literatura venezolana

de hoy y de siempre

Sonetos de Antonio Ros de Olano

Los castillos de la reconquista

Son esqueletos de gigante hechura:
Helos en pie; la Religión los vela:
Asomos del cristiano centinela,
Ásperos muros, torres de la jura.

Quedó de Troya, donde fue insegura
Defensa la pelasga ciudadela,
Contra el griego invasor que la debela,
Ceniza al aire, al suelo sepultura.

Y éstos, agora, en soledad sagrada,
Viejos testigos del tesón ibero,
Mientras luchó por siglos la mesnada,

Desde la breña en que se alzó el primero,
Llevan de Covadonga hasta Granada
La Cruz triunfante por blasón frontero.

***

Napoleón

Silencio impuso, y le escuchó la Europa;
Habló, y su voz fue estruendo de cañones;
Marchó, y de sus infantes y bridones
Cubrió la tierra innumerable tropa.

Lánzase, nuevo Atila, que galopa
Sobre cetros y ruinas de naciones,
Y es su lecho, en mitad de sus legiones,
La púrpura imperial con que se arropa.

Su madre fue la expiación: su cuna
La mecieron humanas tempestades:
La gloria amó; casó con la fortuna:

No tuvo origen ni dejó heredero…
Vino al mundo a marcarle dos edades…
¡Su nombre pertenece al orbe entero!

***

En la soledad (cinco sonetos)

I

Santa Naturaleza!… yo que un día,
Prefiriendo mi daño a mi ventura,
Dejé estos campos de feraz verdura
Por la ciudad donde el placer hastía,

Vuelvo a ti arrepentido, amada mía,
Como quien de los brazos de la impura
Vil publicana se desprende y jura
Seguir el bien por la desierta vía.

¿Qué vale cuanto adorna y finge el arte,
Si árboles, flores, pájaros y fuentes
En ti la eterna juventud reparte,

Y son tus pechos los alzados montes,
Tu perfumado aliento los ambientes,
Y tus ojos los anchos horizontes?

II

Más precio en este valle y pobre aldea
Términos de mi vida peregrina,
Despertar cuando el aura matutina
Las copas de los árboles menea;

Y, al volver de mi rústica tarea,
Hora, en la tarde, cuando el sol declina,
Mirar desde esta fuente cristalina
El humo de mi humilde chimenea,

Que en la rodante máquina lanzado
Cruzar como centella por los montes;
Pasar como relámpago el poblado;

Robar, en fin, al péndulo un segundo,
Y, en pos de los finitos horizontes,
Sentir la nada al abarcar el mundo.

III

Hay junto a la ventana de mi estancia
Un laurel de la sombra protegido,
En donde guarda un ruiseñor su nido
Apenas de mi mano a la distancia:

Y entre el verde follaje y la fragancia,
Celoso, ufano, amante, requerido,
Dice su amor con lánguido quejido
Y dulce y elevada consonancia.

Las horas de la noche una tras una
En sigilosa hilera, huyendo el día,
Siguen el curso a la encantada luna…

Y en esta soledad el alma mía
Goza, sin envidiar cosa ninguna,
De su quieta y feliz melancolía.

IV

¿Qué fueron al gran Carlos sus hazañas
En la celda de Yuste recogido?
Él quiso relegarlas al olvido,
Y ellas emponzoñaban sus entrañas.

Suele el que nace humilde en las cabañas
Dejar su techo y olvidar su egido,
Por el lucro del mar embravecido,
Por el sangriento lauro en las campañas.

Mas al recto varón que honró su historia,
Sin codiciar fortuna envilecida,
Ni envidiar de los Césares la gloria,

Un apartado albergue le convida
A esperar sin tormento en la memoria
La breve muerte de su larga vida.

V

Lamentos de hembra y lloros de nacido;
Duelos de viuda y quejas de casados;
De la vejez y el hambre los cuidados,
Que cesan cuando espira el afligido…

¡Nacer!… ¡Vivir!… ¡Morir!… Después ¡olvido!
¡Los siglos son sepulcros numerados
De seres mil y mil tan olvidados
Cual si no hubiesen en el mundo sido!

Y el corazón es péndulo que advierte,
Con vaivén de dolor, que a la existencia
Sólo enjuga las lágrimas la muerte…

¿A dónde, pues, con bárbara violencia,
Río de la vida, corres a perderte,
Sí no es tu mar la Santa Providencia?

***

En la tribulación

Antes que fuese el Tiempo en la medida,
Era la Eternidad en el vacío;
Y Tú en la Eternidad eras, Dios mío,
Ser increado, Verbo de la vida.

«¡Sea!» dijiste; y fue de Ti nacida
La Creación cual desatado río;
Que, a tanta potestad de tu albedrío,
Nació la muerte a la existencia unida.

Ahora dime, Señor (para que sienta
Fecundo mi pesar, y espere en calma
A que se rompa la fatal concordia),

Si este algo del no ser que me atormenta
Es mi esencia inmortal, ¡el yo del alma!
Que ha de encontrar en Ti misericordia.

***

El hombre ante Dios

Altiva voluntad y tedio inerte;
Inextinguible sed junto al disgusto;
Desprecio de la vida y fiero susto
Sólo al pensar en la terrible muerte:

La obstinación en oprimir al fuerte,
La terquedad en deprimir al justo,
La eterna ingratitud de ceño adusto,
Con quien benigno procuró mi suerte…

¡Así soy! ¡así soy! Porque en mi alma
Algo devorador hay que destroza
El bien que nace del afán que espira…

¡Quiero morir, o que me des la calma!
¡Que cuando lloro el corazón se goza,
Y cuando río el corazón suspira!

***

Recordando el entierro de Espronceda

Cayó sin dar un ¡ay! en la primera
Y última desventura de su vida!…
¡Ya no asusta el cometa sin medida
Que se apagó en mitad de la carrera!

Y este llanto que moja mi severa,
Rugosa faz en la vejez sumida,
Es ya la última lágrima exprimida
De una fuente de amor que amor no espera

¡Poeta del pesar!… De la clemente
Tumba que de los vivos te separa,
Rompe la losa con tu férrea mano…

Canta el himno a la muerte que inspirara
A tu virtud el infortunio humano,
Y escupe al vulgo hipócrita en la cara.

***

Fatalidad

De luz vestida en el azul sereno,
Limpio reflejo de la casta luna,
Diosa del mar en transparente cuna,
La amé en un tiempo, de esperanza ajeno.

¡Fatal amor!… El corazón sin freno
Triunfó del Hado… ¡mísera fortuna!
¡La Náyade de límpida laguna
Fue Venus libre y me abismé en su seno!

Luego la vi en el féretro tendida,
Pavorosa beldad de carne inerte,
Astro apagado en luctuosa esfera…

Y ¡ay del deseo! Me atedió en la vida…,
Y amé el dolor con que me hirió su muerte,
¡Vuelto al afán de mi ilusión primera!

***

No hay bien ni mal que dure cien años

El corazón es péndulo que advierte,
Golpe tras golpe, en una misma herida,
¡Cuán próxima a la muerte anda la vida!
¡Cuán cerca de la vida está la muerte!

Las empuja el dolor hasta la inerte
Tumba, que en nuestra senda está escondida,
¡A tan serena sombra, que convida
A redimir muriendo nuestra suerte!…
Mas el dolor no mata en un instante,

Como la fiera daga; y la asemeja
Porque se clava con seguro tino:

Y así en el seno, el péndulo oscilante,
Golpe tras golpe advierte al que se queja
Que va la vida andando su camino.

***

Amor tardío

Junto a los días de tu edad primera
Fueron los años de mi edad florida;
Pasaron ¡ay! aquéllos de mi vida,
Y son los de tu hermosa primavera.

Esta del labio confesión sincera,
Voz de recuerdo, endecha dolorida,
Llegue a ti como tierna despedida
Del cisne cuando espira en la ribera.

Mas si el poder de la hermosura es tanto,
Que así presta a mi cítara apagada
El grave acento en que mi pena fío;

¡Musa de mi dolor!…, tuyo es mi canto,
Y al repetirlo el alma enamorada,
Sólo el suspiro que te mando es mío.

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