literatura venezolana

de hoy y de siempre

Poemas de Víctor Racamonde

La primavera

I

¿Volverás, Primavera?… Soy la rama
que despobló la fiebre del estío;
es la amiga doliente que te llama:
¡reverdecer ansío!
El pájaro y el viento
no dejan, al pasar, más que congojas;
el canto es un lamento.
Tristes mis tardes son, y a sus inciertas
luces parecen al rodar mis hojas
alas caídas, mariposas muertas.

Fácil columpio fui… Cuando decía
mi último adiós a los nocturnos velos
mi vaivén — cuán melódico! — fingía
el expresivo adiós de los pañuelos
que desde el barco el marinero envía.

Flotante guirnalda
en sus grutas de vívida esmeralda,
a la luz de los globos de colores
que el claro amanecer cuelga en los prados
esponjaban sus cálices mis flores
y pulsaban artistas inspirados,
su dulce bandolín mis trovadores.

Mírame ya sin hojas… y oh!, tormento!
cuando el sol desde arriba me saluda
yo no puedo explicarte lo que siento:
¡Oh, Primavera hermosa… estoy desnuda!
Mis tocas amarillas
también cayeron; y abanico roto,
aire no esparzo ya sino que azoto
el éter con la red de mis varillas.

Ven, y reviste con las verdes galas
mis fibras secas, miembros ateridos;
embriágame en los vahos que tu exhalas:
quiero otra vez mirar sobre los nidos
los picos rojos y el dosel de alas.

¿Escuchas de un laúd la única cuerda?
No es el viento… soy yo, la débil rama.
¡Mi nota es un suspiro!… ¡Te recuerda!
¡Es una ardiente súplica!… ¡Te llama!

II

De las altas montañas
rodó mi linfa pura y transparente;
rimé cosas extrañas;
corrí por entre juncos y espadañas
sobre arenas de oro…
Soy la fuente.

Yo sentí lo que siente la doncella
en su primera edad: goces tranquilos
puse en mi seno azul más de una estrella,
y al bajar a besarme los pistilos
cogí la flor y me adorné con ella.

De las plácidas noches en la calma
viéndola triste y sola, dije una
cuita de amor para la estéril palma;
mientras vagó en mis ondas, como el alma
sin mancha de las vírgenes, la luna.

Mi remanso dormido
tras un recodo, al pie de la barranca,
se despertó rizándose al sonido
del remo del garzón, góndola blanca.

Hube aromas y plumas,
perlas y claridades… y fui bardo…
y envuelto con el manto de las brumas
arrojé, como pétalos de nardo,
junto con mis canciones mis espumas!…

Te fuiste Primavera, y hoy me arrastro,
vertiendo quejas y exhalando angustias,
agonizante sierpe de alabastro
sobre fangales y entre yerbas mustias.

Del río a los reclamos no respondo;
cual un cadáver la podrida liana
se ve flotar; y del remanso hediondo
emerge como un ¡ay! de lo más hondo,
el monótono arpegio de la rana.

Remóntate a la altura,
donde nací; desciende por la falda
y baja, Primavera, a la llanura:
con tu pincel de luminosos lampos
pinta los panoramas de verdura
en el lienzo infinito de los campos.

III

Abandona las selvas
y, alada peregrina,
se va, para volver cuando tú vuelvas
poética Estación, la golondrina.

Mírala un tiempo… De la espiga frágil…
el rubio estambre con su pico aprieta,
la corta… vuela con su carga… y ágil
hace el hogar en la profunda grieta.

Pardo es su traje, y cuando el sol se esponja,
en sensual delirio,
tiene todo el aspecto de una monja
iluminada por
la luz de un cirio.

¡Con qué gentil donaire
en torno gira del arbusto verde;
y, batiendo las alas, en el aire
como punto de ébano se pierde.

Y del etéreo tul, cuya ancha blonda
con sus tintas alegra,
surge veloz cual una guija negra
lanzada desde el seno de la honda…

El día, igual que un horno, reverbera,
y sobre el nido echada
bebe efluvios de suave adormidera…
¡La acróbata enlutada
viaja por el país de la Quimera!…

Hoy, ya se va; y alada peregrina,
abandona las selvas…
se fue, para volver cuando tú vuelvas,
poética Estación, la golondrina.

IV

¡Retorna, acude!… Yo también te aguardo
oh, ausente Primavera;
las flores son mis vírgenes… y el bardo
quiere besar sus novias, y te espera!

Agrupadas en húmedos manojos
mis amantes, mis tiernas favoritas,
templaré, Primavera, mis enojos.
Campánulas ¡qué azules son tus ojos!
¡Qué frescos son tus labios! margaritas.

***

Carta lírica

Dulce gracia mía:
del lodo que mi nombre ha salpicado
está libre este amor, que es mi alegría.
Como Jesús, estoy crucificado;
y semejante al noble Galileo,
impuras hieles, trágicas espinas
y manos asesinas
en derredor de mi suplicio veo.

En medio de este cuadro, donde aspiro
auras de odio, como dos estrellas
de piedad y de amor tus ojos miro
arrasados en lágrimas; más bellas
son tus pupilas a través del manto,
a través de la gasa transparente
que surge de tu espíritu doliente
y cuelga de tus párpados el llanto.

Mas cesa ya de prodigar la fina
lluvia de perlas que en tus ojos cuaja:
el contento, ese pájaro que trina
dentro de tu corazón, cual una alhaja
adorne tu hermosura peregrina.

Que los puños que velan en la sombran
se alcen airados al oír la pura
vibración de tu acento que me nombra
para embriagarse en mieles de ternura.

Que caiga en el siniestro torbellino
de injurias y reproches que me asorda
de tu reír el timbre cristalino:
tu risa para el goce de la horda
será lo que es el agua para el vino.

Y cuando con tu risa te engalanes
y ese collar de esplendoroso broche
en torno mío sin cesar desgranes,
el rabioso ladrido de los canes
desgarrará el silencio de la noche.

Triste gacela mía:
del lodo que mi nombre ha salpicado
está libre este amor, que es mi alegría.
Como Jesús, estoy crucificado!
Mas no cual, en el dulce Nazareno
en mí rebosará piadoso olvido;
antes de ser herido yo era bueno:
hoy que cobardemente me han herido,
acecho al enfrentar… ¡Cieno por cieno!

Oye, mi bien: en medio de la nube
que condenso en mi espíritu, propicia
cual el vapor que de la tierra sube,
al rayo, emblema a veces de justicia;
en medio de este vengativo anhelo,
en medio de esta ráfaga de ira
arde mi amor, como en mitad del cielo
sobre la tempestad, germen de duelo
arde del sol la gigantesca pira.

Y este amor que es mi dicha y es mi orgullo
este inextinto amor, amor inmenso,
siempre será para tu vida arrullo,
beso en mis labios y a tus pies incienso.

***

Rayo de luna

Se filtra por los árboles
y entre los rojos picos, mudas arpas,
sorprende aromas de apagados besos.
Sube a la cima; baja las escarpas
del monte, y en el hondo laberinto,
mansión del macho de felinas zarpas
semeja un ojo inquisidor ardiente
que rastrea en lóbrego recinto
el vago indicio del placer reciente.

En la hebra más sutil de la maraña
donde, cual una rueca milagrosa,
su menuda labor teje a la araña,
enreda el oro de luz radiosa.

En el cáliz abierto, del pistilo,
en donde breve y temblorosa estrella
radia el alfójar y se ve la huella
del voraz aguijón, cuelga su hilo.

Cae en el seno del raudal sonoro
y el alma del raudal tiembla y fulgura
al recibir el ósculo de oro.
Y brillan las escamas; y en la pura
y límpida corriente el pez dormido
es un bajel de plata en miniatura
por invisible amarra detenido…

Atraviesa el cristal de mi ventana;
se adueña de mi alcoba, y dulcemente
brilla en mi cabecera casi cana;
invade las arrugas de mi frente;
me aprisiona en su red de resplandores,
y en medio de esa red finjo una araña
que teje una simbólica maraña
con el hilo de todos los colores.

***

Matinal

Huye de la noche… por las verdes lomas
la lumbre de los cielos se derrama:
es cada flor un búcaro de aromas
y una cuerda que vibra cada rama.

El horizonte púrpura destella;
naturaleza, al despertar, suspira;
arriba es un diamante cada estrella,
abajo, cada tórtola una lira.

Y de la aurora a los primeros rayos
despiértanse los gérmenes dormidos;
hay en las flores lánguidos desmayos,
y vibración de arrullos en los nidos.

Allá en lo más espeso de la fronda,
miente la luz alcázares de llamas,
y saltan en los pliegues de la onda
flecos de espuma y resplandor de escamas.

El ala vagabunda de la brisa,
recoge los alegros del sinsonte,
y como una inspirada pitonisa,
susurra cosas nuevas por el monte.

Rasga el arado la feraz llanura;
el surco abierto la simiente encierra,
y hay estremecimiento de ternura
en las hondas entrañas de la tierra.

*Foto: Geczain Tovar

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