literatura venezolana

de hoy y de siempre

Poemas de Jairo Rojas

Desconozco quién colocó el mar

en mi mano

desde el primer día del mundo

música

removiendo las sombras de mi pulso

música música

voy en savasana camino

voy callado detrás de la tortuga

que atravesó el cielo

«muchacho: escucha

tu cuerpo constelado», dijeron

«hijo: arrímate al camino

que está bajo el agua», escuché

vuelvo a caminar encima de mi cuerpo

quieto

el mandato, sabes, está en las tripas

vaciado de información voy o vengo,

no sé

lento de otro mundo la misma sed

vuelvo al ritmo como tú

como animal apedreado por inútil, dicen

te escribo para ir ahí hoy

para que se cumpla como siempre

el gruñido del NO ante ondas malditas

he anotado todo lo que vi

detrás de mi nombre

voy tras mi cuerpo, alguien me nombró

creo

sin patria ya cubierto de vocales

que se me caen del cuerpo

camino

voy muerto dos veces naciendo siempre

viajo para visitarme

llevo paledonea, guarapo, quinchoncho,

mazamorra, cachapa, melcocha,

golfeado, tequeño, carabina,

majarete,

guapito, pisca, sancocho,

guasacaca, cambures, chirimoya,

chayota,

miche, calentao, chicha, cocuy,

pocicles,

llevo los recuerdos de un enfermo

que vi una vez

despidiéndose del sol

y la semilla de la aurora boreal del vainero

costumbres del paleolítico

en la cabeza de radio

sonando sonando

de niño solía caminar en la montaña

sin destino alguno

perdido / de niño / otra vez /

recolectaba rocas que me llamaban

para hacerlas hablar y aprender

tenían un alfabeto que se movía

como el agua / ¿un destino?

había niños corriendo adentro

(de la roca)

quería escuchar lo que hablaban

estaba dispuesto a escuchar

estaba dispuesto a curtirme de esa lengua

parecida a las entrañas del animal,

de la hoja o de la nube

 

(Fragmento de Parte del relámpago, 2021)

 

5:00 a.m.

De

bo

gri-tar

como tú:

la palabra golpeada vaciada llena de sombras para el que mira tres lunas coronando peregrinas montañas. Gritar como un coñazo en la puerta del mar; por joder, pajudo, al que sereno escucha la palabra vibrátil que deja callada la muerte y las preguntas que un niño hizo con la lengua de las piedras ancestrales. Rasgar el silencio en su justa mitad para que me vean como tú: “superior”, de cruzados brazos ante la fila de animales degollados, pidiendo a los santos malandros la extensión de la muerte, su reino escandaloso cansón, amar la ausencia y su sombra temblorosa, el centro del poder donde se enarbola la bandera del disimulo. Debo adorar el lugar con más bulla cultivado pernoctado en el alma, el rumor de la inexistencia de los niños enlutados que lloran a orilla del lago santo. Debo imitarte en tu aburrida rima, responder falsamente a tus mentiras y reír reír reír, ser bello y perfecto, pero jamás como aquel que canta frente a su tumba, alegar con la queja que siempre responde a las preguntas que hicieron los niños que se murieron de hambre, ese monstruo de siete cabezas que sin parar de hablar apuñala la luna en el arroyo. Debo hablar mal de la melancolía de aquel niño solitario que va arrastrando en la montaña el cosmos con su monólogo y enfrentar al gran anónimo que camina serenamente como la neblina en los largos tiempos de sequía de la tierra partida. Obligadamente ser el desespero de mostrar el oro que no es la luz del sol porque Debo ser como tú, me dices, me dices, me dices cada vez que despierto: suplicar a las ánimas criminales la muerte de todos los soles en los altares, los arroyos en los cuerpos despiertos, los magos llenos de fábulas de nuestras familias para ser Rey Víctima.  Debo cambiar lo que soy porque no quieren que sigan escribiendo en el agua y menos aún para que todos escuchen el galope de los caballos pasando de nube en nube. Nada de pensar como el sol. Debo pertenecer al país más feliz que sonríe encima de manchas de sangre que van cubriendo vastos paraísos, la misma sangre que va salpicando las letras de los poemas más hermosos, ahora sí ilegibles. Sonreír y olvidar mis ancestros que sostuvieron el mar en sus manos y el universo en una hoja traída por el viento, el mismo cosmos que llevo adentro adentro, muy adentro porque debo ser el siervo del miedo que no puede perturbar el día raudo escondiendo los libros de la despabilada muerte que siempre ríe ante el toche jetón. Debo abrir mis venas llenas de los primeros manantiales andinos para adaptarme a tus exigencias y decir, alzando el rostro al cenit, con firmeza:

No hay cielo lleno de ríos

no hay estrellas que hablan de mi madre

no hay enigma en el primer rayo de luz

no hay casa para la nostalgia

no hay signos en la rotura de la penumbra y en el agua sobre la piedra

no hay sueños donde hablo con los muertos

no hay ángeles suspirando por lágrima humana

no hay Amor que cuestione el lenguaje

no no no

para coronarme como el aburrido rey que provoca la extinción de animales fabuloso, la majestad que desconoce cómo se amontonan las nubes en un pecho cálido, el pobre hombre que no entiende a la madre del mártir, el esqueleto muerto ante la gente que danza frente a las ruinas heredadas para quitarse la ceniza de su cuerpo, el ciego de ojos desganados ante el viejo moribundo que arroja flores al cielo en la tierra bendecida con lluvia. Debo ser violento para que me veneren, pero no con los miedosos asesinos que se esconden en la sombra de mi pulso, ser pobre durante toda la hora de la vida por alargar el pasear lunático y anhelar una casa adentro del agua, odiar mi herencia iniciada con la sangre de una flor arrancada de las costillas de un ángel. Debo ser alguien en la vida me dicen cada vez que escribo mi nombre en el cielo no ser un desempleado más que el político raja y vuelve pedazos por miedo, debo chupar al verdugo que esconde mi alimento, dar lástima al pobre diablo por estar tirado en medio de un poema hablando de la infancia como quien habla del nacimiento de una constelación debo debo debo  debo callar ante la masacre de todas mis madres y hermanas lunáticas, ser finado sin un alma que canta los nuevos ruidos y, sobre todo, no ser A-nor-mal. Mi deber, dicen, es hacer lo que todo difunto mal hace pero

No

qui-

e-

ro

(De Geometría de la grieta, 2020)

 

2:00 p.m.

Esta va por ti, Negro

la canción cabilla en la ruta del rebaño

que no los dejará dormir,

 

(—ahora escuchen—)

 

heme aquí con esta horda de mutantes

de chabacanos gustos con sus libros

dejados a orilla del sueño,

son los monstruos telúricos e iniciadores

que se van

sentados en las nubes que van y vienen,

de tanto gritar roncos

vivos

jajaja

 

esta va por ti, Negro,

heme acá con el capitán de la corona marginal

hecha por ángeles y santos curtidos de cenizas

& la música turbia, del hueco,

alzada, del Gran Monstruo

que disloca el horror de la misma calle todas las mañanas

yo estoy con usted

sin medicinas, con las ramas que crecen adentro del cuerpo,

hecho un lagrimón

yo no he olvidado      la rezadora

la pena

el niño ungido por el chamán

que sólo ve ángeles

bailando en el ocaso,

esta va por los que tienen sus raíces

en las tinieblas del cielo

reventados y fúricos

la gran rueda cargando, de toda su gente,

untando su arepa con las lágrimas del primer

hijo del sol

en la vida del puro encierro / con música /

por— ti— va— esta— bandido, anárquico, raro,

inundados de carroña,

clausurados por vibrar como el mar,

vetados por cantos incomprensibles, malparidos para la muerte,

rechazados por tener un cuerpo constelado

la música infame / ésta

la pantanosa música del dios vivo

la música del finado pobre diablo

Sí        por ti tierrudo

(que ves un círculo en el cielo

lleno de flores),

azotado por la herrumbre de tu agua

desaparecido por solo escuchar la savia del Aragüaney

hombre-roncha,

sofocado de carencia

este tema

impuro al bello lenguaje

para la injuria de los jefes

aturdidos

por el enojo

de todos estos

niños humillados

(De Geometría de la grieta, 2020)

 

 

Letanía Namasté

(…)

gracias por recoger mi nombre y guardarlo en tu aliento

usted sabe:

ya habíamos muerto

ya éramos milenarios

usted sabe:

el alma que se hizo candela en la línea del horizonte

encantando el agua, el vino, las sílabas

con suficiente piel para bendecir

con lluvia /

 

recuerdo que tenía corazón

para la plegaria frente a la ola brava, en los caminos a la cima,

para la laguna primera, la magia, un corazón nomás

para toda la gente de mi pecho y no concluía la sed,

quiero agradecer que me dieras de beber

la sangre del padre y la madre

para ablandar mi lenguaje /

 

nosotros: religados

hibernando, demorados siempre así,

 

recuerdo dormir junto a la dama que regresa a mirar la misma ruina

a un paso del cielo partido

ciudad andina justo donde bendice el sol, con nardo palo santo

de la tarde

lloviendo sobre los ojos dolidos ante tanta luz

sin ánimo

desde ahí empecé a hablar con Marosa

la Sabina y Raimundo Rojas

buscando lo que sé

a reconciliarme con el agua que no se jacta

de tener todas las estrellas con sangre en sus venas

sedientas de baile;

 

yo sabía que no era un sueño hoy

 

porque es la historia que cargo cada vez que abro la mano

buscando compañía

 

poco a poco empiezo a sentir mi cuerpo:

las manos titilan luz, el pecho que fustiga

la penumbra con sus mares, el iris del tercer ojo

enganchado al origen

de este cuerpo que flota   cuerpo para hundirse

lleno de letras los huesos poderosos, la lengua amanecida

por venganza,

la oreja llena de olas desmedidas, la entrepierna enjoyada

con luces salvajes,

 

y un puñado de tierra en el ombligo,

 

este cuerpo de niño que crece pasando planetas,

cuerpo de bestia pues

que se asoma para no pensarlo demasiado

 

qué poca atención al cuerpo masticado

y su relación con la luz,

 

porque me cuesta ver lo obvio

 

ahora encantado estoy

con el milagro y el misterio

(De pasear lunático, 2019)

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