literatura venezolana

de hoy y de siempre

«La belleza de las llamas», de Ricardo Jesús Mejías Hernández

Por José Ygnacio Ochoa

Hasta en los momentos en que

más me rindo al viento, siempre

puedo predecir mi destino

con cierta precisión.

Orhan Pamuk

El espejo se transparenta en la brevedad de la imagen. Esa imagen es fugaz, es un presente porque ese espejo expresa lo fundido en el fondo de lo onírico. La tentación está en La belleza de las llamas de Ricardo Jesús Mejías Hernández (El Taller Blanco Ediciones, Colección Voz Aislada. 2023). El reflejo está contenido en la palabra. La acción verbal se contiene en el pensamiento para que luego se produzca el icono deseado: versos que salen en su amplitud para regarse en el espacio de los viajes. La expresión en tanto se prolonga al decirla con la sublimación del vocablo para adquirir otra significación en su ceremonia hacia el contexto poético.

La circunstancia de referirse a una contención en su origen, luego aparece la voz poética porque, ella, esa voz,  se rebasa en el revoloteo de figuras con resplandores: se despierta la voluntad de la señal invisible entre memoria-recuerdos y miedos. La intermitencia de la palabra fluye entre el frío, el temblor, el amanecer y los sueños, así como la noche, protagoniza la traducción de los sentires. Entonces, nos apreciamos todos en esa continuidad de la respiración del poema. Afirma, el ensayista venezolano, Juan Carlos Santaella en Breve tratado de la noche (1995) que: Una palabra adquiere por primera vez su auténtico resplandor, cuando es dicha en medio de la noche, cuando es revelada en el pavor sediento de la oscuridad. Palabras graves, solemnes, tristes, austeras nerviosas, solitarias y firmes… las palabras se acompañan y se juntan con la voz poética para dar los pasos que ofrece la «noche». El poeta —en medio de la nada— acepta la experiencia con la expansión del eco:

TU MIRADA traza

la noche, las paredes

de niebla que esconden

tu desnudez.

Cada línea eres tú,                                                                  

cada hilo amarillo

serás de nuevo tú,

transparente y libre como

un silbido de Dios.

El verbo se me dimensiona en su acción para seducirnos en lo inmaterial del deseo que acompaña el sonido, silbido de Dios, así de sencillo y directo —eso parece— en tanto el poeta lo acoge como su verdad. Imágenes que se erigen en lo vivido de Mejías Hernández. Como lo referimos en el epígrafe, este viento, otro no, es este quien lleva al poeta a su destino, que lo acerca al alfabeto poético, ese es su acomodo en tanto la palabra lo asiste con sus afanes y conciencia poética.

 Vuelvo a la transparencia en la existencia del poema, porque en cada lectura cambia mi espejo que me ofrece otra respiración y otro diálogo fuera del trazo común, porque desde la lectura pasa todo: lectura y poema es lo esperado —solo este acontecimiento—. El  encuentro va acompañado de sus ausencias que se descomponen con las hojas blancas del tiempo. Cada poema es un puerto anclado en la memoria porque esas aguas son como los diferentes adentros de una casa, la casa de una voz con la certeza de un nido en llamas:

[…]

Ya, en aquella casa,

las paredes buscan un techo

que camine con ellas,

un paisaje que sostenga

sus muros.

 Decir casa es admirar la sombra y el recuerdo que innova un discurso que nombra un camino sin fin. Sin dilación, la palabra aflora en su expresión genuina. Ella se erige cubierta de la dimensión dinámica de imágenes. Imágenes que se elevan desde la palpitación de un nuevo significado acompañadas de una resonancia que se traslada al cuerpo del poema: el canto con la reiteración de los vocablos: «noche», «anochece», «noctámbulas» y «sueño» sugieren un juego íntimo entre la palabra, la voz poética y el lector. Es así como esta llama que recorre la totalidad del poemario, no es física, emerge desde el adentro del canto nocturno; la vida pues, en su esplendor. Un fuego del adentro en la excitación de la palabra. La ceremonia en el trazado de los signos contenidos en el predicado perfecto con los rezos del tiempo. Sin horas, sin nada, sólo la dicción que se multiplica con la adición de la imagen. Coexiste la franqueza al enunciado de la noche que acompaña a la referencia del sentir, así se aleja del concepto, al aquello preestablecido para recomponerse en el universo del poemario La belleza de las llamas.

La brevedad del poema; como la vida, importa y mucho. Nos percatamos de la existencia de la noche, no por el concepto, lo reconocemos por el convencimiento del poeta que representa la noche desde su ilusión. La noche, para esta voz poética, va por la dimensión del viaje. Viaje al que invita al lector. La voz nos invita, sugiere y se acomoda en el recorrido de la vigilia que también enuncia un pensamiento, una experiencia y una ausencia para volver al destino permeable, mutable y movedizo de la expresión. Una voz que se muestra sin temores o con todos ellos, una voz noctámbula que llora:

DESPERTAR DE ESPALDAS a la llama,

casi insomne.

Mirar en dirección

al nuberío, al cielo,

y clausurar sin pensarlo

las pesadas ventanas.

 Oscuridad. Nada.

Nadie.

 Así recorremos una, dos, tres y más lecturas del poemario. En él me consigo y en él me descubro como los sueños; así pasa, y mucho en poco tiempo. En este transitar, aspiro que vuelva la otra noche para iniciar otro recorrido con el poemario, solos, como una declaración de amor. Con divagaciones, sin premura; así, con el significado distinto en su gestación. Porque, justamente el enunciado da para esto, para perderme en contradicciones de la noche. Volvemos a Santaella cuando  expresa que la palabra resplandece en la oscuridad de la noche. El sentido se revierte en su existencia para entregarle corporeidad al canto. El argumento del poemario adquiere su valor en la noche. Nos acercamos a la imagen de la llama  porque se hace acompañar en la vigilia; al instante, se convierte en luz, claridad, lumbre y fulgor en un estado de vehemencia y excitación por  el vuelo orgánico de la escritura.

El ritmo está dado en la intencionalidad del vocablo, nos une, nos acerca al signo, nos aprehendemos de él por la fuerza que compone el contorno poético. El signo nos acerca en su intención sonora; las combinaciones fonéticas —en tanto pronunciaciones y lecturas— me suman al canto, despiertan otro estruendo, emiten una figuración que dispone al lector para el encuentro  del verbo: como un ciego que se pierde // en la arboleda. Nos perdemos en el poema y nos reencontramos en él. El poema no nos delimita; más aún, nos redimensiona en su magnitud como respuesta poética.

Leer La belleza de las llamas es leernos en la noche. Leernos en el encuentro con la soledad con sus variaciones de rigor. La sustancia del sonido se torna en el componente pronunciado porque cada poema es un llamado al gesto que proviene como aquel cántico para dar gracias a Dios por la existencia de un beneficio, en este caso, la existencia del signo poético.

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