literatura venezolana

de hoy y de siempre

Peter (fragmento)

Lena Yau

Peter decidió ser abstemio temporal la noche del anuncio. La jornada en las bodegas fue intensa; muchos pendientes por cerrar cuando se instaló la suspensión por decreto. ¿Cómo manejar la logística en una situación como esa? Todo era impredecible. Lo único claro es que no habría actividad durante un mes. Mejor cumplir la ley y evitar la clausura. Pidió un whisky en las rocas y se sentó junto al cuenco de saladitos. El taburete lo obligaba a una posición incómoda. Se le hacía difícil mantener la espalda recta y se encorvaba progresivamente. El espejo de pared le mostró su perfil. Un hombre de 50, más arrugado que sus contemporáneos (los nórdicos nunca hemos sabido dosificar el sol), delgado, fibroso, con una pelota inflable prensando su camisa. Enderezó la columna y sumió las costillas para desaparecer esa pelota de playa que guardaba las porras de media mañana, las cervezas del after office, los whiskies con pretzels de antes de acostarse. Peter dio un trago largo para terminar, pagar e irse a casa. El whisky le golpeó la garganta que protestó con un ataque de tos. Recuperó el aire poco a poco, maldijo en danés e interrogó al vaso. El trasiego del líquido y el calor de los grados erosionaron el hielo cincelando en él la figura de una mujer de espaldas. La cabeza un poco pequeña para el conjunto, el cabello recogido en un moño alto, los hombros afilados, el bajo apenas una insinuación. La miró al trasluz y recordó la caja de Orfidal que guardaba para emergencias. También tenía un par de porros. Era lo que necesitaba para caer redondo y borrarse.

De camino a casa pensó en cómo llenar un tiempo que parecía infinito sin las pautas de agenda que lo seccionaban; ocho horas de trabajo en la bodega repartidas en papeleo, recibir a los proveedores, reuniones con el administrador y con el enólogo, inspección de las barricas, catas privadas, visitas de los turistas. ¿En qué ocupo mis manos con tanto tiempo libre? Quizás escribir, registrar la laxitud de los días, contarme la vida en confinamiento, consolidar en palabras un mes sin cuerpo. Porque ¿qué otra cosa puede ser un período en el que toda la actividad cesa repentinamente? Un espectro. Listas de cosas por hacer sin tachar. Vuelta a la semilla.

Peter abrió la puerta y se cuestionó al cruzar el umbral. ¿No era una contradicción escribir cuando en realidad estaba buscando olvido? ¡Para eso había dejado de beber! Para que las botellas no llegaran llenas de mensajes, para no revisar episodios pasados, para deshacer. Concluyó que sus deseos no discrepaban. Escribiría cómo convivió con la nada y la pulsión de llenarla para dejar constancia de su logro.

Tías. Primera noche.

Dos on the rocks en el bar de Pico. Maní. Altramuces. Media ración de dátiles con tocineta.

Los abstemios temporales dormimos para olvidar, pero el olvido tiene el mismo paso de la muerte. El suicida cree que tuvo la última palabra, sin saber que el salto al vacío se fijó junto al primer latido. Bum y bum. El olvido no se escoge, ocurre. Por eso mi fracaso se mide en whiskies: cien no han servido para desaparecerlas, cien son el mar picado que eleva sus nombres, sus voces, sus geometrías. Una piedra de hielo es lupa, una muñeca que agita el vaso es tormenta. Y el olvido, acodado en la esquina de la barra, mira condescendiente, se apiada por segundos y hace de las suyas. En un parpadeo disuelve combinaciones alfanuméricas y torna indelebles las caligrafías de cartas manuscritas, los títulos de sus libros favoritos, el plato que les hacía brillar los ojos. Un simple movimiento de copa aviva esos rescoldos.

Estoy fatigado. Escribo a mano. Espero entender mi letra mañana.

Tías. Segundo día. 

Amanecí en el chichorro de moriche que me regaló el viejo. Dormí bien. El viento voló estos apuntes. Los encontré junto a la tapia. Las hojas están pintadas de calima. No soñé. La caja de Orfidal sigue cerrada.

Un silbido interrumpió el registro. Safe le avisaba desde la calle si quería que le limpiara la piscina. Peter ignoró la oferta, no tenía ganas de conversar. El sol estaba alto. Buscó qué comer sin cocinar. Rebanó queso ahumado y queso con gofio. Lo asaltó la tentación de romperse a sí mismo: ¿un vaso de vino?

Miró el reloj. Dos horas desde que se despertó. ¿Qué haría con el resto de día? ¿Cómo apagar sus motes, sus dejos, sus frases? ¿Cómo hacer para que dejaran de ser un lugar? Dormir. Dormir para anular. Se propuso hacerlo sin muletas. Tiró los porros al wáter y se prometió no tocar la caja de pastillas

Tías. Antes de acostarme. (Esta vez en la cama).

Queso untado en gofio.

Hoy viví algo curioso a la hora de comer. No me apetecía preparar comida. Tenía un lote de quesos que me regaló Luz Nélida y me pareció buena idea cortar unas lascas, sacar un chorizo de untar y rebanar pan. Escogí dos; uno con gofio y otro ahumado. Probé el de gofio. Mordí y aplasté el trozo contra el paladar. La pasta se derritió poco a poco y dejó escapar aromas en ritmo ternario: especias, hierbas, lácteos; especias, hierbas, lácteos. En el barrido detecté un punto granuloso que llamaba a más paladeo. Extendí el juego con los sabores y las texturas hasta el final. Una erección leve me acompañó. La dejé estar sin llevarla a más. ¿Para qué arruinar lo perfecto? No cené. Mañana voy a cocinar unos tollos que dejé desalando.

Tías. Tercer día.

Abrí los ojos en el chinchorro. Yo creía que mis episodios de sonambulismo estaban relacionados con las cervezas, los chupitos de ronmiel, el whisky, los desgarros. Esta mañana descubrí que duermo despierto sin añadidos. Ellas dirían que es por los sueños lúcidos. Del sueño de anoche recuerdo una columna que alternaba sus nombres con dibujos de animales: Ceci, tigre; Lara, erizo; Ale, rinoceronte; Eu, gato. Leía y mi lengua se movía. Al terminar de pronunciar un nombre, la figura del animal que lo acompañaba se activaba como un dibujo animado. Según avanzaba en mi lectura, me invadía el miedo. No quería llegar a Eu. No ocurrió porque el tigre empezó llorar. Sus alaridos me despertaron. Ignoro si hablé dormido. Esta noche dejaré encendido un dispositivo de grabación.

Tías. Antes de acostarme.

Tollos en salsa. Para mañana tengo pulpo seco. Activaré el grabador cuando termine de escribir.

Pasé el día en la piscina y llevé más sol que un lagarto. Solo me levanté de la tumbona para cocinar y para cenar. Hice el majado en el almirez que compramos en Teguise: aceite, vinagre, ajo, comino, pimentón, pimienta roja, sal, miga de pan. No quedaba azafrán. Ellas se aseguraban de que nunca faltara. Pensé en acercarme a Arrecife para comprarlo, pero no quise exponerme. Empuñé el mazo y comencé a majar. Los ingredientes reaccionaban con cada golpe; los dientes de ajo enseñaron su germen; el aceite, el vinagre y el pan se aliaron para ser una pasta a la que los picantes llenaron de color. Reservé la mezcla. Apagué el fuego y escurrí el agua en la que herví los tollos. Al voltear la olla sobre el colador el vapor llenó mi cara. Abrí la boca, saqué la lengua, expandí las aletas de la nariz, cerré los ojos: goce de sal picona que moja la piel y se seca dejando una huella de salitre; dictado de salsas futuras en el olor a gelatina; la piel lijosa del tiburón que no abandona del todo a la carne. Me regodeé en el trance lo justo, sin esperar a que se disipara, siguiendo el empuje de la estela. Descarté arrugar papas. Llevé los tollos y el majado al caldero a fuego lento y lamenté negarme el vino. Di tres vueltas finales al guiso, apagué la hormilla, tapé y regresé a la tumbona hasta que oscureció. Corrí el hule para tapar la piscina. Al girar la manivela, la piel me ardió. Corté una penca de sábila para aliviarme. Levanté la tapa de los tollos. Un remanente del vapor se condensó en el interior. Las gotas fueron mi cena.

Sobre la autora

*Fragmento de novela inédita sin título definitivo. Crédito de la foto: Geczain Tovar Andueza

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