literatura venezolana

de hoy y de siempre

Memorias de Mamá Blanca: María Moñitos

Teresa de la Parra

I

Mucho más que en su propia persona, la vanidad de Mamá había fijado su asiento en nuestras seis cabezas. Al decir «cabezas» no incluyo de ningún modo en esta palabra la parte anterior o rostro, sino que me refiero únicamente a aquella parte superior y posterior que en la persona suele estar cubierta de cabellos. Por los rostros, las cosas no anduvieron siempre muy en orden: había naricitas respingadas, ojos que podían haber sido más grandes, pestañas no muy largas y alguna que otra boca medio sin gracia.

Pero si se pasa de la frente, lo que venía después era siempre un montón de variadas maravillas. La vanidad de Mamá tenía allí mucho de dónde agarrarse. Había quien llevaba sobre su persona una maraña adorable de seda bronceada; quien tenía la cabeza literalmente cuajada de sortijas brillantes y negras como azabaches; quien parecía un mismo carnerito de oro y a quien le llovía continuamente sobre la nuca, las orejas y la frente una tempestad de crespitos castaños.

Cuando aparecían las visitas y nosotras, como he contado ya por cubrirnos el rostro, presentábamos al público todo el pelo, no realizábamos quizás un acto de cortesía, pero estoy en cambio segurísima de que realizábamos por instinto, en secreto y misterioso acuerdo con Mamá, un acto de sabia presunción.

La gente decía trémula de sincero entusiasmo:

—¡Qué cabezas tan divinas y todas diferentes! ¡Si parecen un coro de querubines!

Por toda contestación, nosotras nos cubríamos más y más el rostro. Ante el esfuerzo, las sortijas, marañas y crespitos temblaban tornasolados pregonando en nombre de los rostros, bellezas sin cuento que en realidad no existían. Al explotar así la curiosidad y la credulidad del público, nos hacíamos con habilidad, en un instante, al igual de los artistas e industriales modernos, un renombre muy superior al merecido por nuestras perfecciones. Las visitas, en efecto, acababan diciendo:

—¡Qué criaturas tan lindas!

Y se iban muy convencidas sin haberlo comprobado. Mamá, bañada en agua de rosas, respondía con frases desbordantes de falsa modestia y al final, sin dar a la cosa la menor importancia, declaraba esto:

—Sí. Es verdad que tienen el pelo sedoso y crespo. Y han de saber ustedes que es enteramente natural. La única que lo tiene un poco menos rizado es Blanca Nieves, aquélla, la más trigueñita…, pero sus crespos… ¡también son naturales!

La primera frase era verdadera. En la última mi querida Mamá mentía de un modo descarado y enternecedor. Es cierto que la pobre comenzaba por encerrar tímidamente su mentira en la forma discreta del eufemismo, lo cual no deja de ser un homenaje a la verdad, y es cierto, además, que, como alguien ha dicho, «el primer deber de toda mujer es el de aparecer hermosa». Al esforzarse ella en cumplir por mí mi primer deber, no podía cometer, pues, una acción reprochable, al contrario. No lo digo por disculparla: su acto era digno de elogio, tanto más si se considera aquella serie de esfuerzos, admirables y cotidianos, ¡tan conocidos por mí!, que su mentira encubría.

En lo tocante al cabello, la naturaleza, tan pródiga con mis hermanitas, se había conducido conmigo, sólo conmigo, lo mismo que una madrastra, cruel, injusta y caprichosa. Pero como Mamá era madre, la tenía retada a una lucha sin cuartel que se renovaba todas las mañanas. Por las tardes, de dos a tres, la madrastra quedaba vencida y burlada. Si venían visitas, quedaba burlada y vencida desde las once de la mañana, y mi pobre cabello negro, en el cual no existía la más leve sospecha de una onda, por virtud del milagro maternal, ante las miradas extrañas, temblaba con gracia e hipocresía distribuido en menudos crespitos, tan enroscados como los de todo el mundo, ¡y a ver si quien no estuviera en el secreto sabía distinguir cuáles eran los falsos y cuáles los verdaderos! Mamá sufría por la gran injusticia de la cual era yo escondida víctima. Sufría también por los minuciosos engaños que le imponía la tal injusticia, pues no era ella persona que gustase de mentir a toda hora por vicio o costumbre. No, sólo lo hacía con entera sencillez y naturalidad en los casos en que, como éste, la mentira venía a ser indispensable.

Para luchar contra la lisura de mi cabello Mamá desplegaba un ardor y una perseverancia admirables. Sin embargo, como a todo gran luchador, a ella también la acometía de pronto el desaliento. A veces, instalada conmigo frente al espejo, antes de ejecutar en mi pelo aquella serie de artes y oficios que voy a enumerar, apagados por un segundo ardor y perseverancia, con una voz lastimera y con el peine y la mano desmayados sobre su falda, me hacía en pleno decaimiento esta especie de reproche:

—¿Pero de dónde sacarías tú el pelo tan liso, Blanca Nieves, mi hijita querida?

Como yo no sabía en absoluto de dónde lo había sacado, considerándome culpable, me excusaba tímidamente respondiendo con la misma pregunta y con la misma dulzura en la voz:

—¿Y de dónde lo sacaría de verdad, Mamaíta?

Si Mamá sufría de que yo tuviera el pelo liso, yo sufría mil veces más de que ella se empeñara en encrespármelo así, contra viento y marea. Aquel inmoderado interés por mi cabello cautivaba entre sus garras gran parte de mi tiempo y al suspenderse temible a ciertas horas del día sobre mi cabeza inocente y desondulada, cohibía mi libertad y emponzoñaba mis juegos. A cada rato me parecía oír aquella frase matinal, solemne e inexorable como una sentencia:

—Blanca Nieves, ven a cogerte los moñitos.

O esta, meridiana, solemne e inexorable como otra sentencia:

—Ven, Blanca Nieves, para hacerte los crespos.

Y las dos frases se sucedían regular y diariamente como la revolución solar.

A más de aquella presunción, vanidad o amor a la propia belleza, fuerzas muy considerables y ya mencionadas, Mamá estaba animada por una fuerza mucho más formidable aún: la fe. Sí, señores, la fe. Mamá creía en el «bejuco de cadena». Es decir, que contra toda evidencia ella sabía muy bien que la reconocida eficacia de dicho encadenado bejuco acabaría por rizar mi cabello en un porvenir cercano y en forma natural o permanente. Esto me perdía. De allá, de muy arriba en la montaña iban expresamente todos las semanas a bajarle su adorado bejuco, el cual llegaba con un rico olor a monte y a tierra húmeda, tan grato como amenazador. Desafiando valientemente las furias de Candelaria, Mamá se iba a la cocina, lo ponía en una cacerola, le echaba agua, lo hervía y sacaba aquel té claro, que destinado a empaparme la cabeza durante ocho días consecutivos, quedaba depositado en un tazón, hasta el advenimiento de un nuevo bejuco y la elaboración de un nuevo té.

Era por lo general así, armada con el tazón, el peine y un sinfín de mariposas de papel como solía pronunciar en la mañana su importuna sentencia. Era inútil el que mi pelo y yo le demostrásemos todos los días, palpablemente, la nulidad desoladora del bejuco de cadena. Ella seguía comprobando impertérrita los progresos de unas ondas numerosas e imaginarias. Y es que al amar con tantísima ternura mi desheredado pelo, resultaba natural que el alma dulce y mística de mi Mamaíta esperara confiada en la misericordia del bejuco de cadena. Aquello era, en suma, una especie de religión y yo era la víctima expiatoria, que ella, al igual que Abraham, sacrificaba con valor en aras de mi belleza.

Me parece que acabo de exagerar un poco al hablar de los crueles sacrificios que a los cinco años me imponían mis crespos fingidos, o lo que es lo mismo, mi arduo deber de aparecer hermosa. Tengo ciertos escrúpulos. Creo que me he dejado llevar por ese prurito tan común a todo el mundo: el deseo de brillar. He querido brillar por el sufrimiento y exaltarme en la compasión de ustedes. En el fondo no merezco tal exaltación. Mi pelo liso me imponía sacrificios, es cierto, pero si me los imponía, era para regalarme luego ratos de exquisito coloquio con personajes interesantísimos llenos de belleza física y de encantos morales. Andando por los ásperos senderos de mi pelo liso, fue como encontré al amanecer a Nuestra Señora, la amable poesía. Aunque ni entonces ni después debía yo cubrirme familiarmente con su propio manto, ella me sonreía ya, bondadosa, desde lejos, y en contestación, desde lejos también, yo le sonreía. La mutua y discreta sonrisa dura todavía.

He aquí cómo ocurrían las cosas y cómo a la amargura de la privación sucedían las dulzuras de una escondida abundancia. A eso de la una de la tarde, mientras Evelyn almorzaba, nosotras aprovechábamos aquel resquicio de libertad para divertirnos lo más posible. Frente a la casa, bajo los árboles, ante la distraída vigilancia de Mamá, comíamos furtivamente guayabas y pomarrosas jugando al mismo tiempo a «la candelita». Sentada en un mecedor del corredor de la casa, absorta en un libro, con su abanico de paja en movimiento, Mamá levantaba de tiempo en tiempo los ojos y nos veía. En realidad era yo quien, sin parecer, la observaba a ella con atención e inquietud. De pronto, cerraba el libro y gritaba, en efecto:

—Blanca Nieves, ven a hacerte los crespos.

Pero Blanca Nieves nunca oía. Su cabeza, que, desde por la mañana, erizada de claros papillotes, parecía una alcachofa salpicada de salsa blanca, corría de árbol en árbol pidiendo aquí y allá «una candelita». Mamá esperaba pacientemente que la alcachofa se acercara un poco para repetir en voz más alta:

—Blanca Nieves, ¿estás sorda? ¡Que vengas a hacerte los crespos!

Como las personas sordas no responden ni vuelven nunca la cabeza cuando se las llama, la erizada alcachofa seguía de espaldas, a todo correr, mordiendo una guayaba e implorando la candelita. Mamá esperaba de nuevo unos segundos para tomar resueltamente su voz de queja:

—¿Hasta cuándo me molestas, Blanca Nieves? ¿Hasta cuándo me desesperas?

Y cantando melodiosamente su desesperación se abanicaba y se mecía con la cabeza apoyada en el respaldar del asiento. Era lo mismo que en las antiguas óperas italianas. Pero por desgracia mía y a honor de la vejada obediencia, la ópera no duraba nunca más de cinco minutos. Llena de ruidos sordos, Evelyn invadía el lugar y apagando con los vendavales de su falda almidonada toda candelita, me agarraba de un brazo y me llevaba a presencia de Mamá. Sea que por temperamento nunca me halagaron las aparatosas manifestaciones de la rebeldía, sea que me parecieran contrarias a mi dignidad, sea, en fin, que en aquellas circunstancias las juzgase inútiles, bajo la presión de la mano de Evelyn en mi brazo, mi cuerpo caminaba sin hacer resistencia. Pero mi alma independiente, mi alma intangible, a quien Evelyn no podía agarrar por un brazo, ¡resistía! Ella sí se quedaba un buen rato más junto a los árboles comiéndose su guayaba y pidiendo su candelita, mientras mi cabeza malhumorada y muda bajo los mil papillotes, allá, en el cuarto de Mamá, se entregaba estoicamente entre sus manos.

II

«No hay rosas sin espinas», suelen decir. Es muy cierto. Fiel a este conocido aforismo, olvidada de la rosa, todos los días, comenzaba por herirme con las espinas, para luego, sorprendida y feliz, inclinarme, coger la rosa a manos llenas, y aspirar encantada su perfume. Esta poética imagen se renovaba día tras día sin que la experiencia se dignara intervenir.

Para peinarme, Mamá se instalaba en una silla alta, y a mí me sentaba delante de ella en un taburete. Sus rodillas me servían de respaldo y al hablar nos mirábamos los rostros en el gran espejo que enfrente y cerca de las dos reflejaba el grupo entero. No bien las manos blandas revolando en mi cabeza empezaban a deshacer moñitos, cuando un poco más arriba los labios rompían a contar un cuento. Era una costumbre consagrada. El peine entraba cantando en el pelo, ya escarmenado por la mañana, la voz llena de imágenes cantaba entre los labios y pronto, al doble reclamo, el alma rezagada y terca regresaba queda, se posaba también sobre el espejo, y como barca en el río, se dejaba llevar por el relato, dulcemente, corriente abajo, entre dos orillas de amenos paisajes. La despreciable candelita y las viles guayabas se quedaban decididamente muy atrás.

Mientras el regazo de Mamá se iba llenando de papillotes mustios, mi cabeza florecía en crespitos y mi corazón generoso deseaba alojar en mí, no una sola alma, sino diez o doce para llevarlas todas juntas por tan deliciosos parajes. Yo creo sin pretensión y sin asegurarlo, que Mamá fue una buena poeta. Sólo que en vez de alinear sus versos en páginas impresas, destinadas quizás a manos profanas, cosa que hacen casi todos los poetas, ella encerraba los suyos con gracia y originalidad en estrofas de crespitos. Su público no era nutrido, puesto que se componía de mí y de mi imagen reflejada en el espejo, pero era tan atento, vibraba tan al unísono con el alma de la frase, que el arte poético y narrativo de Mamá podía darse por muy satisfecho: su objeto quedaba colmado plena y triunfalmente. ¿Qué importa en efecto el número de los que se acercan a compartir una emoción? Un millón o uno solo es lo mismo. El caso es sentir que la emoción creada ha sido intensamente compartida y el más bello de los poemas merecería haberse escrito para un solo buen lector. En lo tocante a los relatos de Mamá yo era ese único, excelente lector o complemento.

Debo confesar que los personajes y sucesos de tales relatos no eran nunca originales. De labios de Mamá surgían en variada sucesión: cuentos de hadas, relatos mitológicos, fábulas de Samaniego y de La Fontaine, romances de Zorrilla, trozos de historia sagrada, novelas de Dumas padre y el tierno poema de Bernardin de Saint-Pierre, Pablo y Virginia. La pobre Mamá, que por su vida aislada y campesina era bastante «leída», como suele decirse, echaba mano de cuanto su memoria tenía al alcance. Yo me encargaba luego de imprimir unidad al conjunto. En mis ratos de ensueño, al hacer revivir con entusiasmo los más notables hechos, invitaba a mis torneos espirituales a aquellos personajes que juzgaba más nobles o interesantes. Como nadie decía no, en mis libres adaptaciones se veía por ejemplo a Moisés vencido por d’Artagnan o a la dulce Virginia naufragando tristemente en el arca de Noé y salvada de pronto, gracias a los esfuerzos heroicos e inesperados de la Bella y la Fiera.

La brusca interrupción de mis juegos, o sea el paso de los placeres deportivos a los placeres líricos resultaba desagradable a mi sensibilidad y encendía en mi alma, como ya se ha visto, un vivo y fugaz malhumor. Era un malhumor arrogante, lleno de autoridad. Mientras mi persona se sentaba en el taburete él dictaba sus leyes y si consentía en entregar mansamente a Mamá la posesión material de mi cabeza era a trueque de asegurarse la posesión moral y absoluta de la de ella. Las leyes dictadas eran tan terminantes como difíciles de prever:

—Quiero que me cuentes hoy, Mamá, un cuento nuevecito, en donde salga un caballo blanco, pero que no me lo hayas contado ni una sola vez.

Mamá tenía que lanzarse a todo correr, memoria arriba, en busca de un cuento enteramente nuevo, al cual se le pudiera enganchar un caballo blanco. Otras veces sentía yo el deseo de vagar a paso lento entre alamedas familiares sumergidas en la melancolía del recuerdo y frecuentadas por rostros amigos a quienes poder saludar y sonreír. Exigía entonces «un cuento viejo » e imponía de antemano tiránicas reformas, las cuales respondían a los diversos estados o anhelos de mi espíritu. Tenía yo reservados para ciertos días mis dos cuentos preferidos, cuyos principales actores he mencionado ya. Era uno La Bella y La Fiera; el otro, mi verdadero favorito, era Pablo y Virginia, llamado con otro nombre. El cuento de los dos niñitos. Gracias al arte de Mamá, en estos relatos, la ficción se mezclaba armoniosamente con la realidad, prestándose una a otra en feliz equilibrio tesoros de poesía y realismo.

Mi imaginación podía correr así por caminos fantásticos, llenos de sitiales en donde apoyarse y reconocer la verdad. Pablo y Virginia, verbigracia, tenían como escenario de sus tristes amores nuestra misma hacienda Piedra Azul. La cabaña de Virginia se alzaba en una colina denominada «el peñón», que yo podía contemplar desde mi taburete por la ventana abierta del cuarto de Mamá, con solo ladear ligeramente la cabeza. En cuanto a la de Pablo, erguida un poco más allá, dominaba un conuquito de maíz que sólo se distinguía desde el corredor principal de la casa. Muchas veces, con media cabeza encrespada y media con papillotes, me levantaba un instante para echarle un vistazo al conuco de Pablo y volvía apresurada a ocupar mi taburete a fin de que sin mayor interrupción continuase el relato. En lugar de embarcarse rumbo a Francia, palabra pretenciosa de oscura significación, Virginia, llena de naturalidad, se iba a Caracas en una calesa igual a la de Mamá. A su regreso naufragaba de un modo doloroso por haber atravesado el río crecido. Difícilmente podría describir hoy hasta qué punto aquel naufragio fatal me destrozaba el alma. Las circunstancias precisas del lugar aumentaban vivamente la intensidad dramática. El escenario familiar prestaba a los hechos el prestigio augusto de la historia. Consagrados así, la colina, el conuquito y el río, eran en adelante a mis ojos objetos venerables a los cuales concedía continuamente miradas de devoción y de cariño.

Si la Bella y la Fiera cautivaban también mi simpatía y derramaban en mi alma un torrente de dulzura, era por razones análogas. La descripción de la Fiera, que se componía de rabo, pelo negro, un par de orejas y dos colmillos afiladísimos, con los cuales roía huesos y comía carne cruda, venía a ser punto por punto el retrato vivo de Marquesa, nuestra perra de Terranova, especie de hermana mayor llena de bondades, a quien todas nosotras queríamos tiernamente.

Cuando llegaba el momento de describir Fiera, a mí no se me pasaba nunca el preguntar conmovida:

—Era así como Marquesa, ¿verdad, Mamá?

Mamá comprendía la necesidad urgente de mi corazón y la satisfacía generosamente:

—Sí, era idéntica a Marquesa.

El amor humilde, inmenso y sin esperanza de la Fiera por la Bella me enternecía extraordinariamente. Aquella pasión en la cual mi amistad estaba directamente interesada como ya se ha visto, era tanto más emocionante cuanto más desigual y nefasta a la Fiera. Por esa razón el verdadero desenlace del cuento me desagradaba, desde mucho tiempo atrás había impuesto sobre el particular severas reformas. Permitir que la Fiera se convirtiera en Príncipe antes de casarse con la Bella me parecía indigno y me parecía además una inconsecuencia sin nombre para con la pobre Marquesa. El noble impulso de la Bella quedaba por otro lado rebajado al nivel de lo común; en una palabra, aquellas bodas principescas y brillantes me resultaban antipáticas y de una trivialidad despreciable.

Quizás obedeciera en esto al sentimiento natural del público, que sólo aplaude sinceramente el amor, cuando el amor se esconde discreto dentro de la pobreza, la insignificancia o la mediocridad. A las bodas que apadrina la pobreza el público asiste siempre con el alma desbordante de generosos deseos y en los presentes que allí envía suele enlazar, feliz y estrechamente, los nobles impulsos del corazón y las amables ventajas de la economía. Sobre este particular repito, aun cuando no se trata de enviar presentes ni de asistir personalmente a la celebración de las bodas, yo me mostraba muy intransigente. Antes de comenzar el cuento recomendaba:

—Pero ya sabes, Mamá, que la Fiera se quede Fiera con su rabo, su pelo negro, sus orejotas y todo y que asimismo se case con la Bella. ¡Que no se vuelva Príncipe nunca! ¿Ya lo sabes?

Mamá tomaba nota.

Es inútil decir que Pablo y Virginia acababan a veces muy bien. Virginia salvada milagrosamente de las aguas caudalosas se casaba a menudo con Pablo y eran muy felices. Si dadas las circunstancias mi alma sentía un vago, voluptuoso deseo de bañarse en la tristeza, dejaba entonces que las cosas siguieron su curso normal:

—Mamá, que llueva muchísimo, que crezca el río, que se ahogue la niñita y se muera después todo el mundo. Mamá desencadenaba los elementos y la escena quedaba cubierta de crespones y cadáveres.

III

Cuando yo salía del cuarto de Mamá tenía la cabeza rizada como un borrego y el alma trémula de emociones. Huyendo de gritos desapacibles y de carreras molestas, me sentaba sola en un rincón a fin de rumiar a mis anchas todo el acopio sentimental. Parece que en tan suaves instantes mis labios se entreabrían ligeramente y mis ojos se levantaban al cielo en una actitud de éxtasis dulcísimo que atraía las burlas de mi hermana Violeta y la solicitud funesta de Evelyn. Ésta, llena de interés, venía hacia mí exclamando, sin artículos, por supuesto:

—¡Cierra boca, Blanca Nieves! ¡Ven jugar con otras!

Y destruía, importuna e infame, multitud de jardines, castillos y princesas ideales. Pero Evelyn no tenía la más remota noticia de su obra destructora. Las doradas puertas de la vida interior, para sus ojos avizores, estaban cerradas a piedra y lodo. Sus brazos vandálicos y vencedores, siempre en lucha feliz con la realidad, no abrazaron jamás los amables fantasmas que nos contagian de ensueño, de duda y de neurastenia. Violeta, cuya alma positivista coincidía en todo con la de Evelyn, era a un tiempo su discípula y su enemiga. Evelyn la respetaba. Antes que exponerse a desencadenar su rebeldía agarrándola autoritariamente por un brazo, como hacía con las demás, prefería, llena de prudencia, pasar por ciega o por sorda. Ambas se enredaban a menudo de palabra, se iban con frecuencia a las manos, se comprendían, se temían y se apreciaban. Evelyn, que vela en la independencia y rebeldía de Violeta señales de gran inteligencia, consideraba mis actitudes contemplativas como un indicio seguro de imbecilidad, y piadosamente las disimulaba o corregía. Violeta, cuyos seis años eran sin piedad, pensando lo mismo, subrayaba mi mal al llamarme a todas horas «la bocabierta».

Si alguien llevó en su vida un nombre inadecuado, ese alguien fue Violeta. Ella y la humilde perfumada florecilla del invierno eran dos polos opuestos. Siempre alerta, siempre dispuesta a reivindicar sus derechos y a figurar en primer término, desconocía la modestia. En sus ojos brillantísimos, sombreados por una lluvia de crespos negros, se asomaba atrevido el sarcasmo y en su naricita chata se albergaba la agresión. Tenía la respuesta acertada y rápida. Por el gusto de replicar se mezclaba en pleitos y regaños que no le incumbían. Sabía tirar piedras a gran distancia, hacer maromas y subirse a los árboles. Un día la hallaron trabada en terrible lucha de bofetadas con uno de los hijitos del mayordomo y los separaron en el momento en que ella alcanzaba ya la victoria. Al enterarse del suceso, Mamá se contrarió mucho, mientras que Papá, divertidísimo, se reía a carcajadas. Yo creo que dentro del cuerpo de Violeta se alojaba el espíritu de Juan Manuel el Deseado, y era esa la razón poderosísima por la cual no podía nacer: hacía seis años que andaba por la tierra disfrazado de Violeta. El disfraz inadecuado lo encubría tan mal que todo el mundo lo reconocía, Papá el primero: por eso de tiempo en tiempo lo saludaba alegremente con carcajadas.

Yo admiraba a Violeta en las mismas proporciones en que Violeta me desdeñaba a mí. Era natural. Yo podía apreciar la puntería de sus pedradas y la elegancia de sus maromas, que a ella no le era dado contemplar aquellos brillantes cortejos de príncipes y hadas que tras de mi boca abierta asistían con magnificencia a las bodas de Pablo y Virginia. Era yo respecto a ella lo que es en nuestros días cualquier poeta respecto a cualquier campeón de football, de la natación o del boxeo: es decir, nada. Pero mi humilde superioridad aplastada y oscura tenía su encanto. Mis ensueños limpios de todo aplauso, asaetados por Violeta y desbaratados por Evelyn, al igual de un arbusto después de una poda, reflorecían a escondidas con más abundancia y mayor intensidad.

Un día concebí un proyecto aciago que iba a dejar mi amor propio acribillado de heridas y cubierto de humillación. Sea por generosidad imprudente del alma que quiere regalar sus riquezas e invitar a sus banquetes, aun a aquellos que menos lo merecen; sea vanidad o ambición de sentirme admirada por quien yo tanto admiraba, es el caso de que un día, llamando aparte a Violeta, le anuncié que iba a contarle un cuento; que me atendiera un instante y vería entonces qué rato delicioso le proporcionarían mis palabras. Llena de escepticismo y de condescendencia, Violeta se dignó atender.

Es cierto que su alma positivista no estaba llamada a saborear la finura, ni a describir la utilidad superior que encierran las ficciones y los símbolos, pero también yo, por mi lado, exageré demasiado. Al igual de esos anfitriones que agobian a sus invitados a fuerza de servirles manjares y vinos, y vinos y manjares, yo agobié la flaquísima atención que me prestó Violeta. Quise deslumbrarla con mis dones y le di demasiado. Mi generosidad me perdió. En el cuento que improvisé en honor suyo había de todo: hadas; varitas mágicas; animales parlantes; Adán y Eva; el diluvio universal y una fiera, que siendo Príncipe era al mismo tiempo nuestra negra y queridísima Marquesa. Lo peor de todo era que tantos y tan desordenados hechos habían tenido lugar allí mismo en Piedra Azul, la noche anterior.

Después de oírme un rato por indulgencia o cortesía, el espíritu utilitario de Violeta, que se orientaba al instante de un modo admirable hacia todo lo práctico o positivo, no pudo aguantar más, me cortó impaciente la palabra y me dijo con elegante concisión que se necesitaba ser muy necia y muy bocabierta para no comprender que todo aquello eran puras mentiras inventadas por María con objeto de que yo me quedara quieta como una boba y poder así hacerme los crespos a su sabor. Que ella, en su lugar, habría arreglado las cosas desde mucho tiempo atrás, dándole un buen mordisco a Evelyn en la mano si ésta hubiese venido a sacarla del juego y un acertado puntapié al sagrado tazón del bejuco de cadena. Que así las cosas al siguiente día la hubiesen dejado en paz con los crespos y los cuentos. Y al expresar tales ideas, Violeta hacía su retrato de un modo tan sobrio como lleno de vida. No faltaba nada.

Ante aquellas palabras que habían ido zumbando de derechas hacia la verdad, como sus famosas pedradas hacia frutas, yo me quedé muda sin saber qué contestar. ¿Cómo explicar, en efecto, al alma salvaje y neófita de Violeta, el placer altísimo que encerraba el mundo de los símbolos cuando yo misma lo olvidaba todos los días. Humillada y pobre de razones, opté por recoger mis tesoros en silencio. Mientras tanto, Violeta, posada en un solo pie, como una garza, se alejaba saltando y remedando en música, para mayor escarnio, el estribillo de mi cuento:

—Ésta es una Blanca Nieves… ésta era una Negra Nieves… ésta era una bocabierta…

En adelante, cuantas veces mi corazón desbordante de generosidad necesitó expansiones, fue a buscarlas modestamente en la fácil atención de Estrella y de Rosalinda, mis hermanitas menores. Aunque menos brillantes, era aquél un público lleno de suavidad y de indulgencia. Si sus aplausos no colmaban de un todo mi ambición, mi amor propio estaba seguro de salir satisfecho, o por lo menos de salir ileso.

IV

Como consecuencia de los mencionados disimulos, esfuerzos y sacrificios con que Mamá encubría mi pelo liso, yo había acabado por edificar sobre las hebras de mi cabello mi criterio moral, el cual, como el de toda mujer honesta o bien nacida, era sólido y estricto. Mi pelo en su forma natural, o sea sin encrespar, resultaba a mis ojos una especie de desnudez y si yo veneraba mis crespos era sólo por pudor, aun cuando ustedes no lo crean.

Para mejor explicarme diré que gracias a los principios que sin ella saberlo me había inculcado Mamá, a los cinco años, mi honor, contra lo establecido, no dependía de ningún otro lugar de mi persona, sino que dependía de mi cabeza. Allí había echado sus sólidos cimientos, allí vivía, allí se ocultaba huraño y púdico. Llena de virtud yo lo hubiera defendido heroicamente hasta la muerte. Animada del mismo sentimiento sagrado, Mamá parecía respetarlo y hacerlo respetar aún más que yo. Voy a demostrarlo.

Un día Violeta y yo jugábamos juntas. Como de costumbre, extendiendo sobre mi docilidad su despotismo, me había llamado ya bocabierta, Negra Nieves y varios epítetos más cuya atenuada mala intención, al no tocar el honor, carecían de importancia. En un momento dado, viendo que yo, por no sé qué circunstancia, no me sometía a su gobierno en forma rápida o absoluta, contempló con insolencia la fresca bandada de papillotes que Mamá acababa de sembrar en mi cabeza y acompañando las palabras con una sonrisa de superioridad me dedicó esta expresión hasta entonces desconocida o inédita:

—¡María moñitos!

Aunque indirecta, ésta sí era una ofensa a mi honor. Ante el ultraje, trémula de dignidad y de valor, avancé unos pasos, miré a Violeta de frente y tratando de devolver ofensa por ofensa le dije arrogante y roja:

—¿Yo soy María moñitos, Violeta? ¿Yo soy María moñitos? …Entonces tú serás ¡¡María crespitos!!

Naturalmente que Violeta, lejos de ofenderse, soltó una gran carcajada. Tenía razón. Como insulto ¿podía darse nada más inepto que María crespitos? ¡Cuando para obtener esos mismos crespitos se necesitaba tanto moñito, tanto cuento y tanto bejuco de cadena! Era como si una persona, obligada a ganar el pan con el sudor de su frente, al pelear con una rica la insultará diciendo: María milloncitos o María hacienditas. Mi pobre insulto como insulto no valía nada. La heroica expresión con que mi rostro lo había acompañado contribuía por contraste a hacerlo más poca cosa y más desgraciado. Violeta lo comprendió así. ¡Pero su agresión era insaciable! Mi derrota no le bastó. En lugar de callarse, volvió a la carga y canturreando:

María moñitos me convidó a comer plátanos, con arroz.

Se atrevió a añadir sin ambages:

—¡Pelo liso!

Y agarró, sacrílega, uno de mis papillotes, cuyas frágiles alas de mariposa quedaron entre sus dedos. Pero ¡ay! del valentón el día en que el tímido dice «aquí estoy». Al ver mi papillote violado, animada de un furor sacrosanto, con gran sorpresa de Violeta, me lancé como un relámpago sobre sus crespos y los agarré de raíz a manos llenas. La cabeza insolente y desprevenida, sacudida en todas direcciones, trataba de desasirse inútilmente. Buscando entonces defensa, las uñas de Violeta se clavaron a ciegas en mis orejas; pero yo, sin soltar los crespos por vengar las orejas, la mordí en el cuello. Así las cosas, estrechamente enlazadas iban a mordisco, pellizco y sacudidas, cuando uno de los cuatro pies resbaló, arrastró al grupo entero en el resbalón, la lucha rodó al suelo y siguió en el suelo hasta dar en un barrial, porque había llovido y la escena tenía lugar frente al corral de las gallinas. Cuando nos separaron estábamos cubiertas de barro y teníamos dibujados, en sangre ella, mis dientes, y yo sus uñas. Evelyn nos levantó del suelo, nos tomó a cada una de la mano y distribuyendo por partes iguales sus reprensiones y cuidados nos lavó, afeó nuestra conducta y nos cambió de ropa. Cuando enterada de lo ocurrido llegó Mamá, nos hallábamos ya con los vestidos limpios y yo por mi parte considerando mi honor lavado en la reyerta, como mis brazos y piernas acababan de serlo en la palangana, me sentía inclinada a una reconciliación.

Mamá, haciendo coro con Evelyn, dijo que nuestra conducta la avergonzaba y la entristecía. Las cosas no hubiesen pasado de ahí, pero ya lo he dicho: la agresión o apetito bélico de Violeta no conocía límites. Si yo, la ofendida, me daba por satisfecha, ella la ofensora no tuvo a bien cesar las hostilidades. ¡Esta vez su agresión iba a costarle cara!

Dirigiéndose a Mamá, en tono de víctima, cosa que exigía urgentemente una nueva discusión, dijo:

—Mira, Mamaíta, mira, cómo me clavó sus dientes aquí; lo mismo que si fuera un perro bravo.

Y enseñó la media luna cárdena que se dibujaba en efecto a un lado del cuello. Yo tuve naturalmente que replicar:

—Porque ella, Mamá, mira, me encajó sus uñas en mis dos orejas.

—¡Ah, porque ella antes, Mamá, me agarró mis crespos y me sacudió como una diabla así…, así…, así!…

—Pero fue porque ella me había roto uno de los papeles que tú, Mamaíta, me amarraste en mi cabeza con tanto trabajo, y me dijo «María moñitos», Mamá, y me dijo después «pelo liso».

¡Ah! ¡Santo Dios! ¡Aquí fue donde comenzó el drama! Al oír mi última frase, demudada y dolorida, Mamá se volvió hacia Violeta tartamudeando:

—¿Le… le… le dijiste que tenía el pelo liso?

Y asumiendo el tono sublime de la tragedia, exclamó:

—¡Ay, Violeta, tú no tienes corazón! ¡Que me duele! ¡Que me aflige!…

Aquí una cosa insólita: Mamá, que en su vida nos había castigado, decidió aumentar la teatralidad del tono, y con la solemnidad del juez que dicta una sentencia terrible, dijo esto:

—Ahora, para que no seas maluca y para que no seas cruel con tu hermanita menor, te voy a castigar, ¿ya lo sabes? Te vas a quedar sentada una hora entera, vista por el reloj: ¡ahí arriba!

Mamá extendió el brazo y como si fuera la estatua viva de la Justicia se quedó señalando un instante la cúspide de un escritorio secrétaire cuya altura con relación a la nuestra venía a ser muy respetable.

Y las tres cosas resultaron a cual más espantosa: la «hora entera», la altura del escritorio y el brazo extendido de Mamá. Como casi todos los déspotas y matasietes, Violeta en el fondo era una débil que atrincheraba su debilidad muy hábilmente tras una falsa reputación. El tono de Mamá y su brazo extendido eran de una teatralidad para asustar a cualquiera, no lo niego, pero de todos modos, Violeta no estuvo a la altura de su fama ni supo dominar la situación. Mientras Evelyn, bajo las órdenes de Mamá ejecutaba la sentencia, Violeta, espantada e izada por los aires, olvidó toda dignidad, mandó al diablo su célebre rebeldía, comenzó por abrir una boca de desolación que se fue ensanchando, ensanchando, hasta que ya, instalada en la cumbre del mueble, presidiendo el auditorio, augusta de derrota y de infortunio, prorrumpió:

—¡¡¡Aaay!!! ¡Ayayayayay!

Y el cuarto empezó a retumbar ante los gritos de dolor. Era como si la hubieran sentado en unas brasas o como si allá en las alturas una mano invisible le estuviese aplicando algún tormento.

Al reclamo de tan desgarradores lamentos la habitación comenzó a llenarse de espectadores. Todas las personas de la casa vinieron, asustadas o curiosas, a averiguar lo ocurrido. Llegó primero Aurora; detrás de Aurora, cogidas de la mano, llegaron Estrella y Rosalinda, mi querido auditorio que nunca se separaba; una a una fueron llegando las tres cuidadoras o estado mayor; llegó después Altagracia, llegó Jesusita; empujada por la multitud, llena de majestad e indiferencia, llegó Marquesa, llegó por fin Aura Flor en brazos de su criadora; llegó, en una palabra, todo el que podía, llegar. Solo faltaba Papá, que se encontraba en el trapiche y Candelaria, cuyo mal humor la tenía generalmente amarrada a su fogón, como al perro la cadena corta. Aquel drama nunca visto, ustedes no lo comprendían quizás, era terrible. Violeta exaltada en su trono de ignominia, se restregaba los ojos con las dos manos cerradas, las lágrimas rodaban abundantes y una boca inmensa en la cual hubiera podido caber todo el dolor del mundo, se abría, arrojando gritos ensordecedores y mostrando sin amor propio y sin pudor hasta lo más hondo de la garganta. El público al aumentarse aumentaba de un modo cruel la intensidad dramática. El suplicio, al hacerse público, tomaba el cariz humillante de la degradación. Puedo decir con entera propiedad que en aquel día trágico conocí todo el horror de los autos de fe. Mamá, instalada al pie del escritorio o cadalso, por asumir una actitud cualquiera, se había puesto a tejer. De tiempo en tiempo levantaba la cabeza y repetía inclemente:

—Aunque grites y más grites, una hora entera te vas a quedar ahí. Los

gritos redoblaban.

El auto de fe seguía su curso cruel. En su inclemencia Mamá era el gran inquisidor; Evelyn era el verdugo: yo, el infame delator, y Violeta, la desarmada Violeta, el pobre hereje que se achicharraba ante las miradas infamantes del público, cómplice también y también verdugo. Yo reconocía la parte que me correspondía en la tragedia, y mi corazón lleno de remordimiento sufría horrores. Sentía una ternura inmensa hacia toda la persona de Violeta. Sus pobres zapatitos flamantes recién mudados por Evelyn, suspendidos y resignados en el vacío como dos ahorcados, destilaban dolor ante sus ojos; sus rodillas me parecían unas huérfanas abandonadas; el vestido limpio, las puntillas frescas y rizadas de los pantalones, un botón aún sin abrochar sobre su pecho, eran objetos mudos que iban acrecentando mi conmiseración, aumentando, aumentando mis remordimientos, hasta que por fin, mis ojos, al fijarse más arriba, descubrieron una cosa espantosa y ya no pude más. Al compás de los sollozos de Violeta, la media luna cárdena de mi mordisco subía y bajaba sobre su cuello mártir redimido por las lágrimas, y, lo repito, ya no pude más: me venció el remordimiento. Yo también abrí una boca enorme, yo también levanté el pecho para dar salida a los sollozos que se atropellaban; yo también me puse las dos manos cerradas en los ojos, y yo también prorrumpí con todo el brío de mis pulmones y de mi arrepentimiento:

—¡¡Aaaay!! ¡Ayayayayay!

Aquello era un golpe teatral enteramente inesperado. Todos los ojos se fijaron en mí con gran sorpresa. La misma Violeta en plenos gritos me dirigió desde sus alturas una mirada estupefacta, velada de lágrimas. Mamá, sorprendidísima también y creo que un tanto conmovida, alzó la cabeza de su trabajo forzado y me preguntó con fingida impaciencia:

—¿Tú también? ¿Se puede saber por qué lloras, tú, Blanca Nieves, necia?

—¡¡Aaaay!! ¡Ayayayayay!

Contesté yo en coro con Violeta. Mamá en silencio volvió a su tejido, pero empezó a comprender que su obra la sobrepasaba. Su justicia desencadenada iba subiendo como la marea y amenazaba sumergirla con tejido y todo. En efecto, al verme llorar a mí, contagiada de conmiseración, Aurora, la dulce Aurora, cuyos siete años están impregnados de maternidad, se puso a llorar en silencio. Viendo que Aurora lloraba, Estrella y Rosalinda, por espíritu de imitación y por amor a Aurora, rompieron a llorar las dos juntas a grito herido. Ante aquella epidemia de llanto, tan trágico en el fondo como cómica en la superficie, todas las sirvientas se pusieron a reír. Era a cuál más se torcía y más se sacudía de la risa. Aumentado así el escarnio, el coro de nuestro llanto arreció. Entretanto Aura Flor, del bando de las sirvientas, asociadas a la risa de su criadora, batía el aire con sus puños cerrados, saltando, gruñendo y babeando de regocijo, mientras Marquesa movía su rabo y olfateaba cariñosa a derecha e izquierda, a fin de averiguar la causa de tanto dolor. El barullo era horrible. La única impávida parecía ser Mamá, pero estoy segura de que también ella tenía unas ganas violentas de romper a llorar. Decididamente su obra descomunal la sobrepasaba. No tenía ya más remedio que naufragar dentro de su justicia, y naufragó en efecto, pero naufragó con elegancia. Dominando la ensordecedora gritería de llantos y de risas, se volvió hacia Evelyn diciendo:

—A ver, Evelyn, si ya pasó la hora. Ya debe haber pasado.

Y guiñó un ojo, cosa que vimos todas muy bien a través del cristal amarguísimo de nuestro llanto. Evelyn salió unos: segundos y regresó diciendo.

—Ya pasó.

—¡Ya pasó la hora! —tuvo que gritar Mamá para vencer el tumulto—. ¡Ya puede bajarse Violeta!

Pero fue como si no hubiese gritado nada. Entregadas a la impetuosidad del llanto que corría caudaloso a gran velocidad, nadie pensó en detenerlo: como todo vértigo, tenía su encanto. ¡Ah, pero Mamá sabía atraerse las multitudes! Llena de habilidad, mientras Evelyn procedía piadosa al descendimiento de Violeta, ella retrocedió unos pasos hasta llegar a la puerta del cuarto, extendió sus dos brazos sobre la tempestad y con la voz potente de los buenos oradores acudió a este recurso supremo:

—Ahora, niñitas, óiganme todas: la primera que llegue hasta aquí sin llorar se viene a bañar conmigo en el chorrerón de la molienda que van a soltar ya, ¡porque son las once!

¡Santa palabra! El llanto general se volvió general regocijo. Los rostros, aún empapados de lágrimas y aún trémulos de sollozos, exclamaban atropellándose los unos tras de otros:

—¡Yo la primera, Mamaíta, yo la primera!

Y todo el mundo pugnaba por agarrarse de la bata de Mamá. Violeta se agarró en efecto, una de las primeras, porque su espíritu utilitario desdeñaba el rencor que es un estorbo, y porque tal era el prestigio del «chorrerón» aquel mundo de agua que, cuando no hacía ya falta en el trapiche, se veía a toda carrera y como un monstruo, arrojaba en un estanque bramando y atropellando helechos, ranas, frutas verdes, niñitas, Mamá, Evelyn y cuanto se le presentara al paso.

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