literatura venezolana

de hoy y de siempre

Poemas de Ricardo Ramírez Requena

Trinchera

Uno se levanta arreando sus plateas,
sus pocas victorias. Trae de la noche coletazos
de sueño, imágenes recurrentes y cansadas,
memorias de almohada y espalda tensa.
Me acerco al clarear del día, celoso de mi oscuridad.

Ahora lo sé. Los dioses golpean donde duele, dicen.
Las Furias me miraban desde lejos, jugándome
a los dados, me dijeron.

Y mientras me quebraban los dientes,
las Furias se mofaron.

La ceguera

Hay una serenidad que otorga la amargura.

Dura hasta que se cenizan las palabras y dejan
de ser aliento. Y todo queda como lo callado
del monte cuando hay peligro. Hay un canto
de cigarra y luego el cesar y el templarse
en la espera.

Todos amolan sus cuchillos: se apertrechan,
pues seremos invadidos por la turba.
Conservamos la calma.

Sabemos que el que suelte su amargura pierde.

Solo el silencio la resguarda.

La lentitud

Va lenta la semana. Nos gusta dejarnos para más
tarde, la lucidez a la mano con el pánico.

No somos la historia de nadie: un andar doliente
de promesas por los espacios del herraje, mientras
nos gritan, nos gritan y nos lamen las orejas con
susurros destrozados un disfraz de alegorías,
un refrán de majaderos.

La providencia de Dios está llena de azares
de múltiples rostros.

De murmullos de espanto en los umbrales.

Momentos de ocio, de fotografía: la mujer desnuda
en la autopista, las torres del silencio, la noche
devoradora de mañanas.

La vigilia

Uno es de los espacios impregnados por el afecto,
desde el mueble al lavamanos. Solo eso ayuda a
soportarlo. Al dolor, la inutilidad, los pocos pasos
y voz, la falta de apetito, los espasmos.

Poco enseña tanto como el viaje y la enfermedad.
Cada uno es tránsito, tiempo hecho movimiento
que se queda. Son el padecer del solo. Te mueves
y eso sigue ahí, aunque te marches a otro lado.

Es una vigilia por el oro. Andamos y andamos,
transitamos con el demonio azul adentro que nos
viaja, nos manda postales, se emborracha pensando
en nosotros. Nos padece tanto como lo padecemos.

¿Soy el demonio de quién? ¿Mi cuerpo, jaula de qué?

Somos un espejo que refleja enseñanzas.
Que muestra claves, logros, desaciertos.
Estoy volviendo a mi propia danza.

Traeré de este viaje el tedio, todo lo que de mi cuerpo
se llevaron. Comenzaré otro: las ausencias de mi
cuerpo me recorrerán, serán vigilia de mí mismo.

La misma calle que recorro cada tarde,
el mismo demonio que me embriaga.

Cuerpo de mujer (fragmentos)

1
Cuando el cuerpo habla, las palabras que lo nombren
se deben ante él: debe darnos aquello que enuncia en
sus olores, el sabor del lugar del que procede.

Cada cuerpo habla a otros como a sí mismo:
despierta rechazos y acercamientos, dudas y certezas,
epifanía y desconcierto.

Así la palabra con el cuerpo: le habla desde su doblez
y su carencia, su dulzura y sus aciertos. Cada palabra
se levanta, se lava, suda, se perfuma desde el espejo
del otro.

Lleva un ritmo dictado por el cuerpo, que se abre
sincero.

2
Me miras cuando ya no miro. Llevas tus talentos
de hembra: calculas, haces pronósticos, observas
mis hábitos, me juzgas, reconoces lo que te agrada.

Imaginas cuánto costaría hacerme a tu cuerpo.

Uno voltea y te sabe observando, con ese
calidoscopio que es tu mirada de mujer. Uno habla
y volteas tú ahora, oteando ese punto infinito que
ustedes miran cuando decantan lo que decimos,
la cara de bolsa con que uno se suelta.

Incluso observas a quien me mira, ves la expresión
de ella, ves de arriba abajo si podría ser o no tu
competencia.

Llevas una balanza en donde me pesas.

Revisas tus bolsillos, tus monedas.

Como ves, uno también se sabe presa.

4
Mejor no hacer nada. El demonio está aquí pero
duerme. Los labios no están prestos y se secan.

Mejor recojo tu humedad, acerco el fuego y respiro
sus vapores arcada tras arcada.

Mejor no hacer nada, solo eso.

Los labios se prestan solos y humedecen. El demonio
duerme siempre tibio.

Vivo animal en su reposo.

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