literatura venezolana

de hoy y de siempre

Percusión y tomate

Sol Linares

Tomate uno

…hay que escoger: o vivir o contar. Jean-Paul Sartre

Si pudiera escribir una gran novela, llamo gran novela a un virtuosismo muy clasic-post, algo así como una máquina de hacer helados de coco, que incluya dos puños de boxeo mecánicos para inmovilizarnos la moral y que no tenga nada que ver, por supuesto, con temas policíacos, escribiría por ejemplo sobre el hambre de una muchacha que se come los pimentones crudos, que delira por los tomates cherry, agreguémosle una pasión excesiva por el merengue, en fin una muchacha que también se come las flores del viejo Maupassant sin saber, y jamás lo sabrá, que los pétalos de girasoles se han usado muchas veces en ensaladas gourmets y que los pétalos de rosa son buenos para mermeladas y así sucesivamente. Pero como la historia del hambre de esta muchacha —que se llamará lógicamente Babela—, no tendría tanta largueza para una novela como la que yo quisiera escribir, escribiría mejor un relato. O una novela breve, las novelas breves están muy de moda, como las rubias. Esto nos caería fantástico porque Babela se está más cómoda en lugares transitorios, además no pueden pasarle tantas cosas aparte del hambre, Babela siempre tiene hambre. Una novela breve está bien para las dos, tengo problemas para extenderme demasiado, sin duda en una novela-novela tendría bastante tiempo para escribir algo que aún no tengo claro, y sin embargo temo aburrirme de su forma de masticar el brócoli o el jabón, siempre con circulares movimientos de vaca; temo que caduque mi paciencia, bien sea por su incontinencia de probarse mis vestidos o por tocar el timbre de las casas y salir corriendo para que no la alcancen las vulgaridades de sus propietarios. No tiene caso, Babela es mi musa, se parece bastante a la niña de las barajitas the love is…, tiene el mismo cabello rayado y los mismos ojos redondos que me distraen mucho de los gestos urbanos, nadie como ella puede morderse los redondeles blandos de las uñas cuando nos piden direcciones o regalos de bodas.

Conocer a Babela dentro de los arandeles de una novela que yo escriba, que de otra manera sería imposible, parece facilitarme las cosas. Ningún escritor me haría el favor de encajarme en una novela con Babela, se notaría muy rebuscado que yo viajara en el mismo tren de Babela hacia Ciudad Universitaria (en Valera no hay subterráneos, ni proyectos, ni anteproyectos de subterráneos). Tendré que novelarme en Caracas pese a mí misma. Perdone el lector si en lo sucesivo encuentra que estoy en otro lugar. Es que no sé realmente dónde quiero estar, y la ciudad que yo sueño se parece a cualquier otra, a una Ítaca fabulada por Cavafis. En el subterráneo habría un trovador cantando sounds of silence y un mono pidiendo propina mientras yo, mientras yo… No sé, cualquier lector sospecharía de mí, encontraría algo falso en mi silencio y mi mirar a través de la ventana el pasar violento de las paredes, ni yo misma podría mantener esa postura falseada por mucho tiempo sin querer forzar un diálogo con ella, y decir algo así como el monito se parece a un tío mío que murió de Sida. Con suerte, el narrador hablaría de mí; lo peor que pudiera suceder es que pase por encima de mí con esa mirada rasera de las cosas, que diga: “una mujer sentada (yo, inútil personaje recurso) mira por la ventana mientras Fèdor (el protagonista), ojea el diario sin interés, mira la hora, nota que ha perdido un botón de la camisa, el del centro, el del centro, el importante, nota con terror que su abdomen está expuesto, que son visibles sus gorduras”, y así el narrador continuará la historia de un botón suicida y se olvidará de mí, y me dejará sentada en el tren donde Babela ya se habrá bajado. No, nunca he soportado que me ignoren. Es preferible contar yo misma la historia, y si me animo lo suficiente, hasta podría intentar superar mi afición a narrar sucesos tristes. Me gusta el recogimiento de la tristeza, aunque no entiendo de qué forma puede una mujer tan triste describir a otra tan alegre. Sin duda, esa actitud de Babela, intocable e inmortal se le irá ensombreciendo con los años. A los treinta no quedará en ella sino una actitud vacía y desesperada, luego será una mujer triste como yo, patética y adusta con los ojos iluminados por una vieja y moribunda promiscuidad, cada vez menos practicable, engreída quizá por haber sido bella de joven, flor carnívora. Pero no seré tan estúpida – de escribir sobre nuestra vejez, ni aprovecharme de mi talento para vengarme de la juventud de Babela y afearla, está claro que no tengo ningún compromiso literario como Dorian Grey, jamás envejecería a Babela para escribir mi obra maestra, además me gusta que Babela me use, que me pida galletas en las panaderías, y mientras las sumerge en el vaso de leche prometiéndome algo que jamás me dará. Ella no lo sabe pero me gusta que me soborne por tan poca cosa… Lo mejor para las dos termina siendo lo tácito, su precio de bisutería barata en contraste con mi actitud de pagar mejores prendas.

Hablaba en serio cuando dije que superaría mi predisposición a la tristeza. Es fácil ser triste, valga un poco la costumbre del inapetente. Alguien dijo que la tristeza era el tic nervioso de los aristócratas, no me lo parece, tengo que hacer un esfuerzo sobrehumano para estar alegre, me da igual reírme o no reírme, y que yo sepa jamás he dicho “hoy es el día más feliz de mi vida”. Juro, por mi madre, que en nuestra novela nunca lloverá. Jamás lloverá delante de mi ventana. Así el mundo se incinere o comiencen a hervir lentamente los ríos de Valera. No me iré por lo más fácil, aunque muera por ver a Babela mirando la lluvia, recordando algo que nunca me dirá, aunque muera por verla encender velas en los apagones y me pierda de su pesadez entre la negrura de la sala. Muy lejos de placentero, escribir en verano se me antoja lacerante, pero vale la pena sobre todo si promete algo que no he querido buscar dentro del centro elástico en el que Babela y yo nos movemos, ya que esta ciudad nos fermenta bajo el toldo circense que es. Así de radical soy. Mi palabra, una pobre palabra de honor, acogida a cabalidad solamente dentro de los redondeles de la literatura, tiene un valor extemporáneo: si yo digo que aplazaré mi propio y húmedo sedentarismo por la resequedad y la misantropía que produce este sol odioso, es porque escribiré al mediodía, contra todo nublado pronóstico, y porque ni yo ni Babela beberemos agua, ni nos bañaremos, así nos hieda la vagina a pastel de almejas, así el amor salga corriendo por la ventana de la hedentina, así llueva en otras novelas, en otras ventanas. Que llueva en otro relatar, aquí seré una mujer de patios soleados, tenderé sábanas limpias pese a que yo misma friegue los vestiditos de Babela persuadiéndome de que no soy su madre, expiaré mi propia cátedra de la dignidad, así sea lo último que haga este ser femenino y triste.

Anunciaré adrede que Babela oscilará entre los trece y catorce años. Se tratará entonces de un deseo de barro. Ese deseo huele a rosas pisadas en el barro por cascos de caballos, todo irrumpe en su cuerpo como un prolongado estado de ternura y hambre, como los trazos del bonsái de un árbol próspero en mentiras, el cuerpo de Babela explotando en flores y frutos contenidos del que algún día los hombres comerán, comedia de lo vivido prolijamente, donde quizá su vejez acabe con el irrealista hechizo de las vidrieras al que Babela no puede escapar y a quien se somete sin reparo. Esta inverosímil transparencia me obliga a exponer con holgura el siguiente disparate, y no por esto menos cierto: Me tienta la superficialidad de Babela, su soltura en la ignorancia y su pedante pero simpático confort con su mediocre inteligencia, es tan bella y trivial, y no puedo negar que me enloquece aquella candidez con la que absorbe el jugo de fresa removiéndolo con el pitillo mientras piensa en cosas breves y salteadas, ya que jamás piensa en algo sostenidamente. Nada hay tan elocuente en ella como su frivolidad, sus uñas postizas donde manos minimalistas dibujan el símbolo del ying-yang, mujer inolvidable, recargada y caótica, como sus cuadernos escolares, cubiertos con las calcomanías de los personajes de Walt Disney donde estampa incansablemente su nombre ata-cada por una especie de incontinencia narcisista. Babela, Babela, Babela. Hay que ver de qué se trata esta singular supervivencia del detalle, a lo cual ya yo habría renunciado por un ademán insípido y concreto. Así es Babela, una niña que se debate entre estrambóticos sentimientos adultos y genuinas debilidades infantiles. De no haberse adelantado Vladimir Nabokov, Babela hubiera inspirado mi propia Lolita. Babela es mi Lolita latinoamericana. Y en Latinoamérica sobran Lolitas y Babelas.

Sobre mí le adelantaré al lector lo siguiente: lo que yo soy no importa. Mi corazón enfermizo no aguanta un amor más, ya no sirve, se queja por nada, sufre cuando camino por cualquier calle que suba, todo lo hago a medias, doy tres chupadas a los cigarrillos y luego los desprecio, malgastando el dinero cada tres días, el tiempo exacto de lo que dura media caja de Belmont y más o menos lo que dura mi tinte color champagne, cada vez más escurridizo. Sin embargo, debo aclarar que soy una mujer llamada Octavia Fernández (mejor conocida como Tavita). De cabello teñido, una mujer común y corriente, de esas que usted se topa en las calles, en los ascensores, en las panaderías, en las listas policiales de maltrato conyugal y en los puestos de alquiler de teléfonos celulares pidiendo «un movilnet, por favor». En fin, usted habrá visto por la calle a una Octavia Fernández como yo, de ojos verdes, verde opaco de puro fumar, hastiada de que el tinte baje por mis canas y desaparezca, y grito, como toda mujer nacida en este siglo de Wella y L´Oréal, insulto a los fabricantes de tintes, ¡malditos estafadores, mezcladores de agua y acuarela! Se sabrá de memoria que las Octavias encanecen más precoz-mente que las Martas o que las Hildas, al contrario de lo que diría mi padre antes de morir: «Llevas el nombre de Octavia porque las Octavias ni envejecen ni rejuvenecen, se quedan en una misma edad siempre.» Ah, da igual, experimento la crisis de los cuarenta en su expresión más dolorosa, dado que esta crisis se caracteriza por cumplir de nuevo veinte años en un cuerpo de cuarenta años. Hasta hace poco, cuando todavía me arrancaba las canas con pinzas, estaba convencida de que el color más difícil de recubrir era el negro. Humilla descubrir que nuestras canas son los grafittis indelebles del tiempo, a base de blanco, y que por cierto nada las cubre, porque verá usted, apreciado lector, no se trata de un blanco que está, sino que crece.

Otra vez vuelvo a estar triste. Corrijo, Babela se descalza. Mueve los dedos de los pies y dialoga con ellos como si les hubiera pintado ojos y boquitas. Aprovecha la ocasión para contarse a sí misma la puerca historia del dedo meñique que fue al mercado a comprar un huevo. Escuchemos su micrometraje: este dedito se fue al mercado a comprar un huevo, Este otro, el anular, es  quien pone a cocinar el huevo. Después no tengo claro si el siguiente dedo lo descascara; sé que el próximo, el más largo dedo de Babela, le pone sal, aunque dudo que por su aspecto intelectualoso este dedo tenga algo que ver con la historia tonta de Babela, no parece echarle sal a nada, pero Babela insiste, hasta llegar al dedo mofletudo-ovíparo que se traga todos los huevos.

Babela nota que tiene mugres las uñas de los pies, la del mofletudo-ovíparo dedo gordo. Con la uña del índice de su mano izquierda comienza a escarbarla. Es una imagen repugnante. Sentada sin gracia, con las piernas abiertas más de la cuenta, muestra su pantaleta movida que deja ver una gamuza de pelitos jóvenes. Una mujer bella no puede limpiarse las uñas de esta manera ni sentarse de esta manera. Merece que la maten. Que la castiguen, que la escupan. Pero un animal pequeño, llamado ternura, me empuja a coger la manguera de la plaza y lavarle los pies. La gente nos observa y piensa ¡qué madre tan abnegada! Mientras tanto, Babela me observa sin amor, como observan a sus padres los hijos de esa edad. Si Babela fuera mi hija tendría que tener las cejas gruesas como de hecho las tiene, y al contrario si fuera mi novia haría falta un lunar carnoso en una curva de su boca. En todo caso, como no se trata de mi hija ni de mi novia me da igual que le falten lunares y le sobren pelos en las cejas.

A las cinco de la tarde lavé los pies de Babela, y a las cinco y cuarto comenzamos a jugar a que yo era su madre y Babela mi primogénita. Nuestros juegos resumen todo aquello que adolecemos y creemos merecer, aunque lo perverso de esto venga precisamente de querer conseguir todo en una misma persona.

A las seis, devuelta cada una a su papel real, comenzamos a subir los quinientos cincuenta peldaños del barrio donde ella vive, que desembocan en la casa doscientos setenta y nueve, donde la madre de Babela se habrá quedado dormida viendo tele, seguramente un reality show de lo inalcanzable. Babela va delante de mí. Juega con una caña de monte, son esos palitos que uno recoge en el camino como apéndice recurso para darse un aire bohemio. Babela sube las escaleras en la forma que le provoca. A veces se come un escalón, estira sus piernas de garza y da tremendas zancadas para probarse límites, sube las escaleras apoyada en un solo pie, es decir, brinca unipodalmente, como una pierna de Dalí libre y autónoma en una ciudad latinoamericana. Ciertamente en quinientos cincuenta peldaños cualquiera inventa formas de subir. Yo no, yo subo treinta peldaños y descanso, me hago la que miro la ciudad como extrañando lo que dejé en ella. Es notorio que subir escaleras me pone de mal humor, me duele el corazón, salta como un sapo. Me amarga pensar que sudaré las axilas, que se mezclará el olor del desodorante con el olor sintético de la blusa de seda, estas blusas de seda siempre se ponen hediondas, además odio que se me chorree el creyón negro y exagere mis ojeras medio verdosas y hereditarias. Una ex virgen con el delineador corrido, qué zen.

—Tavita…

—¿Um?

—¿Dónde vives? —me pregunta Babela mientras sube las escaleras de dos en dos— ¿Por qué nunca me llevas a tu casa?

—No tengo.

La casa de Babela es beige. Antes, amarilla, y antes, verde. Lo sé porque la lluvia ha desmantelado paulatinamente los colores. Los venezolanos solemos pintar las paredes de nuestras casas en navidad. Sin embargo, la mía tiene el color del aire. Los aristócratas del aire, bonito nombre para una secta. Al principio, cuando subía este cerro, temía que me mataran o me violaran. El primer día no pasó nada. El segundo tampoco. A la semana siguiente tampoco. Total que nunca me ha pasado nada y acompañar a Babela a su casa del barrio se ha convertido en una terapia sadomasoquista. Hoy no terminamos de subir; la madre de Babela nos ha sorprendido antes de que toquemos el descanso. Nos ha estado observando desde ese montículo de escombros. Sé lo que piensa de mí de la misma forma en que sabe lo que pienso de ella, por eso es un desperdicio decírnoslo. Babela se despide con la mano. Arrastra la varita, mallugada en la punta. Me hubiera gustado llevarla al zoológico de haberlo, pero todo el mundo sabe que los elefantes son grises.

—¿Y dónde vives, entonces? —dice deteniéndose de pronto.

a

—Por ahí —respondí la ligera.

Tras dejar a Babela en el callejón 23, internándose en él y olvidándose de mí hasta dentro de cuatro días más o menos, tiempo en el que comienza a necesitarme y a agotársele el dinero, pensé que los padres son héroes. A mí la heroicidad me pica. Pero a diferencia de los héroes del norte, emblemáticos espantapájaros de la moral, los padres son los héroes más villanos y más héroes. Pensaba en esto justamente cuando cerca de mí pasó una mujer de edad, con ocho bolsas de víveres y dos niños, heroína silenciosa de una sociedad que está vendiendo figurines del hombre araña, preso de luchas inverosímiles en las que nunca destacan el hambre y la opresión de los pueblos del mundo. Me pregunto si de haber tenido yo hijos hubiera podido subir peldaños de cualquier centimetraje, si hubiera competido en cualquier maratón de esta vida por un hijo. Sospecho que mi ciudadanía contiene mucho de indisciplina, karma y comida para perros, que estoy imposibilitada a liderar algo digno, y que no merezco muchas de las canciones que escucho de Alí Primera aunque cuando las escuche me dure el fusil emocional e intelectual medio día. Camino hacia el casco de la ciudad, las paredes de los barrios forman un collage de consignas a favor o en contra de Chávez, hay consignas escritas como Chávez te amamos, Patria o muerte, o, No.es no, etc. Ah, si yo fuera Presidenta de este país sería toda una monería como la Cristina Fernández… No. No nací para ser Presidenta de nada, a simple vista no calo en ningún oficio. No me recibí en medicina porque sufro de necrofobia, ni en ballet porque tengo los huesos blandos, ni soy mecanógrafa porque odio escribir cosas ajenas, ni budista porque me ladilla la meditación, ni cien-tífica porque soy muy burra, ni librera porque regalaría todos los libros, ni puta porque el semen me da trauma, ni abogado porque me da asco defender aquello en lo que no creo, ni madre… porque no estoy segura, si aquél de mayo del año 1987, en un quirófano helado de esta u otra ciudad, me extrajeron el útero, o el corazón.

Al parecer para lo único que sirvo es para la ventriloquia y para escribir novelas inenarrables. Convendría aprovechar el creciente interés de editoriales nacionales en incluir voces emergentes dando fin a la edad mendicante del poeta. Tal vez lo intente. En este país tocó bajar del pedestal del pensamiento y trabajar como seres humanos por los seres humanos.

Hoy el día promete ser agresivo. Busco un café donde sentarme a perder dos horas, donde exhibir mi imaginaria condición pequeñoburguesa, donde evadir mi cuarto sin mascotas y sin árboles. Pienso en la madre de Babela, andrajosa y simple, la impotencia que debe atravesarle el estómago cuando busco a su hija y le compro zapatos nuevos con lo poco o nada que queda de mis prestaciones sociales. Debe estar odiándome esta mujer, odiándose a sí misma por haber perdido el heroísmo, y debe estar odiando a su hija por ser el recordatorio perenne de esta humillación. Babela tiene conciencia de esto último y usa mis obsequios, en cierto modo, para lastimarla. Yo no me meto. No me importa la madre de Babela, quizá también aborrezca su pereza social, su cobardía. Sin embargo las pocas veces que nos hemos mirado a los ojos lo hemos hecho desde un mismo nivel, y creo que esto se debe precisamente a que tampoco soy mejor que ella.

Sorbo el insípido café de la máquina, está horrible, Espanto con suaves manotazos a dos abejas que sobrevuelan la taza y mi blusa de flores; es ridículo, incómodo y desesperante el pánico que nos producen estos animales tan pequeños y tan obstinados, aterrador el zumbido de todo lo que pica y nos persigue. Algo humano me impide matarlas. La gente me mira distraída y ecológicamente. Pero, ¿qué dirección podía darle a Babela? Si ahora que recuerdo, vivo en Santa Teresa, en un hotelito provinciano desde hace cinco años, desde que a mi marido se le ocurriera enamorarse de un sujeto del que pudo enamorarse cualquier otro. Y recuerdo esto en caso de que yo pudiera llevar cuentas de lo solidaria que una se pone a veces, cuando la persona a la que amabas le da por ser honesto. Ahora tiene marido, un hombre muy guapo nativo de la Republique Francaise, exactamente de Montpellier, llamado Róquefort, muy guapo, de amplios ojos claros, como de mantecado. Bueno, qué carajo, aproveché el bochorno para largarme. Si le respondo a Babela dónde vivo más tarde tendré que explicarle de qué vivo, asunto que se preguntará de un momento a otro, nadie soporta saber nada de la gente que te obsequia cosas. Ficcionará sobre mí, en su fuero más íntimo creerá que tráfico con niños o que soy proxeneta u otra porquería.

El ventilador gigante se mueve pese a sí mismo, esparce inútilmente el aire caliente de la panadería y el olor a pan con canela. Hay moscas dentro de los mostradores, me fumo un Belmont a pesar del calor y pese al imbebible café de máquina, estoy esperando que sean las ocho para regresar a la residencia. Doña Veda se compadecerá de mí al pensar que he pasado el día entero buscando empleo con qué pagarle el alquiler, existe una naturaleza de utopías que no vale la pena aclarar. Me  pregunto qué pasaría dentro de mí si Babela me besara, de buscar una luz perversa para iluminarle la boca…

—¿Octavia? ¿Eres tú?

Escucho una voz familiar a mis espaldas. Me volteo.

—¡Isabela, qué tal!

—¡Octavia, sí eres tú, cuánto tiempo! —nos saludamos con un beso en la mejilla, yo un poco fastidiada de encontrarme a una amiga de Antón Ulloa, mi ex marido— ¿Y cómo estás?

—Excelente —mentí.

—Se te nota —mintió—. Estás tan… tan… distinta.

—Sí, un poco delgada y más vieja.

—Bastante, diría yo. Quiero decir, delgada —Isabela pide un café al muchacho de la máquina y enciende un cigarrillo. Luego viene a mirarme con ojos escrutadores, con ojos de tractor, con ojos de pasado. Se mata si no me pregunta por Antón, si no averigua en qué nivel del despecho me encuentro. No me seduce el tema, me seduce otra cosa, probar su imprudencia, por ejemplo:

—Y qué tal tu vida, Octavia, dónde vives.

—Estoy residenciada por acá cerca —aclaré la garganta—, en una posada muy agradable.

—¿Y a qué te dedicas ahora?

—A lo mismo.

—Es difícil sobrevivir de la ventriloquia….

—En absoluto, tiene sus temporadas bajas, pero en general es un oficio muy apreciado.

—¿Y Antón? Tengo años que no lo veo.

—Yo no lo veo nunca —aclaré complacida—. No sé nada de él desde hace cinco años, desde que se fue a Francia.

—¡Caramba! —dijo indignada—. ¡Pero, qué pena! Has debido pasarla mal.

—No tanto. Ya sabes, el estado ideal es el del soltero, el jubilado o el divorciado —bromeé—. Soy divorciada y no me va mal —ella sonrió e hizo una mueca de asco una vez que probó el café—. ¿Y tú, cómo va todo?

—Bien. Acabo de comprar una linda casa en la montaña. Deberías subir un día de estos, mi marido y yo pronto celebraremos nuestro décimo aniversario.

Qué iba a estar subiendo yo nada, los amigos de los ex matrimonios son ex amigos, no tiene caso forzar amistades con ellos. ¿Por qué la vida de los demás a veces parece ser mejor que la nuestra?

—Uy —proferí mirando el reloj—, son las ocho. Me alegra verte y saber que estás tan bien, pero tengo una cita —mentí de nuevo, agujereada por la envidia y por un cierto despecho por mi antiguo matrimonio—. Mándale un abrazo a Elio y a tu hija.

—Claro —sonrió con falsa humildad—. ¿Me das tu número telefónico?

—Por ahora no tengo —mentí por cuarta vez, rogando que nadie me telefoneara en ese instante y me desmintiera—, pero sé que estaremos viéndonos seguidamente. Yo pago el café —pagué los cafés y salí de la panadería.

Tomo el camino de regreso a mi hogar, un hogar con tres días de retraso en el alquiler y una nevera en la que todos aportamos los manjares más manjares de la pobreza y los bocados más bocados de los periodos de bonanza, propio de una frugalidad más o menos epicúrea. Voy maldiciendo, tentada en caerle a dentelladas a un cable eléctrico de alta tensión. Octavia Fernández ex Ulloa. Ex casada, ex amada, exfoliada, ex feliz, ex lubricada.

Sobre la autora

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