literatura venezolana

de hoy y de siempre

Orígenes del minicuento

Violeta Rojo

Si bien el minicuento se ha hecho tan común en América Latina como en América anglófona, entre ambas expresiones literarias hay distinciones importantes. Una de ellas se refiere a la longitud. Un short-short-story, por ejemplo, puede tener hasta cinco páginas, mientras que según el criterio dominante entre nosotros un minicuento de esa duración sería un cuento, sin más. El minicuento hispanoamericano no sobrepasa en ningún caso a las dos páginas.

Para los norteamericanos, el minicuento se produce por la necesidad de proporcionar al lector textos cortos que quepan en espacios reducidos y no exijan mucho tiempo para su lectura. Según esta visión, el minicuento sería algo así como fast literature , una forma rápida de consumo literario. Manuel de Cabral no ve esto como algo negativo:

El futuro de la novela es el cuento, y el porvenir del cuento es la parábola y, si la evolución no se detiene -que lo dudo-, la síntesis de la novela, el cuento y la parábola es inevitablemente el aforismo. Porque el hombre del mañana -casi dentro de algunas horas- será un hombre de mentalidad de telegrama. Tiene además la ventaja de que en este mundo vertiginoso, sólo unos minutos pueden dar que pensar todo el día, si queda tiempo. (Citado por Koch, 1986b, 176)

En esta misma línea, Robert Shapard explica que cuando hicieron una encuesta para determinar a qué razones se debía esta forma de literatura breve recibieron todo tipo de respuestas:

… achacaban la popularidad del nuevo cuento ultracorto a las exigencias de los compiladores y los directores de revistas; a una reacción contra la superabundancia de información que sufrimos en nuestro tiempo; a un estado de rebeldía continua contra el esquema convencional del cuento moderno, con su obligada exposición descriptiva y desarrollo de personajes, a nuestra conciencia de ser mortales. (Shapard y Thomas, 1989, 12)

La otra razón que explica el auge del minicuento en el norte del continente es más empresarial. Los minicuentos pueden llenar esos espacios demasiado pequeños para un cuento convencional o para un artículo, pero demasiado grandes para que queden en blanco. James B. Hall dice que «Los orígenes del género son oscuros, pero siempre hubo implicaciones de tipo comercial: la narración ultracorta encaja fácilmente en el espacio de una revista, rodeada de anuncios de alta prioridad». (Shapard y Thomas, 1989, 248)

Ahora bien, en nuestros países ninguna de estas razones es considerable. Para nosotros (latinos al fin: ars langa, vita brevis) la literatura no es de consumo rápido, ni las revistas no literarias suelen publicar cuentos. Por supuesto, no podemos dejar de mencionar dos revistas hispanoamericanas que se dedican exclusivamente a publicar cuentos: El cuento (mexicana) y Puro cuento (argentina). En ambas revistas los minicuentos tienen una presencia permanente y, sobre todo, muy importante. Las dos revistas celebran concursos de minicuento (anual el de El cuento, semestral el de Puro cuento). Estos concursos tienen una gran receptividad, tanto así, que el promedio de minicuentos participantes en cada concurso de Puro cuento suele ser de unos cuatrocientos textos. En estas revistas, sí es posible que los minicuentos sean utilizados como textos que pueden incluirse fácilmente porque encajan en un espacio pequeño.

Los orígenes del minicuento son desconocidos. Para algunos autores (Torri, Monterroso) la única forma de escribir es brevemente; para otros, el minicuento les permite narrar historias cortas que quizás no podrían desarrollarse en textos más largos (pienso en las Historias de cronopios y de famas de Cortázar, por ejemplo); otros quizás querían recrear fábulas (Denevi, Cabrera Infante).

En todo caso, podríamos decir que hubo una primera hornada de minicuentistas, entre ellos Rubén Darío, José Antonio Ramos Sucre y Vicente Huidobro. Poetas los tres, por cierto, que escribieron pequeñas historias entre su vasta obra. Es curioso observar que son muy actuales. Aunque en el caso de «El nacimiento de la col» de Rubén Darío, si no supiéramos quién es el autor podríamos pensar que se trata de una parodia modernista. «Tragedia», de Huidobro, es una muestra de minicuento con una anécdota condensada, un lenguaje preciso y escueto, además de una historia irónica y anticonvencional. «El mandarín» de Ramos Sucre es un minicuento con un carácter proteico muy marcado, en el que destaca el uso de la . sugerencia y la elipsis.

Durante los años treinta, cuarenta y cincuenta, la escritura de minicuentos fue una opción individual en la que, coincidentalmente concurrieron y concordaron varios autores. Ésta sería la segunda generación, que podría comenzar con Julio Torri y Jorge Luis Borges. A partir de estos aportes y hasta los setenta entrarían en esta tendencia Augusto Monterroso, Juan José Arreola, Marco Denevi, Julio Cortázar, Guillermo Cabrera Infante, Enrique Anderson-Imbert, etcétera. A partir de los setenta aparecen los seguidores de éstos. Ya la escritura de minicuentos no es coincidencial, sino de otro tipo, más bien imitativa. Como dice Tomachevski, «Es suficiente que una novela tenga éxito ( … ) para hacer brotar también las imitaciones; nace así toda una literatura de imitaciones, se crea un género de novelas con alguna característica principal» (1982, 212).

En nuestro país el proceso se siguió justamente de esta manera. El iniciador en Venezuela fue Alfredo Armas Alfonzo, que causó gran revuelo con su libro El osario de Dios. Al año siguiente dictó algunos talleres literarios en Caracas de los que egresaron varios escritores de minicuentos: Armando José Sequera sería el más importante de esta hornada. Simultáneamente en Mérida, Ednodio Quintero y Gabriel Jiménez Emán, influidos por los textos breves en las revistas El cuento de México, empezaron a producir textos equivalentes. En el año 70 se publicaron también Rajatabla de Luis Britto García e Imágenes y conductos de Humberto Mata, en los que encontramos textos muy breves. Creo que posiblemente este es el proceso que siguió el cultivo del minicuento en toda América Latina a partir de los setenta, aunque no se puede desdeñar que esta época fue también la del poema corto.

Miranda (1992) incluye varias razones para el desarrollo del minicuento que van desde: «falta de tiempo para leer, ritmo urgente de la vida urbana, saturación informativa que hace deseable lo mínimo y esencial» hasta la derrota de la guerrilla, en el sentido de evadirse y contestar a la literatura política y comprometida de aquella época. Además de hacer constar que, salvo pocas excepciones, en Venezuela los minicuentistas suelen acometer empresas de más largo aliento una vez que dominan el pequeño género.

Si bien estas razones pueden ser lógicas, es posible que sean interpretaciones. El desarrollo de la escritura breve como una manera de reaccionar a cierta charlatanería de la literatura anterior es una constante.

Respecto al carácter de escuela del minicuento, en el sentido de que una vez que dominan el género pasan a formas literarias de más largo aliento, es difícil de comprobar, entre otras cosas porque no existen los escritores que se dedican única y exclusivamente a escribir minicuentos. Julio Cortázar, Guillermo Cabrera Infante, Marco Denevi, Enrique Anderson-Imbert publicaron minicuentos, pero también cuentos y novelas. Augusto Monterroso, sumo sacerdote del minicuento, ha publicado seis libros, pero solamente uno de ellos (La oveja negra … ) está dedicado -y no exclusivamente- al minicuento. Creo más en el minicuento como una forma expresiva que a veces se cultiva y otras veces no. Como cualquier expresión literaria, por otra parte.

Como criterio genético del mini cuento parece más convincente la teoría de la literatura imitativa. Los minicuentos pueden encontrarse en la literatura oriental de hace varios siglos, en las tradiciones hasídicas, en los cuentos árabes, en textos surrealistas, en las fábulas de Ambrose Bierce y en las greguerías de Ramón Gómez de la Serna, por no dar más que algunos ejemplos. En la literatura hispanoamericana de este siglo, como dijimos antes, hay minicuentos a finales de los veinte, después en los años sesenta, y cierto auge en los setenta que se mantiene hasta hoy. Me parece que la eclosión de minicuentos desde hace veinte años, se debe al éxito que alcanzó Monterroso con «El dinosaurio», unido al de Cortázar con sus Historias de cronopios y de famas, que generaron la literatura de imitación.

En todo caso, creo que es difícil examinar los orígenes de cualquier nuevo género y determinar exactamente cómo, de qué manera y por cuáles razones se formó. Sin embargo, con el minicuento hay tantos datos escondidos que el estudio de esta forma literaria se hace difícil. Por dar un ejemplo, en el número 21 de la revista Puro cuento (marzo-abril 1990) se publica un artículo de Edmundo Valadés en el que aporta dos datos importantes sobre el minicuento en Colombia: la publicación de la revista Ekuóreo, especializada en la narrativa muy breve y el manifiesto del minicuento publicado por la revista Zona, de Barranquilla; referencias que hacen pensar en un importante desarrollo del minicuento en Colombia. Páginas antes del artículo de Valadés, podemos encontrar otro de José Cardona López llamado «El cuento breve colombiano: una antología», en el que no hay ninguna referencia a los datos proporcionados por Valadés, y donde además se nos informa que el minicuento en este país ha tenido escaso desarrollo y difusión.

La oscuridad que rodea los orígenes de una forma literaria tan reciente resulta particularmente curiosa, aunque es posible que se deba a la escasa atención tanto en el campo de la crítica como en el de la historiografía que ha tenido el minicuento.

Sobre la autora

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *