literatura venezolana

de hoy y de siempre

Notas distraídas

César Seco

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Puede parecernos la vida, como decía Lezama, «una fiesta innombrable». ¡Qué belleza! Si no supiéramos con Vallejo que «hay golpes en la vida tan fuertes». O como creía alguien de quien no recuerdo el nombre: «un bosque de espinos», pero la sonrisa agradecida de un hijo nos puede de súbito embalsamar el alma. O, como a Borges, «un jardín de senderos que bifurcan» cuando elegimos perdernos en el más absurdo de los laberintos, nos distrae la soberbia con la que se disfraza la ignorancia, la estupidez. Hay quienes se aferran a la vida con el trillo: «como vaya viniendo vamos yendo». Puedo decir creo tener conciencia de la mía, lo cual suena arrogante; pero lo fuera ciertamente si dijese: «tengo control de ella», en verdad nadie lo tiene, sólo Dios. Aun cuando se ostente de poder y riqueza material: vanitas vanitatum est. Lo puse en un verso de El Viaje de los Argonautas: «Vivió como quiso y lo que quiso fue lo que vivió». Con su fulgor y ceniza, con todo su oro y su nada, la vida no es sólo esta apariencia que nos basta y en la que nos sumergimos cada segundo, día a día; busquémosla antes en ese «no sé qué que queda balbuciendo», con esa manera tan suya que tenía Juan de Yépez de nombrar el misterio, y la vida, vivirla, lo es. No todo lo que está servido en la mesa es fácil de digerir.

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Nos asfixian hábitos y costumbres. La monotonía de los deberes nos aprieta el cuello. La exigencia de las responsabilidades nos conmina a ser verdaderos y hay que salir a cumplir gran parte de estas en la calle, porque como afirma la voz popular «barco parado no gana flete». El agridulce sabor de la vida nos prueba el paladar a diario. La calle, con toda su crudeza, nos acerca a la nariz la bomba de oxígeno: la voluntad. Nietzsche bien lo pedía. Es allí donde la realidad deja de espejear y hasta nos va gustando montarnos con ella sobre el cotidiano ring de las inevitables tomas de decisiones, hacerlo por sobre golpes, caídas y levantamientos. Es allí donde la vida te habla de otra manera que los escépticos no aceptan. El calor que vino con la mano que estrechaste en la esquina te habló de manera más cierta, más real, de la tensión que en ese momento, en ese instante, se desplazaba por calles y avenidas. La mirada que te negó el saludo y esa otra que lo hizo obvio en demasía, te dijeron ambas la verdad que aplazabas y que ahora tienes que aceptar para no falsearte. La casa que derribaron en esta cuadra y la que restauraron en aquella otra, esto y, el edificio que levantaron donde estuvo el parque te cuentan otra historia, distinta ésta a la que ayer la radio redujo a noticia y el comercio a valla publicitaria. La biblioteca convertida en abandono y ruina, inevitable es que agregue al paisaje una fea mueca que te desalienta. Pero también, cómo explicártelo, ese arbol donde te demoraste unos minutos, donde te detuviste por algo de aire y sólo humo obtuviste. ¿Te habló ese árbol como un buen padre lo hace con su hijo?: -Ya vendrá el hacha, mientras tanto seguiré aquí, de pie, siendo el guardián de tu sombra-. Y es entonces cuando sospechas que así es cómo la vida pasa del mundanal ruido, incluso, de tu propio silencio, de esa intimidad muda, a ser revelación.

LA LUNA TRAE AGUA

Decían así nuestros mayores cuando el reflejo lunar se veía borroso en la alta oscuridad del cielo nocturno, haciendo referencia a cuando la lluvia viene en camino o está por llegar. La ciencia reconoce la enorme influencia del ciclo lunar sobre la actividad humana en la Tierra; así como en la función metafísica y cosmológica que tiene como símbolo. Antes, cuando nuestros viejos hacían mención a que «la luna trae agua», la mayor posibilidad era que acertaran. Hoy día, debido al cambio climático, puede ser un simple espejismo, una ilusión, un deseo o una extrema necesidad en los pueblos con sed, como en el que vivo. En su estudio «Una nueva filosofía de la Luna», Mircea Eliade, se adentra de manera rigurosa en el tema de la influencia lunar, comienza por referir la inclinación de los antiguos a medir el tiempo mediante el paso de la Luna, cito: «En las lenguas indogermánicas, la palabra que designa a la <<luna>> es la más antigua de todas las palabras del vocabulario astral. La raíz  ‘me’, que en sánscrito se ha transformado en ‘mami’, «yo mido», demuestra una vez más que la luna sirve para medir el orden del tiempo». Advierte Eliade que «los ejemplos se pueden multiplicar indefinidamente»; pero a su vez señala que la influencia lunar sobre la conciencia humana ha de buscarse más allá de esto, en su decir, «debe buscarse en otra parte». De manera firme expresa que esta búsqueda es sobre todo en el hecho de que ha servido de unidad de medida, o más, «exactamente, de ‘puente’ entre varios niveles de la realidad». El sabio rumano enfatiza en que en el nivel de comprensión que el hombre ha hecho de su relación con el astro, no queda por fuera su reflexión puramente intuitiva, sostenida ésta a través  de distintas épocas, y afirma Eliade que apunta a un Todo, «pero no a un Todo abstracto, adquirido dialecticamente, sino un Todo vivo, dramático, rítmico». Llevado de su mano desciendo a mí propia reflexión mirando desde un ala del techo de mi casa la redondez lunar como borrada en el pizarrón del cielo. Ella, la que «crece, decrece y desaparece». En su carácter simbológico, la Luna puede representar un obolo, un ojo entre el mundo de abajo y el mundo de arriba, o un hoyo en la piel estelar que incide en la psiquis o en la actividad neuronal del hombre. Yo desde mi condición de epiléptico puedo dar fe de esto como una verdad más que intuitiva: cuando hay luna llena es como si se acelerase el choque neuronal que desata la convulsión. Dejo de mirar el astro y vuelvo a Eliade, no sin recordar, como si las estuviese viendo, a las líneas de Nazca. Me detengo en está parte del estudio: «Ciertos símbolos, como por ejemplo la espiral, tienen vastísimas significaciones, pero su origen está siempre en algún parecido con la luna. La espiral, que se remonta hasta el Paleolítico, encuentra la justificación de su valor astral-simbólico en la analogía del caracol y la luna (como el caracol, la luna aparece y desaparece, sale y retrocede) o del caracol y la vulva (elemento lunar)». Luz, agua, caída, fecundación, las circundantes líneas de la espiral al que los antepasados originarios hubieron de dar nombre. En lo alto, al subir, las nubes se dispersan. Veo fuera y dentro de mí el círculo lunar viajar al amanecer. Lo veo cojuntar noche y día.

EL LIBRO HABLANDO DESDE EL ANAQUEL

El artículo de Vernon Lee sobre El espíritu del libro, publicado por Casa del Orco como una «sugerencia para mí» me ha sido de buen provecho, tanto como la suculenta sopa de pata de pollo que Argelia me sirvió unos minutos antes de entrar en cuenta de esto. Sí, como un viaje horizontal y vertical a la vez a través de mí, observándolos en su aparente quietud. Quiero decir, luego estuve un rato frente a los libros que aún me acompañan. Ya he dicho en otra nota que son apenas los muy pocos que se quedaron conmigo luego de separarme, de dejar algunos en lo que fuera la Casa de la Poesía en Coro y los que he ido poniendo en mano de mis amigos, sobre todo los más jóvenes. Pero no estaba ahí frente a mi biblioteca para arrojarles el hueso de la nostalgia o la tristeza. Si algo he tenido en la vida es desprendimiento, me dije al instante. Eso sí, no sin hacerme esta pregunta: ¿cuántas veces he intentado dar un orden personal a este pequeño universo de lomos, títulos, carátulas, páginas. Respiro. El tiempo me da la respuesta a solas y la retengo como una película con sus escenas repartidas cada vez de manera distinta. Conozco y me reconozco en cómo los fui adquiriendo, cómo fueron pasando de mi a los anaqueles de madera. Cada día, la atmósfera, los seres a mi lado, pocos, ninguno o sólo el dependiente de la librería, del stand, cuando fue  en una feria o evento similar; o sencillamente la mirada de extrema necesidad cuando me puso por delante a uno con su venta de libros usados. Di privilegio siempre a la poesía en ese orden por sobre la literatura, la filosofía o el arte, que confieso es lo que me ha interesado. Los poemas leídos vienen a reunirse en mi de solo detenerme partículas de segundos en los títulos y sus autores. Sean en ediciones de tapa dura o en rústica, es lo que leíste, me digo, lo que está en ti, de verdad que hay también una porción de olvido, lo que no pudo alumbrarte o llamar tu atención. Imagino los subrayados que dan cuenta de donde me asombré, donde me interné hasta los tuétanos o la interrogación que me trajo de vuelta a la duda, o en verdad, la página limpia donde me deleité como si tuviera por delante el espejo, empañado o no, de mi existencia. Con la llegada del internet y la proliferación de las ediciones digitales los libros en físico se han vuelto objetos de museo. Mientras pueda dialogar con ellos estarán conmigo, cercanos a mi cama y a mí sillón de tapizado barroco. Pienso ya a quién dejarlos. No quiero para ellos un futuro acto público de donación. Ellos, los libros, me piden silencio y he osado hablar. Cada mañana les miro y sé que siempre tendrán algo nuevo que ofrecerme.

PESADILLA

Alguien me pregunta a distancia: ¿por qué escribes ensayos? Enseguida lo siento como un disparo aunque sea con pistolita de agua. Sólo puede moverlo a hacerme esa pregunta una entrevista velada, me digo, o la intención que pueden tener algunos escritores cercanos para apartar a un lado el espejo de la escritura y darse de chapuzón en la médula de uno y ver hasta qué grado no eres un ciclista pedaleando en el agua. Uno se los agradece cuando llega aquí, pues entiendes que sólo te están pidiendo la respuesta más sencilla, por lo que voy y le respondo: -Porque a mí lo mejor de toda esta, a veces sufriente y a veces placentera cuestión, es que se escribe con toda libertad, como la poesía que hago y la que es de mi gusto, creo, o bien, la que a la vez que me eleva, me saca del caracol de mi yo. ¿Qué cuándo comencé a escribirlos? Ni yo mismo me acuerdo. Ahora, no sé si respondo tu pregunta. Recuerdo que los primeros que yo mismo me reconocí pasables eran uno sobre mi atropellada, pero cautivante lectura de Novalis y otro sobre algo que no se sí volveré a vivir y que rompí en sus cinco hojas para no dejar que la literatura se saliera con la suya. ¿Qué si no creo que paso con mucha facilidad de un género a otro? Poesía, al menos la que creo vivir y escribir. Y viene y riposta él en menos de lo que salta un gallo: la poesía puede no tener nada que ver con la autobiografía. Cierto, le digo sin ánimo de ofenderlo, te hablo de la poesía como existencia y algo de esto está en mí cuando escribo ensayos, pues no soy crítico, aunque respete la crítica, que puede ser una confortable, humillante o terrible ocupación que muchos detestan, pero de la que desearían al menos unas dos cuartillas para ellos. ¿Me perdí? Creo que no, aún pedaleo por el medio de la carretera. No escribo crítica porque no tengo la formación profesional, tengo lecturas; por ello no obedezco a ningún sistema crítico, ni soy devocionario imitador de un estilo o autor, devastador de la obra de uno o promotor a las alturas editoriales de otro. -¿Creo mi viejo que usted se quedó en la vieja guardia?-, me lo dice en tono de pregunta para guardar las distancias. Me río de este lado del teléfono y le digo: -Pero chico, si has podido decirme como les dice Bolaño en Los detectives salvajes: poeta fósil-. Mi encuestador también se echó a reír, pero luego de unos instantes, me conminó a ponerme serio, que lo respetara, que no era ignorante, que sabía bien de lo que yo estaba hablando, que era Doctor en Letras y Filosofía. Entonces supe que no me había entendido, que sólo pasaba a la defensiva. Estábamos a punto de ser dos samurais en Los Médanos de Coro. Pero la noche se hizo larga como si estuviera a punto de arrojar un grito que nunca llegó. Y me desperté. Sólo antes de tomarme el café supe que mi entrevistador era una joven amiga.

FUMANDO LIBROS

Estoy volviendo a leer novelas entre los pocos libros que aún conservo en mi habitación. Me lo digo ahora teniendo presente que días atrás recordaba a Gabriel Jiménez Emán que el poeta Gregorio Meléndez llevaba siempre en el bolsillo de su camisa o pantalón «Los dientes de Raquel» o «Piedra de mar» de Pancho Massiani. Gabriel a su vez me trajo a cuando estuvimos en su velorio, el poco de muchachos entre hijos y nietos que dejó nuestro amigo y un libro inédito cuyo título llamaba su atención: «Peor es nada». Tuve con Gregorio un trato divergente en gustos artísticos y apreciaciones literarias, pero muy afectivo y de querencia en cuanto a la amistad y la poesía que nos unió desde que jóvenes aún rondábamos entre bares y talleres literarios del Coro de los años 80’s. Apunto: éramos aspirantes a poetas, pero lo que más leíamos eran novelas. Gregorio se burlaba de mí y me decía alienado porque yo, cuando hablaba, que no era todos los días, era para referirme cómo la estaba pasando entre las páginas de un Mann, un Musil, un Camus o un Durrell. Él lo apreciaba como una pedantería que «le sacaba la piedra» y como una falta de lealtad con los autores nuestros. Cuando esto sucedía, tragos de por medio o algo de «talco» en la uña, yo insistía en hacerle ver que todo venía, su aptitud me refiero, porque yo no hablaba de esos dos libros que él llevaba consigo como las dos cajas de cigarrillos Astor rojo que se fumaba en el día. Hoy estoy seguro de algo: Gregorio, fue un poeta único y escribió durante lo que duró su vida la poesía que siempre quiso escribir, en cambio yo hice lo contrario, he podido seguir el hilo que me tendieron mis primeros intentos, pero siempre he seguido adelante sin volver a mirar para atrás. Aunque siempre fue el mismo poeta, Gregorio no se repitió nunca, desde «Marle y otras insinuaciones» hasta «Coro en concierto». De alguna manera esta relectura de novelas que he emprendido ahora, significativas para mí ayer y significativas hoy, me devuelven a Gregorio esperándome en el Bar El Arrierro, saliera yo de la Biblioteca Pública donde laboraba. Íbamos a discutir como solía ocurrir, pero en el fondo, qué bien la pasábamos fumándonos unos cuantos libros y dejando una sola página para los amores y desdichas que ya teníamos por compañía y que a él ya lo habían arrojado a un intento de suicidio ingiriendo desinfectante Diablo Rojo, y a mí a asumirme como un loco más de calle para el que no había distingo entre la noche y el día.

PARA DECIR A RIMBAUD

Vuelvo siempre a tu palabra como el primer día en que mis sentidos fueron atraídos por ella y siempre es distinto el instante de apertura de tu voz, como lo es ahora: «¡Bueno! Lo que ocurre es que mi espíritu, absolutamente, quiere hacerse cargo de todos los crueles desarrollos que ha soportado el espíritu desde el fin de Oriente». Debemos seguir desde acá, de donde nos dejaste con la promesa que por el espíritu se va a Dios. Te escribo desde una soleada tierra donde la memoria prevalece al olvido. El tuyo es un caso de precocidad y talento artístico fulgurante: «Desde hace mucho tiempo presumía de conocer todos los paisajes posibles y encontraba ridículas las celebridades de la pintura moderna». Alquimia del verbo. Comenzamos a reconocernos en este espacio escritural. En letra debíamos ponerte antes que burbuja de humo desaparecieras por el callejón de las nuevas afinidades. Como inevitable fue que ocurriera en otra edad, después de la adolescencia, adelante, ya sin ti, nuevamente solo con lo que en verdad era: nadie. Conmigo el libro donde te escuché por primera vez: «En otro tiempo, si mal no recuerdo, mi vida era un festín en el que se abrían todos los corazones y en el que se derramaban todos los vinos». Esa edad posterior dobla contigo en una esquina y también desaparece. Salto y repliegue ante tu llama. Te comprendemos mejor ahora teniendo presente nuestro arrojó que ante el tuyo palidece como el de la vieja fotografía que nos hace volver a trozos de una carta hace tanto ya. Queríamos saber de intensidades y sólo supimos enmudecer. ¿Cuánto de lo que nos lastima no es dolor sino vacío? Cegado por tu resplandor anotaba con cautela lo que tu palabra cual espejo me devolvía tal una hoja en blanco, siempre. El silencio, ese tuyo, se me impuso. Imposible salir ileso de tu verbo. Y no obstante, otros lo hicieron al cambiar el jeans por la gabardina. Después de todo, ayer y hoy, puedo leerte en esos otros aunque te esquiven como «la enfermedad infantil del rimbaudianismo en la poesía»; sólo que, pareciera volverse en este instante un sueño ocurriendo en una película: soñar al cínico poeta que fuiste injuriando la Belleza sentada en tus rodillas. Sí, fuiste aquél que después de «fijar vértigos» terminó «encontrando sagrado el desorden de su espíritu». Cernuda, al imaginarte en la habitación que ocupaste en Londres junto a Verlaine, vio dos pájaros y una sola noche. Cada poeta reescribe tu obra, volviendo una y otra vez sobre tu Adios. Abrir y cerrar la página de tu inmanente legado. Tenías que apostarlo todo en favor de un arte verbal indómito y en ese entonces desconocido. Lizcano lo razona así: «Cabría preguntarse si tomando otra vía hubiera podido escribir los maravillosos poemas suyos». Y mucho mejor lo hace otro poeta nuestro, Silva Estrada: «Él, amo del silencio, supo encontrar una lengua y propiciar el tremendo silencio para una nueva era». Contigo el poeta aprendió a negarse a sí mismo, podía renunciar al fasto de la divinidad. Esa es la otra edad a la que nos trajiste. Estas palabras son tan sólo un débito. Adiós.

SEIN UND ZEIT

Así como algunos no les gusta la frase de Pessoa: «El poeta es un fingidor», que no me disgusta porque no me la tomo literal. Me gusta la de Juan Sánchez Peláez: «Lo mejor de la poesía es la amistad de los poetas». Aún en la enemistad causada por la perniciosa enfermedad del ego o por la disputa de una dama, lo que se recuerda son los buenos momentos vividos junto a vates a los que nos unió no sólo una placentera amistad sino la libertad que nos dimos de caminar por la calle contraria a la que el resto toma. Lo que no logran lecturas desafines ni tragos distintos, separarnos pueden dos condenas civiles: el matrimonio y la política. Somos en la materia tangible del tiempo y estamos expuestos a todo, al éxito o al fracaso, sea por entrega o rechazo a lo impuesto. Vulnerables como cualquiera, nada tienen que ver los poetas de hoy con los de la antigüedad, ni siquiera con los del siglo pasado. Nada que ver los de la plaza con los del auditorio aunque ahora coincidan en ferias o festivales. Al poeta se le tilda de vago o perezoso así de clases de 8am. a 6pm. si es profesor, o taller a una hora convenida si labora en una casa de cultura y la noche la dediqué a su pareja (si la tiene), a una barra de bar o a espabilarse frente a la pantalla del computador pulsando en el teclado las cuatro o cinco imágenes que sobrevivieron a su pueril cotidianidad (el orden de los actos puede que si altere el resultado). Son tantos los recuerdos junto a poetas amigos (o que lo fueron) que a veces desempolvo del cajón de la memoria uno o más de uno y lo traigo al ahora que estoy viviendo. Como aquella vez en un hotel de Barcelona un grupo de invitados esperábamos el alojamiento, pero el que presidía la organización no aparecía y el protocolo no tomaba una decisión, por lo que a unos les sirvió como una excitación previa a ahogar los bostezos trago a trago, campaneando vaso o botella como se dice, y abrir la puerta de la ironía acerca del susodicho que parecía haber sido borrado del libreto. Otros, algo cansados por el viaje, nos recostamos en los amplios muebles del lobby y se nos ocurrió para lo mismo hacer juego de palabras con títulos célebres, como La Habana para un difunto elefante, y chistes a partir de los nombres y apellidos de los presentes (incluyendo el mío). Cuando por fín apareció T., lo hizo como toda una Doña bajando las escaleras, vestido con una curiosa franelilla de fisicoculturista y con un casi niño por escolta portando un neceser, por lo que B. hizo suya la posibilidad del desquite por todos zafando de su risita de perrito pequines su habla maracucha el inmenso verso de Lezama: -Ay que tú escapeis en el instante/ en que habiais alcanzado tu definición mejor./Ay mí amiga-. T. hizo ‘malos ojos’ a B., sólo que no ripostó  cuando vio aquella cantidad de vates a mandíbula batiente al unísono. Esto para quienes creen que los poetas son unos tipos fastidiosos que sólo viven metidos de pie a cabeza en los libros o emborronando papeles de lo que aspiran sean sus Obras Completas. En verdad, poetas los hay de toda variedad y a mí no me disgusta. T. es funcionario de rango mayor y B., ya en el otro ámbito, rechazó el Premio Nacional de Literatura porque así lo había adelantado en un poema y porque para los auténticos poetas la ética «ni se compra ni se vende», aunque «el cariño siga siendo verdadero».

LÁMPARA ESCRITA

Mi poesía está llena de carencias formales, ausente de lujos verbales, tropieza sucesivamente con accidentes gramaticales. Su lirismo, su escaso lirismo, es otro y, a veces lo deja en evidencia entre versos, en los inicios o en los cierres. Puede que no carezca de una retórica, pero en todo caso es una retórica muy íntima. Recurrente en sus elementos, en las cosas que dice o registra su habla y que, a su vez, me busca como sujeto por todas partes, como busco yo al otro que levantará la lámpara escrita delante de sus ojos. La noche, como en la realidad, viaja a la claridad del día; o en la imaginación su oscuridad se deshace en tan sólo una palabra. El día da vueltas por la casa que es la voz cuando mis pasos se detienen en una letra o se siguen y van escuchando un resto que, breve o largo, se desliza por mi oído, tal la llama de luz desprendida del silencio.

HOY

El poema es el instante, su prolongación va de quien lo escribe a quien lo lee. Cuando se da cumple con aquello que André Bretón decía y acabo de oír en la voz de una poeta: «La poesía es lo único que tiene futuro». Ahora, el poeta sólo tiene seguro a la entrada del poema que está dando un paso. No sabe si este paso lo llevará a mañana, sabe sí que no es ayer aunque la memoria siembre sus semillas en el agua del ahora, de ese ya inconcluso que lo tiene de pie o sentado: delante de una hoja o trozo de papel, asomado a la pantalla de la table o cazando las hormigas/letras en las teclas del móvil, en casa o en la calle, tratando con las palabras que llegan de la página de su mudez y que las va dejando caer como lluvia, con tormenta o no. Es como dar pasos en varias direcciones para solo llegar a una. El poema traza su propia ruta por más que el poeta se arme de lucidez o dejé fluir todo ardid propio de la lengua en que se expresa o de lugar a toda rigidez gramatical, importante, pero no definitoria. Siempre hay hablas paralelas y paraleerlas que aparecen como caminantes al lado mientras el poema se detenga o avance. La emoción puede salir a saludarte, pero otra cosa es que te derrames todo en sus brazos. Puede abrirse incluso una puerta en el recorrido o puede cerrarse otra y tendrá que consentir para que sirven las ventanas. Ciertamente, cada línea es un paso, pero al momento que el poema se va dando no todos los pasos son en línea recta. Ya lo dijo otro con mayor sabiduría: «Hoy no es ayer, y mañana no es todavía». La relectura ya es venir por otra calle a esta donde estuviste sin saber cómo llegaste. La corrección sea la tachadura o el borrón, la sustitución o el suprimir en la pantalla, ya no la digital sino la del sentido, es comenzar de nuevo y a su vez estar terminando. Paso a paso.

Sobre el autor

*Foto: cuenta de Facebook personal del autor.

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