literatura venezolana

de hoy y de siempre

Poemas de Luz Machado

Advertencia de la soledad 

Niña, quédate sola. Cuida la casa y cuídate.
Toma llaves, monedas y este par de respuestas.
El tiempo llama afuera.
Tú vas creciendo íngrima en grave adolescencia.

No cierres puertas ni ventanas. Trabaja.
No vendrán aires malos si el pensamiento es claro.
Tu candor en él, íntegro, salva su hoja intacta,
como la mariposa la miel entre la rosa.

Tu labor pulirá toda la fuerza niña
mientras tu paz ingenua hace más leve el tiempo
que afuera esparce encima de las sienes ceniza
mientras se desraízan los más hondos recuerdos.

El de los 4 años, de abanico y pañuelos.
El de los 10 impúberes de marginales gracias.
El de los 15 ariscos y los 20 dispersos
los 25 tristes y los 30 rebeldes.

El umbral de los juegos, el patio de las risas,
el corredor del sueño, la tapia de la angustia
y el rápido regreso del viaje que no hicimos
y ese viaje perenne que ya nunca acabamos.

Ojalá aprendas sola, cada vez que yo salgo,
algo que te haga enteros el ánimo y la sangre.
Cuando llegues a este tiempo desde donde te hablo,
sea tu respuesta breve, cierta y distinta a ésta.

Por eso a ratos hago la que no quiero verte,
la que te deja sola, la que se va y no entiende.
Aunque mi sangre es tuya, la vena es diferente,
Niña, quédate sola, para que estés contigo.

 

Soneto frívolo

Vengo de atar la liga a mi rodilla
y el mínimo alfiler a la cintura,
y de reconocer en mi estatura
el instante del mar sobre la orilla.

Vengo de la pulsera y la sombrilla,
del encaje y su íntima escultura,
con un trébol de aroma y de aventura
bajo el tacón de cada zapatilla.

A la luz del espejo cubro formas
y a la luz de la lámpara hallo normas
para esta oscuridad de estar despierta,

viendo caer a diario la hermosura
y al pensamiento erguirse en la amargura
de resistir dudando y no estar muerta.

 

Memoria

La mujer se curva en la pena como un palpitante
alrededor de un reflejo.
Sorda como piedra bajo el viento,
débil como árbol entre el viento y viva
y hermosa en la esperanza como árbol que no oye,
la mujer quebranta con lágrimas el rocío de los tréboles,
mientras el río pasa mojando los pies negados al gran peregrinaje.

 

La casa por dentro

A la Poesía

La casa necesita mis dos manos.
Yo debo sostener su cal como mis huesos,
su sal como mis gozos,
su fábula en la noche
y el sol ardiendo en mitad de su cuerpo.
Deben dolerme las cortinas y sus gaviotas
muertas en el vuelo.
Conmoverme el jardín y su antifaz de flores dibujado,
el ladrillo inocente acusado
de no haber alcanzado los espejos,
y las puertas abiertas para las recién casadas
con su rumor de arroz creciendo bajo el velo.
Debo atender su réplica del universo,
la memoria del campo en los floreros,
la unánime vigilia de la mesa,
la almohada y su igualdad de pájaros dispersos,
la leche con el rostro del amanecer bajo la frente
con esa yerta soledad de una azucena
simplemente naciendo.
Debo quererla entera, salida de mis manos
con la gracia que vive de mi gracia muriendo.
Y no saber, no saber que hay un pueblo de trébol
con el mar a la puerta
y sin nombres
ni lámparas.

 

El poema

Olvidando la casa apareció a mi lado.
De pie, con sus zapatos rotos y suavísimos,
con el rostro caído ante la luz y el color,
mirando fijamente las imágenes desde su melancolía,
la mano en la barbilla, silencioso,
y tranquila la espalda curvada de siglos jóvenes.
Al lado apareció, de traje claro,
y cabello como el de un adolescente vagabundo.
Una mirada de honda sabiduría soltó sobre mis hombros
como si colocara un par de alas
para un sueño y un viaje, reunidos
en el desconocimiento.

 

Ruego a la poesía

Un día te dije: ya no vengas.
Entre agujas y escobas voy y vengo en la sal del día
como cáscara alzada en el oleaje.

No podía recibir tu cabeza pensativa,
tu suave cabellera constelada,
tus pasos fraternales
y tus manos, tus manos,
en las que el mundo parecía detenerse para las ofrendas.
Yo te sentí, sin embargo,
ir y venir conmigo sobre mis hombros
como un pájaro, pegada a mi espalda, inseparable
como mi propia sombra,
plegada en un rincón
mientras alzaba el alma de los floreros
con un ramo
y descubría palabras a los hijos.
En algún sitio hallaba tu sombrero de fragancia,
tus guantes para recordar los lirios
y tu nombre, para dormir con él
sobre mis sueños.

Mas, ahora estás triste. O estoy ciega.
Porque apenas te veo para esperarme
a la puerta del crepúsculo,
y el camino es tan largo
que ya no creo alcanzarte
para sentarme junto a ti y hablar contigo,
bajo la última estrella,
hablar de lo que es mío y es tuyo y nos importa
porque yo te conozco y me conoces,
oh, mi pequeña lámpara gemela, poesía,
ante quien solamente me arrodillo,
pecadora.

 

Creciente

Desde lejos, en los terrenos baldíos,
en la selva, en el llano, lamiéndole los ruedos a las montañas
con una lengua sorda y golosa y tremante.
Desde lejos, desde ahí donde la afluencia son las sienes desesperadas
que ya no pueden resistir más sueños.
Desde allí, desde lejos y desde más acá, aquí mismo
en las manos si la toco,
en los pies si la piso,
en el pecho si beso la sed,
en el vientre si añoro las espigas,
aquí, allá, siempre, irremediablemente,
con minerales, con resinas, con la vida y la muerte,
devota, infatigable, armónica,
asida al claro signo de las lluvias,
repitiendo el lenguaje de las raíces más profundas,
emerge, crece, anda,
crece, arrastra, devora,
crece, ahoga, apareja,
crece, abierta, extendida,
adelantado y hacia adentro y hacia arriba crece,
crece, crece, avanza y es furia y agonía
y es inmensa y se escapa de la mano del hombre.
Y con su voz de selva que no la escucha el agua,
con voz roja del hierro que no la escucha el agua,
con voz verde del viento que no la escucha el agua,
viene la voz del agua diciendo la belleza
y toda bajo ella poseído se borra
como un dibujo antiguo que devorara el tiempo.

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