literatura venezolana

de hoy y de siempre

Poemas de Miguel Otero Silva

Para temerle a la muerte es esencial estar vivo,
tener conciencia de la luz,
escuchar el adagio del agua,
desnudarse al llamado del fuego.
Exprimir una fruta de vibrante ámbar,
eso es temerle a la muerte.

Los muertos, pobres muertos, ya no le temen a nada,
ni al nacimiento, ni a la vida,
y mucho menos a la muerte:
los muertos no pueden sentir
y el temor a la muerte es, ¿quién lo duda?, un sentimiento.

Para temerle al amor es menester estar herido,
haber sufrido su lanzada
y andar sediento de sufrirla,
desvelarse en los bosques del sueño.
Asustarse de no tener miedo, eso es temerle al amor.

Los amantes, pobres amantes, le siguen temiendo al amor
al menos amor, al casi amor,
y sobre todo el olvido:
el olvido es una muerte que no da reposo
porque se oyen desde abajo los pasos de los caminantes,
y nunca son los pies de ella, nunca son sus pies.

***

Uranio 235 (fragmentos)

Los que estaban lejos del epicentro
(así llaman los versados a la gota de aire
donde se desnudó la materia),
un atonal bramido que sacudió sus nervios y
los despojó de la vibrátil ramazón,
una tromba de espectrales tambores
redoblados por un mismo dragón inexorable,
un alarido que no caía del cielo
sino alzaba sus fémures de las cenizas.
Generaciones de basalto y algas
desertaban el taciturno esquema de la muerte
convertidos de nuevo
en grito.

Los que estaban lejos del epicentro
vieron la navidad de una nube interminable,
leviatán erizado,
océano furioso,
pastoreando cabritos de naranja
y corderos de oro
fabuloso abanico abierto por las manos de Dios,
¿por las manos de Buda?, ¿por las manos de Cristo?,
contra el azul ateo de la mañana.

En cambio,
los que se hallaban en el lugar del sufrimiento
vislumbraron apenas las crines de un relámpago
lloviendo como leche sobre los jardines
y nada oyeron. Borró todo sonido
el diluvial estruendo que les cegó los tímpanos.
Los que se hallaban en el lugar del sufrimiento
y no se redimieron sepultados,
por las maderas y las piedras familiares
esos vivieron para proclamar una vez más que el hombre,
el pobre hombre sapientísimo
es,
ha sido siempre
el más refinado,
el más implacable,
el más inhumano entre los exterminadores del hombre.

***

Niño campesino
La choza enclenque y parda lo acunaba en su puerta
con el orgullo ingenuo de las ramas torcidas
que balancean al viento la flor que les nació.

Era un niño terroso que miraba al barranco,
era un niño harapiento
con los ojos inmutables del indio
y los rasgos ariscos del negro.
Uno cualquiera de los cien mil niños
que nacen en las chozas marchitas de mi tierra.

Yo me detuve ante la puerta
y el niño de la choza
arrancó su mirada impasible del barranco
para fijarla en mí.

Yo le dije:
-¿Estás solo?
Y él habló con la voz cadenciosa del indio:
-Las flores del barranco son amigas…

(Era un niño poeta,
yo lo había presentido en los ojos profundos)

-Pero, no tienes miedo?
Y él habló con la voz jactanciosa del negro:

-Yo soy el macho, sabe? mi hermanita
se jue con mama a cortá leña.

(Era un niño valiente.
Yo lo había presentido en los rasgos audaces)

Después le hablé del palpitar del río,
del verde hecho ternura en la hondonada
y del verde bravío de la montaña.
Él me dijo que amaba el silbido del viento
y el azul valeroso de los cielos desnudos
y el canto y el plumaje de los pájaros.

(Era un niño pintor,
o músico,
o poeta)

Sirvióme agua de la tinaja grande
y cuando me marchaba
me tendió la sonrisa fraterna de los negros.

Y se quedó mirando su paisaje
y aferrado a la choza
como la flor al árbol.

Yo descendí la cuesta
desbandando mi palomar de angustias
por los niños poetas,
por los niños pintores,
por los niños artistas
que nacen en las chozas de mi tierra
y se quedan mirando los barrancos
para toda la vida.

Por la obra que nunca ha de nacer
porque están en el mundo con las manos cortadas
esos niños terrosos de las chozas marchitas.

***

Hallazgo de la piedra:
la piedra es el rescate de formas y volúmenes
que fueron soterrados por el talón del viento.

Paráfrasis del lirio:
el lirio es el desquite de yerbales y frondas
que extinguieron sus verdes en el barro del lirio.

Génesis de la lluvia:
la lluvia es el repliegue de arroyos y esteros
que asaltaron el cielo por la arcada del sol.

Venero de una voz:
tu voz, joven poeta iluminado,
trazador de epiciclos, descubridor de orbes,
esa voz que te brota de la insólita entraña
en resaca de gritos de los poetas muertos.
Es la cal de los huesos de los poetas muertos,
blanca semilla que germina sobre tu corazón.

***

El aire ya no es aire, sino aliento;
el agua ya no es agua, sino espejo,
porque el agua es apenas tu reflejo
y ruta de tu voz es sólo el viento.

Ya mi verso no es verso, sino acento;
ya mi andar no es andar, sino cortejo,
porque vuelvo hacia ti cuando te dejo
y es sombra de tu luz mi pensamiento.

Ya la herida es floral deshojadura
y la muerte es fluencia de ternura
que a ti me liga con perpetuos lazos:

tornóse en rosa espléndida la herida
y ya no es muerte, sino dulce vida,
la muerte que me das entre tus brazos.

***

Cuerpo de mujer

Tántalo, en fugitiva fuente de oro

Cuerpo de la mujer, río de oro
donde, hundidos los brazos, recibimos
un relámpago azul, unos racimos
de luz rasgada en un frondor de oro.

Cuerpo de la mujer o mar de oro donde,
amando las manos, no sabemos
si los senos son olas, si son remos
los brazos, si son alas solas de oro…

Cuerpo de la mujer, fuente de llanto
donde, después de tanta luz, de tanto
tacto sutil, de Tántalo es la pena.

Suena la soledad de Dios. Sentimos
la soledad de dos. Y una cadena
que no suena, ancla en Dios almas y limos.

***

Poema de tu voz

Tu voz puebla de lirios
los barrancos soleados donde silban mis versos de combate.
Tu voz siembra de estrellas y de azul
el cielo pequeñito de mi alma.
Tu voz cae en mi sangre
como una piedra blanca en un lago tranquilo.
En mi pecho amanecen pájaros y campanas
cuando muere el silencio para nacer tu voz.

Amo tu voz cuando cantas
y hay un temblor de nidos y de bosques en tu garganta blanca.
Amo tu voz cuando cantas
y te estremece el ritmo de las fuentes que bajan de la montaña.
Amo tu voz cuando cantas
y sacude tu voz la ternura fecunda
de las brisas que transportan el polen en las tardes de primavera.
Amo tu voz cuando estás en silencio
porque el silencio es un sutil presagio de tu voz.

Y amo tu voz con un amor intenso como la muerte
cuando ella se deshoja en palabras confusas,
en palabras mojadas de tu aroma y tu sangre,
en menudas palabras que en la sombra me buscan
como niños perdidos,
en palabras quemantes como llamas azules,
en el tibio murmullo que no llega a palabra.
Amo tu voz intensamente en el corazón de la medianoche.
Cuando tu voz se abrasa en la selva incendiada de nuestro amor.

***

Siembra

Cuando de mí no quede sino un árbol,
cuando mis huesos se hayan esparcido
bajo la tierra madre;
cuando de ti no quede sino una rosa blanca
que se nutrió de aquello que tú fuiste
y haya zarpado ya con mil brisas distintas
el aliento del beso que hoy bebemos;
cuando ya nuestros nombres
sean sonidos sin eco
dormidos en la sombra de un olvido insondable;
tú seguirás viviendo en la belleza de la rosa,
como yo en el follaje del árbol
y nuestro amor en el murmullo de la risa.
¡Escúchame!
Yo aspiro a que vivamos
en las vibrantes voces de la mañana.
Yo quiero perdurar junto contigo
en la savia profunda de la humanidad:
en la risa del niño,
en la paz de los hombres,
en el amor sin lágrimas.
Por eso,
como habremos de darnos a la rosa y al árbol,
a la tierra y al viento,
te pido que nos demos al futuro del mundo…

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