literatura venezolana

de hoy y de siempre

Mitos de Los Andes

Tulio Febres Cordero

LA LAGUNA DEL URAO (Leyenda fantástica)

—¿ Conoces tú, viajero que visitas las altas montanas de Venezuela, conoces tú la leyenda misteriosa de la Laguna del Urao?

—Oh, no, bardo amigo. Sólo sé de esa Laguna que es única en América y que no hay en el mundo otra semejante sino la de Tona, cerca de Fezzán, en la provincia africana de Sukena.

—Oye, pues, lo que dice el libro inédito de la mitología andina, escrito con la pluma resplandeciente de una águila blanca en la noche triste de la decadencia muisca, cuando la raza del Zipa cayó humillada a los pies del hijo de Pelayo.

—¿Y es tan reciente el origen de esa Laguna?

—No, esta leyenda corresponde a tiempos anteriores a la conquista europea de América, a la época muy remota en que se extinguió la primera civilización andina, de que hay monumentos fehacientes, cuando invadieron los Muiscas, descendientes de los hijos del Sol, o sea la raza dominadora de los Incas: pero los bardos muiscas han repetido los cantos melancólicos de aquellos primitivos aborígenes, por ellos conquistados, para llorar a su vez su propia ruina; y por eso refieren la leyenda de la Laguna del Urao al tiempo de la invasión ibérica. Oye, pues, lo que dice el libro ignorado de sus cánticos:

«Cuando los hombres barbados de allende los mares vinieron a poblar las desnudas crestas de los Andes, las hilas de Chía, las vírgenes del Motatán. que sobrevivieron a los bravos Timotes en la defensa de su suelo, congregadas en las cumbres solitarias del Gran Páramo, se sentaron a llorar la ruina de su pueblo y la desventura de su raza.

«Y sus lágrimas corrieron día y noche hacia el Occidente, deteniéndose al pie de la gran altura, en las cerca-nías de Barro Negro, y allí formaron una laguna salobre, la laguna misteriosa del Urao.»

—Permite que interrumpa tu relato. ¿Por qué no está allí ahora la laguna que dices?

—Escucha, viajero, lo más que refiere el libro inédito de la mitología andina, escrito con la pluma resplandeciente de una águila blanca en la noche triste de la decadencia muisca:

«La nieve de los años, como la nieve que cae en los páramos, cayó sobre las vírgenes de Timotes y las petrificó a la larga, convirtiéndolas en esos grupos de piedras blanquecinas que coronan las alturas y que los indios veneran en silencio, llenos de recogimiento y de terror.

«Un día los indios de Mucuchíes, bajo las órdenes del cacique de Misintá, levantaron sus armas contra el hombre barbado; y las piedras blanquecinas del Gran Páramo, las vírgenes petrificadas se animaron por un instante, dieron un grito agudo que resonó por toda la comarca, y la laguna que habían formado con sus lágrimas se levantó por los aires como una nube, para ir a asentarse más abajo, en el Pantano de Mucuchíes, en los dominios del cacique de Misintá.

«Y allí estuvo, quieta e inmóvil, hasta otro día en que los indios de Mucujún y Chama volvieron sus flechas contra el conquistador invencible; y la Laguna al punto se levantó por el aire al grito que dieron en la gran altura las vírgenes petrificadas, y fue a asentarse más abajo, al pie de los picachos nevados, al amparo de las Cinco Águilas Blancas, en el sitio del Carrizal, sobre la mesa que circundan las nieves derretidas de la montaña.

«Y allí estuvo, quieta e inmóvil, hasta otro día en que coaligados los indios de Machurí, Mucuiepe y Quirorá, blandieron también sus macanas contra el formidable invasor. Nuevamente gritaron en el Gran Páramo las vírgenes petrificadas del Motatán, y nuevamente se levantó por los aires la laguna salobre de sus lágrimas para ir a asentarse sobre el suelo cálido de Lagunillas, en aquella tierra ardiente, donde la caña brava espiga y el recio cují florece.

«Un piache maléfico reveló entonces a estos indios el secreto de poder retener la Laguna en sus dominios, privándola de la virtud de transportarse como una nube; y el secreto estaba en un sacrificio humano que hacían anual-mente, arrojando al fondo de sus aguas un niño vivo para aplacar la cólera de venganza en los altivos guerreros de Timotes, muertos por el hombre-trueno de la raza barbada.»

—Esta es, viajero, la leyenda misteriosa de la Laguna del Urao. que desde entonces está allí en su última jornada, brindando a la industria su sal valiosa, que es sal de lágrimas vertidas en las cumbres solitarias del Gran Páramo por las vírgenes desoladas del Motatán, en la noche triste de la decadencia muisca, cuando la raza del Zipa cayó humillada a los pies del hijo de Pelayo.

—Y dime, bardo, ¿volverá la Laguna a transportarse algún día por los aires?

—Después de un silencio de siglos, gritaron en la altura las vírgenes petrificadas, el día en que los guerreros de la libertad atravesaban victoriosos por los ventisqueros de los Andes; pero la Laguna continuó quieta e inmóvil, detenida por el maleficio del piache que profanó sus aguas. Cuando éstas sean purificadas, la laguna misteriosa del Urao se levantará otra vez, ligera como la nube que el viento impele, pasará de largo por encima de las cordilleras e irá a asentarse para siempre allá muy lejos, en los antiguos dominios del valiente Guaicaipuro, sobre la tierra afortunada que vio nacer y recogió los triunfos del hombre-águila, del guerrero de la celeste espada, vengador de las naciones que yacen muertas desde el Caribe hasta el Potosí.

LA LEYENDA DEL DICTAMO

El díctamo es una yerbita muy fragante que nace en lo alto de los páramos andinos. Entre los indios es planta sagrada, a la cual atribuyen la rara virtud de prolongar la vida. Todos hemos visto y olido los manojitos de díctamo que las rozagantes parameñas venden en el mercado, pero es creencia popular que ese no es el verdadero díctamo, el díctamo real, sino una planta semejante, puesto que la existencia de aquél está envuelta en el misterio: sólo los cenados dan con él en la soledad de los páramos, a la hora en que el sol baña con tinte de rosa los escarpados riscos.

He aquí la leyenda del díctamo:

Hubo un tiempo en que reinaba entre los indios de los Andes una mujer por extremo hermosa, que ejercía un poder inmenso sobre las tribus. Los mancebos más arrogantes y valerosos la cargaban en un palanquín de oro por los floridos campos y las márgenes de los ríos al son de los instrumentos músicos. Las doradas espigas del maíz y los lirios silvestres se inclinaban ante ella; y volaban gozosas las avecillas para endulzar sus oídos con la melodía de sus cantos.

Tan prendados estaban los indios de su reina, que miraban como calamidad pública el más leve quebranto de salud que la afligióse. No se consideraban felices sino bajo el suave influjo de sus gracias y la sabiduría de su gobierno; pero sucedió que un velo de tristeza empezó a cubrir el semblante de la hija del Sol, y poco a poco fue apoderándose de ella una enfermedad desconocida, que la consumía sin dolor. Las danzas y músicas sólo le producían lágrimas. Sus salidas, cada vez más raras, eran ya tristes y silenciosas como un cortejo fúnebre.

La comarca entera se conmovió profundamente. Por todas partes se hacían demostraciones públicas para aplacar la cólera del Ches, entre ellas la extraña y patética danza de los flagelantes, especie de penitencia pública que consistía en una procesión de danzantes, en la que cada indio tocaba con una mano la tradicional maraca, y con la otra se azotaba las espaldas, todo en medio de una algarabía diabólica, en que se mezclaban el ingrato sonido de aquel instrumento músico, las declamaciones de dolor y los gritos salvajes.

En la selva sagrada, en los adoratorios y en las riberas de las lagunas andinas los piaches hacían de continuo ceremonias singulares ante los ídolos deformes del culto indígena; pero la reina continuaba enferma. Día por día se adelgazaban más sus formas bajo la vistosa manta de algodón, y perdían sus mejillas aquel color de nieve y rosa que les daba el aire puro de los Andes.

Mistajá era una graciosa doncella, favorita de la reina. Penas y alegrías, todo era común entre ellas, de suerte que la joven india, en la enfermedad de su amiga y soberana, vivía con el corazón traspasado de dolor, velando día y no-che al lado de su regia e infortunada compañera.

—Mistajá, amiga mía;—le dijo un día la reina—, la muerte se acerca y yo no quiero morir. ¿Sabes tú si los piaches han agotado todo remedio?

—No, no es posible, le contestó la doncella, bañada en llanto.

—Dime la verdad. ¿Sabes qué les ha contestado el Ches sobre mi mal?

—Ciertamente, nada sé, porque han guardado en esto silencio profundo, a pesar de que le han consultado por medios extraordinarios.

—Pues mira, Mistajá, mi única esperanza está aquí, díjole la reina, mostrándole una joya de oro macizo en figura de águila. Cuando mi padre, ya moribundo, la colocó sobre mi pecho, me dijo estas palabras: «Esta águila es la mensajera de los favores con que el Ches nos ha elevado sobre los demás indios. Si la pierdes, arruinarás tu estirpe.» Yo, Mistajá, antes que el poder, prefiero la vida, y por ello estoy dispuesta a confiarte el águila de oro para que subas en secreto al Páramo de los Sacrificios y la ofrendes al Ches.

Mistajá perdió el color y tembló de pies a cabeza. Era cosa muy grave y extraordinaria lo que le ordenaba la reina, pues solamente los piaches y los ancianos subían a aquella altura desconocida para el pueblo, teatro de los horribles misterios.

—¿Tiemblas, Mistajá?… Yo iría en persona si tuviese fuerzas, pero no puedo levantarme siquiera, y sólo en ti confío, pues ni los piaches ni mis guerreros consentirían jamás en este sacrificio, que puede privarme del poder.

—Yo haré lo que me mandes, contestóle la fiel amiga, llena de espanto, pero resuelta a sacrificarse por su desgraciada reina.

—En alta madrugada debes partir, para que al rayar el sol estés en el círculo de piedras que debe existir en la cumbre solitaria. Allí cavarás un hoyo en el centro, y después de invocar al Ches con tres gritos agudos, que se oigan lejos, muy lejos, enterrarás el águila de oro y esparcirás por todo el círculo un puñado de mis cabellos. ¡Ay, Mistajá!, yo te ruego que así lo hagas y que observes con gran atención si en el cielo, en el aire o en la tierra aparece alguna señal favorable.

Aquella noche Mistajá no pudo conciliar el sueño. Cuan-do llegó la hora de partir, la reina la armó con sus propias armas y le entregó junto con su preciosa joya un hermoso gajo de su abundante cabello. La doncella lo miraba todo en silencio, sin poder articular ninguna palabra.

Dos horas de fatigosa marcha había desde la choza real hasta lo alto del Páramo de los Sacrificios. Mistajá caminaba aprisa, ora por el borde de algún barranco sombrío, ora subiendo por ásperas cuestas, sin volver jamás la espalda, dominada por el miedo y espantándose a cada momento con el ruido de sus propios pasos. No tenía más rumbo que el vago perfil que dibujaba el misterioso cerro sobre el cielo estrellado.

Cuando hubo llegado a la altura, una aparición bastante extraña la hizo detener de súbito. Quedó enclavada, lela de espanto a la vista de unos fantasmas que blanqueaban entre las sombras. Instintivamente se dejó caer en tierra, sin atreverse siquiera a respirar: una larga fila de indios cubiertos de pies a cabezas con mantas blancas, le cortaba el paso. Estaban rígidos, como petrificados por el frío glacial de los páramos.

Largo rato permaneció Mistajá sobrecogida de terror, hasta que empezaron a asomar las claras del día por el remoto confín. Entonces sus ojos fueron penetrando más en las tinieblas, y la fantástica aparición tomó lentamente la forma de una hilera enorme de piedras blancas clavadas de punta sobre la altiplanicie que remataba el cerro sagrado. Recordó al instante el círculo de que le había hablado la reina, y continuó su marcha hasta descubrir una entrada por la parte del Oriente.

Era aquel un campo cerrado, una plaza circular de bastante extensión y simétricamente delineada. Mistajá busca el centro, y con el dardo más fuerte que halló en su aljaba, se puso a excavar la tierra húmeda por el rocío. Luego se irguió vuelta hacia el Oriente, y lanzó con toda el alma tres gritos inmensos, que resonaron por los cerros vecinos. Con mano trémula enterró el águila de oro y esparció después por todo el círculo los cabellos de la reina, en momentos en que la aurora teñía de púrpura el lejano horizonte.
Como le estaba ordenado, quiso fijarse en el cielo, en el aire y en la tierra, pero un sueño profundo tumbó sus párpados, y se dejó caer rendida, como presa de un poderoso narcótico. Era el instante supremo de manifestarse el Ches sobre la empinada cumbre.

El paso de una cierva la despertó sobresaltada, a la hora en que los primeros rayos del sol jugueteaban con el bello plumaje de su coroza. Un olor fragante se difundía bajo sus pies; todo el círculo, antes yermo y triste, apareció a sus ojos cubierto de una yerba fresca y lozana, que la cierva devoraba con especial delicia. Todo el espanto y sufrimientos de que había sido víctima se tornaron como por encanto en un gozo inmenso, en una alegría inefable.

Tomó algunos manojos de aquella prodigiosa yerba, descendió rápidamente del Páramo de los Sacrificios para presentarse a la soberana de los Andes, que recibió la aromática planta como una medicina del cielo; y volvió el color a sus mejillas, el brillo a sus ojos y la alegría a su corazón; y la vieron de nuevo todos sus súbditos salir por los floridos campos y las riberas del espumoso Chama, en hombros de gallardos donceles y al son de los instrumentos músicos.

Desde entonces existe en los páramos de los Andes el oloroso díctamo, nacido de los cabellos de la hija del Sol, o la yerba de cierva, que es su nombre indígena, en memo-ria de la cierva que primero comió de ella, a la hora en que el sol bañaba con tinte de rosa los escarpados riscos; pero el precioso díctamo desaparecerá como por encanto el día en que alguien desentierre el águila de oro ofrendada al Ches en la misteriosa cumbre.

LA HECHICERA DE MÉRIDA (Leyenda de la Conquista)

Murachí era ágil y valeroso, más que todos los indios de la tribu; su brazo era el más fuerte, su flecha la más certera y su plumaje el más vistoso. Cuando él tocaba el caracol en lo alto del cerro, sus compañeros empuñaban las armas y le seguían, dando gritos salvajes, seguros de la victoria. Murachí era el primer caudillo de las Sierras Nevadas.

Tibisay, su amada, era esbelta como la flexible caña del maíz. De color trigueño, ojos grandes y melancólicos y abundoso cabello. Eran para ella los mejores lienzos del Mirripuy, el oro más fino de Aricagua y el plumaje del ave más rara de la montaña.

Ella había aprendido, mejor que sus compañeras, los cantos guerreros y las alabanzas del Ches. En los convites y danzas, dejaba oír su voz, ora dulce y cadenciosa, ora arrebatada y vehemente, exaltada por la pasión salvaje. Todos la oían en silencio: ni el viento movía las hojas.

Tibisay era la princesa de los indios de la Sierra, el lirio más hermoso de las vegas del Mucujún.
Un día salió espantada de su choza y fue a presentarse a Murachí, el amado de su corazón. La comarca estaba en armas: los indios corrían de una parte a otra, preparando las acanas y las flechas emponzoñadas.

—¡Huye, huye, Tibisay! Nosotros vamos a combatir Los terribles hijos de Zuhé han aparecido ya sobre aquellos animales espantosos, más ligeros que la flecha. Mañana será invadido nuestro suelo y arrasadas nuestras siembras. ¡Huye, huye, Tibisay! Nosotros vamos a combatir; pero antes ven, mi amada, y danza al son de los instrumentos, reanima nuestro valor con la melodía de tus cantos y el recuerdo de nuestras hazañas.

La danza empezó en un claro del bosque, triste y monótona, como una fiesta de despedida, a la hora en que el sol, enrojecido hacia el ocaso, esparcía por las verdes cumbres sus últimos reflejos. Pronto brillaron las hogueras en el círculo del campamento y empezaron a despertar, con las libaciones del fermentado maíz los corazones abatidos y los ímpetus salvajes. Por todo el bosque resonaban ya los gritos y algazara, cuando cesó de pronto el ruido y enmudecieron todos los labios.

Tibisay apareció en medio del círculo, hermosa a la luz fantástica de las hogueras, recogida la manta sobre el brazo, con la mirada dulce y expresiva y el continente altivo. Lanzó tres gritos graves y prolongados, que acompañó con su sonido el fotuto sagrado, y luego extasió a los indios con la magia de su voz.

—»Oíd el canto de los guerreros del Mucujún.
«Corre veloz el viento; corre veloz el agua; corre veloz la piedra que cae de la montaña.
«Corred guerreros; volad en contra del enemigo; corred veloces, como el viento, como el agua, como la piedra que cae de la montaña.
«Fuerte es el árbol que resiste al viento; fuerte es la toca que resiste al río; fuerte es la nieve de nuestros páramos que resiste al sol.
«Pelead guerreros; pelead, valientes; mostraos fuer-tes, como los árboles, como las rocas, como las nieves de la montaña.
«Este es el canto de los guerreros del Mucujún».

Un grito unánime de bélico entusiasmo respondió a los bellos cantos de Tibisay.

Concluida la danza, Murachi acompañó a Tibisay por entre la arboleda sombría. No había ya más luminarias que las estrellas titilantes en el cielo y las irradiaciones intermitentes del lejano Catatumbo. Ambos caminaban en silencio, con el dolor de la despedida en la mitad del alma y temerosos de pronunciar la postrera palabra: ¡adiós!

Hay un punto en que los ríos Milla y Albarregas corren muy juntos casi en su origen. Los cerros ofrecen allí dos aberturas, a corta distancia una de otra, por donde los dos ríos se precipitan, siguiendo cañadas distintas, para juntarse de nuevo y confundirse en uno solo, frente a los pintorescos campos de Liria, besando ya las plantas de la ciudad florida, la histórica Mérida.

En aquel punto solitario, encubierto por los estribos de la serranía, que casi lo rodean en anfiteatro, Murachí tenía su choza y su labranza.

—Tibisay—dijo a su amada el guerrero altivo—nuestras bodas serán mi premio si vuelvo triunfante; pero si me matan, huye, Tibisay, ocúltate en el monte, que no fije en ti sus miradas el extranjero, porque serías su esclava.

El viento frío de la madrugada llevó muy lejos a los oídos de Murachí los tristes lamentos de la infortunada india, a quien dejaba en aquel apartado sitio, dueña ya de su choza y su labranza.

***

Cuando la primera luz del alba coloreó el horizonte por encima de los diamantinos picachos de la Sierra Nevada, resonó grave y monótono el caracol salvaje por el fondo de los barrancos que sirven de fosos profundos a la altiplanicie de Mérida. Los indios, organizados en escuadrones, estaban apercibidos para el combate.

Pronto se divisó a lo lejos un bulto informe que avanzaba por la planicie, el cual fue extendiéndose y tomando formas tan extraordinarias a los ojos de los indios que el pánico paralizó sus movimientos por algunos instantes, pero a la voz del caudillo, la turba se precipita como desbordado torrente, prorrumpiendo en gritos horribles y llenando el aire con sus emponzoñadas flechas.

Murachí iba a la cabeza, blandiendo en alto la terrible macana y transfigurado el rostro por el furor.
Súbita detonación detiene a los indios; palidecen todos llenos de espanto; se estrechan unos contra otros, dando alaridos de impotencia; y bien pronto se dispersan, buscando salvación en los bordes de los barrancos, por donde desaparecen en tropel.

Sólo Murachí rompe su macana en la armadura del fue-ro conquistador; sólo el bravo Murachí ve de cerca aquellos animales espantosos que ayudaban a sus enemigos en la batalla; pero también sólo él ha quedado tendido en el campo, muerto bajo el casco de los caballos.

El clarín castellano tocó victoria y la tierra toda quedó bajo el dominio del rey de España.

Cabe las márgenes del apacible Milla, en aquel sitio apartado y triste, abrióse un hoyo al pie de la peña para sepultar a Murachí, con sus armas, sus alhajas, y las ramas olorosas que Tibisay cortó en el bosque para la tumba de su amado.

Tibisay vivió desde entonces sola con su dolor y sus recuerdos en aquella choza querida. Sus cantos fueron en adelante tristes como los de la alondra herida. Los indios la admiraban con cierto sentimiento de religioso cariño, y la colmaban de presentes. Era para ellos un símbolo de su antigua libertad y al mismo tiempo un oráculo que consultaban sigilosos.

Ya los españoles señoreaban la tierra y gobernaban a los indios. Sólo Tibisay vivía libre en la garganta de aquellos montes o entre las selvas de sus contornos; pero era un misterio su vida, algo como un mito de los aborígenes, que atraía a los españoles con el fantástico poder de las ficciones poéticas.

Ningún conquistador había logrado verla todavía, y sin embargo, nadie ponía en duda su existencia. Decíanles los indios que era una princesa muy hermosa, viuda de un guerrero afamado, a quien había prometido vivir escondida en los montes mientras hubiese extranjeros en sus nativas Sierras. Era un encanto la voz de la fugitiva, que los caza-dores oían de vez en cuando por aquellos agrestes sitios, como el eco de una música triste que hería en la mitad del alma y hacía saltar las lágrimas. En sus labios el dialecto muisca, su lengua nativa, sonaba dulce y melodioso, y no era menester entenderlo para sentirse conmovido el corazón.

Un día gallardo doncel se aventura a recorrer las cabeceras del Milla. El casco de su caballo golpea por primera vez las antiguas labranzas de Murachí. La tumba del guerrero está allí, frente a la choza, sellada con una laja. La choza está desierta, pero por la abertura de los cerros se oye de lejos el canto de Tibisay.

El doncel conquistador arrima su caballo con cautela al tronco de un árbol y emprende a pie una excursión peligrosa. A medida que avanza por parajes escabrosos tramados de vegetación, sus miradas sondean la espesura por todas partes.

Tibisay estaba allí, ciertamente, en su traje indígena, con el rico plumaje, la vistosa manta y sus collares de oro. Atónita contempló por unos instantes su perseguidor y. pronta como el cervatillo, desapareció entre el monte.

Don Juan de Milla tornó a su casa pensativo y triste. Ya otros como él habían tenido igual visión, y tornaban lo mismo, conmovidos, fascinados y llenos de un sentimiento indescriptible, mezcla de terror y encanto, con que les cautivaba aquella hermosa india, especie de sirena e las montañas, a la cual llamaban Hechicera, porque a todos los hechizaba con la magia de su voz y el misterio de su vida.

Don Juan sintió que el rayo de aquella mirada melancólica y salvaje le había herido en la mitad del corazón. Pidió se le concediese toda aquella tierra como lote de conquista, y su demanda fue al punto satisfecha. Hízose cazador, más por justificar sus excursiones al monte que por natural inclinación; pero la ninfa encantada del Mucujún, fiel a la promesa hecha a su amado, no se ofrecía a sus ojos en ningún paraje. Escuchábase desde lejos su canto triste y monótono, que arrancaba suspiros del fondo del alma, pero los días corrían sin que la encantadora visión se ofreciese nuevamente a sus ojos.

La choza de Murachi era fuerte y capaz. Don Juan, como dueño de la tierra, quiso habitarla en tanto levantaba en aquel paraje una casa a la española. Construyó en las inmediaciones hornos para hacer cal y ladrillo, hizo acopio de materiales y emprendió resueltamente la fábrica; pero he aquí que un día, cuando los cimientos estaban echados, cubrióse el cielo de nubes plomizas por la parte del Norte; empezó a llover como un diluvio, y las aguas apacibles hasta entonces, de aquel riachuelo que regaba sus nuevas estancias crecieron de súbito con tanta fuerza, que arrasaron la campiña y derribaron de raíz los sólidos cimientos de la casa, especie de castillo en que don Juan pensaba sentar su residencia señoril. La noche sobrevino lóbrega y pavorosa.

Espantado don Juan, buscó refugio en un estribo de los cerros, pues el agua besaba los umbrales de la choza. Guarecido allí con su servidumbre, oyó una voz clara y con-movedora que en lo alto de la peña entonaba en lengua extraña un canto doliente, suplicante, interrumpido a intervalos por gritos de la mayor tribulación.

—¡La Hechicera!, exclamaron los españoles.

—¡Tibisay!, dijeron los indios sobrecogidos por el terror.

Nadie, empero, se movió de su puesto. La creciente aún resonaba a sus pies de un modo espantoso, y no se veía nada, nada, porque la oscuridad era absoluta e imponente. En lo alto, dominando el estruendo de las aguas, la Hechicera daba al viento sus cuitas con lastimeras voces:

«—¡Ay, Murachí, el amado de mi corazón! Las aguas han tronchado las flores que crecían en tu tumba y pasado sobre tus huesos queridos; pero alégrate, esposo mío, porque el extranjero no gozará ya más del abrigo de tu choza ni sus caballos pastarán en tu labranza. Yo he sacrificado mis largos cabellos en el Páramo Sagrado para que el Ches vele siempre sobre tu tumba.
«—¡Ay, Murachi, el amado de mi corazón! Tu fiel Tibisay ya no ríe, ni canta, ni se engalana con flores! Mis ojos están tristes y apagados como el sol entre las nieblas, y vivo sola, sola con mi enorme desventura en la mitad de las selvas.»

Tres gritos agudos, penetrantes que hirieron como saetas el corazón de don Juan, resonaron en lo alto de la peña. La Hechicera había desaparecido.

***

Cuando el alba difundió sus vagos reflejos, el mancebo español y sus neones, como vueltos en sí después de una horrible pesadilla. vieron a sus pies los estragos de la creciente. Nada quedaba de la casa en fábrica ni de la choza indígena… Don Juan estaba pálido y dominado por una impresión profunda, en que se mezclaba cierto terror supersticioso por aquel paraje, donde parecía que los elementos obedecían a la voz seductora de la Hechicera. El semblante atribulado de los indios, que le acompañaban y el sentido misterioso de los cantos de Tibisay, que ellos le dieron a conocer, acabaron por convencerte de que aquel sitio era inhabitable y temerarias sus pretensiones.

Alejóse de allí para siempre, y en memoria del suceso los españoles dieron al rio el nombre de Milla, por el apellido de don Juan, quedando en la fantasía popular, aún a través de los siglos, la creencia de que hay por allí un encantamiento. algo sobrenatural que llena de miedo al solitario viandante.

Tibisay moriría de dolor o de hambre, acaso despeñada en el fondo de algún barranco sombrío, o aterida de frío en las noches de fuertes heladas; pero ella vive en aquellos agrestes parajes de la ciudad de las nieves, que se conocen con el nombre de La Hechicera, transfigurada y fantástica, como vive Filomela en la leyenda ática.

El canto del ave extraña que resuena en la selva; el ruido de las hojas sacudidas por el viento frío de los páramos ; la rápida carrera de la liebre o el cervatillo; la sombra de la nubecilla errante; el rayo de sol que abrillanta el rocío bajo la arboleda; todo hace recordar allí al bello y melancólico personaje de esta leyenda de la Conquista, a la infeliz Tibisay, la princesa india, el lirio más hermoso de las vegas del Mucujún.

Sobre el autor

*Francisco Rivero, Cinco águilas blancas (2011)

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