literatura venezolana

de hoy y de siempre

Peregrina (primer capítulo)

Manuel Díaz Rodríguez

Sobre el barbecho se abre aún la rosa de la tarde, cuando ya cierra la noche en el cafetal y son los callejones como ríos de sombra y silencio.

En lo claro del patio, sentados encima de rocas a medio surgir de la tierra, frente al sardinel exterior de la puerta del antiguo repartimiento de esclavos, hoy habitación de varias familias de peones, conversan los primeros en llegar esa noche a la tertulia. Son Juan Francisco el Brujo, Amaro y Feliciano. Juan Francisco es un viejo gañán, a quien los mozos de la comarca, en dos leguas a la redonda, respetan, porque, además del arte mágico, en que lo creen tan versado que llegan a sospecharle de brujo, posee a la perfección el arte noble de amansar, hasta hacer dóciles como una seda con alma, a los más recios y voluntariosos novillos.

Aunque los amos todavía le consultan, acaban de ponerle fuera de servicio, entre otras razones, por lo viejo. Cenceño, de ojos vivos y nariz episcopal, tiene siempre en la comisura izquierda de los labios un rictus irónico. Amaro, el único joven de los tres, también gañán, está recién llagado de la guerra. Olvida a menudo que la guerra terminó, y anda cauteloso por los caminos, avizorando las comisiones de la recluta. Feliciano, aventajado, si no viejo, se halla sobre los otros en jerarquía. Medianero, no trabaja casi nunca a jornal, y da en tributo a los amos el tercio de lo recogido en las hectáreas que siembra.

Hablan de la pasada revolución, del tiempo difícil, de los trabajos duros, de las cosechas malas. Enfrente de ellos, en las ramas de un enano bucare gallinero, se recogen, con su desapacible cacareo y su vuelo torpe, unas gallinas. Detrás del bucare, en un jardincito cuidado por las muchachas del repartimiento, se desgajan de flor cuatro rosales. Gladiolas, dispersas entre los rosales, erigen sus vástagos floridos como lanzas enhiestas bajo el crepúsculo. En las puntas de algunas de esas lanzas brilla el oro, y en las puntas de otras, la sangre, como si fuese al golpe de ellas que el crepúsculo dotado y sangriento entró en agonía,

—+¿Se acuerda, Feliciano? Por aquí mismito pasé entre la truya de los vagabundos del pueblo.

—Ya lo creo que me acuerdo. Y me acuerdo que detrás de ustedes pasó después, tumbando el cafetal con sus. gritos, que rompían el alma, tu vieja, la pobre Úrsula, a quien Dios tenga en gloria.

— ¡Hasta eso, caray! ¡Y mire que yo estaba resuelto a huir! Cuando me cogieron lo pensé: en cuantico no más despabilen, me les voy. Pero una cosa piensa uno y otra es… Dos o tres veces, al principio, creí llegada la ocasión de desertá, y siempre se me presentó algún inconveniente. Vine a lograrlo ya, como quien dice, a las últimas. Pa nada; pa hallar que ya no tenía casa, porque la vieja estaba muerta y Bruno andaba desgaritao po allá arriba,

—Ese sí que se les fue. No le pudieron echá mano. Cuando la comisión asomaba en el camino real o por las callejones, ya él estaba encaramao sobre el cerro.

—Por algo lo llaman Venao. Lo que es Bruno queda de esta hecha bien aprendío; se sabe too el Ávila de memoria.

-—¿No creen ustedes que yo corto todavía riesgo? —inquirió tímidamente Ámaro—. ¡Como dicen que la guerra no ha terminao y como el jefe civil del pueblo es tan maluco!

—:¡Qué va! ¡Ya la guerra se acabó! ¡Lo que les importa a ellos que tú ni mil como tú hayan desertao! Ahora están muy tranquilos y en cosecha. Tanta guerra, pa náa: ¡pa que ellos recojan su cosecha muy tranquilos! ¡Cosecha más buena y fácil

—De verdad que ésta es una colmena muy dulce…, y nosotros, erre que erre, trabaja que trabaja, pa los zánganos.

Del callejón que a la derecha, partiendo del cafetal, conduce a la quebrada, viene un ruido de carreras y voces. Son las muchachas que a última hora han ido a la quebrada o al sequión en busca de un poco de agua o por la ropa, tendida a secar sobre mogotes y piedras.

—¡Ay, Dios mío! Espéranos. Espéranos, Candelaria. ¡Jesús contigo, chica! Espéranos —ruega una voz, temblando de angustia.

Y continuando y cubriendo la voz, una risa fresca y sonora desgrana en la sombra del cafetal su cantarín chorro de perlas. Adelante contestan con un correr aún más precipitado, en tanto que atrás responden a la voz y a la risa, como un eco, otra voz y otra risa. Risas y voces resuenan como de quienes hablan y ríen alto para ahuyentar el miedo, Quien primero aparece en lo claro del patio, donde todavía se prolonga el desmayo mortal del crepúsculo, es Candelaria.

—¡ Ay, qué susto! ¡Qué susto! ¡Pedrito! ¡Pedrito!

—¡Me parece que no ha llegao!

—;¡Caramba con el hombre! Cuando venga de la pulpería se le habrá enfriado la cena, ¿Ay, Dios mío! ¡Qué susto! ¿Qué susto!

—Pero ¿qué le pasa, Candelaria?

—¡No me diga, señor Feliciano! ¡No me diga! Espérese un momento, que no puedo con el susto.

Jadeante, puesta la mano izquierda sobre el corazón, mientras con la otra sujeta un flaco atadijo de ropa, Candelaria se apoya al muro del repartimiento, cerca de la entrada, Aunque zamba, tiene el pelo abundoso y liso, y como se le aflojara en la precipitación de la carrera, al ella reclinarse contra el muro, acaba de escurrírsele el pañuelo que le sirve de cofia para desprendérsele de los hombros en un río de azabache. Al mismo tiempo, la risa que antes resonó en el cafetal desgrana de nuevo en el patio el collar de sus perlas cantarinas. La risa es de Rosa, quien venía en la carrera detrás de Candelaria. Y Rosa es la hija de la señora Leonor, como la llaman en el repartimiento, o de la Viuda, como con más frecuencia le dicen, por serlo de un antiguo peón de la hacienda, A la muerte del peón, madre e hija quedaron en la hacienda, y ambas luchan desde entonces a cada cosecha de café por ganarse en la cogida el pan de todo el año.

Rosa, además, porque tiene el pecho y los brazos y piernas firmes como de hombre, se echa a la espalda grandes brazadas de leña, baja gordas vigas del cerro con los mozos baquianos del Ávila y, de buena gana y con rostro risueño, se enfrenta a los más fatigantes menesteres hombrunos. Es rubia, con fina pátina de oro, que soles demasiado vivos le han puesto. Su pelo bermejo, cuando se destrenza, flamea como un penacho de sol; tiene cejas muy aproximadas y espesas, y su boca, aunque muda, va diciendo su nombre, porque es rosa en cuyo centro, si ríe, relumbran los dientes, muy blancos. Riéndose aún, se dirige a Candelaria en son de reproche;

—¡Jesús contigo, chica! ¿Por qué no me esperaste? ¡Buena compañera!

No se le ocurrió considerar que ella tampoco había esperado a Peregrina, la hija mayor de Feliciano, la que, no pudiendo correr como las otras, quedó a la zaga, y llegó la última.

—¿Todavía no le han contado lo que nos pasó? ¿Con que todavía no se te ha pasado el susto, chica?

Casi inmediatamente detrás de Rosa, la hija mayor de Feliciano, surge con la tinaja de agua en la cabeza. Mientras en el brazo izquierdo, airosamente arqueado, mantiene su carga puesta sobre un rodete oscuro, se recoge el delantal con la mano derecha para enjugarse la frente y las mejillas, mojadas al primer sobresalto por el agua caída de la tinaja colmada. Sus dieciocho años llevan como una flor la grosera vasija de barro. Sonríe con plácida sonrisa, disimulando su miedo, y balancea al andar sus caderas con garbo y líneas de múcura. Candelaria y Rosa empiezan simultáneamente a contar la razón de su miedo.

—Recogía yo la ropa y estaba esta ayudando a Peregrina a subirse la tinaja…

—Estaba yo ayudando a Peregrina a alzarse la tinaja, cuando sonó un suspiro, o algo así como un suspiro, y todas nos vimos las catas a ver cuál de nosotros eta, Y no era ninguna, Así mismo rompió a sonar una música, ¡pero qué música! Lo mismito que si fueran muchas arpas y violines que estuvieran sonando dentro del pozo.

—Eso es: lo mismo que si dentro del pozo hubiera una música de aspas y violines.

—;¡Jum!—hace Feliciano, sintiendo que un escrúpulo malicioso lo escarba por dentro.

——Ese es el encanto —sentencia doctoralmente Juan Francisco.

—«¿El encanto? —preguntó Feliciano, a quien ante la afirmación categórica de Juan Francisco empieza a desvanecerse poco a poco el escrúpulo.

Peregrina, después de entrar la tinaja, vuelve a sentarse en el sardinel de la puerta. Su regreso coincide con la insinuación de la luna detrás de un pico del Ávila, que se inflama de oro. Y por un momento, en aquella transfiguración dorada del pico, los velos de oro y sangre del crepúsculo se entrelazan y mezclan con los velos de plata de la noche lunar. En el corralón que hace de establo, separado por toda la anchura de la oficina del café, muge una vaca, y un agrio, vacilante y plañidero berrido de recental responde. Del fondo del valle viene cantando un soplo fresco. Sobre el techo de cinc del establo mueven los bucares, con suavísimo tumor, sus follajes blancos de luna. Delante del corralón un chaguaramo, sobre su armonioso fuste de columna coríntica, despliega sonoramente su abanico de palmas.

—Sí; ese es el encanto —sentencia otra vez Juan Francisco—. ¿Y ustedes no vieron cómo el agua dejaba de correr, quedándose la quebrada seca, seca hacia abajo?

-—¡Qué íbamos a ver! Oír música y echar a escape, fue todo uno. ¡Ah, carrera que pegamos! Al menos Candelaria y yo, porque ésta no sabía qué hacerse con la tinaja encima. ¡Jesús, María y Josél Si yo sé que es un encanto, me caigo privá del miedo,

—Pues no puede ser sino el encanto —vuelve a decir Juan Francisco—. Yo lo he gozado tres veces en la acequia de allá arriba, por debajo del tanque. La acequia se queda sequita, sequita en un punto: el agua sigue corriendo pa bajo, pero del lao arriba se amontona, y ahí comienza a sonar esa música de arpa y violines que oyeron ustedes.

—¡Uy, qué miedo! ¿Y a usté nunca le ha dao miedo, Juan Francisco?

—¿A mí? No.

—¡Qué miedo le va a dar, si él tiene pa tó eso la contra! —observa Ámaro.

— ¿Hasta pa las brujas?

—¡Ya lo creo!, hasta pa las brujas. ¡Hombre!, con casualidad hoy es martes, y todos los martes en la noche dicen que viene aquí una bruja, Sale del cafetal y se posa en el tejado del repartimiento. ¿Qué vendrá a hacer? ¡Si habrá venío ya esta noche! Aunque bien puede ser que no salga en las noches de luna como ésta, en que todo está lo mismito que si fuera de día.

—Bueno, ¿y qué debe uno hacer por si acaso ve uno venir a la bruja? —insiste Feliciano.

—Pues te le pones delante con los brazos en cruz, que así, en cuanto la bruja te vea, se cae al suelo de redondo. La cosa es que debes hacer la señal de la cruz muy ligero, antes que la bruja se encarame en el tejao, porque si no te andas ligero no hay contra que valga. Ahora, si le enseñas a tiempo la señal de la cruz y la bruja viene al suelo, ya entonces puedes hacer de ella lo que te dé la gana; con sólo querer tú, puedes convertirla en un animal cualquiera,

—¡Hombre!, no está malo saberlo. Déjala venir, que si me topo con ella, la convierto en burra. Aunque fuera pa llevá las arvejas al mercado, me serviría.

Mientras los hombres platican de brujas, las muchachas disimulan su desazón lanzando risitas ahogadas, pellizcándose entre sí y apretándose unas con otras en el sardinel de la puerta. Contra Peregrina, agazapada en un extremo, se acurrucan las demás: Rosa, la hija de la señora Leonor, y Dolores y Carmen, hijas de Feliciano, que siguen en edad, aunque bastante de lejos, a Peregrina. Detrás, en el suelo sentada, María, una de las hermanas de Pedrito, forma parte del grupo. De tiempo en tiempo

Candelaria se asoma a ver si Pedrito ha llegado. Pero Pedrito no acaba nunca de llegar, como si estuviese dispuesto a no volver de la pulpería esa noche. Fuera de las horas del trabajo, cuando no va para la pulpería, es porque viene de ella. “No tiene otro defecto”, explica filosóficamente Candelaria.

Y aquello parece en él como simple defecto, sin duda, cuando a él se le compara con los demás de su familia, que, aunque viven en el mismo repartimiento, se hallan por finas artes de Candelaria mantenidos a buena distancia del matrimonio. Oscuros de piel y origen, llevan apellido Blanco,

Pedrito es al menos trabajador, y, si bebe, tiene la borrachera silenciosa y dulce. Los demás, trabajan apenas para el trago, y su bebida es locuaz y pendenciera. Cuando consiguen el modo, se regalan con largas libaciones de champurrio, grosera mezcolanza de aguardiente y de un infecto brebaje a que ellos dan el nombre de vino. Todos beben, inclusive la madre, la vieja Paula, y con la sola excepción del último de ellos, Felipe, o sea Chiva o Chivera, arrapiezo de unos doce años, vestido casi siempre de un saco tan largo que le abanica los pies cuando camina, y siempre armado de un machete que, puesto en el suelo de punta, le llega a los hombros.

Todos hablan entre dientes, y aun cuando alguno de ellos hable con un extraño, parece estar hablando consigo mismo. Piensan hablando, y su ordinaria manera de hablar es el monólogo. No es rato que tres o cuatro de ellos a un tiempo se entreguen cada uno a su particular soliloquio, de suerte que si un desconocido llegase entonces al patio del repartimiento, se imaginaría estar en una casa de orates. Pero sucede, sobre todo cuando se entregan: a libaciones profusas, que uno de ellos rompe el monólogo del de más allá y, empezando por disputarse éstos, acaban, ya encendida la gresca, por disputarse todos. Y al otro día, ninguno de los que rabiosamente disputaron, acierta a decir cuál fue el principio ni la razón de la disputa.

María, la hermana de Pedrito, sentada en el suelo, señala de repente hacia el callejón:

—¡Ayayai! ¡Qué es aquello! ¡Aquello, aquello, chica! Ya van todas a levantarse, cuando Feliciano las contiene:

—¡Qué mujeres tan miedosas! ¿No están viendo que es una mata de cambur?

A la vera del cafetal, cerca de la misma boca del callejón, las hojas de un banano, mecidas por las brisas y todas blancas de luna, fingen los ndesmesurados brazos de un fantasma que llamase con signos de misterio. ¡Dígame si hubiera sido el becerro que dicen que sale detrás del corralón!

—¿Es un becerro o un caballo blanco?

—Es un becerro -—asegura Juan Francisco,

—¡Jesús con ustedes! ¿Hasta cuándo van a estar hablando de esas cosas Y yo con tanto sueño… Pero, ahora, ni que me maten voy sola p’allá dentro.

—¿Por qué?

—Porque tengo miedo —explica sencillamente Rosa, la que ayuda a bajar pesadas viguetas a los mozos baquianos del Ávila.

En el mismo instante los perros aúllan.

——¡Ayayai! ¿Qué es aquello…, aquello tan blanco? —prorrumpe de nuevo María, señalando el callejón.

—¿Aquello? Aquello es un hombre —dice Feliciano, cuando ya todos creen asistir a la aparición del fantástico becerro—, Son hasta dos hombres.

Es Pedrito, que viene con uno vestido de blanco. Pedrito llega y, sin decir palabra, entra en el repartimiento. El hombre vestido de blanco se detiene y saluda.

—¡Gua! ¡Si es el compadre José Jesús! —y Juan Francisco avanza al encuentro del compadre.

—¿Se le presentó algún trabajito por aquí José Jesús?

—Á eso vengo, Feliciano.

El albañil José Jesús Villagrama, el Tralunao, viene de la ciudad, adonde va a trabajar a las casas del amo cuando no tiene qué hacer en la hacienda. Es negro y viste de blanco. Encogido de hombros, va zangoloteando los brazos al andar, como si tuviera demasiado flojas las coyunturas. Juan Francisco y José Jesús, apartados un buen espacio de los otros, conversan en voz baja. Feliciano los observa y dice:

-—Ya están haciendo su patuco.

—¿Tan ligero? Entonces, ¿José Jesús no ha perdido la maña?

—Maña vieja no se pierde.

Y Feliciano agrega en seguida:

—¡Qué rato! Tampoco esta noche ha venido Bruno.

—Cuando llegué, yo esperaba encontrarlo.

Hay un silencio. Vagos cuchicheos corren por el sardinel; se advierten en la sobria ondulación que mueve las cabezas de las muchachas. Peregrina se acurruca todavía más sobre el marco de la puerta, y rompe luego a hablar de modo precipitado y voluble. Entre otras cosas, recuerda al padre que hay maíz por desgranar. Pero Feliciano contesta:

—Se desgranará otra noche.

Cae de nuevo el silencio, y entonces nadie se atreve a interrumpirlo, El mágico filtro sedante del claro de luna ha rebosado los Corazones, y desborda como un óleo en el silencio de los labios. Apenas el brujo y su compadre continúan el diálogo en voz queda. Los demás van sucesivamente retirándose, hasta que se deshace la tertulia. El último es Feliciano. Desea las buenas noches a los dos compadres, aún en conferencia, y añade, con un resabio de malicia:

—Oye, Juan Francisco, si acaso viene la bruja, que ya me parece que no vendrá, porque es muy tarde, aprovéchala…, a menos que no tengas pensada cosa mejor…

Los dos compadres, después de esperar un minuto, se dirigen a lo largo de las paredes del repartimiento. Otro hombre sale entonces del cafetal, se detiene a la orilla de éste, y cuando ve a José Jesús y a Juan Francisco, se interna de nuevo a recatarse de ellos detrás de un tronco. De entre el follaje de los árboles que asombran el establo de las vacas, ahí cerca, surge el canto de la pavita. Los dos compadres, que van ya rasando las paredes del repartimiento, vacilan y se paran algo turbados y confusos. Miran a todos lados. Uno de ellos cree haber sentido crujir las hojas secas, y sondea el cafetal con los ojos. Luego, tras de aquella momentánea vacilación, prosiguen su marcha en silencio.

Se oye a los perros ladrar en la lejanía. Ladran a la luna o a los visajes de las cosas vestidas de luna. El más imperceptible movimiento, el más leve murmullo de la dulce noche lívida, alza un eco desmedido y temeroso en la imaginación de los perros guardianes. Y los múltiples aullidos exasperados, dispersos en ranchos, cortijadas y caseríos, detonan sobre la unánime serenata de infinitos y oscuros músicos agrestes. Dentro y fuera del repartimiento, bajo la arboleda del cafetal, resuena y se prolonga la orquesta de los grillos. En ella el oído avezado reconoce muchas variedades de estilos e instrumentos.

Hay maestros menudos que sacan una fina nota de vidrio de su violincito estridente; otros hay que tienen una nota aflautada y sedeña de viola, y otros grandes, como grandes tazas grises, cuyas notas parecen notas de violoncelo, profundas. Toda la vida del campo acaba por condensarse, poco a poco, en la música del grillo, en la exaltada fantasía de los canes, y en el Ávila, que luce más enhiesto en la noche. Bañado de luna, sin la menor pincelada de nieblas, el Ávila atalaya el paisaje. Al mismo tiempo que parece velar sobre el valle dormido y sobre el sueño intranquilo del hombre, alza la cresta más nítida como una invitación a las estrellas del cielo. Con sus yermas cuestas divididas por gargantas recónditas de bosque, muestra a la suave luz de la luna los mismos claros y oquedades que a la violenta luz del mediodía. Sólo a trechos, la cima surge diferente, muy blanca; rotos cantos de granito resplandecen como de plata bruñida bajo la plata lunar, y en la cima abrupta y pelada se posa la ilusión de la nieve.

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