literatura venezolana

de hoy y de siempre

Poemas de Rodolfo Moleiro

Un país

Esta cima del monte
es para reducir a planos la mañana.

Lanzaremos cuesta abajo
dos balones invencibles,
uno hacia el llano,
hacia la mar el otro.

Recorrerán siglos de distancia
dejando frondas alargadas
de polvo dorado y espuma.

En los puntos de parada
fijaremos postes de aire.

Y al nivel de esta cima,
sobre sólidas bases de nubes
levantaremos un país
con piedras y láminas de aurora
para pájaros y para nosotros

***

Pórtico

Galería del bosque
dulce a los ojos.

No se oyen las brisas,
son huellas.

Se quedan las miradas
en la luz mansa de las frutas,
todo es mirar.

Aquí está entera la sombra.
No cae de las ramas,
no sube de la tierra,
es del bosque como el silencio
o el tiempo tardo.

El mundo profundo
es entrar y entrar.

Dejemos el mundo a la puerta.

***

Occidua

No inventes. Di la tarde
y su aura de asombro.

Fija esas rachas,
saetas de lo oscuro
sobre nostalgias y rutinas.

Di ese íngrimo vuelo
contra el véspero del retorno
ímpetu enloquecido
ciega pasión del azar.

Di la sirena súbita,
enigma de tragedia o paz.

Y el desfile de rojas nubes
que sientes como pérdida.

Y la móvil visión de viaje,
entre penumbras y nieblas
del torreón agreste.

Di ese quiebro del canto,
voz de la pena innumerable.

Y el último haz de luz
caído en los abrojos
que ansías retener.

***

Era así

Vivía sus memorias,
sus visiones creaba
noche y día.

Al espiar la luz
quería rasgar la sombra

Iban sus ansias
de la nostalgia al ardimiento.

El mundo brusco y tierno
pasó por su sentir.

Al sosiego en la nada
prefirió la zozobra.

Supo el terror del tiempo
y disipó dones divinos.

Cansado de su hora,
iba a buscar sorpresas
en lo más antiguo.

Tuvo el mirar y el gesto
del inconforme sonreído.

***

Tarde

Alma, río en ocaso, encantamiento
móvil de luz en los cristales rojos.
Que me sustraes de mi noche siento,
yo que vine del mundo hasta tus ojos.

Poniente, río y alma. Sólo intento
recoger ese lampo en los abrojos
Que me recobra tu suspiro lento
de mi noche de muertes y despojos.

De júbilo, de formas codiciosas,
borra del día el pájaro y la rosa,
la tiniebla que gana los confines.

Mas tu voz de fulgores, tu presencia,
albas infunde de porfiada esencia
como de madreselvas o jazmines.

***

Llanura

Senda de arduo brillo
donde abren mis ansias.
Condúceme a mi tiempo
por ese claro abismo
de parajes extremos.
Sobre lo más agreste,
junto al árbol de humo
dame falaz albergue.
Dame lo proceloso,
lo bello tras el riesgo
y el miraje sin fondo.
En el seguir sin alto
me ofusque la luz neta
me abrace el viento largo.
Quiero la sed que crece,
el rumbo que fatiga
y en rojos del poniente
la ciénaga encendida.
Déjame en la zozobra
del insomne silencio,
del suelo que desborda.
Dame el desasosiego
de ir sobre memorias
si llego y si no llego.

***

Romance

Pasaba por el borde florecido.
La revestían luces de manzana.
Él bajaba el sendero vespertino
a rescatar luceros en el agua.
Ella era la brisa en el retoño,
la luz de amanecer en el naranjo.
Él, arpegios oía en el escombro.
Su corazón era un bosque de ocaso.
Ella incitaba pájaros del alba
y círculos de llamas en las rosas.
Él sabía que todo es escapada
en el humo, las aguas, las alondras.
Ella inclinó, rendida, la cabeza
y fue como un albor estremecido.
El se alejó con su íntima guerra.
Huellas de luna fueron su camino.

***

Nocturno

Cárcel de noche tengo,
móvil su pared alta
de tiniebla y fragancia.
Entre flores, un ciego
de sí mismo, de su piélago.

Pasan la azul mañana
la rosa conmovida,
en esa voz de agua,
en esa oscura brisa.

Hay una frase lenta
de no sé cuál morada
y sigilos de reja
y el suspiro de un alma.

Presumo por la senda
un tornasol de pluma
y un relucir de piedra
y una rojez de fruta.

Borrados y no extintos
alientan los donaires.
Se anudan en los nidos
horizontes de viajes.

¿Qué rocíos sin alba,
qué tréboles sin misa,
conciertan su vigilia
con lengua sofocada?

En la dulce tiniebla,
codicioso de brillo,
un universo espera,
un mundo detenido.

***

Dones

Que el lírico te ofrece
el milagro del bosque en una hoja,
el huerto en una flor.

Y yo, tenso en la sombra,
frente al desnudo campo,
sólo te doy en pensamiento
aquella flor ardida
que abre entre las rocas.

O el rojizo brote
tierno sobre lo áspero
que trae del olvido
el más anciano ceibo.

***

En la galería

El forastero ve en el cuadro
luces de un viejo país,
colores de un tiempo.
Mira el fondo
que guarda como un agua quieta
cielos de adiós.
Lejos percibe
no sé qué ráfagas de invierno.
Y se apegan sus ojos
a la fría silueta
de aquel árbol desnudo.

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