literatura venezolana

de hoy y de siempre

Estaré vivo cuando «El Nacional» merezca actos de desagravio

Alberto Jiménez Ure

Notorio que ningún otro director entre quienes han estado frente a los distintos diarios venezolanos [en papel o digital] haya tenido la fortaleza, dignidad y comportamiento anclado en principios de la ética periodística como Miguel Henrique Otero. Sin dudas, heredó la fiabilidad e inteligencia de su padre, el memorable novelista Miguel Otero Silva.

La Comunicación Social es una disciplina incompatible con la variedad de formas empleadas por los ya no encapuchados terroristas a quienes divierte cometer –flagrantemente- ultrajes que menoscaban los Derechos Universales del Ser Humana.

Es inaudito que un comunicador social [escritor, periodista, instructor de academia, guía] presuma serlo adhiriéndose a protocolos dictatoriales de censura relacionados con personalidades que conducen los destinos de repúblicas. El año 1982, publiqué dos libros de cuentos y una novela breve. En la antigua sede del diario El Nacional, que visitaba esporádicamente para consignar mis artículos, obsequié a Don Miguel Otero Silva Inmaculado [Monte Ávila Editores] El notable intelectual solía dictar charlas fugaces y espontáneas a quienes conformaban el magnífico equipo de redactores, ubicados en un área espaciosa en la cual todos podían verse e interactuar: platicar-discutir sobre sucesos nacionales e internacionales. Yo era muy joven y me sentía privilegiado de poder escucharlo, expresarle alguna idea, sentir cómo palmeaba mi espalda con la afabilidad que lo caracterizaba.

Mientras conversaba fugazmente con el destacado periodista y escritor José Pulido, en un pequeño cubículo que tenía aparte, vi a Otero Silva leer Inmaculado. Me emocioné. Salí a su encuentro de nuevo, y me invitó lo acompañase hacia la Sala de Redacción. Me condujo, abrazado, allá. Caminábamos y me preguntó [intrigado] «en cual ciudad de Venezuela una calle tenía su nombre», según indicaba uno de mis relatos.

Cuando estuvimos frente a la Sala de Redacción, casi todos los periodistas se levantaron de sus sillas en señal de respeto: saludándolo desde la distancia, contentos. Entre ellos, vi a Earle Herrera y Luis Britto García [quien frecuentaba las instalaciones del diario] Casi al unísono, ambos reprocharon al memorable que permitiese a un imberbe y reaccionario como yo mantener una columna en El Nacional. Desde mi iniciación, no tuve empacho en desenmascarar la Revolución Cubana y otros regímenes totalitarios con los cuales innumerables hacedores de Literatura –insólitamente- simpatizaban. También formulaba duras críticas contra la caricaturesca democracia venezolana de la ahora llamada «IV República». Sonreído, Otero Silva les respondió:

El Nacional es un medio de comunicación democrático, ¿Ustedes se oponen a ello? Nuestro diario tiene la obligación de fomentar el constitucional pluralismo ideológico»

Britto García me miró fijamente a los ojos y expresó que no yo debía sentir auténtica empatía hacia Otero Silva, un escritor mundialmente respetado por intelectuales socialistas [algunos de los cuales eran sus amigos íntimos]

-«Di la verdad, hazlo en presencia de Don Miguel –me encaraba-. ¿Cómo es posible que un detractor del Socialismo admire a un intelectual que mantiene lazos afectivos con destacados poetas y narradores adherentes de la Institucionalidad Revolucionaria Comunista?

-Lo admiro porque es un gran escritor y, aparte, exitoso empresario venezolano –fue mi respuesta-. Soy defensor del empresariado privado.

Han transcurrido décadas y la paramnesia de ciertos escritores, poetas y artistas de Venezuela les impide recordar que fueron cortésmente recibidos en El Nacional y sus creaciones difundidas para que lograsen consagración. En la actualidad, es políticamente riesgoso defender medios informativos amenazados por forajidos con poder de mando. Cierto, pero yo deploro el hostigamiento judicial contra su principal accionista exiliado en España. Si fuese falacia que la sabiduría derroca dictaduras, los déspotas no se empecinarían en cerrar o apropiarse indebidamente de los instrumentos que la difunden.

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