literatura venezolana

de hoy y de siempre

Mitos wayuú

LA HIJA DE MALEIWA

Allá en la cálida tierra de la Guajira vivían un hombre y su mujer, en un guanetu que el marido había levantado sobre recios horcones y techado después con yotojoro o cardón aplastado.

Los soles y las lunas pasaban sobre la pareja de Guajiros y ellos vivían felices, porque nada deseaban que no pudiesen obtener con su trabajo.

Pero, cierta vez, Yorjá, el espíritu de la enfermedad, atacó a la mujer con tal fuerza que no pudieron salvarla los ensalmos de los piaches, y su sombra la abandonó, dejándola muerta.

El marido, después de colocar su cuerpo dentro de un tronco hueco, llorarla y enterrarla entre los muertos de su casta, se quedó muy triste, y no hacía sino recordarla y afligirse mucho cada vez que pensaba en ella.

Una noche, mientras estaba durmiendo, se me apareció Wunurú o espíritu de su mujer, que venía montado en una yegua blanca y traía una tinaja llena de chicha de aceituno silvestre, de la que hizo que el hombre tomase un poco.

Después se quedó a pasar con él la noche, y antes del amanecer le dijo:

– Vente conmigo, que quiero que visitemos a mi familia.

El hombre siguió al espíritu de la muerta y anduvieron un rato caminando entre las sombras; pero cuando el sol comenzó a alumbrar la tierra y las cosas se hicieron visibles, la mujer se convirtió en la planta pichwell y la yegua se transformó en una culebra blanca. Entonces, el guajiro se tumbó en el suelo y se durmió, esperando que anocheciera.

Cuando brillaron las estrellas, la mujer volvió a tomar su forma humana, despertó a su marido y los dos emprendieron de nuevo la marcha, hasta que al fin ella se detuvo y dijo:

– Espérame un momento, que voy a ver lo que hay por estos lugares.

Obedeció el marido y se quedó aguardando, pero la noche pasaba sin que ella volviese, y ya empezaba el hombre a impacientarse, cuando de pronto, por encima del silbido del viento y de los chillidos de los negros monos marionda, se oyeron música y rumor de voces, que salían entre la oscuridad.

– ¿Qué será lo que hay por aquí?- pensó entonces el guajiro. Voy a buscar el sitio donde bailan, pues quizás se encuentre en él mi mujer.

Avanzó un poco, guiándose por el ruido, y cuando le parecía que estaba ya cerca la música sonó a sus espaldas. Retrocedió entonces y tampoco logró descubrir luces ni gente, y así estuvo bastante tiempo, caminando con la angustia de no distinguir nada y escuchando el ruido de la fiesta, que parecía rodearlo por todas partes.

Por fin amaneció y el hombre vio que se hallaba en un lugar extraño, en nada semejante a los caminos conocidos. Creyó que había desorientado durante la noche, y no sabiendo a dónde dirigirse, se subió a un cerro cercano y allí se encontró con unos cazadores, que le preguntaron:

– ¿Qué haces y qué vienes buscando por aquí?

Cuando el guajiro les contó lo que le había sucedido, ellos le dijeron:

– Puedes venirte con nosotros. Te daremos un arco y una flecha para cazar y te llevaremos ante Maleiwa, el abuelo.

En seguida colocaron entre todos una trampa de venados. Luego dejaron al guajiro apostado en una loma y se marcharon.

Cuando el sol estaba a la mitad de su camino pasaron por allí un hombre y una mujer, y le preguntaron:

– ¿Por qué estás ahí tan quieto?

– Estoy esperando que pase algún venado para darle caza contestó él.

– Bien está-respondieron los otros, y continuaron tranquilamente su camino.

Cuando pasó algún tiempo regresaron los compañeros del guajiro y dijeron:

– ¿Qué hubo por aquí? ¿Aún no has cazado nada?

– No -les respondió él-. No he visto animal ninguno. Sólo pasaron un hombre y una mujer.

– ¡Ah! – exclamaron los compañeros-, esos eran los venados.

Buscaron entonces otro lugar para que el hombre acechase de nuevo una presa, le advirtieron:

– Cualquiera persona que veas venir fléchala, porque es caza.

El guajiro se sentó sobre la tierra y miró hacia todas partes, sin descubrir entre las matas rastros de conejo ni de dantas. Toda la extensión que se alcanzaba a ver parecía pelada de animales.

De pronto, detrás de unas rocas, surgieron un hombre y una mujer caminando hacia donde estaba el cazador, el cual, al verlos, preparó su arco y lo flechó como le habían dicho.

Y en cuanto las flechas se clavaron en la carne de las gentes, ellos dieron un grito de dolor y cayeron al suelo, transformándose inmediatamente en venados.

Al volver los compañeros, el guajiro se los mostró, diciendo:

– Aquí están los venados que he cazado.

Ellos los desollaron y dijeron luego:

– Ahora vamos a ver al viejo Maleiwa y tú puedes ofrecerle uno de los venados.

Colocaron luego la caza dentro de unos cestos, se la cargaron a la espalda y empezaron a caminar por entre unos matorrales, hasta que llegaron a un lugar en el que se levantaban varios guanetus, el más hermoso de los cuales estaba el abuelo de los guajiros el gran Maleiwa, fumando su tabaco.

– Aquí tienes a uno de tus nietos, a quien su mujer ha traído hasta estos lugares-dijeron los cazadores.

Y se marcharon después, dejando al guajiro solo con el abuelo.

Maleiwa le dio dos patillas para que se las comiese, y en cuanto el hombre las probó, vomitó la chicha de aceituno que le había dado su mujer, que no era chicha, sino carbón molido y disuelto en agua.

Después de aquello, el viejo lo miró con firmeza y le dijo solamente:

– Puedes marcharte ahora con mi hija, pero en cuanto sea de día ven a verme.

El guajiro buscó la casa de la hija de Maleiwa, que era un guanetu muy grande en el que había muchos chinchorros, en uno de los cuales se hallaba acostada una hermosa muchacha. El hombre, silenciosamente, se dirigió al que estaba más apartado y se acostó también, pero al poco rato ella le dijo desde el suyo:

– Ven – y el hombre se levantó prontamente de su chinchorro y se acercó al de la hija de Maleiwa, a la que contó lo que le había sucedido. Cuando acabó de hacerlo, ella le preguntó:

– ¿Qué te ha ordenado mi padre?

– Me ha dicho que vuelva mañana temprano -contestó él.

– Alguna cosa extraña te pedirá -dijo entonces la muchacha-, pero yo te explicaré cómo tienes que hacerla. A los hombres que han venido antes que tú no los he ayudado, porque tuvieron miedo cuando les pedí que se acercasen a mí. Contigo será diferente.

Así que acabó la noche, el guajiro se presentó ante Maleiwa y éste le dijo:

– Quiero que me traigas una culebra amarrada con una soga.

Y le indicó el sitio adonde tenía que ir a buscarla.

El hombre, entonces, se fue a pedir ayuda a la hija de Maleiwa, la cual se hallaba sentada delante de su guanetu tejiendo un cesto. Con la luz del día pudo ver mejor el guajiro la belleza de su rostro, que ella llevaba cubierto con pintura paipai para defenderse del sol, y el precioso collar de piedras ruma con el que se adornaba.

– Tu padre me ordena que atrape una terrible macagua que hay detrás de aquellas rocas. ¿Cómo lo haré? -le preguntó.

Y la muchacha le dijo:

– Debes escarbar con un palo el hoyo donde habita la culebra, y cuando veas que se levanta para atacarte, saltas por encima de ella tres veces seguidas para cansarla. De este modo podrás amarrarla y llevársela a mi padre.

La guarida de la culebra era un profundo hueco, lleno de los cadáveres de todos los hombres que habían intentado cazar al animal; pero el guajiro, siguiendo las advertencias de la hija de Maleiwa, pudo enlazar a la culebra y llevársela al viejo.

– ¡Oh! -dijo este al verla -, tú sí sabes hacer bien las cosas. Ninguno de los que he mandado antes ha regresado nunca.

Miró luego la culebra detenidamente, y añadió:

– Puedes irte con mi hija y volver otra vez mañana.

El guajiro contó a la muchacha lo que había hecho, y ella le dijo:

– Mañana te ordenará mi padre que traigas una mapanare mucho más brava, que vive en un peligroso lugar; pero si tú haces lo mismo que hoy, podrás también atraparlas.

Así sucedió, en efecto, y el hombre salió triunfante aquella vez, lo mismo que la primera.

Por la noche le dijo la hija de Maleiwa:

– Ahora mi padre te mandará que tales un bosque entero, pero tú no tienes más que cortar dos árboles y luego poner el hacha en medio.

A la mañana siguiente, después de recibir las órdenes del viejo abuelo, el guajiro se dirigió al bosque cercano y cuando cortó los dos primeros árboles dejo el hacha en suelo y vio con admiración cómo ella sola iba derribando los recios troncos y tumbándolos de un solo tajo, por lo que al poco tiempo todo el trabajo estuvo acabado, y al anochecer, Maleiwa supo que había sido complacido.

Entonces, dijo:

– Veo que eres un bravo trabajador, vuelve mañana al amanecer.

Aquella noche le advirtió la muchacha:

– Tu próximo trabajo será desbrozar el monte y hacer los huecos para siembra. No hagas más que dos agujeros y pon luego el palo de sembrar en medio.

El guajiro se fue de nuevo al monte y le pareció aún más grande que cuando estaba poblado de árboles, pero él no tuvo más trabajo que abrir dos agujeros y dejar entre ellos el palo, el cual se puso a saltar y a cada salto hacía un hueco en la tierra, por lo cual en pocos instantes dejó la roza lista para sembrar.

Entonces se fue a decir a Maleiwa que había acabado su trabajo.

– Ven mañana temprano- le contestó el abuelo.

Y durante la noche volvió a decirle la muchacha:

– Mañana, mi padre te ordenará que siembres la roza. Tú debes sembrar únicamente una semilla de cada especie y luego dejar el palo junto al montón de las restantes.

Así lo hizo el hombre, y el palo fue arrojando las semillas dentro de los huecos, hasta que las repartió totalmente por toda la roza.

Por la noche, como todos los días, fue a decirle al viejo que tenía hecha su tarea, y el, también como siempre, le contestó:

– Vuelve mañana.

La muchacha le avisó:

– Mi padre querrá que hagas un corral, pero no te preocupes por ello, pues con sólo poner dos troncos juntos habrás acabado tu trabajo.

El Corral que quería Maleiwa era muy grande y el guajiro se encontró preparada una cantidad de madera para hacerlo; pero, tal como le había dicho la muchacha, puso dos troncos juntos y los demás se unieron solos, acabando en poco tiempo de levantar la valla.

Cuando aquella noche fue a decirle a Maleiwa que todo estaba hecho, éste le contestó:

– Mañana no vengas, porque va a llover.

El hombre se marchó al guanetu de la hija de Maleiwa y le contó lo que el viejo había dicho. La muchacha le pidió aquella noche:

– Ven a dormir conmigo.

Y cuando estuvieron juntos añadió:

– Mañana mi padre montará en su caballo y visitará los lugares donde te ha mandado trabajar, para ver si has cumplido todas sus órdenes.

A la mañana siguiente, muy temprano, Maleiwa se preparó, en su efecto, para comprobar si sus deseos habían sido obedecidos; pero cuando iba a empezar su recorrido, se encontró con unos amigos y se detuvo a beber con ellos, por lo que se retrasó bastante, pues se pusieron a tirar al blanco para comprobar su puntería.

Entre tanto, la muchacha y el guajiro estaban en el guanetu y oyeron los truenos de una tormenta lejana, que poco a poco se iba acercando.

Cuando ya estaba próxima, la hija de Maleiwa dijo:

– Vamos pronto, porque ya mi padre viene hacia la casa.

Enseguida la muchacha escupió dentro de un pocillo, que colocó luego debajo de su chinchorro, y después fue a buscar su yegua, que era el viento, y montándose los dos en ella salieron velozmente, sin que la cabalgadura levantase polvo ni su galope hiciese ruido contra la tierra.

Al poco tiempo llegó Maleiwa, y como venía cansado se tumbó en un chinchorro que había colgado bajo una enramada delante del guanetu. Desde allí le gritó a la muchacha:

– ¿Estás ahí, hija? Ven a recibirme.

– Ya voy, padre -le contestó la saliva-. Espera un momento descansando, que en seguida salgo.

Maleiwa se quedó a dormir en aquel chinchorro, pero durante la noche llamó varias veces a su hija, y la saliva le contestaba siempre:

– Ya voy, padre; ya voy, padre.

Hasta que, finalmente, cuando ya fue de día, el viejo entró en la casa para ver lo que hacía la muchacha, y entonces se encontró con guanetu vacio y con el plato de saliva debajo del chinchorro.

– ¡Ah! -pensó enfurecido-, ahora comprendo que he sido engañado por mi propia hija. Ella es quien le ha dicho al hombre cómo tenía que hacer sus trabajos.

Inmediatamente se puso a buscar el rastro de los fugitivos y, en cuanto lo halló, salió en su persecución.

Ya llevaba adelantado bastante camino la muchacha y el guajiro, cuando ella divisó una gran nube que se les acercaba, y dijo:

– Allí viene mi padre siguiéndonos. Vamos más de prisa. Y espoleó a la yegua-viento para que corriese más.

Los rayos y los truenos precedían a Maleiwa y los perseguidos los sentían cada vez más cerca; pero el viento los llevaba tan rápidamente, que pudieron llegar al mar antes de que el viejo les diese alcance.

En el borde del agua, la muchacha se convirtió en el árbol trupillo y así se quedó desafiando la tormenta. Maleiwa pasó como un huracán delante del árbol y no se fijó en él.

Luego miró hacia todas partes y sólo distinguió las ondas del lago, extendidas silenciosamente ante su mirada, sin que sobre ellas ni si sobre el viento apareciese gente alguna.

Entonces, viendo que había perdido el rastro, el viejo retrocedió un poco y en la orilla del agua descargó muchos rayos, pero ninguno tocó al trupillo.

Y Maleiwa tuvo que regresar a su casa triste y malhumorado, porque había perdido para siempre a su hija.

Desde entonces, en la Guajira las gentes saben que cuando truena por Oriente es Maleiwa que viene enfurecido persiguiendo a su hija, y cuando la tormenta se oye por las playas de Occidente es el karrao o marido de la hija, que viene a visitarla galopando en su caballo de viento.

EL ORIGEN DEL FUEGO

En un principio los hombres no conocían el Fuego. Eran seres imperfectos que comían cosas crudas, como carne, tubérculos, raíces y frutos silvestres. Ningún alimento vegetal era pasado por el fuego, ni calentado, ni cocido. Nada preparado se comía. La carne no la ahumaban, no la asaban; sino que hacían cecina, la tendían al sol y la consumían seca.

La triste suerte de los primeros hombres a causa de su imperfección era igual a la de los animales. Unos vivían metidos en los troncos, en los huecos, en las cuevas; otros tenían ranchos para abrigarse, pero sin fuego para calentarse, ni lumbre para ahuyentar el miedo que emergía del fondo de las noches. Sólo Maleiwa poseía el fuego en forma de piedras encendidas que celosamente guardaba en una gruta fuerte lejos del alcance de los hombres.

Maleiwa no quería entregar el fuego a los hombres porque éstos eran faltos de juicio, y en vez de hacer buen uso de él podían emplearlo para sus maldades. Por eso los preservó de su uso.

Pero sucedió una vez, que estando Maleiwa sentado junto al fuego, calentando su cuerpo al calor de la fogata, vio venir hacia él un joven aterido de frío, llamado Junuunay.

Maleiwa, al verlo, se indignó grandemente.

– ¿Qué venís a hacer, intruso? ¿No sabéis que este sitio está vedado a todo acceso? ¿Acaso venís a perturbar mi tranquilidad y a colmar mi paciencia?

Y Junuunay respondió con actitud suplicante:

– No, venerable abuelo. Sólo vengo a calentar mi cuerpo junto a vos. Tened clemencia para mí, que no he querido ofenderos. Ampárame de este frío que me hiela, que me puya la carne y me llega hasta los huesos. Tan pronto entre en calor me marcharé.

Así decía Junuunay escondiendo su intención.

Aquel joven audaz, para convencer a Maleiwa se valió de mil artimañas. Hizo crujir sus dientes. Erizó los poros de su cuerpo como carne de gallina muerta, tembló como machorro, frotó sus manos.

Hasta que por fin, Maleiwa, complacido, lo aceptó.

Pero el gran Padre no le quitaba la vista de encima, porque tenía sus reservas respecto a la habilidad de aquel extraño personaje, que más inspiraba admiración que desdén.

…Y ambos comenzaron a frotarse las manos y a darse calor en todo el cuerpo.

Las llamas de aquel fuego eran intensamente bellas, resplandecían a lo lejos como los fulgores aéreos de las estrellas, como las brasas del cielo.

Junuunay se llenó de coraje y quiso conversar con Maleiwa para distraerlo, pero éste permanecía callado sin hacer caso a las palabras del intruso. Pero, un rumor de viento hizo que Maleiwa voltease la cara hacia atrás para mirar y cerciorarse bien del pequeño ruido que se avecinaba. Era así como si fuesen pasos cautelosos que estrujaran la hojarasca del paraje.

Aquel instantáneo descuido lo aprovechó Junuunay. Cogió de la fogata dos brasas encendidas y rápidamente las metió en un morralito que llevaba oculto bajo el brazo. Con las mismas se dio a la fuga, y se ocultó bajo el brazo. Con las mismas se dio a la fuga, y se escurrió por las malezas que rodeaban la gruta.

Consumado el robo, y burlado así el Gran Maleiwa, éste se dio a perseguirlo para castigarlo.

Maleiwa decía: -!Lo castigaré dándole el suplicio de una vida inmunda. Lo haré vivir en los estercoleros rodando bolas de excrementos. Y diciendo esto, corrió tras el ladrón.

Jnuunay huía desesperado, pero sus pasos eran tan lentos y cortos que casi no avanzaba al menor trecho. Y en ese trance difícil, quiso emplear de nuevo su escurridiza habilidad para salvarse.

Llamó en su auxilio a un joven cazador llamado Kenaa a quien rápidamente le entregó una brasa para que la escondiera.

Kenaa tomó la preciosa joya incandescente y se alejó con ella sin ser visto. El sol le ocultó de la vista de Maleiwa pero siempre fue descubierto cuando llegó la noche y trataba de esconderse entre las matas.

Entonces Maleiwa, para castigarlo lo convirtió en cocuyo nocturnal, que en las noches oscuras de invierno emite su luz intermitente cuando vuela.

Junuunay, en su desesperación encontró a su paso a Jimut al Cigarrón, y le dijo:

– Amigo mío, Maleiwa me persigue porque le he robado el fuego para dárselo a los hombres. Tomad esta brasa que me quema, huid con ella y escóndela en un sitio bien seguro. Quien posea esta joya será el más afortunado de los hombres: sabio y grandioso.

Dicho esto Jimut tomó la brasa y rápidamente la metió dentro de un palo de caujaro. Luego la pasó a un olivo, después a otro palo, y así se extendió y multiplicó por todas partes, hasta que los hombres la encontraron una vez por medio de un niño llamado Serumaa. Este niño, mientras se divertía en jugar y saltar por entre los montes, iba señalando a los hombres los palos en donde JIMUT había depositado el fuego. Aquel niño no sabía hablar sólo sabía decir: !skii!…. üskiiü fuegoü…fuegoü….üfuego!!….

Los hombres entonces se apresuraron a buscar el fuego, pero ellos no podías encontrarlo ni tampoco lo sabían obtener. Y así registraron todos los palos, los troncos y nada pudieron conseguir. Practicaron mil maneras y ¡nada!. Taladraron y frotaron con sus manos dos varitas de caujaro, y al punto surgió el fuego que iluminó el corazón de los montes y encendió de alegría el espíritu de los hombres.

Desde entonces el fuego lo destinaron a sus servicios.

Ya los hombres no sintieron más temor, ni volvieron a sufrir los rigores de las noches frías.

En cuanto al niño Serumaa, lo convirtió Maleiwa en pajarillo que salta de rama en rama diciendo: ¡skiii…! ¡skii….! ¡skii…ü su voz natural.

Esto aconteció después que Maleiwa convirtió a Junuunay en escarabajo, y lo condenó a vivir en las inmundicias por haber robado el fuego. Desde entonces, el escarabajo vive y se alimenta de excrementos.

Y en castigo de su atrevimiento, quedó a vivir en las inmundicias por haber robado el fuego. Y en castigo de su atrevimiento, quedó impreso en su cuerpo la mancha de su robo, o sea, las manchas brillantes que llevan en sus patas los escarabajos.

*Tomados del libro: LOS MITOS EN LA REGIÓN ANDINA: VENEZUELA. Elizabeth Sosa e Hilda Inojosa. IADAP, 1996. Foto: https://www.organizmo.org.

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