literatura venezolana

de hoy y de siempre

Padre e hijo

José Simón Escalona

(Melodrama en dos actos)

Personajes:

EL PADRE, más de cuarenta años

EL HIJO, más de treinta y cinco años

LA MADRE, más de cincuenta años

LA HERMANA, un año menor que el Hijo

LA ESPOSA, edad aproximada a la de la Hermana.

ÉPOCA ACTUAL

Una pequeña terraza de una casa a la orilla de la playa. El piso de madera, levantado como una plataforma sobre la arena. La terraza tiene una parte techada, sostenidas por débiles columnas de madera que armonizan con el ventanal y la puerta que asoman el interior de la casa. Todo limitado por barandas que sirven de espaldar a bancos que, como “poyos” se adosan a los lados del espacio. Una escalera desciende hasta la arena de la playa.

El ruido del mar, de las olas que suave bañan la playa, se escuchará continuamente, a veces casi imperceptible, en ocasiones sólo se escuchará el sonido del mar.

PRIMER ACTO

(Al iniciarse la acción, ya la luz parece haber dejado atrás las duras horas de calor. El ambiente luminoso da sin embargo sensación de vacío, de retiro, de soledad abatida por el sol, la misma madera parece desteñida y reseca, blancuzca. La atmósfera está cargada de apacible amargura.

Hay pocos muebles en la terraza, como si apenas han sido sacados algunos: una silla de extensión, otras plegables que aún cerradas reposan inclinadas sobre la pared.

El hijo se encuentra sentado en la silla de extensión, sin mucha comodidad. Lleva lentes oscuros, de apariencia conservadora, pero cuidadosamente seleccionados, al igual que la vestimenta: franela tipo “chemisse”, pantalones bermudas, medias cortas y zapatos de goma, todo blanco, más propio para jugar tennis. Muy pulcro.

Por un momento parece como si no se fuera a mover nunca. Hay en su actitud una tranquilidad que no se amolda a su inquieto estado de ánimo interior. La monotonía de este cuadro, afincado con el ruido de las olas del mar, lo rompe la esposa que desde el interior irrumpe en la terraza. Viste igualmente deportiva pero en extremo formal. Ella observa unos instantes en silencio, en espera de algún gesto, de alguna palabra de él. Decide hablar).

ESPOSA.- ¡Todo está en orden! (Pausa. Larga). Mañana le agradeceré a esa pobre mujer, el esmero con que cuida la casa. El jardín a pesar de la época está verde y podado. No hay polvo ni telarañas. Tenemos agua, luz. Puse a funcionar la nevera, guardé el mercado y coloqué el vino en el refrigerador, para que esté frío a la hora de la cena. (Nueva pausa). Cada cosa estará en su lugar será una hermosa velada… (Como si se disculpara por una imprudencia) a pesar de todo. (Nueva pausa corta). Estoy ansiosa por saber qué traerá para la cena tu hermana. No quise ofrecerme para cocinar. Cuando pruebo los platos que hace me avergüenzo de tanta ensalada fría, de mis famosos sanduches tipo club, de los postres que casi nunca levantan y me obligan como ahora, a correr a la pastelería. Me habría gustado tanto ser una buena cocinera. Eso sí, me ofrecí para arreglar la mesa, sé que no te gusta la vajilla de melanina que hay aquí en la playa, así que embalé la que nos regalaron el día de nuestra boda. Es una ocasión especial, como la navidad o el año nuevo… Pondré el mantel de hilo con las servilletas… (Ríe suave para sí) Y para que todo tenga un toque especial, compré dos “quinqué” en el anticuario, con unas bellísimas pantallas de cristal tallado, así la brisa no apagará las velas…(Repentinamente) ¿Crees que a todos les guste el “Mousse” de Chocolate? No reconozco los gustos de tu…

HIJO.- (Interrumpiéndola) ¡No vendrá!

ESPOSA.- (Cautelosa) ¿No quieres que venga?

HIJO.- No.

(Nueva pausa larga, la esposa mira y pasea por la terraza, siempre buscando contacto, conversación).

ESPOSA.- Mantener una casa de playa siempre resulta costoso…

HIJO.- He pensado venderla.

ESPOSA.- Podríamos venir más a menudo. Como hacíamos al principio. (Pausita. Luego tratando de rescatar cierta alegría lejana). Recuerdo la ilusión con que vinimos la primera vez. Era una buena inversión y una mejor oportunidad el precio de compra, sobre todo para un matrimonio que comienza y podría… (Se corta, retoma tratando de ocultar su tristeza). El préstamo, los intereses, todo, se pagó en apenas tres años… ¡Ya han pasado diez desde aquella primera vez!

HIJO.- Y no hay ilusión.

ESPOSA.- Porque tú no quieres.

HIJO.- No quiero.

ESPOSA.- Podríamos…

HIJO.- No.

(Nueva pausa larga en la que siempre se escucha más fuerte el mar. La esposa busca ánimos en la contemplación del paisaje, parece emocionada, suspira).

ESPOSA.- Qué grande es el mar.

HIJO.- No tiene sentido.

ESPOSA.- Es una lástima que desees vender la casa, me gusta tanto estar aquí.

HIJO.- No me refiero a la casa. Aunque después de hoy menos querré conservarla. (Pausa) No tiene sentido.

ESPOSA.- ¿Qué…?

HIJO.- No va a funcionar. Lo sabes tan bien como yo. ¡Es una idea descabellada de mamá! Una vez lo intentamos y el resultado fue peor.

ESPOSA.- No es lo mismo ahora. Se va a morir.

HIJO.- Como todo. Como todos. Se vive y se muere, es natural.

ESPOSA.- Sí, pero es mejor olvidarlo. Resulta amargo, doloroso, angustiante, vivir pensando en la muerte. Además está la posibilidad de seguir viviendo a través de otras cosas…

HIJO.- Sé a lo que te refieres, te obstinas en el mismo tema, me has obligado a no escucharte.  (Pausa)

ESPOSA.- Nunca lo hiciste, amor. En la universidad cuando era tu alumna y levantaba la mano para dar mi opinión, apenas te fijabas en mí, y si me concedías la palabra lo hacías con una mueca de burla, de fastidio que me hería y me humillaba delante de mis compañeros…

HIJO.- ¡Sin embargo, te enamoraste de mí!

ESPOSA.- Era difícil no hacerlo, todos te admirábamos, queríamos besarte y adorarte, amarte en medio de esa desesperación infinita que veíamos en tus ojos y se revelaba en tus palabras. Querías hacernos comprender que la idea de la trascendencia escapaba del hombre moderno, empeñado en lo inmediato, sin preocupaciones del inexistente futuro y convencido de la falsedad del pasado. Y paradójicamente en cada uno de tus discípulos trascendías, vivías y seguirás viviendo, pues, pensaremos siempre en ti…

HIJO.- La memoria también tiene límites, cada vez más estrechos. Todo es pasajero, efímero. Entre la vida y la muerte las distancias se acortan vertiginosas. Nada tiene sentido.

ESPOSA.- ¡Me casé contigo y encontré sentido a vivir! Lo abandoné todo para estar a tu lado.

HIJO.- Fue una tontería. Te equivocaste. Puedes rectificar. Eres libre, no tienes por qué seguir junto a mí,

ESPOSA.- No te voy a dejar y tú lo sabes. A veces creo que dices eso para martirizarte.

HIJO.- También a ti te martirizo.

ESPOSA.- No, no. Yo sigo conservando la misma ilusión, los dos podríamos tenerla. Eso es lo único que necesitamos.

HIJO.- ¡Qué necesitas tú!

ESPOSA.- No venderías la casa, ni me pedirías que me alejara de ti. Estaríamos más unidos, el resto de nuestras vidas y aún después de morir.

HIJO.- No quiero un hijo. No puedo tener un hijo. No quise tenerlo nunca y ahora es tarde para pensar en eso.

ESPOSA.- No lo es.

HIJO.- ¿Por eso aceptaste venir aquí? ¿Por eso tienes día tras día convenciéndome para venir aquí y reunirnos? ¡Qué estúpida y egoísta esperanza te mueve! ¿No me conoces? ¿En todos estos años de matrimonio no aprendiste a conocerme? No te engañé, sabías como era yo y como sigo siendo. Odio la sola idea de concebir un hijo, más aún como la excusa de un compromiso, de una ilusión, una razón!

ESPOSA.- No hablo de razones sino de sentimientos.

HIJO.- ¡Odio sentir como padre!

ESPOSA.- No. ¡Odias a tu padre y esa ha sido tu desgracia y la mía también!

HIJO.- Entonces olvídame, también el amor se muere. (Pausa tensa).Voy a regresar a la ciudad. Dile a mi madre que no pude venir, que lo siento por ella. Dile que tampoco quise venir, que lo olvidé, que cuando él haya muerto, tal vez llore y le pida perdón.

(Suena la bocina y el motor de un auto que se detiene cerca de la casa).

ESPOSA.- Ya está aquí. Díselo tú…

(Se produce una pausa tensa entre ellos. La esposa sale hacia el interior de la casa. El hijo mira hacia el mar, consternado, habla consigo mismo).

HIJO.- ¡No tiene sentido!

(Una nueva pausa que prepara la entrada de la madre en el umbral. Ella mira a su hijo que continúa de espalda, mirando el mar. La madre tiene un pañuelo en la mano. También viste muy claro, elegante, pero cómoda, señora, con la dignidad de quien ha sufrido mucho. Lleva una pañoleta sobre la cabeza que al quitarse descubre un pelo muy rubio bien cuidado y arreglado con profesionalismo).

MADRE.- ¡Hijo!

(El hijo gira sobre sí y mira a su madre. Adelanta un paso, pero la mujer corre y se echa en los brazos de su hijo, habla siempre como si ahogara el llanto).

MADRE.- ¡Se va a morir!

HIJO.- Ya lo sé, mamá.

MADRE.- Dios te bendiga, hijo. ¡Sabía que vendrías, que aceptarías venir aquí y… abrazarlo, perdonarlo!

(La madre llora un poco abrazada a su hijo. El hijo mira hacia la puerta donde ahora está la hermana, muy alta y delgada, de rostro sereno pero no dulce, muy bien vestida, impecable, su silueta es aun más delgada con el atuendo playero que lleva, se recoge el pelo en lo alto, trae lentes oscuros y hasta guantes de manejar que se quita, hay una mueca que parece ser una sonrisa hacia el hermano, él aprovecha el que la madre se aparta para utilizar el pañuelo y va hasta la hermana, se besan discretamente).

HERMANA.- Salmón ahumado, pastel de coliflor para la entrada. Crema de tomate y pollo al champagne. Me fue imposible conseguir un pavo y temí tu malsano comentario sobre la dureza de su carne. Pensé que aquí en la playa, tendrás oportunidad de mañana o pasado de comer pescado o mariscos.

HIJO.- Regreso ahora mismo a la ciudad.

(La madre al escuchar eso ahoga un grito).

MADRE.- ¿Por qué?…

HIJO.- No debí venir.

ESPOSA.- Le pedí que aguardara su llegada y le diera personalmente la explicación.

MADRE.- ¡No puedes hacer eso, hijo!

(La hermana no dice nada, se dirige hacia la baranda que está más cerca del mar. La madre está muy cerca del hijo).

HIJO.- ¡Lo siento, mamá!

MADRE.- Él se emocionó al saber que tú estarías aquí.

HIJO.- ¿Hablaste con él?

MADRE.- (Como apenada) Sí.

HIJO.- ¿Por teléfono?

(La madre calla. La hermana gira y contesta).

HERMANA.- La llevé a la clínica.

HIJO.- La muerte hace milagros.

MADRE.- El perdón.

HIJO.- Nunca he comprendido cómo alguien que se empeña en vivir en el error, ante la inminencia de la muerte puede arrepentirse y cree que esto es suficiente para recibir el perdón.

MADRE.- Está acabado.

HERMANA.- Los médicos lo han desahuciado. Le quedan pocos días de vida. No quiere morir en la clínica, ni en la fría sala de operaciones. Por eso te pedí esta casa, es menos deprimente.

HIJO.- Y espera, aprovechándose de la muerte, que también yo le perdone en abandono de su familia y de todo lo demás.

HERMANA.- Pregúntaselo a él.

HIJO.- Conozco todas sus respuestas.

HERMANA.- Tienes tiempo para una repetición.

HIJO.- ¿Repetir qué? ¡Las mismas palabras, los mismos insultos, la misma rabia, el desprecio, el odio!

MADRE.- ¡Hijo!

HIJO.- No tengo el corazón tan blando como tú madre, ni creo en la panacea del perdón. ¿Acaso no vivo? ¿Acaso no sufro?

MADRE.- Todos vivimos y sufrimos.

HIJO.- Unos más y otros menos, yo estoy entre los primeros, y no quiero agregar, a los que ya me ahogan, nuevos sufrimientos.

MADRE.- Lo harás si persistes en ese rencor. Hace veinticinco años que tu padre se apartó de mí y ese sufrimiento, ese dolor, la soledad a la que me condenó me fue doblegando, me cansé de tragar mi propia amargura, me estaba envenenando a mí misma. ¿Qué había hecho de mi vida antes de esa separación? Amarlo. ¿Por qué iba a apartarme de ese sentimiento que me había dado a mis hijos y la felicidad que conocí? Me refugié en ese amor, ahí encontré un nuevo equilibrio, frágil, delicado, pero que me ayudó a sobrevivir. El amor hijo, y no sólo el amor por mis hijos, sino que me entregué a pensar en él, en tu padre, como si fuera una callada amante que espera, eternamente. Saber que va a morir me descubrió que él ha sido mi vida y será mi muerte, me recordó que era esa antigua amante que espera también el perdón. El amor y la misericordia se me confundieron y tuve fuerzas para ir a verlo, visitarlo y decirle que todo dolor se había olvidado, que todo rencor se había curado. Y es lo que ahora te ruego y te suplico. Tú eres bueno, hijo, me he sentido tantas veces orgullosa de ti. Quédate y espéralo. Quédate y perdónense.

(La madre se ahoga en llantos. La esposa se acerca a ella.)

ESPOSA.- Venga, señora. ¡Será mejor que tome algo!

MADRE.- Prométeme que te quedarás.

HIJO.- Nunca hice una promesa, madre.

(La madre sale llorando, ayudada por la esposa que mira a su marido con cierto dolor y lágrimas en los ojos. Quedan la hermana y el hijo, ellos esperan callados por un rato, sólo se escucha el mar).

HIJO.- ¿Por qué lo aceptaste? Tú has sido testigo de nuestra mutua aversión.

HERMANA.- Y árbitro, pero siempre de tu lado.

HIJO.- ¿Qué esperas conseguir con este absurdo encuentro?

HERMANA.- No lo sé, te lo juro.

(Pausa)

HIJO.- ¡Lo siento por mamá! No puedo quedarme.

HERMANA.- Nunca la escuché hablar así, estoy… estoy aturdida, no ha sido mujer de palabras y sin embargo encuentro una verdad tan grande en lo que ha dicho.

HIJO.- ¿Cuál?

HERMANA.- Un rencor tan hondo corrompe el alma y los sentidos.(Suspira) Eres mi hermano, eres mi más grande amor, mi único aliento. Te admiro y creo tanto en ti, que tal vez, sin querer, te vea como lo único bueno que hay en el mundo.

HIJO.- No sé qué significa ser un hombre bueno.

HERMANA.- De pequeño lo sabías… ¿Qué quieres ser cuando seas grande? Un hombre bueno, eso decías. ¿Qué pasó?

HIJO.- El mundo sólo es bueno o malo cuando somos niños. Cuando aprendemos que lo importante es vivir, la moral se inmiscuye, el miedo se agrega a la sazón, la ética contribuye a la confusión, la desesperanza, el conocimiento de las cosas y su propia naturaleza, todo conspira, y nada es bueno ni malo sino estéril. Tú y yo nos parecemos tanto.

HERMANA.- Tú tienes una posibilidad. Hay algo en ti que hace que todos te quieran y te admiren, y sé que muchos desean sólo tu felicidad, un rápido sondeo me daría a razón: mamá, tu esposa… yo.

HIJO.- ¡Mis “mujeres de sal”!

HERMANA.- Recuerdo el poema, nunca supe que te gustara escribir, fue una verdadera sorpresa la navidad pasada. Tal vez no muy agradable, me sentí petrificada, condenada entre las líneas de tu poema.

HIJO.- ¿Crees que en realidad exista una posibilidad para mí?

HERMANA.- Estoy segura.

HIJO.- ¿Cuál?

HERMANA.- No soy una persona que quiere encontrar una motivación psicológica en todas las acciones de la gente, pero creo que el rencor por papá, te ha hecho mucho daño.

HIJO.- ¿Y a ti, qué te lo ha hecho?

HERMANA.- Mi caso es distinto. No pude ser lo que quise. Me he conformado, pero las amarguras han hecho su trabajo en mí.

HIJO.- Puedes refugiarte como mamá en el amor.

HERMANA.- No, ya no. Me casé enamorada, pero creí que casándome no renunciaba a mis metas profesionales, era la época en que las mujeres comenzábamos a liberarnos y algunos hombres nos convencían de que podían entendernos. No fue así, Debía escoger entre el matrimonio y los hijos o la profesión. Quise demostrarme a mí misma que valía, que no era la “oveja negra” de la familia, la estudiante regular. Escogí la profesión, buscaba mi realización y luego habría tiempo para el amor, un hogar y hasta la posibilidad de los hijos. Todo se fue retrasando, han pasado años y sigo siendo una profesional mediocre y una mujer tan amargada que ya no confía en el amor. Soy un mal ejemplo de la liberación femenina, por fortuna hay tantas otras cosas que han tenido éxito, que al menos no me siento culpable sino de mi propio fracaso.

HIJO.- Eres muy dura contigo misma.

HERMANA.- Soy objetiva. Me duele serlo, pero ya no puedo cambiar. Una mujer que pasa de los treinta años, que tiene matriz infantil, aversión al amor y resentimiento con la vida, empieza a saber lo que le espera: una olímpica soltería… Al menos no podrán decir que me quedé para vestir santos. Y en el fondo me consuela que papá muera.

HIJO.- ¿Por qué?

HERMANA.- Me aterra la idea de cuidar a un hombre o a una madre enferma. Sé que mamá no durará mucho cuando el viejo se haya ido.

HIJO.- No entiendo a mamá.

HERMANA.- Es mujer, de las de antes. Ella está lejos de tu clasificación de moral, ética y todos esos conceptos intelectuales. Ve el mundo con mirada infantil, a pesar de todo.

HIJO.- Si fueras tan condescendiente contigo mismo como lo eres con los demás…

HERMANA.- No me des consejos, ya es muy tarde, hermano.

HIJO.- ¿Por qué te empeñas entonces en reconciliar lo inconciliable?

HERMANA.- ¿Papá y tú…?

HIJO.- Sí.

HERMANA.- A eso iba. Yo escogí en un momento con lucidez, ya adulta, aposté a mí misma y perdí, por eso puedo ser objetiva, pero tú tenías apenas diecisiete años cuando decidiste operarte para no tener hijos…

HIJO.- No hablemos de eso.

HERMANA.-Sí, debemos hablar, tienes que hablarlo sobre todo con él, con papá. Tú lo hiciste para vengarte de él. Sabías lo que esperaba de ti, su único hijo varón, al que había dado el mismo nombre y por supuesto el mismo apellido. Papá no tenía por qué ser distinto a los otros, tú lo querías cambiar.

HIJO.- ¡Él quería cambiarme a mí!

HERMANA.- Y por eso te presentaste con la constancia médica de la operación para lanzársela a la cara. (Corta pausa) Eras un adolescente, te condenaste sin saber, por eso tu odio ha ido creciendo…

HIJO.- ¡Es un análisis muy superficial!

HERMANA.- Tal vez, lo que sí es una verdad es que tu vida y la mía están llenas de amarguras. Yo sé lo que duele una frustración, yo sé lo difícil que resulta seguir viviendo y estar peleada con la vida. Lo conozco, lo sufro en carne propia, y por saberlo, quiero que tú te salves, hermano.

HIJO.- (Abrazándola) ¡Hazlo tú contigo misma! Hazlo tú y tal vez yo crea que existe ese camino.

HERMANA.- (Llorando) Inténtalo tú primero.

HIJO.- No quiero… ¡No puedo!

HERMANA.- Ahora te lo ruego yo, ahora soy yo la que suplica. No me mates hermano, tú mi Caín si ahora te marchas y le das la espalda. Me pongo en tus manos. A ti te toca juzgarme, mátame o perdónalo.

(El hijo y la hermana están abrazados y llorando, entra la esposa y los observa, la hermana se da cuenta, se levanta, hace apenas un gesto para secar sus incipientes lágrimas, se levanta y mira a la esposa).

HERMANA.- ¿Cómo está mamá?

ESPOSA.- Le di un calmante, la llevé a la habitación.

HERMANA.- Iré a verla.

ESPOSA.- (A su marido) Quiere verte a ti.

(Entre la hermana y el hijo hay cruce de palabras).

HERMANA.- Ve tú.

HIJO.- Sí.

ESPOSA.- ¿Te quedarás?

HIJO.- (Luego de mirar a la hermana) Sí.

(El hijo sale. La esposa queda con la hermana).

ESPOSA.- Siempre lo convences.

HERMANA.- No lo creo.

ESPOSA.- Al principio de nuestro matrimonio, me era tan difícil mirarte a la cara, sé que no me aceptabas como cuñada.

HERMANA.- Aún no lo acepto.

ESPOSA.- Yo pensé que…

HERMANA.- No eres la mujer que él necesita.

ESPOSA.- ¿Cómo crees que debe ser la mujer que él necesita?

HERMANA.- No debió casarse nunca.

ESPOSA.- Yo lo quiero.

HERMANA.- ¿Quién no lo quiere?

ESPOSA.- Es distinto a como pueden quererlo tú o tu mamá.

HERMANA.- ¿Cómo sabes que lo es?

ESPOSA.- Soy su mujer.

HERMANA.- No lo eres, aún.

ESPOSA.- ¿Qué quieres decir?

HERMANA.- Si lo fueras, todo sería distinto. Eres débil, demasiado femenina diría yo. No eres la mujer que él necesita.

ESPOSA.- ¿Acaso todas las mujeres tienen que ser como tú?

HERMANA.- No, al contrario, no creo que deban ser como yo, pero tampoco como tú.

ESPOSA.- Ayúdame a ser la mujer que él necesita. Si tanto lo quieres, dime qué debo hacer, cómo debo transformarme.

HERMANA.- No puedo decírtelo, nadie puede hacerlo.

ESPOSA.- ¿Por qué te has empeñado todos estos años en mi contra? No has hecho más que mirarme como si fuera poca cosa. Me has evitado todo lo que has podido, pero cuando obligatoriamente estamos juntas, cada día de año nuevo, delante del champagne y las malditas doce uvas antes del abrazo, me he dado cuenta de tu insidiosa mirada, y tu afán es desmerecerme delante de él. ¿Qué te hice a ti? ¿Crees que soy yo la que le hecho daño? ¿sabes tú lo que ha sido dormir durante quince años a su lado? Despertar de madrugada y verlo sin pegar los ojos, aguantar sus silencios, temer un día domingo sin una sola sonrisa ni una mirada… Siempre a su lado sin una palabra de amor o de afecto, esperando cada día, cada noche, cada hora, cada segundo que alguna vez me repita aquel te amo, te quiero, te deseo, te necesito, que escuché hace quince años. ¿Cómo te atreves a comparar mi amor con el tuyo? ¿Es eso acaso? ¿Por eso me desprecias?

(La hermana tiene lágrimas en los ojos y con fuerza le dice:)

HERMANA.- No, no te desprecio, te envidio, porque si yo hubiera conseguido un hombre como él, también lo habría dejado todo por seguir a su lado…

(La esposa en un acto de sincera emoción se abraza a la hermana que al principio no responde, pero que luego también la abraza).

HERMANA.- Tenía que decirlo. He guardado esta envidia durante años. No es que esté enamorada de propio hermano como hembra, pero sí como ser humano. El día que papá se fue de la casa, éramos apenas unos niños, él tendría doce años, no recuerdo bien. No lloró, mamá y yo lo hicimos. Él nos consolaba, se convirtió en el centro de la casa y de nuestro universo y de la vida entera. Se iba a su cuarto las veces que papá venía a visitarnos, él quería que no viniera, si hablaban discutían. Mamá y yo preferimos que no volviera. Sin querer nos fuimos convirtiendo en las víctimas de mi hermano y al mismo tiempo en sus victimarias. Cuando él hizo lo que hizo y papá no volvió más, nos sentimos tan culpables…

(Ella no puede seguir, la ahoga el llanto. Hay un silencio difícil, la esposa calla, sin saber qué decirle a la hermana. Ella parece recuperarse, dice ahora más serena).

HERMANA.- Tú lo apartaste de nosotras y no lo has hecho feliz.

ESPOSA.- Ayúdame ahora. Hay métodos para que podamos tener un hijo…

HERMANA.- No sé si sea un hijo lo que necesita.

ESPOSA.- Lo es, lo siento, sé que un hijo lo haría volver al mundo. Él no lo entiende porque teme que se repetirá la historia de su padre, el mismo nombre, el mismo apellido, la misma imposición, posesión. Sabe perfectamente que su hijo no será lo que él quiere y a eso tiene miedo. Tengo años estudiando en secreto, hablando con psicólogos, psiquiatras, amigos, todo el que me pueda orientar, siempre escondida, callada, sin que él se entere porque sé que no me lo perdonaría. Tú más que mi cuñada eres su hermana, puedes ayudarme, sólo a ti me falta pedirle auxilio. No me dejes sola, si es verdad que lo amas, si es verdad que lo adoras, entiende que soy la única que puede salvarlo.

HERMANA.- ¿Cómo…?

ESPOSA.- Tú le sabes hablar, él te escucha, tú puedes convencerlo. La operación que se hizo a los diecisiete años puede corregirse, y si no lo desea, si no funcionara, hay métodos para concebir un hijo…

HERMANA.- ¿Y cómo sé yo que no es tu propio egoísmo el que te lleva a creer que un hijo tuyo lo salvará? ¿Cómo puedo saberlo?

ESPOSA.- Cree en mí, nada más.

(Entra la madre interrumpiendo la escena).

MADRE.- ¿Están discutiendo?

ESPOSA.- No, claro que no.

HERMANA.- Hablábamos de él…

ESPOSA.- ¿Dónde está?

MADRE.- Quería bañarse, cambiarse de ropa, dijo que sudó mucho en el camino hacia acá.

ESPOSA.- Voy a ver si me necesita.

(La madre la detiene).

MADRE.-No, puedo ir yo…

ESPOSA.- Soy su esposa, señora.

MADRE.- Una esposa que no lo ha ayudado mucho.

ESPOSA.- ¿Qué dice?

HERMANA.- ¡Mamá!

MADRE.- Es mejor que se lo diga. He hablado con mi hijo, no es feliz, lo sé, lo leo en sus ojos, lo conozco, siempre descubrí lo que sentía desde que era niño…

(La esposa mirando a la hermana que desvía un poco la mirada).

ESPOSA.- ¿Y qué es lo que ha descubierto ahora?

MADRE.- Que si fueras otra mujer, mi hijo no estaría tan desesperado…

ESPOSA.- ¿Cree que es mi culpa…?

MADRE.- En gran parte.

ESPOSA.- ¿Le habló de eso él?

MADRE.- Sí.

(La esposa sale corriendo, la madre hace ademán de irse detrás de ella).

MADRE.- Espera…

HERMANA.- ¡Déjala mamá! (Pausita)

MADRE.- Hablé con él, hija. Ella lo atormenta, ella le pide un hijo, y él no puede dárselo.

HERMANA.- (Casi ahogando un grito) ¡Sí puede!

MADRE.- No. Sabes lo que hizo. Yo misma lo confirmé con el médico…

HERMANA.- Han pasado años…

MADRE.- ¿Y eso qué significa?

HERMANA.- Si él quisiera tener hijos, podría.

MADRE.- ¿Cómo?

HERMANA.- La ciencia ha avanzado, hay operaciones para rectificar lo que hizo, métodos artificiales para que su esposa salga embarazada.

MADRE.- Pero él no quiere, estoy segura que se sentiría humillado.

HERMANA.- Mamá, cuando acepté hablarle sobre la entrevista con papá, no lo hice con la intención que tú supones…

MADRE.- ¿No?

HERMANA.- Sé que él y papá no podrán perdonarse.

MADRE.- No vuelvas a repetirlo.

HERMANA.- Es la verdad, en la vida los odios no se acaban en un día, cada uno guarda muchos resentimientos hacia el otro. Papá lo siente culpable de su fracaso, mi hermano se siente fracasado por culpa de papá…

MADRE.- Inventos, tonterías modernas. Los hijos y los padres siempre se pelean y pueden contentarse…

HERMANA.- No es así.

MADRE.- ¿Y qué esperas que pase entre ellos?

HERMANA.- Espero que mi hermano reaccione, sé de cuenta que está acabando su vida, por mucho que diga, por mil cosas que emprenda, a pesar de los reconocimientos que obtenga en su profesión, nunca se va a sentir feliz si no tiene un hijo.

MADRE.- No es verdad. Tú lo dices porque no los tuviste tú.

HERMANA.- Sí, lo digo por mí, porque sé lo que significa no tenerlos.

(La hermana habla con sinceridad. La madre se acerca a ella dolida, conmovida).

MADRE.- Ella le hace daño, hija, es ella, esa mujer la que lo atormenta. Si él no quiere tener hijos que no los tenga. Él sólo necesita para sentirse bien perdonar a su padre. Es mi hijo, yo sé lo que siente, lo que piensa, lo parí, lo crié. Necesita sentirse un hombre bueno y no lo será mientras no perdone a su padre.

(La madre abraza a la hermana que está sentada. La hermana levanta la mirada tristísima, habla un tanto incrédula, ida).

HERMANA.- Ojalá tengas razón, mamá. Ojala sea así, porque de lo contrario, tú y yo le hemos hecho a él el mayor daño posible, más del que nos hemos hecho a nosotras mismas.

(El cuadro se detiene por un instante, madre e hija miran al mar, el sonido parece rechazarlas.

Entra el hijo con la esposa, él viene ahora con pantalones de lino, camisa de cuello y puño, zapatos de trenzas, continúa de blanco.

Las dos mujeres reaccionan a la voz del hijo).

HIJO.- Es la hora más serena aquí en la playa. El Sol desaparecerá lentamente llevándose el fuego que encarnece el cielo y el mar. Luego una luz lo teñirá todo: la arena, la madera de la casa… siempre me ha cautivado el atardecer.

ESPOSA.- Puedo servir algo… preparar una limonada…

HERMANA.- Te ayudo.

ESPOSA.- Sí.

(Las dos mujeres jóvenes salen de la terraza, quedan la madre y el hijo).

MADRE.- De punta en blanco. Me gusta tanto verte así. De pequeño te vestía de blanco los domingos, te sentaba en el salón familiar, frente al escritorio de tu padre, justo al atardecer. Y ahí estabas, por horas y horas, inmóvil. No querías arrugar el traje ni ensuciarlo. La misma pulcritud te acompañó en el colegio, en las fiestas infantiles, en los paseos. No recuerdo haberte reñido nunca porque mancharas la ropa. Cuidaba con celo el lavado de tus camisas blanquísimas. Vigilaba a tu Tata que lo hervía todo en medio del patio de tierra, entre las piedras. Iba y venía llevando baldes de agua sobre la cabeza envuelta en un trapo blanco. (Suspira) Ahora eso ha cambiado, tu esposa llevará todo a la tintorería.

HIJO.- Algunas prendas prefiere lavarlas en casa.

MADRE.- Sí, las lavadoras y las secadoras ayudan mucho, pero todo lo destrozan. Te hace falta cuidado. Es una lástima que ella te haga sufrir.

HIJO.- ¡No me hace sufrir, mamá!

MADRE.- Hace un momento dijiste lo contrario.

HIJO.- Me preguntaste cómo me sentía y te respondí que como siempre: atormentado.

MADRE.- Porque ella se empeña en tener un hijo.

HIJO.- No es por eso.

MADRE.- Claro que sí.

HIJO.- Nunca me ha hecho un reproche. Sé que está pasando por un momento difícil.

MADRE.- Cuando se casó contigo sabía que no le darías un hijo.

HIJO.- No quiero hablar de eso contigo.

MADRE.- Siempre hablaste conmigo todas las cosas.

HIJO.- No hablamos, me interrogas mamá, y especulas sobre lo que me sucede y siento.

MADRE.- Las madres tenemos un sexto sentido, a veces evitamos alguna verdad, pero en el fondo sabemos todo sobre nuestros hijos.

HIJO.- No lo creo.

MADRE.- Eso que llamas un momento difícil en tu mujer es lo que te tiene tan nervioso, triste, deprimido.

HIJO.- No más que el famoso encuentro con papá, que tú has tramado.

MADRE.- Entiendo que ver a tu papá después de tantos años te inquiete, pero me doy cuenta que ella se aprovecha de la situación para manipularte y empeñarse en esa absurda idea de una nueva operación o embarazos artificiales.

HIJO.- ¿Cómo lo sabes?

MADRE.- Se lo ha metido en la cabeza a tu hermana.

HIJO.- ¿Te lo dijo ella?

MADRE.- Sí.

HIJO.- ¿Estás segura?

MADRE.- Como que hay un Dios en el cielo. Ahora tu hermana también cree que es posible que le des un hijo a tu esposa. Todo esto me parece horrible. Embarazos artificiales. Aunque no quieres aceptarlo me doy cuenta que eso es lo que te atormenta y te tiene desequilibrado.

HIJO.- Estoy en mis cabales.

MADRE.- Mírame a los ojos, dímelo así, mirándome. Respóndame con la verdad… ¿Te sientes culpable de no darle un hijo a tu esposa?

HIJO.- No. No.

MADRE.- Entonces, sepárate de ella.

HIJO.- Ya se lo he pedido, mamá.

MADRE.- Es duro, lo sé, pero no hay otro remedio.

HIJO.- Ella no acepta la separación.

MADRE.- Tendrá que hacerlo, lo quiera o no. Será así.

HIJO.- Lo sé. Finalmente me dejará, no puedo obligarla a permanecer a mi lado. Eso es lo que más me atormenta. Perderla. No es costumbre a tenerla cerca, es necesidad de ella. Terminaré volviéndome loco. La miro y pretendo olvidarla. La veo y quisiera apartarla. Y no puedo, madre. No puedo. Tengo miedo, horror a perderla. ¿Qué haré si ella se va?

MADRE.-Vivir con tu hermana y conmigo. Entre los tres podremos encontrar una manera de vivir en paz.

HIJO.- No existe la paz, ni dentro ni fuera de mí. No persigo la paz.

MADRE.- ¡Dios mío! No logro entenderte.

HIJO.- Nunca nos hemos entendido. Ni tú, ni yo, ni mi hermana, mucho menos papá. Luchamos uno contra el otro.

MADRE.- No lucho contigo. Ya ni siquiera con tu padre.

HIJO.- Lo haces contra ella: mi esposa.

MADRE.- Porque no eres feliz.

HIJO.- ¿Alguna vez lo fui?

MADRE.- Tuvimos una casa, una familia. Había alegría, un cielo, un río. Las tardes frentes al ventilador, las veladas en familia. La escuela y los domingos. Los disfraces y el auto, y las maletas y los caminos…

HIJO.- ¿En qué se convirtió nuestra vida juntos, mamá? ¿Nos vimos alguna vez a la cara, pudimos sostener la mirada? Tus recuerdos se olvidaron, apenas pudimos vivirlos. Después eras tú llorando por todos los rincones porque papá ya no vivía contigo. Yo odiaba esa casa y por eso quería huir. Me casé y convertí a mi esposa en la misma mujer estéril en que tú te convertiste. La misma mujer estéril que quedó de mi hermana. Estéril la vida mía. (Con profunda consternación)  Y ahora, después de tantos resentimientos y culpas, vienes y pretendes que mire a los ojos de mi padre y pueda perdonar y pueda olvidar, cuando delante de mis ojos tengo sólo el paisaje de la ira y del desierto. Sigue siendo el gran egoísta: se va a morir y todo termina para él. Pero tú, mi hermana, mi esposa, yo… ¿qué va a ser de nosotros? ¿Crees que puedas rescatar ese espejismo de felicidad que tuviste, mientras éramos niños obedientes que vestías de blanco todos los domingos? Castigados cada tarde mientras papá leía o preparaba discursos, cátedras, informes, papeles que lo dejaban levantar la mirada y darse cuenta que había tres seres sentados alrededor de su escritorio en el salón familiar. Tres seres que esperaban permiso para hablar, para pensar, para leer o hacer una labor. Tres seres aterrados bajo el ventilador. Él estaba ciego, como lo estuvo toda su vida, y como lo sigue estando si cree que yo voy a perdonarlo.

MADRE.- También a mí me estás culpando. ¿Tampoco a mí me vas a perdonar?

HIJO.- A ti no te juzgo. Eres mi madre.

MADRE.- De qué sirve ser madre cuando ya los hijos no escuchan, ni están cercan, ni comprenden.

(El hijo abraza a la madre que está muy conmocionada, como si a pesar de espolearle con las palabras la reconfortara con el abrazo, parece extrañamente arrepentido.)

HIJO.- No quiero hacerte daño, mamá. No más. (Respira) Pero te ruego que entiendas una sola cosa, ya no podemos vivir juntos, nada hay en el pasado que yo desee repetir.

MADRE.- A mí me queda oca vida, en cambio a ti, a tu hermana…

HIJO.- Nos queda tan poco como a ti.

MADRE.- ¡No, no es verdad!

HIJO.- Estamos muertos, mamá. Hace mucho que lo estamos.

MADRE.- ¿En qué me equivoqué? ¿Qué mal hice para merecer tanto castigo?

HIJO.- Tener hijos. Una equivocación que no quiero repetir.

(Entran la esposa y la hermana, bandeja en mano, con vasos de limonada, servilletas, pitillos, todo muy bien arreglado, tal vez hasta una hielera. La esposa coloca la bandeja sobre la mesa que hay en la terraza).

ESPOSA.- Tu limonada. (Le entrega el vaso al marido)

(Ambas mujeres presienten la atmósfera entre la madre y el hijo. La hermana le entrega a la madre un vaso).

HERMANA.- ¡Aquí tienes mamá! No le puse azúcar, ¿quieres?

(La madre parece esquivar la mirada de la hermana y de la esposa, buscando a su alrededor, tratando de esconder el rostro, disimular).

MADRE.- No. (Busca a su alrededor) Mi cartera… Ahí está la sacarina…

HERMANA.- Debe estar en la sala, iré a buscarla.

MADRE.- (Rápida) ¡Iré yo misma!

(La madre sale un poco apresurada, la hermana que se ha percatado mira al hijo).

HERMANA.- ¿Estaba llorando?

HIJO.- Es su costumbre.

HERMANA.- Iré a ver qué pasa…

HIJO.- Espera.

HERMANA.- ¿Sí?

HIJO.- Continuaron su conversación mientras preparaban la limonada…

HERMANA.- ¿Cuál conversación?

ESPOSA.- Hablamos tonterías, cosas de mujeres, aprovecho para saber algo de cocina…

HIJO.- (Luego de probar la limonada) Está agria.

ESPOSA.- ¡Te haré otra!

HERMANA.- No está agria, los limones eran frescos y verdes. ¿Por qué no hablas claro?

HIJO.- ¡No hagas caso de lo que te ha dicho mi esposa!

ESPOSA.- ¿Yo?

HERMANA.- ¡No soy de las personas que se deja influenciar!

(La hermana sale. Queda la esposa y el hijo).

ESPOSA.- ¿Por qué le has dicho eso?

HIJO.- Pensé que nuestras intimidades no iban a convertirse nunca en tema de conversación familiar.

ESPOSA.- ¿A qué te refieres?

HIJO.- Disculpo tus estúpidas ideas científicas mientras no pretendas involucrar a mi hermana o a mi madre.

ESPOSA.- No son estúpidas ideas científicas.

HIJO.- ¡Lo son!

ESPOSA.- ¿Cómo lo sabes?

HIJO.- Mejor que tú…

ESPOSA.- Por años me quedé callada, y ni siquiera indagué el nombre de la operación que te habían practicado cuando eras apenas un niño…

HIJO.- Tenía diecisiete años y siempre fui un hombre maduro para mi edad.

ESPOSA.- Tan maduro que se condenó a sí mismo creyendo vengarse de su padre.

HIJO.- La venganza es una pasión, y jamás nos arrepentimos de lo que hacemos en su nombre. Toda pasión degenera…

ESPOSA.- Siempre encuentras palabras para explicar lo que no tiene argumento. Pues bien, te voy a hablar de mi pasión; y tal vez cono tú dices, provoque mi degeneración,  si no lo ha hecho ya. Tengo más de treinta años, me eduqué en una familia muy distinta a la tuya, la única hembra entre varios hermanos. Todos ellos están casados, tengo cinco sobrinos, alguna hasta lleva mi nombre, supongo que por cierta lástima de mis hermanos. Tengo más de treinta años y cuando cargo a uno de esos niños, me entra una desesperación, un deseo, una ansiedad, algo que no sé cómo explicar, pues no soy tan experta como tú en el manejo de las palabras. Cuando los tengo en mis brazos, me pregunto si podré tener uno mío. ¿Qué hay de malo en eso? Soy una mujer normal como cualquier otra. Por eso empecé a averiguar, por eso no hay médico, psicólogo, al que no le haya gritado nuestros problemas íntimos como tú lo llamas. Mi problema, el mío de mujer, que me condenen si es egoísmo.

HIJO.- ¿Por qué no buscaste otro hombre?

ESPOSA.- Porque mi pasión la completas tú. Ese amor no es ni egoísta, ni un concepto. El hijo que quiero tener lo quiero tuyo. ¿Es esa mi degeneración? Empeñarme en convencerte que todos los padres no son como el tuyo, que todos los hijos no son como eres tú o tu hermana. En casa de mis padres los domingos tienen gritos, y risas, y piñatas y bautizos, y se baila con alegría y se disfruta de las cosas pequeñas que tiene la vida. Yo sé que tú te has dado cuenta y por eso desprecias las reuniones de mi familia. Yo quiero un hijo, y sé que tú puedes dármelo, y por eso me obstino en lograrlo, ésa es mi meta, ésa es mi realización, y tengo el derecho a luchar por lo que quiero.

HIJO.- Lo tienes, es verdad. Pero yo no puedo exigirte que lo abandones. ¡Me duele saber que esa es tu más grande ilusión, amándote como te amo, no puedo darte lo que deseas!

ESPOSA.- Me has dicho que me quieres, después de tantos años…

HIJO.- ¿De qué sirve ya?

ESPOSA.- De mucho. (Llorando) Si lo deseas podremos tener un hijo.

HIJO.- No, no. También yo he visitado médicos. También yo en cada viaje que hago y evito que vayas conmigo, inventando excusas y negocios, lo que he hecho es someterme a mil análisis, interminables pruebas y ensayos: ¡No puedo tener hijos! Y no por esa maldita palabra, no por la “vasectomía” que me practicaron a los diecisiete años. Tampoco hubiera sido necesaria, porque por mucho que hubiera querido, no habría podido tener hijos.

(La esposa está asombrada ante la confesión de su marido.)

ESPOSA.- ¡Dios mío! ¡No puede ser!

HIJO.- Sí. Es así, y por eso mi vida a tu lado ha sido tan desgraciada.

ESPOSA.- Debiste decírmelo.

HIJO.- Lo odio infinitamente. Le habría perdonado el daño que le hizo a mamá, a mi hermana, a mí mismo. Le habría perdonado todo…

ESPOSA.- Pero…

HIJO.- No me dio la vida bien. Ni siquiera eso supo hacer.

(La esposa corre y abraza al hijo, aterrada, él está desencajado, destrozado).

ESPOSA.- Olvídalo. Amor, olvídate de él y ¡perdóname!

HIJO.- A ti qué puedo perdonarte. Todo se acabó. ¡Te dejo libre de mí!

ESPOSA.- (Tratando de besarlo) No… no…

(Entra la madre agitada, apurada desde el interior de la casa).

MADRE.- ¡Hijo! ¡Hijo! ¡Ha llegado, ya está aquí!

(El hijo y la esposa quedan petrificados, el hijo mira hacia el mar, da la espalda a la puerta.

Por la puerta aparecen la hermana sosteniendo al padre, una figura delgada, desencajada, vestido de oscuro.

La atmósfera es rojísima por el atardecer).

HIJO.- En la hora del ocaso. ¡Como siempre padre!

(Todos están petrificados, como esculturas, la luz desciende suavemente mientras el sonido del mar aumenta).

Telón del primer acto

*Fuente del texto y la imagen: https://grupotheja.com

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