literatura venezolana

de hoy y de siempre

Poemas de Luis Pérez Oramas

Aquella hora

A Igor Barreto

En la noche de candelas la Guajira
era un arenal inmenso en la promesa
una duna seca, tapiada por el hambre
de la prole innumerable, de su agosto.
En la noche de viento y la mañana
el sudor del Cocuy bajo la tierra
y Nemesio Montiel de los Montieles
una brizna de paja sobre el mundo
le anunciaba a mi padre sus recados
alojaba en su seno a la familia
propia y ajena en la ilusión de antaño.
Era el cacique en un tiempo de caciques
muertos, sustituidos por puentes de concreto
era el indio en un país sin alma
en el crisol de sus motores nuevos.
Sobre la arena manchada de petróleo
aquella vez primera, aquella hora 
desayunamos con el gallo sangre de animales.

***

Nada te turbe

a Salvador Tenreiro, i.m.

Sal de ti
extráñate
aléjate de la sombra
de tu sombra
busca donde no haya
campo de luz
apagada sobre el campo
donde no haya pensamiento
ni falso ardor de ocupaciones.
Sal de ti, olvídate
del dolor o de la espera.
Sal de máscaras fantasmas
toca
la turba de tu ego
hueca, ve
al ojo blanco de su abismo.
Sal de ti, de tu recuerdo,
que es la noche que perturba.
Eres cuerpo
si en tu cuerpo apartas
a tu cuerpo
si te adentras en el gozo
que no tiene cuerpo
y es gloria y es olvido.

***

La familia

El mundo se mueve por murmullos
no por fuerzas ni energías
no por cósmicas tragedias
ni por la voz de dios ni por celadas.
El mundo se congela en los susurros
de la gente que amanece
con el cuerpo tendido por el sueño
y tensa la potencia fascinante
de escupir la vida.
Todas las mañanas
buscamos fútiles la escena
en la que no estuvimos nunca
donde hemos venido
escondidos en jadeos incesantes
en sudores de cuerpos que ignoramos.
La brisa es filial
en la alta noche de la espera.
Es paterno el verbo matinal
de las vigilias.
Es materna la música que mueve
las aguas del mundo, las aguas del amor
las aguas.

***

La dulce astilla

Escribo para estar
junto al tibio pulso de lo que hemos sido.
Escribo
para impregnarme de canciones solares
y pasadas
para sentir el olor de capín a mediodía
cuando aún no labraba
su dulce astilla de madera
la muerte en nuestro cuerpo.
Escribo
para sentir la mano
tierna de mi padre en la mejilla
la paciencia de su voz
en los condumios
para recibir
el salino aire abierto
de Naiguatá de vuelta
a casa
de vuelta al prado
que no era agreste en la palabra.
Escribo para volver
de nuevo a la matinal
eucaristía que anunciaba
largas tardes de tedio, ignotas
tierras en la noche de la radio
materna e infinita la impaciencia
de ver tiniebla en luz
lugar áspero en llanuras.

***

(bolero)
Escribo canciones
no siento en mí crecer ni decrecer los textos
los guardo en el olor de la grama que recién corto
y los termino, me los bebo como agua.

Hay aquí una casa habitada por cientos
que no saben ni escuchan de estos versos
que no escarban ni escalan las cortezas
ni tienen gato, ni fruta de jugo, ni pájaro
y solo esperan la bondadosa suerte de los panes.

Nos llaman que la comida está caliente
que se enfría que hay viento que los perros
jadean sin saber de nuestra risa
sin saber que inventamos otros nombres
que no hay mata que no sepa dulce como el día.

Ahora sé que mis amigos temen
la verdad de mis afectos, el escandaloso río de mis ruidos
el árbol estéril de mi cuerpo arrinconado
ya sin sombra que cobije las hamacas
en espera de la hora, del vaso lleno.

Escribo canciones y no sé cuál es la música
no sé de estas aceras nada de su inicio
no sé cómo conozco la sequedad de las despensas
no sé si otros han prendido nuestros árboles
no sé si afuera ya se está quemando el cielo.

***

a Julio Daantje i.m.

He vivido tanto en mi casa
cubierto, arropado por mi casa, protegido, escondido por ella
que casi soy un árbol más
una pared, una teja, otra terraza.
He vivido tanto aquí que mi cara tiene el nombre de mi casa.

(Sangro si me afeito, engordo como el sauce
sudo quieto, me entristezco sin ausencias
el retrato del cerro y de los primos se me borra
aventuro en el jardín de todas las semanas
y el ladrido de los perros me hace insomne.)

Otro país, otra edad, otros días me encandilan
otro rincón para vivir sin movimientos bruscos
espero mientras leo mi futuro en otros cuerpos
otro sexo, otro placer, otra sed sin agua.

No seré feliz porque no existe el jabillo sin espinas
porque el níspero es nido de gusanos
y la mata roja de diciembre mancha nuestras ropas.
Pero debo salvarme encontrando el dondolio del mundo
el movimiento que equilibra
el pesado cuerpo que es mi alma.

Viviré en la tierra y mantendré la mata
la idea improbable, necesaria, verdadera de dios
aunque dude con mis manos, con mis ojos, con mi cuello
mi apuesta será por los días de la tierra.
Viviré en la tierra para siempre
aún después de la tierra.

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