literatura venezolana

de hoy y de siempre

Noticias de una inconclusa discusión sobre la poesía venezolana

Jesús Puerta

Jurgen Habermas ha planteado la existencia de una racionalidad estética-expresiva, que relacionaría, tanto las argumentaciones críticas de los «conocedores», que tienen efectos valorizadores evidentes, como un saber acerca de los procedimientos y los recursos artísticos, y un campo de experiencias cuyo alcance abarcaría, en la modernidad, todas aquellas vivencias excluidas de la certeza científica y la voluntad ética: el descentramiento psíquico, los recorridos fronterizos de la mente, el reconoci­miento del misterio.

Es por ello que hoy en día sea necesario, para poder hablar de la poesía, no perderse en la paráfrasis infeliz de la cual se burlaba Wilde cuando decía que explicar una obra incomprensible era tan inútil como explicar una inteligible. Hay que saber  desbordar el propio disfrute o el regocijo indiscutible que depara el juego de las palabras, para establecer las condiciones de un diálogo al cual puedan ser invitados todos los lectores y todos los poetas.

El 16 de abril y el 14 de mayo de 1953 se desarrolló en la sede de la Asociación de Escritores de Venezuela, una mesa redonda sobre poesía venezolana, promovida y posteriormente publicada por la revista La Cruz del sur en sus números 12, 13 y 14 (abril-mayo, junio y agosto de 1953, respectivamente). Entre los puntos considerados en la discusión se encontraban la definición general de la actividad poética, la relación entre nación y poesía, la tradición y la situación actual de la poesía venezolana[1].  Este debate es bastante representativo de las posiciones críticas que en relación a la poesía se manifestaban en aquellos momentos, y que hoy, de alguna manera, se siguen expresando en los críticos contemporáneos. Entendiendo la trascendencia de aquel debate y que, así como una rosa es todas las rosas, un diálogo puede ser todos los diálogos, molestaremos al lector recordando aquellas refle­xiones y argumentaciones.

ENTRE COMPROMISOS E INDEPENDENCIAS

Uno de los tópicos de mayor relevancia entonces era la necesaria vinculación del poeta con la realidad nacional. De hecho, las principales diferencias entre los participantes de la mesa redon­da se expresan en ese punto. Junto a él, se encuentra el replan­teamiento del universalismo, la crítica a las  concepciones que pudiesen parecer «artepuristas» y una reevaluación de la tradi­ción literaria nacional.

Vicente Gerbasi interviene en la discusión con una ponencia en la cual, luego de citar a Rimbaud, resalta su idea de una «alqui­mia del lenguaje» (sic). Menciona también a Rilke para plantear que la poesía es «fundamentalmente vivencia, experiencia», lo cual define la «autenticidad del poeta». También alude a los poetas españoles para distinguir entre literatura y poesía, y  sostiene que

No hay que olvidar que la poesía, como todo arte, es autónoma, es la poesía y nada más. (…) Un poema es un poema por los valores poéticos que encierra y por más nada. Puede que un poema con­tenga una proyección social, histórica, política o afectiva, pero tales elementos no valdrían nada si éste no estuviera ajustado a las misteriosas leyes de la poesía (…) En poesía lo nacional en sí no vale nada (…) Lo nacional en el poeta es inelu­dible, porque constituye la esencia de sus propias vivencias. Este es el problema fundamental de la poesía: lograr que lo local alcance universalidad. Esto se realiza cuando el poeta por un lento trabajo interior llega a convertirse en una vasta y profunda vivencia universal (Revista Cruz del Sur, No 13, junio 1953, pp. 11)

Aquí está planteada claramente la tesis de la autonomía del arte, característica de la modernidad cultural. También el ideal de la universalidad del juicio en la apreciación del arte, con­cepción de origen kantiano. El poeta, mediante ese «trabajo interior», convierte su vivencia personal en universal. Ahora bien, Gerbasi mismo matiza un tanto su postura cuando continúa diciendo

[en nuestro país] la naturaleza atrapa al hombre, y no sólo lo conforma a su imagen y semejanza, sino que lo envuelve, como ocurre en la novela de Rómulo Gallegos (…) nuestro habitante rural que es el que posee las vivencias venezolanas: vive en la soledad como el pez en el agua (…)  tiene melancolía, está de luto por todo lo que es suyo y ha perdido (Ob. cit.,pp. 11)

Con justicia, Rafael Pineda le responde a Gerbasi que, cuando se hablaba de poesía nacional, existía la tendencia de poner como referencia a la novela y lo que en ella se había convertido en un reiterado motivo, el hombre del campo; porque «si es cierto que el venezolano está de luto de sí mismo, lo estaría también el de la ciudad y no sólo el del campo» (Cruz del sur, No. 14, agosto 1953, pp. 18).

Tal vez  la referencia a Gallegos (por parte de Gerbasi) puede interpretarse como un pequeño homenaje a quien simbolizaba en aquel momento, con mayor nitidez, al intelectual democrático comprometido. Y en cuanto a la referencia al hombre del campo, Gerbasi posteriormente apuntaría que esa era «su vivencia», y no un simple lugar común literario.

En todo caso, la intervención de Gerbasi provoca un deslinde. Benito Pérez Ramos señala cierta inconsistencia en el plantea­miento de Gerbasi por cuanto no enuncia los «valores exclusiva­mente poéticos» de los que el poeta carabobeño hace depender la autenticidad del poema. Armando Córdova califica de «artepurista» la postura de Gerbasi. Si se le siguiera, advierte, se llegaría a pensar «lo que le parece absurdo», a saber: que «cualquier poema, sea nacional o no, si está realizado de acuerdo a la alquimia del lenguaje, tendría en abstracto el mismo valor que cualquier otro: no importaría el tema, el contenido» (ob. cit., pp.20). Alí Lameda coincide con Córdova: «creo que Gerbasi tiene una posición completamente artepurista en la poesía» (pp.22). En la misma linea, Pérez insiste en que la poesía debe expresar «valores humanos», «ideas».

A todo esto, Gerbasi responde al final del debate, de la si­guiente manera:

Yo considero que, aunque se defina o no la poesía, los poetas de hoy y de mañana harán poe­sía, sin que nadie les diga qué alimento debe buscar el poeta; el poeta nace con su mundo espe­cial que es el del poeta, a través del cual se debe expresar (Cruz del sur No. 14, octubre 53, pp.22).

Esto constituye toda una declaración de independencia del Yo del poeta respecto a cualquier proyecto colectivo, político, etc. También en relación a toda consideración prescriptiva. Esto es significativo porque la persona de Gerbasi tenía simpatías, por no decir vínculos, con la resistencia adeca antiperezjimenista. Pero el Yo del poeta no es lo mismo que la persona del poeta. Aquél es el que habla en el poema. Este es el que actúa a diario. La poesía define de esta manera una peculiar escisión, propia de la subjetividad moderna.

ENTRE LA LIBERTAD Y LA RETÓRICA

En la discusión de abril y mayo de 1953 también se abordó la tradición poética venezolana. En este tema, los puntos extremos estuvieron representados principalmente por Mario Torrealba Lossi, de una parte, y Pedro Pablo Barnola, Alí Lameda, y, en una actitud menos beligerante, Mariano Picón Salas y Miguel Otero Silva.

Torrealba Lossi (junto a Gerbasi, por cierto) llega a afirmar que Andrés Bello «no es un poeta sino un retórico» y, más adelan­te,

En Venezuela no ha habido tradición poética, somos un país muy joven donde no hay tradición histórica ni tradición poética; nos hemos conten­tado con repetir, y repetir mal las cosas que nos han llegado de Europa (Cruz del Sur, No. 12, abril-mayo 1953, pp.20)

Torrealba coincide con Rafael Pineda en que sólo han existido individualidades y no generaciones en lo que se refiere a la poesía venezolana. Otro acuerdo es el señalamiento de que unica­mente con la generación del 18 y después, hacia 1936, con la entrada del surrealismo (que, según Pineda «se nos metió en la casa y nos dejó un poco boquiabiertos», pp.19), se inicia una tradición poética entre los venezolanos.

Para Torrealba Lossi, los poetas de la generación del 18 son los primeros que «han planteado el problema poético en función del venezolano» (Cruz del Sur, No 14, agosto 1953, pp. 16). Entre aquel momento y el de los 50, Pineda coloca la obra de Ida Gramc­ko como el resumen de una época que declaró muerta a la «retóri­ca» (dicho en un sentido peyorativo).

Cabe indicar que en el debate fueron mencionados, como poetas más representativos del momento,  Juan Liscano, Vicente Gerbasi, Ida Gramcko, Alí Lameda, Miguel Otero Silva, Carlos Augusto León y Juan Manuel González.

UN ESBOZO DE CLASIFICACIÓN

Picón Salas, como ya dijimos, se coloca en otra posición. Rei­vindica a Bello, observa con cierta ironía que todos los jóvenes se colocan contra la generación anterior mediante la declaración de  la muerte de las retóricas anteriores. Lo más interesante de la intervención de Picón Salas es el agrupamiento que propone para los poetas de la época. Habla el destacado ensayista, de dos tendencias:

Una corriente que yo llamaría de un alto conte­nido titánico, para no llamarla filosófica (…) edificada sobre ese sentimiento universal poético que es el pánico del ser ante el mundo, la angus­tia del espíritu ante la fragilidad de las cosas; y otra corriente que más bien quiere expresar muy concretamente la situación del poeta venezolano, en su atmósfera natural, lo que algunos críticos a quienes les gusta las palabras esdrújulas llaman «telúrica». Ambas corrientes no chocan de ninguna manera con la poesía más puramente tradicional, como la que ha representado muy noblemente y acercándose cada vez más a una forma popular, Andrés Eloy Blanco (Cruz del sur, No. 12, abril-mayo 1953, pp.18)

Picón Salas no menciona nombres ni poemas, pero es fácil adver­tir una guía de lectura específica en sus señalamientos. Liscano sería el máximo representante de la poesía telúrica; mientras que Ida Gramcko expondría la otra linea poética, más cercana a la vivencia del dolor y la angustia existencial. La poesía, de acuerdo a esta interpretación, construiría dos tipos de campos referenciales, identificados con motivos determinados y vincula­dos, respectivamente, a  los «grandes problemas universales del hombre», por una parte, y, por la otra,  a la «realidad nacional» o «americana».

En cuanto a la  retórica, puede advertirse que los polemistas, aparte del uso peyorativo (referido a prescripciones mecánicamen­te trasmitidas en las escuelas…o las universidades), llegan a un acuerdo implícito, que bien puede resumirse en las expresiones de Torrealba Lossi y Picón Salas, en el sentido de que cada gene­ración o grupo de poetas instituye su propia retórica, que no es lo esencial de la poesía. Lo es, más bien, la «vivencia» (como dice Gerbasi). De todos modos, la «retórica» se reconoce como un instrumento necesario para transmitir esa esencia.

UN BALANCE ADELANTADO DE LA MODERNIDAD POÉTICA

A manera de balance, podríamos decir que en esta mesa redonda se formulan claramente las adquisiciones de la poesía venezolana en el desarrollo de su racionalidad estético-expresivo. En primer lugar, se reivindica la autonomía de la poesía como arte en relación a las esferas de la ética-política y de la verdad cien­tífica, y, con ella, la independencia esencial del «Yo poético» y sus «vivencias» únicas, garantía de lo que se instituye como valor máximo: la autenticidad (Gerbasi). En segundo lugar, la poesía puede (o debe) construir sus referencias en el campo de los problemas de la realidad inmediata, nacional, pero en refe­rencia a los asuntos universales que atañen a toda la Humanidad. En tercer lugar, el aspecto prescriptivo de la retórica «ha muerto». Hay total libertad (desde los tiempos del modernismo de Darío, como indica Alí Lameda) en cuanto a la forma lírica a utilizar que, en todo caso, está en función de la «sustancia», «lo que se tiene que decir».

Esto último, el contenido, todavía puede ser objeto de diferen­cias y discusiones. Toda la polémica en cuanto al «contenido nacional» plantea este problema: qué debe decirse. Pero, si se admite que el poeta es independiente para  expresar «sus» viven­cias, el asunto se disuelve. A menos que se le vincule a otra cuestión, esbozada por Picón Salas: el público, o mejor dicho, el poco público que tiene la poesía moderna.

Como afirma Vilma Vargas,

Esto [las opiniones de la polémica] nos indica que al final de la década de los cincuenta se logra una expresión poética que quizás abre el camino de la poesía que surgirá en los sesenta, y que parece haber encontrado un justo nivel: ser una poesía universal, en donde lo nacional es ineludible al poeta mismo (Vargas, 1979: 73)

En todo caso, como sugiere la misma Vargas, las condiciones estaban dadas para la aparición de la poesía de Sánchez Peláez, Rafael Cadenas, Ramón Palomares, Guillermo Sucre y Arnaldo Acosta Bello, los poetas más significativos del final de los cincuenta y principios de los sesenta.

BIBLIOGRAFIA

VARGAS, Vilma. 1979. «El devenir de la palabra poética en Vene­zuela». En «Escritura», año IV, No.7, Caracas, enero-junio, 1979. pp.69-76.

[1] En las dos sesiones del debate participaron Mariano Picón Salas, Ramón Díaz Sánchez (presidente de la AEV), Miguel Otero Silva, Rafael Pineda, Mario Torrealba Lossi, Vicente Gerbasi, Juan Manuel González, Héctor Mujica, Luis Luksic, José Hernán Briceño, Pedro Pablo Barnola, Benito Pérez Ramos, Juan Salazar Meneses, Félix Poleo y Armando Córdova. Joaquín Gutiérrez contri­buye al debate con una carta enviada desde Chile (cfr. La Cruz del Sur nos. 12,13 y 14, de abril-mayo, junio y agosto de 1953 respectivamente).

Sobre el autor

*Imagen: Grupo Viernes. Fuente: http://grupolipo.blogspot.com

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