literatura venezolana

de hoy y de siempre

Poemas de Luis Beltrán Guerrero

ELEGÍA A UN FÓSFORO

El mundo pesa una pluma
Una gota de lluvia, un átomo, un azul
Ricardo Paseyro

Ahí reposan
De un fósforo quemado los despojos
En la fosa común de un cenicero

Pilar de catedral sin fecha
Sempiterno el estilo,
Ojivas de las ramas enlazadas,
Vitrales de nieblas y crepúsculos,
Sacerdotes de los pájaros,
Hostias los soles y lunas,
Alzadas desde el cáliz de tu copa
Por los dedos del trueno y el relámpago.

Espina de la nube,
Caracol de la brisa, arpa del viento,
Sombra azul de escala y sueño
En derredor mirando el horizonte,
Todo lo fuiste, todo:
La dádiva y el júbilo,
La sonrisa y el músculo.

Ahora yaces,
Astilla inerte,
Al arbitrio de un soplo de mi boca.

Todo lo fuiste, todo,
Aún siendo
Brizna de palo,
Dos y medio centímetros de altura,
A convivir forzado
En alcoba promiscua y semoviente.
Retenías el fuego en tu cabeza:
La destrucción, el miedo,
Y la rosa que el pámpano renueva.
Porvenir de la luz en los manteles,
Brasa de solaza
Arquitecturas de humo dibujando,
Todo lo fuiste, todo,
Aún siendo
Brizna de palo.

Aquí estás
Negro cadáver negro,
Sin palidez, sin peso,
Sin formol y sin llanto.
Fruncido todavía,
Porque humildemente quieres
Ocupar menos espacio entre la tumba.

Testigo soy de tus palabras últimas.
Estudiadas no fueron como aquellas
De los muertos famosos
Para lucir en las antologías.
Con sílabas llameantes
El estrépito de columna caída.
Luego,
Bogar sobre los ríos,
Dormir sobre los lagos
Espejos sin azogue, lunas.
Los soles devorando.

¡Oh visión de banderas y jazmines!
¡Oh ropas carmesíes y amarillas,
Olores de la espuma y la canela
En frescas cabelleras!
Pronto, la música
De máquinas, correas, escopios y cinceles;
Sentir una
Humanidad que ulula,
Sufre, suda, sueña.

Sin aflicción ni queja
Diste a la vida alegre despedida,
Tu vida
De ciudadano minúsculo y honrado.
No era vivir aquello
Fijo, innoble,
Envidiando al zorzal,
Al arroyo y la sierpe.
Arena vegetal del templo esclava.

Moriste como bueno.
El humor no olvidando
En las postreras voluntades.
Dejaste de legado una metáfora
A la novia presunta que no gasta
Su núbil gracia en fósforo quemado.

Diminuto difunto,
De propia luz ilustre, sin prestadas
Gloriolas de diplomas y medallas
Ni lápidas te cubran ni epitafios.

Vuela, vuela,
En errátil ceniza convertido,
Al aire el polvo secular, mortaja
De ciudades en ruinas
O alimento de espigas y amapolas,
Cumpliéndose tu anhelo y tu destino.

Perdona solamente mi elegía.

LA GRACIA DEL VERBO

Sordo el oído y ciega la pupila,
Tacto inseguro y estragado olfato,
Sediento y torpe labio del milagro,
Falso sensorio.
Vestido así con el humano harapo,
Al légamo y ludibrio destinado,
Sentí la angustia de saberme oruga,
Viendo la cumbre.
Por zarza ardiente y breña tenebrosa
La planta encaminé del peregrino,
Fue el licor de mis venas viva savia,
Cieno el abono
Para la rosa que corté en la cima,
Para la estrella que arranqué del cielo:
Luz y fragancia en el sufrido pecho,
Gloria del canto.
Gloria del Verbo, padre de los mundos,
Padre de Dios también porque le nombra
Padre de la paloma sempiterna,
Vuelo del alma.
Vuelo del eco por alcor y llano,
Narciso de su misma resonancia
Que en cada pedernal se multiplica,
Signo en el aire.
Lengua de llama: muerte, odio, guerra,
Pasión que en uno funde dos latidos,
Mármol y lienzo y lira amor consagra,
Leño en el fuego.
Raíz hendida hasta la entraña madre,
Fácil arcilla endeble despreciada,
Metal y jugo en el oscuro seno,
Cofia en la tierra.
Por la infinita senda de los mares,
Sonrisas de las olas prodigando,
Estelas fugitivas repitiendo,
Huella en el agua.
Que así por agua, tierra, aire y fuego,
Cuaterna vía, concepción del orbe,
Numen de perfección sobre las cosas,
Tal la palabra.
Demonio de la carne transitoria
Cuando cortado umbilical ligamen
Verbo es el grito del dolor primero,
Gracia del llanto.
Sangre es el vino en el divino cáliz,
Hostia es el trigo de verdad y vida
Y luz de redentoras claridades,
Gracia del gozo.
Mosaica vara en la impasible roca,
Vital llamado al bíblico difunto,
Todo nace y revive ante su aliento,
Magia del verbo.
Forjé mi copa del cristal perenne,
Urna fiel de color y de sonido,
Vaciando en ella con unción devota
Suspiro y mente.
Idea y corazón, connubio arcano,
¡Violento Saulo y Pedro endurecido!
Romántico sentir, clásico juicio,
Tú, mi palabra

MÚSICA

¿Dónde me llevas, di?

Que estoy sin mí

Bogando, vagando,

Dentro y fuera de mí.

Sufriendo, gozando,

Foetes, martillos,

Tambores, berbiquís.

Caricias airadas,

Golpazos, golpecillos,

Hilillos que horadan

De la sien al tobillo.

¿Qué haces tú de mí?

Extendido en lámina

Horizontal, errante;

Adelgazado en línea

Vertical, ascendente,

Recobro la figura

Sin sentirme yo mismo;

Traspiés en el espacio

Perdido todo tiempo,

Delicia del no ser,

Embriaguez del sentido.

¿Dónde me llevas, di?

¿A la muerte, al olvido?

¿Tocan fúnebres arpas

Sobre mi propia fosa?

¿Angélicas trompetas

Al cielo me conducen?

¿Qué haces tú de mí?

¿Libélula flámula,

Grímpola volátil,

Caléndula párvula?

¿Dónde me llevas, di?

Envuélveme en el vértigo

De tus ondas oscuras,

Hacia el limbo radiante

Donde es luz la tiniebla

Y silencio el sonido.

No digas, deidad leve,

Ni lugar ni destino.

Yo seré soplo, cierzo,

Sombra, fantasma, piedra.

Abrázame en tu seno,

Confúndeme en tu sino.

NOCTURNO DEL MAR

I

Desperezado en la tierra tibia todavía,

Bajo el cielo de fiesta y frente al mar incansable,

No me quedan esta noche esperanzas ni nostalgias.

Ni siquiera pienso.

Sin dolor y sin júbilo:

Piedra dormida o corriente presurosa

En una misma dicha confundidas.

Tal juega la arena entre mis manos,

Tal juega el agua con la arena,

Contentas de ser solamente arena y agua

Libres de clepsidras y argamasas.

Floto en ondas soñolientas, vagabundas,

Por entre altibajos de vagas mareas,

Ignorando puertos, escollos, borrascas, torbellinos,

Espectador de mi muerte sin agonías, lágrimas ni rezos.

Ni me siento que soy ni me siento que he sido:

Apenas estoy en el mundo,

Apenas reposo.

Ni me seduce la geometría de las constelaciones

Ni la veste rútila en añil, nácar, ceniza, plata,

Que roza con su ruedo volante mis plantas desnudas,

Nada me dicen luna, estrellas, aguas, brisas,

Ni nada digo a ellas.

¡Ah toldo de pestañas que se juntan!

Ciego al holocausto de la gota iluminada,

Sordo a la confidencia de garúas y polvos vagabundos.

Abandonado al rumor de las olas y los vientos,

El rumor acrecienta mi silencio.

Ni recuerdo, ni proyecto,

Ni siento ni pienso.

Trasunto del ayer y del mañana sin puente momentáneo:

Nadie me quitará la dicha de creer que no existo.

II

Del limbo recobrado,

Unico y solo en el visible espacio.

Norte, mar.

Montaña, sur.

Playas al este y al oeste

Definen el contorno geográfico.

Más yo que en compañía,

Levántome sobre engreídos escabeles;

Más alto que la alta palma,

Más fuerte que la roca,

Más fiero que pulpos y tiburones,

Más soberbio que el tempestuoso piélago.

¡Inútiles fijaciones cardinales

Si centro soy del universo!

Multiplicado el eco de mi orgullo

Su labio de cristal el pozo mueve:

-Brújula alguna marcará el oriente

Hacia el arribo inexorable;

Forma y limita cada horizonte un mundo;

Paraíso, infierno, purgatorio,

Por arcano pulso edificados,

Y como la circunferencia dibujada

A su propio centro lo encarcela.

-¡Capricho de vértice es el arco

Sin ser muros del alma carne y huesos!

III

Miro a mi redor:

Ciñen nublos confines

El vano de relente leve.

Mal azogada ensenada

Evita obvios retratos

De ceños, greñas y canas.

¿A qué mirar ni mirarse

Si paisajes ni espejos

Eligen a quien los mira?

Miróme a mí mismo:

Fuera y adentro la pupila esclava.

También el mar consigo:

Senda sin dimensiones

A todos los rumbos convidada;

Claras, oscuras perspectivas;

Benignas, airadas marejadas;

Algas de sueño, moluscos de deseo;

Y cuánta perla escondida en el abismo.

Nunca marchitará sus pétalos

La expiatoria flor;

Ni agotará su aroma sobre la fosa sin cruz

Siempre recién cubierta

De Narciso en sus propias ondas ahogado.

IV

Agua y cielo,

Término y comienzo.

Esta agua anciana y este cielo viejo

Tienen de cristal el pecho.

Sin embargo

¿Cuántos secretos guardan?

¿Cuánta no contestada interrogante?

Undívaga sonrisa o guiño luminoso

Disipan, discreta o burlona, la respuesta.

Este cielo viejo y esta agua anciana

Siempre en juguetón o hacendoso movimiento,

Parecen siempre jóvenes, parecen siempre niños,

A cada instante la ola se renueva

Y cada nube crea otro firmamento.

Esta agua anciana y este cielo viejo,

En permanente connubio deleitándose,

Son los mismos y cambian,

Tan viejos y tan niños,

Tan sabios y tan cándidos,

Tan amorosos siempre.

V

Por submarinas fuerzas impelido

Al delirio del nombre y la figura:

Plantada la presencia en el recuerdo.

¿Me miras, hablas, andas o reposas?

Dilátase el hechizo de tu gracia

En la vaga memoria de tu cuerpo.

Esfumados los ángulos y aristas

Y libre ya de límites exactos

El vuelo misterioso de la sombra.

La roca es el recuerdo de la roca,

Áspero filo y grietas extinguidos

A la suave caricia de la bruma.

¿Soy también un recuerdo? Sí. La noche

Todo lo ha trasformado en un recuerdo.

Mi recuerdo y el tuyo van volando.

¡Qué me importa la huida de la noche!

Rediviva en recuerdo tu hermosura

Seguirás siendo mía, siempre mía.

VI

Cielo me dijo en secreto

Este íntimo recuerdo

Enredado entre su vida:

“Yo era blanco, blanco, blanco.

Mi siempre novia, la Mar,

En la más pálida tarde

Se empinó para besarme.

Sus rizos cubrí de flores,

Tornadas luego en espumas.

Quedé manchado de azul,

Castigo y gracia de Dios”

Ahora, amiga, responde.

Deja de tanto bordar

Que el faralá de las playas

Encajes luce demás.

¿Ciertos serán los decires?

¡Ah, Mar, y sus picardías!

Ni lo afirma ni lo niega.

¡Sigue brindando sonrisas

Mecida al compás voluble

Del galán pérfido Viento!

VII

Cementerio en la tierra y en las aguas:

Una nube más negra que sus nubes,

Un trueno más violento que sus truenos,

Asordan, manchan.

Ni del cíclope el ojo peregrino

Mira encantado la zafírea veste;

Vidrio y metal de ojos asesinos

Sobre sus ondas.

¡Oh impasible deidad de las tinieblas!

¿Por qué raudas comentes, claros aires,

Siendo más fuertes los cirros y los hielos

Que los peces y pájaros de hierro?

¿Por qué raudas corrientes, claros aires?

Tú, Eupalinos, lo sabes:

¡Oh cómplice deidad de las tinieblas!

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