literatura venezolana

de hoy y de siempre

Poemas de Miguel Ramón Utrera

La sombra temeraria

Esta sombra nos sigue, de puntillas;
se oculta en todas nuestras horas claras;
y así mismo se infiltra en nuestras voces
con leves ademanes de fantasmas.

La entrevemos, siguiendo nuestros pasos,
y trepando por todas las palabras;
inasible, fugaz, sin rumbo fijo,
pero presente siempre y siempre extraña.

Guardemos ya nuestras mejores voces.
Deshilando las hebras de este sueño,
esperemos la luz de la mañana.

Cuando el día retorne con sus sones,
en el diálogo puro -lumbre y sueño-
se rasgará la sombra temeraria.

***

Tiene ese secreto el humo:
estar ausente y cercano;
dejar huellas en el aire
sin que se note su paso.

Ser imagen de la vida
Y estar de su muerte ufano;
Andar siempre fugitivo
Y a la vez encarcelado.

Tiene ese secreto el humo:
Estar presente y lejano.

***

Ronda del arroyuelo

Arroyuelo claro,
arroyuelo raudo
que, a través del norte,
huyes del verano;
tras de ti, un grito
por cerros y campos:
—No huyas tan de prisa!—
claman los rebaños.

Pasos de cristal
quiebran por el prado
huellitas de armiño
y musgos plateados.
Corre el arroyuelo
con pasos de espanto:
—No huyas tan de prisa!—
gimen los rebaños.

Las mudas espigas
se visten de llanto;
sus rizos de lumbre
ya están enlutados.
Lloran las espigas,
lloran los guijarros:
—No huyas tan de prisa!—
lloran los rebaños.

Columpios de aljófar
el sol ha estrenado;
sus garras de sed
perdiera el verano.
Corre el arroyuelo
entre los sembrados:
—Viniste tan pronto!—
cantan los rebaños.

A sendas de nácar
pasos aromados.

***

El bosque fugaz

Puede convertirse en ave
el azahar de la niebla.
En humo puede trocarse
su arquitectura viajera.

Pero en una fronda blanca,
suave, pura, blanca y fresca:
un bosque frágil que huye
del vaho gris de la tierra.

Puede convertirse en ave
el azahar de la niebla.

***

Cantiga del infante dormido

Van hilando los caminos
menudos sueños lejanos.

Por el sendero en vigilia
pasan las sombras, trotando.
Se miran sus tres andares
como tres silenciosos claros,
como tres quejas en fuga,
sin abrigo y sin descanso.
Aros de fuego marchito
les van ciñendo los pasos:
arriba, miel y espuma,
color de penas, abajo.

Por el sendero en vigilia
los tres viajeros cruzaron.
La noche aldeana —nodriza
de luceros y rebaños—
dejó sus sandalias nuevas
a la vera del establo.
Al ovillo de las horas
le salen hebras de llanto,
mientras los caminos hilan
menudos sueños lejanos.

La noche aldeana, cansada,
lavó en su tibio remanso
los filos de las estrellas,
las espinas de los cardos
y los pañales del niño
que está en las pajas llorando.
Leche de cielos maduros
los alcores derramaron.
El chiquitín de la aurora
Está en las pajas, llorando.
¿Dónde estarán sus luceros?
Sus cabras, ¿dónde quedaron?
¿Dónde escondieron las sombras
Sus vellones fatigados?
¿En qué vergel escondido
se abrió su nombre de nardo?

La noche aldeana, impaciente,
colgó su lumbre de estaño
sobre el sopor que vacila
en el humo de los ranchos.
Tres sombras, tres sombras mudas
y un camino desvelado.

Por el camino en vigilia
tres sombras van, caminando.

***

Balada del alba virgen

Mañana de sueños niños
trajeada para leyendas:
blondos zapatos de bruma
y risa de lluvia lenta.

Mañanita balbuciente
que jugabas a tristeza,
vistiendo recuerdos pobres
en tu retablo de pena,
cuántas cosas te dijeron
los ojos de la miseria!
Mientras buscabas, rendida,
más sueños para tu rueca,
añorando lobos buenos
en leves voces abuelas;
y tus pasos irisados
iban labrando tus huellas
para el sendero encantado
de una encantada conseja,
qué dolor el de los ojos
que te supieron doncella!

Hierbas de azules congojas
se asomaban a las sendas;
lejos, buscaba tu rostro
las mariposas viajeras.
Más allá de la campiña
la brisa rasgó sus sedas
y colgó regios aromas
al palacio de la niebla.
Cuánto tardaron los ojos
que te creyeron enferma!

En la corte de horas blancas
se vio la fuga discreta:
sobre lejanos armiños
adioses de primavera…
Calló sus voces la lumbre,
quedó en silencio la rueca,
las alas de la esperanza
se estrenaron en la ausencia.
¿Quién vio las perlas amargas
de tus ojos en la espera?

Después llegó aquel mensaje
del país de las estrellas:
un rico príncipe ardiente
con una ardiente promesa.
Cuando encontró los vestigios
de tus diminutas huellas
y la soledad ignota
de aquella escondida senda,
cómo lloraron de sombra
los ojos que no te vieran.

***

La casa

Sumida en el fragor de otro silencio,
que es mudo cerco de interior morada,
está la casa sola. Y es un cruento
y lánguido penar su paz callada.

Adusta soledad nimba el momento
en que la leve imagen ensoñada
rasga la transparencia de su cielo,
en mágico fulgor transfigurada.

Pálida mensajera de otros días,
¿cubrirá la nostalgia este recinto
como la sombra el alma atribulada?

El silencio es guardián de cosas idas,
desde el umbral en que lanzó el olvido
desnudo cerco de interior morada.

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