencia y voz propia.

Cuento

El ermitaño del reloj

Historia de la señorita grano de polvo, bailarina del sol y El genio del pesacartas

Novela

María Moñitos (Memorias de Mamá Blanca)

En Biblioteca

Cartas

Ifigenia

Memorias de Mamá Blanca

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