literatura venezolana

de hoy y de siempre

Plagio

Rafael María Baralt

Es un crimen literario de que acusan aún a los escritores más célebres, los pedantes, los envidiosos y los necios. Dan el nombre de plagio al robo de un pensamiento, y claman contra este delito como si ellos fuesen los robados; o como si fuese esencial al orden y al reposo público la inviolabilidad de las propiedades del espíritu.

Es cierto que hacen distinción entre el que roba un pensamiento a un autor antiguo y el que roba a un moderno, a un extranjero o a un compatriota, a un muerto o a un vivo. Robar a un antiguo o a un extranjero es enriquecerse con los despojos de un enemigo y usar del derecho de conquista; y con tal que se declare, o que éste manifieste el botín que se ha hecho, se le deja pasar; pero cuando se roba a un escritor francés, no se perdona ni aún a los muertos, cuanto menos a los vivos.

Hay alguna justicia para hacer estas distinciones; pero también debería distinguirse entre los robos literarios: los que tienen un valor intrínseco, que depende de la materia, y aquellos cuyo mérito consiste en el modo de usarla.

El robo de un descubrimiento importante es un crimen, porque dicho descubrimiento es un valor precioso, que no depende de la forma en que se presenta, y que da fama y a veces utilidad pecuniaria. Tal es, por ejemplo, el mérito de haber aplicado la Geometría a la Astronomía y el Algebra a la Geometría. Sin embargo, en esta parte el que se vale de conjeturas para seguir la verdad puede tener la gloria de la invención, y dijo muy bien Fontenelle que la verdad no pertenece al que la encuentra, sino al que la da nombre.

Con mucha más razón en las obras puramente intelectuales, si el que tiene un pensamiento nuevo y feliz no ha sabido manifestarlo, o lo ha sepultado en una obra oscura y despreciable, es un bien perdido, es una perla en el cieno, que necesita un lapidario; el que sabe sacarla y hacer uso de ella no hace daño a nadie; el inventor inexperto no era digno de encontrarla, y así pertenece, como se ha dicho, al que mejor sabe emplearla. Yo cojo mis bienes donde los encuentro, decía Molière, y él llamaba sus bienes todo lo que pertenece a una buena comedia. En efecto, ¿quién irá a buscar en orígenes tan oscuros las ideas, de que se acusa a Molière, por haberlas robado como se dice acá y allá?

El que presenta bajo su verdadero aspecto, sea por la expresión, sea por la oportunidad, un pensamiento ajeno que se hubiera perdido, lo hace propio dándole un nuevo ser, pues el olvido se asemeja a la nada.

Sin embargo, cuando un hombre célebre publica una idea sacada de una obra desconocida u olvidada, se grita venganza, como si realmente en los frutos del talento fuera más reprensible robarle a un pobre que a un rico. Los genios son como los turbillones, que los grandes destruyen a los pequeños, y acaso ésta es la única aplicación legítima de la ley del más fuerte, porque la utilidad pública es la que decide de la justicia o injusticia en estos casos, y la utilidad pública exige que los buenos libros se enriquezcan con todo lo bueno que hay sumergido en los malos. Un hombre de gusto, que en sus lecturas recoge por decirlo así el talento perdido, se parece a aquellos vellocinos que se paseaban sobre la arena levantando pajas de oro. No podemos leerlo todo, y así es un gran bien el recoger en los libros buenos todo lo que merece ser leído.

Según el derecho público, la propiedad de un terreno tiene por condición la cultura, y si el poseedor le deja inculto, la sociedad tiene derecho para obligarle a que lo ceda o lo haga valer. Lo mismo es en la literatura el que se ha apoderado de una idea feliz y fecunda y que no la hace valer, la deja como un bien común pará el primer ocupante que sepa mejor presentar sus riquezas.

Durier había dicho antes que Voltaire que los secretos de los destinos no estaban encerrados en las entrañas de las víctimas. Theophilo, en su Pirame, para expresar los celos, había empleado los mismos giros y las mismas imágenes que el gran Corneille en su Psiche. ¿Mas acaso consiste el merito en lo vago de estas ideas? ¿No son más bien objeto del gusto que del genio? Si los poetas que los han empleado posteriormente las han envilecido por la bajez?, la grosería y la hinchazón del lenguaje; o si por una mezcla impura han destruido todo su encanto, ¿será prohibido para siempre el volverlas a su pureza y belleza natural? ¿Podremos acusar de buena fe al genio porque convierta el cobre en oro?

Este derecho de refundir las ideas ajenas cuando están informes, Et male tornatos incudi reddere versus, no sólo es útil, sino justo. El campo de la invención tiene sus límites, y en tanto tiempo como hace que se escribe, todas las ideas primarias están ya cogidas y bien o mal expresadas. Cuando la cosecha se ha hecho por los hombres de genio y buen gusto, nos consolamos con rebuscar siguiendo sus pasos y gozando de sus riquezas; pero es insoportable el ver que en campos fértiles muchos que no merecían haber pasado por ellos no han hecho más que marchitar y hollar lo que no han sabido recoger. ¡Cuántos objetos excelentes, pero destrozados! ¡Cuántos cuadros interesantes, pero débiles o groseramente pintados! ¡Cuántas ideas, cuántos sentimientos que la Naturaleza presenta por sí misma antes de toda reflexión han sido desfigurados por los primeros que intentaron expresarlo! ¿Será necesario no expresar lo que se piensa porque otros lo han pensado?

Que ne venait ella aprés moi

Et je l’aurais dit avant elle*,

dijo chistosamente un poeta hablando de la antigüedad.

Sobre el autor

*Que ella no vino detrás de mí/Y lo hubiera dicho antes que ella.

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