literatura venezolana

de hoy y de siempre

Poemas de Ida Gramcko

Paisaje al fondo de un espejo

Estaba exhausta del paisaje eterno:
el mar, una cigarra, una columna,
yo, asomada a las aguas del espejo.
(La cornucopia era una crencha rubia).
Mirándome la frente y el pañuelo
en ascensión a las pupilas húmedas
por la trémula escala de los dedos;
mirándome en la luna,
en el claro de luna del espejo.
A su charco avancé, clara y desnuda.
Alrededor hallé el paisaje eterno:
el mar, una cigarra, una columna…
Oí la voz del mar en el silencio;
la voz de la cigarra en la penumbra;
enlacé la columna con mi cuerpo
y al fondo del espejo vi una ruta,
los árboles y el cielo.
Era un jardín no visitado nunca.
Vi estatuas maceradas cuyos senos
caían a la yerba como frutas,
vi fugaces destellos
de fuentes moribundas,
y una flor columpiada por el viento
volaba en el cristal ajada y mustia.
Oí la voz del mar en el silencio:
El jardín se derrumba…
Se amarán las estatuas, los espectros
de mármol que se ocultan
a la sombra de un pino o en el denso
caracol de una gruta,
Se amarán las estatuas y sus besos
serán huecos sonidos en la tumba
de sus cuerpos sin vida, de los miembros
que en la lápida marmórea los sepultan.
Caerá el amor sobre la piedra, muerto.—
Y me habló la cigarra en la penumbra:
—La salvación es el viviente gesto
que se alza de tu ser como una lluvia.
¡Riegue tu surtidor el campo yermo!
El jardín se derrumba…
Te preparan las hojas blando lecho.
¡Abandona la rígida columna!
Cruza el radiante y virginal sendero,
toca la misteriosa cerradura.—
Me encaminé al espejo,
llamé a las puertas de cristal; rotunda
pronuncié mi palabra de consuelo.
El mar sonó a lo lejos… mas ninguna
voz respondió a mi acento.
Volví a tocar… llamé al amor de nuevo;
pero las puertas continuaron mudas.
Ni resonancia ni eco
callaron mi pregunta.
y llamé largo tiempo…
y me enlacé al espejo con angustia.
Hubo tormento
y lucha
hasta que un brusco y singular estruendo
llenó la mansa alcoba de iracundia.
Vi descender, agónico, el espejo
y le tendí mis dedos como brújula.
Pero el naufragio se cumplió. Fragmentos
de paisaje clavados en mis uñas
miré y aún miro en el temblor sangriento
de mis manos convulsas:
un hilo de agua, un pedestal desierto
en que una estatua levantó su espuma,
y una flor azotada por el viento
que en una arista de cristal se mustia.
Mientras el mar suspira en el silencio
y llora la cigarra en la penumbra.

 

Voz

Hay alguien que llama desde remotas cimas,
hay una voz profunda que me pide estar cerca.
Los aires se arremansan en corrientes continuas
hasta fundir los ecos en la dormida piedra.
El camino es un paso que dio el gigante mundo
con sus botas de angustia, pensativas y negras;
era un viajero entonces, desamparado y rudo,
y con su andar de nave fue duplicando huellas.
A veces tengo alas. Los cabellos furtivos
se fugan entre ratos de las furias del viento,
las manos, como arañas, van tejiendo en sus giros
una red infinita de locura y de ensueño.
¡Llegaré hasta la cumbre! Tendré todas las flores
azules y mojadas que habitan en las cuevas,
y habrá un concierto claro de pájaros y voces
en la garganta virgen de la desnuda tierra.
Hay alguien que me llama desde remotas cimas
y voy tras su llamado como la humilde sierva:
manos y pies descalzos…entre luces y vidas,
hasta la voz profunda que me pide estar cerca.

El espantapájaros

Nunca amaste los pájaros. Es cierto.
Ni los niños que huyeron de tu sombra
¡crucifijo del hombre contra el cielo!
Se deshizo la ronda
en el jardín; volaron los insectos;
después, las mariposas…
Sólo quedó, en la soledad, tu espectro,
y un niño sólo en la pradera sola,
inválido y sediento.
Lejos de ti, volaron las palomas,
y la ronda infantil en otro huerto
levantó sus columpios, sus coronas…
Sólo permanecieron los almendros
abrieron sus corolas
glaciales como témpanos.
¡No podían volar! Y las bellotas,
los manzanos en flor y el limonero.
Pasaban, fugitivas, las alondras.
¡Pudiste detenerlas en su vuelo!
Pasaron golondrinas y gaviotas,
y mirlos y jilgueros,
y enamoradas tórtolas…
Y maduró tu fruto en el silencio;
en el silencio, sonrosadas pomas,
labios mudos, se abrieron.
Pero hoy el viento sacudió las hojas,
dispersó las semillas y los pétalos
y el pezón de los árboles se agota
en exhausto racimo amarillento.
¡No veles ya! Se marchitó la fronda.
¡Despídete del cerco!
En una alegre emanación sonora,
la infancia, en ronda florecida, ha vuelto.
Los pájaros celebran su victoria
picoteando tus restos:
tu pecho de aserrín, tu sien de estopa,
la hilacha sin color de tus cabellos.
Te sostiene una estaca melancólica
como al retrato de un payaso muerto.
¡Oh trágica derrota;
oh racimo de harapos verdinegros;
oh maniquí del campo que sollozas
mirando el alto nido y el alero,
hermano del fantasma, de la escoba,
del ciprés y del cuervo!
Hermano mío… ¡llora!
Llora conmigo sobre el campo yermo.
y aprende a amar los pájaros… ¡Que te oigan
cantar los niños y te escuche el viento!
Como un ángel caído al que perdona
la mano celestial, sube hasta el cielo.
¡Que se levante un ala milagrosa
en cada uno de tus hombros, quiero!
¡Que emprendas en tu muerte, que es tu aurora,
el viaje azul al paraíso eterno
en donde un niño solitario toma
gajos de luz que no consume el tiempo
a un árbol sin otoño y sin carcoma!
El niño aquél, inválido y sediento.

 

Tela de araña

¡Oh, bailarina del desván, comienza!
La música del viento toca el arpa
carcomida y sin cuerdas.
Descorre el polvo su cortina opaca;
se encienden las luciérnagas.
¡Oh bailarina del desván! Ya danzas…
Desde el palco de un cofre te contemplan
atónitas pupilas de esmeralda.
En el caos, la herrumbre y la tiniebla
subes, ¡oh danzarina!, con la ráfaga
del aire de la noche; eres la estrella
de graneros y criptas subterráneas.
Ahora te miro, lúcida y ligera,
frente a mi corazón, como una lámpara.
Saltas, danzando, con tu malla negra
sembrando con tu paso una luz blanca
que permanece inmóvil, una estela
húmeda y vertical como una lágrima;
y en el raro columpio de tus hebras
¡mínima equilibrista en red de plata!
con tu sombrilla: mosca, pirueteas.
Cruzas, en espiral, paredes rancias
iluminando pátinas añejas.
Pero has perdido un escalón, resbalas…
Mi mano se levanta, ávida, abierta.
Danzas en ella el aire de una flauta
que un grillo toca entre las hojas secas.

 

Hoja seca

Tu mínima mortaja puede cubrir mi rostro cuando muera;
tu mínima mortaja movida por el soplo
de la brisa, hoja seca.
Toda la sangre humana, todo el amor y el odio
caben en la columna vertebral que atraviesa
tu leve cuerpo dócil que hoy vaga sin reposo;
toda la sangre humana y el dolor, hoja seca.
Porque todo se vuelve nubecilla de polvo
después de haber salvado la carne y la osamenta.
Así, cuando mi rostro, que hoy es ávido insomnio,
se libere del cráneo que en su máscara encierra,
y entregue al aire el cáliz de su último despojo
y se expanda en delgada voluta polvorienta,
llueve sobre mi ausencia con el último otoño
que humedezca mis pardas cenizas en la tierra;
ven a mí, en la caída vesperal y el sollozo
de las últimas lluvias que inunden mi corteza.
Desciende de aquel tilo familiar, de aquel olmo
en que dejó mi mano, mortal, profunda huella.
Cuando de mis mejillas fugaces y mis ojos
quede apenas la franja de lo humano y la estela
de un gesto, de una risa, de una mano, de un torso
febril, de una cabeza;
cuando sólo perdure la orilla de un escombro
y un nombre entrando al reino frutal de la leyenda,
permite que mi sombra duerma el sueño más hondo,
ese sueño que en auras inefables despierta,
bajo tu blanda toca tutelar o tu embozo
vegetal, hoja seca.
¡Qué grande hoy mi presencia, frente a tí, a quien invoco!
Mañana, bajo tu alda virginal, ¡qué pequeña!

De Cámara de Cristal 

Cámara
de cristal
mi lágrima.
Y el mar.
Y alcoba pálida
mi sollozo.
Mundo de celofán.
Pecera de hondo
movimiento estelar.
Niebla de otoño.
Y algo más
que naufraga en mi llanto misterioso.

Silencio.
Cirio.
Cráneo
sobre damasco rojo.
Viento
azotando el recinto
callado,
solo.
Lluvia: estertor de diamante,
metálico sollozo.
Alguien:
poeta melancólico
extiende un pergamino amarillento,
borroso.
Cuando se inclina, lívido, bebiendo
la fuente de la vida, sorbo a sorbo,
su cabeza es un cuervo
desmelenado y lóbrego.

De Contra el desnudo corazón del cielo

No, la tierra no podrá ser la tierra, 
ni la muerte podrá ser la muerte,
ni la vida la vida,
hasta que mi alma no haya conocido toda
la espantosa pesadilla,
y no se haya internado hasta la entraña
del hondo, humano abismo.
¡Ah! ¿Qué valen aquí, sobre este mundo,
mi espíritu y mi instinto,
si aún tienen un temblor de ensueños claros
que son claras mentiras?
No, no, no puede ser, ni puedo
tampoco ser yo misma,
hasta que no haya saboreado toda,
toda la hiel amarga y el acíbar.

Caracol, el hermanoCaracol, el hermano
el mismo yo, mas caracol. Concisa
su forma sigue sin barniz ni estrago
para que el hombre sufra un alma rica,
un alma suya en el vellón y el gajo,
íntima, inmensa, siempre en sed y ahita.
Así construimos un lugar humano,
pero tan lleno de él como de brisa.
Inventamos
una pared de cal… ¡y tan distinta!
Un muro nuevo, ¿raro?
Sólo en su fresca soledad continua.
– ¿Soledad, otra vez lo solitario,
otra vez la distancia? ¿Y la caricia? –
Cálmate, amor; lo nuestro es lo lejano,
toca el largo perfil, la piedra lisa
dice por voz de su vigor; yo te amo.
La forma singular es la infinita.

 

Casi silencios

La piedra cae el fondo. Así caen todas
las piedrecillas. Un día, algo que remueve
las aguas las hace correr, precipitarse,
abriendo heridas en la fina arena. El
agua toda es llanto. Pero un rayo de
sol aparece. Las aguas se hacen claras.
Al fondo, lentamente, las piedrecillas
hallan al fin sitio. Y encima de las aguas,
flota una flor entreabierta: la
conciencia.

La esencia no es pérdida de tierna
presencia.
La esencia es la presencia
de lo intemporal,
de lo divino y sobrehumano.

El cambio, para que lo sea,
tiene que cambiar siempre.
He ahí la permanencia.

La muerte es lo único
que no es curable.

Para lo más hondo, yo no creo
en instantes. Lo supremo jamás
es actual.
El amor sin mortal asidero,
no se somete al tiempo.

Porque lo que está sometido
al devenir y no al alcance
de lo más luminoso y más puro,
aunque sea emotivo, es ligero.

Lo que no conocemos no es misterio.
Son aspectos insignificantes
del mundo material.
Conocemos lo eterno, lo inmenso,
lo máximo, —es suyo, es mío
y sólo es así—
y ante tamaña luz,
¿caben hallazgos,
descubrimientos o sorpresas?

Un afecto puede ser hermoso pero,
ante el sentimiento único e inmutable,
nos resulta pequeño.
Como la yerba ante el astro.
Como el guijarro ante la nube.
Como fronda salpicada de frutos ante
el cielo en que alumbra una sola flor
áurea y suprema.

Sobre la autora

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